Dentro de Ti
Su intensa mirada sostenía la mía con deseo durante unos segundos, hasta que finalmente, se percataba de lo obvio que estaba siendo. Tras esto, volvía a su atareada mesa llena de papeles y carpetas que, desde hacía rato, esperaban ser terminados.
No lo haría, no podía, no quería. Su cuerpo y su mente estaban únicamente en una cosa, y ese era yo, mi cuerpo, mi mirada. Yo lo sabía, y él lo sabía, y no podía evitar querer desconcentrarlo aún más; provocarlo.
Seguí ordenando, allí de pie, frente a su escritorio, los interminables papeles y archivos que, desde hacía semanas, me habían mantenido ocupado, cubriendo el puesto de la chica que lo hacía. Busqué su mirada de nuevo. No podía evitarlo, deseaba que, al dirigirle una mirada, me encontrara de nuevo con la suya, siendo descubierta por la mía, observándome como otras tantas veces. Y como lo esperaba, lo pillé con sus ojos clavados en mis caderas. Me puse cachondo tan solo con la idea de lo que podría estar recorriendo su mente, de lo que podría estar haciéndome en ella, de lo que podría haberme hecho ya hacía semanas, desde el primer momento que me vio aparecer por la puerta.
Cada noche que podía, fantaseaba a solas en mi habitación pensando en ello. En sus manos rozando mi piel, en sus húmedos labios mojando cada parte de mi cuerpo, su polla entrando en mi estrecho y resbaladizo culo. Se me erizaba la piel solo de recordar lo, de recordar las veces que había manchado las sábanas entre gemidos, a pesar de los vecinos, a pesar de encontrarme solo en aquella habitación. Porque me encantaba, me encantaba pensar que allí conmigo, mis gemidos de dolor cada vez que la metía con fuerza y los de placer al sacarla y empujar de nuevo, a aquel hombre se le ponía más dura al escucharme, provocándole el deseo de embestir más y más.
Quería lanzarme, por supuesto. Quería hacer todo eso, fuera de mi mente, fuera de la suya. Quería que me follara, que lo hiciera sobre aquel montón de papeles que debían ser y esperaba que fueran importantes, sobre aquel cristal frío y su caliente respiración pegada a mi cuerpo. No me avergonzaba de ello como otras personas, de lanzarme, nunca lo había hecho, nunca había sido el caso. Sin embargo, a pesar de tener el coraje y las ganas de tirarme a sus brazos, esta vez, quería que fuera diferente. Tenía que ser él quien lo hiciera, no importaba lo caliente que estuviera, porque casi siempre era yo mismo quien comenzaba todo, cuando en realidad, amaba mucho sentirse deseado, que se acercara primero pidiendo por mí. Si hubiera sido esas otras veces, en un bar, en la calle, en cualquier otro sitio, no lo habría reprimido. Hubiera deslizado mis manos por su camisa hasta llegar a sus pantalones, meter mi mano en ellos y quitárselos lo más rápido posible. Me moría de ganas por sentirla en mi boca.
La maravillosa fantasía que revoloteaba mi mente me había distraído y había dejado caer varios papeles. Me agaché para recogerlos, pero no sin antes mirarle de nuevo. Confirmé que no había despegado sus café oscuros y penetrantes ojos de mí, lo que me calentó aún más, haciendo que mi ropa empezara a sobrar y mi respiración se tornara pesada.
—Lo siento—le dije.
Su pecho se llenó de aire, en busca de calmar la suya propia.
—No te preocupes, continúa—concluyó.
Que quisiera que continuara no era otra cosa más que una forma de poder seguir observándome desde la distancia, lo que hizo que se me escapara un ‘pervertido’ lo bastante bajo para que no lo escuchara. Volví a mi tarea seriamente, pensé que ya había fantaseado suficiente por el momento, hasta que noté sus manos pasar por encima de mi cabeza. Había estado tan distraído, que no me había dado cuenta de que se había levantado y colocado tras de mí.
Su suave aroma, el mísero roce de su ropa con la mía y su caliente respiración en mi nuca, aceleraron mis pulsaciones y podían oírse los resuellos. Colocó su mano en la mía sujetando ésta y el mismo archivo que yo agarraba.
—Dime...—noté su respiración y la humedad de su boca en mi oído derecho—¿A quién llamas pervertido? — susurró con una sonrisa.
No puede evitar abrir mis ojos enormemente e intentar mirarle de reojo, sin mover ni un músculo. Me había escuchado perfectamente.
—¿Qué está diciendo?— cuestioné fingiendo sorpresa.
Sin contestar si quiera, colocó su mano en mi cintura con fuerza y me volteó hacia él, hacia su pecho, su fuerte y grande pecho que se dejaba ver siempre que, después de horas de trabajo y estrés, desabrochaba un par de botones y aflojaba su corbata para calmarse.
Nunca lo había tenido tan cerca, tan pegado a mi cuerpo como en aquel momento, cuando decidió apoyar su mano derecha en la estantería a la altura de mi cabeza y la izquierda a la altura de mi cintura, provocando que su cuerpo apretara el mismo contra ésta. Podía notar sus fuertes caderas clavadas en las mías y, sobre todo, su abultado paquete. Cogí el aire que me faltaba de tan solo pensarlo y busqué con mis manos la estantería tras de mí en busca de espacio. Pero solo se pegó aún más, acorralándome.
Pasó la lengua por sus labios y mordió el inferior, sin dejar de mirarme fijamente—Me llamas pervertido, ¿pero en que estabas pensando tú? —preguntó susurrando con aquella grave voz que me había puesto a cien desde el día que me dirigió la palabra por primera vez.
Pasé de sus labios a su nariz, y de ahí a sus ojos, despacio. Era tan jodidamente sexy que no pude evitar repetir su mismo gesto; lubriqué mis labios y mordí el inferior, buscando alguna forma de contener mi deseo.
No hizo falta.
Acercó sus labios finalmente y me besó, introduciendo su humedecida lengua; con ferocidad, con ansia, con codicia, con pasión, que no pude evitar corresponder de la misma forma, atrayéndolo del cuello de su camisa, rompiendo un par de botones más.
Tampoco pude evitar ahogar un gemido en su boca, cuando sus manos se deslizaron rápidamente y con fuerza a mi trasero, forzándome a levantar levemente mis talones del suelo, empujando y rozando su polla con la mía.
Lo había calentado, lo había puesto más duro aún con aquel gemido. Y ya había mencionado, lo que me encantaba aquello. Ya estaba iniciado, un poco por mi culpa, pero había dado el primer paso, no había vuelta atrás. Lo separé de mi sin dejar de mirarlo y deslicé mis manos hasta su cinturón y lo desabroché, dejándolo caer. Había deseado tanto agacharme ante su polla y chupársela que me sentía más ansioso aún. Así que no demoré más tiempo, la lubriqué con abundante saliva y tan solo la metí, de una, completa.
—¡Ah! ¡Joder! —jadeó de placer al sentir su pene entero en mi húmeda y caliente garganta.
Aquello dolía, siempre lo hacía, y a pesar de ello, me hacía temblar de gusto cuando veía su cara consumida por el placer y jadeando por como mi boca y mi garganta le hacía sentir.
Pero quería más, mucho más. Empecé a moverme acelerando el ritmo apretando mis labios al rededor y masturbándolo con ambas manos. Pasé de ahogar mis gemidos y jadeos en su boca, a hacerlo en su polla, en el maravilloso momento en el que decidió profundizar y darme embestida tras embestida ayudándose de mi cabello con fuerza.
De golpe, sacó su miembro con rapidez, apretando sus labios para, de alguna forma, contenerse.
—No te corras todavía— pedí a duras penas, intuyendo lo evidente.
Agarró mi brazo para levantarme, sujetó con fuerza mi culo y enredé mis piernas en su cintura.
—No hasta que te escuche rogar porque me corra dentro de ti — aseguró, desafiante, para sentarme posteriormente en su ansiado escritorio, lleno de todos aquellos papeles que había estado ignorando por mí, con los que había estado fantaseando incontables veces.
Tan solo tiró, en el espacio central, todo aquello que pudiera clavarme en la espalda y me sacó aquellos estrechos pantalones que habían empezado a oprimir mi evidente erección. La tocó suavemente, a propósito, para evidenciar palpando con su dedo índice cómo había mojado los calzoncillos blancos con mi pre-semen, para después pasar su lengua a través de la tela. Dejé escapar un suspiro de placer. Al oírlo, sacó también los calzoncillos y metió mi pene en su boca.
—¡Ah! —gemí al sentir su húmeda boca en mi piel. Le había pedido momentos antes que no se corriera rápido, y yo casi lo hacía solo por introducirla un par de veces en su cavidad bucal.
Cambió rápidamente de mis partes íntimas al lugar que más se moría por tenerlo dentro, contrayéndose sin parar. Metió su lengua sin pensarlo dos veces, haciéndome gozar de placer. Le abrí más aún mis piernas. Si así era tener su lengua en mi interior, cómo sería tener su pene.
Casi me venía solo de pensarlo, por lo que se lo pedí.
—Dese prisa—dije entre jadeos—métamela de una vez.
—¿Estás seguro? Todavía estás muy estrecho—besó suavemente mi rodilla.
—Quiero apretarte con fuerza en mi interior— provoqué juguetón, mordiendo mi labio inferior entre jadeos.
—Como quieras—dijo excitado, y no se hizo esperar.
Con una buena cantidad de saliva, mojó su miembro y lo introdujo de una estocada, a pelo. Dolía como el demonio, pero lo quería así, doloroso y placentero, de una forma en la que mi mente se sintiera confusa entre parar todo aquello, y seguir hasta terminar en el orgasmo.
Gemí aún más de placer al empezar a acelerar y disminuir constantemente la velocidad de las embestidas. Su miembro salía y entraba siempre con fuerza, provocándole una serie de roncos gemidos y jadeos, que eran como música para mis oídos.
En unos minutos, la posición, el duro cristal en mi espalda y el roce de la piel en éste, que con el sudor y las fuertes embestidas se quedaba pegada, empezaban a pedirme movernos. Deslicé entonces rápidamente mi pie hacia su abdomen y lo empujé suavemente con la punta de éste, haciéndole saber que se alejara.
La sensación al sacarla me provocó un sentimiento placentero que cambió en unos instantes a una de abandono. La quería otra vez dentro, y rápido, por lo que tiré de nuevo de su camisa, lo empujé en su silla, y me subí a horcajadas sobre él. Acto seguido, desabroché mi camisa blanca, pero no me la quité, la dejé caer sobre mis codos, enseñando mis definidos hombros y mi suave pecho. Sabía lo sexi que me veía con ella puesta de aquella manera, y tuve la necesidad de mostrárselo también a él para que lo apareciera.
No tardó en hacerlo. Acercó su húmeda lengua y lamió con fuerza mis duros y sensibles pezones. Cuando se separó de ellos, le dirigí mi mirada en señal de reproche, pero no tuve tiempo, ya que justo en ese momento, sujetó su polla con su mano derecha y abrió mis nalgas con la mano izquierda, abriéndose paso de nuevo, con ímpetu.
La sensación ya era lo bastante placentera por si sola como para hacerme temblar y, aun así, chupó de nuevo uno de mis pezones tirando de él con fuerza, provocándome no poder evitar arquear mi espalda ofreciéndome por completo y gemir fuertemente fundiéndolo finalmente en un exquisito gruñido.
—Joder-se quejó— Se siente tan bien dentro de ti—dijo, enterrando una y otra vez su pene en mi interior.
Aquellas palabras despertaron mis ganas por montarlo yo mismo sin parar, ofrecerle la oportunidad de llevarlo yo mismo al séptimo cielo y observar su cara mientras pasaba por cada uno de ellos hasta alcanzarlo. Me moví yo mismo marcando el ritmo; más rápido, más fuerte, haciendo aún más fuerza, jalando de su cabellera hacia atrás. Podía disfrutar de su cara sumida complemente en el placer que mi cuerpo le daba y eso (además de su polla) me llenaba por completo. Aún más cuando empezó a moverse al compás.
Los húmedos sonidos de nuestros cuerpos y de nuestras bocas resonaban por toda habitación, haciéndome excitarme aún más, haciéndome gemir con una auténtica puta.
—¡Ah, sí! ¡Sí! — musité en su oído. Me estaba por correr.
Al oírme, se levantó de la silla colocando sus brazos por detrás de mis rodillas y me suspendió en el aire, para realizar varias embestidas y depositarme posteriormente de nuevo en la mesa. Apoyó su cuerpo contra el mío, recostándose sobre él, y con sus brazos aún detrás de mis rodillas, hundió su rostro en mi cuello, marcando lento, pero fuertemente cada una de las embestidas que me proporcionaba.
—Quiero llenarte por completo, Liam—dijo, desesperado entre gruñidos.
No necesité mucho más para llegar al orgasmo. Él tampoco.
—Sí, córrete dentro de mí, no pares—le rogué desesperado, arqueando todo mi cuerpo por el orgasmo.
Así lo hizo, soltó toda aquella carga caliente y espesa, dentro de mí, y me besó, aún con su miembro empujando en mi interior.
Se dejó caer sobre sus codos en la mesa, colocados a ambos lados de mi cabeza. Desplacé mis manos alrededor de sus bíceps y me besó.
—Ha sido incluso mejor de lo que había imaginado estas dos últimas semanas—dijo, con sinceridad, todavía controlando su pesada respiración.
No dije nada, tan solo sonreí satisfecho y pícaro, para después atraer su mentón con la punta de mis dedos y besarlo con pasión.
Aquella era mi respuesta, no se me daba bien expresar aquel tipo de cosa con palabras, pero creo que fui lo bastante claro.
Cuando el ambiente empezó a calmarse y el calor del momento dejó de nublar nuestra vista, nos vestimos y pensé en todo el ruido que habíamos hecho, en su despacho, en la oficina. Por un lado, me tranquilizaba recordar que, para evitar molestarse entre despachos, estaban insonorizados; por otro, lo lamentaba. No me hubiera importado que escucharan como nos fundíamos el uno con el otro.
Agarré mis cosas y me dispuse a irme, ya que mis horas habían terminado. Se podría decir sin duda, que hice horas extra bien pagadas.
—¿Te vas ya? — preguntó, deseoso por evitar que me fuera tan pronto.
—Sí, mi turno ya acabó—confirmé.
Abrí la puerta y antes de salir, volteé de nuevo para aclarar.
—Nos vemos mañana—dije, sonriendo con picardía y giñándole un ojo antes de salir por la puerta.








