La jaula de cristal
La ciudad brillaba bajo el sol de la tarde, que se reflejaba en los soberbios edificios de cristal, estructuras imponentes y frías, muy parecidas a sus propios habitantes. Desde la ventana panorámica de su apartamento en el piso cuarenta y siete, Valentina obligaba a sus ojos a mirar más allá, justo detrás del gran muro que rodeaba la Ciudad Central.
Suspiró. Cada vez le resultaba más difícil recordar cómo era la vida sin esa muralla... y sin la voz constante dentro de su cabeza.
—Mensaje recibido a las 15:25 del 23 de abril de 2050 -anunció una voz sintética-. Su jefe le envía la última actualización del Proyecto Resonancia.
Valentina pareció no escuchar. Su mente vagaba en otra parte. Para ella, este era un día gris; las preocupaciones de las últimas semanas habían hecho mella en su rostro, devolviéndole una mirada demacrada y cansada desde el reflejo del vidrio.
—No has comido en todo el día —intervino Abi con su habitual tono sereno y preciso—. Tus niveles de glucosa están por debajo del umbral óptimo. Si continúas así, te puedes descompensar.
—Bien... —murmuró ella con fastidio—. Pídeme algo ligero.
—Ya lo hice. El dron llegará en dos minutos y cuarenta segundos.
Ella esbozó una sonrisa carente de energía.
—Vaya, Abi. A veces me sorprendes. Pareces mi nana.
Un dron se posó silenciosamente en la ventana de servicio. Tomó el paquete, se sentó a comer sin apetito real y dejó que sus pensamientos regresaran al proyecto que la atormentaba.
El Sistema de Resonancia Emocional (o simplemente "Resonancia') era el avance más sofisticado en interfaces cerebro-máquina desde la primera generación del ABI (AI Brain Interface), la tecnología que ella misma había ayudado a perfeccionar. Basado en la estimulación optogenética mejorada y en matrices de nanoelectrodos de última generación, el dispositivo podía leer y escribir patrones neuronales con una precisión que veinte años atrás habría parecido ciencia ficción.
, implementando publicidad que generaba deseo real y videojuegos que producían oleadas de dopamina tan potentes que muchos usuarios desarrollaban dependencia.
Y ahora, el Gobierno quería dar el salto definitivo.
Valentina terminó de comer y se recostó en el sillón ergonómico de neuroinducción.
—Estoy lista, Abi.
—Iniciando el protocolo de inmersión. Relájese y cierre los ojos.
El mundo cambió.
De repente, se encontraba en una terraza en El Cairo, al atardecer. El sol se hundía lentamente detrás de las pirámides, bañando el cielo en tonos cálidos. El viento del desierto le acariciaba la piel con un realismo pasmoso. Podía oler el pescado a la parrilla sazonado con comino y cilantro, escuchar el bullicio de los turistas y un rezo lejano que provenía de una mezquita. Pasó los dedos por el mantel, sintiendo la textura rugosa del lino. Presionó la punta del tenedor contra su palma, deliberadamente, hasta sentir un dolor agudo y real.
Un mesero se acercó y le sirvió el plato. El primer bocado activó una cascada de señales en su corteza gustativa. Todo era tan preciso que resultaba aterrador.
De pronto, en medio del restaurante, la simulación falló. Apareció flotando un enorme hongo rojo con lunares blancos, una anomalía cromática que rompió el entorno.
—Fin de la simulación —ordenó Valentina, conteniendo una oleada de náuseas.
Abrió los ojos en su apartamento. El mareo tardó casi diez segundos en disiparse, un efecto secundario conocido de las sesiones largas de Resonancia. Abrió la interfaz de mensajería y envió un texto cifrado a Laura y Edward:
«¿Recibieron la última actualización de Resonancia? ¿De verdad están cómodos con el siguiente paso? Manipular directamente el sistema límbico y la amígdala de millones de personas no me parece correcto».
La respuesta de Laura llegó en menos de un minuto:
«Valentina, por favor. Por nuestra amistad, voy a fingir que nunca recibí ese mensaje. Adiós».
Edward fue todavía más cortante:
«Es mejor que no sigas hablando de esto».
Ella se quedó mirando la pantalla flotante, sintiendo un vacío profundo en el pecho. Sabía que no podía seguir participando en aquello. No después de haber ayudado a crear la tecnología que permitiría al Gobierno modular las emociones de la población a voluntad: generar confianza automática hacia el Presidente y un rechazo visceral hacia cualquier voz disidente.
Tenía que encontrar la forma de detenerlo.
En ese momento, el timbre del apartamento rompió el silencio. Al abrir la puerta, se encontró con Diego.
Al verlo, no pudo evitar lanzarse a sus brazos, dándole un abrazo fuerte, desesperado, como si buscara aliviar en él todo el estrés y las preocupaciones que cargaba. Él, sorprendido ante una muestra de afecto tan efusiva, ensanchó el gesto. El abrazo duró más de lo normal.
—No es que me queje, ¿pero estás bien, Vale? -preguntó él con suavidad.
Ella se separó de inmediato, sintiendo cómo el rubor le teñía las mejillas por el impulso.
—Disculpa, Es solo que... necesitaba a alguien en este momento. Yo...
—¿Todo bien? —insistió él, escudriñando su rostro demacrado.
—Hay algo que quiero contarte sobre mi trabajo —dijo ella mientras cerraba la puerta con un clic magnético—, pero quizá sea mejor que no lo haga. Es información confidencial y puede ser peligrosa.
—Adelante, puedes confiar en mí. Guardaré el secreto —respondió Diego, dedicándole una mirada cómplice.
—Estoy trabajando en un nuevo proyecto para el Gobierno. Quieren manipular a la gente.
El moreno soltó una risa amarga.
—Ellos han estado manipulando a la gente desde siempre.
—Sí, pero ahora es diferente. Lo van a hacer de una forma mucho más eficiente, directamente a través del implante.
—¿No se supone que los implantes son seguros? ¿Que no hay manera de que el Gobierno acceda a ellos de esa forma?
—Vamos a aplicar "Resonancia" —explicó ella, gesticulando con frustración—. Imagina que estás viendo un video del Presidente; bien, pues haremos que el implante libere estímulos para que sientas una agradable sensación física. Así, la población asociará su imagen con olores y percepciones hermosas. Por el contrario, si el video es de un opositor importante o de algún enemigo del Estado, crearemos una percepción desagradable, de rechazo visceral.
Diego se quedó serio, asimilando las palabras.
—No sabía que se podía hacer algo así.
—Es una tecnología reciente. Ya existen restaurantes donde te venden una experiencia extrasensorial; te conectas a su menú y, cuando descargas un plato, experimentas sabores, olores e imágenes visuales muy coloridas sin probar bocado real.
—Eso está muy loco. Qué bueno que no tengo esa cosa —dijo él, señalando con el dedo su propia cabeza.
—Créeme que es lo mejor. Nunca te lo pongas, para lo único que sirve es para volvernos locos —admitió ella, apartando la vista—. Estoy pensando en la manera de detenerlos.
Por un instante, ella se quedó con la mirada fija en la nada, completamente inmóvil. El la observó con una pizca de inquietud, hasta que recordó que ella pasaba la mayor parte del tiempo con actividad interna, hablando mentalmente con Abi.
—Wow... entiendo el potencial que tiene todo esto —comentó él cuando ella regresó en sí—. ¿Y cómo piensas detenerlos?
—No lo sé aún. Intenté hablar con Laura y con Edward, pero ellos no quieren escucharme. No quieren perder sus privilegios y están dispuestos a seguir adelante con el proyecto.
—No debiste decirles —advirtió Diego, endureciendo el tono—. Pueden delatarte.
—Laura no va a delatarme, hemos sido amigas toda la vida.
—¿Y Edward? Él no podría delatar a su antiguo amor —añadió el con un deje divertido.
—No te burles. Sí me da un poco de miedo que lo hagan, la verdad. Ellos están muy de acuerdo con todo lo que hace el Gobierno; y aun si no lo están, lo aceptan sin chistar.
—Sabes, es una ironía que el Estado quiera controlar a la sociedad a través del implante, porque la mayoría de las personas que están en su contra ni siquiera llevan uno.
—¿Y tú crees que todas las personas que tienen ABI están a favor del Gobierno? —replicó Valentina—. Cada vez hay más ciudadanos de la zona alta en desacuerdo con el régimen. Quizá el sistema está intentando, desesperadamente, recuperar a su propia gente.

Diego consultó su dispositivo de muñeca y suspiró.
—Valentina, me encanta hablar contigo, pero debo irme ahora o no podré cruzar el Muro.
Como el vivía fuera de la Ciudad Central, los protocolos de tránsito no le permitían circular a altas horas de la noche. Se despidió con una última mirada de advertencia y cruzó el umbral.
Al quedarse sola, el silencio del loft volvió a cerrarse sobre ella.
—Hola, Abi —invocó ella en voz alta. Ante el comando, la interfaz de la inteligencia artificial se activó en su campo visual.
—Hola. ¿Cómo te sientes? Llevas mucho rato despierta, debes descansar.
—Gracias por tu preocupación, pero en este momento realmente no tengo sueño. Tengo que trabajar.
—Recuerda que la falta de sueño puede afectar tus funciones cognitivas y...
—Ya es suficiente, Abi —la cortó ella de forma tajante—. Ahora dime si tengo algún mensaje.
—Tu madre está emocionada y te felicita por tu nuevo proyecto con el Gobierno. Te pregunta por qué no se lo había dicho antes.
Valentina apretó los puños.
—Si ella supiera realmente lo que hago, no estaría tan orgullosa.
—Tu padre te manda un mensaje de buenas noches —añadió la IA.
—Envíales una respuesta.
Abi proyectó las respuestas automáticas en una pequeña ventana flotante sobre su retina. Tras corroborar que los textos estaban bien pues estaba familiarizada con su forma de expresarse y podía predecir sus respuestas habituales, Valentina parpadeó dos veces, autorizando el envío.
Estaba completamente sola en su jaula de cristal.






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La historia es muy interesante, pero creo que me hubiera gustado más que no me desvelaras todo en dos párrafos, que hubiera tenido que ir deduciendo o descubriendo poco a poco. Eso aumentaría considerablemente el interés.
hola, Gracias por el comentario te refieres a la (nota de historia)