1 - Cruce de caminos
“Necesitas este trabajo, sigue pedaleando, estúpido”
Las calles estaban mojadas y resbaladizas después de que la ligera llovizna nocturna combinada con el frío gélido del invierno hubiese convertido el asfalto en una gigantesca placa de hielo invisible que ponía en peligro su integridad física mientras se dejaba caer cuesta abajo en su bicicleta temiendo en cualquier momento perder el equilibrio. La mochila de repartos a su espalda, debido al plumífero que llevaba puesto, le tiraba de los hombros haciéndole estar sumamente incómodo, mientras en su bolsillo el teléfono no paraba de pitar de forma molesta con cada pedido nuevo que entraba para reparto. Por fin, llegó a su destino, un bloque de apartamentos al que debía llevar una botella de vodka y zumo de tomate. La perspectiva de que alguien estuviese a punto de desayunarse un Bloody Mary mientras él ponía en peligro su integridad física a cambio le revolvió el estómago, pero tampoco se detuvo a pensar demasiado en ello. El sistema está montado así. Tiene que haber gente frívola e insensible dispuesta a pagar dinero para cumplir sus caprichos para que gente como él, un estudiante de último año de universidad pobre como una rata pueda llegar a final de mes con lo justo para pagar su habitación de alquiler llena de goteras y un colchón tan viejo que hay días que prefiere dormir directamente en el suelo.
Después de entregar el pedido con una sonrisa estudiada que sabía que le garantizaría una generosa propina a una señora de 50 años y aspecto de ricachona, se quedó parado en el portal del edificio para guarecerse del frío mientras buscaba un nuevo encargo que hacer. A esas horas, lo normal solían ser pedidos de desayunos a domicilio para parejitas, algún medicamento, o material escolar para algún padre o madre que había olvidado comprar cartulinas o rotuladores para su hijo. Pero lo que no esperaba era encontrarse un pedido a recoger en una tienda de productos eróticos. Con curiosidad, decidió aceptarlo, y volvió a montarse en la bicicleta para ir a recogerlo. Por suerte, el pedido no era muy grande y pudo meterlo en la mochila, y dirigirse a la dirección que le indicaba el GPS. Pero al llegar al destino, se sintió muy confuso. Delante de él, había una puerta metálica que parecía dejar paso a un local privado abandonado, y por un momento se planteó si no estaría la dirección equivocada, o si no habría sido una broma de alguien con ganas de reírse de un pobre desgraciado con necesidad de ganarse la vida, y con ese pensamiento en la cabeza, llamó al timbre. Pero para su sorpresa, la puerta zumbó de forma casi inmediata para dejarle pasar, y lo que vio frente a sus ojos le dejó sin palabras: Una pequeña recepción con las paredes forradas en tela de terciopelo de color granate y suelo de madera oscura. En una de las paredes, un cartel de neón de color rojo que destacaba con la luz tenue del lugar le indicó donde estaba “La mazmorra de las 3 AM”.
—Buenos días, bombón, ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó una chica aproximadamente de su edad sentada tras el mostrador, vestida con un corset negro que resaltaba sus pechos, con sus dos pies enfundados en unas botas altas de polipiel con un tacón imposible, apoyados en el borde de la mesa.
—Hola, yo…
—Mmm, me encantan los chicos tímidos, son mis favoritos —dijo la chica, bajando los pies de la mesa y levantándose para acercarse a él contoneando sus caderas. El borde de su minifalda apenas tapaba lo mínimo imprescindible, dejando ver sus piernas largas y fuertes.
—No, es que…
—Sam, deja en paz al pobre repartidor —dijo la voz grave de un hombre, acercándose por el pasillo.
—Ups, perdón, amo —respondió la chica con voz seductora, sentándose en el borde de la mesa haciendo un puchero – Solo intentaba captar a un potencial cliente.
Al verle acercarse, Jungkook sintió cómo su corazón se paraba por un instante. Con pasos seguros, vio acercarse a un hombre de semblante serio pero sereno, vestido con unos pantalones de cuero y una camiseta de rejilla que dejaba su pecho descubierto. Su pelo estaba estudiadamente peinado hacia atrás, dejando libre la visión de su rostro, tan estúpidamente atractivo que se planteó por un instante si era real y no un robot creado en un laboratorio. Sin necesidad de saber nada más, el chico supo que él era el jefe de ese lugar. Y posiblemente, el hombre más atractivo que había visto en su vida.
—Discúlpala, se lo ruego, a veces no sabe dónde está el límite —dijo el hombre, dedicándole una sonrisa seductora que le dejó sin aliento, totalmente absorbido por la energía de poder que desprendía— Vienes a entregar un pedido ¿verdad?
—Sí, un pedido a nombre de… Vante —respondió él, esforzándose en no tartamudear por los nervios.
—Ese soy yo —respondió el hombre mientras agarraba el asa de la bolsa, rozando ligeramente su mano— Aquí tienes la propina, para agradecer la rapidez y compensarte por el mal rato que te ha hecho pasar Sam.
Aún boquiabierto, Jungkook le intentó regalar su estudiada sonrisa, pero su estado de shock le hizo más bien hacer una mueca mientras recibía el dinero. Cuando lo tuvo en su mano, se dio cuenta de que era probablemente el equivalente a su alquiler de todo el mes en billetes de gran valor, y mucho más dinero del que había costado el propio pedido.
—Esto es… Madre mía, muchísimas gracias —respondió Jungkook, haciendo una reverencia casi de 90 grados.
—No hay de qué —respondió el otro— Lo siento por las molestias, haciéndote trabajar tan temprano y con las calles congeladas. ¿Cuál es tu nombre?
—No se preocupe, señor, es mi trabajo —respondió rápidamente el otro— Mi nombre es Jungkook.
—Jungkook. Bonito —dijo Vante, mirándole a los ojos, dándole la impresión de que no solo lo decía por su nombre— Ha sido un verdadero placer conocerte.
Cuando el muchacho salió por la puerta, Vante se quedó unos instantes mirando hacia la puerta, negando con la cabeza con una sonrisa antes de volver a darse la vuelta. “Desde luego, hay verdaderas bellezas anónimas ahí fuera”, pensó antes de volver a su despacho. Rápidamente sacó un lápiz y un papel sobre el que poder bocetar el rostro de aquel muchacho anónimo de ojos grandes y brillantes llenos de inocencia, con su cabeza cubierta con un gorro de lana de color celeste y las mejillas encendidas, no sabía muy bien si por el frío del exterior, por ver el tipo de establecimiento en el que estaba, o por su presencia. Oh, prefería pensar que había conseguido ruborizar a esa monada, aun teniendo un aspecto algo desaliñado debido a la noche de trabajo. Se frotó los ojos con el talón de la mano soltando un bostezo antes de escribir una nota para su socio, el cual debía de estar a punto de llegar para tomarle el relevo.
“Mimi, en la bolsa de papel tienes todo lo que me has pedido para la primera sesión que tienes programada. Dado que el Sr. Yung ha sido cliente mío, me he tomado la libertad de comprarte también un par de cosas más que creo que pueden gustarle. Ten un buen día. Vante”
Rápidamente se cambió de ropa por una un poco menos llamativa y bastante más abrigada, agarró las llaves de su coche y salió por la puerta para irse a dormir un rato antes de tener que volver. Cuando su mejor amigo y él decidieron abrir su propio negocio juntos, lo hicieron simplemente porque les pareció divertido, tenían ya experiencia en el sector, y pensaron que sería una forma fácil de seguir haciendo un trabajo que les encantaba solo que ganando más dinero. Pero varios años más tarde, aunque por supuesto seguían disfrutándolo, los turnos de noche y la cantidad de burocracia que debían realizar a diario ya les estaba empezando a pasar factura. Según llegó a su casa, se quitó los zapatos cuidadosamente y se fue arrastrando los pies hasta su cama, tirándose sobre ella aún vestido antes de caer rendido de cansancio antes de poder siquiera darse cuenta.
Desde que salió de aquel local, Jungkook no pudo quitarse de la cabeza el misterioso lugar donde había estado, y mucho menos al misterioso e intimidante hombre con el que había hablado. Ni siquiera sentado en las gradas de su clase de la universidad, escuchando la clase magistral sobre el manejo de heridas en entorno hospitalario, pudo dejar de ver en cada parpadeo aquella mandíbula marcada y esa mirada penetrante que parecía poder leer hasta sus más oscuros pensamientos. Por supuesto, entendía a grandes rasgos lo que allí ocurría y a qué se podía dedicar ese hombre, pero eran esos detalles que no entendía los que le robaban la atención una y otra vez, surgiéndole cada vez más y más preguntas sin un atisbo de respuesta.
Así que, atraído como un insecto a una llamativa pero mortífera lámpara ultravioleta, decidió subirse a su bicicleta al terminar las clases y, en lugar de dirigirse a su casa para descansar después de 14 horas fuera de casa entre su odioso trabajo y la universidad que le permitiría tener un futuro mejor, se dirigió nuevamente al local de aspecto tenebroso que había visitado aquella mañana. A pesar de ser apenas las 6 de la tarde, la noche invernal era ya profunda y oscura, dándole al emplazamiento un aspecto aún menos tranquilizador que el que tenía con los primeros rayos de sol del amanecer. Además, no había ninguna luz exterior que pudiese guiarle, y el alumbrado público estaba lo suficientemente lejos como para obligarle a sacar su móvil para poder alumbrarse con él a modo de linterna. El silencio sepulcral se mezclaba con el vapor debido a la condensación de su aliento, mientras forzaba la mirada intentando ver los secretos que se escondían en su interior, sin ningún éxito.
Ya llevaba un rato allí, cuando vio la puerta abrirse, y a un hombre de unos 50 años trajeado salir, momento en el que aprovechó para asomarse disimuladamente a mirar en el interior de la recepción, con la esperanza de ver algo que pudiese darle una pista sobre la que investigar o alguna respuesta a las incógnitas que llevaban rondando su cabeza las últimas 12 horas. Pero entonces, la misma voz que le había congelado la sangre unas horas antes se escuchó a su espalda, causándole nuevamente que un escalofrío recorriese su espalda.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo? —dijo el hombre.
—No, yo ya me iba, lo siento —respondió Jungkook con nerviosismo, echando a andar a pasos agigantados hacia su bicicleta.
—Jungkook ¿verdad? —preguntó Vante, haciendo que el otro se quedase clavado en el sitio.
—Sí, lo siento. Por favor, no me reporte a mi empresa, necesito el trabajo para poder sobrevivir. Yo solo… estaba intrigado, no quería molestarle.
—Por supuesto que no voy a reportarte, bonito. No has hecho nada malo —respondió Vante con voz suave— Pero en tu cara veo que tienes muchas preguntas acerca de lo que hacemos aquí. ¿Puedo invitarte a cenar? Prometo responder a todo lo que quieras.
Jungkook, absorbido por el magnetismo de él, no pudo negarse a la propuesta, y teniendo en cuenta que en casa le esperaba para cenar un caldo diluido con agua para hacerlo rendir más y un huevo cocido para intentar no morir de desnutrición, asintió con la cabeza ante la perspectiva de llenar su estómago con algo digno de ser llamado comida por primera vez en varias semanas. Ató su bicicleta a una señal cercana y, mitad atemorizado y mitad emocionado, se subió al asiento del copiloto del lujoso coche de Vante.
Cuando Vante salió de su coche al llegar a su lugar de trabajo, vio a lo lejos la silueta recortada de una persona intentando asomarse al local. Esto no era ninguna novedad, ya que el movimiento de personas durante las 24 horas del día resultaba intrigante para los vecinos de la zona, lo cual era lógico, así que estaba acostumbrado a tener que lidiar con ello. Pero en aquella ocasión, no parecía ninguna señora mayor con ganas de evangelizar a los clientes, ni ningún hombre con ganas de buscar problemas. Y al saludar cortésmente al desconocido, el rostro angelical que unas horas antes había dibujado le devolvió la mirada. Y vio su oportunidad de conocer un poco más a aquel muchacho que, carente de prejuicios, intentaba saciar su curiosidad. Rápidamente le mandó un mensaje a su socio para avisarle de que llegaría más tarde, y condujo por las calles hasta llegar a un restaurante de hot pot. Tras sentarse, pidió dos caldos y unos cuantos acompañamientos para cocinar en él antes de mirar a su acompañante a la cara, invitándole sin palabras a empezar a hablar.
—Se ve… muy diferente a esta mañana —comentó Jungkook con timidez.
—No esperarías que fuese con mi ropa de trabajo a todas partes, ¿no? —respondió con una sonrisa Vante.
—Nunca hubiese imaginado que llamaría a esa clase de ropa así …
—Bueno, al final cumple la misma función que cualquier otra ropa de trabajo: Sembrar las expectativas que otros pueden tener en ti. Con un mono de pintor lleno de manchas, la gente espera de ti ser un trabajador dedicado. Con un traje, causas la impresión de seriedad y formalidad. Con una indumentaria de cuero, la gente espera que cumplas sus deseos más perversos.
— Y… ¿En qué consiste su trabajo? —preguntó Jungkook, metiendo un par de trozos de ternera que acababan de llegar a la mesa en la sopa hirviendo— Lo siento, a lo mejor es una indiscreción.
—No pasa nada, por eso estoy aquí —respondió el otro— ¿Te cuento la versión muy resumida, o te lo explico todo desde el principio?
—Si no es molestia, querría que me lo explicase como a alguien que no sabe nada sobre el tema. Ni siquiera sabía que locales como el suyo existían en la vida real, pensaba que era algo de las películas.
—Muy bien. Yo soy lo que se llama un “Amo”. Eso quiere decir que viene gente a la que le gusta el rol de sumisión a pasar un buen rato.
—Eso quiere decir que… ¿se acuesta con esa gente? —preguntó Jungkook sin atreverse a mirarle.
Aprovechando que tenía la excusa de tener que cenar, se entretuvo rescatando el trozo de carne ya cocinado de la sopa y metiéndose el trozo en la boca. Hacía tanto tiempo que no comía carne de ternera, que no pudo evitar fruncir el ceño con un suave gruñido, como siempre hacía cuando comía algo delicioso. Al oírle, a Vante se le dibujó una sonrisa en la cara, pareciéndole muy tierna su reacción.
—Hay algunos amos que follan con sus sumisos, sí, pero mis empleados, mi socio y yo no lo hacemos. Queremos reservar eso para nuestra vida privada. Te puedo garantizar que cuando trabajas en algo así, es importante dibujar esa línea divisoria —respondió.
—Entonces, ¿qué hacéis ahí? No lo entiendo —preguntó Jungkook con la boca llena.
—Muchas cosas. Hay personas a las que les gusta la humillación, otras a las que les gusta ser golpeadas, la asfixia erótica…No a todo el mundo le gustan esas cosas, pero es muy triste cómo la sociedad solo entiende el sexo como follar y ya, cuando en realidad puede ser mucho más ¿no crees?
Durante toda la conversación, Vante, cuya atención estaba secuestrada por el muchacho, no pudo evitar fijarse en su forma de comer. Verle comer a dos carrillos ansiosamente casi sin levantar la vista de la sopa hirviendo frente a ellos le hizo preguntarse hacía cuanto tiempo aquel muchacho no comía un menú en condiciones. Lo cierto era que bajo la luz intensa del restaurante, podía ver los signos de la desnutrición de él: Sus preciosos ojos se veían hundidos y con las clase de ojeras que solo la fatiga extrema junto con la falta de nutrientes puede darte, y eso junto con su pánico a perder aquel trabajo que bien sabía él que estaba pagado de forma miserable, le hizo suponer la dura realidad que ocultaba aquel ser celestial que se sentaba frente a él, y en cierto modo se sintió reconfortado al poder darle al menos eso.
—Ya hemos hablado un poco sobre mí, pero ahora soy yo el que quiere saber más sobre ti. Lo único que sé es tu nombre.
—Pues… me llamo Jeon Jungkook, tengo 28 años, estoy en el último año de enfermería en la universidad de Seoul porque me apasiona ayudar a los demás, y trabajo como repartidor, como bien sabe.
—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? —preguntó Vante.
—No tengo de eso desde hace 10 años —respondió con honestidad— Todo mi tiempo lo dedico a estudiar o a intentar ganar el suficiente dinero para pagarme la universidad, mi cuarto de alquiler y lo que me sobre, para comer.
—No puedes vivir así, precioso —respondió Vante con tristeza al confirmarse sus sospechas.
—No me queda más remedio. Mis padres me echaron de casa al cumplir la mayoría de edad por mi orientación sexual, y si no lo hago, tendré que volver a vivir en la calle. Ya pasé un invierno durmiendo en la calle, no quiero volver a tener que soportarlo —respondió Jungkook con la boca llena— Lo siento, le habré amargado la cena, he compartido demasiado. En realidad, estoy bien, ahora al menos estoy a un paso de cumplir mi sueño, y tengo dónde dormir y darme una ducha caliente.
Que la vida le hubiese dado tantos palos que se conformase prácticamente con estar vivo, hizo fruncir el ceño a Vante. No conocía de nada a ese chico, pero solo escuchando sus ganas de luchar por un futuro mejor a pesar de tener todo en contra le hizo torcer el gesto un instante, aunque afortunadamente el chico no se dio cuenta por estar demasiado concentrado en devorar todos los platos que iban llegando. Cuando vio que dejaba de comer, seguramente saciado después de mucho tiempo, volvieron en el coche del mayor al punto de partida. Si no hubiese sido porque la bicicleta, herramienta de trabajo del muchacho, estaba a las puertas de su establecimiento le hubiese llevado hasta su casa sin dudarlo con tal de comprobar la salubridad de su vivienda.
—Muchas gracias por la cena—dijo Jungkook con una reverencia al bajarse del coche.
—Saca tu teléfono —respondió Vante, ignorando el agradecimiento del chico, alargando su mano con autoridad. El muchacho, obedientemente, sacó un teléfono viejo con la pantalla rota y se lo puso en la mano— Te he apuntado mi móvil. Por favor, llámame pronto, precioso.
—Le he dado lástima, ¿verdad? —dijo el chico con una sonrisa, pero con los ojos llenos de decepción— No busco la compasión de nadie, es mi vida, y es a mí a quien le toca vivirla.
—Me ha dado lástima tu historia, no tú, porque creo sinceramente que mereces algo mejor que lo que la vida te está dando —respondió Vante, acariciando levemente el rostro de Jungkook con el dorso de los dedos— Pero no es por eso por lo que te estoy pidiendo que me llames, sino porque tú me pareces totalmente fascinante y quiero volver a verte.
Al escuchar aquello, Jungkook se quedó boquiabierto sin saber muy bien cómo responder a aquello. ¿Por qué un hombre como aquel iba a tener absolutamente ningún interés en él? Por supuesto que tenía ese aspecto de mafioso peligroso, pero tenía la suficiente experiencia con esa clase de gente de su época como sin hogar como para poder ver que aquel hombre no pretendía captarle para nada ilegal, sino que veía en sus ojos que tenía un interés genuino por él.
Cuando se alejó pedaleando en su bicicleta para volver a casa, Vante entró en el local, frotándose las manos para desentumecerlas del frío del exterior y entró en su despacho, donde Mimi estaba sentado sobre la mesa, poniéndose unas botas de plataforma de polipiel roja.
—Mimi, pensaba que habías terminado ya con la última sesión del día—dijo Vante, acercándose a él para darle un piquito en los labios, de forma amistosa.
—Y así era, pero ha salido una de última hora. Delirio tenía que ir a recoger a su hijo a la guardería, Thunder había doblado turno ya, y Jess llegaba tarde a clase… y yo no estoy tan cansado hoy, así que la he aceptado.
—¿Es muy complicada? ¿Necesitas ayuda?
—No, no te preocupes. Por suerte teníamos material esterilizado y no necesito material extra. ¿Tú cómo estás?
—Ya te contaré cuando termines con detalle, pero… un día muy extraño. Solo te digo que he acabado invitando a cenar al repartidor que ha traído esta mañana tus cosas, y espero que no sea la última vez que le vea.
—¿Kim Taehyung teniendo un flechazo? Ver para creer—dijo su amigo, levantado la ceja juguetonamente.
—No he tenido un flechazo, imbécil—respondió el otro— Pero… me intriga. Me intriga mucho.