Prólogo
Año 2999 después de la Unión Galáctica.
Las películas mintieron, la ficción no se había acercado siquiera un milímetro a la verdad. El conocimiento de vida extraterrestre no fue ni sangriento ni pacífico, la humanidad nunca tuvo opción ni por asomo de hacer frente a la invasión. Cualquier criatura venida fuera de la galaxia tenía por principio básico de sentido común, sobrada tecnología e inteligencia para conquistar un planeta como La Tierra sin levantar un solo dedo.
Las armas nucleares, bombas, armamento militar y aeronáutico se convirtieron en juguetes de plástico inutilizados a los cuatro minutos de la presentación formal. No se desplegaron miles de naves rodeando el planeta, los foráneos no querían que cundiera el pánico y los humanos empezaran a enloquecer y a matarse entre ellos y a sus crías por miedo. Fue una invasión civilizada y en escala, ofreciéndoles la falsa sensación de seguridad y control, de hecho se tomaron sus buenos cien años para terminar de invadir el planeta y obtener el dominio absoluto.
La longevidad de los humanos era tan endeble y breve, que en sólo una generación olvidaban por completo sus valores y principios en pos de una semi esclavitud enmascarada de lealtad, ayuda tecnológica y seguridad. Los pocos que se resistieron perecieron y sus revueltas fueron sofocadas sin mayor problema. Ciento cincuenta años después de revelarse ante los terráqueos, los humanos se convirtieron en perfectos soldados rasos y obreros, criaturas de magnífica reproducción y frágil cuerpo.
Durante más de mil años fueron la mano de obra barata y constante del resto de los planetas, pese a lo que pudiera parecer, no se les trató de manera denigrante ni cruel. Tenían su cometido, su papel dentro de la escala evolutiva y piramidal de la Confederación de Galaxias y planetas adyacentes, lo más bajo del sistema piramidal y aún así sus derechos básicos fueron preservados y respetados.
Tenían acceso al conocimiento, a la tecnología y a las materias primas que permitían el viaje entre planetas y sistemas, el problema siempre fue su inferioridad intelectual, descaradamente muy por debajo del resto. Cualquier persona que observase la situación de los humanos en comparación al resto de criaturas desde una perspectiva objetiva y alejada, se daría cuenta que estaban donde estaban por propias limitaciones y no por prohibiciones externas.
Simplemente, las ciencias y materias que se impartían les resultaban imposibles de comprender incluso para el humano más dotado del planeta. Parecía que la humanidad estaba destinada a servir al resto por la eternidad hasta que un niño nació, un humano de inteligencia tan soberbia que los parámetros para puntuarla eran insuficientes, un niño pelirrojo de ojos azules eternamente triste e infeliz.
Se le evaluó a través de otros métodos, de todas partes acudieron para examinarlo y hacerle pruebas. El resultado los dejó atónitos y complacidos; un humano con la capacidad de entender y compartir la superioridad intelectual del resto de criaturas de la Confederación.
Cualquiera pensaría que lo habrían matado, que acallarían su esencia en favor de mantener a la humanidad en el oscurantismo, pero nada más lejos de la realidad, a su disposición estuvo todo el conocimiento, maestros y dotación. Bill se llamaba, y con él la Tierra y sus habitantes prosperaron. No tendrían nunca su inteligencia ni su sensibilidad moral, pero Bill se esmeró en adaptar y hacer llegar el conocimiento a sus congéneres de manera que pudiesen entender y por lo menos no verse en inferioridad brutal frente al resto.
El amor de Bill por la humanidad fue tan inmenso, que pasó toda su vida trabajando por y para ellos, para asegurarse tras su muerte un legado que les permitiera escalar en la pirámide evolutiva y mejorar sus condiciones.
Nunca amó, nunca estuvo con nadie ni tuvo descendencia. El amor era a su pesar una distracción, un sacrificio necesario pues su tiempo en La Tierra era limitado y su conocimiento demasiado como para perderse en romances. Su alma y cerebro se sentían en una cuenta atrás, tenía que plasmar y hacer llegar a los humanos la sabiduría, la moral, la ética y la inteligencia física y emocional.
Tras su muerte La Tierra entera lloró, y William Weasley sería recordado por siempre en los libros, los dispositivos y en la memoria de cada humano. Fue el primero y también el único hasta la fecha con su inteligencia, pese a ello, la humanidad prosperó y escalaron a algo más que servidumbre. Comprendieron la tecnología, las ciencias y materias de manera adaptada, como quien lee en braille. La Tierra avanzó, floreció e incluso se expandió logrando tratos y nuevas líneas de comercio con otros sistemas. Centurias después, la Confederación de Sistemas votó para abandonar el gobierno terráqueo y permitirles la autocracia. Por primera vez en más de dos mil años, los humanos recuperaron el control total de su planeta, sus sistemas de explotación y la garantía de su palabra y firma como moneda de cambio legal y en curso.
Han pasado setecientos años, y los humanos luchan por entrar en la Confederación y dejar de ser sólo aliados sin consideración. Sus gobernantes pelean con uñas y dientes por pertenecer al Supremo, tener voto, privilegios y protección. Pero el resto de los sistemas opinan y saben que no están preparados para la gran carga y exigencias que supone pertenecer. No se trata solo de ventajas, su adhesión desestabilizaría su economía variable y frágil, las leyes habrían de ser cambiadas y mejoradas, la población una garantía de apoyo y sus gobernantes líderes de palabra y constancia.
La Tierra recibe tratos de favor, ayuda comercial y programas de adaptación y subvenciones, pero es muy joven y endeble, no está preparada para lo que supone pertenecer al Supremo Confederal de las Galaxias.
La humanidad no se rinde, lucha, insiste y demuestra que es superviviente y tozuda. Se lo deben a sí mismos, a sus descendientes y sobre todo a sus antecesores, se lo deben a Bill y su gran sacrificio, el sacrificio de vivir casi siempre aislado entre cuatro paredes, desde su niñez hasta la muerte y ofrecer de manera constante su sabiduría como una pobre vaca donando su leche a la infinidad de terneros muertos de hambre.
Gracias a las estrellas, la humanidad no se olvidó del todo. Pero en su carrera por competir y avanzar, en tan sólo setecientos años, olvidó el respeto por otros seres vivos, por sus inferiores, por La Tierra y sus recursos. Despreció la naturaleza, las energías renovables y el desarrollo sostenible. Olvidó las artes, la literatura y la ética. Olvidó todo aquello que no supusiera una ventaja frente a los otros, descartó la sensibilidad del alma y su capacidad creativa. Se olvidó del poder de la interpretación, la música y la escritura, la pintura y un sin fin de artes más, de la sabiduría de las corrientes filosóficas y espirituales. Abandonó lo que les hacía especiales para centrarse sólo en la ciencia.
Probaron las mieles de la relativa longevidad con la revolución médica, la regeneración celular y clonación parcial, junto con la integración mecánica para dopar sus cuerpos y mejorarlos. Y tras cruzar el consabido y ansiado límite de sus capacidades, llegaron como era de esperar los androides; los nuevos esclavos y obreros. Máquinas de aspecto humano capacitadas para cualquier desempeño y limitadas por una sola frase que las ataba de manera irrevocable a sus señores.
"No tienes alma". Esta simple frase reacondiciona, desbarata y subyuga cualquier desviación de un androide. Es un seguro de vida para defenderse de una posible insurrección, algo completamente imposible dada la inexistente desviación registrada hasta el momento. Durante cincuenta años los han mejorado hasta el punto de provocar escalofríos por su similitud, ahora forman parte del sistema obrero y Lovegood es su único creador y proveedor.