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Un suspiro y mil disparos | the GazettE

Sinopsis

Hay miradas que hablan. Y desde el momento en que los ojos de Mickaellie se encontraron con los de Yuu Shiroyama, su atractivo psicólogo, supo que él ocultaba algo detrás de aquella impenetrable oscuridad. El problema no es el caprichoso destino que los cruzará más allá del consultorio, sino la irrefrenable atracción que ambos sentirán a pesar de saber que es completamente prohibido... Pero, ¿habrá amor que valga cuando los secretos se descubran y el peligro los aceche?

Estado:
Completado
Capítulos:
31
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Rojo. Hay tanta sangre que no sé para donde mirar.

He estado tanto tiempo volviendo una y otra vez a este escenario, aún así todo se torna tan tétrico como la primera vez. Aquí no puedo correr ni gritar, no importa qué tanto lo intente: La sangre tocará mis zapatos y no hay quien pueda escucharme.

El desasosiego, intenso y directo, me hace doler el pecho hasta quitarme la respiración.

Un tirón en mi brazo me devuelve a la realidad.

—¡Despierta, cariño! Maldición, respira.

Mamá me deja acurrucada en el sofá y corre a algún lugar de la casa. Registro con la mirada e intento recordar dónde estoy; todo está girando para mí, pero las dos enormes maletas y todas las cajas desparramadas por la sala me dan la respuesta: Es nuestra nueva casa.

—Te quedaste dormida, Mickaellie. ¿Otra vez? —pregunta tendiéndome un vaso con agua.

—Sí.

—Tranquila, no es más que una pesadilla, no ocurrirá de nuevo.

—He vivido todos estos años, día tras día, recordando ese maldito momento. No digas que no volverá a ocurrir.

—Está bien, no te alteres. Descansa un poco y luego puedes gastar energías subiendo las cosas a tu cuarto.


Estoy oficialmente agotada. No me he dado cuenta de cuán estresante ha sido el viaje desde Francia en avión hasta ahora. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad, de mis uñas clavando el cuero del asiento, y de la música sobrepasando los decibelios permitidos de mis auriculares, para no volverme completamente loca y salir corriendo de allí.

No me malentiendas, los aviones son preciosos y no tienen la culpa de mis miedos.

Además de mis ineficientes métodos para manejar mi ansiedad, también hago lo posible para cubrir mis inseguridades y problemas de autoestima, aunque no es nada agradable vivir así. Hay días en los que deseo desaparecer, ocultarme sigilosamente debajo de mis cobijas y que nadie me moleste. Pero es tan fácil darse cuenta que la realidad existe, que una no puede esconder la cabeza bajo la almohada tal avestruz en la tierra para olvidar los problemas.

La voz de mi madre me distrae de mis pensamientos. Ha comenzado a gritar porque no quiere que me quede otra vez dormida en el sofá.

—¡Mickaellie, niña! Levántate y acomoda tus cosas, ¡ahora!

Le sostengo la mirada varios segundos y asiento con un gesto cansado. Mi energía física y mental está desgastada, aún así obedezco y me llevo mi equipaje a la habitación que me ha sido asignada escaleras arriba. Solo tengo ánimos para observar el pasillo y la decoración minimalista, que claramente no me interesa, y entro siendo consciente de que este lugar no se ve como mi antigua casa en absoluto.

Encender la luz lastima mis ojos. Todo está muy iluminado y es demasiado espacioso, contrasta con el cuchitril que era mi otro cuarto; puedo sentir la pérdida al darme cuenta que no volveré a las noches bajo la tenue lámpara que colgaba del techo, lo único a lo que me he aferrado durante tantos años, mi única verdadera compañía: esa luz amarilla que a duras penas funcionaba.

No quiero pensarlo, pero me aterra echar de menos mis días de encierro. Sé que me costará salir y relacionarme con el mundo, pero no es mi culpa... Esto es culpa de mi madre, quien me prohibió salir para controlar mis malos hábitos, sin saber que adoptaría la soledad y encierro como otros de mis hábitos destructivos.

No quiero volver a eso, soy consciente de que he venido a Japón para empezar mi vida como una persona común y eso es lo que haré.

Desempacando, me doy cuenta que no llevo muchas pertenencias. La mayoría de las cosas que tenía en Francia las he regalado porque tenían un significado sentimental bastante negativo. Cada objeto llevaba un recuerdo y yo no quería traerme el pasado en las maletas.

Cuando tengo todo listo, observo el espacio y me siento fuera de lugar. ¿No debería estar alegre por eso? Ya no estoy en ese lugar en el que he, supuestamente, dejado mi pasado entre cuatro paredes para que jamás vuelva a acecharme.

Pero por más que quiera, en mi mente siempre está ese horrible recuerdo. La sangre, los gritos, el dolor... ¿Cómo puedes dejar todas esas cosas atrás, cuando cada día te despiertas con la misma pesadilla una y otra vez?

—¡Mickaellie, a cenar!

Bajo las escaleras sin ganas. Me siento en la mesa de la cocina y cenamos en silencio.

El maldito silencio, la única cosa que ella no dejaría en el pasado. Mi madre siempre está callada, metida en su burbuja. Cuando habla, es para quejarse o darme consejos de vida.

—Es una casa espaciosa —murmuro casi por obligación, cortando el ambiente incómodo. —¿Cuándo debo ir a visitar al psicólogo?

—En dos días. Mientras tanto tienes tiempo de buscar un colegio para reanudar tus estudios.

—Lo haré.


Las dos noches siguientes no pude dormir. Primero, porque mi madre no se ha cansado de ordenar la casa e hizo ruido hasta las tres y media; y segundo, porque tuve pesadillas.

Aunque debería estar acostumbrada, sé que jamás lo estaré. El horrible recuerdo se aparece en sueños y me despabila, me deja con un sabor amargo, el estómago revuelto y el horrible pánico de volver a cerrar los ojos.

Por el día lo único que hice fue leer y buscar un instituto que me quedara cerca.

Ahora estoy en una sala de un hospital privado.

El consultorio del psicólogo es bastante pequeño, un lugar en el que sin duda me dará un ataque cada vez que venga. No soy claustrofóbica, pero me saca de quicio saber que estoy en un espacio demasiado reducido. Podría apostar a que es un milagro que se pueda respirar aquí.

Mi madre está sentada a mi lado, nuevamente en su burbuja. ¿Es que está prestando atención siquiera?

El hombre que está frente a mí, quien por cierto tiene una calvicie avanzada y además huele a café, comienza a hacer preguntas que no sé cómo responder. Temo que alguna de mis respuestas pueda hacerle creer que necesito internarme. Espero que lo comprenda: No estoy loca, sólo estoy jodida porque mi pasado no me deja en paz y me acecha todas las noches de mi vida desde aquel maldito día.

—Señorita Takarai, su caso no me corresponde —explica haciendo una pausa—. No hay mucho en lo que pueda ayudar. Puedo derivarla a otro especialista, un psicólogo clínico sería lo mejor. Tengo un contacto, el doctor Shiroyama. Es nuevo en la ciudad, así que voy a reservarle un lugar en su agenda para esta tarde. Dígale que va de mi parte.

El doctor habla tan rápido que no entiendo, pero mi madre repasa algunos detalles con él y cuando volvemos a casa me explica lo que quiso decir el psicoterapeuta: Básicamente tengo que ver a otro doctor.

Por la tarde, mi madre no accede a acompañarme al otro consultorio, objetando que yo ya soy una muchacha grande, así que tomo esto como un nuevo desafío: Salir sola a la calle y mantener mi ansiedad bajo control.

Me paseo alrededor de la ciudad y voy consultando los carteles con los nombres de las calles. Cuando llego, visualizo la placa que se yergue en la entrada, que reza:

Consultorio de Psicología.

Dr. Shiroyama Y.

Paso las rejas negras y carraspeo varias veces antes de tocar el timbre del enorme lugar. Clavo mis uñas en mis palmas para calmar mi ansiedad.

—Un momento.

Unos minutos después la puerta se abre y un chico de cabello oscuro me mira detenidamente, esperando a que diga algo.

He mirado a los ojos a muchas personas durante mi vida, pero... ¿Había visto alguna vez semejantes ojos? Son negros, perturbadores, enigmáticos... Atrapantes. Además, reflejan una tristeza con la que puedo identificarme y empatizar.

No puedo negar que él es atractivo, que mi corazón está acelerado por los nervios y la emoción de conocer a alguien al mismo tiempo, y que no sé qué decir. Seguro que este chico es el asistente del doctor Shiroyama, porque es normal que una persona prestigiosa tenga un asistente. Incluso puedo apostar a que tiene secretarias y personal de limpieza.

—¿Puedo ayudarte en algo? ¿Estás bien?

Me quedo tan tonta mirándole los labios carnosos y rosados, que no me doy cuenta que está esperando a que responda hasta que carraspea.

—Busco al doctor Shiroyama —respondo. Mi voz sale tan aguda que no la reconozco.

—Bienvenida. Tú debes ser la paciente que el doctor Kawasaki derivó. Adelante.

Me guía hasta una oficina y ordena sentarme en un amplio sillón. El chico se da media vuelta para buscar algo en una especie de biblioteca que tiene allí, las cuales a mi parecer son historias clínicas.

No reniego de la vista que tengo de su largo cuerpo: Es demasiado alto y su cabellera oscura le cae en los hombros. Me encanta que se vea tan diferente de los chicos que solían gustarme en Francia.

—¿Cómo...? Uh —dice en un quejido, poniéndose en puntas de pie e intentando alcanzar una carpeta que está en lo alto—. ¿Cómo te llamas?

—Mickaellie Takarai.

—Ah, sí. El doctor envió tu archivo hoy —sonríe sin mostrar los dientes, es una sonrisa educada y casi forzosa—. ¿Puedes esperar un momento?

Asiento y el chico se marcha. Debo que admitir que se lo ve demasiado serio para ser un simple asistente, pero es muy cortés y tal vez algo tímido.

Tengo que obligarme a dejar de pensar en ello cuando lo veo volver. Tiene un andar muy suave y tranquilo. Cierra la puerta tras él y se sienta en el escritorio, dejándome prácticamente sin aire cuando levanta la vista y clava sus ojos en mí.

—Soy Yuu Shiroyama. Un placer conocerte. Disculpa por el desorden, no tuve tiempo de acomodar las cosas. Soy nuevo aquí, ¿sabes?

Afirmo con la cabeza otra vez. Creo que es la décima vez que hago el maldito movimiento porque no tengo palabras. Al parecer es lo único que mi mente es capaz de hacer sin cometer alguna torpeza. El chico lindo de ojos oscuros es mi psicólogo.

Le echo una mirada al escritorio lleno de papeles y recuerdo lo que dijo.

—Oh, no hay problema. También soy un poco desordenada.

Él me mira curioso con esos ojos pequeños y perjudiciales a la salud, y pregunta: —Tienes un acento... ¿Eres extranjera?

—Algo así —digo con una mueca, y carraspeo por quinta vez en el día—. Me crié en Francia, pero nací aquí.

—Francia... No lo he visitado aún. ¿Quieres tomar algo? Tienes la voz un poco tomada.

—No, gracias.

No entiendo nada. Necesito un jodido vaso con agua. Estoy nerviosa y con un insoportable calor, pero mi mente y mi boca no coordinan, solo ponen atención al hombre que tengo enfrente. Porque, ¿para qué mentir?, no puedo quitarle la vista de encima.

—Veamos... —lee en voz alta el archivo—. Mickaellie Takarai. Me cuesta pronunciar tu nombre, lo siento —se aclara la garganta, apenado—. Espero no te ofendas, Mickaellie.

—Está bien.

Dios mío, mi nombre suena tan lindo saliendo de su boca... ¿Qué me pasa? Es un milagro que nadie pueda leerme el pensamiento, ni siquiera puedo concentrarme.

—Voy a ubicarte en mi agenda ahora, ¿por las tardes, miércoles y viernes?

—Sí, no tengo problema con ello.

—Mickaellie...—él entrelaza sus manos y las apoya en el escritorio seriamente—. Lo primero que debes saber es que mi objetivo es entender, ayudar y resolver a través de la terapia; pero para eso tienes que contarme qué está pasando. Empieza por donde quieras, si crees que es demasiado para ti, solo detente. ¿De acuerdo?


Luego de contarle sobre mi familia y yo, comienzo con la parte más difícil de todo esto: Mi infancia. Esa pequeña parte de mi vida que deseo olvidar.

Le relato todo lo que sucedió aquel invierno de hace ya 12 años atrás. Hablo del momento de diversión; de mi pequeño escondite. Hablo del horror y la desesperante sensación de impotencia de querer ayudar pero no poder, porque era lo suficientemente pequeña para no saber cómo actuar.

Le cuento sobre el hedor de la sangre, el dolor que sentí cuando perdí lo que tanto amaba en la vida. Cuando lo vi marcharse..., cuando no pude soportar ver la sangre brotar y ensuciarlo prácticamente todo. La catarata de sangre. Rojo. Todo se teñía de ese color en mi mente de un modo terrible. Todo era una verdadera locura.

Todo parece ser un mal sueño. Pero es un recuerdo tan... Real.

Por fin, luego de doce años, puedo hablar acerca del momento en que mi familia se desmoronó. Mamá. Yo. Ya no había papá, por lo menos para mí. Cuesta pensarlo.

Me cuesta horrores desatar el nudo de mi garganta sin emitir sonido por miedo a romperme, a quebrarme en mil pedazos cuando mi llanto estalle desbaratadamente.

Siempre es igual: El dolor se convierte en lágrimas, pero nunca desaparece.

—Lo siento—susurro—. Detesto llorar y no poder parar.

—No lo sientas. Llorar es algo normal, jamás debes disculparte por ello, y mucho menos reprimirlo —dice suavemente.

—Es que tengo tanto miedo... No sé si pueda continuar así.

—A tu corta edad, vivir algo como eso es muy fuerte. Antes te he informado que sufres de trastorno de estrés postraumático y que hay varias terapias que pueden ayudarte a enfrentarlo. Te daré toda la información necesaria sobre esto. Necesito que la próxima vez vengas con tu madre, ella también debe ser parte de esto —él me entrega varios papeles—. Tómate tu tiempo y recuerda todo lo que hablamos, ¿sí?

Sus ojos me observan atentos, y asiento. Tiene razón.

Me deja un momento para que me tranquilice y me pide que respire. Me enseña cómo debo hacerlo para calmar mi llanto, y yo estoy agradecida por ello.

—¿Puedes volver a casa sola? —pregunta y mira el reloj en su muñeca—. Puedo llevarte si lo necesitas.

—Puedo volver sola, gracias.

—Está bien. Te veo el miércoles.

—Seguro.

Me acompaña a la puerta e intenta abrirla, pero al parecer está cerrada fuertemente. Busca las llaves en los bolsillos de sus jeans negros y no las encuentra allí, entonces se dedica a buscar en su escritorio, en los cajones y luego en el archivador... Pero nada.

Larga un suspiro cansado y niega con la cabeza casi para sí mismo, mirándome un poco apenado.

—¿Me creerías si te dijera que no encuentro las llaves? Esa puerta tiene un sistema extraño, se cierra sin necesidad de utilizar la llave, puede que sea la décima vez en el día que me quedo encerrado —al notar que estoy observando el espacio con demasiada tensión, pregunta: —¿Te incomodan los espacios cerrados?

—No.

—De todas formas hay un ventanal que puedo abrir si tienes dificultad para respirar —sugiere con una sonrisa tranquilizadora—. Llamaré ahora mismo para que nos abran.

Me quedo mirándolo mientras se coloca el móvil en la oreja y camina de un lado a otro. Creo que está impaciente.

—Eh, ¿sí? Soy Yuu otra vez. Sí, lo sé. Tengo que cambiar la cerradura, Kai, no me lo repitas —refunfuña mirando el techo—. ¿Puedes venir o no? ¿Una hora? Eh, no puedo esperar tanto, tengo una paciente aquí.

—Puedo esperar —gesticulo silenciosamente.

—Bueno, ella dice que puede esperar. Pero ven pronto, por favor.

Corta la llamada y se apoya en el marco del ventanal, mirando hacia la amplia ciudad. Tomo asiento e imito su gesto en absoluto silencio, aunque lo único que deseo es que me hable; su voz y presencia me tranquiliza.

—Es una bonita ciudad, ya había olvidado lo tranquila y acogedora que es.

—Es una ciudad enorme.

—Matemos el tiempo, señorita Takarai —murmura separándose de la ventana—. ¿Qué tipo de música te gusta?

Comenzamos a hablar de música y me doy cuenta que tenemos un gusto parecido. No igual, pero coincidimos en algunas cosas.

Una hora después, entre canciones y anécdotas musicales, oigo la puerta abrirse. Un chico le tira unas llaves al doctor, para luego saludarme amigablemente y dejarme libre para ir a casa.

Inconscientemente me quiero aferrar a este lugar, no deseo irme... Realmente no puedo esperar por verlo pronto otra vez.

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