Lost on you

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Sinopsis

Act. Aunque puedes leer esta versión, también tienes disponible la historia actualizada y extendida en el mismo perfil ¿Qué haces si te proponen matrimonio? ¡Correr, correr por tu vida! Arthur salió huyendo de una pedida de mano en tacones por un aparcamiento. Y acabó en una casa en mitad de la nada preparando la Navidad para sus mejores amigos. Lo que no esperaba era la compañía de James Row, también conocido como James "por favor, dame como un cajón que no cierra" Row. El hermano de su amigo. La mayor tentación que ha tenido en su vida. Lo más hermoso que ha visto nunca ¡Y un maldito ladrón de galletas sin vergüenza!

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Una cajita con dientes

El restaurante estaba a rebosar. Arthur se permitió disfrutar del ir y venir de los camareros y el ruido de las conversaciones. De niño, ni siquiera se había planteado poder poner un pie en un lugar como ese, en el que el oro brillaba en las manos de todas las mujeres y el perfume que llenaba el aire era una combinación de lujo y decadencia. Era, incluso, un poco mágico, con los adornos que decoraban las ventanas y la nieve que caía para convertir Upper Brook Street en una estampa navideña digna de un cuento de Dickens con un aire algo menos trágico, quizás.

—Arthur, ¿me escuchas?

La voz lo sacó de su ensueño de oro y cristal y lo devolvió a la realidad en la que Bo, con su traje elegante y su sonrisa perfecta, le tendía una copa y divagaba sobre lo que harían durante las fiestas navideñas.

—Sí. Claro, cariño. —Bo era tan… Bo. Arthur le sonrió, procurando alejar de su mente cualquier pensamiento que pudiera estropear la velada—. ¿Así que quieres pasar las fiestas aquí?

—No hay mejor lugar que Londres, ¿no crees?

Arthur lo dudaba. A veces, olvidaba que él y Bo provenían de planetas distintos. Y donde su pareja encontraba una enorme satisfacción en celebrar las fiestas en grandes multitudes, él prefería un poco de paz.

—Ya sabes que siempre voy a la cena familiar de los Row. Este año no puedo perdérmelo.

—Bueno, ya lo discutiremos. Puedes verlos en cualquier otro momento. —Frunció el ceño, descartando al instante la posibilidad de hablar del tema, y Arthur volvió a suspirar para sí—. No hemos venido aquí para hablar sobre eso.

—Ah, ¿no?

El camarero les dejó delante los postres. Arthur resistió la tentación de bufar al ver las dos porciones de tarta tatin – cómo odiaba la maldita cosa—, y en su lugar le sonrió a Bo con dulzura.

—¿Y bien? ¿De qué quieres hablar, cielo?

Bo lo miró sin pestañear. El escrutinio duró un largo minuto antes de que apartara la tarta a un lado y extendiera la mano, tomando la suya y apretándola con tanta fuerza que Arthur no pudo resistir la tentación de retirarla.

—¿Robert?

—¿Cuánto llevamos juntos, Arthur? ¿Un año ya?

—Un poquito menos. —Un sudor frío comenzó a correrle por la nuca. Le sonrió a Bo y apuró su copa de vino, preguntándose si la mueca que notaba en su cara era la señal de un ictus. Bo dejó escapar una risita condescendiente, agitando la mano en el aire con despreocupación.

—Parece mucho más. Parece que lleváramos toda una vida unidos.

Arthur saltó en su silla. El sudor frío se redobló y bajó por su espalda. Lamentó haberse tomado todo el vino tan deprisa y buscó con la mirada al camarero. Sospechaba que iba a necesitar alcohol para lo que se le venía encima.

—Arthur Cotton… eres mi luz en la oscuridad, mis estrellas en el cielo, mi sol en invierno…

Ay, señor.

—… mi campo de hierba verde en el desierto hostil…

Por favor, no.

—…. No podría vivir sin ti. Así que dime, Artie, ¿quieres casarte conmigo?

Y allí estaba, en su mano, una pequeña cajita de terciopelo que le pareció que tenía dientes cuando Bo la abrió en su dirección. El anillo —un diamante que probablemente podría usarse como arma— lanzaba destellos bajo las luces del comedor, cuya sinfonía de ruido había enmudecido para los oídos de Arthur. Él solo oía los violentos latidos de su corazón y, desde algún lugar, un sonido que era como el de un gato encontrándose con un pepino.

Cabe destacar que ese último sonido lo producía él. Y que su cara se había retorcido de una forma extraña cuando volvió a mirar a Bo. Con cuidado, esperando que la expresión de haberse tragado una cebolla no se le quedara de forma permanente, se levantó y cogió su bolsito de mano de encima de la mesa.

—¿Artie?

—Me has dejado… De verdad, ¡qué impresionante! Nunca pensé que… bueno, tu nivel de lirismo me ha dejado en shock.

—Gracias, ha sido mayormente improvisado. —La expresión de Bo se relajó, mostrando unos dientes blanquísimos y tan rectos que daban algo de vértigo—. Entonces…

—¡Tengo que ir al lavabo! Después de una declaración así, entenderás que… —Se quedó de pie junto a la mesa, abriendo y cerrando la boca por un momento—. Que necesite un momento para asimilarlo y… empolvarme… la nariz.

—Oh, claro. —Bo acabó dibujando una sonrisa un tanto perversa, que logró lo que hasta ahora muy pocos habían conseguido: ponerle a Arthur los pelos de punta—. ¿Quieres que te acompañe? Podemos… cerrar el compromiso.

Oh, Dios mío, mátame ahora.

—No, de verdad que mi nariz es la única preocupación que tengo ahora mismo.

Se volvió y comenzó a cruzar el restaurante tan rápido como podía. Con los tacones que había elegido esa noche —¿por qué, señor? ¿Por qué?— no podía correr sin irse de morros. Le sonrió —o le sacó la lengua, no estaba seguro— al encargado de los baños y se quedó un minuto frente a las puertas batientes antes de girar y entrar directamente al lavabo de señoras.

Allí Bo no iba a meterse.

Fue tambaleándose sobre los tacones al último cubículo y pasó el pestillo. Se sentó, subió los pies al asiento y encogió el cuerpo todo lo que pudo, algo que su casi metro ochenta hacía complicado. Un minuto de maniobras y era invisible desde el exterior.

Sacó el teléfono móvil del bolso y miró el primer número de su lista de contactos. De noche, nevando, con un frío que mordía el culo: lo iba a matar si le pedía ayuda. Pulsó la tecla de llamada.

—¿Sabes la hora que es?

—Necesito que me rescates.

Al otro lado de la línea, Andrew resopló.

—¿Se puede saber que…?

—Bo ha estropeado los postres. La cena. Mi vida. El universo entero ha entrado en colapso.

—¿Qué?

Arthur se pellizcó el puente de la nariz. Aquello era inútil.

—Pásame a Mason.

En contra de todo pronóstico, Andrew obedeció. Artie lo oyó resoplar y quejarse antes de que la línea se quedara en silencio por un minuto y la voz dulce de Mason Coppeland, medio dormido, tomara su lugar.

—¿Artie? ¿Qué pasa, cielo? ¿Qué va mal?

—Gracias al cielo, alguien con quien se puede hablar. —Andrew murmuró una protesta que hizo reír a Mason—. Necesito ayuda. Estoy en el Garden, en el centro. Y, de verdad, necesito un rescate de emergencia. Un helicóptero en el tejado o que alguien tire una bomba de humo para escapar sin que me vean.

—Pero ¿Qué ha pasado?

—Bo me ha pedido que me case con él.

Un segundo de silencio. Un minuto. Dos. Una carcajada tan fuerte de Andrew que Arthur saltó en el asiento del inodoro.

—¡No es para tomárselo a risa!

—No, no lo es. Row, para con eso. —Algo que sonó como un golpe en blando—. Cuéntame que ocurre, Artie. ¿Te ha pedido matrimonio y tú que le has dicho?

Le resumió a grandes rasgos su pequeño acto de escapismo, agradeciendo que el neoyorkino tuviera el autocontrol necesario para, al contrario que su marido, no tener un ataque de risa histérica. Cuando terminó, Mason dejó escapar con suavidad el aire entre los dientes apretados.

—Quédate dentro del lavabo, cielo. Andrew va a buscarte ahora mismo.

—¿No puede coger un taxi? —Incluso mientras protestaba, Arthur podía oír como Andrew comenzaba a moverse. En silencio, dio gracias por tener amigos dispuestos rescatarlo incluso de situaciones ridículas como esa.

—¿Artie?

—Sigo aquí.

—Bien. Row estará ahí en 15 minutos. Hasta entonces, yo me quedo al teléfono contigo, ¿de acuerdo?

—Gracias, Maze.

—Para lo que necesites, cariño.


Se tuvo que escabullir por la puerta de la cocina y eso era un número más en su lista de momentos patéticos. Se subió al coche de Andrew y su amigo le regaló una sonrisa torcida.

—Siento haberte hecho salir de casa a estas horas.

—Siento que hayas tenido que cruzar el aparcamiento con esos tacones. —Artie bajó la mirada hacia sus pies y dejó escapar una risa nerviosa.

—Dios, estoy tan de los nervios que ni lo he notado. —Mientras Row arrancaba se quitó los zapatos y los arrojó al asiento de atrás, sin prestar atención a donde caían—. Gracias por salvarme la vida.

Andrew no contestó. Tenía una expresión somnolienta, pero había un brillo de diversión en sus ojos verdes que lo hizo arrepentirse de no haberle lanzado los tacones a la cabeza en lugar de tirarlos al asiento de atrás.

—Ya sabes que no te hubiera dejado tirado.


Mason lo recibió con una taza de té y un abrazo que, tenía que reconocerlo, lo hizo sentir infinitamente mejor. El menor de los hermanos Coppeland tenía la habilidad de hacer que cualquier se sintiera bienvenido y.

—¿Estas bien, cariño?

Asintió con cierta dificultad por estar todavía apretujado contra él. Le pesaba la cabeza y el corazón. Sobre todo, le pesaba el corazón, como si se fuera un trozo de plomo incapaz de latir con normalidad.

—Creo… no…

No fue capaz de componer una frase coherente. Solo balbuceó, confundido, y apenas pudo alzar la mirada hacia Row, que cruzó la sala para abrazarlo. Se recostó contra el hombro de su amigo, rendido, y dejó escapar un sollozo cargado de frustración.

—Creo que estoy bien.

Y ese es el problema. Estoy bien.


¿Row hacía las mejores tortitas del planeta? Sí, maldito fuera. Miró a su amigo con rencor por debajo de las pestañas.

—Voy a engordar.

—Come y calla.

Le sacó la lengua. Llevar puesto un pijama de Mason —mucho más menudo que él— tampoco ayudaba a su percepción del tamaño de su culo. Y, dado que volvía a estar soltero, ¿no debería cuidar su figura un poquito? Al menos hasta que pudiera encontrar a alguien que quisiera agarrarse a sus cachas.

—Si me pongo gordo por tu culpa tendrás que convertirme en tu segundo marido y mantenerme.

—¿Tengo que apuñalarte con ese tenedor?

Se giró en el taburete para sonreírle a Mason con inocencia. El más joven sacudió la cabeza, divertido, y caminó alrededor de la barra de la cocina para reunirse con su amante, que dejó lo que hacía para meter la nariz entre su pelo rizado.

—Babosos. Dámelo, anda.

Arthur alargó los brazos, con el desayuno olvidado, y recibió con el mayor cuidado el pequeño bulto que Mason le entregó y eligió ese momento para agitar las piernecitas, contrariado, y mirarlo con una expresión irritada que podría haber aprendido del mismísimo Andrew.

Elliot Andrew Coppeland-Row tenía un nombre muy largo para una cosita tan pequeña, pero Arthur estaba seguro de que algún día se le quedaría corto. El exmodelo besó su cabecita y no pudo resistirse a frotar la mejilla contra la pelusilla corta y suave.

—Mi precioso ahijado, ¿Qué tal has dormido, guapísimo? —le besó los mofletes y recibió un gorjeo de pajarito como respuesta—. Menos mal que hay alguien en esta casa con buen despertar.

—Eso es porque acabo de cambiarlo. —Mason le sonrió, acurrucado entre los brazos de su marido—. En diez minutos le dará hambre y se convertirá en todo un Coppeland.

—Míralo, ya haciendo justicia al nombre de la familia.

Elliot gorjeó, como si entendiera el halago, y extendió las manitas para meterlas en el plato de Arthur. Mientras se aseguraba de que el bebé no acabara bañado en sirope, escuchaba de forma distraída la conversación entre el matrimonio.

—Están empeñados en que sea ese día…

—¿No tienen vida propia o qué? —Mason chasqueó la lengua—. Cancelamos, entonces. Me da igual. Menuda panda de…

—Podrías adelantarte con Elliot.

—¡No voy a dejarte solo en Londres en Navidad!

—Maze…

—Es la primera Navidad de nuestro hijo. Se trata de pasarla juntos y lo demás me da igual.

Arthur levantó la vista a tiempo para ver a su amigo tratar de ocultar la emoción. Puso los ojos en blanco mientras él y Mason se miraban como los protagonistas de una mala novela romántica y se inclinó para susurrar al oído de su ahijado.

—Si necesitas que te rescate, haz dos burbujitas de baba. —El bebé lo miró con una sonrisa sin dientes y Arthur lo besó en la frente antes de volver a centrar la atención en sus amigos—. Ey, Romeo y Romeo, ¿se puede saber qué pasa? ¿Qué se supone que se cancela?

Mason suspiró.

—La Navidad en la casa de Gales. —Se inclinó para acariciar la mejilla suave de su hijo—. El consejo de la Fundación ha exigido una reunión el día 24 por la mañana. No nos da tiempo a llegar.

—¿Es una broma? —Miró a Andrew— ¿Y les has dicho que sí?

—Si no voy, retirarán los fondos para las becas del próximo año. Que es exactamente lo que pretenden. Tengo que estar allí.

—No puedes no estar. —Quizás no estuviera contento, pero no había asomo de duda en la voz de Mason al decirlo—. Celebraremos la Navidad aquí. Todos juntos. Lo único que importa es que se trata de la primera Navidad de Elliot y nos reuniremos para celebrarla. No quiero nada más.

—Pero… podríamos… —Arthur chasqueó la lengua, malhumorado y besó de forma distraída la cabecita de Elliot—. ¿No podéis coger un avión privado? Sé que no os gusta, pero es un día. Un día importante. Solo de ida, para llegar a la casa esa noche.

—El problema no es solo llegar, Artie. Queríamos ir una semana antes para prepararlo todo, la casa lleva meses vacía. —Esta vez fue Andrew quien se inclinó para acariciar la mejilla del bebé—. Tenemos que recibir los adornos, decorar, preparar las habitaciones y la cena. Hay un equipo de decoradores, pero se supone que estaríamos allí para dejarlo todo listo. Queríamos que fuera especial.

Su amigo estaba hundido y Arthur podía entenderlo. La casa de Gales de la familia Row había sido el hogar de los abuelos de Andrew, la casa de infancia de su padre —aunque este quisiera olvidarlo— y el lugar donde se había celebrado cada ocasión importante durante los últimos cincuenta años.

—¿Y si lo hiciera yo? —Las palabras salieron de su boca antes de que el sentido común tomara el control. Miró del uno al otro, a sus expresiones confundidas, y sonrió—. Podría ir, recibir al decorador y dejarlo todo listo para el Día de Navidad. Vosotros solo tendríais que estar allí a tiempo con el hombre más guapo del mundo.

Abrazó a Elliot, arrancándole un gorjeo feliz, y volvió a mirar sus amigos.

—¿Estás seguro?

—Maze, querido, ahora estoy soltero. Tengo todo el tiempo del mundo y me muero de ganas de contribuir. Además, —dibujó una expresión salvaje— ¿Conoces a alguien con mejor gusto que yo?

—¿Cualquiera?

Le lanzó a Row el bote del sirope sin mirar, su atención totalmente centrada en Mason. Los ojos del neoyorkino viajaban entre los miembros de su familia y Arthur casi podía oír los engranajes girando en su cabeza. Si era él quien se encargaba de la planificación, los tres podrían permanecer juntos en Londres hasta entonces. No creía que se hubieran separado más de unas horas desde la llegada de Elliot. Además… lo necesitaba. Su móvil, abandonado sobre la mesa del café, acumulaba llamadas, mensajes y alertas de noticias. No quería enfrentarse, no aún, a las consecuencias de su fuga y la idea de perderse durante unos días en la nada, rodeado de adornos navideños y nieve, se le antojaba idílica.

Mucho más tarde, rememoraría ese momento y se preguntaría que dios aburrido había decidido empezar a divertirse a su costa en ese mismo instante.

—Muy bien. Dejo en tus manos la Navidad familiar.