Bienvenidos a Villaoscura ©

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Sinopsis

Marcelo Benítez tiene una vida feliz: cuenta con un gran trabajo y pronto se casará con el amor de su vida. Una tarde va de camino a una reunión laboral y se encuentra con Luis, un convicto que escapó de la cárcel, que lo obliga a llevarlo a un lugar habitable. Marcelo debe desviarse de su camino original, tomando la primera ruta alterna de la carretera, para llevar a Luis al poblado más cercano. Así es como llegan a Villaoscura, un lugar del que jamás escucharon antes. Mientras manejaba, Marcelo no recordó las advertencias de su primo: «Jamás han vuelto a ver a la gente que toma el primer camino». Pronto Marcelo se da cuenta de que tiene que salir de allí antes de que sea demasiado tarde.

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Completado
Capítulos:
6
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18+

Capítulo 1

Un hombre joven, que manejaba en una carretera solitaria y curveada, soltó por enésima vez una palabrota seguida de una maldición. Estaba muy retrasado como para llegar a tiempo a su reunión. Al menos el verdor de los árboles y la frescura dentro del auto por tener puesto el aire acondicionado, hacían que no estuviera tan de malhumor como en otras ocasiones.

Lo único que quería era llegar a la reunión, que esta terminara —estaba seguro que llegaría al final, al menos podría explicar el porqué de su tardanza—, y llegar al hotel a descansar un poco, pues el estrés de los últimos días no lo dejó dormir muy bien. No es que no estuviera contento con la situación que estaba pasando, al contrario, pero el estar a punto de casarse era, de cierta forma, agobiante, más que nada por los planes de la ceremonia, el tiempo y, lo más importante: el dinero.

En un momento en que el camino se volvió recto, divisó una silueta a lo lejos; ya más cerca pudo notar que era un hombre que pedía un aventón quién sabía a dónde. Frunció el entrecejo con molestia. En el cielo se notaban nubes oscuras a lo lejos, tal vez se avecinaba una tormenta, pero aun así no pensaba ayudar a un desconocido en medio de la carretera, que tal si era un psicópata.

El sospechoso, al ver que aquel joven no pensaba ayudarlo, tuvo que idear un plan rápido y arriesgado; el auto todavía se encontraba lo suficientemente alejado para poder cometer su locura. No lo pensó dos veces y se aventó en medio de la carretera, acción de la cual se arrepintió de inmediato. El auto frenó de volada y el conductor casi perdió el equilibrio.

Con el corazón acelerado y la piel pálida por el susto, el joven bajó del vehículo, gritándole y mentándole la madre al cabrón que se había hecho ovillo en medio del camino.

—¡¿Qué te pasa, imbécil?! ¿Acaso eres suicida? ¡Hijo de puta!

El hombre más viejo, que casi, casi se cagó del susto. Aunque él mismo era el culpable, trató de poner una expresión llena de calma.

—No-no, na-nada de e-eso —tartamudeó y luego respiró con profundidad—. Lo que pasa —dijo acercándose al auto— es que necesito ayuda, y como vi que tú no pararías, decidí tomar medidas extremas. —Sin decir más, se subió en el asiento del copiloto.

El joven no pudo expresar su indignación hasta segundos después de que se le pasó el asombro.

—¡¿Qué crees que haces?! ¡Baja de mi auto!

—¿O qué?

—¡¿O qué?! —Repitió—. Pues yo… Yo… ¡Llamaré a la policía!

—Vamos, no seas así, estoy solo y necesito ayuda, se aproxima una tormenta…

—¿Y a mí qué? Bájate, y a propósito, ¿qué hacías solo en medio de la carretera?, ¿escondiste un cadáver o qué?

El mayor no quiso seguir discutiendo, así que se limitó a mostrarle una manopla que llevaba escondida en el bolsillo de su chaqueta.

—Mira, animalito, no tengo ganas de discutir —se colocó el arma en la mano—, así que tú decides si me llevas de forma pacífica a un lugar habitable o me llevo tu auto y te quedas aquí con un madrazo en la cabeza.

El joven no pudo reprochar nada, así que terminó subiendo al vehículo en silencio; segundos después lo encendió y se atrevió a hablar.

—¿Seguro que no me matarás si te llevo a la ciudad o pueblo más cercano? —Comenzó a manejar despacito.

—Segurísimo. —Guardó su arma con mucho cuidado y se limitó a ver el paisaje.




Una media hora después de viaje, al notar que el silencio se hacía cada vez más incómodo, el «tipo del arma», como lo nombró en su mente el dueño del carro, decidió hablar.

—Oye, ¿cuál es tu nombre? —Notó que el otro lo vio con desconfianza—. Vamos, no creas que te robaré tu identidad…

—No lo creía… Hasta ahorita.

El tipo del arma soltó una carcajada.

—Aunque sea dime solo el nombre, sin apellidos… El mío es «El Brayan».

El joven alzó una ceja.

—Está bien, Brayan, tú ganas. Mi nombre es Marcelo.

—Mmm… Mi nombre suena mejor —comentó burlón.

—Si tú lo dices.

Nah, mentí, mi nombre en realidad es Luis.

Marcelo no supo si era un nombre que se puso para ese momento o si era su nombre de verdad. Supuso que era lo primero.

—¿Sabes cuánto falta para llegar a la ciudad más cercana?

—Una hora, más o menos.

—¿Tanto…? Vaya, supongo que deberás de poner música en la radio o algo así, si no terminaré por contarte la historia de mi vida para matar el tiempo.

Marcelo frunció el ceño. Llegar a la reunión era imposible, estaba seguro de que ya había terminado, es más, ya ni siquiera pensaba en ir al hotel, pues se desvió de su camino solo para llegar a la ciudad más cercana de la carretera y sacar a ese lunático de su coche.

—Dime qué hacías en medio de la carretera.

—¿En serio quieres saber? —Luis sonrió.

—Mejor no.

—Te lo diré. Soy un convicto que se escapó de la cárcel… La manopla se la robé al policía que me custodiaba, es un novato —dijo socarrón.

Marcelo tragó grueso al oír aquello.

—Te dije que mejor no me dijeras.

Nah, es mentira. —Marcelo se relajó un poco—. No se la robé al policía, mis amigos presos me la dieron de contrabando.

El joven volvió a tensarse.

—Sabes, pero no hice nada malo… Bueno, en teoría sí, pero yo no estaba en la cárcel por ser un asesino o violador, yo solo era estafador y ladrón…

—Esto no ayuda a sentirme mejor, por favor, en cuanto lleguemos quiero que te bajes de mi auto y olvides todo esto.

—Mmmm… ¿Quieres saber cómo escapé de la cárcel?

—No, gracias —murmuró aún más tenso que antes.

—Vamos, algún día podrían servirte mis trucos.

—No lo creo.

No volvieron a conversar, pero sí notaron que la tormenta se hacía cada vez más fuerte. Tomó el primer camino alterno para llegar a Monteazul, un lugar que estaba cerca de ahí, el cual su primo visitó hacía un tiempo. «Ya pronto llegaremos» se decía Marcelo para tranquilizarse él solo. «Y te desharás de este criminal, descansarás en algún motel y en la mañana irás a casa con Susana, le harás el amor hasta el cansancio y seguirás viendo los preparativos para la boda».

En un momento en que la tormenta arreció aún más, un rayo cayó cerca, por un árbol que estaba a algunos metros de la carretera.

—¡Ay, madre! —Exclamó Luis—. Esto está que arde, ¿ya falta poco?

—Poquito.

—¿Cómo se llama el lugar donde llegaremos?

—Se llama Monteazul.

—¿Has ido allí antes?

—No, pero un primo sí.

—Oh, ya… Igual no me importa —murmuró Luis.

Después de unos veinte minutos, Marcelo divisó a lo lejos unas luces que indicaban que la ciudad estaba cerca. Pero notó que no se veía como su primo la describió, como una ciudad nocturna, con luces y gente vivaracha que le gustaba la fiesta y el alcohol, al contrario, lucía como un lugar muy pacífico. Y parecía incluso más pequeño que una ciudad, era como un pueblo.

—¡Qué extraño! —Murmuró.

—¿Qué?

—Mmmm… Nada. —En ese momento recordó que no tomó el camino correcto para Monteazul. «Tenía que tomar el segundo camino» recordó, «no el primero. Como sea, será lo mismo, aventaré a este hombre a su suerte y mañana en la mañana parto a casa y me comunico con mi jefe para explicarle por qué no llegué».




Eran más o menos las siete y media cuando el auto llegó al pueblo cuyo nombre era Villaoscura. Un nombre extraño para un pueblo extraño. Marcelo frunció el entrecejo al ver el cartel que decía: «Bienvenidos a Villaoscura»; hizo memoria para recordar si había visto ese nombre en el mapa y, después de unos segundos, llegó a la conclusión de que no, ni siquiera oyó hablar de ese lugar. «De seguro es un lugar que se fundó después de que hicieran ese viejo mapa». Después de recorrer aproximadamente medio kilómetro y decirle a Luis que buscara algún lugar para pasar la noche, un policía se acercó a ellos. El joven de inmediato frenó.

—¿Qué sucede aquí? —Preguntó el oficial cuando Marcelo bajó la ventana del auto.

—Lo que pasa es que mi… compañero —dijo finalmente, señalando a Luis— y yo estamos buscando un lugar para pasar la noche.

—Mmm… ¿Qué los trajo por aquí?

En ese momento la lluvia pareció volverse aún más fuerte, se vio un relámpago y, posteriormente, se escuchó un gran trueno, lo que hizo que Marcelo tuviera escalofríos al notar que, bajo la luz del rayo, el policía parecía un ser fantasmagórico.

—Solo queremos refugiarnos de esa tormenta.

—Exacto —concordó Luis—, no queremos estar en la carretera de noche y con una lluvia fuerte.

—Está bien —dijo después de un incómodo silencio en que se limitó a analizar a los compañeros de viaje. Uno, muy formal, limpio y de aspecto refinado y el otro, medio andrajoso y, a simple vista, de malos modales.

—Ah, y pues… ¿Sabe dónde podemos quedarnos? —Preguntó Marcelo.

—Sí, más adelante hay un motel donde pueden pasar la noche… Pero, por favor, traten de no ser ruidosos. La gente de Villaoscura todavía no es muy tolerante con las parejas homosexuales.

Marcelo enrojeció y no supo si fue de vergüenza, ira, indignación o una mezcla de las tres. Luis, en cambio, rodó los ojos con fastidio.

—No es lo que piensa —se apresuró a decir el joven—, yo voy a casarme con una mujer maravillosa…

—Oh, ¡qué descaro! Pobre señorita, pero a mí me da igual, ahora váyanse —ordenó con severidad.

Marcelo subió la ventana con coraje y ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron al estacionamiento del motel. Una vez que bajaron del auto, el joven habló mientras sacaba su pequeña maleta de la cajuela.

—Bien, ya estás en un lugar seguro. Mañana en la mañana me iré de aquí y no quiero volver a verte en mi vida, ¿entendiste?

—Sí, sí, lo que sea.

A pesar de eso, caminaron juntos hasta el motel y se pararon frente a la recepcionista.

—Quiero una habitación, por favor. —Habló Marcelo mientras se acomodaba la camisa.

—¿Busca una que tenga balcón o…?

—La que sea está bien.

—Está bien. ¿Ambos compartirán habitación? —Señaló a Luis—. Porque déjeme decirle que tenemos unos cuartos románticos con…

—No, no, ¡por supuesto que no!

—No, mujer —se entrometió Luis—, yo quiero otra aparte.

—Está bien —respondió con total tranquilidad.

Terminaron por quedarse en habitaciones contiguas por ser las únicas libres —según la recepcionista—, y al precio más económico.

—Nos vemos mañana —dijo Luis con tono burlón antes de que ambas puertas se cerraran. Parecía que ya se le había pasado la incomodidad de que dos personas los hubieran confundido como pareja.

Marcelo no respondió nada, se limitó a cerrar la puerta con fuerza.