Capítulo único
«Si vas a poner esa expresión, ¿no crees que deberías ser más sincero con él?». Esas fueron algunas de las últimas palabras que Sakunosuke Oda había dirigido a Dazai un par de semanas antes de fallecer. Desde entonces, este último no dejó de pensar en ciertos asuntos inconclusos que tenía por ahí, por lo que comenzó a finalizarlos poco a poco, hasta que sólo restó uno.
—¡Oye! ¡Dazai! —Chūya entró por las enormes puertas del zaguán, previamente destrozado, con un notorio fastidio—. ¿Qué te está tomando tanto tiempo?
Así es, sólo faltaba él.
—Nada en particular. —Encogió los hombros y dio un par de pasos, terminando así bajo la luz de la luna que se filtraba por un enorme ventanal—. Creí que a estas alturas ya estarías de regreso, ¿o acaso te sentías solo sin mí, Chūya? —dijo en un tono melódico, con la insana idea de molestarlo.
Antes de responder, Chūya apretó los dientes y le dirigió una mirada asesina que le originó un tic en la ceja, producto de la tensión.
—¡Como si me agradara estar contigo!
Dazai pensó en elaborar un descuidado ademán que simulara lanzar un beso sólo para quitarse el aburrimiento de encima. Ver a Chūya enojado era algo muy gracioso, al menos para él. Le recordaba a uno de esos perros chihuahua cuyas dueñas los hacen vestir atuendos ridículos.
Sólo por esa vez, se contuvo. Forjar recuerdos divertidos le haría más engorroso el proceso de desaparición.
No obstante, en cuanto advirtió que la mano de Chūya bajaba con dirección al muslo, esperó con cautela el cuchillo que seguro le iba a lanzar, por lo que atraparlo no fue una gran hazaña.
Todo sucedió con rapidez, pero cuando se trataba de predecir sus movimientos, cada detalle parecía ir en cámara lenta. Se había acostumbrado demasiado a él, ni siquiera tenía que tenerle los ojos encima para conocer su siguiente movimiento.
«Así que a este punto he llegado, eh» dijo para sus adentros. Nunca creyó incorporarse al absurdo sector poblacional que albergaba sentimentalismos molestos.
—Ver tu rostro tan despreocupado me fastidia —agregó Chūya, analizando al otro con una mueca despectiva. Más que hastiado, le preocupaba lo que podría salir de la cabeza de Dazai, que estuviera tan calmado nunca era una buena señal. Menos cuando él era el objetivo de sus ocurrencias.
Dazai no lo escuchó con claridad, aunque tampoco importaba mucho. Cuando su compañero se posicionó frente a sí, intentó apuñalarlo con el cuchillo, pero Chūya se lo arrebató de los dedos sin demasiado esfuerzo y lo regresó a su funda.
Acto seguido, estiró la mano con la palma hacia arriba y, aunque Dazai esperaba una queja, fue grato saber que la pulga esa tenía algo similar a los modales.
—Necesito las llaves del auto. Gracias a alguien, mi motocicleta terminó en el fondo del mar.
—Vas a estar molestando hasta que la reponga, ¿no es cierto? —respondió mientras le regresaba las llaves del auto.
—¿Uh? ¿Por quién me tomas? ¿Creíste que sería tan amable como para pedírtelo? —soltó un bufido a modo de risa antes de continuar—. Lo voy a cargar a tu tarjeta, quieras o no.
Dazai dejó escapar un suspiro de resignación al observar que Chūya se guardaba dicha tarjeta en el bolsillo del pantalón. No sintió el momento exacto en que la tomó, pero claro que supo de antemano que haría algo similar; después de todo, Chūya no tenía más opciones, no era tan inteligente como para aprenderse todos los números de su cuenta bancaria de memoria.
«Qué divertido». Pensar que llegaría el momento de sacrificar ese entretenimiento.
—Chūya.
El nombrado detuvo su andar al de sentir la mano de Dazai tomarle por el hombro y, al volver la mirada, sus ojos se abrieron en sorpresa. Tener al desperdicio de vendas sobre sus labios no era nada nuevo a esas alturas, aunque la mitad del tiempo no lo esperaba ni por asomo.
Dazai no era romántico o detallista, tampoco acostumbraba besar a alguien después de pelear ni por embriaguez, era muy extraño encontrarle un patrón a ese tipo de acciones.
«Qué molesto». Chūya no conseguía acostumbrarse del todo a ese tipo de gestos.
No era la primera vez que lo hacían, tampoco recordaba cómo empezó todo. Lo que sí sabía, era que solía ocurrir en zonas carentes de iluminación, sin gente en los alrededores y tras un silencio triple.
Iba a reclamar cuando el contacto se cortó, pero Dazai reanudó el beso casi de inmediato. Le abrumó sentir cómo una mano traviesa se paseaba por su espalda con una lentitud arrogante. Un incómodo y extraño escalofrío le recorrió la columna al saborear las intenciones ajenas por intentar adueñarse de su boca.
Como reflejo, lo sostuvo por las solapas del saco, para poder azotarlo contra el concreto si intentaba hacer algo que atentara contra su salud (o dignidad).
Con un simple beso Chūya era capaz de percibir algunas cosas que pasaban por la cabeza de aquel suicida entusiasta, cosas profundas y oscuras que quizá jamás expondría en voz alta. Reconocía atisbos de los deseos que yacían en su interior: si estaba feliz o le embriagaba la melancolía; si quería molestarlo o tener sexo; si tenía cansancio acumulado o energía de sobra.
Para ser una persona que jamás hablaba de sí mismo, esa sencilla acción revelaba demasiado o, al menos, eso pensaba Chūya. Y esa era otra de las razones que tenía para aborrecerlo.
A regañadientes, aceptaba que Dazai era inteligente, hábil y analítico. ¿Por qué alguien así era incapaz de poner un pensamiento en palabras? ¿Qué tan difícil era?
En otro momento, quizá lo hubiese golpeado o puesto resistencia, aunque intentar matarlo tampoco sonaba mal; no obstante, por alguna maldita razón, ese beso estaba siendo tan… extraño y descomunal.
No era un contacto fiero, necesitado y salvaje, como cuando terminaban en una cama; no era juguetón ni atrevido, como cuando pasaban un buen rato o discutían por trivialidades; era… era lento.
Nada tierno, mucho menos cariñoso, aunque tampoco era frío ni cruel; en su lugar, estaba cargado de paciencia, espera, y algo indudablemente diferente.
Su separación fue pausada. Chūya no pasó por alto ningún detalle. Era como si le estuviera diciendo: espera.
«¿Qué se supone que debo esperar?» pensó, a la par que levantaba una ceja, incrédulo.
La cara de Dazai era de neutralidad extrema, y al presenciar que Chūya se limitó a dirigirle una intrigante mirada y cruzarse de brazos, decidió hablar:
—¿Acaso esperas que vaya contigo? Ya, shu, shu. —Movió una manos como quien busca espantar a un perro.
—¡¿Hah?!
—Ni loco me subiría a un auto contigo. Conduces como desquiciado. —Se encogió de hombros y le dio la espalda—. Regresaré caminando.
—¡Miren quien lo dice! Además, ¿cuándo dije que yo te llevaría de regreso sólo porque me guardaste las llaves? —anunció de manera razonablemente violenta antes de lanzar, con una patada, un pedazo de escombros de peso considerable, haciendo uso de su habilidad gravitacional.
Al no recibir respuesta, se dio la vuelta y regresó por donde vino. Chasqueó la lengua y se limitó a echar lejos, con la punta del pie, una desdichada piedrecilla que se interpuso en el camino.
Los besos de Dazai eran embriagantes y, a la vez, muy diferentes al vino. A veces, le hacían olvidar dónde estaba parado y desconocía la razón de ello. Eran peligrosos.
—Haz lo que quieras —dijo en voz baja cuando posó los dedos sobre la manija del auto.
Una combinación entre duda y molestia se le arremolinó en el subconsciente. ¿Qué había sido todo eso?
En fin, tenía más sueño que ganas de averiguarlo. Se lo preguntaría mañana si lo recordaba.
Esa sería la última vez que el Doble Negro estaría activo en la Port Mafia, también sería el último beso que Chūya recibiría por parte de Dazai.
Esa noche fue en la que Dazai desapareció del radar, dejando de lado parte de su pasado y parte de su oscura mitad.
«Cuatro años, eh» pensó.
La ira acumulada durante las últimas horas hizo que Chūya exhibiera un tic en el ojo cuya duración comenzaba a preocuparle.
—Cuatro años —apretó puños y dientes—, ¡¿y lo único que haces es buscar un puto tigre?!
Las escasas personas que planeaban cruzar el río por el puente en el que Chūya se encontraba, se lo replantearon mejor y dieron un rodeo. Por supuesto, el aludido estaba inmerso en su mundo y poco le importaron las miradas ajenas.
Debido a la hora, no tardó en quedarse solo.
—Puedes pudrirte en un agujero, Dazai.
Un sonido enternecedor, parecido a lo que cualquier persona sana haría al ver un cachorro, se escuchó a sus espaldas.
—Gracias. Es lindo de tu parte ayudarme a pensar en cómo debería morir.
En cuanto escuchó aquella voz molesta y vivaz, Chūya no se lo pensó dos veces y lanzó una serie de golpes y patadas que el otro ni sudó al esquivar.
—¡Te dije que te mataría si mostrabas tu asqueroso rostro de nuevo!
—¿Es esa tu forma de decir que me extrañaste durante tu estancia en Francia? Qué modales más raros aprendiste de los europeos.
—¡Haré que te tragues tus…! —Paró en seco—. ¿Ah? ¿Cómo supiste que estaba en Francia?
—Es el único lugar en donde aceptarían a personas con sombreros de mal gusto.
«Aquí viene el cuchillo» se recordó Dazai.
En cuanto vio a su antiguo compañero sacar la filosa arma, no dudó en acercarse y tomarlo por la muñeca.
«Ugh, se volvió más fuerte».
Como si pensaran a la par, ambos levantaron la mano que quedaba libre y, en un instante, la entrelazaron. No de forma romántica, cabe aclarar. En su lugar, estaban empujando para lograr derribar al otro y dominarlo con facilidad.
«Esto es malo. Siempre ha tenido más fuerza bruta que yo». No sabía cuánto más duraría intentando no ceder.
Retrocedió un paso y notó cómo esto causó una expresión de satisfacción en Chūya, distinguiendo su blanca dentadura.
Todo eso podría parecer un problema, pero resultaba tan nostálgico y divertido a la vez, que obligó a ambos a dibujar un gesto de complicidad en las facciones.
Como en los viejos tiempos.
—Me gustaría jugar más contigo, Chūya, pero sólo vine a demostrar que tengo modales.
—Já. Eso ni tú te lo crees. No puedes demostrar algo que nunca tuviste, desperdicio de vendas.
—Preferiría mi aburrido papeleo en la agencia antes que estar contigo, pero como soy un hombre honorable, vine a dar las gracias por la información que me proporcionaste para encontrar a Atsushi.
Además de la furia, un sonrojo notable coloreó de forma rápida las mejillas de Chūya ante un bajo porcentaje de vergüenza. Se le vino a la mente la ridícula interpretación de mujer que había hecho por culpa de los engaños de ese idiota hacía un par de horas.
—Tú, pedazo de… —rechinó los dientes y puso más fuerza en los brazos.
Para suerte de Dazai y descontento de Chūya, el celular de éste último sonó. Ambos aflojaron el agarre y, al mismo tiempo, dieron un salto hacia atrás, logrando zafarse.
—¿Sí? —respondió al teléfono sin quitarle la mirada de encima a su antiguo compañero, quien guardó las manos en los bolsillos de la gabardina—. Oh, ya veo… Ok… Que se adelante, no tardaré mucho —colgó, de paso, guardó su fiel cuchillo.
—¿Me vas a dejar? —inquirió Dazai, quien había distinguido la voz de un antiguo colega al otro lado de la línea—. Pero si acabamos de empezar.
—Mejor. Te detesto con cada milímetro de mi cuerpo.
—¿Tan poquito? ¿O sea que mi hipótesis de que en el fondo me quieres era cierta? —Se llevó una mano a los labios y entrecerró los párpados—. Repugnante.
Un gruñido gutural quedó en la garganta de Chūya, al tiempo en que pateaba una pequeña piedra que había en el suelo. Dazai la esquivó riendo, claro.
La roca fue a parar a un poste de alumbrado público, destruyéndolo en el proceso.
Chūya dio media vuelta y se retiró a pasos agigantados, pero la voz de aquel idiota lo detuvo.
—¡Chūya, una cosa más!
—¿Qué quieres ahor…?
Entonces, ocurrió de nuevo.
Su cuerpo fue invadido con un súbito estremecimiento que le hizo abrir los ojos de par en par y cerrar las manos en puño, listas para la defensa de algo ante lo que no podía reaccionar.
Había pasado tanto tiempo desde que… desde la última vez que sintió esa calidez sobre los labios. Por supuesto que no se quedó quieto, pero Dazai le tomó las muñecas en el momento justo, además de profundizar aquel beso.
«Tú…». En la cabeza de Chūya se aglomeraron aquellos recuerdos que había intentado olvidar durante cuatro años. Cuatro malditos y largos años.
Lo que más le impactó no fue que Dazai desviara el tacto para sostenerlo mejor por la espalda y la cintura, ni que sus propias manos terminaran aferradas con violencia a los hombros contrarios. Nada de eso. Lo que en verdad le sorprendió fue encontrar la respuesta que necesitaba aquella noche de luna llena en la que Dazai lo había besado por última vez; ese maldito beso extraño que le decía que esperara.
La misma sensación, el mismo jodido movimiento lento, pausado e invasivo con la lengua. ¡Por un demonio, todo era igual!
La diferencia era que el beso ya no le decía que esperara, ese estúpido estaba… estaba…
«He vuelto».
Dazai se separó de un momento a otro, y un gesto de total repugnancia deformó sus facciones.
—Qué desagradable. Apestas a tabaco.
Chūya no reparó y sacó sin prudencia su arma. La indiferencia se le notaba en el rostro. Vio a Dazai esquivar de forma casi caricaturesca seis balas del revólver semiautomático, antes de retirarse corriendo con una sonrisa victoriosa y, a la vez, burlona.
Los azules y brillantes ojos de Chūya se perdieron en el cielo. Una sonrisa jactanciosa, pero vivaz, se trazó en sus comisuras, y soltó una pequeña carcajada mientras se acomodaba mejor el sombrero.
—Ah —suspiró—, inútil vagabundo.
«¿Tan difícil era?». En ese instante supo que tendría más trabajo del habitual.
El perro callejero, Dazai, estaba de regreso en la ciudad. Su ciudad.