La competencia.
Me había tomado por sorpresa. Delicadamente se acercó a mí y me planto un beso en la boca. Aun sorprendido, suaves y cálidos sentí sus labios apretarse contra los míos. Se alejó por un momento y la mire: sus ojitos llenos de luz; su cabello largo y negro, cayendo por un costado de su rostro; su piel morena, enrojecida por un fuego que yo sabía, se encontraba encendido.
No hacían falta palabras. La conocía por completo. El lunar en su pecho. La cicatriz de su vientre. La sensibilidad de su oído. Así que fue lo primero que bese. Sabía que con eso se derretiría.
Sabía que no le gustaban sus piernas. Las acaricie suavemente, sabiendo que apartaría mis manos. Así fue. Solté una pequeña sonrisa, y ella al notarlo me arrojó a la cama. Se puso encima de mí y se agacho para darme un beso. De pronto, pude ver la caída de una pequeña estrella de agua en mi rostro. Al verla, sus ojitos estaban inundados de mar, un mar de sentimiento salado. Noté que si le preguntaba me diría, como en otras ocasiones, que todo “estaba bien”. Si me detenía a preguntarle, solo lograría que se encerrara; que huyera de mí.
No solo conocía sus cicatrices externas, también sabía de las internas. Esas que no pueden tocarse piel con piel, sino mente con mente, sentimiento con sentimiento. Le dije: “te amo, siempre estaremos juntos”. La abrace a mi pecho, lo más fuerte que pude; lo más cálido que le pude dar.
Entonces, se me ocurrió una idea. Ella, era muy competitiva. Le propuse una competencia: “el que haga sentir más al otro, hasta que se rinda, gana”, le dije. Ella, secándose sus ojitos me dijo: “vale, le entro”.
Volví a retomar mi plan. Bese los puntos que sabía la derretían. ¡Pero, maldición!, ella también conocía los míos. Entre besos y abrazos, ambos, buscábamos la victoria. La tocaba, y ella se estremecía. Ella me besaba y sentía que el aliento me faltaba.
Poco a poco empecé a escuchar que reía. Girábamos, ella arriba, luego abajo. La besaba, la tocaba y su risa aumentaba. Finalmente, nos caímos de la cama y no pude evitar reír con ella. “Eres un tonto”, me dijo sonriendo. “Pero sabes, eres todo lo que siempre soñé. ¡Aunque hayas perdido contra mí!”, me dijo riéndose muy alto y dando brinquitos por toda la habitación. “Estoy enamorado de una loca”, pensé, mientras ella continuaba saltando y diciéndome: ¡perdedor!, ¡perdedor!
Canción: Hollowed
Banda: Soen
Alberto Pascual








