(I) El principio del fin.
Me gustaría creer que no me equivoqué cuando aquella vez, sin pensar y a medio amar, decidí enamorarme, y que las veces que, por ti, no les cedí otra noche a los demonios con máscara de mujer que una y otra vez me persiguen no fueron en vano. Me gustaría pensar que, cuando vayas tomada de mi mano, iré aún con la frente en alto y que ninguna mujer será capaz de lograr que mi cuerpo sea una variable de la fórmula de la infidelidad. Me gustaría imaginar que, cuando me pregunten qué fue de nosotros, no hablaré de que otros me ayudaban a hacerte feliz, ni diré que no soy el único en tu vida o que tal vez nunca lo fui. Me gustaría creer que te creo cuando me dices que también me amas y que lo sucedido te duele tanto como a mí. Me gustaría no pensar que alguien más tocó lo que todos sabían que no era de mi propiedad, mientras mi mente creía que solo mis manos lo hacían. Me gustaría despertar y descubrir que nada de esto sucedió. O, al menos, sin conocer la verdad que encontré cuando a un desconocido le pareció injusta mi desinformación y me la contó la verdad con pruebas especialmente irrefutables: fotos, videos y mensajes. Esas pruebas no solo sirvieron para revelarme lo fácil que le resulta a cualquiera generar un estímulo que provoque en tu cerebro cantidades tan absurdas de la hormona del deseo con pura palabrería barata, sino también para entender que árbol que crece torcido se trepa más fácil y que la ignorancia puede ser la clave para la felicidad.









