Capítulo 1 - Esperando e ilusionada
En ese momento nada me importaba realmente, ni siquiera el escándalo de mi ruidoso vecindario. Tenía toda mi atención puesta en otro lado. Llevaba semanas enviando solicitudes para muchísimos empleos, pero en todos me habían rechazado. Me acababan de aceptar en la universidad y de verdad necesitaba el trabajo.
He perdido mucho tiempo haciendo otras cosas en lugar de ir a la facultad. No me malinterpreten, siempre quise estudiar después de la secundaria. El problema es que no tuve la suerte de tener el dinero, así que me urgía conseguir este puesto.
Tenía veintitrés años y necesitaba poner orden en mi vida. Tenía que hacerlo antes de empezar a creerme esa voz burlona que siempre me decía: «Kathrine, no sirves para nada en este mundo».
Estaba pegada a la pantalla de mi celular con la bandeja de entrada abierta. Mi corazón latía mucho más rápido de lo normal.
Una amiga me recomendó para este empleo porque puestos así no se encuentran todos los días. El trabajo era para ser la empleada personal de un multimillonario. Había estudiado bien lo que esperaban de mí. Me tocaría limpiar el cuarto del jefe, servirle la comida y lavar su ropa.
Supongo que el resto de la casa no era asunto mío. Quizás tenían otras empleadas para eso. Esperé una hora más, todavía mirando el teléfono. Mi esperanza se estaba agotando, igual que el porcentaje de mi batería.
No supe en qué momento me quedé dormida, pero cuando desperté ya estaba oscuro. Revisé el celular para ver si el mensaje tan esperado había llegado. Al tocar la pantalla, no encendió. La batería estaba muerta, justo como me sentía yo: muerta por dentro.
Gruñí contra la almohada mientras conectaba el teléfono. Esperaba que al encenderlo hubiera buenas noticias esperándome. El estómago me rugió, recordándome que no había probado bocado desde el desayuno. Además, ya casi no me quedaba dinero. Quise llorar al pensar en eso. No sé por qué, pero estaba convencida de que conseguiría ese empleo.
Me iba a salvar de mucho. Tendría que vivir allí para lo que el jefe necesitara. Eso me ahorraría la renta y la comida no sería un problema. Así podría concentrarme solo en la universidad.
Suspirando, agarré mi bolso para revisar el poco efectivo que me quedaba. Con mucha flojera, me levanté para ir a la tienda más cercana. Quería ver qué víveres alcanzaba a comprar con esa miseria de dinero.
Cuando terminé de comprar lo poco que pude pagar, no me quedó casi nada. Aun así, estaba segura de que podría sobrevivir unas dos o tres semanas más.
Era muy tarde cuando regresé a casa. Estaba demasiado cansada y frustrada como para molestarme en cocinar. Decidí comerme las galletas que compré; al menos eso me serviría hasta el día siguiente. Ni siquiera revisé el celular. Simplemente me tiré a la cama y me obligué a dormir.
Pasaron dos días y seguía sin recibir el mensaje que esperaba. Finalmente llegué a la conclusión de que no era una de las afortunadas. Seguí buscando empleo, navegando en muchísimas páginas y enviando mi CV a los puestos para los que calificaba. En este momento, cualquier cosa servía. Solo quería algo que me diera dinero al final del día, siempre que fuera legal.
Como tenía tiempo de sobra, decidí ir a caminar al parque. Al llegar, me acomodé en una banca. Me puse a observar a los niños que corrían mientras sus padres les pedían que tuvieran cuidado.
Sonreí ante ese recuerdo, pensando en cuando yo era como ellos, antes de que todo se volviera gris. No quería darle vueltas a esos pensamientos, así que solo me relajé y disfruté de la brisa.
—¿Cómo te atreves? —Mi tranquilidad se vio interrumpida por el chillido de una mujer. Volteé y vi a dos chicas. Una parecía que intentaba explicar algo y la otra se veía como si quisiera prenderle fuego. Se veía muy elegante; se notaba a leguas que era rica.
—Lo siento mucho, no quise manchar tu vestido con mi café. Por favor, fue un accidente —suplicó la chica, pero la otra no pensaba perdonarla.
—¿Un accidente? —bufó—. ¿Qué, estás ciega? —Se giró hacia otra mujer que no había visto antes. Le quitó su bebida y se la vació encima a la chica que suplicaba—. ¡Ay, no! Eso también fue un accidente —dijo con una vocecita aguda y burlona. La otra chica parecía harta del drama, pero no se veía que fuera a hacer nada. Yo sí tenía otros planes. Sí, lo acepto, no sé meterme en mis propios asuntos.
Me levanté de donde estaba y caminé hacia ellas. Me acerqué por detrás a la ricachona malcriada y le di un fuerte golpe con el hombro.
—¡Ay! ¡Fíjate por dónde vas! ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy? ¡¿Es que el mundo se está quedando ciego?!
—Tal vez no valga la pena verte —dije lo suficientemente fuerte para que me oyera. Por su cara, supe que en ese instante yo era la persona que más odiaba en el mundo. No es que me importara. Tenía una expresión de asombro y yo no estaba dispuesta a aguantar sus quejas. Tomé a la chica agredida de la mano y me la llevé de ahí.
—¡Me las vas a pagar! —seguía gritando como si me importara. Por mí podía ir a llorarle a su papá.
—Eso estuvo increíble —dijo la chica, de quien aún no sabía el nombre. La miré de reojo. Tenía una sonrisa en la cara y, antes de que pudiera pensar mis palabras, salieron solas de mi boca.
—¡Cállate!
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Muchas gracias por empezar este viaje conmigo. Que lean este libro significa mucho para mí. Los quiero.