Capítulo 1
El Sr. Green tiene una polla magnífica. Rosada, suave, con el glande hinchado y una gota cristalina que se marca en la punta y me deja extasiada. Siento que mi corazón se acelera mientras estoy arrodillada sobre la alfombra de su habitación, con él sentado frente a mí en la misma cama que comparte con su esposa.
Me relamo al verlo y levanto la mirada para encontrarme con sus ojos lascivos.
—¿Qué pasa, Megs? ¿Tienes miedo? ¿Acaso no te gusta lo suficiente?
Cuando abre las piernas, noto una vena que marca su pubis y termina en sus muslos musculosos, los cuales se ciernen frente a mis ojos y me dejan al borde de la locura. Me muerdo el labio inferior e intento contener mi deseo, algo que siempre he hecho ante cualquier situación que exponga mi apetito sexual. Esta vez lo quiero con un frenesí inmenso. Quiero tenerlo en mi boca, dentro de mí, pero no sé cómo empezar y me aterra no ser lo suficientemente buena.
—Y... señor... lo siento, pero... nunca he...
—¿Sí?
Parece ponerse aún más duro con mis dudas y me da miedo hablar. Trago saliva con fuerza para intentar soltar el nudo en mi garganta o el grito contenido que ruega hasta el agotamiento por el magnífico cuerpo erecto que se alza ante mí.
—No sé cómo hacerlo —reconocí de inmediato—. La verdad es que... nunca he estado con un hombre. Con nadie... Íntimamente.
—Oh, ya veo.
Él se apoya sobre sus codos, descansando en sus rodillas. Con dos dedos busca mi barbilla y levanta mi cabeza hasta que mis ojos se pierden en los suyos otra vez; son de un azul intenso, aunque ahora parecen oscuros. Tan oscuros como el cielo al otro lado de la ventana en lo alto del edificio.
—Megs, por eso te quiero a ti.
—¿Q... qué?
—Porque eres virgen. Me di cuenta desde el primer momento por el sonrojo en tus mejillas y por la forma en que bajas la mirada y sonríes cuando algo te compromete íntimamente. No sabes la locura que me provoca eso. Si quieres ponerle precio a tu virginidad, pagaría lo que fuera por ella.
Me humedezco los labios mirando su boca seca.
—Joder —gruñe—. Eso. Exactamente eso.
Frunzo el ceño, tratando de entender por qué hasta el más mínimo movimiento de mi parte parece reaccionar como una bomba llena de explosivos, lista para prender fuego a este hombre tan brutal.
—Disculpe, no volveré a...
Entonces pega su boca a la mía en un beso que sabe a tabaco, menta, a hombre y a sus aromas característicos que, efectivamente, me hacen perder la cabeza.
Continúa con su beso acalorado hasta que se separa de mí y me deja con la boca presionada contra su firme polla, que roza la punta de mi labio superior. Con la punta de la lengua absorbo esa perla brillante que resplandece, tentándome con locura, y meto su polla en mi boca. La lleno por completo y descubro en mí un apetito que no conocía.
Cuanto más tengo de él, más insaciable se vuelve.
—¡Oh, joder, Megs, eres una delicia!
Y con sus manos tirando de mi cabello, hunde su miembro viril en mi boca mientras lo chupo y lo devoro con pasión.
Aquí.
En la cama que comparte con su esposa.
Con el socio de mi padre que me ha dado un trabajo.
Con mi jefe en la empresa.
Con el amigo de papá.
Como el fuego cuando encuentra gasolina y arden, así es el estallido entre este hombre y yo, encarnando las reglas de todo lo que está mal. De lo prohibido.
Lo que no sabía es la cantidad de problemas que esto iba a desatar...