CUANDO EL INFIERNO SE CONVIERTE EN UNA PERSONA
Advertencias: mención de abusos, violencia implícita, noncon, posible angst? Chrollo siendo tóxico. No justifico ningún comportamiento aquí narrado. Yo sólo escribo. Por favor, relájate y disfruta.
«La normalidad es una ilusión;
lo que es normal para una araña,
es el caos para una mosca».
Dicen que el peor de los demonios es aquel que se esconde tras la cara de un ángel. Nadie sospecha de su verdadera naturaleza y cuando quieres deshacerte del mal, su veneno ya ha emponzoñado tu alma hasta un punto donde la salvación requeriría de un milagro. Eso fue lo que ocurrió cuando conociste a Chrollo Lucilfer. Aquella noche fue el inicio del fin. Hasta su propio apellido debería haber servido de advertencia, pero deslumbrada por las apariencias, actuaste como quien escucha sonar todas las alarmas y decide ignorarlas deliberadamente a pesar del peligro.
Cuando conociste a Chrollo no pudiste evitar sentirte atraída por él. Era un chico lindo, dueño de una dulce sonrisa y unos ojos grises capaces de hacer que tu corazón se saltara dos latidos cada vez que te miraba.
Además de eso, era carismático, culto, amable y todo un caballero. Siempre atento a todas y cada una de las palabras que salían de tu boca, demostrando interés hasta por el mínimo detalle relacionado contigo y notando el más sutil de los cambios. Nunca te habías sentido de esa manera con nadie, te hacía sentir valiosa y amada. Para él eras como una de esas delicadas muñecas que bailan dentro de una caja de música. Te había colocado en un pedestal, quería protegerte y otorgarte toda la adoración que te profesaba.
Cuando Chrollo te hablaba, solía hacerlo en un tono suave, inclinándose sobre la curva de tu cuello y rozando con su cálido aliento la piel que se erizaba bajo la caricia de sus palabras. Siempre manteniéndote cerca. Le gustaba que toda tu atención se centrara en él, y tú lo complacías gustosa, mientras él acomodaba detrás de tu oreja un mechón de cabello que se había deslizado sobre tu rostro.
La música era relativamente alta esa noche y el ambiente acogedor. A pesar de la cantidad de gente que había ese viernes en el local y del bullicio que os rodeaba, tú sólo veías y oías a Chrollo. Inconscientemente, todos tus sentidos se enfocaban en él.
Levantó dos dedos de su mano derecha indicando al camarero que sirviera una ronda más, sin apartar la vista de ti en ningún momento.
El vodka se encargaba de avivar la llama que ardía en tu interior, como si fuese gasolina derramada directamente sobre el fuego que te consumía. Sentiste el ardor recorriendo tu cuerpo con más potencia cuando el pulgar de Chrollo recogió de tus labios una gota de licor que resbaló por la comisura, para luego llevarla a los suyos, saboreando.
—Delicioso —comentó esbozando una sonrisa torcida, consciente del rubor que mostraban tus mejillas ante el doble sentido de sus palabras. Cómo amaba eso. Causar efecto en ti. Se deleitaba observando todas y cada una de las reacciones que lograba provocarte.
Te derretiste bajo su toque a mayor velocidad que el hielo que nadaba en tu vaso de alcohol. Todo en él era embriagador: su aroma, su conversación, la forma en que sujetaba la copa de licor entre sus largos dedos, su cabello oscuro enmarcando las perfectas facciones de su rostro, lo bien que le sentaba el traje. Era sumamente atractivo. Te sentiste mareada y no pudiste determinar si era culpa del alcohol o de lo jodidamente perfecto que era aquel hombre sentado frente a ti.
Aquella noche terminó contigo y Chrollo en la suite de un lujoso hotel de York Shin. A la mañana siguiente, rayos de sol entraban por la ventana, las sábanas colgaban desordenadas de un lado de la cama, tenías una resaca infernal y apenas podías cerrar las piernas sin que un leve temblor hiciera tambalear tus rodillas. A tu lado yacía apacible el que pensabas que sería tu príncipe azul. No cabías en ti de felicidad, pero pocos meses después y muchas mentiras más tarde, cuando quisiste darte cuenta de la realidad, ya no había escapatoria.
Ahora no eras más que una pequeña mariposa atrapada en la telaraña que él había tejido especialmente para ti. Luchar por escapar era algo inútil, pues la resistencia sólo servía para enredarte más y más en la red de mentiras, caos y seducción que te mantenía cautiva.
Chrollo no había tenido que usar la fuerza para doblegarte. No había sido necesario. Eras débil, sí. Pero eso era algo irrelevante. De no haberlo sido, habría robado tu poder de todas formas y te habría hecho débil de cualquier modo. Te tenía ahí, justo dónde él quería. A su merced. Sólo había necesitado tiempo para que te sintieras confiada y tú misma pegaras tus pies a la trampa. Te había mantenido a su lado a base de construir una conveniente dependencia hacia él, y de destruir todo aquello en lo que pudieras sustentarte más allá de su propia persona; familia, amigos, trabajo. Cualquier pilar en tu vida había sido derribado por él. Nunca había admitido ninguno de los terribles actos que habían tenido lugar desde aquel fatídico viernes en que lo conociste como algo de su autoría; pero tampoco lo negaba y tú sabías que había demasiadas coincidencias, muchas preguntas y tan solo un silencio abrumador como respuesta. Prefería mantenerte en el limbo. No quería ser odiado por ti, pero por supuesto, necesitaba ser temido. Quería ser tu todo, a costa de arrebatarte lo demás.
Te estabas planteando si realmente alojaba algún tipo de sentimiento romántico hacia ti. Algo en tu interior sabía que Chrollo era incapaz de sentir nada por nadie, por mucho que se le llenara la boca de palabras bonitas y te follara cada noche como un verdadero dios del sexo.
Interpretaba un papel a la perfección. Era aquel que tú querías que fuera y aquél que él mismo quería ser contigo.
Necesitaba experimentar el amor, el deseo, la dependencia y la entrega absolutas hacia su persona. Como en todos esos libros románticos que había leído tiempo atrás, cuando solo era un adolescente en Ciudad Meteoro. Podía configurar la identidad que necesitaba adoptar en cada momento al designio de las circunstancias. Chrollo buscaba un propósito y una razón que ratificara su existencia más allá de la Brigada Fantasma, y tú eras la pieza que lo encajaba en ese puzzle abstracto que trataba de montar para aparentar humanidad y dar respuesta a tantas preguntas.
Estabas tan cansada física y emocionalmente. Cuando descubriste quién era realmente y lo que había sido capaz de hacer para aislarte y mantenerte aferrada a sus brazos, quisiste morir. Era muy doloroso ser consciente de que habías amado una ilusión, y que el hombre por el que antaño tu corazón latía desbocado en el pecho, había sido el mismo que hizo desaparecer a tu familia y el encargado de alienarte hasta tal punto. Ya no te quedaba nada a lo que aferrarte, salvo esa minúscula pizca de esperanza que todavía albergabas muy adentro, y fue esa diminuta chispa la que te llevó a intentarlo una vez más.
Nunca lo había permitido, que lo abandonaras no era una opción. Por eso, te sorprendió que tras tantos meses suplicando que te dejara marchar, ésta vez no tratara de coaccionarte y retenerte a su lado. Ni siquiera te planteaste el por qué. Quizá sí que te amaba y finalmente renunciaba a sus oscuros deseos para que fueras feliz; o tal vez, simplemente se había cansado.
"Vete si es lo que deseas, pero no serás capaz de vivir sin mí".
Fueron las últimas palabras que escuchaste saliendo de la perfecta y pecaminosa boca de Chrollo Lucilfer. Minutos después, corrías hacia un taxi cargando con tus pocas pertenencias y liberada al fin de la opresión de tu amante.
Opuestamente a lo que esperabas, pasaron los días, las semanas y los meses, y Chrollo no intentó ponerse en contacto contigo ni una sola vez. Ni llamadas, ni mensajes, ni encuentros casuales, ni miembros de la araña merodeándote a la vuelta de la esquina. Nada. No volviste a saber de él y estabas feliz por ello. Desapareció de tu vida como por arte de magia, lo cual ayudó mucho a que pudieras reestablecerte y reiniciar una nueva vida lejos de sus garras. No obstante, eras perfectamente consciente de que había algo extraño en esta forma de actuar tan diferente a la acostumbrada. No podías dar crédito y de hecho, el miedo a que él reapareciera irrumpiendo de nuevo en tu vida para desestabilizarte no te abandonaba nunca.
Pese a tus temores, el tiempo y la distancia fueron la medicina que ayudó a cerrar tus heridas. Sentiste que recuperabas el tiempo perdido. Eras alguien nuevo y fortalecido tras superar la experiencia traumática de haber vivido subyugada a los antojos de un criminal obsesionado contigo. Poco a poco construiste nuevo lazos, encontraste un nuevo trabajo y ganabas un salario humilde pero que te permitía vivir de manera independiente. Se sentía bien no depender de Chrollo.
Durante largos meses él te hizo creer que no podrías valerte por tí misma, que el mundo era un lugar cruel y peligroso en el que cualquier hijo de puta podría atacarte con el único fin de herirlo a él, pues todos sabían lo mucho que te amaba y por eso debías permanecer en un perfil bajo sin que nadie supiera dónde estabas y sin salir de casa si no era acompañada por él. Lo había hecho por amor, y tú no habías sabido apreciarlo. Eso te explicaba cada vez que te rebelabas o exigías respuestas. Usaba la palabra amor de manera tan convincente, torciendo poco a poco el verdadero significado de esas cuatro letras bajo el sofocante calor de sus besos.
Pero la paz nunca es duradera, y casi un año y medio después, tu estabilidad emocional comenzó a irse por la borda a medida que los problemas fueron apareciendo de nuevo, ahogándote a paso lento pero seguro.
Te habías quedado sin trabajo y apenas tenías para pagar tus facturas y comer decentemente. Tu jefe te echó a la calle sin mediar explicación, y desde entonces te había sido imposible encontrar un nuevo empleo. Ibas a entrevistas, prometían llamarte, pero jamás llegaba a sonar el teléfono para darte la buena noticia.
Cortaron tu suministro de luz dos veces y tu casero amenazaba con desahuciarte si acumulabas un retraso más en el pago del alquiler. Tu nueva mejor amiga, una chica del trabajo de la que te habías hecho muy cercana, se había mudado repentinamente a la otra punta del país. Ni siquiera se había molestado en despedirse personalmente. Ya no tenías con quién hablar y compartir confidencias, ni de quién recibir apoyo y consuelo en tus días grises. Dos meses después, tu perro había sido atropellado por un conductor que se dio a la fuga.
La suma de tantos factores terminó por minar tu salud mental, y tras más de un año de empoderamiento y calma, cuando habías comenzado a despegar y a ser feliz; la vida truncaba de nuevo tu camino y te sumía en la desesperación. En medio de tanta incertidumbre, las últimas palabras de Chrollo no dejaban de hacerse eco en tu cabeza, torturándote.
"No serás capaz de vivir sin mí".
Quizás era cierto. ¿Tan patética habías sido al creer que podrías valerte fácilmente por tí misma? Cuando él te cuidaba no te faltaba de nada, vivías cómodamente, cualquier necesidad material estaba cubierta y no te sentías tan miserable como ahora. Si eras buena, él te trataba como a una princesa... ¿Cómo pudiste ser tan estúpida? ¿Debías llamar a Chrollo, rebajarte ante él y regresar arrastrándote a sus pies como un perro que mendiga por un hueso roído?
No. Esa no era la solución.
Ahora que él había salido de tu vida, era estúpido tratar de poner de nuevo la piedra en el camino. Debías permanecer fuerte, aunque te costara tanto dolor y lágrimas.
Dar largos paseos al atardecer te ayudaba a calmar los nervios. Bajo la luz del sol los problemas siempre parecen más pequeños, pero a medida que las horas avanzan, el temor y la ansiedad se acrecientan al igual que las sombras proyectadas en el pavimento, hasta envolverte en un manto de oscuridad. Estar sola era lo más difícil. Necesitabas constantemente ocupar tu cabeza con algo para no terminar hurgando en el arrepentimiento y la desesperación.
La mayoría de las veces ni siquiera eras consciente de hacia dónde te llevaban tus pasos. Simplemente se sentía bien echar a andar sin un rumbo fijo, caminar libremente hasta que tu cuerpo se sentía lo suficientemente cansado como para que cuando te fueras a la cama ni siquiera tu mente pudiera tener fuerza para pensar.
No hacía mucho frío esa noche, a pesar de que todavía era invierno, o tal vez era el desasosiego que sentías el que hacía percibir el entorno como algo más cálido que tu propio interior. Bajo las encinas del parque incluso podía notarse cierta sensación reconfortante, como si sus largas ramas y sus robustos troncos pudieran protegerte de tí misma. Por un instante pensaste en lo mucho que a tu perro le habría gustado correr sobre la hierba y revolcarse entre las hojas caídas. Te sentiste vacía de nuevo. Ya nadie caminaba a esas horas de la noche por un lugar tan apartado como ese, ningún transeúnte se cruzó en tu camino durante al menos la última media hora, y fue en ese instante cuando una punzada de miedo te conectó a tierra otra vez. Habías caminado sin sentido y estabas lejos de casa, la oscuridad se cernía sobre cada rincón que alcanzaba tu vista y ahora sólo erais la noche, tú, y otro par de pasos que de pronto percibieron tus oídos en la lejanía.
Volteaste tu cabeza en todas direcciones tratando de identificar la fuente de la que provenía el sonido, mas cuando estabas quieta, no se escuchaba nada a parte de tu respiración agitada; y por un instante creíste que se trataba de tu imaginación. Sin embargo, al reanudar la marcha, el sonido regresó, intensificándose a cada segundo, acortando distancia contigo.
Una punzada helada te recorrió de pies a cabeza, sintiendo el impulso de acelerar el ritmo para tratar de llegar lo antes posible a una zona transitada. Sin embargo, en cuanto comenzaste a correr, quién quiera que fuera que te seguía, también lo hizo.
El aire ardía en tus pulmones a cada inhalación y tus extremidades comenzaban a doler por el esfuerzo realizado. Perdiste la noción de cuánto tiempo huiste con la desesperación y el miedo como carga que te impedía avanzar más veloz.
Paraste a tomar aliento, tus manos apoyadas en ambas rodillas, tratando de respirar con calma. Y fue al levantar la cabeza cuando te topaste frente a frente con la maldad personificada.
Tu atacante te golpeó en la cabeza, y enseguida caíste en sus brazos siendo un peso muerto fácil de arrastrar hasta una arboleda donde sin compasión alguna te arrojó con fuerza al suelo. Tus sienes palpitaban dolorosamente, tus codos y rodillas magullados por el impacto de la caída. Reuniendo las fuerzas que te quedaban, agarraste un puñado de tierra y lo arrojaste a la cara de aquel hombre que no se detenía ante nada. Las lágrimas comenzaron a brotar de tus ojos, un llanto amargo luchando por escapar de tu garganta presionada con violencia por la gran mano que te sostenía pegada al suelo.
Pateaste a la nada, arañaste, te rerorciste, y todo fue inútil. Las manos de aquel hombre se deslizaron por tu cuerpo con lascivia, rasgando la camisa que te cubría para dejarte expuesta ante sus ojos cargados de peligro y malas intenciones. Él sonrió, te instó a gritar, gritó contigo, pidió ayuda burlándose de ti, a sabiendas que nadie podría escuchar tus patéticas súplicas.
Su tacto se sintió asquerosamente cálido sobre tu piel helada, mordió tu cuello sin cuidado mientras sostenía tus muñecas aferradas sobre tu cabeza con una sola mano, mientras con la otra desabotonó tus jeans y los bajó lo suficiente como para poder manosear la parte más íntima de tu cuerpo. Te sentiste indefensa, sucia, llena de temor ante lo que sabías que iba a pasar. Ibas a ser violada sin remedio. Tus súplicas resonaban en el aire de la noche, arrastrándose a merced del viento como las hojas que caían marchitas en cualquier parte.
Lloraste, imploraste por una clemencia que era huérfana de aquel hombre, trataste de soltarte de su agarre una y otra vez. Pero todo fue en vano. Tu agresor te abofeteó la mejilla con fuerza, y te paralizaste en el suelo, asimilando el impacto. En efecto, eras como una mosca esperando a ser devorada por una araña. Pensaste en Chrollo, en cuánta razón tenía, y lamentaste haberte ido de su lado. Aquel hombre estaba a punto de deslizarse dentro de ti, cuando de manera abrupta, todo el peso de su cuerpo se desplomó inerte sobre el tuyo, un hilo de sangre resbalando desde la parte trasera de su cuello, hasta gotear en tu cara desencajada por el horror. Tardaste un par de segundos en reaccionar, tu mente no procesaba. Todo esto te superaba. Miedo, adrenalina, dolor, euforia. Lo apartaste levemente y al alzar la vista, ahí estaba él, de pie, mirándote con unos ojos vacíos y una expresión indescifrable.
Te incorporaste un poco, frotando tus ojos, incrédula por lo que acabada de acontecer. ¿Era real? ¿Chrollo te había salvado?
Sí. Era él. No cabía duda alguna. Su expresión triunfal se tornó en una de preocupación cuando se agachó a tu lado para inspeccionarte y ayudarte a ponerte en pie. ¿Cómo era posible que él hubiera aparecido de la nada, justo en ese lugar, en ese momento?
—Chrollo, yo... —murmuraste, siendo tu voz un hilo apenas perceptible.
—Shhh, no digas nada. Ya está, ya está—. Te calmó. Sus brazos te rodearon con fuerza y no pudiste evitar romper a llorar. Estabas tan desesperada, tan quebrada, sola y asustada. Esto había sido el culmen a tantos meses de dolor, de incertidumbre y miedo. En el abrazo de Chrollo sentiste que encontrabas de nuevo tu estrella polar, tu universo, tu todo.
Chrollo te ayudó a ponerte en pie. Retiró algunas pequeñas ramitas y hojas secas pegadas a tu cabello, mientras tú tratabas de cubrir tu pecho desnudo con lo que quedaba de tu camisa hecha jirones y colocabas tu pantalón correctamente. Él te miró a los ojos, parecía extrañamente complacido. No supiste interpretar su expresión. Todo era tan ilógico, tan repentino. Escapaba a la razón y honestamente, no querías pensar en ello ahora. Sólo querías irte lejos y descansar junto a Chrollo, lo único que te quedaba en el mundo.
—Chrollo, perdóname—. Tu voz sonó tan frágil y necesitada. Chrollo sonrió. Esa sonrisa que te robaba el sentido y congelaba tus latidos. —No debí irme nunca, estaba equivocada, lo lamento.
Acarició tu mejilla con suavidad, disfrutando del momento. El ratón disculpándose con el gato. Todo había salido a la perfección, aunque admitió para sí mismo que resultó bastante molesto tener que ver cómo aquel despojo humano al que contrató para que te atacara, había tocado tu cuerpo de esa manera tan inapropiada. Era imperdonable. Como fuera, estaba muerto y eso era lo que merecía.
—Lo sé, princesa —dijo Chrollo. Sus manos sujetando tu rostro lloroso con dulzura—. Te dije que no podrías vivir sin mí. Vámonos, no tienes que volver a preocuparte por nada, yo estoy aquí. Siempre estaré aquí.
Depositó un beso en tu frente y te cargó en sus fuertes brazos. El cansancio hizo mella en ti y te dormiste pronto, pensando en cuán afortunada eras por tener a Chrollo de nuevo, protegiéndote y dispuesto a cuidar de ti. Te había salvado la vida y nunca volverías a cuestionarte nada. No merecía la pena.
Chrollo te observó durante un breve instante antes de reanudar la marcha. Eras tan preciosa en sus brazos, el lugar que te pertenecía y del que nunca debiste salir. Al fin lo comprendías, él siempre lo supo. Regresaste a él en tu versión más frágil y destrozada, justo como él quería. Se sintió triunfal. Había costado tanta sangre, tiempo y paciencia, pero ahora le pertenecías en exclusiva y no volverías a dudar de ello. Las lecciones que se aprenden mediante el dolor quedan grabadas para siempre.
Y así todo volvió a la normalidad.
Tú tenías a tu hermoso héroe salvador; y él a su pequeña princesa rota y descarriada.
Para la araña, el cosmos recuperó el orden que había perdido; para la mosca, tan sólo fue el caos.