• prólogo •
Nunca he creído en el bien ni en el mal.
Principalmente, porque creo que los demás tienen un criterio de mierda. ¿Por qué debería otra persona decidir por mí lo que está "bien" o "mal", lo que es "correcto" o "incorrecto"?
Pero también porque creer en una moralidad binaria restringiría mi disfrute de la vida. Y con disfrute, me refiero a cualquier cosa que no me toque los huevos.
El ardor del whisky barato. El grito de una mujer en pleno placer. El miedo en los ojos de alguien cuando me cubro con su sangre.
A un hombre se le permite tener sus vicios. Algunas personas simplemente no estarían de acuerdo con los míos. Y, sinceramente, no me importa.
Desde muy joven, la vista de la sangre siempre me ha intrigado. Su olor. Su textura. Saber que es lo que mantiene vivos nuestros cuerpos, y que arrebatársela a alguien elimina su existencia de este planeta.
No me llaman "Vampire" por nada.
Me pregunto a qué sabrá su sangre. Mis ojos siguen cada uno de sus movimientos, observando cómo su cabello color miel cae sobre sus hombros. Debe ser tan dulce. El problema es que nunca lo sabré a menos que la tenga para mí.
Y pensar que todo bastó un momento.
Un momento y mi mundo gris y oscuro se llenó de luz.
De repente, todo se volvió perfectamente quieto, perfectamente claro. Recibí claridad. Paz.
Ella es mi perfección, mi salvación.
Solo algo tan puro puede calmar los mares turbulentos de mi alma. Por cada vida que he quitado, ella ha bendecido otra. Su sola presencia es una bendición.
Esta gente no la merece. Nadie la merece.
Pronto sabrá que su mayor error fue cruzarse en mi camino. Porque, aunque yo tampoco la merezca, ella será mía.