Anafrei
La voz de Jazmine recitaba las últimas palabras de su madre antes de desaparecer. La última historia que le contó a Jazmine, hace ocho años, cuando ella apenas era una niña de nueve; pero más valiente que cualquier otro niño en primaria.
Siempre recordó aquellas palabras «Los Dioses y su historia están retorcidos».
Para ella, los Dioses eran la más clara muestra de respeto y admiración, todos en el país creían en ellos; creen en eso que, para todos los demás solo se volvieron mitos.
—Los Dioses vinieron a crear Freiani. Mamá decía que cuando llegaron aquí, sus historias se reiniciaron. Como si todas sus historias cambiarán para siempre. Algunos Dioses se sintieron apenados por cómo terminó todo para ellos —dijo Jazmine cuando movió la última pieza del ajedrez—. ¡Bien! Te lo dije pa', soy la mejor, deberías meterme a torneos.
—Si lo hago, te vas a obsesionar.
—Por supuesto que no —exclamó Jazmine al no admitir que cuando ella se emociona con algo, no lo suelta.
Era una joven muy inteligente, buena estratega y sin miedo a nada. La razón por la que amaba a los Dioses más que a cualquier otro humano que creía en ellos, era porque solo le quedaba eso de su mamá. Había perdido a su mamá hace más de cuatro años, aún le dolía como la primera vez que aquel avión reportó su caída y jamás volvieron a encontrar restos del avión o de los pasajeros. Jazmine sabía que Gea no pudo salvarlos, ningún Dios en realidad. Pero de igual manera, agradecía todo lo demás que tenía por los seres que ella respetaba.
Jazmine, al terminar el juego con su padre volvió a acomodar las fichas en su lugar donde empezarían una nueva partida. Su padre, mientras, se puso revisar correos de su trabajo desde el celular, le agradaba pasar tiempo con su hija.
En ese momento, aunque lo parecía, no todo era paz y tranquilidad. En la habitación donde se encontraban, Jazmine empezó a mirar a la sala, en la cocina y en el pasillo a los cuartos, pues pronto sintió una presencia extraña en su hogar que empezó a alterarla.
La chica empezó a escuchar sonidos dentro y fuera de la sala, con una baja frecuencia que apenas era percibida por el oído humano. Jazmine, comenzó a mirar a los lados, buscó los pitidos que la molestaban, perdió la concentración en lo que estaba haciendo y pronto se puso a la defensiva sin saber por qué.
—De todos los reinos de este país, el más importante es Anafrei —dijo Jazmine tratando de ignorar su instinto.
—Claro, esa historia era la favorita de tu madre. Anafrei, la tierra de los Dioses, ¿no es así? —preguntó el padre de Jazmine, continuando el trabajo de su hija—. Aunque lo correcto sería llamarle Anafrei, el cielo de los Dioses.
Jazmine sonrió al oír eso ya que le causó nostalgia escuchar las historias que su madre conocía sobre el país. Por otro lado, su corazonada se hizo cada vez más grande, había alguien, no, varios. Todos la estaban observando, mas no sabía quiénes eran.
Fue entonces cuando una luz blanca atravesó el pasillo de la casa hasta llegar al comedor, donde se encontraban Jazmine y su padre. Eran fragmentos de luz con silueta humana, parecían fantasmas moviéndose a una velocidad impresionante. La joven se percató de que almas sin cuerpo deambulaban por su casa, rodeándola por completo.
Aquella luz que perturbó la estancia de la chica y su padre, tomaron por la fuerza al señor, solo en ese momento Jazmine se alteró. Supo que algo malo estaba pasando. La luz tomó a su padre y desapareció en un instante, pero antes de que pudiera hacer algo; ella perdió su conciencia al ser sometida por esos seres.
En un parpadear de ojos Jazmine, despertó. Observó al rededor suyo una mansión gigante de color blanco, parecía que estaba en las nubes.
Al alzar la vista vio como en cada rincón, pasillo, ventana y puerta de aquel hogar había un ángel, con grandes alas blancas, sin camisa y con un cuerpo que parecía humano; cada uno de ellos apuntó con un arco y flecha a la humana, sin quitar su mirada sería. Jazmine, rápidamente se dio cuenta que esos seres eran los que la sometieron.
La chica morena y de cabello ondulado, sin saber qué hacer solo miró a todos al rededor de la habitación en busca de su padre. Sin hallar señales de él apretó con fuerza los puños y mordió sus dientes fuertes, estaba molesta.
Solo entonces, la voz de una mujer habló haciendo eco en las paredes.
—Es un placer, Jazmine.
Desde el segundo piso, empezó a bajar por las escaleras de caracol una bella mujer. Vestía un vestido largo que cubría sus pies color verde, su cabello era café al igual que sus ojos, su piel era clara de porcelana y en su cabeza una corona de plantas rodeaba su cabello amarrado en chongo con diseño de flor.
Jazmine al verla se sorprendió, porque pese a que no había dicho su nombre, ella ya sabía quién era.
—Mi nombre es Gea, reina de los cielos de Freiani.
Todo parecía irreal, sin embargo, cuando Jazmine reaccionó empezó a buscar a su padre por todos lados, sin poder encontrarlo.
—¿Dó-dónde está mi padre! — preguntó gritando Jazmine, desesperada.
La chica sabía que debía respetar a la Diosa, sin embargo, estsva asustada por perder a la persona que más amaba en ese momento. Por eso no guardó la retaguardia.
—Tu padre está bien.
Jazmine miró una vez más a la mujer, esta le miraba sería y con templanza. Jazmine sabía que con quien hablaba era Gea, una antigua titan griega que según las historias de Freiani, era la nueva Diosa, líder y gobernante de los Dioses entre los Dioses; la llamada Diosa de la tierra.
Gea terminó de bajar las escaleras, una vez en el piso de abajo frente a Jazmine, esta procedió a chasquear los dedos; fue cuando dos ángeles de cabello negro y ropa blanca bajaron del techo volando, hasta tirar frente a ella el cuerpo del padre de la joven. Jazmine, sin pensarlo, corrió a abrazarlo.
—Se ve que amas a tu padre —mencionó Gea acercándose a ambos humanos de manera imponente—. Sería una lástima que por tu culpa tu padre muriera en mis manos.
Gea miró hipócrita a Jazmine, trató de parecer amable, pero en realidad no le interesaba en lo más mínimo. La joven se asustó y escuchó atentamente lo que la Diosa tenía que decir sin interrumpirla en ningún momento.
—No tengo ninguna guardiana eficaz con quién dejar a a cargar a mi hijo. Tengo que ocultar su existencia, por eso lo mejor es hacerlo con una humanas de sangre real.
Gea miró de pies a cabeza a la adolescente, estaba interesada en ella; Jazmine, aunque sentía pánico por lo que estaba pasando mantuvo la frente en alto mientras la Diosa de acercaba a su cara. La joven pensó por varios segundos, incluso abrió la posibilidad de que quizá todo lo que estaba pasando era un sueño.
—Acepto cualquier condición tuya, Gea. Soy fiel a ti y a tus creencias, no es necesario que mates a mi padre.
La chica se sintió presionada por decir aquellas palabras, ella creía y le rezaba a Kagutsuchi, no a Gea. Pero por más que en su mente no dejaba de repetir «Esto es un sueño, esto es un sueño... ». Ella sabía que en el fondo sabía la verdad, una Diosa la había ido a buscar.
—Me parece maravilloso, Adad no estará solo —mencionó la Diosa con una gran sonrisa que hizo crecer flores en su cabeza.
Jazmine, asustada giró a ver a su padre, sin importarle qué estaba haciendo, ella lo daría todo por el. Por eso no dudo en cuidar a algún pequeño que Gea le diera. Después de todo no era la primera vez que cuidaba niños.
Sin embargo, su cara cambió cuando de las altas escaleras de las cuáles había bajado Gea, salió un joven con porte diferente. Sus facciones parecían más que albinas, parecía muerto de tan pálido que estaba, sus ojos eran verdes, su cuerpo era de porte mediano, además era bastante alto y vestía como maestro de las Artes marciales en Japón. Sin mencionar que una gran aura oscura rodeaba entre líneas si cuerpo.
Cuando Adad fue presentado ante la nueva niñera, a ella le pareció una tontería. El joven bajó hasta llegar con su aparente madre quién lo recibió con un beso en la mejilla, el cuál el príncipe no acepto con gratitud.
Jazmine no pudo evitar soltar una pequeña carcajada al ver al supuesto “niño” que debía cuidar. Esa risa hizo que la atención de Gea se impregnara solo en ella, hizo callar a Jazmine.
La reacción del príncipe no fue muy diferente a la de Jazmine, también le pareció gracioso y una gran tontería todo el asunto. Pero él no se limitó a no guardar su opinión.
—¿Esta tonta será la que pondrás a mi mando? ¿Enserio? Yo puedo cuidarme solo, no necesito a una humana inútil —mencionó Adad viendo sin gracia y con disgusto a Jazmine.
La nueva niñera todo este tiempo se había resistido a no insultar a la Diosa para proteger la vida de su padre. Pero tan pronto escuchó esa humillación dejó salir su ira.
—Oye, idiota. Al menos yo no necesito que alguien me cuide, imbécil.
Las palabras de Jazmine salieron sin pensar, lo hizo mirando firme a los ojos de Adad. Ninguno de los dos se callaba nada, ante nadie que lo insultara y no empezarían a hacerlo ahora.
Gea por otro lado, vio ridícula su conversación callejera, por eso de un chasquido que retumbó en los oídos de todos, así como hizo levantar su cabello por unos momentos, todos volvieron a prestar atención a la Diosa. Incluso los adolescentes.
—Bienvenida, nueva guardiana de los elementos. Es un placer tener sangre real de vuelta.
«Esto es un sueño, solamente estoy soñando» La niñera no paraba de repetírselo en la mente una y otra vez.
—Esto termina aquí, por ahora. Nos veremos pronto, Jazmine —terminó Gea.
Un aplauso retumbó toda la sala en donde estaban, causando un viento fuerte que sacó de sus casilla al padre medio herido de Jazmine, y a la misma chica.
Sin saber por qué, el camino a descubrir el mundo de los Dioses había llegado a Jazmine, la niñera del príncipe.








