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Conjura

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Sinopsis

El rey me ha enviado a las tierras de los inmortales para cazar y recolectar sus recursos. Aún sabiendo que es un mala idea no me queda otra opción que adentrarme en los bosques de Fayratel. Lo que nunca llegué a esperar es que iba a conocer a una criatura extraordinaria. Una hermosa hada que quiere enseñarme su mundo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

TAE


Desde que tengo uso de memoria, lo único peor que ser arrestado por uno de los soldados del rey, es ser convocado por su propia alteza Astaroth I de Daryl. Nada bueno puede presagiar ser llamado frente al trono de manera urgente. Si es tan precipitado como para sacarme de mi casa en plena noche en un invierno tan aberrante como el que estamos pasando, puedo estar seguro de que se acercan malas nuevas para mi.


Arrastro los pies por las baldosas de roca pulida del castillo, tratando de evitar la forma de llegar hasta la sala del trono dónde podría esperarme un destino peor que la muerte, y aunque jamás me arrodillaría para suplicar, el rey tampoco me mostraría benevolencia o piedad. No el rey al que sirvo como cazador. No el rey que me premia en oro por mis piezas, las mejores del Reino de Daryl.


Quiere algo muerto. Puedo oler su sed de sangre incluso a través de estás enormes puertas; que en cuanto cruzo, dispersa mis sospechas.

Al instante entiendo por qué estoy aquí. A dudar por lo delgados que se hayan sus propios soldados, no quiero imaginas como de hambrientos deben estar los campesinos.


El rey está escurrido sobre su trono de oro y metales preciosos como un niño que tiene un berrinche. Su mentón apoyado sobre su puño y su codo encajado en el reposabrazos. Sus atuendos, cargados y excéntricos, relucen bajo la luz de las velas y las lámparas de aceite del castillo. Su enorme corona brilla con intensidad mientras grita de forma llamativa poder y riqueza.


—¡Ya era hora!— protesta enderezando su cuerpo.


Una vez que estoy lo suficientemente cerca, los soldados del rey se disipan por la sala hasta dejarme frente a él.


—Su alteza...— hago una pequeña reverencia.


Cualquier diría que es demasiado sutil para haberla hecho frente al rey, justo después de haberme convocado. Tiene poca relevancia como parezca, pues si los deseos del rey son malévolos, poco importará mi falta de respeto.


—Actaeon el asesino...— el Rey pronuncia el mote que el pueblo ha puesto sobre mis hombros. Uno que detesto, pero que es bueno para mi negocio. Un nombre aún más apropiado, ya que en lenguas antiguas significaba "cazador". Inútilmente puesto por mi madre al nacer, ya que mis pocos allegados me llaman Tae.— ¿Sabes por qué estás aquí?


—Me temo que no he sido informado aún, mi Rey.


Me he vestido con mi atuendo habitual de caza. Todo repleto de pieles y cuerdas. Mi enorme abrigo de oso descansando sobre mis hombros y que me repele del horrible frío del invierno que entra por las enormes ventanas. Incluso mi arco y mis flechas están perfectamente acomodados en mi espalda. Mis decenas de dagas y cuchillos pegados a la piel de mi cuerpo.


—Eres el cazador real. El mejor de este reino.


—Exageráis, mi Rey. — digo, pero una pequeña risa sarcástica se esconde al final de mi boca.

Si verdaderamente fuera el mejor, tendría cierta cabeza colgada sobre el fuego de mi casa...


—Sin embargo, Daryl está muriendo de hambre. Mis súbditos están muriendo en hambruna ante el terrible invierno.


Reprimo las ganas de soltar una risa sarcástica por segunda vez en menos de dos minutos frente al rey. Mi cabeza agradecerá seguir pegada a mi cuerpo mañana, sólo para regocijarme de lo necio que pueden llegar a ser los reyes.

Advertí al Rey en verano que sus cosechas y sus ganados no serían suficientes para pasar este invierno, pero como suele pasar con los hombres a los que no puede controlar pero necesita, hizo de sordo.


¿Me culpará ahora frente al Reino de Daryl? ¿Seré yo su chivo expiatorio?


—Es una lástima— relamo mis labios mientras cuadro los hombros y miro al rededor de la corte. Un rápido vistazo de cuantos soldados debería matar si esto saliera mal. 10. Puedo con eso.


—Lo es.— su tono sube una pulgada.


Ahora que estoy más cerca de él que desde hace años, noto que ha envejecido significativamente. No es más de media década mayor que yo, pero parece que esa corona le pesa más que el oro que lleva. Unos pelo rubio ceniza y ojos oscuros y hundidos bajo unas ojeras marcadas. Es un hombre que parece atraer a las mujeres, aunque no podría adivinar si por su insaciable sed de fornicación o por su atractivo.


Ante el abrupto silencio, no me queda otra opción que hablar.


—¿Qué puedo hacer por usted, mi Rey?


Su mirada se levanta hacia la derecha, observando la nieve chocar contra las vidrieras y los mosaicos.


—Ante la evidente amenaza que se cierne sobre nuestro reino, no me queda más remedio que enviar a mis cazadores más expertos a traer suministros.


—Pero, es invierno en todo el Reino, alteza. ¿Dónde...


—No me queda más remedio que enviarlos a Fayratel.


Un sudor frío recorre mi espalda, y aunque sabía que el simple hecho de estar aquí iba a traerme complicaciones, nada podría haberme preparado para su tarea.

Es imposible que esté sugiriendo lo que creo que está haciendo.

¿Cazar en las tierras de los inmortales?


—Cazar en Fayratel supondría romper el tratado, alteza— le recuerdo.


El hecho de que me envíe allí me hace recordar mis encuentros en el pasado con las criaturas a las que llamamos Zafios, así es como los humanos conocemos a las criaturas mágicas del reino de Fayratel, y puedo asegurar que la mayoría son bestias sanguinarias repletas de colmillos y carentes de razonamiento. No pecaré de soberbio diciendo que escapé de mi última lucha gracias mis habilidades de cazador, tuve suerte. La cicatriz que me recorre desde la comisura izquierda de mi boca hasta el nacimiento de mi cabello, atravesando mi párpado y mi ceja, son recordatorio más que suficiente para saber que lo que me pide, no es menos que una misión de alto riesgo.


—Soy consciente de ello, pero es eso o llevar a este Reino a la muerte, ¿Es eso lo que quieres?


Su pregunta tiene una clara respuesta. No puedo replicarle al Rey, pero lo que me pide es peor que ser enviado a la guerra, peor que ser sentenciado a la horca. Al menos el verdugo se apiadaría más de mi gaznate que un Zafio.


—Por supuesto que no, mi Rey. ¿Cuánto tiempo disponemos antes de que se terminen todos los suministros?


—Suponiendo que tendrán que llevarse provisiones para el largo viaje, poco menos de un mes.


Mi rostro es tan impasiblemente como el de un león a punto de cazar, pero la preocupación de mi cabeza es igual a la de la gacela. No soy idiota, esto es una misión que sólo podría encargarme a mi. No importa cuantos otros cazadores crea que necesita, ninguno llegará lo suficientemente lejos como para regresar. No sin conocimiento sobre el terreno. No sin tener idea si quiera de las criaturas de pesadilla que habitan allá a dónde vamos. Ni un ciervo, ni un tigre, ni un jaguar podrían comparárseles.


—Tengo entendido que cuando eras niño, fuiste criado en una aldea cerca de la frontera. — mi mandíbula se tensa— Dicen que los Zafios la arrasaron y mataron a todos menos a ti.


Y por primera vez desde que estoy en esta sala, el peso de mi arco se siente más pesado, casi como si gritara que lo sacara de detrás de la funda de mi espalda.

No mucha gente sabe de dónde vengo, pero él es el Rey, claro que lo sabe. Él lo sabe todo, eso dice siempre.


—Así es.


—¿Y no crees que es hora de vengar a la familia que te quitaron? — su pregunta casi me hace estirar mi boca en una sonrisa sarcástica. Casi.— ¿Qué son una reces en comparación? — se atreve a preguntar.


Paso mi lengua suavemente por mis labios antes de hablar. El rey es un hombre impasible, poco paciente y desalmado. No es un rey carente de temperamento y si algo la falta es piedad.


Si lo que quiere es la cabeza de un Zafio, un inmortal, un minotauro o una ninfa se la traeré. No porque me lo pida, no porque sienta que tengo un debe para con mi Rey.

Todo eso me importa menos que nada, porque tenga él conocimiento de mis deseos o no. Hay algo que quiero que sólo él podría darme.


Astaroth sabe que yo soy el único con capacidades, aunque él no sepa que no sería la primera vez que mato a un inmortal. De saberlo, probablemente ya me tendría a lomos de un caballo con dirección a la frontera desde mucho antes.

No lo sabe todo y tanto como cree.

—¿Cuantos suministros necesita? — mi voz resuena en la cámara del trono como un rugido.


—Tantos como puedas traer— habla en claro.


—Lo que pide no es una tarea simple, mi Rey— cuadro los hombros— Los Zafios no permitirán tomar de sus recursos por las buenas, y tomarlo a la fuerza supondría un peligro.


—Serás recompensado generosamente a tu vuelta, Actaeon— la forma en la que pronuncia mi nombre no me gusta— Tierras, oro, mujeres, poder, un título como noble... — estira la comisura de sus labios en una sonrisa torcida— Lo que tú desees siempre y cuando vuelvas con suficientes presas para pasar el invierno.


Mi conciencia no sabe si festejar por lo previsible que ha sido, o temer ante el irrefrenable hecho de que voy a cometer una locura.

Una oportunidad de oro a cambio de sangre. Mucha.

Pero no será la mía.

—¿Y que pasa con los Zafios?


—Si te suponen un problema tienes mi permiso para hacer lo que sea necesario.


No necesito preguntar a qué se refiere. Si impiden mi caza, los que serán cazados serán ellos.

Sangre, pero no la mía.

—¿De cuantos hombres dispongo?


Mis preguntas afilan sin rodeo. No va a comprarme con cosas tan banales como el oro, el poder o el sexo. No necesito que me provea de algo que ya puedo obtener por mi propia cuenta.


—Un par de docenas de cazadores expertos.


Un par de docenas de muertos.


—¿Cuándo estarán los víveres listos para el viaje?


El rey me mira desde su trono reluciente, de cobre puro incrustado en relucientes piedras preciosas traídas desde los lugares más recónditos del mundo, si es que aún queda algo de ellos.


—Partís al alba. — mi pulso ni si quiera se acelera de la impresión de su desespero. Es más, estoy seguro de que si pudiera, me haría partir de inmediato— Espero mucho de ti, joven cazador. Espero que tu fama haga mella en tu fructífero regreso.


No dudo de mi. Ni por un maldito segundo, pero aún hay algo que deseo arreglar antes de partir.


—¿Mi rey?


—Mmm...— masculla


—Me gustaría pediros algo antes de partir. No deseo ni oro, ni títulos. Sólo hay una cosa que os pediré a cambio de mi servicio.


La sonrisa de la comisura de su boca vuelve a estar presente, como si le fuera entretenida esta pequeña conversación entre juez y verdugo.


—Tráeme suficientes reces para pasar el invierno, y te doy mi palabra que sea aquello que desees te será concedido.


El consejero del rey, que había estado en silencio y en segundo plano durante todo este tiempo, se pone rígido. Sus ojos prejuiciosos escanean mi gran cuerpo.


No soy un tipo pequeño, así que tiene que estirar su cuello para mirar mis ojos del color del oro.


Esta vez soy yo el que estira su sonrisa sarcástica. Estoy a punto de preguntarle si quieres un retrato justo cuando el rey vuelve a hablar:


—¿Algo más que añadir? — pregunta con ese tono grave y pausado tan típicamente de los de la nobleza. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo para charlar con tranquilidad. Probablemente lo tienen, pero yo no poseo esa paciencia, así que mi arco vuelve a pesar en mi espalda.


Mis ojos vuelven a posarse en el hombre de cabello negro sobre el trono.


—Espero que no se retracte de su palabra a mi regreso.— sonrío por completo, y aunque no debería ser tan soberbio frente al Rey, estoy seguro de que está divertido de nuestra conversación.


—Ni por un segundo pongas en duda mi palabra, Actaeon el Asesino.




Capítulos
1. Prólogo
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