Beyond

Sinopsis

[Segundo libro de la saga fuego celeste] ¿Hasta dónde llegará Jimin para lograr sus objetivos?, movido por la ambición, ¿Qué sacrificará en su búsqueda incansable de una vida mejor? "Es un descarado, por ser el más hermoso. No tiene casi nada, pero le gusta la vida cara"

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
Bea Moretti
Estado:
En proceso
Capítulos:
16
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Sincronizar su respiración para recibir el aire que necesitaba le estaba costando de sobremanera, mientras el galope de cientos de caballos se escuchaba detrás de él.

Tal vez exageraba con los cientos de caballos, pero ¿Cómo saberlo?, no había girado ni un segundo para fijarse exactamente lo que se avecinaba por su espalda, tenía la mente puesta en respirar y esquivar los árboles. La luna apenas arrojaba suficiente luz para guiar sus pasos, pero la urgencia y el miedo alimentaban su determinación. Su respiración agitada se mezclaba con el sonido de hojas crujientes y ramas rotas bajo sus pies. El susurro del viento entre los árboles parecía conspirar con su causa, mientras se adentraba cada vez más en la espesura del bosque.

Las voces apagadas de los guardias resonaban detrás de él, ocasionalmente interrumpidas por los crujidos de sus armaduras y los lamentos de las hojas al ser apartadas. Jimin sabía que no podía permitirse ser capturado; su vida, su libertad y tal vez más estaban en juego.

— ¡Alto!, ¡detente ya bribón! — de entre el polvo surgió una voz imponente, pero hacía falta más que una exigencia con voz firme para detener al chico rubio, porque él estaba perfectamente consciente de las tierras en las que se encontraba. Tierras en las cuales apretujo el pasto con sus pies descalzos y se atrevió a beber agua durante el brillo de la luna. Por supuesto que no se detendría.

El terreno accidentado y los obstáculos en su camino apenas detenían su huida. Saltó sobre rocas y raíces expuestas, sorteó zarzas y arbustos con movimientos ágiles y desesperados. Su mente se mantenía en un estado de alerta constante, anticipando cada cambio en el paisaje, cada cambio en el sonido, cada posible amenaza que pudiera surgir.

Sus piernas reaccionaron primero que su cerebro en el momento que escuchó el relincho de los animales. Movido por la adrenalina dejó tirado sus zapatos y morral de cuero, cuando lo sorprendieron en lo que él pensaba era su último baño.

Sus pies tropezaron con una raíz escondida en el suelo, y un escalofrío de terror le recorrió mientras se tambaleaba hacia el borde del acantilado. El corazón le quiso escapar por la garganta cuando observó la punta del rocoso acantilado; sus ojos bailaron por el filo de las piedras mientras aleteaba por mantener el equilibrio. Tal vez la muerte no estaba tan lejos como pensaba.

Su cuerpo se inclinaba peligrosamente hacia adelante, el vacío oscuro extendiéndose ante él. Jimin extendió sus brazos instintivamente, agitando sus manos en el aire mientras luchaba por mantener el equilibrio.

Aleteaba cual pez fuera del agua.

Agitado al encontrarse con su fin frente a él, dio unos pasos hacia atrás, sintiendo hasta la más minúscula piedra clavarse en sus heridas abiertas por su corrida descalzada. El cuerpo le picaba por completo, no sabía si sería por el sudor o por la dosis de adrenalina que se había disparado.

Los caballos iban bajando la frecuencia de su trote, como si estuvieran buscando un lugar para detenerse, y eso alertó a Jimin. El rubio, movió bruscamente su cabeza de lado a lado buscando un escape, estaba muy cerca de ser atrapado.

Alcanzó, metafóricamente, su corazón maltratado del suelo y corrió hacia un costado del bosque, en donde habían varios arbustos. Su idea era básicamente hacerse bolita en el suelo y cubrirse con algunas ramas, esperando que la oscuridad lo favoreciera y que las personas se rindieran de su búsqueda. Siempre con la esperanza intacta de que podría esconderse, esa esperanza que solo tienen los inocentes.

No logró dar los pasos necesarios para esconderse cuando las patas de un caballo surgieron de la oscuridad, del mismo arbusto donde tenía pensado esconderse. Vio de manera lenta como las patas se movían en el aire para luego dar duro contra la tierra, logrando que el chico cayera de espaldas al suelo.

— Suficiente — esta vez no fue un grito. Fue una voz cercana que mantiene su tono serio y furioso, la misma que anteriormente le pido detenerse.

Intentó no girar a mirar a las personas que comenzaron a agruparse en ese trozo del bosque, uno al lado del otro. Todos portaban un uniforme de color rojo bastante oscuro, bien pulcros y destacando la insignia del reino en el lado izquierdo. Todos se quedaron quietos, observando sus movimientos. Juraba que se reían en secreto de él.

En un momento fugaz de distracción, un dolor agudo le atravesó el pie. Jimin soltó un grito ahogado y se tambaleó en su pobre intentó por levantarse del suelo; tropezando antes de caer al suelo en un montón de hojas y tierra. Sus manos se aferraron al terreno, y su expresión era una mezcla de sorpresa y dolor. Miró hacia abajo, y allí, en su pie, descubrió una flecha que se había hundido en su carne. La respiración le volvió a faltar y sus manos temblaban tratando de acercarse a la reciente herida. Tenía una maldita flecha atravesando su pie.

— Pero… qué… demonios — todas las palabras las soltaba por respiraciones cortas. La sorpresa inicial fue reemplazada rápidamente por un ardor intenso que le robó el aliento. Jimin apretó los dientes con fuerza, conteniendo un grito de dolor mientras sus manos temblorosas agarraban la flecha. Cerró los ojos por un momento, respirando profundamente para controlar su reacción. La verdad es que necesitaba su alma de vuelta.

Mientras tanto, uno de los sujetos, el que estaba a la cabeza de todos los demás, se bajó de uno de los caballos y se fue acercando lento con su puño derecho en alto, dándole una señal a los demás soldados. Supone que esa señal era la de no moverse, ya que se quedaron más quietos que antes, lo cual es complicado. Con los ojos fijos en el chico, tuerce el gesto en desagrado.

— Bien, necesitas tranquilizarte — era la misma voz que estuvo escuchando todo el camino.

Jimin no le estaba prestando la atención suficiente, ya que no asumía del todo que su pie estuviera herido. Tal vez con algo de fuerza logrará salir, pero el grito que plegaria se escucharía hasta el infierno.

Solo logró captar cómo el hombre frente a su herida, tiró el arco al suelo bastante lejos cuando se agacho, sin permitir que su ropa toque la sucia tierra.

— Mi… pie…

— Se curará — dijo simple. Sacó una navaja de uno de los bolsillos de su traje de manera rápida, el sonido de la filosa hoja saliendo logró descolocar aún más al chico adolescente que comenzó a temblar. Lo matarían allí mismo, y el tiempo no le alcanzó para despedirse de sus padres.

— Basta… por favor… — habló suplicante.

Intentó no seguir temblando, pero por la presión contenida en su mandíbula los dientes le comenzaron a rechinar. Intentó juntar sus manos en busca de perdón, pero la otra persona, que no se dio el tiempo de ver, lo atrapó del cuello logrando terminar de tumbarlo.

— ¿Qué estabas haciendo en mis tierras?, ¡¿Quién te crees para beber de esta agua?!, no es la primera vez que lo haces mocoso, te he observado — lentamente encajó la punta de la navaja en el cuello del rubio, lo que logró hacerlo patalear de la desesperación, levantando algo de polvo.

— por favor… no..o..

— ¿De dónde eres?, ¿He?

Jimin no escuchaba de manera completamente clara lo que el pelinegro trataba de preguntar. Estaba cansado, sudado, con el pie herido, y con una clara amenaza de muerte bailando en su cuello. Intentó levantar sus brazos para quitarse al sujeto de encima, pero sus ojos viajaron hacia el maldito ejército que portaba a sus espaldas, todos ellos estaban para atraparlo a él, en una noche cualquiera.

Hizo un triste intento de levantarse, pero la presión en su cuello aumentó, obviando también el movimiento de los caballos y la tensión de las cuerdas de los arcos preparados para incrustar otra flecha donde sea. Se obligó a permanecer en el suelo, con las diminutas piedras hiriendo su espalda.

— Por favor, necesito… — y sin más giró su rostro y logró vomitar.

Pareció ser un repelente natural, pues la presión del cuerpo contrario sobre el suyo disminuye y lo escucho dar unos pasos lejos.

Colocó su propia mano en su frente sudada, como si de alguna manera la acción disminuyera su malestar. Y de alguna otra forma también su vergüenza, por tener tantos ojos observando una escena tan asquerosa.

Al momento de terminar deshaciéndose de todo lo que contenía su estómago, abrió los ojos de manera lenta, observando que en el suelo el charco era solo agua. No le tomó por sorpresa ese resultado, había pasado días sin comer y con todo el ajetreo de la persecución, era de esperarse que lo sacaría todo fuera.

Pero le sorprendió ver sangre. Al parecer la navaja había logrado herirlo.