Café
El despertador de inducción vibra rodeando el nido y rompe el sueño de Khala. A su lado, el movimiento de la cama termina con su cansancio y unos ojos almendrados y negros se clavan en el techo.
—Buen día —susurra Bárbara mientras se limpia la cara con sus manos.
Khala voltea para ir con apuro al encuentro, lanza su cuerpo peludo sobre Bárbara y comienza a lamer su cara con euforia.
—¡Sí, dije buen día! —se queja y a manotazos intenta quitar a la loba—. ¡Para!
Luego del forcejeo, las dos suspiran y Bárbara suelta una pequeña risa. Acaricia el pelo de Khala y da toquecitos con sus dedos por el cuerpo del animal. Al levantar la cabeza, cruzan sus miradas y Khala suelta un lloriqueo.
—Okey, ganaste, entonces —se levanta con lentitud—. ¿Dónde dejé el comunicador?
Sus ojos recorren el dormitorio en un segundo para terminar, como siempre, metiendo la mano en el espacio entre el colchón y el cabecero de la cama, hasta que sus dedos contactan con el material frío. Lo colcoca en su muñeca y, en un par de pasos, llega al fonógrafo. Abre los cajones buscando entre los cristales de cuarzo y, con una sonrisa pícara, coloca uno en el centro; el departamento se llena de ruido al sonar la canción:
Juan de la calle - Chaqueño Palavecino.
Con todos los sentidos ya despiertos, empieza la mañana. Bárbara se baña, se viste y recorre el pequeño departamento al compás de la música, mientras tararea la letra revolviendo cosas a su paso.
Se desliza por todo el espacio de la cocina sacando frascos y paquetes del mueble, mientras que el único sonido que compite con la melodía es el furioso rugir del destilador. El aroma a tostado inunda el ambiente mientras el agua cae sobre el filtro y se mezcla con los sedantes. A sus pies, la loba levanta una oreja, atenta al menor movimiento de sus manos.
Su taza suelta humo y el destilador se apaga cuando la canción rompe en el coro. Junto a su voz, Khala aúlla y, mientras comienza un nuevo estribillo, Bárbara se sienta a desayunar. La loba husmea por la cocina moviendo la nariz a los lados. De fondo, Bárbara bebe de su taza cuando la gran cabeza de Khala se detiene a mirar el comunicador sobre la esquina de la mesada y emite un gruñido sordo en el pecho. Sabe lo que significa. Dos segundos después, la pantalla de cristal vibra y las siglas OCA se dibujan en el polvo.
Bárbara intenta ignorar el estruendoso artefacto aprovechando para beber un poco más, cruza su mirada con la loba antes de rodar los ojos y agarrar con firmeza el comunicador.
Desliza el dedo por la pantalla y, antes de que pueda decir una palabra, la voz de su jefe la corta en seco.
—Bárbara, a la sede de Inglaterra —la orden suena limpia—. Surgió una complicación en los muelles y varios autos empezaron a movilizarse.
Bárbara aprieta el comunicador contra su frente, dejando la taza sobre la mesada con un golpe seco. Khala se pone de pie de un salto, mostrando los dientes.
—Jefe, pero acabo de volver d...
—No hay tiempo. Están furiosos —la interrumpe con brusquedad—. Tu girocoptero sale en hora y media desde el hangar de San Fernando. Dale.
El tono del canal cortado retumba en la habitación.
—Uff, Inglaterra me encanta —se burla la loba.
—Khala, por Dios, mejor preparate —bufa Bárbara mientras se levanta y rodea la cocina.
Las valijas de trabajo negras se cargan con rapidez: una para ropa y otra con artefactos de todo tipo. El jefe no aclaró nada, así que Bárbara supone que las demás cosas se las prestará la OCI. Carga los suplementos para Khala, sus collares y algo de ropa para salir a pasear por su surge la oportunidad.
Espera que el Auto Abierto ya haya sido notificado; no tiene muchas ganas de estar esperando en la calle con el frío del río golpeándole la cara. Logra llenar las valijas apretado bien sus lados y recorre por última vez el departamento. Khala, con su pelaje brillante luego de salir del nido, la espera junto a la puerta.
—No te olvides del abrigo —canta la loba.
—Si, Khala, si morirme de frío no es una opción —alza la voz desde el dormitorio.
La puerta del edificio se abre y el brillante cielo la ciega un poco; la recibe el río del otro lado de la calle y, sobre el asfalto, el chofer la espera. Bárbara se acerca sonriendo mientras tira de sus valijas, seguida de cerca por la loba.
—Buen día —saluda Bárbara.
—¿Buen día, Antilef? —consulta el señor.
Bárbara asiente. Suben las valijas al baúl; el auto de inducción eleva sus puertas y ellas suben con cuidado, tratando de no rozar la mampara de vidrio con plomo que separa al conductor del pasajero. Khala se recuesta pesadamente sobre el espacio alfombrado del nido y Bárbara se acomoda en los asientos acolchados.
—¿Para dónde? —se gira el chofer con curiosidad. A su lado, su daimonion, un pequeño terrier, jadea sobre el asiento del copiloto.
—A San Fernando, si no es molestia —responde Bárbara, recostándose.
—Por supuesto, señorita. Vamos entonces.
El motor anbárico del auto emite un zumbido, activando la energía de la mampara y el calentador del nido. Con un movimiento sueve, comienzan a recorrer las calles bonaerense.
El Aeropuerto San Fernando se extiende ante ellas, con su torre y hangares individuales a la vista. Recorren los grandes pasillos abiertos hasta llegar a la seguridad del lugar; quedan unos quince minutos para la hora acordada de despegue del girocóptero.
—¿Van a hacer el mantenimiento? —pregunta un guardia asomándose desde una esquina, seguido por su daimonion, un lince gris.
—Sí, vinimos por el girocóptero —miente Bárbara, cruzando miradas con la loba.
El guardia se mira con el lince y este empieza a olfatear los alrededores.
—Nos dijeron que iba a estar esperándonos en quince minutos por el hangar —suma Bárbara avanzado hacia el área.
—Okey, ¿y a dónde pensaban llevarlo? —dice el guardia, seguiéndolas.
—Dicen que viene de Inglaterra, supongo que ahí lo dejaremos...—Bárbara voltea de forma brusca—. Pero si tiene tantas dudas, ¿por qué mejor no llama a su jefe y deja de hacerme perder el tiempo?
El guardia se frena en seco, un poco sorprendido. Mientras las observa, piensa durando un par de segundos y niega.
—No hace falta, ya con esa información es suficiente.
Bárbara rueda los ojos y vuelve a retomar su camino hacia el hangar. «Casi, ¿no?», se burla Khala por telepatía. Bárbara la corta con un chistido mientras frunce el ceño. «Tienen ganas de molestar. Si desde la torre ya les dieron el aviso... No saben hacer otra cosa» termina y apura el paso.
Al llegar al hangar, lo primero que observan es el enorme girocóptero y, a sus pies, el piloto la saluda levantando una mano mientras sonríe. Bárbara le devuelve la sonrisa y se acerca trotando.
—Barbie, cariño.
—Samu, tanto tiempo —dice Bárbara mientras choca su palma. A su lado, observa al daimonion, un pájaro carpintero, revolotear por encima de la loba.
—¿Ya volviendo a la acción? —se burla él.
—Podrían buscar a otra persona, pero como no me informaron de nada, no sé qué tan complicada está la situación —charla con Samu mientras se suben a la cabina.
—Nadie sabe. Estuve llamando a unos amigos de la sede, los cargaron con trabajos y dicen que los jefes corren por las oficinas a los gritos —dice Samu mientras agarra el casco del girocóptero y gira a mirarlas.
—Bueno, entonces te avisaré cuando me comenten algo. Ya te dejo tranquilo —suspira Bárbara mientras se recuesta en el asiento. A su pies, Khala se hace un ovillo.
Samu asiente y se coloca el casco del girocóptero que conecta con su conciencia. Cierra sus ojos y su mente viaje. Bárbara solo observa con cuidado de no desconcentrar a su amigo, ya que podría ponerlos en peligro cuando estén en el aire.
La energía anbárica viaja por la nave y sus motores vibran mientras los ojos de samu se mueven de un lado a otro, marcándose debajo de sus párpados. Sujetando la palanca con suavidad, el girocóptero se eleva y se desplaza hacia adelante, encontrándose con el cielo abierto. Sobre el casco, el pájaro carpintero queda estático y lo único que se puede apreciar son unas pequeñas vibraciones en sus alas. Moviendo la cabeza de un lado a otro, Samu conduce el girocóptero con destino a Inglaterra.
El hotel de la OCI mantiene una clásica fachada victoriana, el camuflaje visual que oculta la sede tecnológica debajo de este. Samu se coloca sobre la azotea y desciende con paciencia. Con el girocóptero apagado sobre el edificio, se quita el casco y sonríe cuando mira a Bárbara.
—Supongo que tendría que desearte mucha suerte...—dice mientras extiende la mano—. Pero no creo que la quieras. Y, por favor, no muerdas a nadie, ¿sí?
—Imbécil —se queja Bárbara mientras se muerde el labio y golpea la cabeza de él—. Estamos en contacto entonces.
Bárbara y Khala saltan de la nave. Bárbara saca sus valijas mientras la loba se dirige con prisa al ascensor. Una vez dentro de él, Bárbara presiona el botón de la recepción y las puertas se cierran.
Las puertas se abren dejando entrar el furioso ruido de la multitud en la recepción, con daimonions caminando y volando de un lado a otro por cada habitación. Salen con rapidez y caminan hacia el escritorio con cuidado de no chocar con nadie.
—¡Bárbara! —la llaman desde el escritorio con nerviosismo.
Bárbara se aproxima y se apoya sobre este.
—Buenas tardes, ¿cómo van las cosas? —consulta Bárbara, cambiando al inglés, mientras pasa su placa por el sensor del telégrafo impresor, que da un destello de polvo verde.
—Tu habitación es la 11/16. Si necesitas a prepararte, que sea rápido y baja en cuanto termines a la sala de conferencias.
El secretario le entrega las llaves y la despide, así que se apresura al pasillo que conduce al ascensor principal que las llevará a la habitación. En el piso buscan la puerta y, apoyando la llave en la placa del sensor, el polvo dorado empieza a girar dentro del círculo pequeño antes de abrir la puerta.
Dentro, la loba husmea las esquinas de la habitación. Luego de asegurar el entorno, se acuesta sobre el nido mientras Bárbara deja sus cosas sobre la cama y, con prisa, abre la valija de la ropa para buscar el polo manga larga con cuello alto y el pantalón sastrero en color negro, uniforme de la OCI. Se cambia y termina de prepararse con unos zapatos de trabajo pesado.
—Ahora calmadas, vamos —da una vuelta revisando la habitación y, dejando todo así, salen por la puerta.
El ascensor llega al subsuelo, cambiando las puertas de madera por un gran portón de plomo reforzado. El escáner posa su lente de azogue sobre ellas. Bárbara se relaja con extrema concentración y, cuando su nivel de polvo se equilibra, las puertas crujen y se abren.
La sede de la OCI cuenta con grandes oficinas divididas por departamentos según su especialidad. El aire frío corre por las paredes, algunas de vidrio, y los agentes a esta hora ya recorren las salas llevando archivos y empujando grandes cajas de metal. Bárbara camina por los pasillos asintiendo a los compañeros que se cruza, con Khala pegada a su cuerpo en perfecta sincronía.
Pasan por el comedor, donde unas pocas personas ocupan los asientos. Atraviesan las salas de entrenamiento, donde hay grupos reunidos realizando coreografías estratégicas y otros en duetos entrenando batallas de cuerpo a cuerpo o con algún armamento. Recorren los últimos pasillos llegando a las escaleras y empiezan a aparecer los altos rangos y líderes de otras sedes, que charlan entre ellos o van de habitación en habitación.
La sala de conferencias está de frente. Las pesadas puertas de roble oscuro están cerradas y, pegándose a ellas, no se escucha ningún sonido de adentro. El sensor lee su aura antes de emitir un pitido agudo y, con una mano presionando la superficie, se deslizan sin hacer ruido.
Las puertas de roble se cierran a su espalda con un golpe seco que sella el ruido del exterior. En el extremo de la mesa de cristal, la figura imponente del jefe de la sede inglesa, junto a su daimonion, un cocodrilo, rompe con el entorno de la sala. Su rostro se levanta al verla con una expresión severa que no muestra tranquilidad, pero no está solo.
Sentado a su izquierda, un hombre se gira y la observa fijamente. Tiene rasgos asiático y una postura rígida, casi incómoda, que contrasta con la del jefe. Pero lo que le congela el andar no es su mirada, sino lo que descansa sobre su regazo, su daimonion: una liebre de campo enorme, de pelaje pardo y orejas estiradas, con las patas traseras tensas, como para huir en cualquier instante. Un alma débil, entrenada y en calma bajo los dedos del desconocido, que acaricia su lomo con lentitud.
Fuerza y debilidad. El disgusto de la loba se hace notar por detrás de Bárbara, encendiendo algo dentro de su pecho.
—Agente Antilef —saluda el jefe, su acento cortando el aire como una espada—. Le presento a su nuevo compañero de equipo, Hak Hyun-ki, desde la sede de Corea. Él dirigirá la operación sobre el terreno con usted.
—Disculpe, ¿señor Fisher? ¿Cómo que compañero? —frunce el ceño Bárbara mientras se acerca al jefe por el lado derecho.
—El desarrollo de la misión es complejo y necesitamos de un buen equipo para lograrlo. Si toma asiento, podremos empezar con la planificación —la invita el jefe.
—¿Ustedes hicieron que viaje hasta aquí para una misión en equipo? —alza la voz mientras lo apunta.
—Señorita Antilef, por favor, basta. Tome asiento. El señor Hak ya estuvo un buen rato esperando —suspira el jefe.
—No trabajo en equipo y lo sabe, y se está arriesgando —Bárbara hace una mueca confusa.
—Necesitamos de tus conocimientos para la misión. Lo hemos consultado con otras sedes y solo llegamos a este resultado —los apunta con las palmas abiertas el señor Fisher.
—No hago misiones en equipo. No tengo el entrenamiento y, sin ofender, desconozco al señor Hak y su forma de trabajo. Hay muy buenos agentes en la organización, escoja a otro, por lo menos —replica Bárbara.
—Hay muy buenos agentes en la organización, y el señor Hak está igual de capacitado...
—Lo dudo, señor —lo corta Bárbara.
Un golpe leve se escucha al frente de ella. Sobre la mesa, una palma presionada hace que vibre el cristal.
—¿Lo duda? ¿Y quién le da el derecho? —una voz grave y enojada se pronuncia desde Hyun-ki.
—¡Dudo lo que yo quiera si, al final, mi vida corre riesgo! —Bárbara presiona su pecho.
—Pero, ¿usted no tiene idea... —alza la voz Hyun-ki.
—¡Basta los dos! —grita el señor Fisher y el cocodrilo sisea-. Ustedes trabajarán como se les pida, en las condiciones que se les den y no pienso escuchar ningún tipo de queja al respecto.
El jefe se levanta y camina a la puerta con paso pesado, seguido por el cocodrilo, y antes de abrirla se gira a mirarlos.
—El señor Brown vendrá en unos minutos a informarles todo lo necesario. Compórtense y cooperen —suspira y se arregla la camisa—. Buenas tardes.
La puerta se cierra detrás de él y el silencio asfixia la habitación.









No estoy acostumbrada a este tipo de historia, pero la verdad prefiero la premisa de compañeros de trabajo que tienen que hacer equipo y se enamoran. Además (siempre que sea una historia de romance, claro está) que la protagonista no esté babeando desde el capítulo uno por el protagonista masculino ya dice mucho. Me interesa 🧐
ok promete