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La pequeña guerra de Margot

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Sinopsis

Margot es una soldado que regresa de una guerra de cinco años sin saber que hacer con su vida. Extraña la guerra. Un demonio llamado Mr.Zazz opta por darle una alternativa a cambio de un precio muy alto.

Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1


Margot estaba rodeada de cadáveres. Armaduras negras adornaban el fino pasto del bosque, y la sangre les servía de abono. Algunos tenían los miembros cortados, alejados varios metros de sus dueños originales.

Margot le dio una patada a una cabeza que encontraba cerca de sus pies. Esta se estrelló contra un árbol y se partió en dos como un coco. Un par de pájaros descendieron de la copa del árbol para darse un festín.

Su corazón latía sin cesar, se podía escuchar si uno ponía la oreja cerca a la armadura. Una potente sonrisa apareció en sus labios. Saltó emocionada y golpeó en el aire.

Matar a veinte soldados del enemigo. Una razón digna para celebrar.

—¡Si! ¡Si! ¡Si!

La euforia consumía su cuerpo. Margot no recordaba cuando fue la última vez que se sintió tan emocionada. Quería más enemigos; más sangre; su espada todavía tenía hambre.

Clavó su espada en una espalda sin miembros.

Las nubes grises, mezcladas con las cenizas del fuego, se separaron. Margot no podía creer lo que estaba viendo. Un enorme dedo, del tamaño del bosque, se acercó a ella a toda velocidad.

El cielo se había partido y Dios había descendido para decirle: “Bájale el volumen a tus gritos que estoy tratando de dormir”.

Margot se puso en posición de ataque. No tenía pensado morir sin luchar. No sirvió de nada. El dedo aplastó a Margot y todo se volvió negro.

GAME OVER

Margot se quitó el casco verde y se encontró en su aburrido dormitorio. La guerrera estaba sentada en una silla, con la armadura puesta. El escuchó de su pecho (un león de tres cabezas) estaba manchado de vísceras y sangre. Lo limpió con un trapo húmedo.

Alguien se aclaró la garganta.

Un hombre delgado y rubio estaba parado en una de las esquinas del dormitorio, al lado de un ropero abierto. En sus manos tenía una medalla dorada con la forma de un león de tres cabezas, sus ojos eran de rubíes.

El rey se lo entregó personalmente a Margot por ser la única sobreviviente de la operación “Noche sin estrellas”.

—¿Quién eres y cómo entraste a mi casa?

El hombre rubio la miró extrañado.

—¿En serio no te acuerdas de mí? Fui yo el que te entregó ese casco —señaló el casco verde. Margot lo sostenía como si fuera su hijo recién nacido.

—Estoy bromeando —dijo Margot con una sonrisa juguetona. La sonrisa desapareció como una mota de polvo ante un estornudo —. ¿Qué estás haciendo en mi casa, Zazz?

Zazz también se puso serio. Dejó la medalla en su sitio, movió su cabello a un lado para mostrarle sus ojos azules. Se acercó a Margot, que todavía seguía sentada.

—He venido a asegurarme que cumplas con tu parte del trato y me pagues lo que me debes.

Margot lo miró confundida, como si le estuviera hablando en otro idioma.

—Yo cumplí con lo parte del trato —dijo con firmeza —y lo hice con intereses.

—En primera: Nosotros acordamos el cadáver de un bebé; y en segunda: un perro agusanado como cuenta un interés.

Una semana antes de conocer a Zazz, Margot vivía una vida tranquila y aburrida. Principalmente aburrida. Por las mañanas trabajaba como panadera; en las tardes, como guía turístico; y en las noches se dedicaba a tejer suéteres hasta altas horas de la noche. Algunos se los regalaba a su hija Emily, y otros los donaba al orfanato más cercano.

No lo hacía por falta de dinero. Plata le sobraba, el rey se había asegurado de eso.

“Una heroína como tú no debe vivir en harapos”, le dijo.

Lo hacía porque quería mantener la mente ocupada de la guerra.

De los cuarenta años de vida de Margot, veinticinco fueron dedicados al ejército. En ese tiempo participó en tres guerras.

El rey de Starland era una persona furibunda y codiciosa. Si había un territorio con recursos naturales lo quería y se enfadaba si no conseguía.

Las islas de Flikardia eran ricas en madera, frutas, especias y oro, pero estaban ocupadas por el reino de Azzal. Eso no frenó al rey y mandó a invadir las islas de Flikardia.

Apenas pusieron la bandera con el león de tres cabezas inició la guerra de Flikardia.

Margot estuvo muy involucrada en el conflicto, que duró cinco años. Participó en numerosas batallas y ocupaciones.

Margot no podía ser más feliz.

La última misión en la que participó se llamaba “Operación cielo sin estrellas”. Ella y un equipo de diez soldados debían emboscar un campamento enemigo y apoderarse de ese sitio estratégico.

No se supo nada de ellos en un año.

Unos soldados de Starland se adentraron al bosque, en la misma dirección en la que Margot y su equipo se perdieron.

—No deberíamos ir por aquí. Estamos muy lejos del camino.

—¿Quieres esas moras o no?

—Si, pero… ¿Eso es humo? —preguntó uno de ellos señalando al norte.

Los soldados siguieron el humo hasta llegar a un lugar que se quedará viviendo con ellos por el resto de sus vidas. Lo primero que vieron fueron unos cráneos amarrados a unos palos que formaban la entrada.

¿La entrada a qué?

A un refugio hecho con las armaduras negras de los soldados del ejército de Azzal. El refugio estaba adornado de varios huesos blancos y pulidos. Ambos soldados sacaron sus espadas y se dirigieron a la puerta.

Al lado de la puerta había una cuerda que daba a una campana hecha con una pieza de la armadura y varios huesos diminutos.

—¿Qué mierda?

Uno de los soldados tocó la campana y la puerta se abrió de inmediato. Las tres personas gritaron al mismo tiempo. Una mujer usaba una máscara hecha de piel, unos guantes hechos de piel, unos zapatos hechos de piel, un delantal (que decía “Hogar dulce hogar”) hecho de piel.

Margot se quitó la máscara y con una expresión de reproche les dijo:

—¿Por qué tardaron tanto?

Margot les contó que su equipo fue emboscado y asesinado. La tomaron prisionera, pero consiguió escapar y los mató a todos (veinte soldados) en lo que ella llamó: “La segunda noche más feliz de su vida.”

—Me he tomado un año sabático muy largo, pero estoy lista para volver. ¿Qué territorio tenemos que ocupar? ¿Contra quién tenemos que luchar?

—Contra nadie. La guerra acabó.

—¡¿Qué?! —exclamó Margot con los ojos bañados de lágrimas.

Ninguno de los dos se esperaba esa reacción.

—Si, los dos reyes decidieron terminar la guerra. Se dieron cuenta que el territorio era demasiado grande para los dos, así que decidieron compartirlo.

—Maldita sea —dijo resignada Margot.

—¿Vienes con nosotros? Te llevaremos a casa.

—Claro —entró al refugio y salió con un suéter hecho con piel humana. La cara de un soldado estaba pegada en el centro —. Lo hice para el rey, ¿Ustedes creen que le guste?

—Probablemente no, pero muero por ver su reacción.

El regreso de Margot fue agridulce. Por un lado, el rey le dio una compensación de por vida arreglando para siempre cualquier problema económico. Al haber acabado la guerra, Margot optó por dedicar todo su tiempo a su familia. A su esposo Stuart y a su hija, Emily.

Su esposo tenía otros planes. Aprovechó la desaparición de Margot para casarse con otra mujer y llevarse muy lejos a Emily.

Margot encontró una casa vacía, saqueada (a Stuart se le olvidó cerrar la puerta) y con una nota que decía: “Hemos terminado y me llevo lejos a Emily”.

—Stuart siempre fue tan conciso y directo. En las notas, en los quehaceres, en el trabajo y en los orgasmos.

Margot se quedó sin nada en que ocupar su mente, ni ningún propósito en la vida.

Eso fue hace tres años.

Cada día que pasaba, Margot se preguntaba: ¿Y si me hago mercenaria? Ella no era la única con una crisis tras haber acabado la guerra. Otros soldados optaban por la carrera de mercenario, aceptando trabajos de todo tipo. Sea como guardaespaldas o asesinos a sueldo.

Descartaba la idea apenas llegaba. La vida criminal no era lo suyo.

Probó con ser un vigilante.

Si iba a saciar su sed de sangre, que sea con la sangre de un criminal, ¿No?

Margot no quería cambiar el mundo o combatir el crimen. Solo quería satisfacer sus deseos de combate antes de perder la cabeza.

El primer día fue el último.

Margot decidió “salvar” a una mujer que había regresado del funeral de su padre. Un ladrón le cubrió la boca y la arrastró a un callejón oscuro. Con navaja en mano, el ladrón le pidió que le diera todo lo que tuviera de valor.

—Date prisa o te rebanare el pescuezo.

—Deberías trabajar —dijo Margot desde las sombras. Sacó su espada, sintió un tintineo en la espalda cuando lo hizo —. Yo tengo dos trabajos y aun así tengo tiempo para darte una paliza.

Natalia corrió con la espalda levantada en dirección al ladrón y su víctima. Cortó y apuñaló. Solo se detuvo cuando una mano tocó su hombro. Era el ladrón.

—Espero que uno de tus trabajos haya sido de carnicera —le comentó el delincuente.

Margot entendió a qué se refería. La mujer del vestido funerario estaba partida en varias partes, con el estómago abierto de tal forma que haría que un cirujano se sintiera orgulloso y con las tripas por fuera.

Margot palideció, retrocedió hasta que pisó una cáscara de plátano. Se resbaló y cayó entre un montón de basura. Vomitó dos veces.

Margot sentía una aversión patológica al color negro. Lo despreciaba. Todos los enemigos con los que combatió vestían uniformes y armadura de ese color, con cuernos monstruosos en sus pechos.

—Todos cometemos errores —le dijo el ladrón con intención de calmarla.

Le apuñaló en el estómago, tomó el poco dinero que tenía y se fue corriendo. Margot se frotó la herida, no fue muy profunda. Esa era una cicatriz de guerra de la cual no estaría orgullosa de poseer.

—La próxima vez debo traer una armadura —se hizo una nota mental.

No hubo una próxima vez. La noche siguiente comenzó a tejer.

Margot se miraba al espejo. Vestía una falda verde y una blusa blanca. Su larga cabellera rubia estaba despeinada, cada cabello parecía querer ir a una dirección diferente. En su reflejo veía otra cosa. Una guerrera vestida de una armadura metálica con un león de tres cabezas en el pecho y con el cabello recortado y recogido.

Margot se frotó los ojos. Su reflejo real regresó.

—Creo que estoy empezando a delirar.

Unos fuertes golpes en la puerta la hicieron saltar; sacó una daga y la apuntó a la nada. Margot estaba dispuesta a apuñalar a cualquiera que se le acercara.

Los golpes volvieron.

Margot guardó la daga en su bolsillo sin soltar el mango y fue a abrir la puerta. Un hombre rubio entró sin invitación. Su cabello era amplio y dorado; su piel era blanca y celestial; y sus ojos, azules como gemas. Margot se sentía como una mujer de sesenta años ante la presencia muchacho tan joven y guapo.

Vestía un traje rojo y blanco, con un cinturón negro, y una gorra larga que hacía un mal trabajo en cubrir sus rizos dorados.

—¿Quién eres tú?

El hombre rubio hizo a un lado los abrigos que estaban en el sillón y se sentó. Golpeó el otro asiento, invitando a Margot a hacer lo mismo.

—Eso no es importante, Margot —el hombre rubio sonrió. Sus dientes eran blancos y aperlados. No parecían humanos —. Veo que estás tensa, así que me presentaré. Mi nombre es Zazz. Mucho gusto.

—¿Cómo sabes mi nombre, Zazz?

—Eso tampoco es importante. Lo que importa de verdad es lo que sé sobre ti. Sé que extrañas la guerra y la emoción del combate.

Zazz volvió a golpear el asiento. Margot se sentó. En cualquier otra situación ya lo hubiera echado de su casa. Pero no. Quería escuchar lo que tenía que decir.

—¿Cómo sabes eso? —le preguntó con suspicacia.

—Puedo solucionarlo —Zazz esquivó la pregunta. Miró a los ojos a Margot. Su mirada era hipnótica. Inquietante. Aterradora —. Puedo resolver todos tus problemas.

Capítulos
1. Capítulo 1
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