INTRO
La noche es completamente oscura. No hay luna. Y las calles están poco transitadas. Es el cobijo perfecto para moverse entre las sombras.
Sigiloso, silencioso y con la respiración lenta. Es un experto en sus movimientos bien calculados.
El aire es frio y una leve brisa se extiende alrededor. Pero no hay aroma que lo delate.
Unas voces suenan cerca. Se pega a la pared y se funde con la oscuridad, hasta que los pierde de vista.
La taberna de ese sector, aún está abierta. De fondo se oye a los músicos, algunas risas y las botellas de licor.
Algunos borrachos salen y otros vuelven a ingresar, tras mear en el callejón al lado de la taberna. Ese es un gran escondite, pues no hay farolas y el lugar es estrecho y con oscuridad total.
Mientras cuenta los segundos, de su abrigo toma una enorme daga que trajo consigo. Lo empuña con firmeza, mientras su mirada es como la de un halcón, esperando su presa.
El bullicio se hace sonoro cuando la puerta es abierta.
—¡No se vaya tan rápido. La noche aún es joven!— Se oye la voz ruidosa y ebria de una mujer.
—No, cariño. Ya debo partir a casa. Mi omega me matará si no llego a dormir— Se disculpa el sujeto que se mantiene en la entrada.
—¡Quédese! Lo consentiré otro rato mas— Insiste.
—Otro día.
Tambaleante, el sujeto mayor, de cuerpo amplio y de barriga ancha, baja el par de escalones y avanza a pasos desliguales. Empieza a murmurar palabras inentendibles, mientras abre y cierra los ojos, para espabilarse y no equivocar el camino.
Su último paso, estipulado como su fin, se sentencia. El foragido escondido en la oscuridad, se lanza sobre el sujeto ebrio y lo lanza hacia el callejón oscuro.
—¡Qué mierda!
Son sus últimas palabras.
Su agresor es fuerte. Sus puños y patadas son poderosas y demoledoras, en poco minutos deja indefenso a su presa. Las manos de la víctima son inmovilizados y sin que pueda hacer algo, su piel es perforada por el filo del arma.
Nadie acude a sus ruegos mudos. Su boca es cubierta agresivamente con esas manos asesinas, mientras mas cortes profundos apagan su vida.
Lo último que ve el hombre, son unos ojos brillantes y fríos, que actúan sin remordimiento, cuando el filo de la daga pasa por su cuello.
Durante el alba, una de las prostitutas de la taberna, sale en busca del pan y la leche para el desayuno. Estirando los brazos, por el cansancio y el sueño, avanza adormilada.
No sabe la razón, pero al cruzar por el callejón, su vista va hacia el lugar, hallando el macabro crímen.
Pega un grito horrorizado al reconocer a la víctima.
Pronto, hay un enorme grupo de curiosos que ven la escena y murmuran muchas teorías.
—¡A un lado, hagan paso!— Grita en orden, un oficial.
El alfa de uniforme, avanza en medio de esa gente y atrás lo siguen dos oficiales mas, que alejan a todos esos curiosos.
El oficial, se inclina para inspeccionar el cadáver. Lo reconoce de inmediato. Su mirada viaja por el cuerpo que fue apuñalado consecutivamente en órganos vitales, para terminar siendo degollado.
—Aron, ve a la comandancia e informa de la muerte del primer ministro del rey.— Pide a su compañero, quien de inmediato se apresura a cumplir la orden.
—¿Quién pudo hacer esto?— Cuestiona el otro oficial.
—No lo sé, pero sea cual sea su objetivo, le dió un gran golpe a la corona.
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El asesinato del primer ministro de la corona, quien era el principal vínculo de la realeza con el consejo y el pueblo, fue un acontecimiento que causó revuelto en todo el imperio de Arentia. El pueblo quizá no lo sintió tanto, salvo el hecho de que era un alfa muy importante y de renombre; pero para la familia y cercanos del rey, era como ver caer uno de los muros de su castillo, para ellos significaba una gran grieta por donde podrían colarse algún cazador peligroso.
—Díganme que tienen huellas o pistas del asesino.
Les sorprendió el mismísimo príncipe, en la sala de autopsia.
Los médicos a cargo y un par de oficiales, se postraron con una rodilla en el suelo e inclinaron la cabeza, como saludo.
—Lastimosamente, no le tenemos buenas noticias, príncipe Azael— Habló el médico jefe.
El príncipe, se acercó al cuerpo desnudo y sin vida, viendo todas esas heridas que lo acabaron. A su naríz, no llegó ningún aroma extraño, mas que a muerte.
—El criminal no dejó rastro. No hay armas, huellas o siquiera un aroma ajeno— Continuó explicando el médico.
Eso era raro. Por naturaleza, alfas y omegas, poseían un aroma natural que no podían borrar de sí mismos o de las personas cercanas, con las que tenían cualquier tipo de contacto directo.
—Continúen buscando— Ordena el príncipe, que no quiere sentir mas naúseas en ese lugar.
Por la entrada, cruza un apresurado alfa, que finalmente halla a su amo.
—Mi príncipe, no debería estar aquí. Por favor, ellos harán toda la investigación posible— Le pide su consejero.
—Sentí curiosidad y vine, además es mi trabajo estar al pendiente de estos asuntos ¿No?.
—De todos modos, vámonos de aquí, alteza.
—Son unos exagerados. Todos actúan como si la muerte del ministro fuera el inicio de la catástrofe. Que lo sustituyan y yá— Sugiere el príncipe, sin darle mas importancia.
—Pero mi señor, es un gran crímen contra una persona de gran relevancia. No se puede permitir estos actos en su reino.
—En eso te concedo la razón. No podemos dejarlo pasar, de lo contrario, la gente pensará que puede hacer lo que quiera. Marco, por favor manda un edicto, que ofrezca una buena recompensa a quien atrape al asesino o nos tenga pistas valiosas.
—Como lo ordene, alteza.
*
En pocos días, las calles retoman su flujo cotidiano. La gente ya no teme más ataques y vuelve a transitar por las noches, con total despreocupación.
Grave error. Los ojos vigilantes de un asesino serial, están en busca de su presa. Su sed de sangre lo domina y está excitado por atrapar a su siguiente víctima.
Un joven omega, camina solo por la calle, revisando su bolsa, no quiere olvidar ningún alimento que le mandaron comprar.
En un sorpresivo movimiento, su cuerpo es aprisionado y una mano enorme le cubre la boca. Clama por socorro, aunque no puede gritar y llora despavorido. Poco a poco, su ropa es desgarrada y su cuerpo se convierte en el juguete, que su victimario usará hasta saciarse.








