El Deseo De Eros por Sophi pa los panas en Inkitt
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EL DESEO DE EROS

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Sinopsis

Eros lo tiene todo. Pero lo único que desea, es aquello que no puede tener. Al menos no en su totalidad. Rico, exitoso, atractivo y codiciado en cada ámbito de su vida, Eros vuelve a su pueblo natal para tomar lo que es suyo. ¿El problema? Un albañil arrogante que no está dispuesto a dárselo. Sin una sola moneda en el bolsillo, sin papeles y en un país que no conoce, Alexa Martinelli, una talentosa ingeniera civil e inmigrante, adopta la identidad de Alex Martinelli, un albañil que trabaja para un anciano ebrio con una casa muy singular que se encuentra entre un hermoso bosque de la costa. La llegada de aquel hombre déspota y de mirada candente no será el menor de sus problemas, pero sí el más molesto de ellos. ¿Cuál será el verdadero deseo de Eros? ¡Agradecimiento especial por la portada a @zafir.adesigns!

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Completado
Capítulos:
18
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5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
13+

Prefacio

Nadie dijo que abandonar el país donde naciste y te criaste era fácil, mucho menos cuando apenas cuando se es una jovencita que estaba de su capullo y guardaba tantas aspiraciones y sueños.

Alexa quiso tomar al mundo por los cuernos.

Y el mundo terminó tomándola por los cuernos a ella.

Tenía demasiadas aspiraciones en su vida, incluso tenía una libreta desde pequeña donde había planeado todo minuciosamente.

No tener novio en secundaria ni en la universidad.

Graduarse con el mejor promedio.

Ser la profesional más capacitada en su trabajo.

Diseñar su propio departamento y vivir felizmente hasta el resto de sus días.

Quizás con un novio que se cruzara en el camino, quizás no. Eso siempre fue lo de menos.

Nunca le cerró la puerta a ese amor puro e incondicional, pero no entraba en sus listas de prioridades cuando tenía que esforzarse en no quedar de patitas en la calle y dormir debajo de un puente.

La vida se encargó de enseñarle—de la peor forma posible— que nada era certero. Un día podía estar en la comodidad de su casa imaginándose siendo una talentosa ingeniera civil que trabajaba en una gran empresa, y al otro podía estar batiendo cemento con una pala, sin poder aguantar las ampollas en sus manos.

—¡¿Terminaste ahí, muchacho?!

Clavó la pala en la pequeña montaña de cemento ya mezclado, limpió su frente sudorosa y asintió, con la respiración agitada.

—¡Ya está mezclado!

—¡Bien, comienza a traerlo aquí! ¡Date prisa! ¡Ya quiero irme al bar!

Una risita escapó de sus labios al escuchar a su maestro de obra. Hace unos meses hubiese maldecido su propia existencia ante el pedido, pero ahora no le resultaba tan complicado llevar los baldes llenos de cemento.

—¡Voy enseguida, maestro!

A las tres de la tarde habían terminado de hacer el encofrado del segundo piso del edificio. Alexa quería terminar la obra cuanto antes para ver el diseño terminado, no había visto los planes, pero hasta el momento lo que habían hecho la tenían muy emocionada. Sería un restaurante a la orilla del mar con un pequeño centro comercial arriba.


—Alex, muévete, estás en las nubes.

—Oh, sí—Avanzó por la fila. Golpeó un poco sus hombros para aliviar la tensión que le había causado llevar y traer baldes de cemento de un lado a otro.

Observó sus manos, llenas de ampollas y rústicas. No podía creer que esas mismas manos habían recibido un título de summa cum laude hace año y medio. No le pesaba trabajar y esforzarse, pero sentía que había echado todo su anterior esfuerzo a la basura.

¿De qué servía un summa cum laude en un país donde apenas y tenía papeles temporales? No tenía el dinero suficiente para validar y conseguir una visa. Todo lo que trajo se lo robó un estafador apenas bajó del avión. Le había prometido conseguir todo lo necesario para ejercer su carrera y la había dejado sin nada más que unos cuantos billetes para pagar el autobús. Porque ni siquiera la maleta le había dejado el muy hijo de animal.

Evidentemente, el primer día en ese país había sido el peor de todos, pero precisamente por ser su primer día no podía tirar la toalla tan rápido y volver.

—¡Alex Martinelli!—Dio un paso para quedar frente a su jefe. Su jefe le tendió el sobre y le sonrió, amable—. Lo hiciste bien hoy, muchacho.

Sonrió y acarició el sobre, con un destello de ilusión en sus ojos. Era el único incentivo que tenía para seguir. Ese trabajo le había caído como del cielo, literalmente. Estaba sentada en la acera con una ropa que había conseguido de un refugio cuando un metro cayó en su cabeza y escuchó un 《 ¡renuncio! 》 que venía del segundo piso.

—Gracias, jefe.

—Te has esforzado mucho, muchacho— le felicitó el hombre. Sonrió, intentando no lucir avergonzada. Su jefe era un gran hombre—. ¡Eso merece unos tragos!

Su sonrisa tembló al oírlo.

Era un gran hombre, pero tenía el defecto de derrochar el dinero en tragos.

—¡Vamos por unos tragos! —gritó el resto al unísono.

Ni hablar de sus compañeros de trabajo.

Negarse no era algo que tuviese el lujo de hacer. Era una pequeña contratista, así que le convenía resultar agradable a todos para seguir siendo contratada como albañil temporal.

Había un bar cerca del lugar donde estaban construyendo. Era cálido y preparaban carne asada. Alexa tenía mucho tiempo sin comer carne asada, era muy cuidadosa con sus gastos y no lo derrochaba en lo que, para ella, eran lujos innecesarios. Además de reunir para sus papeles, necesitaba enviarle dinero a su familia.

Desde que los empresarios habían pisado el pequeño pueblo de Atlas por sus playas vírgenes y celestes, la mayoría de los locales se volvieron costosos. Todos menos el de la señora Celeste, una amiga cercana del jefe de Alexa. Las rondas en su bar siempre eran accesibles y no había fin de semana en el que no asistieran.

—¿Recuerdan cuando este muchachito apenas y podía levantar un saco de arena? ¡El primer día desgarró dos! ¡No sé cuántas veces te corrió el jefe y tú seguías viniendo! — todos rieron al escuchar la anécdota de Kali.

Alexa se bebió el vaso de golpe, lo dejó sobre la mesa y sonrió a boca cerrada.

—Ahora cargo más sacos que tú— todos se carcajearon ante la réplica y Kali repitió la misma acción que ella con su bebida.

—Buena respuesta, muchiachio, buena respuesta.

Su jefe le dio una palmada en la espalda, orgulloso de su respuesta. Sus ojos ya estaban vidriosos y adormilados debido a la considerable cantidad de alcohol que había ingerido.

La sonrisa de Alexa se esfumó al verlo tambaleándose de un lado a otro. Cuando el anciano alzó su cerveza, lo detuvo.

—Será mejor que no se gaste todo el pago este fin de semana, hay que pagar la luz el lunes.

—Sólo será una más, descueda—dio un largo trago e hizo un ruido de satisfacción.




—Sólo sería una más, ¿eh? —inquirió, con la respiración entrecortada debido al cansancio de arrastrar a su jefe del bar hasta su casa.

Era lo que más odiaba de los fines de semana. Además de cargar baldes debía cargar a su jefe borracho por todo el bosque hasta llegar a su casa frente a la playa. Afortunadamente, ella vivía con el anciano.

La pequeña casa la había enamorado desde el primer instante en que la vio. Se encontraba en un estado casi deplorable, pero en sus tiempos de oro de seguro era un lugar hermoso y aislado del mundo. Eran como dos casas en una y su jefe había tenido la amabilidad de alquilarle una parte de ella a un precio asequible debido a su estado y lo alejada que estaba del pueblo.

Por supuesto, el hombre no sabía que ella era una mujer. En parte, porque no salía más que para ir al trabajo, y él siempre se pasaba ebrio la mayoría del tiempo.

Abrió la puerta principal y lo dejó sobre el sofá. Acomodó sus piernas para que no quedaran guindando y recostó su cabeza en el cojín. Fue hasta la cocina para prepararle un té de manzanilla, cuando regresó, el hombre estaba sentado en el sofá bebiendo de una botellita de acero que no sabía de dónde había sacado. Resopló. Se sentó a su lado y le quitó la botella, él no protestó, era muy manso cuando bebía. El anciano sonrió con desgana.

—Detestas que beba, ¿no es así? Yo también lo detesto, pero me ayuda a olvidar.

Lo miró compasiva. Su jefe no era un mal hombre, pero estaba demasiado consumido por su pasado, el estado de esa casa y su estado propio eran la clara prueba de ello. Le tendió la taza de té.

—Bébalo, le hará bien.

—Gracias, Alex. Eres un buen muchacho— le dio una palmada en la mejilla—. Definitivamente eres el trabajador más débil que he tenido—. Pero también eres el más fuerte.

—Se está contradiciendo, jefe.

Bah—le dio un sorbo a su té y lo escupió. Alexa sonrió—. Patrañas, eres débil y muy fuerte porque tienes fuerza de voluntad. Yo hace mucho que carezco de ella.

—Gracias, jefe.

—No me agradezcas. Lo has hecho bien, muy bien. Nadie pega las cerámicas como tú y haces cada trabajo con un perfeccionismo que a veces me causa dolor de cabeza. Incluso más que mis jaquecas matutinas— no pudo evitar reír al escucharlo.

—Gracias a usted, jefe, por darme la oportunidad de trabajar a pesar de que al principio...fue difícil para mí.

El hombre le sonrió, atontado y con los ojos vidriosos, no solo por la ingesta excesiva de alcohol, sino por las lágrimas retenidas. Volvió a darle una palmada en la mejilla, como un gesto paternal de parte suya.

—No voy a negar que te contraté porque me recordaste a alguien…Mi…, hijo—sonrió, melancólico—, es igual de perfeccionista y testarudo que tú...

—Pensé que yo era perseverante.


—La palabra correcta es terco y obstinado. En eso salió a su madre...Mi amada Jessie...—abrió su boca para aspirar profundo y contener las lágrimas. La encaró, sonriente—. Estoy muy orgulloso de él, ¿sabes? Él es muy famoso, rico y exitoso. La mitad del pueblo es suyo—murmuró. Alexa negó, divertida—. Vendrá un día de estos. Ya lo conocerás.

—Estoy ansioso, no hago más que escuchar maravillas de él. Aunque no le creo mucho.

—Sé que no me crees—jaló su oreja, haciéndola reír—, pero te estoy hablando en serio, muchacho.

—Claro, claro.

El anciano resopló, enojado. Alexa rio. Disfrutaba hacerlo moquear.

—Ya deberías ir a dormir. Y tómate esa pastilla que te recomendé si quieres levantarte de la cama mañana.

—Sí, jefe.

—Ah, y tráeme la botella de whisky que está en la nevera, por favor.

—Mañana será otro día, será mejor que no beba tanto, lo levantaré para buscar mejillones en la mañana.

—¡Bah!

—¡Descanse, jefe!

Como sea.

La vio marchar hasta el pasillo que conectaba ambas casas, meditabundo. En cuanto ella cerró la puerta, extendió su mano para alcanzar el portarretratos que estaba boca abajo sobre la mesa. Acarició el marco. Las gruesas gotas cayeron sobre el vidrio roto. Lo abrazó a su pecho y cerró los ojos. No podría descansar en paz mientras respirara y recordara.



Alexa se levantó de la cama en contra de su voluntad. Rascó su cabeza y dio un largo bostezo. Arrugó el rostro al sentir el dolor en sus músculos, no era tan fuerte debido a las pastillas que se había tomado. El lugar era algo pequeño, pero era la clase de diseño que le hubiese encantado hacer alguna vez. Los pisos eran de madera y había un círculo inmenso en el techo de vidrio templado. Lo que más le gustaba del lugar, era la vista hermosa que tenía del mar y los dos pequeños colibríes que siempre veía posarse en las cayenas durante las mañanas. Ese día en específico algo extraño ocurrió. Ya no eran dos colibríes, sino tres.

Sonrió, encantada. Esa vista era la que infundía esperanza las noches antes de dormir y las mañanas al levantarse.

Al salir de la habitación, había una pequeña sala con cocina con un piso estrecho, pero con estanterías por toda la pared y unas que otras gavetas, también en la pared. La puerta de la cocina conectaba a la parte de la casa que era más grande.

Se levantó para ir a la cocina. Aún no salía el sol, debía prepararse para trabajar ese día. Cocinó algo para ella y una sopa de esas que su madre le preparaba hasta para sacar los malos espíritus del cuerpo para su jefe. Bostezó y comenzó a tararear una canción.


Había algo extraño en esa casa, pero era una extrañeza que le gustaba. Su jefe le había contado que hace mucho había construido aquella casa para su amada Jessie, después de escuchar su historia de amor, miró aquel lugar precario con otros ojos. Podía respirar la tristeza, pero también podía sentir el amor y la añoranza en cada rincón del lugar y en cada roce de la brisa del bosque.

Cuando terminó de hacer el desayuno, abrió la puerta, luego sostuvo la bandeja donde había puesto la sopa, las pastillas y un poco de agua. Al entrar a la sala donde había dejado a su jefe la noche anterior, frunció el ceño al no verlo.

Buscó por todo el lugar y no lo encontró. Salió hacia el exterior. Había un jardín que dividía ambas casas, pero que estaban unidas por un techo de vidrio templado por donde pudiera entrar la luz solar para que las plantas no se marchitaran. Sonrió al verlo sentado en la silla de madera, en dirección a la playa. Siempre se sentaba allí cuando quería recordar a su Jessie, según palabras suya.


—Jefe, le he preparado una sopa buenísima para la resaca—se acercó a él y lo miró. Soltó la bandeja al verlo—. ¡Jefe! —Sus ojos estaban abiertos en dirección hacia el mar y su tez violácea y cadavérica. Se agachó, negándose a aceptar lo que sus ojos veían—. ¡Señor Vitali! —Intentó moverlo, pero se encontraba tieso. Jadeó y tapó su boca, horrorizada. Las lágrimas y la desesperación no tardaron en consumirla—. Abel...

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