Un bebé para el multimillonario

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Sinopsis

“Te amo, Zara”. “Yo también, Kerem. Y a ti, mi tesoro, mi pequeño Ali. Los amo con todo mi corazón. Volveré mañana, lo prometo”. Esas fueron las últimas palabras que el magnate turco escuchó decir a su esposa antes de que ella abordara un avión y lo dejara con el bebé de nueve meses en brazos. Pero lo que nunca esperó es que ese vuelo nunca llegaría a su destino... Con el corazón roto y completamente devastado, Kerem tiene que lidiar con su firma de inversiones y la crianza de su bebé, para lo cual aceptará la recomendación de contratar a Juliet, una joven que se encargará del corazón del niño y quizás también del poderoso multimillonario.

Genero:
Romance
Autor/a:
luisavilaok
Estado:
Completado
Capítulos:
82
Rating
4.6 11 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El sol acaba de salir, pero se esconde tras las nubes que se levantan buscando ocultarlo. Una masa densa tiñe de gris todo el espacio aéreo de Houston, encendiendo las luces automáticas de la pista de aterrizaje.

Un avión tras otro despega mientras las pequeñas manos de Ali se aferran al cristal helado, que vibra con cada salida hacia las alturas de esas máquinas brutales, y sus grandes ojos observan la forma en que se elevan y se pierden en el cielo.

Zara lo sostiene en brazos mientras esperan en la sala de preembarque, mientras su tenso marido mira su reloj, consciente de que será la primera vez que su esposa esté a tantos kilómetros de él y del pequeño Ali. Hasta ahora, esta es la primera vez que debe hacerse cargo del pequeño, lo que lo llena de miedo considerando su ajetreado horario laboral y la idea de no ser un padre lo suficientemente bueno, como él considera que es su esposa para el bebé.

Es injusto para Zara que solo ella haya tenido que cuidar del hijo que tienen en común durante todo este tiempo. Ambos son conscientes de que es hora de que ella recupere su vida dentro de la firma para la que trabaja y realice los viajes necesarios, en este caso, a Canadá.

Canadá. Tan lejos en distancia real, tan cerca en un mapa ilustrado, y tan real que te asombra.

Kerem nunca quiso que lo dejara de un momento a otro, pero la situación se volvió aún más tensa cuando llegó la dichosa llamada que hizo que Zara pasara al niño a los brazos de su amado.

Una vez que sus manos se aferran al cuerpo gordito del pequeño Ali, ella lo aprieta contra su pecho.

—¿Y si llora? —pregunta él, aterrorizado. Ya lo habían hablado mil veces, pero aun así decidió mantener el argumento por si lograba hacer cambiar de opinión a su esposa. Ya habían tenido la discusión en la que ella le dio los argumentos necesarios por los cuales le hizo entender a su marido por qué es tan importante que él también aprenda a cuidar al bebé y por qué no es el único en la pareja con derecho a reincorporarse a su vida laboral con normalidad.

—Le das un biberón, cariño.

—¿Y si no tiene hambre?

—Lo meces.

—¿Y si sigue llorando?

—Se quedará dormido.

—¿Y si no le da sueño?

—Le cantas.

—¿Y si aun así no es suficiente?

—Mmm. Entonces te inventas algo, porque para eso eres el padre y él es tu maravilloso hijo. Seguramente en algún momento lograrán entenderse —le asegura, acercando sus labios a los de él en un beso que sabe a calidez mágica.

Sus labios eran su hogar.

Ella es su familia.

Donde ella esté, el corazón de Kerem también irá; siempre estuvo seguro de eso. ¿Cómo es posible que un hombre tan rudo y calculador del equipo de fútbol turco de la Universidad de Ciencias Económicas se haya convertido en un padre con sentimientos vulnerables, sosteniendo a un niño que, por día y medio, dependería única y exclusivamente de su cuidado, siendo eso motivo de terror para sus propios desafíos personales?

El amor se materializó y creó a la persona que tenía en sus brazos.

—Te amo, Zara —declara, con el corazón latiendo a mil y haciendo un esfuerzo sobrehumano para que su voz no se le quiebre. ¡Solo sería un día! Él también ha viajado antes por trabajo, incluso con periodos más largos y plazos mayores, pero esta vez sería él quien se quedaría a cargo del bebé, conociendo su poca experiencia con niños y lo mucho que ama a su mujer perfecta; quiere desmoronarse y estallar en llanto cuando ni siquiera el pequeño adopta esa reacción; parece reaccionar con mucha madurez y apenas comprender lo que sucede.

—Y yo a ti, Kerem. Te amo —asegura ella todavía contra sus labios y luego pasa a su bebé, que la mira con sus grandes ojos, sosteniendo un chupete entre sus labios y unas encías que apenas comienzan a tentar la posibilidad lejana de ver aparecer algunos dientes—. Y tú, mi cielo. Mi pequeño Ali. Te amo con todo mi corazón. Volveré mañana, lo prometo —dice, tras desviar sus ojos color miel, igual que los del bebé, de los de Kerem, quien intenta dar un nuevo argumento para extender la charla, decidiendo finalmente no hacerlo porque no tiene intención de hacerle perder su vuelo.

—¿Por qué no conseguiste un vuelo privado que te llevara y te trajera en el día, ya que apenas vuelas de Estados Unidos a Canadá? —se había quejado con ella cuando se enteró de que tendría que estar presente en el evento para celebrar los veinte años de la firma de inversiones de moda para la que trabaja su esposa.

—Porque no pretendo gastar de más, y menos tratándose de algo tan breve que me mantendrá fuera —explicó ella.

—Yo pagaré el vuelo si es necesario.

—Son mis gastos, necesito ser yo quien los gestione de nuevo.

—El dinero no es un problema para mí y lo sabes. Por lo tanto, tampoco lo es para ti, Zara —se escudó él.

Sin embargo, los argumentos de por qué necesitaba gestionar su vida personal, financiera y laboral de nuevo cobraron forma en esa discusión que llevó a Kerem a arrepentirse de haberlo planteado. Esa noche, ambos terminaron yendo a la cama furiosos el uno con el otro, cuando no había necesidad de que terminara así.

No tendría sentido que ahora ella se fuera así.

Kerem estaba feliz.

Estaba feliz de verla marcharse alegremente en dirección a la firma de negocios que la hace feliz, trabajando en la profesión que la convierte en la persona más dichosa del mundo, sabiendo que tiene talento para ello.

Una vez que Zara les echa un último vistazo antes de desaparecer tras los controles fronterizos, él se queda un rato con el bebé en brazos, totalmente aturdido. Es el pequeño Ali quien le recuerda que sigue allí al moverse en su regazo. Kerem mira a su hijo y le advierte: —Bueno, solo somos tú y yo. Ya veremos de qué trata esta aventura, ¿verdad? —le dice al pequeño, mientras comienza a inquietarse en sus brazos. Presiente que quizás tiene hambre o quiere irse a casa, así que busca una cafetería en la galería comercial del aeropuerto para tomar un café y prepararle a su hijo un biberón de leche tibia fortificada con nutrientes.

Por supuesto, no es parte del menú del local, pero está en la mochila con los artículos de emergencia para Ali que Zara ha dejado listos.

Una vez que el niño ya está sentado en su regazo y con el biberón en sus manos, le envía una foto tipo selfie de ambos a su esposa.

Ella está conectada.

Lo ve y responde con una carita con ojos de corazón más una selfie de ella subiendo las escaleras del avión.

—Vaya, casi olvido cómo era esta sensación de tomar un vuelo —avisa en un audio que lo hace sonreír.

—Suenas muy feliz y eso me gusta —declara él, con un nudo en el corazón como pocas veces ha sentido en sus años de vida.

—Voy a extrañarte, cariño.

—Y nosotros también...

—Bububugugugu.

El pequeño Ali interviene en el audio de Kerem y lo hace soltar una risita. Le da espacio para terminar de balbucear su discurso ininteligible y luego procede a decir:

—Nosotros te extrañaremos, al parecer alguien ya te ha dado los argumentos.

—Guardaré el teléfono ahora, te avisaré en cuanto pueda conectarme a la red del avión durante el vuelo. ¡Los amo! ¡Los amo a ambos!

—Y nosotros a ti.

—Mammammmm.

Termina de enviar el audio y suspira, mirando la taza de café frente a él.

Da un sorbo y mira a través de la pared de cristal de la cafetería el avión en el que supone que su mujer va a subir ahora mismo, recorriendo la pista de despegue para luego elevarse y perderse de un segundo a otro entre la densidad de las nubes suspendidas en el cielo.

—Te amo, mi amor —piensa—. Que tengas un buen viaje.