Infancia -- Parte 1
El joven escultor se sentó a su mesa de trabajo, tomó un poco de agua en el cuenco de la mano y con ella roció un montón de arcilla. Tras mirar de soslayo el dibujo enviado por el departamento de diseño para una nueva colección de Niños Dios, sus dedos empezaron a manipular la masa para darle un indicio de forma humana. Poco a poco, surgieron los contornos de lo que serían brazos, piernas y cabeza. Tomó sus instrumentos y comenzó a quitar los sobrantes, hasta obtener una figura con un tronco alargado y miembros cortos y regordetes, más acordes con las proporciones verdaderas de un recién nacido que con aquellas estilizadas del dibujo.
Después de dos horas de trabajo, sintió que se le cansaba la vista y, tras apretarse los lagrimales por debajo de los anteojos, decidió levantarse de la mesa. Caminó hacia un anaquel donde había media docena de modelos ya horneados, a la espera de que un mensajero pasara a recogerlos. Con fastidio, apartó la vista de estos y clavó los ojos en una figura en el centro de su estudio/habitación, el único de sus trabajos en los últimos tres años que se había negado a vender.
Era una estatua de madera y poco más de un metro de alto, inspirada en el nacimiento de Venus. En la base, los pies se perdían bajo unas olas gentiles con detalles de espuma. El escultor subió la mirada por los muslos, hasta toparse con la mano que cubría el pubis con mezcla de pudor e invitación. Sus ojos pudieron ver más allá, pues jamás olvidaría la silueta del vello púbico y los labios mayores de quien le sirvió como modelo. Continuó el ascenso por el vientre, las costillas insinuadas y los dos senos. Sobre el izquierdo, la mano derecha no cubría, más bien señalaba lo que él consideraba el máximo punto erótico, donde convergían las promesas de amor y sexo. Siguió por el cuello y, por fin, llegó al rostro. Aun cuando todavía era capaz de asombrarse por su precisión al retratar los rasgos de la mujer, esa vez sintió una nostalgia profunda al concentrarse en los ojos, los cuales, a pesar del tiempo transcurrido, no habían aprendido a mirar con el hartazgo y la decepción que al final de la relación se reveló en los auténticos. No necesitó rodearla para recordar cómo había esculpido las nalgas. Estas últimas le provocaron una comezón en ambas manos, casi tan intensa como la búsqueda en vano de las lágrimas en sus propios ojos, demasiado secos por la soledad amorosa y el fracaso de las visiones artísticas enterradas bajo el anaquel a sus espaldas.
Sabiendo que era ocioso negarse sus urgencias, se dirigió al baño y, sin lavarse antes las manos, se masturbó con una intensidad cercana a la furia, como si buscara descargarse en vez de sentir placer.
Después de eyacular, se limpió las trazas de arcilla del falo, sin percatarse de que un poco de semen se había embarrado en las que tenía en la mano. Regresó a la mesa de trabajo y, quizás por el alivio tras la masturbación, le dedicó a esa figura del bebé el mismo o más ahínco que a la estatua de la Venus. No solo trazó las divisiones de los dedos de pies y manos, también les delineó las uñas; igual hizo con el nacimiento de los cabellos, las tetillas, el pene, el ombligo, las pestañas e incluso el ano y sus pliegues.
De tanto concentrarse en los detalles, apenas se percató de que había anochecido cuando se estiró para aliviar un entumecimiento. Observó la figura hasta convencerse de que ya no podía añadir ni quitar algo más. Se levantó y, tras darle una última ojeada a la Venus, se acostó en el sofá sin convertirlo en cama. Durmió con la seguridad que lo hacía al amparo de la estatua a metro y medio de él.
Al poco rato de quedarse dormido, su semen reaccionó con la arcilla y dentro de la figurilla empezó a gestarse la vida. Primero se formaron las células madres; luego, vasos capilares y órganos; se desarrollaron músculos y huesos; surgieron vacíos al interior de arterias y venas y, junto con el primer latido del corazón, la vida se hizo saber con un berrido que despertó de inmediato al escultor.
Desconcertado por lo brusco de su despertar, el joven solo alcanzó a reaccionar al tercer llanto del bebé. Al oírlo tan cercano, pensó que una de sus vecinas había salido al techo a tranquilizar a una criatura. Sin darse tiempo a recordar que en ninguno de los apartamentos había recién nacidos, abrió la puerta para invitar a pasar a quienquiera estuviese allí, pues el frío de aquel veintiséis de noviembre no podría hacerle bien ni a la mujer ni al niño. Oteó la oscuridad, pero no vio el más mínimo movimiento.
Al oír un cuarto chillido, un terror auténtico le inundó cuerpo y mente al percatarse de que había sonado a sus espaldas. Se acercó con lentitud a la mesa, sin saber si quería o no descubrir qué había en ella. Hizo ademán de correr afuera cuando vio a su figura de arcilla llorando y agitándose, tanto por el frío como por el trauma de haber nacido. No obstante, tomó al bebé, el cual se retorció y pataleó al sentir ese primer contacto; pero tan pronto como el escultor se lo llevó al pecho, el pequeño no solo dejó de llorar, sino que se acurrucó y durmió con placidez absoluta, como si hubiera reconocido los latidos y el aroma de su padre.
“¿Qué estupidez hiciste?”
El escultor miró a su hermana con incredulidad, como si no fuera evidente que la respuesta reposaba en brazos del abuelo y bebía de un biberón. Los padres del escultor trataron de tranquilizar a la hija mayor, quien se negaba a oír razones y hacía aspavientos para subrayar cuán irresponsable y tonto le parecía su hermano.
—¿Qué vas a hacer con él?
El escultor de nuevo la miró como si ella no pudiera entender lo obvio. Por toda respuesta, sonrió al ver cómo su padre se acomodaba al niño en el hombro para hacerlo eructar. La hermana, después de ver cómo la atención de sus padres se concentraba en ese niño surgido de la nada que tenía la piel de un extraño color rojizo, similar a la terracota, por fin se dejó caer en un sillón.
—Por lo visto, soy la única que no le halla pies ni cabeza a esto.
—¿Qué sentido tienes que buscarle? —dijo la abuela, sin despegar la mirada del pequeñín, quien se divertía con las muecas graciosas del abuelo.
—¿Cómo lo vas a registrar? O sea, por lo menos sabes quién es la madre, ¿o no?
El escultor trató de hallar una respuesta convincente sin tener que contar lo sucedido la noche anterior, máxime porque él aún tenía demasiadas incógnitas imposibles de resolver. De nuevo, fue la abuela quien atajó la pregunta.
—¿A quién le importa quién es la madre?
—A las autoridades, mamá, a las autoridades.
—¿Y tú crees que la gente del registro civil va a ponerse a interrogar a un par de viejos?
—¿De dónde van a sacar el certificado de nacimiento?
—Tú vas a ir con nosotros. Te vas a quedar callada, y te apuesto lo que quieras a que el encargado entenderá lo que quiera entender y nos dará el acta.
—¿Vas a permitir que un desconocido ponga en duda mi honra?
—No, lo que no quiero permitir es que un desconocido me quite a mi nieto.
La abuela tomó al niño de brazos de su esposo y lo acunó en los suyos, de manera tan suave que el niño se durmió al instante al sentir el amor incipiente de la mujer.
—¿Cómo sabes que es tu nieto? ¿Cómo sabe este que es su hijo?
—Última palabra que dices.
Todos callaron ante la autoridad de la abuela, cuya mirada revelaba que no dudaría en matar si alguien intentaba arrancarle de los brazos a la criatura. Si el hijo le hubiera contado las circunstancias en que vino a la vida ese primer nieto, la abuela no lo habría creído; pero se habría convencido a sí misma de que era una invención para no revelar la identidad de una mujer que a ella no podía importarle menos. Solo le importaba la manera como los suspiros ocasionales del bebé parecían estar sincronizados con los suyos. Esta era toda la demostración que necesitaba para considerarlo propio.
Tal como lo predijo la abuela, en el registro civil nadie cuestionó que el niño tuviera los mismos apellidos que el escultor y su hermana, tampoco que los abuelos firmaran como “progenitores”. A fin de cuentas, detrás de ellos en la fila había mínimo tres familias que iban a cubrir de la misma manera un desliz de una hija. Y ellos acudieron juntos, al contrario de una adolescente de entre trece y quince años que, sentada en una banca y con un recién nacido en el regazo, miraba con ojos de espanto e inundados de lágrimas un futuro solitario y aciago en, por lo menos, los siguientes cinco años de su vida.
La casa se vistió de fiesta, con globos pegados en las paredes y serpentinas de esquina a esquina, además de varios personajes de Disney mal pintados en cartulinas. En tandas, familiares y amigos se acercaban a la mesa central a conocer al bebé de arcilla. Los orgullosos abuelos respondían los saludos con sonrisas amplias. Por aquí se oían los gritos y risas de los niños al jugar; por allá, los brindis y carcajadas de los adultos. En todo el jardín de la casa, solo había dos personas con gesto de enfado: la tía, quien todavía refunfuñaba ante la ilegalidad que acababan de cometer, y el escultor, quien odiaba el hecho de tener que volver a la casa de sus padres después de cuánto le costó romper ese yugo cuatro años atrás.
La tarde anterior, mientras el abuelo lo ayudaba a acomodar los anaqueles con los modelos pendientes de entrega en la que había sido su habitación y, hasta ese día, sirvió como cuarto de la sirvienta, no pudo evitar pensar cuánto le sabían ahora a derrota aquellos meses cuando solo tuvo frijoles de lata y tortillas para comer, aquellas tardes cuando alargaba por dos horas un solo café en los locales de los alrededores para rumiar cuán poco lo prepararon los padres para la vida adulta y, sobre todo, aquellas mujeres que pasaron por su cama sin necesidad de ocultarlas.
Cuando colocaron la Venus en el centro del cuarto, el abuelo se maravilló al ver la calidad de la obra. Por un instante, y solo por un instante, se cuestionó el haberse opuesto de manera tan tajante a los sueños artísticos del hijo.
—¿No quieres que esta mejor la pongamos en la sala? Me gustaría que la gente la viera cuando vengan de visita.
—No me lo tomes a mal, pero la prefiero aquí.
—¿Puedo saber por qué?
—No podría explicártelo, pero la quiero donde estemos nada más mi hijo y yo.
El abuelo asintió con la cabeza, intuyendo que había descubierto la identidad de la madre del bebé de arcilla. (En realidad, el escultor no quería cederle a su padre la única de sus obras que él mismo había considerado como verdadero arte.) Quizás por ello no compartió su pensamiento con la abuela y la tía, pues esa era una de tantas cosas que debían guardarse entre hombres.
Ahora, en medio de los juegos, una niña de apenas tres años se acercó a la mesa donde estaba sentada la familia con el bebé de arcilla. Con curiosidad, se acercó a éste, pero se alejó casi de inmediato, con una mueca en la cara que indicaba repulsión. No podía ser por una cuestión estética, pues el escultor se había esmerado en hacerlo atractivo; incluso la abuela sugirió que era idéntico al padre cuando era un recién nacido. Más bien, el instinto de la niña le dijo que nada en esa criatura era natural, desde el nacimiento hasta el tono de piel; tal vez incluso la forma en que berreaba para exigir su alimento era innatural, un sonido que parecía surgido menos de una garganta humana y más de una flauta de barro.
A la abuela no le pasó desapercibida la actitud de la niña y la llamó, con voz gentil, para invitarla a acercarse de nuevo al bebé de arcilla. La niña meneó la cabeza con espanto y dio un paso más hacia atrás, a la par que buscaba a sus padres para que ellos evitaran que la obligaran a acercarse a esa cosa, la cual le producía una sensación similar pero no igual al miedo. Aunque quizás lo que en realidad la asustaba era la falta de un lenguaje apropiado, a causa de su corta edad, para definir su sensación.
La abuela decidió al instante que esa mocosa y su familia podían considerarse desterrados de las fiestas de allí en adelante. Mas le bastó una rápida mirada al resto de los invitados, niños y adultos por igual, para percatarse de que alrededor de la mitad de ellos procuraba mantenerse alejada del bebé de arcilla. Como no supo explicarse a qué se debía esta reacción, le nació un miedo muy diferente al experimentado por la niña. Se imaginó a su nieto solo en el futuro, con demasiada gente rechazándolo sin molestarse en llegar a conocerlo. Esta congoja la sufrió con intensidades distintas hasta su propia muerte, cuarenta años después de aquella fiesta.