Capítulo 1
-No podemos seguir con esto -dijo la mujer.-
Sus palabras sonaron como un eco en el aire, como si fueran un comentario de alguien ajeno, como si no tuvieran nada que ver conmigo.
Mis ojos quedaron desenfocados por un segundo que se sintió eterno. No era capaz de verla. En retrospectiva, posiblemente no quería verla, no quería enfrentarla. Apreté los labios; mis puños temblaban.
-Eres un buen chico, Dann. Sin embargo, careces de ambición, careces de ese brillo que se necesita. Prefieres ver televisión todo el día a esforzarte por tener un futuro de verdad. Yo... yo no quiero eso. No quiero quedarme atada a este lugar. Quiero brillar, quiero ser alguien.-
Sus palabras, cada vez más elevadas, resonaban en mí. Me dolían y, sin embargo, aún no me recuperaba totalmente de mi confusión cuando ella terminó:
-No puedo seguir contigo. No puedo dejar que me arrastres. Perdóname. Aquí termina lo nuestro.-
No esperó una respuesta de mi parte. Como si fuera algo que había decidido para sí misma, se dio media vuelta y se fue.
Me quedé solo en aquel parque que alguna vez fue punto de reunión de nuestras citas y de innumerables recuerdos. Sabía bien lo que decía: Amelia, a diferencia de mí, siempre soñó con ser alguien grande, con ser alguien importante.
Ella me hablaba de ser una científica importante, una doctora brillante. Todos en el salon tenían sus sueños y ambiciones: algunos querían ser jugadores profesionales de fútbol, otros astronautas, bomberos... incluso el más tranquilo deseaba ser un hacker importante.
Por mi parte, solo esperaba poder comer algo delicioso cada noche y dormir cómodamente. Cuando era niño no parecía importarle a nadie que no decidiera nada. Al principio solo eran preguntas casuales: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?“.
Se puede decir que los primeros años eran fáciles. Con ser estudiante y sacar notas medianas, nadie te juzgaba demasiado. Tenías la justificación de que “aún te estabas preparando”.
Conocí a Amelia desde que éramos niños. Nuestras familias eran vecinas y, al ser de la misma edad, naturalmente nos hicimos cercanos. Solo jugábamos juntos; todo era simple en aquella época: jugábamos, reíamos y veíamos televisión.
Sin embargo, las cosas cambian. Todo va cambiando gradualmente. Amelia cada vez jugaba menos, cada vez le interesaba menos ver televisión. Empezó a salir con amigas de su edad, empezó a leer, comenzó a pensar en su futuro. Yo me limité a acompañarla, fingí madurar para poder seguir a su lado, pero en el fondo siempre extrañé volver a jugar como antes.
Ella anhelaba crecer y ser adulta para empezar su vida; yo, en secreto, deseaba que ese día jamás llegara. En el fondo, siempre supe que este día llegaría. Muy en el fondo, sabía que eventualmente ambos nos separaríamos.
-Aun no esperaba que fuera tan pronto -murmuré sentado en el césped.-
Ahora, con 16 años y con el peso de encontrar una universidad decente y, sobre todo, una carrera para estudiar, todos hablaban de sus sueños, de por qué la habían escogido, de qué iban a hacer. Era curioso, pero aún sentía que sonábamos como aquellos niños pequeños que decían con ilusión lo que querían hacer cuando crecieran.
Yo tampoco era diferente. Seguía importándome más comer algo delicioso y dormir caliente... No, eso era una mentira. A decir verdad, sí cambié. Amelia me cambió. Comer algo delicioso y dormir ya no eran suficientes... Lo que realmente quería era... estar a su lado.
Y ahora que estaba solo, solo podía lamentarme, solo podía llorar y solo podía quedarme con esta horrible sensación de vacío. En ese entonces pensaba que no había peor dolor que el de un corazón roto. Pobre y estúpido chico. La vida me demostró cuán ignorante era, cuán estúpida fue mi definición del dolor y del amor.



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