Diferencia de edad || 18+

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Sinopsis

Romance de "age gap" con su futuro tío político. Cuando Emma, de veinticuatro años, asume a regañadientes el papel de dama de honor en la boda de su madre, todo menos emocionada. Para escapar del estrés, termina en un bar la noche anterior al ensayo, donde un encuentro fortuito con un hombre mayor encantador conduce a una noche de pasión inolvidable en su habitación de hotel. Pero el mundo de Emma da un vuelco a la mañana siguiente cuando descubre que el misterioso hombre es, en realidad, el hermano del prometido de su madre: su futuro tío político. Atrapada en un torbellino de emociones y una atracción escandalosa, Emma debe lidiar con el caos de los preparativos de la boda mientras lucha contra sus sentimientos por un hombre que está a punto de convertirse en familia. A medida que se acerca el gran día, Emma se encuentra en una encrucijada: ¿seguir a su corazón y arriesgarlo todo, o proteger la felicidad de su familia a costa de la suya?

Estado:
Completado
Capítulos:
41
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4.9 54 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1. Emma

El ardor del líquido oscuro me golpea con cada sorbo. Apoyada en la barra lisa, dejo que el estrés de la noche se desvanezca. Mi madre no paraba de preguntarme por qué no tenía pareja para su boda. Sus preguntas incesantes, acorralándome en mi habitación... era demasiado. Mis respuestas de siempre sonaban vacías: «Te quiero, mamá. No quiero hablar de eso. Esperemos a ver qué pasa. Sí, más champán está bien. ¿Eres feliz? Necesito un trago».

Me termino mi malta puro. Siento cómo el calor baja por mi garganta, quemando pero a la vez reconfortándome. Es una distracción necesaria que me mantiene centrada y nubla los recuerdos del día.

—Otro Macallan, por favor —le digo al barman. La voz de mi madre resuena en mi cabeza: «¿Por qué no vino tinto? Es más romántico». Ella no lo entiende; no entiende que nada de eso tiene sentido. Pongo los ojos en blanco y reprimo un suspiro.

Mi madre lo ha pasado mal estos últimos años. Su corazón quedó destrozado tras su tercer divorcio. Se hundió en su propio dolor hasta que apareció Archer. Me alegré de que encontrara a alguien después de tanto sufrimiento.

Y Archer es... aceptable. Quiero decir, es amable. No golpea a mi madre como el marido número dos. Ni le pone los cuernos como el número uno, mi padre. El marido número tres hizo ambas cosas, y más.

Pero mi madre nunca será feliz del todo en ninguna de sus relaciones hasta que me encuentre a alguien a mí. Le aterra que me quede sola.

Con cada trago de whisky, la tensión de mi cuello y mis hombros se afloja. Pero en el fondo, no puedo quitarme de encima las palabras de mi madre. Me aterra tanto el amor como terminar sola. La idea de un matrimonio sin amor, de una vida sin mi preciada independencia, es insoportable. Pero también lo es estar enamorada. Porque, ¿qué pasa si la persona que amo más que a mi propia vida se marcha? ¿O si me hace daño? ¿O algo peor?

Suspiro y me prometo a mí misma tomar solo una copa más antes de retirarme a mi habitación. El bar está tenuemente iluminado, rodeado por un suave murmullo de conversaciones y el tintineo de los vasos. Es un refugio del caos de la boda, un momento de soledad.

Sé que ser la dama de honor de mi madre debería ser, bueno, un honor. Pero es todo lo contrario. Cada paso que doy, cada palabra que digo, es analizada, juzgada y señalada por ella. Antes de las pruebas y el ensayo de hoy, mamá me miró de arriba abajo y se quejó: «Cariño, ¿estás intentando perder algo de peso?». Siguió dándome la lata en la habitación, criticando mi ropa porque, según ella, «no me favorecía nada».

El barman desliza el vaso nuevo de Macallan hacia mí; su tono dorado resulta tentador. Doy un pequeño sorbo, disfrutando de su suavidad. El Macallan, como todo lo demás, se ha convertido en una de mis pocas constantes en este mundo tan inestable.

Desde que me gradué en el instituto, mi vida personal no ha ido mucho mejor que la de mi madre. Ni siquiera los cuatro años de universidad ayudaron. En mi ciudad, ningún chico me llamaba la atención. ¿Y con los que salí? No eran precisamente el tipo de hombre con el que querrías algo serio. A medida que pasaban los años, la idea de un amor real y duradero empezó a parecer más un sueño que otra cosa. Los chicos de mi edad no lo entendían; solo buscaban diversión, nada para siempre. Y si soy sincera conmigo misma, a veces sus padres me llamaban más la atención que ellos.

—¿Noche difícil? —Una voz profunda y aterciopelada me saca de mi ensimismamiento. Un hombre ocupa el taburete a mi lado y deja una maleta a sus pies. Huele a una mezcla de almizcle y cuero, y sus manos, adornadas con anillos negros y dorados, captan la tenue luz del bar. Quizás el whisky me está afectando, o quizás sea el calor, pero parece casi irreal.

Nunca he sido del tipo tímido y sé reconocer a un hombre guapo cuando lo veo. Ya tiene sus años, eso está claro por las canas en sus sienes y las líneas de expresión que marcan su rostro. Pero la edad no le ha quitado ni un ápice de estilo: ese reloj y esa chaqueta gritan que son caros. Tiene un aire seguro y dominante. Y también hay algo familiar en él. ¿Serán sus cejas marcadas? ¿O sus pómulos prominentes y esa mandíbula impecable?

Coloca su vaso vacío en la barra, llamando la atención del barman. Sus movimientos son naturales y fluidos, como si se sintiera perfectamente cómodo en su propia piel.

Le pide otra copa al barman y no puedo evitar quedarme mirándolo. —¿He dado en el clavo o es que tu noche es perfecta? —bromea. El timbre grave de su voz me pone la piel de gallina.

—En realidad no —admito—, no es que sea mala, es solo que...

—¿Es solo qué...? —Se gira hacia mí y sus ojos color café se encuentran con los míos. Me atrapan, son una mezcla de chocolate negro y miel templada. Hay algo familiar en él, pero no logro ubicarlo.

—Olvídalo —le resto importancia con un gesto de la mano, intentando aclarar mis ideas.

—Tan mal, ¿eh? —insiste.

—Sí.

Recibe su bebida del barman, quien ya me ha servido otra a mí. —Por las malas noches —brinda, levantando su vaso. Yo hago lo mismo y choco mi vaso contra el suyo. El sonido es suave, amortiguado.

—Soy Ares —se presenta.

—Emma —respondo.

Él hace girar el hielo en su vaso. No puedo evitar admirarlo. No soy una chica pequeña, pero él se las arregla para ser mucho más alto que yo. Su cuerpo es firme y atlético; la tela de su chaqueta y sus pantalones se ciñe a su figura. Siento que me arden las mejillas. ¿Cómo puede hacer que un gesto tan simple como mover un hielo en un vaso resulte tan sexy?

Me aclaro la garganta para intentar espantar ese pensamiento. —¿Sueles beber solo a menudo?

—Pero si no estoy bebiendo solo. Estoy contigo, ¿no?

Sonrío. —Me parece justo. Pero, ¿sueles juntarte con extrañas en el bar del hotel?

—Solo con las que son hermosas.

—Qué galán. ¿Así es como ligas con las mujeres? —bromeo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Se encoge de hombros con una media sonrisa. —Tú dime. ¿Funciona?

Me quedo callada un momento. No tiene sentido negar que hay química.

—Sí. Sí, funciona.

Él se ríe y el sonido llena el espacio entre nosotros. Su rostro se ilumina y sus pómulos se marcan más. Hay algo juvenil en su risa, un contraste inesperado con su aire refinado. Me dan ganas de seguir escuchándolo, de hacer que se ría otra vez.

—Veo que tienes la técnica dominada —comento.

—Y dime, Emma, ¿por qué estás aquí bebiendo sola? —Se gira hacia mí y me clava la mirada.

No quiero hablar de mi madre ni de su boda, así que invento otra excusa. —Ha sido un día estresante. Solo intento relajarme antes de irme a la cama.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?

Arqueo una ceja. —¿Y qué tienes en mente exactamente?

—Seguro que se me ocurre algo. Si me dejas, claro.

Sonrío con picardía; su tono seductor enciende una chispa en mi interior. —Soy todo oídos.

Se acerca más. Siento el calor de su cuerpo, su aroma y su aliento en mi oreja. Contengo la respiración mientras el ambiente se vuelve más denso. Se queda ahí un segundo, rozando mi mejilla con la punta de su nariz, con sus labios cerca de mi oído.

—Ven a mi habitación conmigo. Vamos a quitarte ese estrés —susurra.

El corazón me late a mil por hora. Su oferta es tentadora y el alcohol que corre por mis venas hace que la decisión sea más fácil. Es solo cosa de una noche. Sin compromisos. ¿Qué tiene de malo?

Me giro para mirarlo. Sigue estando cerca, su aliento acaricia mi mejilla y tiene los labios entreabiertos. El espacio entre nosotros está cargado de energía; la anticipación hace que se me acelere el pulso.

—Está bien. Pero solo si haces que me corra primero. —No puedo creer que esté diciendo esto. Nunca he sido tan atrevida.

Él se aparta un poco, con cara de sorpresa. Luego sonríe con picardía.

—Trato hecho.