01- Esperaré hasta que mueras.
Hesper White caminaba hacia la iglesia como cualquier otro domingo, era un joven alto y algo musculoso, de cabellos y ojos plateados, casi de un tono grisáceo. Con una piel blanca y un rostro de envidiar, el chico popular al que todas quisieran tener.
Hesper se detuvo frente a la iglesia, del otro lado de la calle, a ver el tumulto que se acomodaba frente a la magnífica iglesia de tonos dorados y blancos.
Él no era muy creyente, pero solía acompañar a su madre que iba todos los domingos, pero que había desaparecido hacía semanas y le tocaba ir solo, por la costumbre ya inculcada.
Escuchaba a los aldeanos discutir furiosos, sin querer ser parte de la discusión.
—¡Necesitamos exorcizar a esas bestias del demonio! —gritó con furia contenida uno de los aldeanos—. No podemos vivir así. Cómo si fuésemos alimento.
—¡Estoy de acuerdo! ¡Hagamos una caza!
—¡Sí, hay que cazarlos!
—¿Pero, escuchaste la leyenda?
—La del monstruo que destruirá nuestro pueblo por venganza.
—Sí, dice la leyenda que un monstruo de ojos rojos y colmillos afilados destruirá este lugar porque le hicimos algo.
—Patrañas, matemos a esa bestia y no habrá peligro.
Hesper escuchaba perfectamente a los aldeanos, aun así su vista estaba completamente en el joven cura, a lo lejos, lo observaba con desagrado.
Resopló y se hizo paso entre los aldeanos furiosos, entrando a la gran iglesia y sentándose en uno de los asientos del medio. Tras persignarse, juntó ambas palmas por encima de su nariz y oró con los labios sellados.
Estaba tan concentrado hasta tal punto de que casi dormía en esa posición, pero se alertó al sentir a alguien sentarse a su lado.
—Desde la capilla pude notar que no rezas, duermes.
Hesper bajó las manos y miró al chico a su lado, realmente no tenía ganas de pelear con él, así que intentó no demostrar ninguna expresión.
No lo soportaba, y era un sentimiento muto de ambas partes.
Era un chico que le sacaba apenas algunos centímetros, de cabello negro, la mayoría del tiempo peinado hacia atrás, con aretes. Vestía una túnica morada con bordes blancos y dorados que lo distinguían de alguien normal.
Pues él era un padre.
Uno muy falso consideraba Hesper con bastante razón, desde su punto de vista, claro. Pues lo cierto era que Corenay se tomaba su trabajo muy en serio... Pero solo cuando estaba dentro de la iglesia.
—¿Te comió la lengua el ratón, o se la llevo tu mamá con ella?— preguntó lo último en un susurro con burla.
—Corenay, para ser padre, eres bastante malo y desconsiderado. Tanto que mis puros ojos se queman al verte.
—Veo tus ojos bien.
—Eso es porque, aparte de estúpido, eres ciego.
—Tan elocuente como siempre, me dan ganas de ahorcarte.
—Lo mismo va para ti— Hesper sonrió.
Al único a quien no le hacía nada de gracia la situación era a Corenay, que se mantenía completamente serio.
—Están haciendo una cacería de lobos... Sería una pena que un padre dijera que quien es el monstruo en el nombre de Dios. Yo que tú, pulgoso, me andaría tranquilo.
Él fingió sorpresa llevando una mano a su boca y luego negó con diversión.
—El que debería cuidarse eres tú, te recuerdo que todos odian a los mosquitos —su sonrisa se agrandó—. ¿Y qué tal estaba el bizcocho que ordenaste?
Al escucharlo los ojos de Corenay se volvieron rojos, sus orejas se volvieron puntiagudas y todo alrededor de ambos cambió, pasaron de estar en la iglesia a un lugar oscuro.
—Entonces fuiste tú, ¿sabes que casi muero por tu culpa?, aún sigo débil.
Hesper se encogió de hombros.
—La meta era matarte, estúpido, quería que murieras de la forma más dolorosa posible y la sangre de lobo es perfecta para eso.
La mano de Corenay fue a parar al cuello de Hesper, lo miraba con rabia mientras el peliblanco sonreía. Lo soltó de golpe y todo volvió a la normalidad, Corenay se fue echando humo a dar la misa mientras él volvía a fingir orar.
Tras un tiempo el joven salió de la iglesia, su vida social no era muy activa pese a que era popular.
Básicamente, su rutina consistía en levantarse y sufrir.
O bueno, levantarse y salir a correr para luego improvisar cualquier cosa en las tardes, como era malo para improvisar, solo se mantenía en su casa, sufriendo de aburrimiento.
Esa tarde, como era domingo y ya estaba fuera, dio unas cuantas vueltas antes de volver a su casa, y mientras iba por el camino cerca del bosque, sintió un olor conocido que lo hizo detenerse.
Si bien no era partidario de Corenay, le era imposible olvidar su nauseabundo olor a metal oxidado, así que miró con cautela hasta que lo vio salir del bosque, ya sin aquella túnica de padre que le quedaba bastante bien a decir verdad.
Ambos se vieron por unos cortos segundos, y totalmente en silencio, ambos siguieron sus caminos y Hesper llegó a su mansión. Él vivía allí siendo hijo del alcalde, era una mansión que, de no ser por él y los sirvientes, estuviera la mayoría del tiempo vacía.
El joven subió a su habitación y se dejó caer en la cama, cansado de caminar.
Mientras tanto, en un frío y sucio callejón, Corenay peleaba con un gran lobo hembra.
¿Cómo se había metido en ese problema?
Pues no lo sabía, solo estaba caminando por allí cuando esa cosa lo atacó.
Corenay era, en definitiva, un imán de desgracias. Ese joven, en sus años de vida, nunca ha tenido suerte ni para ganarse un mísero vaso en algún lugar.
Corenay entre tantos forcejeos logró sacarse al lobo de encima, pero con un aullido del lobo el pueblo se espantó. Un grupo de aldeanos que se mantenía alerta por el lobo se apresuró a ir a la casa de donde habían escuchado aquel ruido.
Corenay estaba gravemente herido, estaba débil por haber bebido indirectamente la sangre de lobo, y justo por eso no había podido defenderse bien.
El joven apenas tuvo tiempo de escapar de allí, pero con los aldeanos siguiéndole el rastro no sabía a dónde ir.
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Hesper se encontraba cerrando las cortinas de la sala de estar, los miembros del servicio se habían ido a las seis como era costumbre y él se encargaba de ver que todo estuviese cerrado. Fue viendo una de las ventanas donde notó una figura en la puerta que no tardó en tocar el timbre.
Reconociendo el olor, Hesper abrió la puerta viendo a un sucio y ensangrentado Corenay delante de él.
—No supe a dónde más ir— dijo descolocando a Hesper.
El joven frunció el ceño, bastante confundido como para reaccionar de mala manera. Corenay esperó en silencio a que él dijera algo y con un gran esfuerzo Hesper ventiló sus pensamientos.
—Creo que te has equivocado de puerta...
—No me dejes morir —murmuró—. No tengo a donde ir más que a ti.
Y tras decir aquello cayó sobre Hesper quien por instinto de reflejo se hizo a un lado dejándolo caer de bruces contra el suelo.
Él suspiró y con ambos labios sellados lo arrastró hasta llevarlo a su habitación y dejarlo tirado allí.
—Me quedaré aquí y solo esperaré a que mueras— murmuro dándole la espalda.