La Leyenda de los Guerreros:El Origen de la Magia.

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Sinopsis

Antes de que la magia fuera prohibida, antes de que los libros ardieran, antes de que el mundo aprendiera a callar… hubo dioses. En La leyenda de los guerreros: el origen de la magia, serás conducido a traves de tres eras distintas que revelan como nacio, se corrompio y finalmente fue temida la magia. En la Era Prima, los dioses aun caminan sobre la Tierra. Su poder no proviene del cielo, sino de la Latreia: la adoracion de los mortales. Cuando esa Latreia comienza a menguar, un arcangel decide imponérla por la fuerza, desatando un conflicto que marcara el destino de todos los pueblos. En la Era Santa, el mundo ya sangra por esas decisiones. Los Barbaricus recorren las tierras secuestrando ninos y criaturas magicas, alimentando un sistema de terror, obediencia y culto forzado. Entre jaulas, acero y silencio, la esperanza parece extinguirse. En la Era Apex, la magia es un crimen. La historia ha sido borrada y la Latreia sustituida por miedo y control. Joe solo intenta sobrevivir con su hijo en un mundo donde recordar el pasado puede ser tan peligroso como practicar la magia misma. Tres eras. Un solo origen. Una verdad enterrada bajo siglos de sangre y silencio. Esta es la historia de como la magia nacio… y por que el mundo decidio olvidarla.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Fernando
Estado:
Completado
Capítulos:
24
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
16+

—Prólogo:

Fundiendo los sueños con la realidad, Viviendo en tierras de leyenda.

Bajando sus valles podrás encontrar un lugar perdido en tinieblas y al llegar podrás ver un anciano sentado en la tierra, si escuchas muy bien una historia te ha de contar.

En el amanecer de la existencia, en un universo infinito y vacíoo, una chispa solitaria rompió la oscuridad. De ella nació Cronos, el dios del tiempo.

Por eones habitó el vacío, contemplando el silencio hasta que la soledad comenzó a carcomerlo. Entonces, con un gesto, dividió su poder y creó tres hijos.

Pasaron las eras. El menor de ellos, curioso e inquieto, descubrió algo que cambiaría todo: podía crear vida sin recurrir al poder de su padre.

Formó planetas por diversión, dio forma a criaturas, las destruyó y volvió a empezar. Eran solo juguetes para él… hasta que un día, una de aquellas creaciones alzó la mirada y lo llamó dios.

Esa adoración encendió algo dentro de él. Sintió su poder crecer, fluir, multiplicarse. Y supo que la devoción podía ser una fuente de fuerza.

Sus hermanos lo notaron pronto. Intrigados —y envidiosos— repitieron su experimento. Crearon mundos, razas y civilizaciones que los veneraran. Cada oración, cada ofrenda, alimentaba su divinidad.

Sin embargo, mantener tantos mundos requería vigilancia. Así nació Divinia: un reino suspendido entre luz y eternidad. Los antiguos escritos la describen como un paraíso de cielos infinitos, lagos tan claros que podían reflejar el alma, y jardines que nunca conocían el marchitar. Allí la luz del sol y la luna convivían sin descanso, como si el día se negara a morir.

Fue el hogar de los dioses.

Pero la Latreía es un fuego inestable. Temerosos de perder la adoración de sus criaturas, los hermanos forjaron a los ángeles, custodios del culto divino. Eran seres de un esplendor casi intolerable, tallados en pura luz, creados para mantener viva la llama de la devoción.

En el corazón de Divinia se erguía su fortaleza: una estructura nacida de la magia más pura, rodeada por un lago de cristal: Dentro del castillo, se encontraba un salón único, donde los planetas eran colocados y vigilados por los ángeles. Desde allí observaban los mundos que habían reclamado como suyos.

Sin embargo, la armonía no duró. Cronos, al sentir el crecimiento del poder de sus hijos, comenzó a temerles. Su orgullo se volvió sospecha, y su sospecha, tiranía.

Los llamó a su presencia y les exigió más creación, más servidumbre. Los convirtió en obreros de su propio reino debido a su superioridad en poder comparado a los tres juntos. Y aunque los tres obedecieron al principio, en sus corazones germinó la duda: ¿por qué servir a quien los encadenaba, si la fe de los mortales ya los hacía fuertes?

Durante siglos, planearon su liberación.

Cuando Cronos descubrió la traición, su furia estremeció los cimientos de Divinia. Desató sobre ellos una legión de ángeles. El cielo ardió con fuego dorado, y el suelo tembló bajo la guerra de dioses.

Los hermanos resistieron. Cada golpe de su padre era como el peso del universo. Agotados, sangrantes, unieron lo poco que quedaba de su poder y, en un último acto desesperado, sellaron a Cronos dentro de una reliquia que siempre portaba el hermano de en medio.

Así terminó la era del primer dios, y comenzó el reinado de los tres.

Durante siglos disfrutaron de la paz. Pero un día, entre los reflejos del lago y el fulgor de los jardines eternos, algo cambió.

Un planeta perdido —creado por Cronos antes de su caída— comenzó a despertar. Era oscuro, desolado y latía con una energía que ninguno de ellos comprendía. Intentaron destruirlo… y fracasaron.

Porque en aquel mundo, la voluntad de su padre seguía viva.

Innumerables ciclos de sol pasaron en calma… hasta que el hermano mayor comenzó a apartarse de los otros dos.

La impotencia de no poder destruir el planeta de su padre lo consumía día a día. La paz en Divinia se le volvió insoportable.

Los ángeles —sus antiguas creaciones— se habían vuelto demasiado libres, demasiado iguales a sus amos. Y eso, para él, era una blasfemia.

Su arrogancia creció como una grieta en el mármol. Con cada amanecer, la semilla de su ambición echaba raíces más hondas, hasta que una sola idea lo dominó: el poder no debía compartirse.

Entonces miró hacia aquel planeta prohibido, el legado maldito de Cronos. Vio en él una oportunidad.

Tomando su esencia divina, moldeó una nueva raza: los Ariles.

Seres de piel pálida y ojos encendidos como carbones y mentes tan brillantes como crueles. Nacieron para adorarle, y lo hicieron con fanatismo.

Su devoción —pura, desesperada, total— alimentó al dios que los había creado. Pronto, el hermano mayor sintió su poder desbordarse.

El planeta, al que llamó Tierra, se convirtió en su altar.

Pero el poder engendra miedo.

Sus hermanos lo vieron con horror y supieron que la historia de su padre se repetía.

Intentaron detenerlo… y fallaron.

El primogénito, en su soberbia, se alzó contra ellos.

Convocó a sus legiones de ángeles y forjó una nueva casta, más perfecta y terrible: los Arcángeles. Ocho en total, nacidos del fuego de su voluntad.

Seres de cuatro pares de alas, ojos dorados y fuerza comparable a la de sus hermanos.

Cuando marchaban, la luz se quebraba a su paso.

Cuando combatían, el cielo sangraba.

La guerra por Divinia había comenzado de nuevo.

Los hermanos menores resistieron cuanto pudieron, pero fueron superados.

El hermano mayor se dio cuenta de que no podía destruirlos —su esencia era divina, como la suya—, pero juró sellar sus almas, así como ellos sellaron una vez al padre de todos.

Sin embargo, el hermano de en medio actuó antes.

Desesperado, tomó el amuleto que contenía la esencia de Cronos y canalizó su poder.

La energía del dios primigenio recorrió su cuerpo como fuego líquido.

Con un solo gesto, aniquiló a los Ariles, arrancando su existencia de la faz de la Tierra.

Luego, antes de caer, lanzó una maldición sobre su hermano:

“Que tu poder dé vida solo una vez más, y que lo que nazca de tus manos te condene para siempre.”

El precio fue alto, su poder menguo.

La fuerza del amuleto lo consumió, el mayor actuó rápido antes de que su poder desapareciera, cello su espíritu hacia las profundidades de los mares de la tierra. Allí quedó sellado, entre corrientes infinitas y silencios sin fin.

El hermano menor corrió la misma suerte.

Derrotado, fue exiliado al Inframundo, reino de las almas caídas, donde su esencia quedó encadenada para guiar eternamente a los muertos.

Así, el Rey Dios se alzó sobre los restos de la guerra.

Divinia, aunque gloriosa, quedó teñida de cicatrices.

El nuevo orden era férreo y cruel.

Los ángeles que no se inclinaban ante él eran castigados sin piedad; los Arcángeles se convirtieron en sus manos ejecutoras.

Y durante incontables soles, el Reino Celestial vivió bajo su voluntad absoluta,

mientras en las profundidades del mar y en el eco del Inframundo,

dos sombras aguardaban el día en que el equilibrio sería reclamado.

Desesperado por recuperar sus poder y gloria de los días donde los Ariles lo adoraban, tras incontables soles, el Rey Dios descendió al Salón de los Planetas, donde reposaban los pocos mundos que aún le pertenecían, entre ellos aquel creado por su padre.

Tomó una porción de su energía restante —lo último que la maldición del mediano le había permitido conservar— y dio forma a la última vida que podría crear.

De su propia imagen y semejanza nacieron los humanos, seres dotados de razón, fragilidad y una chispa de poder mágico que no podían dominar. A diferencia de los ángeles o arcángeles, no nacieron con alas ni con fuerza divina; sin embargo, se les concedió un don que ningún otro poseía: la capacidad de aprender.

Les fue entregado un jardín perfecto, libre de hambre y dolor, donde la paz reinaba eterna. Todo estaba dispuesto para un único propósito: que su adoración hacia el Rey Dios jamás cesara. Cada rezo alimentaba su poder, cada mirada al cielo restauraba su gloria perdida.

Y su plan funcionó.

Poco a poco, sintió cómo su esencia volvía a brillar. La energía divina que había perdido comenzaba a fluir de nuevo por sus venas.

Entre sus comandantes, uno observaba en silencio.

El más poderoso de los arcángeles, el primero, aquel que en su nacimiento había recibido una chispa de bondad que el propio Rey Dios no advirtió, solía pasar sus días en el Salón de los Planetas. Desde allí contemplaba el jardín y a los humanos con una fascinación silenciosa.

Veía en ellos algo más que simples súbditos. Veía gracia. Veía vida.

Y dentro de su pecho comenzó a germinar una duda.

¿Cómo podía el Creador exigir adoración de seres que jamás conocerían la libertad?

¿Era justo que las criaturas hechas a su imagen solo existieran para servir?

En su corazón, la bondad se transformó en fuego.

Decidió romper el ciclo y regalar a los humanos el conocimiento. Les otorgó la semilla de la conciencia, un destello de comprensión que retiró el velo de sus mentes. Por primera vez, los humanos comenzaron a cuestionar, a elegir, a soñar.

Y el equilibrio se quebró.

El arcángel comprendió entonces que la tiranía del Rey Dios debía terminar. Reunió a un ejército de ángeles que compartían su ideal: un nuevo orden donde todas las criaturas pudieran existir en igualdad. Aquel ejército lo llamó Lucifer, “el portador de luz”, pues su causa no era oscuridad, sino esperanza.

Pero su rebelión no prosperó.

Sus hermanos arcángeles, leales al trono, se negaron a traicionar al Creador.

Lucifer fue derrotado y arrastrado ante el Rey Dios en el mismo salón donde alguna vez juró lealtad eterna. Su cuerpo estaba desgarrado, pero su mirada no mostraba arrepentimiento. Intentó defender sus acciones, mas el Rey Dios, enfurecido, vio en él la raíz de su decadencia: los humanos, ahora conscientes, rezaban menos. Su poder se debilitaba nuevamente.

En un acto de cólera divina, el Rey Dios extendió su mano y desgarró el alma de Lucifer.

Lo fracturó en siete fragmentos, dividiendo su cuerpo, alma y espíritu.

Cada fragmento fue arrojado a la Tierra, junto con todos aquellos que habían osado seguirlo, condenados a vagar entre los mortales hasta el fin de los tiempos.

Agotado, el Rey cayó de rodillas. Su magia se había consumido en la sentencia.

La paz regresó… a Divinia o al menos eso parecía.

Pues se dice que los fragmentos de Lucifer aún susurran entre los hombres, buscando reunirse, esperando el día en que el Portador de Luz vuelva a levantarse para reclamar lo que un día le fue arrebatado.

O al menos, eso cuentan la leyenda.


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