La bendición de las naranjas
Hace apenas una semana, cualquiera podría decir que Baekhyun era un omega afortunado. A pesar de la casa pequeña y los carentes lujos, tenía lo necesario para vivir cómodamente y, sobre todo, un alfa atento, servicial, amable y amoroso con el cual compartir su vida.
Hace apenas una semana, los omegas de la calle en donde habitaba lo envidiaban. Su belleza inigualable, un cuerpo que despertaba el deseo en más de un alfa —aun cuando éstos ya tuvieran una pareja reclamada—, esa voz melodiosa y la personalidad extrovertida causaban que todos quisieran un poco de su atención, ser el causante de esa risa explosiva y el objetivo de sus bromas y burlas.
Sin embargo, ahora nadie se atrevía a mirarlo directamente. A su paso tan solo causaba susurros y críticas mal disimuladas. Ningún omega lo envidiaba, ninguno quería ser como él, y los alfas solo lo observaban como lobos hambrientos buscando una oportunidad para lanzarse sobre él. Por fortuna, estos eran contenidos por sus omegas.
La causa de este cambio tan abrupto era simple: Baekhyun era ahora un omega abandonado. Y eso era aún peor que ser repudiado, pues, si la marca de reclamo ya no existiera, bien podría conseguir otro alfa. Pero no. El imbécil de su “amoroso alfa” tan solo había huido sin hacer las cosas correctamente.
Por supuesto, si quería evitar ser el blanco de esas miradas, siempre estaba la opción de regresar a casa de sus padres. Bien podría aceptar la supuesta ayuda de su madre, tragarse el orgullo, rogar por el perdón de haber abandonado la seguridad de la casa paterna y nuevamente someterse a los deseos de su familia. Ser ese omega bien portado y obediente que cumpliría con la función de los omegas de buena clase, sirviendo como mercancía, como trueque. Un objeto con el cual comerciar al arreglarle un matrimonio conveniente para los negocios de su padre.
—No seas terco y vuelve. Haremos que ese imbécil te quite la marca. El matrimonio ya está planeado, no se dará cuenta que no estás limpio —le había gritado su madre al teléfono cuando su alfa tenía tres días sin aparecer y ella le notificó que le habían pagado una buena cantidad para hacerlo.
Pero, aunque su familia creyera que le habían apretado la cuerda, no volvería. Tenía dos manos, dos piernas y mucha inteligencia como para no valerse por sí mismo.
Si tan solo fuera fácil conseguir empleo siendo omega. Era una mierda.
Ser un omega no era fácil. Dependían toda su vida de alguien más. De niños: de su padre alfa, que los mantenía a salvo. Cuando alcanzaban la madurez: de sus esposos alfa, para protegerlos. No había omegas en el servicio público, ni en el entretenimiento, ni en ningún tipo de trabajo que no fuera “exclusivo para omegas”: ser nodrizas, niñeras, coser, cocinar o, peor, ser “ama de casa”. Siempre relegados a ser invisibles y solo relacionándose con los alfas con la autorización de su protector. Y, por supuesto, como trofeos de exhibición de sus parejas.
A pesar de todo eso, no odiaba ser un omega, solo que últimamente no veía nada bueno en serlo. La marca en su cuello, cerca de la clavícula, era fácil de ocultar, pero las feromonas eran otra cosa. Suspiró. Se dijo una y otra vez que él se lo buscó, que tan solo eran las consecuencias de la vida que había elegido vivir. Que había sido un idiota al dejarse endulzar el oído por el maldito alfa que lo marcó. No tenía a quién culpar más que a sí mismo.
Así que solo inspiró, tomando fuerzas para sobrevivir en la búsqueda de empleo un día más.
Al menos es divertido salir de casa, pensó, cuando vio a los omegas meterse a prisa a las suyas para evitar saludarlo, y a los alfas retirar las cortinas para verlo pasar con discreción. La única persona que no se escondió fue la anciana de enfrente. Era raro verla por ahí; según lo poco que había hablado con ella, vivía en la casa de algún nieto, así que con certeza aún no sabía el chisme sobre su vida. No volteó a verlo cuando salió de su casa; se sostenía en su bastón mientras revolvía el bolso en busca de las llaves.
Baekhyun sintió culpa cuando pasó silenciosamente por su lado sin saludar, y más culpa aún cuando, al voltear hacia atrás en la esquina, la vieja seguía rebuscando. Debió brindarle ayuda. Quería avanzar un poco más, pero el remordimiento fue tal que se regresó, y al parecer, justo a tiempo: la anciana tan solo se desvaneció, cayendo pesadamente en el pórtico, con las llaves por fin encontradas en la mano, sin siquiera abrir la puerta.
Baekhyun se dio prisa, sacando su teléfono celular y llamando al número de emergencias mientras se acercaba corriendo. Respiraba, pero no reaccionaba. Esperaba que la ambulancia no tardara en llegar.
“Y con este van tres omegas en lo que va del mes atacados por alfas sin control de su celo. Y en otras noticias: el heredero del conglomerado Park y actual presidente de Haewadal Industrias, Park Chanyeol, fue visto paseando el fin de semana con la protagonista de Un sueño más, la hermosa beta de origen chino MingMing, en Daehang, Busan, donde se llevan a cabo las últimas grabaciones del drama. ¿Será que MingMing logrará por fin atrapar al cotizado alfa? ¿O será una más en la larga lista de ex amores? Recordemos que, hace tan solo un par de meses, se le capturó con la cantante…”
La televisión resonaba en la reluciente cocina, mientras un par de manos preparaban hábilmente el desayuno, guiadas por una regordeta anciana que no despegaba los ojos de la noticia, a la vez que daba instrucciones.
—Apaga eso, abuela…
El alfa que aparecía en esos momentos en la televisión —alto, de piel blanca, proporciones faciales perfectas, ataviado con un elegante traje gris a medida y el cabello peinado hacia atrás, acentuando la seriedad y el porte de su persona— no podía relacionarse de ninguna manera con el desganado alfa de pijama arrugada, mal abrochado, cabello alborotado y cara hinchada por los excesos de alcohol de la noche anterior… que ahora hablaba.
—Que si ya te atraparon, pregunta la tele —contestó la abuela, sin apagarla y solo bajando el volumen mientras imágenes de él y un desfile de hermosas betas se proyectaban en el televisor. Al parecer, haciendo un análisis completo de sus ex amantes.
—Ni que fuera un animal… ya uno no puede tener amigas, porque luego luego me quieren casar.
—No es precisamente una amiga… ¿o sí? —preguntó con picardía la abuela—. Y ya estás llegando a los treinta, es hora de que sientes cabeza.
Chanyeol soltó tremenda carcajada con las palabras de la abuela.
—Tienes razón, abuela. No es una amiga, solo siento mi cabeza en ella de vez en cuando… pero no la de arriba.
—¡Eres un cochino! —le gritó la abuela, mientras le lanzaba una manzana del frutero más cercano.
—Tú preguntaste, no te quejes si no te gusta la respuesta —dijo, levantando los brazos en señal de rendición al presintir venir el regaño de la abuela, sin borrar la sonrisa de su rostro.
A pesar de la imagen que proyectaban los medios, Chanyeol no era el alfa serio e inflexible que todos pensaban. En realidad, era una persona bastante simple: desfachatado cuando no estaba en el ojo público, nada interesado en los demás y hasta flojo. Su condición de alfa y su posición económica le daban muchas ventajas, como la inteligencia y el porte natos, así que todo lo que quería era fácil de obtener. Para él, la vida era fácil.
—Necesito un nuevo empleado —dijo la abuela, que al parecer no tenía ganas de reñir, lo cual le pareció sospechoso a Chanyeol, pues si algo tenía la vieja, era que era más terca que una mula.
—¿Y ahora para qué?
La casa en la que vivía era muy grande, compuesta por una casa principal con más habitaciones de las que podrían usar, una casa para el servicio y una anexa, para alfas visitantes. Todo rodeado de grandes jardines, fuentes, albercas y gimnasio. Alguna vez fue la casa de su padre, pero ahora que se había vuelto viejo y fastidioso, agradecía que se hubiera mudado a las afueras. En realidad, él no sabía nada acerca del mantenimiento de su hogar, no le importaba. Él solo daba el dinero, y su abuela se encargaba de todo. Por eso le pareció raro que quisiera otro empleado, cuando según le había dicho hace un par de semanas, la plantilla estaba completa con el nuevo jardinero.
—Ama de llaves. Y quiero que sea un omega.
Chanyeol, quien hasta entonces no había tenido un interés real en la conversación, detuvo la cuchara a medio camino hacia su boca y volteó atónito a ver por fin a su abuela, quien, como si no viera la comiquísima cara que tenía a escasos veinte centímetros, continuó:
—No quiero a nadie de una agencia. Tiene que tener mi confianza absoluta. Ya tengo a alguien en mente.
Chanyeol no parecía oír nada más desde que se mencionó la palabra “omega”, pero algo en su cerebro hizo clic al darse cuenta de que la abuela había terminado de hablar.
—Abuela, sabes que no quiero a ningún omega aquí.
—¿Y lo dices ahora? —La bonachona abuela se fingió ofendida—. Hoy mismo empaco mis cosas y me largo —dijo mientras se levantaba trabajosamente.
—Ya sabes a qué me refiero —contestó Chanyeol, tomándola del brazo y obligándola a sentarse de nuevo—. No quiero un omega aquí, excepto a ti. Ya sabes cómo soy, no soportaría estar con uno. A duras penas aguanto a los omegas en la calle o el trabajo. ¡Al menos quiero descansar en mi propia casa! Te lo he dicho miles de veces —su tono sonaba más a súplica que a enfado.
—¿Crees que no pensé en eso? ¡Dejaría de llamarme Eun Sul si no pensara en todo!
—Abuela…
—Es un omega emparejado, así que sus feromonas no serán problema para ti, ¿verdad?
—Aun así…
—Ya te dije que elegí bien. Sus feromonas tienen un olor tenue y agradable. No te dará problema. Y las del alfa, ni las percibirás.
Chanyeol vio entonces una luz de esperanza. Ningún alfa, en su sano juicio, dejaría que su omega viviera junto a otro alfa. Nunca, ni por asomo. El orgullo de un alfa era muy grande; preferiría morir de hambre antes de permitir que su omega trabajara.
Podía estar tranquilo. Le pondría una condición inamovible, cerrándole todas las puertas a su abuela. Sonrió.
—Abuela, tienes razón. Ya no eres tan joven y necesitas ayuda con la casa. Está bien, dame los documentos para que mi secretario lo dé de alta en la nómina. Solo una condición: ya que será la nueva ama de llaves, vivirá aquí. No aceptaré una ama de llaves que no esté disponible las veinticuatro horas.
—Muy bien… ¿dónde dejé los documentos? Estoy segura de que por aquí los puse… ¡Seulgi! Tráeme la carpeta que había guardado por aquí.
—En seguida, señora Eun —replicó con prontitud una fibrosa beta.
—¡Quiero que comience lo antes posible!
Chanyeol se sentía como un tonto. Debió haberlo sabido cuando su abuela cambió de tema tan rápido. Aún no comprendía del todo lo que había pasado, pero estaba seguro de que, cuando la vieja le decía que le gustaba ver su hermoso rostro, lo que en realidad quería decir era que le gustaba verle la cara de estúpido… como ahora.
Salió de casa ataviado de manera impecable, acompañado por su secretario, aún con la confusión marcada en el rostro, y dejando atrás a una sonriente abuela.
Baekhyun se levantó, como siempre, antes de las cinco de la mañana. Había tenido un sueño agradable; dragones. La sensación de paz con la que abrió los ojos lo reconfortó. Sin embargo, una vez que se puso de pie, esa sensación se esfumó.
Llegó a la construcción donde trabajaba antes de las siete de la mañana, ataviado con una camisa de su alfa —la cual le quedaba bastante grande, pero conservaba su olor—, unos jeans gastados y flojos, y unas botas de trabajo con casquillo que, en definitiva, habían visto mejores tiempos.
Hacerse pasar por un beta para obtener ese trabajo era, sin duda, ilegal. Las miradas que sus compañeros le dirigían le decían dos cosas: o no le creían una palabra, o se sentían muy afortunados de tener un beta tan bien parecido entre ellos.
Era un trabajo pesado. Sabía que no podría hacerlo durante mucho tiempo, que si no lo descubrían ahora, en un par de meses era seguro que lo harían. Sabía también que era peligroso en su condición, pero no tenía alternativa. La paga era buena, era al día, y no había encontrado nada más.
Si no tomaba ese trabajo, en un par de semanas no tendría ni qué comer, y no quería caer en la tentación de tomar la llamada insistente de su madre y regresar al hogar paterno. Porque nada bueno le esperaría allí.
Park Chanyeol le entregó los documentos a Chen, su secretario, sin decir una sola palabra.
Y como buen secretario, Chen escaneó los documentos. Omega, veintitrés años, enlazado con Lee ChangBin, dirección en el barrio cinco. No había nada ahí que le revelara qué quería que hiciera, así que hizo la única pregunta que tenía sentido:
—¿Y este que?
—Eso quiero saber, quién rayos es ella y cómo contactó a mi abuela.
—¿Ella? —cuestionó Chen, volteando los documentos y mostrándole la fotografía de un hombre bastante delgado, con cabello plateado y, en definitiva, bien parecido—. ¿Seguro que me diste los documentos correctos?
—La abuela dijo que contrataría un omega como ama de llaves… no me dijo que fuera un varón —replicó, dando un vistazo rápido a la imagen que le mostraba y concentrándose en buscar un archivo en el computador segundos después—. ¡Se volvió loca la vieja, en definitiva tiene demencia senil! Averigua cómo lo conoce.
—Pues… son vecinos.
—¿Vecinos? ¿Cómo lo sabes? ¿Lo conoces? —La atención se dirigió de nuevo a su secretario.
—La dirección, mira, es el número del frente de la casa de tu abuela, ¿o me equivoco?
Chen seguía repasando los documentos cuando Chanyeol los arrebató, quedándose solo con la fotografía.
—Es bonito —comentó Chen cuando su jefe acabó de verificar la dirección.
Por supuesto que la abuela tenía una casa, una vieja en un barrio asqueroso de cuando era soltera, hace casi un siglo. Chanyeol lo había olvidado; hacía muchos años que la anciana se había mudado a su casa por su propia seguridad y casi nunca iba de nuevo.
—¡Qué importa si es bonito! Así que su vecino, ¿eh? Pero hace años que la abuela no vive ahí…
—¿No es… el omega que la ayudó ese día? —preguntó su secretario sin dejar de observar la imagen, y nuevamente su jefe arrebató lo que había en sus manos para observar la fotografía.
—No sé… No me fijé en el omega, la abuela estaba tan mal que no me fijé en quién la ayudó. De esas cosas te encargas tú. Como sea, busca por qué quiere contratar a ese omega, como se llame. Y busca a ver si tiene motivos ocultos, no me gustan para nada los malditos oportunistas.
Chen se retiró negando con la cabeza, pues Chanyeol era muy posesivo con su abuela. La falta de una pareja omega definitivamente le afectaba la cabeza y seguía de terco, queriendo solo betas.
—No lo vas a creer, la información de este omega es realmente absurda. Está trabajando en la construcción del nuevo hotel.
—¿Qué hotel?
—Pues tu hotel en el distrito cuatro. Y no adivinarás qué hace.
—¿La comida? No sé, ¿qué trabajos para omega hay en una constructora?
—Ninguno. Mira.
Chen era rápido, muy eficaz. Todo lo que Chanyeol pedía lo encontraba con facilidad. En esas dos horas había mandado a varios betas al domicilio para obtener información. Con unos cientos de dólares, la gente decía hasta de qué color compraba la ropa interior. Y estando en un barrio pobre, lo hacían hasta por mucho menos; a qué hora salía de su casa, la ruta que tomaba al empleo, muchos comentarios de lo bonito y agradable que era. El bendito guardia de la construcción incluso les dijo que fingía no darse cuenta de que era un omega para verlo pasar todos los días. El capataz de la obra era realmente una persona avara y, por robarse el salario de los empleados, daba de alta a sus familiares beta y les pagaba la mitad del sueldo a los necesitados omegas. A final de cuentas, nunca tenían inspecciones gubernamentales. Pues, ¿quién se atrevería a auditar el corporativo Haewadal? Y el guardia, por no perder el empleo, mejor se quedaba calladito.
Habían conseguido toda la información desde que el omega se mudó a ese barrio. Hasta sabían que cargó la camioneta de mudanza cuando llegaron, pero quién era antes de ser Lee Baekhyun y el paradero de su alfa, eran terreno desconocido. No le preocupaba; tarde o temprano conseguiría eso. Por fortuna o desgracia, nadie se atrevió a decir que era un omega abandonado.
¡Ah! Eso le causaba estrés a Chanyeol. ¿De verdad había un alfa tan inútil como para poner a trabajar a un omega en algo tan peligroso? ¿Cómo para que no le importara que llegara diario a casa apestando a un sinfín de olores? Si ese omega tenía un alfa que lo ponía a trabajar incluso en construcción, ¿lo dejaría también mudarse a su casa? Se había echado la soga al cuello él solo.
—Tramita todo para el empleo, mi abuela se encargará de que firme el contrato. Hazlo llegar a casa.
—De acuerdo. Por cierto, tu padre arregló una cita con Ahn BongSun. Saben que eres un delicado, así que llevará a la omega. Quiere que formalicen cuanto antes.
—Cancélalo, no veré omegas, no me casaré, déjalo claro a mi padre.
—Si cancelas, dijo que te puedes ir despidiendo de la presidencia.
El trabajo a medio tiempo en la constructora era pesado; terminaba con todo el cuerpo molido a palos. Baekhyun no se consideraba un omega tan débil; su constitución genéticamente delgada no le impedía cargar cosas pesadas o hacer esfuerzos. Pero después de más de diez horas continuas de transportar vigas, carretillas llenas de escombro y caminar escaleras arriba y abajo con carga, quedaba por completo agotado, queriendo hibernar.
El camino de regreso era otro tormento. Su barrio no se caracterizaba por calles despejadas y planas, sino al contrario: los callejones abundaban, y las pendientes pronunciadas eran tan comunes como la poca iluminación. Esa combinación no era nada buena después de una jornada laboral. Era fácil dejar la cabeza en blanco paso tras paso, solo maldiciendo de vez en cuando el camino, por lo que tardó en ser consciente de la escena que se presentaba fuera de su casa. La puerta abierta de par en par y un grupo de betas ataviados con trajes oscuros perfectamente planchados sacaban todo, desde su pequeña parrilla de gas hasta el shampoo barato a medio uso de la ducha. Si hubiera ahí algo más que solo betas, habrían percibido sus feromonas temerosas al verlos, sus ganas de huir.
Agarró con fuerza el salario del día que traía en la bolsa trasera de sus pantalones y recordó que guardaba el resto del dinero en una lata de café en la cocina. Lata que, en ese momento, cargaba uno de esos tipos y subía a un camión de mudanza. No podía huir así, sin un trabajo y con tan poco dinero. No era justo.
—¿Qué se supone que hacen? ¡Esta es propiedad privada! —gritó, muerto de miedo, pero con la voz más segura que fue capaz de encontrar. Si lograba distraerlos lo suficiente para tomar el dinero…
—¿Señor Lee Baekhyun?
—¿Qué quieren? ¿Quién los mandó?
—Acompáñeme, por favor. —El beta se acercó a él, tomándolo del codo y guiándolo con fuerza. Un segundo hombre se posicionó del otro lado y comenzó también a guiarlo hacia un coche negro estacionado en la acera. Baekhyun no alcanzó a desviarlos, forcejeaba, podía imaginarse bajo las órdenes de quién actuaban, pero no les daría el gusto de hacerlo. Parando de resistirse, se calmó y se dejó guiar un par de metros. Cuando los hombres relajaron su toque, giró con fuerza, haciendo que los betas perdieran el agarre y, sin importar el cansancio en sus piernas, corrió de frente, rodeando el coche y saltando la valla de la casa de su vecina. Sabía que estaba vacía, sabía que no había nadie, pues la vieja que ahí vivía estaba con su nieto. Traía su teléfono consigo, llamaría a la policía y esperaba que llegaran con prontitud. Sin embargo, al caer del otro lado, sus planes también lo hicieron, pues en esa casa también había betas vestidos con el mismo traje oscuro, sacando cosas, y todos fijaron su vista en él cuando cayó en el jardín.
—Señora Eun, creo que tiene que ver esto —gritó un beta sin quitar su mirada de él.
Las luces de la casa y del patio se encendieron. Baekhyun, aún de cuclillas en la misma posición en la que cayó al saltar la barda, no se atrevió a moverse. Los tipos que lo persiguieron también saltaron, cayéndole por poco encima. La mente del omega buscaba vías alternas de escape cuando salió una anciana de la casa.
—¿Qué está pasando aquí? —se escuchó la voz cascada de una anciana acercarse. En cuanto llegó al patio, Baekhyun sintió que el alivio llegaba a él. Era la vecina, esa vieja a la que hace poco había ayudado ahora estaba en casa. No sabía por qué estaban esos tipos ahí, pero se sentía a salvo.
—Baekhyun, querido, ¿qué haces ahí? —Como si todo se le revelara, volteó a ver a los tipos detrás de él, intentando levantarlo—. ¡Son unos imbéciles! ¿Asustaron a un pobre omega? ¿Qué les dije?
—Señora Eun, solo hicimos lo que nos pidió. Empacar sus cosas y subirlo al coche.
—¿Y qué son? ¿Un grupo de mafiosos? ¡De seguro sacaron todo antes de que el chico llegara, no!? ¡Y ustedes! Malditos Kim uno y Kim dos o como se llamen, seguramente lo metieron al auto a fuerzas, ¿verdad?
—Señora Eun, solo le dijimos que nos acompañara.
—Perdónalos, hijo —añadió la vieja, dirigiéndose con paso lento a Baekhyun—. Tengo un personal de seguridad tan inútil como una brújula sin norte. ¿Serías tan amable de acompañarme dentro un momento?
—¿Señora Eun? ¿Ellos… vienen con usted?
—Así es, vienen conmigo. Y temo decir que yo les pedí empacar tus cosas. No era mi intención que lo hicieran sin tu consentimiento, pero ya ves que los betas son muy buenos en todo, menos en usar el cerebro. ¿Verdad, par de inútiles?
—Lo sentimos, señora Eun —contestaron los Kim dando una reverencia.
Baekhyun no entendía nada de lo que pasaba. ¿Por qué sacar sus cosas? ¿Por qué acompañarlo al auto? Se alegraba de que no fueran gente contratada por su familia, pero la incertidumbre no le gustaba. A estas alturas, era evidente que el dichoso nieto tenía dinero de sobra y solo rogaba que no supieran quién era él, que no conocieran a su familia, y que esto no se tratara de devolverle un favor a sus padres.
—Entonces… ¿qué pasa? No es que no me alegre de verla, es decir, espero que haya estado bien con su nieto y eso, pero… ¿por qué desocupan mi casa?
—Querido, siento mucho cómo se dieron las cosas. Yo solo quería ofrecerte un empleo en la casa de mi nieto y estos imbéciles te asustaron.
—¿Un trabajo?
—Verás, la casa de mi niño es grande y ocupa muchas manos. Lo que más ocupa es alguien que lo administre todo. Él aún no está enlazado, así que como omega lo hago yo. Es un trabajo tedioso, pesado y que nunca acaba. No es fácil y mis fuerzas ya no son las mismas, así que… ¿querrías trabajar ahí?
—¡Ah, señora Eun! No es por ser malagradecido, pero, si es un empleo, el que sacaran mis cosas es un poco…
—Bueno, he pensado que podrías mudarte. No tendrías que pagar renta o alimentos, no ocupas muebles, pero pensaba dejar la casa vacía para que la entregaras al casero sin demora y sin preocupaciones.
Era demasiado bueno. La anciana no le había causado mala espina el tiempo que fue su vecina; siempre amable y bondadosa los fines de semana que se pasaba por ahí. Había estado muy agradecida cuando estuvo en problemas y Baekhyun se dio cuenta a tiempo para llevarla a urgencias. No había sido gran cosa, pero la anciana decía que le salvó la vida, queriendo compensarlo con dinero —el cual necesitaba— pero rechazó. Pero todo esto lo hacía dudar: ¿quién llegaba con una propuesta tan buena cuando tenía tanta necesidad? Solo podía pensar que era alguna estrategia de su familia para hacerlo volver.
—No creo que a mi alfa le guste la idea de que me mude a la casa de otro alfa —dijo, desconfiando de todo, para rechazar tan buena oportunidad.
—Querido, ambos sabemos que tu alfa tiene varias semanas sin aparecer.
—¿Cómo lo sabe? —gruñó Baekhyun. Si se le había hecho sospechosamente bueno, ahora más, pues la vieja ni siquiera había aparecido por aquí desde hace tiempo. Era demasiado creer que se hubieran enterado del chisme.
—Tranquilo… al bebé no le hará bien.
La piel de Baekhyun se erizó ante el miedo, poniéndose de pie de inmediato, dispuesto a salir. Esa vieja sabía cosas que a nadie le había dicho. El olor a leche del embarazo era perceptible después de los cuatro meses, así que, a menos que hubiera visto el examen de sangre, no tenía manera de saberlo u olerlo. Miró alrededor y los betas estaban casualmente dispuestos en cada entrada o salida de la casa, sin posibilidades de huir.
—Siéntate, cariño —la voz tranquila de la vieja no lo calmaba, seguía alerta, pero sin moverse—. Te diré cómo lo sé. Hace días fui al médico, ya sabes… por seguimiento. Toma asiento. Fui al médico y te vi… ibas de salida cuando yo apenas bajaba del auto. Como sabrás, hasta para eso ocupo ayuda, así que no pude hablarte de inmediato. Para cuando quise hacerlo, ya ibas muy lejos, pero tu expresión ausente no cambiaba. Ibas perdido en tu mente y, al cruzar la calle, casi te atropella un coche.
Era verdad. Había ido hace nada al médico y esa situación había pasado.
—Y cuando entré, las enfermeras no dejaban de hablar de un pobre omega que, al parecer, había tenido un colapso nervioso al enterarse de su embarazo.
La cara de Baek poco a poco se tornó roja de vergüenza.
—Mencionaron algo sobre un alfa que lo embarazó y lo dejó…
—¡No me dejó! —añadió rápidamente, a la defensiva.
—Supuse que eras tú, por la cara que traías ese día. Veo que no me equivoqué. Así que mandé a uno de estos inútiles a ver cómo estabas, y es tan tonto que me dijo que ya no vivía aquí un omega, sino un beta que trabajaba en la construcción. Y cuando me enseñó la foto, no pude evitar golpearlo. No sé qué planes tengas, pero si quieres que ese cachorro viva, no puedes seguir con esos trabajos. Además, es peligroso para un omega estar solo. ¿Ahora ya te sentarás?
—Bueno… si lo sabe ya… entonces, creo que solo será un problema… con el bebé y eso…
—Me gustaría tener un problema en casa —dijo la vieja, sonriendo, y Baek se conmovió.
—El olor de mi alfa aún está en mí… ¿no le causará problemas a su nieto?
—Na, ¡ningún problema!
—¿Y el bebé…?
—Eso será sin duda problemático y divertido. Pero tranquilo —dijo luego de ver la expresión de sospecha en el rostro de Baek—, mi nieto no podrá echarte jamás.
Esta vieja era una entrometida y, sin duda, un amor. Baekhyun había rogado a los cielos por una oportunidad para su cachorro. Había rogado que se abriera una puerta hacia un mundo mejor, por una oportunidad para desaparecer sin que sus padres supieran su embarazo, pues volver a casa sería la muerte para su hijo. Así que, por supuesto, aceptó.
La casa era inmensa, de arquitectura estilo georgiano, pintada en blanco, con altos ventanales y una simetría tan perfecta que irradiaba paz al verla. Parecía tener al menos tres plantas y un centenar de habitaciones. Duraron unos diez minutos desde el puesto de seguridad en la entrada hasta la puerta principal, y los jardines que la rodeaban presumían bancos de flores y árboles frutales.
Lo que lo impresionó no fue la casa. Estaba acostumbrado a la ostentosidad por haber crecido en una gran familia. Se imaginaba los muebles caros, las pinturas millonarias y los candelabros de araña que seguramente abundaban por dentro. Lo que lo dejó anonadado fue el jardín.
Mientras que lo común en esas casas eran los jardines amplios, despejados, con césped bien recortado, quioscos y terrazas, este jardín era único e impresionante. Había árboles por doquier, pero no árboles decorativos cualquiera, sino árboles frutales. Parecía que un descuidado había recorrido el jardín comiendo toda clase de fruta y tirando las semillas a diestra y siniestra, pues no había un orden ni una sola clase de estos. Había setos con flores, naranjos, rosales, duraznos sin ton ni son. Caminos hechos, al parecer, al azar. Se veía que en algún tiempo pudo ser un jardín normal, pues alcanzaba a ver alguna fuente o quiosco perdido entre el frondoso bosque frutal-floral. Eso sí, el olor era delicioso, agradable, revitalizante. Se divisaban varios jardineros, a los que Baekhyun juzgó como malos, pues los árboles no estaban recortados, ni el césped en orden.
Al bajar del auto, fueron recibidos por una beta alta y fibrosa que le hizo una reverencia a la vieja Eun y miró con sospecha a Baekhyun para regalarle una simple inclinación de cabeza. No se ofendió, se había acostumbrado ya a su vida insignificante de Lee Baekhyun, así que no le importó.
La casa era tal cual la había imaginado: decorada en exceso, pinturas caras, iluminación excesiva y el mismo estilo cargado de la fachada. El comedor podía albergar sin problemas a dos docenas de personas, el recibidor era más grande que su actual casa… Las escaleras le recordaban a las de su casa de soltero, caoba al natural, una casa antigua. El mantenimiento seguro era costoso, pero para nada complicado para él.
Había llevado la administración de su casa estando enlazado, cosa que no se comparaba para nada con esta. Por fortuna, se había aprendido de memoria el funcionamiento de su casa de soltero, pues, al ser un omega en una gran familia, se esperaba que, al contraer nupcias, su casa fuera igual o más grande que la actual. Así que esto sería pan comido.
—Por aquí, cariño, pasa, pasa, te presentaré a todos.
Baekhyun deseó estar mejor vestido. Deseó haber pensado en cambiar esos vaqueros horribles por ropa más presentable; no sé, un pantalón de vestir y una camisa decente, quizá hasta alguna joya sencilla. Él tenía ropa bonita, ropa que haría que le dirigieran miradas de respeto y envidia, no las que, en cambio, recibía de los betas que, por educación, lo reverenciaban. Podía leer en sus rostros las críticas que recibía al ser presentado como su nuevo jefe.
—Entonces, esos son todos los empleados. Te pasaré una ficha de cada uno para que te acostumbres a ellos y otra de los guardias. ¿Te parece si vamos a la cocina para que te explique el presupuesto?
Era tarde, estaba exhausto, sucio; lo único que deseaba era construir un nido y dormir por días ahora que su futuro no parecía tan malo. Pero, al parecer, la vieja Eun quería poner manos a la obra sin tardar. Quizá debería quedarse despierto toda la noche aprendiendo sobre la administración de un sitio tan grande, y la verdad, no tenía cara para quejarse, pedirle aplazarlo o confesar que ya lo sabía todo.
—Si no le molesta, me gustaría ducharme antes. No creo que mi ropa sea la adecuada.
La señora Eun le regaló una mirada de arriba a abajo; en todo este tiempo no fue consciente de la ropa del omega.
—¡Ah, claro, claro! ¡Esta vieja olvidadiza que no se acuerda de nada! —se dijo a sí misma, dándose una palmada en el rostro.
—Seulgi, acompaña al señor Lee a sus habitaciones.
—Enseguida, señora Eun. Señor Lee, por aquí, por favor.
Chanyeol, por primera vez en más de veinte años, no quería llegar a su casa. Parecía un niño berrinchudo, refunfuñando todo el día sobre feromonas, quejándose del escandaloso olor de la omega de los Ahn, del por qué no todo el mundo usaba supresores, de la poca calidad de estos, que apenas atenuaban el olor en lugar de eliminarlo por completo.
Chen, quien estaba acostumbrado a uno que otro comentario al día, se hartó de escucharlo y no se unió a él en la comida. Sabía que Chanyeol era muy especial con ese tema; siempre decía que, aunque era un alfa y por biología necesitaba a un omega, prefería mil veces a las betas porque estas no poseían olor. Cada mes, en las juntas con el consejo, Chanyeol permanecía con rostro impasible, pero ni bien salía de la reunión, se encerraba en su oficina con aire purificado para deshacerse de los olores de alfa.
En la empresa corría el rumor de que su jefe era un alfa recesivo, por eso le abrumaba el olor de otros alfas y, supuestamente, su preferencia por las betas era en realidad porque, aunque lo deseara, ningún omega le haría caso. Solo Chen sabía la verdad. A pesar de que todos pensaban que el puesto de Chanyeol se debía únicamente a que era el hijo del dueño, él sabía que, de no ser por ese alfa quisquilloso, Haewadal Industrias ya no existiría.
Pero hoy, después de la reunión de almuerzo con los Ahn —que duró increíblemente poco—, estaba más que harto de escuchar a su jefe. Así que, ya que el secretario se mantuvo alejado, Chanyeol no tuvo con quién descargar sus frustraciones, y tampoco tuvo cara para pedirle que se quedara.
Pasaban de las diez de la noche. Su abuela usualmente se acostaba a las nueve, el servicio no se retiraba hasta después de las doce, así que esperaría un poco más antes de volver a casa.
La solución perfecta fue ir a un bar. Tenía en la ciudad un par de lugares que solía frecuentar por la exclusividad que ofrecían: mantenían a la prensa alejada y los accesos estaban perfectamente regulados. Servidores públicos, artistas y gobernantes eran clientes frecuentes, pero en ningún medio se hablaba de sus vicios o preferencias, ya que la entrada principal solo era para el público común.
El tiempo pasó volando. La dueña del bar, una astuta alfa llamada BoA, sabía cómo darles justo lo que buscaban. Sin necesidad de mencionarlo, en cuestión de minutos lo enviaron a una sala privada, de donde alejaron a la mayor cantidad de alfas posible. Y por si la atención fuera poca, dos betas esbeltas, de buena figura y cabello largo y negro, fueron dispuestas para servirlo. Y si no fuera suficiente, la presentadora de noticias del canal más visto se unió a él un poco después.
Así que no fue raro que el auto de Chanyeol llegara a la propiedad Park a altas horas de la madrugada, conducido por un servicio de choferes. Casi parecía aliviado el pobre conductor cuando entregó las llaves del auto junto con un inconsciente alfa recostado en el asiento trasero al guardia, que solo echó un vistazo y rodó los ojos.
Sería difícil llevarlo a su habitación.
El guardia evitaba a toda costa entrar en la casa principal. Como alfa, no le gustaba el olor persistente de las feromonas del lugar; se sentía profanando los dominios de este e intimidado por la imponente presencia de su jefe. Por supuesto, sabía que era tonto, ya que el mando de control también era propiedad del alfa Park; sin embargo, las feromonas que perfumaban el lugar eran las propias.
Pero hoy, en vista del estado en el que llegaba el señor Park, no le quedó de otra que pedir la ayuda de uno de los betas más grandes para llevarlo a la habitación.
—Si no sabe tomar, no debería hacerlo —dijo el beta, cuando solo habían recorrido un par de escalones, soportando la mitad del peso del inconsciente Chanyeol.
—No hables mal de tu empleador.
—Mi empleadora no es este, sino la señora Eun. ¿Viste que se quedó despierta hasta muy tarde?
—No, no me la paso espiando las cámaras para ver qué hace quién.
—Pues deberías, de vez en cuando no está mal. Pobre señora Eun, pasadas las doce se fue a la cama, esperando que llegara este.
—El señor Park. No le digas “este” si quieres seguir trabajando aquí.
—Como sea… odio a la gente que no sabe tomar. Mira cómo se quedó noqueado. Apuesto a que, si le doy un golpe, mañana ni se entera.
El alfa sonrió. Ese beta sí que era todo un caso. No tenía mucho tiempo trabajando para ellos, pero era irreverente y parecía no respetar a la autoridad.
Chanyeol, llevado casi a rastras por los dos hombres, pronunció algo ininteligible, y el alfa aprovechó para tratar de despertarlo.
—Señor Park, vamos a su habitación. Un paso más, por favor.
Pero siguió hundido en un sueño profundo. Subirlo por las escaleras representó un gran esfuerzo, y cuando por fin lograron llegar a la habitación, casi lo tiraron a la cama. Se tomaron unos segundos para verlo: un brazo había quedado por debajo de la espalda —estaban seguros de que amanecería sin sentirlo— y la posición del cuello podría ser mucho mejor. Cruzaron fugazmente las miradas.
—Yo digo… que deberíamos dejarlo así, ya sabes, como venganza por dejar despierta a la señora Eun.
El alfa solo frunció los hombros y se dio media vuelta, mientras el beta seguía sonriendo. Sonrisa que se borró cuando chocó con la espalda del alfa, que se había detenido al ver a la persona en el pasillo.
—No deberían dejarlo así, se romperá el cuello —el beta miró fijamente al dueño de la voz y creyó haber muerto y estar en presencia de un ángel. El joven, de cabellos rubios, piel blanca como la leche, ojos cálidos y voz melodiosa saliendo de unos perfectos labios, mostraba una sonrisa pícara mientras sostenía un plátano con las manos más bellas que había visto jamás—. Sé que no es su trabajo, pero ¿no es descortés dejarlo en ese estado?
—Nosotros no lo íbamos a dejar así —respondió el beta, feliz de hacer contacto visual con tan hermoso hombre. Sí, ya sabía que no era un ángel; los ángeles no comen.
—¿No? ¿Y por eso ya están en el pasillo? —sonrió aún más. El alfa no había mencionado palabra y mantenía la mirada fija en él, así que se dirigió a este—: Lee Baekhyun. Sí, soy un omega. El nuevo amo de llaves.
—Mis disculpas, no fuimos presentados. Soy…
—Kim Jongin —interrumpió Baek—. En el ejército te apodaron Kai porque tienes el don de entrar a todos lados en cuestión de segundos, como si te teletransportaras. Y tú eres Kim Kibum. Un placer.
—¿Qué hace despierto a estas horas, señor Lee? —interrogó Kai. Un omega rondando la habitación de un alfa a esas horas no sería demasiado sospechoso si fuera soltero, pero este ya estaba enlazado. A su alfa no le parecería, y como lo vieran, no era correcto.
—Vine por comida. Últimamente tengo hambre todo el tiempo.
—Las cocinas están abajo.
—Y ustedes hacían ruido arriba. Vine a ver qué pasaba.
—No debería ir a curiosear si escucha ruidos, señor Lee. Como encargado de la seguridad, lo exhorto a que nos llame antes de hacer algún movimiento. Podría no ser seguro.
—Así lo haré. Ahora, si me disculpan… ¿Lo acomodan ustedes o quieren que yo lo haga? —preguntó, señalando la puerta abierta de la habitación de Chanyeol.
Kibum se dio la vuelta y fue a hacerlo, mientras Baekhyun era observado, vigilado por el alfa.
—Me retiro entonces. Buenas noches —dijo el omega, dando la vuelta y caminando en sentido contrario a ellos. Kai no le retiró los ojos mientras se perdía de vista. No le daba buena espina toda esa situación.
—Kibum, sé que eres un argüendero. No deberías espiar las cámaras para ver lo que hace la gente aquí dentro, pero vigílalo bien. Algo está mal con ese omega.
—Será un placer, jefe.
El reloj interno de Chanyeol era muy exacto, como se esperaría de cualquier alfa. Así que, al día siguiente —con una resaca que estaba seguro le duraría todo el día—, se levantó como siempre, antes de que sonara su despertador. Tomó casi toda el agua de la pequeña jarra que tenía en el buró y se metió a la ducha. El agua fría despejó su cabeza y despertó sus sentidos.
Y ahí estaba.
Ese delicioso olor que había sentido toda la noche. No había sido un error ni parte del sueño. Era real. Sonrió. Algo bueno pasaba tan temprano: la temporada de naranjas por fin había comenzado, y por meses, el delicioso olor cítrico flotaría en su casa.
Si algo amaba en esta vida, era esa fruta fresca, agridulce, que podría comer por siempre. Odiaba cuando le daban algo que decía ser naranja y en realidad era un sabor artificial. Por eso, desde niño, había dicho que tendría su casa rodeada de esos árboles.
No es que estuviera hambriento —los excesos del día anterior hacían que no quisiera probar alimento alguno hasta que su estómago se estabilizara—, pero no podía negarse a un vaso de fresco zumo recién exprimido, de ese cítrico que imaginó helado. Y con ese pensamiento en mente, bajó.
El olor era más intenso en la planta baja, tal como lo esperaba. Sin embargo, al entrar en la cocina, la imagen no era la que había imaginado. Nadie exprimía naranjas. No había ni una sola a la vista.
—¿Dónde están las naranjas que trajo el señor Yong? —preguntó confundido.
—¿Naranjas, señor? No nos ha traído ningunas —contestó mecánicamente el chef, un beta de ojos grandes, un poco más bajo que él, del que estaba seguro que no le importaba nada excepto la cocina.
—Pero... huele a naranja… ¿Tan intenso huelen los árboles?
—No huele a naranjas… —susurraron las cocineras, cuestionándose unas a otras por el supuesto olor a fruta.
—Pero nos quedan unas cuantas de la última compra. En un momento las preparo —añadió con prontitud Irene, ya que el chef, luego de decir que no había nada, lo ignoró por completo.
El olor seguía ahí, con toda la intensidad de un zumo recién exprimido. ¿Estaba loco?
—¿Y la abuela?
—Fue a dar un paseo con el señor Lee —contestó ahora sí el chef.
—Ah… con ese... ¿Y qué tal? ¿Cómo es tener otro omega?
—Bueno, es… —comenzó Irene, una de las cocineras que todos sabían estaba prendada del coqueto Chanyeol, pero el chef le dirigió una mirada asesina y ella se calló de inmediato.
—Hablen, hablen. Si resulta ser un insufrible, siempre podemos despedirlo, ¿saben? Lo importante es que ustedes estén bien —los incentivó Chanyeol a hablar.
—Es algo raro… Ya sabe, cuando es la primera casa a la que servimos, por lo regular no sabemos cómo funciona todo. Es muy común preguntarlo todo, ¡hasta dónde está el refrigerador! Lo que se debe o no hacer… Pero ayer, él solo recorrió el lugar y en automático comenzó a hacerlo todo, como si fuera su casa —habló Irene, feliz por conversar aunque fuera unos instantes con su jefe.
—Es un omega enlazado. Es evidente que sabe de comportamientos. No hablen de más —regañó el chef.
—¿Y su actitud? ¿Qué tal es? ¿Déspota? ¿Arrogante?
—Cómo decirlo…
—Chanyeol, si tiene curiosidad, ¿por qué no lo ve usted mismo? —interrumpió sin paciencia el chef—. Aquí está su jugo. Si no va a desayunar, no le quite tiempo a mis ayudantes.
—¡Son mis empleadas!
—Entonces despídalas. No están haciendo un buen trabajo, perdiendo el tiempo hablando de los demás.
En definitiva, ese chef era un insufrible. Si no cocinara tan bien y no tuviera un menú tan variado, lo despediría. Pero ya tenía años con él: era leal, callado, no le importaba más que su cocina. Podía incendiarse todo, y como el capitán del Titanic se hundió con el barco, él se quemaría hasta las cenizas en esa cocina. O eso le gustaba imaginar a Chanyeol cuando salía de la cocina por orden suya.
Tomó el jugo y se apresuró a ir a la oficina. No quería ni de broma toparse con el omega, aunque su abuela tenía razón: el olor a feromonas de omega que usualmente percibía a metros de distancia no había contaminado el ambiente de la casa. Olía como siempre, con los toques sutiles de su abuela —que tanto amaba—, sus propias feromonas y un poco a las de su jefe de guardias.
—¿Y entonces, quién es el alfa?
—Ni señales…
—¿Chen, perdiste tu toque? ¿Encontramos lo que te supera? ¿No puedes encontrar a un simple alfa de clase media —que más bien diría baja— y, sobre todo, negligente?
—No creo que haya un alfa.
—¿Y la marca se la hizo Jesucristo?
—No digo que nunca haya existido. Digo que… es un omega abandonado.
—Jajaja, eso ya no existe, lo sabes. Si fuera un omega con un alfa irresponsable, ¿no acudiría corriendo con el dominante para que le quite la marca? De esa forma se vengaría, ¿no?
—Quizá no quiere. Ya sabes cómo son los omegas. El dominante lo castigaría al instante.
—No, no sé cómo son los omegas, ni me importa.
—En fin, son así. Románticos. Creen que su alfa nunca los dejará, que pasa por algún peligro insalvable y volverá en cuanto pueda con más amor del que le tenía. Solo cuando se enamore de nuevo, y se dé cuenta de que eso no pasará, irá con el dominante.
—No pongas pretextos y búscalo.
—¿Por qué la prisa? ¿Resultó ser un fastidio? ¿Huele a basura?
—Pues… creo que la abuela no se equivocó. Es muy raro, pero… no percibí su olor. Quizá estar marcado sí sea algo mejor que un inhibidor de feromonas. Además, la temporada de naranjas ya comenzó. Mi casa huele delicioso.
—¿Tan pronto? ¿No falta un mes para eso?
—Y yo qué sé, solo sé que todo huele delicioso. Hey, ¿y la familia del omega?
—Tampoco la he encontrado.
—¡Definitivamente perdiste el toque, Chen! ¿Ya revisaste si es adoptado?
—Eso es una aguja en un pajar.
—Pues consigue pájaros que te ayuden.
Chanyeol se olvidó por completo de que había un nuevo omega en casa. Fue fácil, por tanto trabajo que tenía. También fue fácil evadir las llamadas de su insistente padre, a las cuales esta vez no tuvo que mentir para rechazarlas: de verdad estaba ocupado. Tenía problemas con las importaciones regulares y, por alguna razón, estaban rechazando los trámites de sus constructoras, cuando antes todo fluía a la perfección. Suponía que tenía que presentarse personalmente para arreglar ese asunto. Le daría tiempo hasta la tarde y, si su secretario no podía solucionarlo, viajaría.
Chen estaba vuelto loco. Mientras que para Chanyeol era fácil hacer que se encargara de lidiar con la gente problemática para enfocarse en lo importante, al final del día, no podía más.
—Tienes que ir, esa gente está loca, ¿sabes? Están poniendo peros hasta por la coma faltante en el archivo. No ceden. —Chen lucía realmente desesperado; el mal día se notaba hasta en el cabello.
—Lo sé, maldita sea. Es una pérdida de tiempo ir hasta allá. Habla a casa para que envíen mi equipaje al aeropuerto. Terminaré esto e iré.
—¿Solo?
—¿Y quién se encargará de esto si no estoy? ¡Obvio tú! Confío en ti. Apúrate.
Eso era algo que Chanyeol odiaba. Sí, sabía que un alfa era superior, pero, aun siendo uno, se le hacía una completa estupidez el orgullo que algunos tenían. Como eso: hacer de menos a un beta por más capacidad que tuviera.
Baekhyun fue quien recibió la orden. Aún no se había presentado debidamente con Chen, el secretario, pero no era la primera vez que hablaba con él. Se encargó de transmitirle a Seulgi la orden, que, aunque no era propiamente una mucama, sí era quien organizaba al personal. Seulgi era una mujer de mediana edad muy eficiente. Baek sospechaba que Irene, la ayudante del chef, era su pariente. Aunque los registros no lo dijeran, la camaradería que se veía en ellas no era tan usual, más con la diferencia de edad.
—Chef KyungSoo, ¿podemos hablar? —interrumpió Baek.
El chef solo se lavó las manos y fue a sentarse a la mesa de la cocina, luego de despedir a sus ayudantes, dejándolos a solas.
—El señor no estará un par de días. Pueden retirarse, ya les haré saber cuándo regresan.
—Claro. Le pediré a las chicas que se vayan luego de preparar la comida.
—De acuerdo. Y, a su regreso, discutiremos el presupuesto de los alimentos. Veo que hay muchas salidas; estoy seguro de que podemos unificarlas.
—¿A mi regreso?
—Sí. Le dije que el señor no estará.
—Yo no me voy de aquí. ¿De verdad cree que permitiré que alguien más toque mi cocina?
—No es su cocina.
—Si quiere que me vaya, solo dígalo, pero nunca más volveré.
—No lo estoy corriendo, señor KyungSoo. Le estoy dando días libres con goce de sueldo. ¿No sabe acaso lo que es eso?
—Si me voy, no vuelvo, ya le dije, “señor”.
—¡No habrá nadie a quien le cocine!
—¿Se irá usted y la señora Eun? ¿La seguridad también se va? ¿Será una casa abandonada?
—¿Quiere quedarse? Quédese, pero luego no se queje si no hay vacaciones.
Baekhyun se levantó molesto. ¿Quién se creía que era este tipo? Nunca se había topado con alguien así y, si por él fuera, lo despediría en el acto. Semejante irreverencia nunca la hubiera permitido en su casa. Pero esta no era su casa, y aún no conocía los gustos particulares de su jefe (ni a su jefe), y si corría a alguien tan importante como la persona que tenía años alimentándolo y no encontraba un sustituto de su agrado, el despedido sería él. Así que le tocaba aguantarse.
Sin embargo, aunque el cocinero fuera un poco “indeseable”, la que ganaba el premio era Irene. No sabía qué mal le había hecho, pero era evidente que la ofensa era muy grande, pues no dejaba de hacer caras y de desafiar sus órdenes. Y sí, hablaba mal de él en cuanto se daba la vuelta. No es que le importara. Si quisiera, él también podía ser un indeseable e insoportable; lo había hecho por años. Ser ese niño mimado al que ni el viento tocaba sin su permiso. Pero nah, no valía su tiempo, tenía cosas más importantes de qué ocuparse. Como fingir que era medio tonto para que la señora Eun no siguiera preguntando cómo sabía tantas cosas. Debía dejar de preguntar por los presupuestos de mantenimiento de las albercas y fuentes cuando ni siquiera se las habían mostrado, y sobre el paradero y personal de las casas de descanso, cuando nadie las mencionó. Por fortuna, se cayó a tiempo antes de preguntar por los transportes.
Para él, era evidente que lo que veían sus ojos no lo era todo. Creció en la opulencia, pero, al parecer, todos creían que debían mostrarle las cosas, ver la sorpresa en su rostro y preguntar alguna cosa estúpida como “¿Qué hace con tantas habitaciones?” o “¿Para qué necesita casas de descanso si no sale de vacaciones?”. En fin, debía mantener la fachada de perfil bajo que había tenido por tres años para sobrevivir a esto, aunque… no era lo mismo.
Mientras vivió casado con el maldito de Changbin era fácil. No poseían muchas cosas, no tenían salidas a casas de descanso ni viajes en yate, no había nadie a su alrededor que lo mirara hacia abajo. Más bien, lo admiraban más que cuando estaba cubierto de joyas. Y aquí, una simple criada con aspiraciones a dueña lo hacía menos. Qué ganas de comportarse como antes y darle su merecido.
Como sea…, una vez que conozca a mi empleador, decidiré qué tanto fingir. Quizá sea una persona a la que nada le importa y pueda comportarme un poco más como yo, pensó Baek, que en realidad no tenía tanta curiosidad por conocerlo. A estas alturas, ya conocía su rostro por las fotografías, su carrera y negocios por la TV. No es que antes no hubiera escuchado hablar de él; es tan solo que no tenía la noción ni de cómo se veía y, por supuesto, también se había enterado de su fama de conquistador de betas por las habladurías emocionadas de Irene, que al parecer tenía la esperanza de llegar a su cama.
Pobre idiota, pensaba Baek, pues sabía que ese hombre nunca se casaría con una beta. Su familia tenía demasiado dinero como para que toleraran que se casara con alguien no apto para procrear. Ni qué decir de los ciclos de celo alfa: un beta jamás podría tener tanta resistencia. Al primer celo, los destrozaría. Seguramente ese pobre alfa era un reprimido sexual… o nunca había conocido el buen sexo.
Como sea, no le importaba. Él estaba concentrado en comer mucho, subir unos cuantos kilos que había bajado por el trabajo excesivo, la falta de alimento adecuado y, sobre todo, las náuseas matutinas. Solo debía estar saludable para formar a su bebé.
El dichoso señor Park no volvió al día siguiente, ni al siguiente. Para el tercer día, Baekhyun enteró a todo el personal que devolviera a la mansión su esplendor habitual: limpieza profunda, jardinería, repostería y mantenimiento, todo con el único objetivo de recibir, por fin, al tan dichoso hombre.
Baekhyun, que tenía la opción de usar o no uniforme, optó por vestir ropa formal. Desempolvó las pocas prendas que había sacado de casa de sus padres hacía tres años y eligió una camisa blanca de manga larga con volantes en los puños y escote en “V”, también adornado con volantes. Lo combinó con un pantalón ajustado a la cintura. A sus escasas siete semanas de embarazo, aún conservaba el vientre plano y, gracias a las comidas abundantes de los últimos cuatro días, sus caderas estaban más llenas: el pantalón no se le veía demasiado grande. Casi tenía el cuerpo con el que había huido de casa, el de un omega soltero, no el de uno abandonado y muerto de hambre.
Arregló su cabello peinándolo con volumen, calzó unos zapatos de plataforma no muy altos, apenas lo suficiente para sumar unos cinco centímetros de estatura. Dado que la camisa tenía un escote algo pronunciado, tomó una mascada y cubrió su marca. Antes, le encantaba presumirla; ahora era más un signo de vergüenza que de orgullo. No dejaba que nadie la viera.
Al caer la tarde, la casa estaba impecable, la comida lista en el horno dispuesta a ser servida y el personal reunido en el pórtico de entrada, esperando para reverenciar al jefe. La vieja esperaba dentro, pues sus piernas ya no le permitían estar mucho tiempo de pie, y con ella, Baekhyun aguardaba. No estaba nervioso, más bien ansioso. La señora prometió no mencionar el embarazo, dijo que esperaría a que el otro pudiera olerlo y, si el alfa decidía que era demasiado tener un omega preñado en esa casa, al menos tendría algunos ahorros para ayudarse.
Se escucharon las llantas rodar sobre el asfalto. Era evidente que el señor llegaba a casa. Baekhyun no salió a recibirlo; esperaría dentro, como se le había indicado.
—¡Qué buen recibimiento! —se escuchó gritar desde afuera—. ¡Me encanta que la casa esté impregnada de ese delicioso olor a naranja! ¡Han hecho un buen trabajo cosechando! ¡Ah, estoy harto de los Anh! ¡Esas feromonas me tienen estresado! ¿Por qué no pueden oler así de bien?
—Aún no es temporada, señor Park. No hemos cosechado nada —contestó uno de los jardineros.
—¡Ajá! ¡Me quieren engañar, eh! Pero no pueden. ¡Soy el alfa aquí! Mi olfato es mejor que el de ustedes.
—Pero… no huele a naranja —se escuchó cuchichear entre el personal cuando Chanyeol dejó de prestarles atención e ingresó a la casa.
—¡Abuela! ¡Llegó tu nieto favorito!
—¡Eres el único! —gritó por respuesta la vieja Eun Sul.
Chanyeol se dirigió a la sala, siguiendo la voz de su abuela. Lo primero que percibió fue el intenso olor a naranjas recién cortadas y el tenue aroma de su abuela anciana. Sus olores favoritos. Le pareció gracioso que los empleados le dieran la bienvenida con una broma tan elaborada.
Vio entonces al omega. Ese que hacía poco habían contratado. Estaba de pie a un lado de su abuela. Le extrañó no percibir sus feromonas, algo definitivamente inusual. En cuanto cruzaron miradas, algo extraño pasó en Chanyeol. La sola visión de ese hombre lo confundió. Había algo en él, no sabía qué, pero se sintió reconfortado, como si se hubiera metido a un baño de aguas termales: una sensación de calidez, paz, tranquilidad.
No le dio demasiada importancia. Lo atribuyó al simple hecho de estar en casa. ¡Por fin en casa!
Se acercó, y Baekhyun lo reverenció a modo de saludo. Chanyeol respondió con una leve inclinación de cabeza. El problema fue al acercarse.
En un segundo, su mente se llenó de los comentarios que había escuchado: “no es temporada de naranja” y “no huele a naranja”. Recordó también lo bien que lo había pasado la noche en que decidió no volver temprano a casa… y el olor al despertar. El mismo olor que ahora inundaba sus sentidos. Ese aroma delicioso que tanto amaba, emanaba a raudales del omega. La sorpresa se reflejó de inmediato en su rostro, y miró inquisitivo a su abuela.
—Te dije que su feromona no sería un problema —comentó ella, sonriendo, respondiendo así a la pregunta que él no formuló.
—Te equivocaste, abuela —la voz de Chanyeol sonaba afectada, como si el aire no fuera suficiente para formar palabras con claridad.
Sin dirigirle una segunda mirada al omega, el alfa se dio la vuelta y salió.
El chofer, que acababa de bajar las maletas del auto, casi fue atropellado por su jefe cuando este le arrebató las llaves de las manos.
—Me quedaré en el hotel de siempre. Que lleven equipaje nuevo.
Y, subiendo al coche, se marchó.









JAJAJA la abuelita es lo máximo “Que si ya te atraparon pregunta la tele”