ATARAXIA | KOOKMIN

Sinopsis

Donde Jimin sufre por la desaparición de su gato y un hombre llamándose a sí mismo Jeongguk asegura ser este. Cuando un hombre aparece sin explicación alguna desnudo, en su cama y sin recordar nada más que su nombre, Jimin espera tener una razón creíble y lógica para su presencia, porque lo que dice acerca de ser Guk, su gato perdido desde hace meses, no puede ser cierto, ¿verdad? ᥫ᭡jk híbrido de gato. ᥫ᭡minific. ᥫ᭡fluff. drama. comedia romántica. ᥫ᭡happy ending. Ataraxia: estado de ánimo que se caracteriza por la tranquilidad y la total ausencia de deseos o temores.

Genero:
Romance/Fantasy
Autor/a:
ángel.
Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

ᥫ᭡ Parte uno. Claridad solar.

Los rayos del sol que se colaban por el espacio entre las persianas, traían consigo un calor reconfortante que despertaba a Jimin cada mañana al impactar al costado de su sereno rostro. La luz solar le daba la bienvenida como todos los días, la tranquilidad de la ciudad apenas desapareciendo en el exterior de las calles.

Temprano para ser un sábado sin pendientes que hacer, estuvo tentado a dormir el par de horas restantes hasta el mediodía. Sin embargo, se vio obligado a levantarse de la cama y seguir con su rutina de los fines de semana. Por mero hábito ahora, volvió su cara al otro extremo de su cama, esperando ver una bola de pelusa gris dándole los buenos días, pero no estaba ahí. No lo había estado desde los últimos tres meses.

Guk, su gato, una tarde se escapó por la ventana de su habitación y no vino de regreso. Estuvo por semanas preguntando a sus vecinos y pegando volantes en las manzanas alrededor de su departamento, solo para encontrarse con que los resultados no fueron alentadores.

Ese sábado, como muchos otros, saldría a continuar su búsqueda en los albergues para animales sin hogar; dentro suyo la esperanza de hallar a su mascota no se desvanecía y en compañía de su mejor amigo, Taehyung, se aventuraban cada vez más lejos en la inmensa ciudad de Seúl. Jimin vivía en un pequeño edificio de tres plantas, ubicado no tan cerca del centro ni de avenidas turísticas, simplemente un acogedor complejo para jóvenes universitarios y algunos adultos mayores, accesible para su bolsillo y con una buena seguridad en el barrio.

Viendo la pared blanca crema frente a él, se puso de pie preparándose para el largo día que le esperaba. Un suspiro cansado se entrelazó con un gran bostezo a medio camino, la noche anterior había estado despierto hasta bien entrada la madrugada realizando proyectos pendientes y el estrés por los finales del semestre le tenía con una horrible jaqueca casi toda la semana.

A sus 24 años, experimentar la punta del iceberg de lo que era la vida adulta se convertía en una carga pesada con la que debía sobrellevar por un año más, esperaba. Su graduación a la vuelta de la esquina justo después de completar con las prácticas sociales y el servicio social le tenía pidiendo auxilio a gritos. Se resignó en el estrecho pasillo que le llevaba a su modesta cocina, pero se detuvo frente al umbral de la puerta, la fotografía en un marco de madera hizo a sus orbes picar por las lágrimas. Jimin y su gato posaban frente al lente de una cámara, con la enorme sonrisa del joven haciendo a sus ojos medias lunas y el chocolate intenso brillante en los orbes felinos. Genuinamente, Jimin pensaba que Guk sonreía junto a él, por ello aquella foto era su favorita. Unas siete fotografías se repartían más en todo su departamento, las que solían destacar eran las de su sala, pero Jimin ya no se la pasaba tanto por allí. Una táctica poco favorable para el dolor que sacudía su corazón cada vez que salía de su habitación y tenía que enfrentarse a la realidad.

Volviendo el tiempo atrás, su pequeño Guk había llegado a su vida en una mañana ruidosa al lado de una tienda de conveniencia que siempre solía frecuentar poco después de ingresar a la universidad, una caja de cartón con una bola grisácea llena de energía y maullidos le dieron a la vida de Jimin un grandioso vuelco. No dudó en tomar al diminuto gatito entre sus brazos y llevarlo al hogar que apenas iba en construcción. Cuando su primer sueldo después de su llegada fue puesto en sus manos, Guk tuvo su primera visita al veterinario, poco más de dos meses era su edad en ese entonces.

Guk creció de la misma manera en que el departamento de Jimin fue tomando forma, los espacios vacíos y sin muebles fueron sustituidos por algunos artículos de segunda mano y marcos de madera. Una tarde de abril fue un total caos entre la pintura y un minino exigente por comida. Las paredes crema fueron el primer paso para una mejor vida. Siempre había amado la serenidad que le traía el color de las paredes, pero en escasas ocasiones, sentía que todas ellas se cernían sobre él hasta el punto de asfixiarlo. Así como eran un consuelo, también se volvían un tormento angustioso a su alrededor.

Los malabares que tenía que hacer por la universidad, su trabajo de medio tiempo en una cafetería y la responsabilidad de una mascota nunca fueron algo de lo que pudo quejarse. Porque al final del día, el vacío en su cama se llenaba con su cuerpo y el de un felino con ojos de ciervo. Orbes hermosos y peculiares.

Entrar al servicio militar, al contrario, fue un martirio en todas sus letras. Dejar a Guk con sus padres en Busan fue un poco más allá de lo caótico, él y su gato eran uno solo, separarse fue tan dramático como se pudo imaginar. Para su buena suerte, la base donde completó la mayor parte de su servicio fue costera, así que el traslado entre su cuartel y la casa de sus padres en sus días de descanso no fue tan lejana. Guk, sin embargo, estuvo resentido en las primeras ocasiones, moviendo su cola furtivamente y evitando mirarlo por minutos, solo para terminar acurrucado en su regazo en el siguiente segundo, exigiendo su atención. Cuando fue dado de baja del ejército, sus padres, su mejor amigo y su gato le esperaban con los brazos abiertos. Seokjin, un compañero de cuartel que se convirtió en su amigo, había tomado una foto de Jimin y Guk fuera de la base, fotografía que era parte de la exhibición en su sala de estar.

Jimin amaba de forma incondicional a su gato, no había nada en el mundo que significara tanto como lo hacía Guk, así que fue tan condenadamente difícil despertar un día y ver que tu compañero de vida no estaba más durmiendo a tu lado. La incertidumbre del qué pudo haberle pasado todavía rugía en sus huesos, la culpabilidad se agranda en una fea bola de nieve que con el pasar de los días se torna cada vez más grande y peligrosa, con el riesgo de estrellarse frente a él y no dejar rastro absoluto de su persona.

Fue un golpe tan duro para él que ni el paso lento de los meses podía curar el vacío, estaba en un intento de recuperarse, pero no era nada demasiado fácil.

La esperanza es lo último que se pierde.

Cuando el tono de llamada retumbó en las paredes de su cocina, Jimin se dio cuenta que el tiempo había transcurrido sin siquiera notarlo, sus acciones fueron autónomas, no recordaba haber siquiera tomando el plato que se exponía frente a él con las migajas de lo que pudo haber sido su desayuno, lo dejó en el fregadero antes de tomar su teléfono y contestar. A sabiendas de quién podría tratarse.

—¿Si? —atendió, apoyándose contra la repisa de su alacena. Aunque por la luz cada vez más intensa que iluminaba a través de la ventana, parecían cerca de las once, su pijama seguía aferrada a él en todos los lugares correctos, hizo un rápido repaso mental para cambiarse de ropa. No quería ser tan descuidado como para olvidarse de sí mismo y salir con su pijama de ositos.

—Jimin, soy yo, Tae. Pasaré por ti en quince minutos. —La voz enérgica de Taehyung fue un ráfaga cálida entre el cielo gris, una sonrisa comenzó a tirar de los bordes—. Esta vez Yeontan nos acompañará.

Jimin sonrió de lleno sin poder evitarlo, su mejor amigo había tomado la decisión de adoptar a un cachorro de raza pequeña en uno de los tantos sábados que iban de búsqueda.

Fue lo más parecido al amor a primera vista cuando Taehyung se distrajo en su tarea y acabó de cuclillas frente a una jaula que contenía al cachorro, Jimin fue testigo de la pena que cruzó por los orbes castaños de su amigo al preguntar por el canino, se hallaba enfermo de sus vías respiratorias y hace apenas menos de una semana pudo ser rescatado. El can necesitaba de atención especial hasta que lograra recuperarse y buscar a un dueño adecuado y responsable, Kim Taehyung anotó su nombre en los registros de la clínica y solo tuvo que esperar dos semanas para tener al cachorro con demasiado pelo esponjoso correr por su departamento. Las noticias no siempre eran malas, de a poco Jimin se acostumbraba a ello.

—Genial, los esperaré entonces. Ten un viaje seguro —se despidió, caminando de regreso a su habitación para tomar un pantalón de mezclilla y una camisa simple, las zapatillas deportivas fueron parte del conjunto por comodidad.

Iría con Taehyung hasta la clínica de Hoseok, el mismo veterinario que atendió a Guk desde su primer chequeo, habían pasado un par de años desde entonces y más allá del profesionalismo, Hoseok se convirtió en un buen amigo. En la clínica veterinaria se hallaba una sección para animales rescatados, cada semana llegaban nuevos, así que con nada más que aferrarse, su primera parada era allí. Hoseok les hacía ese enorme favor, por lo menos. Después tomarían camino a un refugio para animales cercano y luego su tarde se desvanecería entre visitar albergues para animales y algunas veterinarias. Al acabar el día Jimin siempre regresaba con un dolor de cabeza insoportable, sin analgésicos suficientes para poder calmar también las grietas en su corazón.

Cuando el timbre de la puerta sonó, minutos después, Jimin salió disparado. Su largo día apenas se enfrentaba a la línea de inicio. Y solo podía rezar para que un anuncio bueno mejorara su eterna visión monocromática.