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MAMUT (Versión español)

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Sinopsis

Ángel, un joven de futuro prometedor y una familia prominente, se enfrenta a la dura realidad de su naturaleza, al parecer su cabeza viene con un defecto de fábrica; pero ahora este enfermero de sonrisa amplia y ojos dorados insiste en ser su fiel cuidador. Contra todo pronóstico, el inicio de un romance prohibido con resultados inciertos se atraviesa en su vida...

Genero:
Romance,Drama
Autor/a:
Apicas S.
Estado:
Completa
Capítulos:
24
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

Realidad

¿Quién define lo que es real y lo que no? ¿Quién puede decir con absoluta certeza que su existencia es verdadera? ¿Quién asegura que esos recuerdos y memorias que guarda con tanto amor y cariño fueron tal cual y como los recuerda? ¿Quién puede asegurar que no hay un poco de mentira en ellos? ¿Que no los decoró con la belleza de su mente y la alegría de su corazón o, por el contrario, los pintó bajo un manto oscuro y de espeso dolor? ¿Qué es lo real? ¿Y quién puede asegurarlo? Já, definitivamente, cualquiera está mejor calificado para hacerlo que un loco como yo.

—Paciente Ángel Mayanares, veintidós años, padece esquizofrenia paranoide, registra episodios psicóticos frecuentes y conducta agresiva y violenta. Fue detenido por su madre cuando apretaba el cuello de su padre, alegando que este lo quería usar como su seguro de vida, siendo su bolsa de órganos personal. Muy bien, estudiantes, ¿qué proponen ustedes para el manejo adecuado de este paciente? —relato en retahila una voz fría y meticulosa, proveniente de un hombre prolijamente decorado con una bata blanca. Hablaba pausadamente, pero parecía que sus palabras iban a una velocidad absurdamente acelerada.

Un grupo de jóvenes no mayores que el propio Ángel lo observaban con atención, frunciendo las cejas con confusión. Casi se podía ver la falta de ideas de sus ligeras mentes; miles de pequeñas plantas rodantes se podían ver sobre sus cabezas, y no de manera figurativa: realmente estaban allí. Así era para el joven Ángel, cuya mirada era tan profunda como un par de pozos de petróleo escudriñando el alma de quien se atreviera a mirarlo.

A veces, a su enfermedad le gustaba jugarle pequeñas bromas, olvidando casi por completo que lo que para él era un hecho, para los demás era demencia. Se acercó sin miramientos a uno de los jóvenes y procedió a espantar la planta rodante de su cabeza. El grupo, al ver sus acciones, instintivamente se alejó de él, mientras que el desafortunado muchacho elegido al azar se paralizó ante el enorme hombre que se acercaba con pasos agigantados e intimidantes. El enloquecido gigante estaba a punto de continuar con su amable acción, cuando una mano lo detuvo en seco antes de que se acercara demasiado a la cabeza de ese joven pasmado.

—Creo que es todo por hoy, chicos. El paciente debe descansar; tanta audiencia puede ser aterradora —dijo una amplia y hermosa sonrisa blanca que se deslizaba por una piel traslúcida y pura de azúcar. Este hombre, impoluto al igual que el resto de las personas presentes, tomó suavemente la muñeca del paciente y luego agarró, con extremo cuidado, la mano de piel canela con la suya.

—Mamut, ¿qué quieres comer hoy? —amplió su sonrisa, mirando los profundos pozos de petróleo que recuperaban su luz previamente perdida.

—Me gustaría… me gustaría… tal vez ¿carne?

Con cautela y cariño, la suave mano blanca lo dirigió de nuevo a su habitación. Iban lentamente, dejando atrás a aquellas aves de rapiña que los observaban con desdén.

—Jum, un simple enfermero socavando la autoridad de un respetado psiquiatra —dijo una encaprichada y melindrosa voz.

—¡Mamut, no!

Antes de que el elegante y encantador enfermero lograra detener al enfurecido hombre, este ya había llegado al frente del petulante estudiante. El doctor que antes dirigía al grupo sonrió, mientras las enfurecidas fosas nasales respiraban profundamente sobre el pequeño estudiante:

—Señor Castro, le recomiendo tener más respeto por sus colegas. Aquí todos merecen respeto. Su título no lo hace superior. Además... El doctor detuvo sus labios. “¿Qué tipo de idiota se enfrenta a alguien que lleva por apodo Mamut?” El hombre hizo una anotación en uno de sus documentos; nadie sabía lo que escribía. —Me parece que debería retomar sus clases y su autoaprendizaje sobre sentido común —abrevió su punto de vista con sorna disimulada hacia el pequeño primíparo de la psiquiatría.

—Doctor Duarte, lamento las molestias. Le aseguro que no volverá a pasar —el hombre de rizos dorados y uniforme azul se acercó al acelerado Mamut. Lo tomó con cuidado por los hombros, alejándolo del pequeño estudiante. En ese momento, el joven melindroso se percató de algo: este insolente enfermero era incluso más alto que aquel a quien llamaban Mamut. Tragó saliva con fuerza. “Tal vez debería ser más cuidadoso”. Una mirada dorada, fuerte y desafiante, lo observaba como a un pequeño insecto.

—No se preocupe, señor López. Sé que Mamut está en muy buenas manos con usted cerca. Por favor, sigan su camino. —El doctor palmeó el hombro del enfermero y extendió servicialmente su brazo para indicar que podían continuar. —Veo que mis estudiantes aún tienen mucho que aprender... Pero, antes de que se vayan, quisiera consultar con usted una pequeña observación. —Con secretismo le mostró la nota que había hecho hacía tan solo unos segundos. El enfermero de ojos dorados sonrió con complicidad y una clara afirmación en su rostro.

—Me parece una buena decisión. Si desea, los del ala este son la mejor opción. Hay un paciente con una fijación por la coprofagia; estoy seguro de que será de utilidad en ese espacio. —De nuevo, los ojos dorados miraron al engreído joven con severidad antes de irse.

Cuando se encontraron lo suficientemente lejos del acartonado grupo, Mamut por fin decidió hablar.

—Gracias, Jorge… Yo no quería hacerle daño, solo quería retirar la planta rodante de su cabeza. Debería agradecerme.

La blanca sonrisa del enfermero apareció de nuevo.

—Claro que no, tú no le harías daño ni a una pequeña mosca. Eres el ser más puro que existe, yo lo sé.

Este tierno paciente, que se aferraba a su mano, había llegado hace una semana. Casi ahogó a su padre y destrozó por completo el comedor al segundo día de su llegada, pero eso no importaba porque siempre lograba transmitirle una fuerte sensación de paz. De corazón, creía que él jamás le haría daño a nadie. Claro, existía una excepción... Lo miró atento con sus ojos dorados, un tanto embelesado por su fino perfil. Lo habían asignado a su cuidado debido a su tamaño: este inocente joven medía alrededor de un metro noventa, y él era el único enfermero del hospital que lo superaba en fuerza y altura. Examinó con cautela a su paciente. Poseía un cuerpo firme, fortalecido por naturaleza, sin que esto le restara armonía a su presencia. Parte de sus funciones era contener a los pacientes potencialmente peligrosos. Todos pensaban que Mamut era el ejemplo de la palabra “peligro”. Ganó su apodo debido al incidente en el comedor, misma razón por la que se le había negado la entrada a ese espacio en el futuro cercano, a menos que demostrara avances respecto a su enfermedad. Jorge lo miró de nuevo, esta vez sin disimulo. Tal vez tenían razón.

—Creo que te leí el pensamiento. Traje carne para los dos. ¿Te gustaría comer conmigo de nuevo hoy? —preguntó galantemente el enfermero.

Un sonrojo imperceptible se asomó en el rostro de Mamut. Adoraba la compañía de este amable hombre de rizos dorados, de mirada tan incandescente como el sol. Quisiera estar siempre con él. Tal vez el castigo que se le había impuesto no era del todo malo. Así podría comer siempre al lado de este hombre que lo contemplaba con excesiva ternura.

Mamut había sido tratado con privilegio desde su llegada; su familia no carecía de dinero. Su padre era un hombre acaudalado, dispuesto a hacer lo mejor por su hijo, o eso era lo que siempre le aseguraba en sus visitas: «Hijo, por favor, créeme, yo no quiero hacerte daño». Insistía desesperado, pero era demasiado pronto. La presencia del hombre sin falta desataba las crisis psicóticas de su pequeño Ángel. Después de tres días, se le solicitó, por consejo del psiquiatra Duarte, que le diera un tiempo para sanar y recuperarse. El pequeño Ángel contaba con una habitación privada bien equipada. Ningún implemento en su interior le permitiría herirse o herir a alguien más. Tenía baño privado, incluso un pequeño sofá y un provechoso comedor para exactamente dos personas, vigilado por cámaras las 24 horas del día sin ningún punto ciego.

Mientras comían, Mamut reflexionaba sobre la actitud de su padre. Era un hecho que lo había encerrado allí para mantenerlo vigilado. Lo alimentaba correctamente para evitar que sus órganos se deterioraran. Incluso lo motivaban a realizar actividad física. Claro, después de todo, ¿para qué sirve un hígado o un corazón graso?

Los grandes pozos de petróleo miraban al vacío, y sus pulcras manos habían dejado de comer.

—Mamut —llamó la amable voz de seda.

Los enormes lagos oscuros recuperaron su brillo.

—¿Sí?

—Me tomó mucho tiempo hacer este festín para ti; solo dormí tres horas hoy —se mostró indignado el gigante de oro.

Mamut miró su plato, que apenas había tocado, y con afán empezó a comer.

—Lo siento, lo siento… Es delicioso —repetía con la boca llena a tope.

Jorge soltó una fuerte carcajada.

—No tienes que ahogarte con la comida; puedes hacerlo despacio —detuvo el vaivén de sus manos y lo miró fijamente—. Por ahora eres mi paciente más importante.

Mamut se detuvo con la boca llena.

—¿Paciente? —susurró tan suave que esperó no ser escuchado. Claro que él solo era un paciente… ¿Qué era lo que estaba esperando?

Jorge detuvo la mano que se acercaba a esa triste boca de inmediato. Por supuesto que escuchó el suave susurro, pero ¿cómo podría negarlo? ¿Acaso no era este tierno joven algo más que un paciente? Bajó la mirada e ignoró el comentario. No sabía cómo responder. Para él no era tan solo un paciente. Pero entonces, ¿qué era?

Después de un breve silencio, Jorge miró la oscura cabellera que cubría la cabeza de Ángel.

—Tu cabello está un poco largo… se ve bien —una parte de la frente de Mamut estaba cubierta por su cabello, haciéndolo lucir desprolijo y encantador.

—¿Lo crees? —sonrieron las amplias obsidianas.

—Me gusta, es un cabello muy fino y se ve muy suave. Yo siempre he tenido estos molestos nidos de pájaro en la cabeza, son difíciles de peinar —se refregó la pequeña melena enredada.

Mamut miró la dorada cabellera de trigo.

—Son hermosos.

Jorge casi se atora con su comida. Era la primera vez que alguien se refería a él, o a algo que le perteneciera, como hermoso. Aclarando su garganta, procurando no ahogarse, le preguntó para asegurarse de no haber escuchado mal:

—¿De verdad? ¿Lo crees?

Sin apartar la vista de su cabello, Mamut prosiguió con firmeza:

—Ni todo el oro del mundo se compara a su belleza —finalmente aquellos pozos de misterio oscuro se posaron en sus ojos.

Jorge se sintió confundido. No soportó esa profunda mirada y tuvo que levantarse, huyendo de esa nueva y tentadora sensación como un animal vulnerable ante un depredador. Para ocultar su pena, sonrió un poco mientras se encargaba de recoger los platos, que todavía contenían alimento.

—En algún sitio leí que el cabello largo era un signo de virilidad y fuerza. Los mejores guerreros lo usaban de esa manera.

—¿Es así? —preguntó inocentemente el pequeño Ángel, fulminando su ser con esos intensos ojos que no dejaban de seguirlo por la habitación.

Jorge apenas podía contener su nerviosismo. Estaba siendo atravesado por miles de cuchillas de inocencia y deseo.

—Sí, lo leí, así que debe ser cierto —no tenía idea de si era verídico, pero ¿qué daño podía hacer un dato tan irrelevante?

Mamut al fin le dio un respiro alejando la vista del cuerpo en movimiento.

—¿A ti te gusta?

Jorge, distraído, preguntó:

—¿Qué?

Mamut no se atrevió a repetir la pregunta. Pero, incluso así, la respuesta llegó:

—Si eres tú, entonces sí.

El enfermero se dio cuenta de su imprudencia. Esto no era nada profesional, así que corrigió sus palabras, rascando su cabeza y evitando el contacto visual directo.

—Ya sabes… Por tu enfermedad, es… es… podría ser una buena forma de llevar tu lucha. Como una especie de símbolo de que no has perdido la batalla.

—¿Tú también crees que miento? —Un atisbo de decepción se mostró en su expresión. Luego lo miró de nuevo con diminutas estrellas en los ojos—. Lo haré, si crees que es bueno para mí, lo haré.

Este hombre era incapaz de lastimar a alguien.

—Eres invencible. Estoy seguro de que lo harás bien.

Mamut sonrió. Sus perlados dientes pequeños y bien encarrilados iluminaron su fino rostro.

—Si fallo, debes decírmelo… temo… temo… que yo no lo sabría, no por ahora.

—Si tú fallas, fallaré contigo.

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