Raventhorn

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En un mundo donde la oscuridad amenaza con engullirlo todo, Orydarius, conocido como el cazademonios, se encuentra inmerso en una peligrosa misión para detener una de las incursiones de los Sombríos, criaturas siniestras que acechan en las sombras y atacan continuamente a la humanidad. A su lado, fiel y siempre vigilante, está Dayranna, un cuervo con habilidades mágicas y una conexión profunda con Orydarius. Raventhorn es una emocionante historia de aventura, sacrificio y redención, donde Orydarius se enfrenta a su destino con coraje mientras lucha por proteger a la humanidad de la oscuridad que se cierne sobre ella. ¿Podrá triunfar donde otros han fracasado, o sucumbirá ante las fuerzas del mal que amenazan con consumirlo todo?

Genero:
Fantasy/Action
Autor/a:
Kharevyr
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El viento, un eco perpetuo de historias susurradas por los árboles ancestrales, acariciaba con susurros enigmáticos las hojas del bosque de Endrin. Allí, donde la luz del sol apenas osaba penetrar entre las copas imponentes, se ocultaban secretos milenarios y peligros desconocidos.

Para muchos, Endrin era sinónimo de temor, un lugar cuyas fronteras del peligro se extendían más allá de lo imaginable. Sin embargo, para Orydarius, esa aura de peligro solo servía para avivar su determinación. Había enfrentado desafíos aún más siniestros en lugares olvidados por el tiempo, desafiando misterios con una valentía inquebrantable. A pesar de las sombras que acechaban en cada rincón, Orydarius persistía, su convicción guiándolo hacia su próximo objetivo.

Durante años, había recorrido los senderos más oscuros, labrando un nombre que resonaba en todos los confines del mundo conocido. Escasos eran aquellos que no habían escuchado su nombre, que no conocían su reputación. Sus más de cien años no habían hecho mella en su cuerpo, sino que habían avivado aún más su leyenda. Orydarius el Inmortal. Orydarius el Cazademonios. Había acumulado tantos nombres como victorias, y su misión parecía no tener fin. Orydarius mantenía el mundo a salvo de las sombras. Aunque aquellos seres no fueran verdaderos demonios, por el momento aquella simple explicación era suficiente.

Los Sombríos insinuaban su presencia en el mundo con una malevolencia inconfundible, y cada incursión dejaba una estela de destrucción a su paso. Desde su primera aparición, hace más de ochenta años, estos seres misteriosos parecían alimentarse de la desolación y la muerte que sembraban a su alrededor. Aunque no llegaban en hordas, su mera presencia era suficiente para sumir en el terror a las aldeas menos protegidas, que se convertían en sus presas favoritas. Con el tiempo, la migración hacia las ciudades fortaleza se volvió una necesidad, pero estas urbes necesitaban recursos que solo las tierras exteriores podían proveer.

Conforme la voluntad de aventurarse en los territorios infestados por los Sombríos disminuía, los gobernantes optaron por un enfoque más drástico. Los criminales y los más desfavorecidos eran exiliados a los campos, condenados a cultivar la tierra, cazar y recolectar o enfrentarse a una muerte segura por inanición. Ante este panorama desolador, Orydarius se erigía como la única esperanza. Después de décadas de lucha incansable, había ascendido al estatus de un héroe legendario entre los estratos más bajos de la sociedad, incluso llegando a eclipsar a los dioses en las plegarias de aquellos que se aferraban a la esperanza. Sin embargo, la realidad era implacable: Orydarius no podía estar en todas partes.


Orydarius se detuvo en seco, alertado por los inconfundibles graznidos de un cuervo. Con la rapidez de un depredador en acecho, examinó su entorno y llevó instintivamente las manos al mango de su espada. Sin embargo, al no detectar ninguna amenaza inmediata, cerró los ojos y contuvo la respiración, afinando sus sentidos para captar cualquier indicio de peligro. El murmullo del arroyo cercano apenas rozaba su conciencia, pero sabía que la verdadera razón de la agitación de Dayranna residía en otro lugar.

Hay agitación en el norte. Los sombríos han encontrado algo.

La femenina voz del familiar resonño en su mente con una claridad sobrecogedora. Aunque ansiaba el frescor del agua del arroyo, Orydarius sabía que debía atender la advertencia de Dayranna. La agitación entre los Sombríos rara vez auguraba algo positivo.

Decidió cambiar de rumbo, confiando en el instinto de su aliado emplumado. Navegar por el intrincado bosque era un desafío en sí mismo, pero su vasta experiencia le otorgaba una habilidad innata para moverse entre la densa maleza. Avanzó con paso pesado, manteniendo una firme sujeción sobre el mango de su espada, mientras continuaba recibiendo información de Dayranna.

Las imágenes que proyectaba el cuervo en su mente eran vívidas y perturbadoras. Un reducido grupo de Sombríos se precipitaba hacia un objetivo desconocido, dejando a su paso un rastro de destrucción. El suelo cedía bajo sus pisadas, la madera de los árboles se astillaba al contacto con sus manos corruptas, y un hedor pútrido impregnaba el aire que los rodeaba. Cuando por fin comprendió lo que perseguían, la incredulidad se reflejó en sus ojos, apenas pudiendo creer lo que veía.

Matarán al humano si no te das más prisa.

Dayranna lanzó su advertencia con urgencia, sacudiendo a Orydarius de su ensimismamiento. El tono grave del cuervo dejaba en claro que esta vez no se trataba de una broma. Aunque Dayranna a menudo exhibía una cierta dosis de humor negro, sabía cuándo la situación era seria. Y en aquellos momentos, la vida de un humano pendía de un hilo.

Con determinación, Orydarius aceleró el paso, dejando atrás las precauciones y adentrándose más profundamente en el bosque. Dayranna era más que un simple compañero; era un aliado invaluable en la lucha contra los Sombríos, y sus advertencias merecían ser tomadas en serio. A pesar de la densidad del bosque, Orydarius se movía con agilidad y destreza, navegando entre las ramas retorcidas y las raíces serpenteantes que obstaculizaban su camino.

Los bosques habían reclamado su territorio con ferocidad desde que los humanos los habían abandonado, convirtiéndose en un laberinto impenetrable que desafiaba incluso a los más valientes. Sin embargo, Orydarius no vaciló en su búsqueda y llegó justo a tiempo para presenciar el dramático desenlace de la persecución. El objetivo de los Sombríos yacía en el suelo, derribado por el agotamiento de su larga carrera.

El hombre era anciano, sus rasgos arrugados y su cabello salpicado de canas hablaban de una vida marcada por la experiencia y la lucha. Su larga barba, descuidada y deshilachada, era un testamento de su supervivencia en un mundo implacable. Vestido con harapos que apenas mantenían su forma, el hombre parecía haber sufrido los estragos del tiempo y la adversidad. Sin embargo, su mirada firme y su postura erguida revelaban una firmeza que el paso de los años no había logrado erosionar.

Aquel viejo hombre, con su presencia enigmática y su resistencia ante las adversidades del bosque, despertó la curiosidad de Orydarius. ¿Cómo había logrado sobrevivir allí durante tanto tiempo? ¿Acaso lo habían exiliado del confort de una de las ciudades fortaleza para enfrentar los peligros del bosque?

Pero tales preguntas eran secundarias en ese momento. Lo único que importaba era proteger al anciano de las garras de los Sombríos, una tarea que Orydarius había asumido con devoción desde hacía décadas. Con paso decidido, se interpuso entre el Sombrío y su presa, su determinación radiante en su mirada serena.

Aunque los Sombríos no eran capaces de experimentar el miedo de la misma manera que los humanos, la aparición de Orydarius les provocó una inquietud palpable, reflejada en sus ojos rojizos y sus movimientos tensos. Con palabras tranquilizadoras dirigidas al anciano, Orydarius dejó claro su propósito: protegerlo a toda costa.

Los Sombríos se abalanzaron hacia él, su presencia oscura y amenazante avanzando como una marea implacable. Orydarius cerró los ojos por un momento, buscando calmar su mente antes de enfrentarse al caos que se desataba a su alrededor. En un acto de desesperación y confianza en su fiel aliada, Dayranna, gritó su nombre con toda la fuerza de sus pulmones, invocando el poder que solo ella podía otorgarle.

El poder fluía a través de sus venas, infundiéndolo con una fuerza renovada y una determinación inquebrantable. A pesar de los años de experiencia y entrenamiento, la batalla siempre lograba perturbar su sereno equilibrio. Pero Orydarius sabía que podía confiar en Dayranna, aun cuando la duda asomara en su mente. ¿Qué pasaría si su fiel compañera no pudiera otorgarle su poder a tiempo? Era una pregunta que lo atormentaba en cada enfrentamiento, pero por ahora, su atención se centraba en el combate que se avecinaba.