Ulises 2043
“En BrightHorizon, sabemos que el futuro es brillante.”
Así cerraba el video que Ulises estaba obligado a ver cada mañana antes de empezar a trabajar. Sin finalizarlo, ni siquiera podía entrar a la pantalla de inicio de su interfaz neuronal.
A estas alturas ya estaba acostumbrado. Y acostumbrarse era algo que Ulises hacía bien. En su cómoda existencia promedio, acostumbrarse era su objetivo en muchas ocasiones.
Es cierto que hay personas que son un diez de diez, pero este no era el caso de Ulises.
Él era, aproximadamente, poco menos de un seis punto cinco.
No hay que tomárselo a mal, sí, para otras personas esta condición podría ser motivo de ansiedad e inseguridad. Pero ahí estaba Ulises, cómodamente atrapado en la medianía de su propia existencia, consciente de que la brillantez no era su territorio. Y estaba bien con eso.
O eso se decía a sí mismo cada mañana al ver su reflejo en el espejo del baño, después de tomar una ducha meramente funcional.
Cada día después de su ducha, pero antes de tragar por enésima vez el video de BrightHorizon, Ulises se dirigía siempre a la misma tienda, en busca del café que lo “despertaría”. Helena, la barista, lo saludaba con una sonrisa que él malinterpretó durante meses como algo más que cortesía profesional. Pero al final del día, no era más que eso, cortesía. En el fondo lo sabía, pero se permitía la pequeña ilusión de que tal vez, solo tal vez, ella vería algo más en él; algo que ni siquiera él mismo veía.
Después del café, se instalaba en su espacio de trabajo, que era básicamente cualquier lugar donde pudiera abrir su interfaz neuronal. Y ahí estaba Víctor, su compañero de trabajo y amigo casual. Hablaban de todo y de nada: del tráfico matutino, del último episodio de la serie del domingo, de cómo BrightHorizon se empeñaba en hacerles creer que trabajaban en el mejor lugar del mundo.
“¿Viste que pensionaron a Kevin? Como si fuera un perro viejo”, dijo Víctor un día, en un ejemplo más del cinismo compartido que los unía.
Kevin había sido “pensionado” en esa manera típicamente cínica de BrightHorizon. Había mostrado signos de estrés, y la empresa, siempre preocupada por el bienestar mental de sus empleados, lo había enviado a un “retiro espiritual”, que en realidad era un eufemismo para internamiento. Era la forma “humana” de tratar con el peor riesgo para una compañía de seguros: empleados inestables.
Esta conversación coincidió con un momento bastante promedio en la vida de Ulises -aunque casi todos lo eran-: un nuevo proyecto.
En esta ocasión se trataba de un algoritmo predictivo, un intento de BrightHorizon de ahorrarse los estudios de riesgo y predecir de forma más “amigable con el usuario” si eran o no aptos para recibir sus servicios.
Este nuevo proyecto no le emocionaba particularmente; después de todo, era solo otro algoritmo en una larga línea de algoritmos que había diseñado para la compañía. Sin embargo, al comenzar a sumergirse en las variables y las ecuaciones, algo extraño sucedió. Empezó a notar patrones que no deberían estar ahí, coincidencias que eran demasiado precisas para ser aleatorias.
Después de varias semanas de arduo trabajo y ajustes, llegó a una inquietante conclusión: había creado algo más que un simple algoritmo de predicción para seguros. Había creado una especie de oráculo digital, un programa que podía prever eventos futuros con una precisión escalofriante.
Inquieto pero intrigado, decidió hacer algunas pruebas menores. Primero, predijo el resultado del clásico de fútbol. Acierto. Luego, pronosticó el aumento de las tasas de interés anunciado por el banco central. Otro acierto.
Su primera reacción fue compartirlo con Víctor, pero algo lo detuvo. ¿Y si BrightHorizon se enteraba? No quería ser otro Kevin, y “pensionarse” no era exactamente atractivo, aunque en el fondo probablemente se acostumbraría, como había hecho siempre.
Así que guardó el secreto, por ahora, y continuó con sus pruebas de forma privada.
Por supuesto, como cualquier persona relativamente sobre el promedio, empezó a ganar algo de dinero extra. Apostando aquí y allá, incrementando sus inversiones en las acciones correctas. Comenzó a notar cambios en su vida diaria: su cuenta bancaria crecía, su postura se enderezaba, incluso se atrevió a pedir su café con un toque extra de crema. Nada que llamara demasiado la atención, pero suficiente como para que Víctor, con su observación superficial, lo felicitara por el “buen momento” que parecía estar pasando.
Pero mientras Ulises experimentaba estos pequeños triunfos, algo en él empezó a sentirse más desconectado que nunca. Cada predicción correcta, en lugar de llenarle de satisfacción, le dejaba con una creciente sensación de vacío.
El uso continuo del algoritmo llevó las cosas un pasó más allá. Empezó a recibir visiones más oscuras: desastres naturales, disturbios políticos, incluso predicciones sobre su propia vida. Y al ver esas visiones, Ulises se enfrentó a una duda existencial que nunca antes había considerado.
Si podía ver el futuro, ¿tenía la obligación de cambiarlo?
Al principio, Ulises decidió no hacer nada con estas nuevas visiones.
Después de todo, ¿quién era él para interferir en el curso de la vida? Además, estaba el miedo palpable de ser descubierto, de convertirse en otro peón sacrificado en el tablero corporativo de BrightHorizon.
Pero entonces, un día, el algoritmo escupió algo que no podía ignorar: una predicción de un grave accidente de tráfico en una intersección que cruzaba a diario. Y para complicar más las cosas, la predicción señalaba que Helena, la barista, estaría involucrada.
Ulises se quedó mirando la predicción, su dedo suspendido sobre el botón de “cerrar”, como si pudiera borrar la información simplemente evitando mirarla. Las palabras “Helena” y “accidente de tráfico” parecían arder, marcando una línea que no podía ignorar.
Por primera vez en mucho tiempo, Ulises sintió una especie de electricidad en el aire, una chispa de algo que no era mediocridad ni conformismo. Se encontraba ante una encrucijada moral y existencial que nunca había buscado, pero que ahora se le imponía con una claridad incómoda.
Se puso de pie, se despidió de Víctor con una excusa sobre “otra reunión” y se desconectó. En el aire frío de la tarde, sus pensamientos corrían tan rápido como su corazón. ¿Debería advertir a Helena? ¿Cómo podría hacerlo sin sonar como un loco? Y si lo hacía, ¿qué pasaría con su secreto?
Finalmente, Ulises decidió hacer algo impensable para él: tomó un riesgo. Volvió a la tienda de café, pero en lugar de hacer su pedido habitual, se quedó en la puerta, mirando a Helena preparar cafés para otros clientes. Finalmente, cuando la tienda se vació un poco, reunió el coraje para acercarse al mostrador.
“Helena,” comenzó, su voz temblorosa. “No sé cómo decirlo, pero… por favor, evitá esta intersección mañana. La de la esquina de la tienda de ropa usada.”
Helena lo miró confundida, su sonrisa cortés dándole paso a una expresión más seria. “¿Perdón?”.
Ulises se sintió expuesto y vulnerable, pero también, quizás por primera vez en su vida, decidido. “Por favor, no es broma.”
El día siguiente fue una agonía de incertidumbre. Ulises verificó las noticias constantemente, con la ansiedad latiendo en el lado izquierdo de su pecho.
Finalmente, durante la tarde, las noticias informaron sobre un accidente grave en la intersección que su algoritmo había predicho. No había muertes, pero sí varios heridos. Helena no estaba entre ellos.
Ulises se sintió aliviado y aterrado al mismo tiempo. Había cambiado el futuro, pero eso le dejaba con aún más preguntas. ¿Qué significa tener tal poder, y qué significaba que de alguna forma, recayera en alguien como él?
Al día siguiente, con estas dudas desbordándose en su mente, regresó a la tienda de café, su corazón lleno de esperanza subconsciente. Pero al cruzar la puerta y fijar la mirada en Helena, encontró algo que no esperaba: agradecimiento, sí, pero también una especie de miedo, de inquietud, disfrazado hábilmente tras su máscara de profesionalismo.
— ¿El de siempre? — preguntó ella, forzando una sonrisa.
Ulises asintió, pero al recibir su café, notó que traía un sabor amargo: la sensación de que su vacío era aún más grande que antes. Había salvado la vida de Helena, pero seguía atrapado en la inercia de su propia existencia.
Ese día una esperanza murió, pero la del algoritmo brillaba más que nunca:
si tenía la capacidad de prever el futuro, tal vez encontraría en él algo que lo sacara de su rutina.
Se sumergió en un abismo de códigos, números y predicciones. Día tras día, anotaba los eventos futuros en un cuaderno gastado, divididos meticulosamente en “potencialmente prevenibles”, “potencialmente inevitables” e “insignificantes”.
Empezó a notar un patrón: el algoritmo solo presentaba un evento por día, modificable pero a un precio. Cada vez que intervenía, el universo parecía compensar con predicciones más dramáticas, más absurdas. Era como si el tiempo, como un adolescente rebelde, se resistiera a cualquier intento de control.
Siendo un poco más astuto que una persona promedio, hizo lo que haría cualquier persona en su lugar: listas. Listas en cuadernos, listas en servilletas, listas digitales que se autodestruían por razones de seguridad. Llegó a tener tanto material que podría haber publicado un calendario anual por los próximos 10 años, si alguien le hubiera creído. Intentó avisar al mundo a través de cuentas anónimas en internet, que en el mejor de los casos eran ignoradas y en el peor, le valían comentarios como “¿Te olvidaste de tomar tu medicación?”
Después de meses de descuidar cosas “insignificantes” como dormir, comer y su higiene personal, se dio cuenta de algo aterrador:
Su algoritmo de predicción llegaba solo hasta 2043.
No había datos más allá de esa fecha. Esto no era como quedarse sin páginas en una libreta; era como si el universo mismo se hubiera quedado sin tinta. Ahora, además de todas las incógnitas que ya tenía, se sumaba una nueva: ¿Por qué terminaba todo ahí? ¿Qué sucedía en 2043 que su algoritmo no podía, o no quería, mostrarle? Y así, una nueva obsesión se apoderó de él. Tenía que saberlo, y no iba a permitir que algo tan trivial como su bienestar se interpusiera en su camino.
El mundo alrededor parecía desvanecerse. Las conversaciones se volvían un murmullo de fondo, las caras se desdibujaban hasta convertirse en sombras indistintas. Víctor, su único amigo, intentaba romper su burbuja de aislamiento.
— ¿En serio, Ulises? ¿Todo bien? — preguntó Víctor, su voz llena de una mezcla de preocupación y frustración.
— Sí, sí, solo… ocupado — murmuró Ulises, su mente ya regresando a su algoritmo, a su búsqueda interminable de significado.
A pesar de sus intentos de evasión, una parte de Ulises sabía que estaba perdiendo algo importante, algo fundamental. Pero el miedo a enfrentar la realidad, la posibilidad de admitir que quizás estaba equivocado, lo mantenía cómodamente en su ciclo de negación.
Estoy trabajando en algo muy importante — completó Ulises, su mirada perdida en la pantalla llena de números y gráficos.
— Entiendo… — Víctor sonrió débilmente, pero la preocupación seguía allí, palpable.
Ulises apenas registró la conversación. Su mente estaba completamente consumida por la enigmática fecha en 2043. No podía descifrarlo, y eso lo estaba volviendo loco.
Día tras día se sumía más y más en su propio mundo, ignorando los llamados de atención de Víctor, la mirada inquieta de Helena cuando iba por su café, y las constantes notificaciones de “Bienestar de Empleado” que enviaba BrightHorizon.
Para este momento ya casi no dormía, no comía y se había olvidado por completo de las personas a su alrededor. Pero justo cuando estaba al borde de un colapso, ocurrió algo inesperado: el sistema de seguridad de BrightHorizon falló, producto de un servidor desconectado. El mismo sistema que limitaba las posibles acciones que cualquier usuario del sistema podía o no realizar, incluyendo en su algoritmo.
Ignorando los sistemas de alerta, Ulises intentó forzar al algoritmo una vez más. Su teoría era que su código no era incapaz de mostrarle el evento misterioso, sino que no quería hacerlo. Como si algo en su propio código siguiera priorizando alguna directriz de BrightHorizon sobre la tarea que se le estaba solicitando.
Recordemos, por supuesto, que Ulises no era una persona brillante.
No era tonto ni mucho menos. Después de todo, aunque fuera accidental, había creado la pieza de tecnología más importante de la década de los 2030′s.
Sin embargo, su propia existencia promedio le limitaba.
En este caso, tenía aproximadamente sesenta y cinco por ciento de razón.
Sí. Su algoritmo era perfectamente capaz de mostrarle el evento en esa fecha de 2043. Y sí, su algoritmo estaba tomando “una decisión”, si es que se puede llamar así, de no mostrarle lo que sucedía ni en ese evento, ni en ninguno posterior. Pero esta motivación no venía de alguna conspiración en BrightHorizon, ni de una limitante de seguridad que requiriera de permisos de administrador.
La razón era más simple:
Los negocios buscan hacer dinero. Y BrightHorizon, como buen negocio, entendía que su mejor forma de hacer dinero, era evitando pagar por los accidentes y sucesos que afecten a sus clientes. Por eso el algoritmo de Ulises, como toda pieza de código creada en un dispositivo de la compañía, le daba prioridad al bienestar del cliente. Y como Ulises era quién le solicitaba al algoritmo las predicciones, en este caso el cliente era él.
Nadie sabe exactamente qué es lo que Ulises vio.
Los científicos teorizan que sea lo que sea que sucede en esa fecha de 2043, es algo que la mente humana no es capaz de entender. Hubo docenas de voluntarios que intentaron “ver” esta fecha durante los siguientes 10 años. Cada uno de ellos perdió la cordura, su mente fragmentada de una forma irreparable.
Primero, BrightHorizon intentó minimizar el problema:
Un empleado había tomado código propietario y lo había utilizado para fines no sancionados. No era más que un asunto de Recursos Humanos y ya estaba controlado.
Por supuesto, la información se filtró y el código eventualmente se hizo público. Junto con las predicciones de cientos de cuentas anónimas en internet creadas por Ulises, esto fue suficiente para que miles de individuos naturalmente conspiranoicos se convencieran de que las predicciones eran reales, y de que algo iba a suceder en 2043. Algo que podría -o no- significar el fin de la humanidad, del mundo o incluso del universo.
El rumor se hizo lo suficientemente grande para que, pocos meses después de que Ulises viera “el evento”, la comunidad científica internacional admitiera que no solo el algoritmo sí era capaz de predecir el futuro, si no que había una posibilidad de evitar el evento 2043, si es que eran capaces de entender de qué se trataba.
El código fue una de las sorpresas más grandes: nadie sabía exactamente cómo funcionaba. De hecho, estaba tan lleno de errores pequeños,glitchesy usos extraños del lenguaje, que era un milagro que funcionara del todo; como cuando un chef inexperto piensa que sabe cocinar después de utilizar, por casualidad, la proporción correcta de ingredientes sin realmente entender la receta.
Los siguientes años estuvieron marcados por un inquietante sentimiento de cambio, como pájaros nerviosos antes de la tormenta:
Sectas nuevas pregonaban el año 2043 como el advenimiento de una iluminación desconocida; cada mes, los científicos hacían anuncios llenos de complejidad pero escasos de respuestas claras. BrightHorizon, antes un mero espectador en este drama humano, se convirtió en algo más: un ente místico pero práctico. Su última entrega, una app bautizada como Ulises, prometía ayudar a la gente a navegar las encrucijadas de la vida, en un intento por redirigir el cauce del destino, ese oscuro río que todos parecíamos condenados a recorrer.
Algunas personas, como Víctor, vieron esto como una nueva oportunidad, una liberación. Mientras la histeria colectiva crecía y BrightHorizon se reinventaba como el nuevo guardián del tiempo, Víctor simplemente dejó todo. Las predicciones sobre 2043 no lo llenaban de terror, sino que le otorgaban una claridad inusual: si solo le quedaban diez años, los viviría como quisiera, sin ataduras ni limitaciones autoimpuestas. Víctor encontró en esa perspectiva la libertad y felicidad que tanto eludían a otros. Mientras el mundo miraba ansioso hacia un futuro incierto, él decidió disfrutar del presente, como si cada día fuera un regalo de esos que se esperan con ansías.
Otros, como Helena, vieron en Ulises una figura casi profética, un mensajero inadvertido de lo que yacía más allá del velo del tiempo. Para ella, Ulises había destapado una verdad oculta, algo que las personas necesitaban conocer para prepararse, para cambiar. Mientras el mundo se dividía entre el miedo y la fascinación, Helena encontró un propósito inesperado, convencida de que ella, junto a otros creyentes, podría desentrañar los misterios del 2043 y tal vez, solo tal vez, cambiar el curso del destino.
Era posiblemente la primera vez en la historia que una figura se volvía tan relevante en vida, pero sin noción alguna de su importancia.
Ulises, el arquitecto inadvertido de esta incertidumbre global, había sido silenciosamente pensionado. Después de que BrightHorizon se diera cuenta de que su sistema presentaba altas irregularidades, intervinieron su hogar, decomisaron su hardware y encontraron al nuevo Ulises.
Un Ulises que vio algo que ningún ser humano debe ver.
Un hombre de escasas palabras. Una mirada que dejaba escapar el vacío que tanto lo consumió. Con una sonrisa serena que engañaba la complejidad de su legado, parecía desconectado, inconsciente, de las ondas de cambio que había desatado en el mundo. Y en esos momentos raros, esos destellos fugaces cuando decidía hablar, lo hacía con un murmullo casi inaudible, como si compartiera un secreto con el universo:
“El futuro es brillante.”






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