La noche que el sombrero se equivocó (1)

Sinopsis

Medea Prewett, familia rota y disfuncional tras la caída del Señor Tenebroso: su madre en Azkaban y su padre muerto. Quedó al cuidado de su tía, la cuál la mantuvo al margen de lo ocurrido fuera de la mansión, pues no podía ver a sus abuelos paternos y ni siquiera gozaba del apellido. A pesar de ser sangre pura, tras recibir la carta, empieza a conocer más y la otra cara del mundo mágico, se replanteará quiénes son sus amigos, además de proteger la Piedra Filosofal en el proceso.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Mily
Estado:
En proceso
Capítulos:
37
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1

Se graduaron con las mejores calificaciones y ya estaban comprometidos. Bartemius se lo pidió la noche anterior en la Torre de Astronomía. Circe apoyaba la idea de la supremacía de la sangre, como sangre pura que se respetara. Al culminar su educación, Barty se unió a los mortífagos y recibió la Marca Tenebrosa, siguió en contacto con Lucius y Severus, incluso el primero y su amada eran los padrinos de la boda; hizo amistad con los hermanos Lestrange, Rodolphus y Rabastan, y la esposa del primero, Bellatrix; ya que los cuatro compartían un repulsivo sentimiento de adoración hacia el Señor de las Tinieblas. Bartemius permaneció escondido ante su padre, mientras que este controlaba a los aurores para que pudieran matar o torturar a los Mortífagos cuando los atraparan. Barty Crouch Jr. disfrutaba de ser doble agente, con ese trabajo ayudaba a su Señor ganándose su estatus dentro de los mismos mortífagos.

La noticia del nacimiento de la pequeña fue celebrada por sus allegados, incluso la abuela paterna, pero no de su abuelo, se esperaba que fuera varón. Le prometieron a su hija permanecer a su lado, mas fue complicado dada la situación del mundo mágico. Todos sabían lo que debían hacer, así que la altiva Crouch, de soltera Prewett, dejó a su primogénita de poco más del año con su querida amiga Cissy. Circe iría a alcanzar a su amado. La bebé no lloró, solo vio a su madre partir. Circe ondeó su melena roja antes de aparecer en el Valle de Godric. La noche de Halloween fue bastante productiva, vio al traidor, vio a Pettigrew recoger una varita del suelo, antes de que pudiera esconderla entre sus ropajes, la mujer la invocó con un hechizo. Peter saltó en su lugar.

— ¿A dónde crees que la llevas? ¿Por qué tienes dos varitas? ¡Responde!

—Mi Señor…

—Así que la profecía se ha cumplido— soltó con pesar viendo a su interlocutor. Vio los escombros a su alrededor antes de volverlo a ver.

—Black sabrá que los traicioné.

—Eso si lo permitimos— sentenció.

Jaló al hombre antes de aparecer ante la residencia Black, tras la muerte de su hermano, se negó a quedarse en Grimauld Place, por ello Sirius llevó a Titania, su esposa, a otro lugar. En cuanto entornaron la vista, vieron un rayo de luz potente dentro de la casa. Circe permaneció en su sitio, Peter giraba la cabeza de un lado a otro en espera de bullicio. Sirius Black era el único sabedor de que Peter era el Guardián Secreto. La noticia de la caída del Señor Tenebroso no se hizo esperar, por tanto, la muerte de James y Lily también se dio a conocer.

Cuando se dio cuenta de lo que había hecho Pettigrew, ya que su escondite estaba vacío y no había señales de lucha, lo localizó con la esperanza de vengar a sus amigos. Le sorprendió ver a Circe afuera de su residencia. Quiso entrar, pero esta lo lanzó lejos. El combate inició entre la mujer y el recién llegado, Hécate salió del lugar y el miedo inundó al hombre. Circe vio con desprecio a su hermana, la rubia tenía otra misión y no la acató por ir a buscar a una vieja amiga, no con la intención de retomar la amistad.

—¿Qué haces aquí?

—Lo mismo digo, hermanita.

—Debías ir por nuestros primos.

—Dolohov se encargará.

Circe estaba a nada de aturdir a su hermana, la paciencia no era una virtud que la caracterizaba. Sirius recobró el sentido, él por qué deseaba tener cerca a Colagusano. Cuando se acercó a él, Pettigrew gritó que Sirius había traicionado a los Potter para que todos lo escucharan, y antes de que Black pudiera sacar su varita, Pettigrew rápidamente sacó la suya de su espalda y luego mató a doce víctimas muggles explotando la calle con una maldición explosiva, que creó un cráter lo suficientemente grande como para que se mostraran las tuberías del alcantarillado. Luego fingió su propia muerte cortándose un dedo y dejándolo atrás mientras se transformaba en una rata y huía. Ahora no solo la casa de los Potter fue devastada, también la de los Black.

—Vete.

—¿Qué?

—No tienes la Marca, sal de aquí— exclamó antes de lanzarla lejos.

Hécate desapareció y se apresuró a los escombros, en busca de la varita de la difunta, la vio llena de yagas aun sangrantes, al ver el pequeño vientre que se formaba, entonces entendió por qué su hermana había acudido al lugar. No solo estaban en busca de aquel niño con el poder de derrotar al Señor Oscuro, las hermanas querían tomar venganza contra los traidores a la sangre: Sirius Black y Titania Greengrass. La castaña era mejor amiga de la rubia y pelirroja, una sangre pura que dejó de lado a su familia por un maldito Gryffindor. Fue borrada del árbol, le negaron parte de la herencia y se casó con el joven Black. Hécate yacía celosa de pasar a segundo plano, ni su hermana la hacía de lado.

Circe sonrió triunfal, su hermana no se quedaba quieta por tanto tiempo. Cumplió su promesa como juró. Pronto los aurores llegaron, Sirius fue arrestado por ser un mortífago, matar a Pettigrew y a los muggles y traicionar a los Potter, y fue encarcelado en Azkaban sin un juicio. A los muggles sobrevivientes que presenciaron el evento se les borraron los recuerdos y el Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia les dio una excusa de que se había producido una fuga de gas. Pettigrew recibió injustamente la Orden de Merlín, de primera clase por su confrontación con Sirius, que, junto con el dedo que recuperaron, fue otorgado póstumamente a su madre.

Luego de la caída de Voldemort, los mortífagos más leales del mismo, que eran: Bartemius Crouch Jr., Rabastan, Bellatrix y Rodolphus Lestrange, entraron a la fuerza en la casa de los Longbottom, secuestraron a Frank y Alice y luego les echaron la maldición Cruciatus durante horas. Los Lestrange suponían que ellos sabían dónde se encontraba Lord Voldemort, pero ellos no cedieron, y tampoco sabían nada. Los Mortífagos no les creyeron y los torturaron hasta que se volvieron locos y no les sirvieron más.

Circe desapareció tan pronto llegaron los aurores, iba a alertar a Barty lo ocurrido, no podía volver a la mansión Crouch o se meterían con la bebé, su tesoro no debía ser profanado; la alcanzaron a ver, mas no a atrapar. Llegó a la casa de los Longbottom de donde salían su esposo y sus mejores amigos. Triunfantes por el logro, su tarea no dio el resultado anhelado. Los aurores siguieron a la Prewett y pudieron dar con el resto. Los cinco se batieron en duelo, no serían atrapados con facilidad, por algo eran la élite entre los seguidores del Señor Tenebroso.

2

El Ministerio de Magia era un caos, con tantos juicios que se celebraban debido a la reciente caída del mago tenebroso, algunos ni siquiera podían gozar de uno, solo eran enviados a la prisión mágica. Entre ellos no se encontraba Circe Prewett, mas no compartió juicio con su marido y sus mejores amigos, al contrario, permaneció sola frente al Wizengamot, ya que el crimen lo había perpetuado sola. Decidió echarse la culpa porque su hermana acababa de quedarse sola, su marido fue capturado por Ojoloco y aun revisaban su caso. En cambio ella, Circe, estaría cerca de su esposo.

—Solo dicten la sentencia y dejen de juzgarme con la mirada, hasta se escuchan sus pensamientos y no, la legeremancia no es necesaria. Sus rostros son todo un poema.

—¿Por qué?

—¿Qué parte?

—¡No se atreva a jugar con nosotros!

—No hay necesidad. Tienen bastante trabajo, el Señor Oscuro volverá y se arrepentirán de todo esto. ¿Creen que quiero redención y su perdón? ¡Están completamente equivocados! Espero su regreso para acabar con todos ustedes— gritaba a tiempo que jaloneaba las cadenas que la mantenían atada a la silla.

—¿Por qué mató a Titania Greengrass? Era un miembro ejemplar de la comunidad mágica.

—No lo entenderían— dijo con sorna.

—¿Alguien más la ayudó?— inquirió Bartemius.

—¡Una perra traidora a la sangre! Su hermano estaba decepcionado, deshonró a la familia al casarse con ese repudiado.

—Se le condena a cadena perpetua en Azkaban por torturar a siete aurores, diez muggles y el asesinato de Titania Greengrass.

—Y lo haría de nuevo sin dudar— dijo la mujer revelando la Marca Tenebrosa en su brazo. Algunos de los miembros se horrorizaron como si estuviese torturando a alguien ante sus ojos.

—No tienes remedio— escuchó a su suegro mientras le sostenía la mirada.

***

—Mira nada más, usar el hechizo desilusionador no te sirvió de mucho— se burló Rabastan luego de que pusieran a la pelirroja a un par de celdas.

—Cierra la boca— espetó Circe.

—¿Estuvo buena la audiencia?

—Sigo sin caerle bien a tu padre.

—¿Acaso importa?

—Par de tórtolos, tengo cadena perpetua aquí y no quisiera escucharlos así todo el tiempo— dijo Rodolphus.

—Creo que escucho un deje de celos— sonrió la recién llegada.

—Ja, ¿de alguien como tú?— intervino madame Lestrange.

—Oh, Bella, no me aburriré contigo aquí.

—Debieron usar su influencia en el mundo mágico para pedir la suite, ¿no creen?— se rió Rodolphus.

—Dijeron que sería ocupada por ustedes pero veo que se las negaron también— atinó Barty. Los mejores amigos no dejaban de bromear.

—¿Y Hécate, vendrá más tarde?— Rabastan volvió a sus bromas.

—Fue coaccionada, usé la maldición imperius sobre ella— dijo Circe en cierto tono que logró arrancar risas burlonas en su círculo—. Necesitamos a alguien que continúe la labor desde fuera, así que amigos, ¿cuál es el plan?

3

—La niña se quedará conmigo.

—No, esa decisión ya la tomé yo.

—No tenían por qué dejarla con la señora Malfoy.

—No teníamos a nadie más.

—Soy su abuelo.

—Progenitor del padre.

—Es lo mismo.

—No juegues conmigo.

—No me puedes negar el verla.

—¡Nunca procuró a su hijo y ahora quiere redimirse con su nieta! No me haga reír, ese tipo de bromas no le van.

—Y usted juega a hacerle creer al mundo mágico que no dominaba sus acciones. Vi cómo su hermana deshizo el hechizo, no tengo duda de que usted también puso magia oscura sobre su brazo para esconderla.

—Magia a final de cuentas, el uso que se le da es indiferente.

—No lo niega.

—Eludí Azkaban y mi esposo no puede volver por temor a ser apresado de vuelta, ¿de verdad cree que me importa lo que usted diga o haga?

— ¿Le recuerdo mi puesto en el Ministerio…?

—A nadie le importa, use todo el poder que tiene para tratar de quitarme a la niña y yo me la llevaré de aquí, ¡jamás la volverá a ver si se mete conmigo!

4

Como cualquier mago proveniente de una familia sangre pura tradicionalista, tuvo una educación muy rígida en cuanto a la supremacía de la sangre. Escuchar el término “sangre sucia” y su significado le preocupaba poco. Yacía acostumbrada a las reuniones de su tía con otros miembros de la élite. Obviamente, solo aquellos dignos de pisar la Mansión Prewett, Hécate decía que sus primos y prima perdieron ese derecho por considerarse traidores a la sangre, ya que no consideraban los prejuicios y creencias que ella sí, por tanto no los conocía. Sabía que su tía, una bruja regordeta había parido muchos hijos y ni siquiera tenían un lugar decente para criarlos.

Tuvo que aprenderse el árbol genealógico de memoria para recordar a los que salían de él por ser una deshonra familiar. Sabía que estaba emparentada con la noble casa Black por partida doble gracias a Caspar Crouch e Ignatius Prewett, así que llamaba de tía de forma cariñosa a la señora Malfoy. Los Nott, Crabbe, Parkinson, Zabinni, Selwyn y Yaxley frecuentaban mucho la Mansión. Los cuales, por supuesto, la colmaban de regalos por ser hija de Circe y Barty. Solo la mención de sus padres era necesario para imponer miedo en quien la viera, se trataba de unos de los mortífagos más leales al Señor Tenebroso, los únicos dispuestos a buscarlos.

El árbol genealógico se ubicaba en el estudio de su bisabuela materna Charis, la alcoba de sus padres permanecía intacta, eso dejaba la de su tía como única ocupada. Quedaban bastantes en los otros pisos, algunas aun conservaban el nombre de su antiguo propietario. Concordaba con la rubia de que no era necesario portar la Marca para estar de acuerdo con el uso de Artes Oscuras o apoyar todo lo que envolvía a Lord. La propia niña había adoptado la creencia de purificación del mundo mágico, cosa que Hécate aplaudió desde el minuto uno que lo pronunció.

Dados los constantes conflictos entre sus abuelos paternos y su tía Hécate, la niña fue criada en casa, así la rubia evitaba que fuese influenciada por los abuelos y se relacionara con gente no deseada. A su tía jamás le cruzó por la cabeza que padeciera inestabilidad mental, ya que la endogamia no era tan recurrente en su familia como con los Black o Gaunt. La niña demostró poseer magia desde muy temprana edad, cuando su abuela le regaló la manta que su padre usaba de bebé, para Bartemius era muy delicada toda la información que involucraba a su hijo, así que intentó quitársela cuando no veía y la niña en venganza le desapareció la comida que se servía, al principio el anciano pensaba que la acción solo ocurría en su mente, luego pidió a su esposa que lo atendiera, de último gritó a los elfos domésticos que no podían desafiar así a su amo, hasta que vio la mirada fría de su nieta.

Bartemius intentó reprenderla y ambas mujeres defendieron a la joven pelirroja. La señora Crouch dijo que fue un accidente y Hécate celebraba que su sobrina tuviera la pizca de maldad que caracterizaba tanto a ella como a Circe. Bartemius no lo soportó y marchó de ahí encolerizado. En cambio, su esposa se apresuró a redactar carta a su hijo y nuera, el ministerio se negó a llevarla, así que tomó a su nieta y juntas fueron a visitarlos. A Barty se le iluminó el rostro nada más verla, le aplaudió su logro, al igual que el clan Lestrange, por su parte Circe fue un poco más fría en cuanto a su recibimiento.

—Es tu deber de sangre pura.

A la niña se le inundaron los ojos por tales palabras. Antes de que pudiera decir algo, se llevó las manos a la cabeza, soltó un estrepitoso grito. Los dementores le robaban el único recuerdo feliz, la satisfacción de que hizo sentir orgullosa a su familia, parte de ella. Los Lestrange pararon sus festejos, su padre se asustó, su madre la vio con cara dura y su abuela tuvo que arrastrarla fuera del lugar. Hécate presionó a su sobrina para que aprendiera oclumancia, el impacto que tendrían esas criaturas sobre ella sería mínimo, pues Barty deseaba verla más seguido.

Hécate se regodeaba con las otras brujas sobre el destello mágico que descubrió a sus hijos. Medea jugaba con ellos de vez en cuando, lo poco que les permitían los adultos porque eran bastante fríos con ellos, salvo algunas excepciones. La señora Crouch usaba la influencia de su marido para llevar a su nieta a Azkaban. Todos concordaban que no era lugar para una niña, pero Medea disfrutaba verlos al menos una vez al mes. Sobre todo a su padre, quien le platicaba sus años en Hogwarts, cómo conoció a su madre, se hizo mejor amigo de Rodolphus y Bellatrix.

5

Su familia festejó su don, dentro y fuera de la prisión mágica. A los pocos meses, su abuela se despidió de ella en una de sus tantas visitas, mas esta fue distinta, ahora lo había hecho efusivamente, como si no se volvieran a ver. Pronto llegó a sus oídos la noticia de la muerte de su padre. Lloró amargamente porque esperaba visitarlo previo su viaje a Hogwarts Durmstrang, rogó a su abuelo que la llevara a Azkaban una última vez, para despedirse de él. Vio por última vez a su familia, no quería volver, gracias a su padre, su madre la trataba bien. Hécate reprendió a su sobrina por darle la espalda a su madre.

No solo la azotó la muerte de su padre, también la de su abuela paterna. El infierno en la Tierra se desató ya que Bartemius no la trataba de buen modo, Hécate era muy fría con ella, ese par se la pasaba en discusiones bastante acaloradas y no siempre era por la custodia de la niña, y las visitas a sus amigos se vieron reducidas a nada. La niña se aferraba a la cobija que alguna vez fue de su padre, la soltaba en contadas ocasiones. Medea perdió el brillo en la piel, sus ojos se ahuecaron y comenzó a perder bastante cabello para sus casi cuatro años.

***

—¿No vendrá mi tío Igor?

—Karkarov está ocupado— dijo Hécate vigilando a los elfos—. Pero manda saludos.

—¿Y por qué no vamos a verlo?

—Es tu cumpleaños, debemos ver a tu madre.

—Mi abuelo me va a llevar o Tiglat, tú podrías ir a visitar a tu esposo— dijo la pequeña ignorando el odio que recibía por parte de Bartemius.

—No te puedes quedar en su casa.

—Me quedo aquí y que me cuide Tiglat— el elfo doméstico favorito de la pequeña pelirroja.

—Tu abuelo no pueden entrar en mi ausencia.

—Jamás, los traidores a la sangre tienen prohibido el acceso.

—Exacto— dijo revolviéndole el cabello antes de subir a su alcoba.

No tuvo que rogar tanto, se deshizo de su tía a la primera. A la rubia le sentaría muy bien el cambio de aires, ver a su marido luego de varios años y ella por fin visitaría a sus padres sin las constantes disputas entre ambas figuras de autoridad en su vida: tía y abuelo. Iría únicamente con su tía, aquella mujer detestaba ir a ese lugar andrajoso, su rostro perdía belleza por la cara de asco que la caracterizaba, así que solo la escoltaría hasta la entrada, la pelirroja avanzaría sola hasta las celdas de máxima seguridad, de este modo la visita sería amena. Era 24 de junio, su cumpleaños número once. Llevaba un vestido verde que hacía juego con su piel clara. Su tía le hizo una trenza griega y le llenó la cabeza de flores antes de besarle la frente.

—Aquí viene la niña más hermosa…

—Del mundo— interrumpió Circe a su amiga.

—Gracias— sonrió la niña.

—No agradezcas los halagos, es deber del resto besar el suelo por donde pasas— espetó Rodolphus desde la celda contigua.

—¿Y el pastel?— exclamó Bellatrix—. No puede haber fiesta sin el pastel de mi ahijada.

—Winky— llamó Medea en tono autoritario.

—Winky ha traído el pastel de chocolate para la ama— dijo acercándose.

—Bien hecho, ahora retírate— espetó Circe.

Las recién llegadas podían entrar y salir de las celdas. Medea platicaba con sus padrinos y alimentaba a su madre. A Circe le molestaba que su hija hiciera el trabajo de los elfos domésticos, pero la niña quería pasar tiempo de calidad con ellos. El día se pasó volando y la niña abrazó a su familia, ya no le temía a las cadenas que siempre cargaban, solo las escuchaba sonar con cada movimiento. Sonrió con pesar, tardaría en volver a verlos, apenas negociaría con su abuelo volver más seguido. Como de costumbre, su madre le reprendía con la mirada. También eso era normal para ella. Una vez aparecieron frente a la Mansión Prewett, una lechuza esperaba, a la pelirroja se le iluminaron los ojos cuando recibió la carta.

COLEGIO HOGWARTS

DE MAGIA Y HECHICERIA

Director: Albus Dumbledore

(Orden de Merlín. Primera Clase, Gran Hechicero,

Jefe de Magos, Jefe Supremo,

Confederación Internacional de Magos)

Querida señorita Crouch:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Le adjuntamos la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su búho antes del 31 de julio.

Muy cordialmente,

Minerva McGonagall

Directora adjunta

No hubo oportunidad a la duda. Escribió de su puño y letra la respuesta afirmativa de que había recibido la carta y aceptaba gustosa la plaza. Entregó el pedazo de pergamino a su tía para que revisaba errores de ortografías, al tener escritura pulcra, enviaron respuesta con el búho de su abuela. La matriarca la abrazó efusivamente antes de que entrara en la Mansión. Subió a su alcoba dispuesta a dormirse cuando escuchó el ruido típico quejido que soltaba su tía luego de aparecerse en el patio de la Mansión.

—Arriba.

—¿Por qué?

—Nos quedaremos en el Caldero Chorreante.

—¿No dijiste que era una pocilga?

—No pienso que se nos haga tarde por tu holgazanería.

—Si me dices a las seis, yo para las 5:30 estoy lista.

—¡Estás tan sudada!— exclamó al soltarle la muñeca.

—¿Es malo?— inquirió la niña sin comprender el cambio abrupto de su tía.

—Seguro la estúpida de tu abuela te contagió alguna enfermedad, como traidora a la sangre.

—Ella no…

—¡Tiglat!

—¿Sí, ama?

—Que los otros elfos traigan las pertenencias de la señorita.

—¿A dónde?

—Al salón, que uno de ellos avive el fuego.

La niña se zafó del nuevo agarre de Hécate, corrió escaleras arriba. Abrió la puerta de un empujón y vio cómo desaparecían con todo: ropa, cuadros, libros, juguetes. Medea se apresuró a tomar la cobija que en su día fue de su padre y se aferró a ella como si de su vida se tratase. Volvió abajo, vio cómo su tía daba instrucciones a los elfos y ella misma lanzaba algunas cosas al fuego. Se dejó caer de rodillas mientras lloraba a lágrima viva, todas sus vivencias se iban con aquellos objetos de valor sentimental para ella. La rubia la vio, entornó la vista y se aproximó a ella.

—Dame eso— espetó jalando la cobija.

—No, por favor— suplicó con voz entrecortada a causa del llanto.

—No fue pregunta— dijo apretando los dientes.

—Era de mi padre— sollozó.

—Última advertencia— dijo Hécate.

—Por favor— dijo jalándola, escuchó algunos hilos tronar.

—Crucio— exclamó Hécate apuntando a su sobrina con la varita. La pelirroja soltó la cobija ya que no pudo resistir el dolor, sentía como mil cuchillas atravesarla, antes de poder dirigirle la vista a su tía, el grito se vio ahogado por la sangre que escurría de su nariz. Con esfuerzo vio cómo la cobija se volvía cenizas—. Que quede claro, una Prewett no demuestra sus emociones en público.

—Estoy en mi casa— logró articular.

—Pero yo vi cómo llorabas, no eres una bebé. Levántate, nos vamos.

6

—Muy bien, iremos a la bóveda de tu madre—dijo mientras caminaba—. Date prisa.

—Aun me duele.

—No me importa.

—Nunca me habías traído a Gringotts.

—No tenías nada qué hacer ahí.

—¿Por qué no podemos visitar la de mi padre?

—Bartemius me prohibió el acceso.

—Puedo hablar con él.

—No seas estúpida, no ha dado su brazo a torcer en diez años, menos ahora.

—Te sigo.

—Es de máxima seguridad, así que no te alejes.

—¿Puedo montar ese dragón?

—Oigo emoción en tu voz.

—Perdón— dijo en tono neutro. Seguía a paso veloz a su tía. La rubia parecía ir sola, se le olvidaba que la pelirroja debía dar tres pasos por uno suyo.

—Dame la carta.

—Aquí tiene.

COLEGIO HOGWARTS

DE MAGIA Y HECHICERIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

—Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)

—Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario

—Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)

—Una capa de invierno (negra, con broches plateados)

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

Libro reglamentario de hechizos, primer curso, Miranda Goshawk

Historia de la magia, Bathilda Bagshot

Guía de transformación para principiantes, Emric Switch

Mil hierbas y hongos mágicos, Phyllida Spore

Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger

Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander

Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble

RESTO DEL EQUIPO

1 varita

1 caldero (peltre, medida estándar 2)

1 telescopio

1 balanza de talón

Los alumnos también pueden traer un búho, o un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBA PROPIAS.

—¿Tiglat vino?

—Sino quién iba a cargar las cosas.

—¿No íbamos a pasar al Caldero Chorreante?

—Hay un mocoso llamando la atención. No gracias— dijo jalando la muñeca de su sobrina.

—¿Entonces?

—Madame Malkin.

—¿Las túnicas?

—Es lo primero en la lista— dijo al soltarla para abrir la puerta, la pelirroja pasó primero, con el rostro en alto, como su tía le enseñó.

—¿Hogwarts?

—Eso es obvio— espetó Hécate con su característico semblante duro.

—Buenos días, tres túnicas negras— dijo Medea luego de quitarle la carta a su tía y ondearla para que la señora regordeta la apreciara.

—Tengo todo el equipo, pero tengo ambos probadores ocupados.

—¿Y quién los está usando? — cuestionó Hécate, ignoraba cómo le tomaban medidas a su sobrina. Pero la pelirroja distinguió cierta melena platinada.

—Olvídalo, rubio, las damas primero— sentenció Medea antes de empujarlo y entrar en el cubículo. La rubia sonrió triunfal hacia el camino que tomó su sobrina, dejó el dinero en el mostrador y se dirigió afuera.

—Hola— dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

—Sí— escuchó una voz desconocida.

—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas— dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras. Un deje de fastidio se asomaba en ella—. Oye, pelirroja, ¿dónde está tu tía?

—Qué te importa— gritó desde dentro mientras recibía las túnicas.

—Luego voy a llevármelos a mirar escobas de carreras. No sé por qué los de primer año no pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.

—Sí podemos tener una, mas no llevarla al colegio, idiota— exclamó Medea desde dentro.

—¿Tú tienes escoba propia? — continuó el muchacho.

—No— dijo el interlocutor del rubio.

—¿Juegas al menos al quidditch?

—No— dijo el otro.

—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya sabes en qué casa vas a estar?

—No— dijo de nuevo.

—Sí— dijo la pelirroja a la par.

—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no te parece?

—Obviamente— exclamó midiéndose la última túnica.

—Hum— escuchó que dijo el otro niño.

—¡Oye, mira a ese hombre! — dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de adelante.

—Ese es Hagrid— dijo el niño contento de saber algo que los otros dos no—. Trabaja en Hogwarts.

—Oh. He oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

—Es el guardabosques.

—Sí, claro— dijo Medea con desgana.

—He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en cuando se emborracha, trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su cama— dijo el rubio.

—Yo creo que es estupendo.

— ¿Eso crees? — preguntaron el rubio y la pelirroja a la par.

— ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?

—Están muertos— respondió en pocas palabras.

—Oh, lo siento. Pero eran de nuestra clase, ¿no?

—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres.

—Realmente, creo que no deberían dejar entrar a los otros, ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que recibieron la carta, imagínate. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. Y, a propósito, ¿cuál es tu apellido?

—Ya está listo lo tuyo, guapo— dijo la regordeta.

—Bien, te veré en Hogwarts, supongo— dijo el rubio arrastrando las palabras.

— ¿Qué, fue todo? — inquirió la pelirroja al abrir la puerta.

—Seguro es un sangre sucia.

— ¿Y tu tía?

—Seguro se encontró con tu padre —dijo Medea recibiendo su paquete de túnicas a la par que el rubio.

— ¿Nos vamos?

—Te sigo— dijo de nuevo con ese aire altivo que intentaba copiar a su tía.

—Mira, si es la encantadora hija de Barty y Circe— dijo un hombre de cabello rubio, largo y lacio, entornó la vista ambos niños.

—Medea Crouch Prewett.

—Tal vez sea mejor ahorrarnos el apellido de tu padre— dijo Lucius.

—Yo no lo creo así— espetó.

—Lucius, ni lo intentes, la niña adora a su padre— dijo la rubia.

—Draco, hijo, muévete, debemos encontrar a tu madre— dijo el patriarca jalando a su hijo.

—Nos vemos luego— dijo Medea antes de seguir a su tía.

—Última parada: Ollivander— dijo Hécate.

— ¿Podemos pasar por un postre?

—No veo por qué no.

Era lo que la pequeña tanto deseaba. La última tienda era estrecha y tenía mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: Ollivander, fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a. C. en el polvoriento escaparate, sobre un cojín de desteñido color púrpura, se veía una única varita. Cuando entraron, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla endeble. Hécate veía con desprecio el lugar, con asco. Medea vio las miles de estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón, sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le picara por alguna magia secreta.

—Buenas tardes— dijo una voz amable. Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

—Buenas tardes— dijo la pequeña de modo cortés.

—Un placer, pequeña, veo que llegó el turno de la última Crouch.

—Medea Prewett, un placer.

—Su padre causó una gran deshonra para la familia, por algo mi hermana terminó en Azkaban— dijo Hécate—. Por ello preferimos no usar el apellido de ese mortífago.

—Bueno, ahora, señorita Prewett. ¿Diestra o zurda?

—Diestra— dijo extendiendo el brazo derecho. El anciano comenzó a tomar medidas de su brazo, cabeza y su altura.

—Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y fibra de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrá tan buenos resultados con la varita de otro mago.

—Eso es más que obvio.

—Hécate, abstente— exclamó Medea alzando su brazo izquierdo.

—Esto ya está— dijo, y la cinta se enrolló en el suelo—. Bien. Pruebe esta: Arce y pluma de fénix, quince centímetros, bonita y flexible— Medea se apresuró a tomarla y agitarla, no dio el resultado que el señor Ollivander buscaba, así que se la arrebató—. Creo que no, otra combinación.

— ¿Cuántas pruebas necesitaste? — se giró a la rubia.

—A la primera, como cualquier Prewett— dijo Hécate en tono frío.

—Madera de avellano con núcleo de pelo de unicornio, catorce pulgadas y flexibilidad inquebrantable— dijo entregándole la nueva opción. Medea apenas la tomó cuando un par de chispas azul celeste y esmeralda se desprendieron de esta.

—Perfecto— dijo Hécate en tono triunfal.

7

—Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Tú no eres parte de esa generalización. Eres una sangre pura, hija de dos de los mejores hechiceros que han estado entre las filas del Señor Tenebroso, así que espero que estés a la altura.

— ¿Y si termino en Hufflepuff como esa?

—Entonces te borraré del árbol genealógico.

— ¿Me acompañarás a tomar el tren?

—Claro— le sonrió en cuanto vio el semblante duro de su sobrina.

***

—Ya son las ocho— dijo Hécate nada más abrir la puerta.

—Ya me bañé— dijo terminando de anudar su cabello—. ¿Tiglat ya terminó el desayuno?

—Te espera para servir el desayuno— dijo la mujer antes de salir.

Hizo levitar el baúl hasta la primera planta. La niña lo abrió y repasó que tuviera todo listo y acomodado, incluso puso a Tiglat a revisar todo para estar segura. Llegaron a King´s Cross a las diez y media. Hécate exigió a un empleado que subiera el baúl de su sobrina en un carrito y lo llevara por la estación. Cuando llegaron al número grande de plástico sobre un andén, la rubia lo despachó. Esperaron un momento a que dejaran de verlas por su aire altivo.

— ¿Estás lista? — escucharon una dulce voz a sus espaldas.

—Señora Malfoy— dijo dibujando una media sonrisa.

—Veo que vinieron ambos— dijo Hécate.

—Apurémonos, los Zabinni ya están dentro— dijo el señor Selwyn al aproximarse con su hijo.

Narcissa tomó la mano de Draco y Medea, esta jaló a Phineas para pasar los cuatro juntos. Anduvieron recto hacia la barrera que estaba entre los andenes, la niña cerró los ojos con nervios. Una locomotora de vapor de color escarlata esperaba junto a un andén lleno de gente. Un rótulo decía: Expreso de Hogwarts, 11 h. El humo de la locomotora se elevaba sobre las cabezas de la ruidosa multitud, mientras que gatos de todos los colores iban y venían entre las piernas de la gente. Los búhos se llamaban unos a otros, con un malhumorado ulular, por encima del ruido de las charlas y el movimiento de los pesados baúles. Los primeros vagones ya estaban repletos de estudiantes, algunos asomados por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutiendo sobre los asientos que iban a ocupar. Medea escuchó la molesta voz de Parkinson, seguro llamándolos.

—Subiremos sus cosas— dijo Lucius llevando el baúl de la pelirroja. Los Zabinni se acercaron con sus elfos domésticos para que ellos se encargaran de todo.

—Que tengas un buen curso— dijo Hécate revolviéndole el cabello. Las frías despedidas se vieron interrumpidas por el alboroto que causaban los pelirrojos que iban llegando.

—Ella es tu prima, ¿no?

—Y su equipo de quiddicth— dijo con asco.

—Los traidores a la sangre, supongo— dijo dibujando una mueca en su rostro.

—¡Sube ya! — exclamó el rubio platinado.

—Ahora me arrepiento de no ser rubia como tú o castaña como mi padre— dijo Medea sin despegar la vista de la familia—. Ahora me confundirán con esos muertos de hambre.

—Solo tienes que quedar en Slytherin y problema resuelto— dijo Hécate antes de marchar del brazo del señor Selwyn.

—¿Y tu hermano? — dudó Medea al tomar de la mano de Phineas.

—Cygnus llegó antes, ahora que es prefecto, se volvió más fastidioso.

—Fastidio el alboroto que hay afuera— dijo Theodore.

—Dicen que el niño que vivió está aquí— dijo Crabbe.

—No puede ser— bufó Medea.

El tren comenzó a moverse. Medea giró la vista y se sorprendió que ahí estuvieran sus abuelos. Les sonrió de forma tímida antes de que se perdieran de su campo de visión. El tren aceleró, este giró y la estación quedó atrás. Entonces se concentró en toda la gente que iba en el compartimento: Draco, Pansy. Theodor, Phineas, Crabbe y Goyle. Estuvo la mitad del viaje con ellos y la otra mitad con Blaise. Conocía a más niños, pero no quiso entablar conversación con nadie más. Todos ellos seguían estigmatizados por las acciones de sus padres.

Londres quedaba muy lejos ya. Circulaban veloces por campos llenos de vacas y ovejas. Vieron campos y caminos pasar fugazmente. La señora del carrito llegó hasta su lugar en el tren, Blaise le regaló regalices y ranas de chocolates, Medea por su parte, compró grageas de todos los sabores y apostó un pastel a que no las probaban sin vomitarlas. Era una sensación agradable tener más compañía que su tía y los elfos domésticos, Theodor y Phineas entraron un rato con ellos.

—¿Alguno ha visto de casualidad un sapo? — inquirió un niño de cara de redonda.

—¿Lo ves por aquí? — dudó Blaise.

—Yo lo habría perdido a la primera oportunidad— dijo Medea antes de cerrarle la puerta en la cara y volver a su asiento.

—Ya estamos por llegar— Pansy fue a sacar a Blaise del compartimento para que ambas se cambiaran por las túnicas.

—¿Y Draco? — inquirió una vez estuvieron listas.

—Fueron a buscar a Potter.

—Ya vuelvo— dijo Medea al apresurar el paso.

—¿Es verdad? — preguntó Draco entrando al compartimento—. Por todo el tren están diciendo que Harry Potter está en este compartimento. Así que eres tú, ¿no?

—Sí— respondió Harry, el rostro de Medea se puso duro, en teoría ya lo había conocido. La pelirroja no lo alcanzaba a ver, por ende él tampoco la veía.

—Oh, este es Crabbe y este Goyle— dijo Draco con despreocupación, al darse cuenta que Harry los miraba—. Y mi nombre es Malfoy, Draco Malfoy— el otro niño dejó escapar una débil tos, que claramente ocultaba una risita. Draco Malfoy lo miró—. Te parece que mi nombre es divertido, ¿no? No necesito preguntar quién eres. Mi padre me dijo que todos los Weasley son pelirrojos, con pecas, y tienen más hijos de los que pueden mantener— se volvió hacia Harry—. Muy pronto descubrirás que algunas familias de magos son mucho mejores que otras, Potter. No querrás hacerte amigo de los de la clase indebida. Yo puedo ayudarte— extendió una mano para estrechar la de Harry, pero este no la aceptó.

—Creo que puedo darme cuenta solo de cuáles son los indebidos, gracias— dijo con frialdad. Draco Malfoy no se ruborizó, pero un tono rosado apareció en sus pálidas mejillas.

—Yo tendría cuidado, si fuera tú, Potter— dijo con calma—. A menos que seas un poco más amable, vas a ir por el mismo camino que tus padres. Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos. Tú sigue con gentuza como los Weasley y ese Hagrid terminarás como ellos.

Harry y Weasley se levantaron al mismo tiempo. El rostro del pelirrojo estaba tan rojo como su pelo—. Repite eso.

—Oh, van a pelear con nosotros, ¿eh? — se burló Malfoy.

—Si no se van ahora mismo…— dijo Harry, Medea sabía que el valor no abundaba en él.

—Pero nosotros no tenemos ganas de irnos, ¿no es cierto, muchachos? Nos hemos comido todo lo que llevábamos y parece que ustedes todavía tienen algo.

Goyle se inclinó para tomar una rana de chocolate del lado de Weasley. El pelirrojo saltó hacia él, pero, antes de que pudiera tocar a Goyle, el muchacho dejó escapar un aullido terrible. La pelirroja salió de su escondite. La rata colgaba del dedo de Goyle, con los agudos dientes clavados profundamente en sus nudillos. Crabbe y Malfoy retrocedieron mientras Goyle agitaba la mano para desprenderse de la rata, gritando de dolor, hasta que finalmente salió volando, chocó contra la ventanilla y los tres muchachos desaparecieron.

—Entonces no resultó.

—Cállate— espetó Malfoy.

—Crecimos escuchando la grandiosa hazaña de un bebé que aun no sabía limpiarse la baba por sí solo. No es alguien de nuestra talla— dijo Medea antes de volver al compartimento con Pansy.

Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán a parte al colegio.

—Ya estamos listas, ¿no? — sonrió la pelinegra. Ambas salieron al pasillo que ya comenzaba a inundarse de estudiantes. Blaise y Phineas las jalaron para que no se perdieran entre la multitud. El tren aminoró la marcha hasta que finalmente se detuvo. Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro andén. Medea se estremeció bajo el frío de la noche.

—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, Harry? — la pelirroja puso una disimulada cara de asco al verlo. Resbalando y a tientas, siguieron a Hagrid por lo que parecía un empinado y estrecho sendero. Estaba bastante oscuro. Las niñas trataban de buscar con la mirada al resto—. En un segundo tendrán la primera visión de Hogwarts, justo al doblar esta esquina— el resto de nuevos se maravillaron, ella se mantuvo con semblante serio. El sendero estrecho se abría súbitamente al borde de un gran lago negro. Encaramado en la cima de una alta montaña, al otro lado, con las ventanas brillando bajo el cielo estrellado, había un impresionante castillo con muchas torres y torreones—. ¡No más de cuatro por bote!

—Listo— dijo Medea empujando a unos estudiantes para que Blaise y ella subieran, enseguida los siguieron Pansy y Phineas.

Y la pequeña flota de botes se movió al mismo tiempo, deslizándose por el lago, que era tan liso como el cristal. Todos estaban en silencio, contemplando el gran castillo que se elevaba sobre sus cabezas mientras se acercaban cada vez más al risco donde se erigía. Al alcanzar el peñasco, el guardabosques dio la orden de agachar la cabeza, así lo hicieron y los botes los llevaron a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro que parecía conducirlos justo por debajo del castillo, hasta que llegaron a una especie de muelle subterráneo, donde treparon entre las rocas y los guijarros. Luego subieron por un pasadizo en la roca, detrás de la lámpara de Hagrid, saliendo finalmente a un césped suave y húmedo, a la sombra del castillo. Subieron por unos escalones de piedra t se reunieron ante la gran puerta de roble. Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.

8

La puerta se abrió de inmediato. Una bruja alta, de cabello negro y túnica verde esmeralda, esperaba allí. Tenía un rostro muy severo, Medea ya sabía de quién se trataba, no hubo necesidad de presentaciones pero se abstuvo de hablar—. Los de primer año, profesora McGonagall— dijo Hagrid.

—Muchas gracias, Hagrid. Yo me ocupo de ellos.

Abrió bien la puerta. El vestíbulo de entrada era tan grande que la Mansión de sus padres parecía una nada. Las paredes de piedra estaban iluminadas con resplandecientes antorchas como las de Gringotts, el techo era tan alto que apenas se percibía una magnífica escalera de mármol, frente a ellos, conducía a los pisos superiores. Siguieron a la profesora McGonagall a través de un camino señalado en el suelo de piedra. Medea escuchaba el bullicio de la gente que salía de una puerta situada a la derecha, el resto del colegio debía estar allí. Había oído las historias de Cygnus sobre las maravillas del colegio. La profesora llevó a los de primer año a una pequeña sala vacía, fuera del vestíbulo. Se reunieron allí, más cerca unos de otros de lo que estaban acostumbrados, mirando con nerviosismo a su alrededor. Bastó una mirada severa de Medea y Pansy para que se alejaran de ellas.

—Bienvenidos a Hogwarts— dijo la profesora McGonagall—. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupen su lugar en el Gran Comedor, deberán ser seleccionados para sus casas. La Selección es una ceremonia my importante porque, mientras estén aquí, sus casas serán como su familia en Hogwarts. Tendrán clases con el resto de la casa que les toque, dormirán en el dormitorio de su casa y pasarán el tiempo libre en la sala común de su casa. Las cuatro casas se llaman Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Cada casa tiene su propia noble historia y cada una ha producido notables brujas y magos. Mientras estén en Hogwarts, sus triunfos conseguirán que su casa gane puntos, mientras que cualquier infracción de las reglas hará que los pierda. Al finalizar el año, la casa que haya obtenido más puntos será premiada con la Copa de las Casas, un gran honor. Espero que todos ustedes sean un orgullo para la casa que les toque. La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Les sugiero que, mientras esperan, se arreglan lo mejor posible. Volveré cuando lo tengamos todo listo para la ceremonia, por favor, esperen en silencio.

—¿A qué tanta espera?

—Es una prueba sencilla— dijo Phineas.

—Todos parecen aterrorizados— dijo Pansy.

—La del nido de pájaro no deja de susurrar hechizos— dijo Phineas.

—Eso no le servirá de mucho.

—Ver la puerta no hará que regrese pronto— dijo Blaise al pararse a lado de sus amigos. Los gritos de los demás niños interrumpieron la conversación. Los amigos vieron con asco a los veinte fantasmas que acababan de pasar a través de la pared de atrás.

—En marcha. La Ceremonia de Selección va a comenzar— la profesora McGonagall había vuelto. Uno a uno, se marcharon flotando a través de la pared opuesta—. Ahora pónganse en fila.

Medea jaló al niño Selwyn para que caminara enfrente de ella, así que Blaise y Pansy estuvieron detrás de ella. Estaba iluminado por miles y miles de velas que flotaban en el aire por encima de cuatro grandes mesas, donde los demás estudiantes ya estaban sentados. En las mesas había brillantes platos y copas de oro. Al fondo del comedor había otra gran mesa, ante la que se sentaban los profesores. La profesora McGonagall condujo hasta allí a los alumnos de primer año y los hizo formar una fila delante del resto de los estudiantes, con los profesores a sus espaldas.

Los cientos de rostros que los miraban parecían pálidas linternas bajo la luz brillante de las velas. Situados entre los estudiantes, los fantasmas tenían un neblinoso brillo plateado. McGonagall puso un taburete de cuatro patas frente a los de primer año. Encima colocó un sombrero puntiagudo de mago. El sombrero estaba remendado, raído y muy sucio. Medea desvió la vista un momento, todos contemplaban el sombrero. Durante unos pocos segundos, se hizo un completo silencio. Entonces el sombrero se movió. Una rasgadura cerca del borde se abrió, ancha como una boca, y el sombrero comenzó a cantar:

Oh, podrás pensar que no soy bonito,

pero no juzgues por lo que ves.

Me comeré a mí mismo si puedes encontrar

un sombrero más inteligente que yo.

Puedes tener bombines negros,

sombreros de copa altos y elegantes.

Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts

y puedo superar a todos.

No hay nada escondido en tu cabeza

que el Sombrero seleccionador no pueda ver.

Así que pruébame y te diré.

dónde debes estar.

Puedes pertenecer a Gryffindor,

donde habitan los valientes.

Su osadía, temple y caballerosidad

distinguen a los Gryffindor.

Puedes pertenecer a Hufflepuff,

donde son justos y leales.

Esos perseverantes de Hufflepuff

de verdad no temen el trabajo pesado.

O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,

si tienes una mente dispuesta,

porque los inteligentes y eruditos

siempre encontrarán allí a sus semejantes.

O tal vez en Slytherin

harás tus verdaderos amigos.

Esa gente astuta utiliza cualquier medio

para lograr sus fines.

¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!

¡Y no recibirás una bofetada!

Estás en buenas manos, aunque yo no las tenga.

Porque sor el Sombrero Pensante.

Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Este se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez. Medea le sonrió a Phineas, odiaban que la ceremonia fuera pública. El sombrero parecía exigir mucho. La profesora McGonagall se adelantó con un gran rollo de pergamino—. Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sentarse en el taburete para que los seleccionen. ¡Abbot, Hannah!

Una niña de rostro rosado y trenzas rubias salió de la fila, se puso el sombrero, que la tapó hasta los ojos, y se sentó. Un momento de pausa…— ¡Hufflepuff! — gritó el sombrero. La mesa de la derecha aplaudió mientras Hannah iba a sentarse con los Hufflepuff.

—¡Bones, Susan!

—¡Hufflepuff!

—Boot, Terry!

—¡Ravenclaw!

Esta vez aplaudió la segunda mesa a la izquierda. Varios Ravenclaw se levantaron para estrechar la mano de Terry cuando se reunió con ellos. Broclehurst, Mandy, también fue Ravenclaw, pero Brown, Lavender, resultá la primera nueva Gryffindor, y la mesa más alejada de la izquierda estalló en vivas. Medea vio a sus primos, los gemelos, silbando. Bulstrode, Millicent, fue a Slytherin. La pelirroja no esperaba la hora en irse a sentar en aquella mesa. Hubo otro Hufflepuff, este fue inmediato en comparación con otros, por ejemplo Finnigan, quien duró sentado un minuto entero antes de que el sombrero lo declarara en Gryffindor.

—Granger, Hermione.

—¡Gryffindor!

Cuando Neville Longbottom, el chico que perdía su sapo, fue llamado, se tropezó con el taburete. El sombrero tardó un largo rato en decidirse. Cuando finalmente lo mandó a Gryffindor, el chico salió corriendo, todavía con el sombrero puesto, y tuvo que devolverlo, entre las risas de todos, Medea incluida, a MacDougal, Morag. Malfoy se adelantó al oír su nombre y de inmediato obtuvo su deseo: el sombrero apenas tocó su cabeza, gritó Slytherin. Malfoy fue a reunirse con sus amigos Crabbe y Goyle, con aire de satisfacción. Ya no quedaba mucha gente. Moon… Nott… Parkinson… las gemelas Patil y Patil. Selwyn y Prewett estaban a punto de soltarse porque seguía ella, cuando escucharon:

—¡Potter, Harry! — mientras Harry se adelantaba, los murmullos se extendieron súbitamente como fuegos artificiales. Suficiente con escucharlo seguido en casa, sobre cómo bebé logró tal hazaña, a sus padrinos maldecirlo casi cada visita y ahora lo toparía en los pasillos del colegio.

—¡Gryffindor!

—Prewett, Medea.

—Tu turno.

—Te veré en un rato— dijo soltando su mano antes de caminar hacia el taburete.

—No intentes cerrar tu mente.

—La costumbre.

—¿Por tus constantes visitas a Azkaban?

—No me gusta que invadan mi mente.

—Sin embargo, tu madre y tía son expertas legeremantes.

—Lo sé.

—Oigo arrogancia en tus respuestas.

—¿Puedes mandarme ya?

—¿A Slytherin?

—Donde sea menos a Hufflepuff. Ahí no discriminan entre la sangre.

—No son malos.

—No soportaría una tortura si defraudo a mi tía.

—¿Y a tus padres o abuelos? Hay una disposición para probarte a ti misma, podrías ser muy grande.

—Por favor— suplicó pensando en lo ocurrido el día de su cumpleaños.

—¡Gryffindor!

La profesora McGonagall le retiró el sombrero, dado que no se movió de inmediato. Parecía asustada, sus ojos no se dirigieron a la mesa que aplaudía a la nueva integrante, sino donde estaban todos sus amigos, quienes le dedicaron una última mirada antes de volver a su conversación. Cygnus comenzó a garabatear en un trozo de pergamino, sabía a dónde iba dirigida. Escuchaba a sus primos conversar con Potter, a ella solo le preocupaba la selección de sus otros dos amigos.

—¡Hufflepuff!

—Ay no— murmuró la pelirroja viendo la rabia en el mayor de los Selwyn.

—Weasley, Ronald.

—Gryffindor.

—¡Zabini, Blaise!

—¡Slytherin! — la profesora McGonagall enrolló el pergamino y se llevó el Sombrero Seleccionador. Medea vio el plato vacío, no sabía si comería, se le quitaron las ganas tras escuchar que no iría a la misma casa que sus amigos.

—Hola— llamó alguien a su lado.

—¿Qué tal? — sonrió con facilidad.

—Harry Potter— le extendió la mano.

—Lo sé, ¿no te molesta que todo el mundo hable de ti? — inquirió estrechándola.

—Sí, los gemelos no dejan de cantar— intervino el pelirrojo.

—¿Weasley, no? — le dirigió una mirada.

—Sí.

—Prewett, hija de Circe Prewett— dijo con suficiencia.

—Primas de…

—Así es— dijo antes de que fuesen interrumpidos por Albus Dumbledore, quien miraba con expresión radiante a los alumnos, con los brazos muy abiertos, como si nada pudiera gustarle más que verlos allí.

—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero decirles unas pocas palabras. Y aquí están, ¡papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias! — volvió a sentarse. Todos aplaudieron y vitorearon.

—Está un poco loco, ¿no? — preguntó Harry con aire inseguro a Percy.

—Loco se queda corto— espetó Medea.

—¿Loco? ¡Es un genio! ¡El mejor mago del mundo! Pero está un poco loco, sí.

Los platos que había frente a los niños, de pronto estuvieron llenos de comida. La niña se alegró de ver tanta comida frente suyo, claro que debía compartirla, pero no le restringirían nada. Carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo y de cordero, salchichas, tocino y filetes, papas cocidas, asadas y fritas, pudín de Yorkshire, guisantes, zanahorias, salsa de carne, cátsup, y caramelos de menta. Hécate le medía siempre las raciones de comida, poco le gustaba que los abuelos la colmaran de regalos y golosinas. Medea y Harry se apresuraron a poner un poco de todo en su plato. Todo estaba delicioso.

—¿Y tu padre? — continuó Ron.

—Mi tía no habla de él.

—Seguro que no.

—Suficiente con lo que le ocurrió a mamá.

—¿Y tú habías oído hablar de nosotros?

—No— dijo de darle un sorbo a la bebida.

Cuando hubieron comido todo lo que quisieron, los restos de comida desaparecieron de los platos, dejándolos tan limpios como antes. Un momento más tarde aparecieron los postres. Bloques de helado de todos los sabores que uno se pudiera imaginar, pasteles de manzana, tartas de melaza, pastelillos de chocolate, rosquillas de mermelada, bizcochos de borrachos, fresas, jalea, arroz con leche… Medea comía nieve y pastelillos de chocolate cuando la conversación se centró en las familias.

—¿Medea? — replicó Seamus.

—Sangre pura— dijo sin titubeos y con orgullo, casi alzando el pecho.

—Yo soy mitad y mitad. Mi padre es muggle. Mamá no le dijo que era una bruja hasta que se casaron. Fue una sorpresa algo desagradable para él.

—Lo imagino— murmuró por lo bajo.

—¿Y tú, Neville? — inquirió Ron.

—Bueno, mi abuela me crió y ella es bruja— dijo Neville—, pero durante años la familia creyó que yo era todo un muggle. Mi tío abuelo Algie trataba de pillarme desprevenido y forzarme a que saliera algo de magia de mí. Una vez casi me ahoga, cuando me tiró al agua en el puerto de Blackpool, pero no pasó nada hasta que cumplí ocho años. El tío abuelo Algie había venido a tomar té y me tenía cogido de los tobillos y colgando de una ventana del piso de arriba, cuando mi tía abuela Enid le ofreció un merengue y él, accidentalmente, me soltó. Pero yo reboté por el jardín hasta llegar a la calle. Todos se pusieron muy contentos. Mi abuela estaba tan feliz que lloraba. Y tendrían que haber visto sus caras cuando vine aquí. Creían que no sería tan mágico como para venir. El tío abuelo Algie estaba tan contento que compró el sapo.

Medea vio a lado de Harry, Percy y Hermione estaban hablando de las clases. Ni siquiera se habían instalado y ya mencionaban la materia de Transformaciones. Medea recorría la mesa de los profesores con la mirada. Hagrid bebía copiosamente de su copa. McGonagall hablaba con el profesor Dumbledore. El profesor de absurdo turbante, conversaba con un profesor de grasiento pelo negro, nariz ganchuda y piel cetrina. La pelirroja asintió con la cabeza a modo de saludo, antes de poder agitar la mano, Harry se llevó una mano a la cabeza.

—¿Qué ha pasado? — preguntó Percy.

—N… nada— el dolor desapareció tan súbitamente como había aparecido. Era difícil olvidar la sensación que tuvo Harry cuando el profesor lo miró, una sensación que no le gustó en absoluto.

—¿Seguro? — intervino Medea.

—¿Quién es el que está hablando con el profesor Quirrell?

—Oh, ¿ya conocías a Quirrel, entonces? No es raro que parezca tan nervioso…

—Es Snape…— comenzó Medea.

—Profesor Snape— puntualizó Percy—. Su materia es Pociones, pero no le gusta… Todo el mundo sabe que quiere el puesto de Quirrell. Snape sabe muchísimo sobre las artes oscuras.

Los recién llegaos dirigieron la mirada a Snape durante un rato, pero el profesor no volvió a mirarlos. Por último, también desaparecieron los postres, y el profesor Dumbledore se puso nuevamente de pie. Todo el salón permaneció en silencio—. Solo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido. Tengo algunos anuncios que hacerles para el comienzo del año. Los de primer año deben tener en cuenta que los bloques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y determinados alumnos veteranos también deberán recordarlo. El señor Filch, el conserje, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos. Las pruebas de quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas deben ponerse en contacto con la señora Hooch. Y, por último, quiero decirles que este año el pasillo del lado derecho del tercer piso está fuera de los límites permitidos para todos los que no deseen una muerte muy dolorosa.

9

—¿Lo decía enserio? — dudaron a la par.

—Eso creo— dijo Percy, mirando ceñudo a Dumbledore—. Es raro, porque habitualmente nos dice el motivo por el que no podemos ir a algún lugar. Por ejemplo, el bosque está lleno de animales peligrosos, todos lo saben. Creo que, al menos, debió avisarnos a nosotros, los prefectos.

—¡Y ahora, antes de ir a acostarnos, cantemos la canción del colegio! — exclamó Dumbledore. Los profesores forzaron las sonrisas—. ¡Que cada uno elija su melodía favorita!

Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,

enséñanos algo, por favor.

Bien seamos viejos y calvos

o jóvenes con rodillas sucias,

nuestras mentes pueden ser llenadas

con algunas materias interesantes.

Porque ahora están vacías y llenas de aire,

pulgas muertas y un poco de pelusa.

Así que enséñanos cosas que valga la pena saber,

haz que recordemos lo que puedas, nosotros haremos el resto,

y aprendamos hasta que nuestros cerebros se consuman.

Cada uno terminó la canción en tiempos diferentes. Al final, solo los gemelos Weasley seguían cantando, con la melodía de una lenta marcha fúnebre. Dumbledore los dirigió hasta las últimas palabras con su varita y, cuando acabaron, fue uno de los que aplaudieron con más entusiasmo—. ¡Ah, la música! ¡Una magia más allá de todo lo q ue hacemos aquí! Y ahora, es hora de ir a la cama. ¡Salid al trote!

Los de primer año de Gryffindor siguieron a Percy a través de grupos bulliciosos, salieron del Gran Comedor y subieron por la escalera de mármol. Medea no hablaba con nadie, parecía que juzgaba a todos con la mirada, una costumbre heredada. Los escudriñaba para tratar de adivinar su comportamiento. Sabía que una amistad no se entablaba con cualquiera, solo esperaba que sus compañeras de cuarto no fueran tan pesadas como su primo, el prefecto. El pelirrojo los hizo pasar por puertas ocultas detrás de paneles corredizos y tapices que colgaban de las paredes. Subieron más escaleras, hasta que por fin se detuvieron.

—Peeves— susurró Percy a los de primer año—. Es un poltergeist— levantó la voz—: Peeves, aparece— la respuesta fue un ruido fuerte y grosero, como si se desinflara un globo—. ¿Quieres que vaya a buscar al Barón Sanguinario? — se produjo un chasquido y un hombrecito de ojos oscuros y perversos, boca ancha, apareció flotando en el aire, con las piernas cruzadas y empuñando los bastones.

—Oh— dijo, con un maligno cacareo—. ¡Los horribles novatos! ¡Qué divertido! — de pronto se abalanzó sobre ellos. Todos se agacharon.

—Vete, Peeves, o el Barón se enterará de esto. ¡Lo digo enserio! —gritó enfadado.

—Como si fuese a lograr algo— dijo Medea. Ignoró las últimas de su primo. Al final del pasillo colgaba un retrato de una mujer muy gorda, con un vestido de seda rosa.

— ¿Santo y seña? — preguntó.

Caput draconis— dijo Percy, el retrato se balanceó hacia delante y dejó ver un agujero redondo en la pared.

Todos se amontonaron para pasar, Neville necesitó ayuda y se encontraron en la sala común de Gryffindor, una habitación redonda y acogedora, llena de cómodos sillones. Percy condujo primero a las niñas. Medea se acercó a la prefecta, le indicó cuál era su recámara. Al ser la primera en entrar, vio los baúles de las otras tres niñas con las que compartiría los siguientes siete años de su vida, así que jaló el propio hasta la primera cama, la que estaba cerca de la ventana, palmeó rápidamente todas las almohadas y decidió que esa era la mejor.

—Hola— murmuró la del cabello alborotado, la que se mantuvo hablando con su primo durante toda la cena.

—Medea Prewett.

—Hermione Granger, un placer.

—Supongo… mira, una de las gemelas.

—Parvati Patil.

— ¿Y tú eres…?

—Lavender Brown, mucho gusto.

—El placer es todo mío— dijo la pelirroja fingiendo una sonrisa.

— ¿Ya escogieron cama? — inquirió la última en entrar.

—La mía es la que está junto a la entrada y el baño— se apresuró Medea.

—Entonces yo a tu lado— dijo Lavender.

—Solo no toques mis cosas— dijo antes de quitarse la túnica y recogerse el cabello. Tenía a una sangre sucia, una mestiza y a una potencial traidora a la sangre por compañeras, no podía empeorar su situación. Definitivamente no le mandaría carta a su tía.

10

Los murmullos siguieron a Harry desde el momento en que, al día siguiente, salió del dormitorio. Los alumnos que esperaban afuera de las aulas se ponían en puntillas para mirarlo o se daban la vuelta en los pasillos, observándolo con atención. Harry deseaba que no lo hicieran, porque intentaba concentrarse para encontrar el camino de su clase. Medea despertó antes que sus compañeras para no tener que verlas. No entendía por qué los alumnos veían a Potter como si fuera un bicho raro. El chico no entendía la hazaña que había logrado con solo un año.

En Hogwarts había ciento cuarenta y dos escaleras, algunas amplias y despejadas, otras estrechas y destartaladas. Algunas llevaban a un lugar diferente los viernes. Otras tenían un escalón que desaparecía a mitad de camino y había que recordarlo para saltar. Después había puertas que no se abrían, a menos que uno lo pidiera con amabilidad o les hiciera cosquillas en el lugar exacto, y puertas que, en realidad, no eran sino sólidas paredes que fingían ser puertas. También era muy difícil recordar dónde estaba todo, ya que parecía que las cosas cambiaban de lugar continuamente. Las personas de los retratos seguían visitándose unas a otras.

Los fantasmas tampoco ayudaban. Siempre era una desagradable sorpresa que alguno de se deslizara súbitamente a través de la puerta que se intentaba abrir. Nick Casi Decapitado siempre se sentía contento de señalar el camino indicado a los nuevos Gryffindors, pero Peeves el poltergeist se encargaba de poner puertas cerradas y escaleras con trampas en el camino de los que llegaban tarde a clase. También les lanzaba papeleras a la cabeza. Tiraba de las alfombras debajo de los pies del que pasaba, les arrojaba tizas o, invisible. Se deslizaba por detrás, tomaba la nariz de alguno y gritaba: ¡tengo tu nariz!

Pero aun peor que Peeves, si eso era posible, era el conserje, Argus Filch. Ron había insistido en que los acompañara. Medea los siguió para zafarse encima a sus compañeras de cuarto. Los tres se las arreglaron para chocar con él la primera mañana. Filch los encontró tratando de pasar por una puerta que, desgraciadamente, resultó ser la entrada al pasillo prohibido del tercer piso. No les creyó cuando dijeron que se habían perdido; yacía convencido de que querían entrar a propósito y amenazó con encerrarlos en los calabozos cuando el profesor Quirrel, que pasaba por allí, los rescató.

Filch tenía una gata llamada Señora Norris, una criatura flacucha y de color arena, con ojos saltones como linternas, iguales a los de Filch. Patrullaba sola por los pasillos. Si uno infringía una regla delante de ella o ponía un pie fuera de la línea permitida, se escabullía para buscar a Filch, el cual aparecía dos segundos más tarde. Filch conocía todos pasadizos secretos del colegio mejor que nadie, excepto tal vez los gemelos Weasley, y podía aparecer tan súbitamente como cualquiera de los fantasmas. Todos los estudiantes lo detestaban, y a muchos les habría encantado darle una buena patada a la Señora Norris. Y después, cuando por fin habían encontrado las aulas, estaban las clases.

Ron le hablaba animadamente a la pelirroja, esta solo contestaba con monosílabos y apenas los volteaba a ver a él o a Harry, quien no le dirigía la palabra, le intimidaba la mirada fría que siempre dedicaba a cualquiera. Medea iba detrás de ellos por dos pasos, haciéndola parecer como una perseguidora de ambos chicos. Había perdido el interés por el simple hecho de no seguir los pasos de sus padres. Quiso acercarse a sus amigos para suplicarles que no informaran a lo ocurrido a Hécate o su esposo porque serían capaces de ir al colegio a armar un enorme escándalo, pero no, solo hizo falta ver las heridas de Phineas para saber que nada bueno saldría de esa conversación; su amigo la detuvo con la mirada para alejarla.

Tenían que estudiar los cielos nocturnos con sus telescopios, cada miércoles a media noche, y aprender los nombres de las diferentes estrellas y los movimientos de los planetas. Tres veces por semana iban a los invernaderos de detrás del castillo a estudiar Herbología, con una bruja pequeña y regordeta llamada profesora Sprout, y aprendían a cuidar de todas las plantas y hongos, además de su utilidad. Su favorita era Historia de la Magia, no tanto por la teoría, sino porque era la única clase impartida por un fantasma. Al parecer, el profesor Binns ya era muy viejo cuando se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores y se levantó a la mañana siguiente para la clase, dejando su cuerpo atrás.

El profesor Flitwick, el de la clase de Encantamientos, un brujo diminuto que tenía que subirse a unos cuantos libros para ver por encima de su escritorio. Al comenzar la clase sacó la lista y, cuando llegó al nombre de Harry, soltó un chillido de excitación y desapareció de la vista. Medea trató de no reírse a causa de la caída del profesor. La profesora McGonagall siempre tan diferente. La pelirroja sabía que se trataba de su jefa de casa, así que podría pedirle algún consejo, sobre todo que disipara las dudas persistentes desde la noche anterior.

—Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderán en Hogwarts— dijo—. Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver ya están prevenidos.

Entonces transformó un escritorio en un cerdo y luego lo devolvió a su forma original. Todos estaban muy impresionados y no aguantaban las ganas de empezar, pero muy pronto se dieron cuenta de que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran transformar muebles en animales. Después de hacer muchísimas anotaciones complicadas, le dio a cada uno una cerilla para que intentaran convertirla en una aguja. Después de reírse un poco de sus dos compañeros, se concentró y la convirtió en aguja, sonrió con satisfacción, cuando llamó la atención de la profesora para mostrársela, escuchó a Granger, a su derecha, festejar su logro. La profesora McGonagall mostró a todos cómo se había vuelto plateada y puntiaguda, dedicó a cada una niña una excepcional sonrisa. Medea borró la propia por no conseguir puntos.

La clase de Defensa Contra las Artes Oscuras fue un completo fiasco, para Medea resultó una enorme desilusión, deseaba mucho que su tío le diera lecciones, mas la dirección de Durmstrang se lo impedía. Sus padres fueron amantes de las artes oscuras, así que ella deseaba aprender ciertas nociones básicas, tal vez podría usar el conocimiento a la inversa. Quirrel tenía el aula con un fuerte olor a ajo, parecía querer protegerse de un vampiro. Le causaba intriga su turbante, se lo regaló un príncipe africano como agradecimiento por haberlo liberado de un zombi molesto, no era tan creíble. Medea se decepcionó que el ritmo de la clase no fuera el mejor, al igual que Potter, muchos de sus compañeros no tenían ni idea de qué hacer.

—Corre, pecoso, nos van a ganar la mejor comida— dijo Medea jalando a su primo rumbo al Gran Comedor.

—Esta vez encontraré el camino— dijo Ron tratando de seguirle el paso.

—Por algo yo nos guío.

—Harry, vamos— dijo Ron. El azabache trataba de alcanzarlos.

—¿Qué tenemos hoy? — inquirió Harry. Medea lo vio un momento antes de contestar, su primo quería tratarlos bien a ambos, pero sabían que eso sería complicado.

—Pociones dobles con los de Slytherin— se apresuró.

—Snape es el jefe de la casa de Slytherin. Dicen que siempre los favorece a ellos… ahora veremos si es verdad— dijo Ron.

—Ojalá McGonagall nos favoreciera a nosotros— dijeron Potter y Prewett a la par.

—El correo— dijo Harry.

—Ay no— murmuró la pelirroja al ver que llegaba la lechuza de la familia.

Medea:

Hiciste bien en no mandarme carta, porque no seguiste nuestro legado, el sombrero escucha tu opinión, ¿acaso le pediste quedar en esa maldita casa? Tu madre está decepcionada, tu madrina vomitó bilis y tu abuelo aplaudió que no quedaste en la misma casa que tu padre. No hagas nada estúpido, te veo en las vacaciones de Navidad y tendremos una conversación al respecto.

Madame Prewett

—¿Qué sucede? — dudó Ron, quería quitarle la carta pero ella la hizo un ovillo y la metió debajo de su falda.

—Nada— espetó.

—¿Segura? — terció Harry.

—Vamos a llegar tarde— dijo antes de tomarse la bebida de un solo trago.

—¿En verdad te entusiasma? — reiteró Potter.

—Mi padre fue un excelente pocionista, así que ya me sé algunas casi de memoria. Otras solo la teoría por no poder hacer magia fuera del colegio— mintió la pelirroja.

—Puedo ir solo.

—Llegaremos más pronto— dijo presionando la muñeca del azabache.

—Se te cayó la carta— dijo Ron, la pelirroja soltó al huérfano, arrebató el pergamino y lo guardó entre su túnica antes de ser seguida por ambos niños.

—Siempre puedes venir con nosotros, Hagrid nos invitó a su cabaña— dijo Harry.

—Deja reviso mi ocupada agenda, oh, espera, hay un espacio— dijo con notorio sarcasmo.

Medea estaba entusiasmada por llegar a la clase y comprobar sus conocimientos, también se trataba de un amigo de la infancia de su padre. Aunque lo vio apenas un par de veces. Las clases de Pociones se daban en una mazmorra. Hacía mucho más frío allí que arriba, en la parte principal del castillo, y habría sido igualmente tétrico sin todos aquellos animales conservados, flotando en frascos de vidrio, por todas partes. Ron y Harry se sentaron juntos, así que la pelirroja fue a lado de Blaise. Este se apresuró a entregarle un pedazo de papel, preguntando por su estado de ánimo. Al parecer los padres de todos se habían puesto de acuerdo, ni ella ni Phineas podían tener un buen trato como antes. Se giró a Pansy y Theo, tenían un conflicto en el rostro, Draco y Daphne ni siquiera la vieron.

—Ah, sí— murmuró—. Harry Potter. Nuestra nueva… celebridad— Draco Malfoy y sus dos gorilas rieron tapándose la boca. Snape terminó de pasar lista, se detuvo un momento dudando del apellido Prewett antes de mirar a la clase. Sus ojos eran bastante negros, fríos y vacíos—. Están aquí para aprender la sutil ciencia y exacto arte de hacer pociones— a la pelirroja se le iluminaron los ojos—. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos ustedes dudarán que esto sea magia. No espero que lleguen a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos… Puedo enseñarles cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte… si son algo más que alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.

—Hay que arrasar con ellos— le susurró a Blaise.

—Nadie podría ganarte— le dijo dándole un codazo.

—¡Potter! — dijo de pronto Snape—. ¿Qué obtendré si añado polvo de raíz de asfódelo a una infusión de ajenjo? — este vio de reojo a Ron y, tanto Hermione como Medea, agitaban la mano frenéticamente en el aire.

—Bah, bah… es evidente que la fama no lo es todo— esta vez fue la pelirroja quien le dio un codazo a su compañero por la risa que estaba a punto de soltar—. Vamos a intentarlo de nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que encuentres un bezoar? — de nuevo Medea y Hermione agitaban la mano tan alto que no necesitaban levantarse del asiento para que la vieran.

—No lo sé, señor.

—Parece que no has abierto ni un libro antes de venir. ¿No es así, Potter? ¿Cuál es la diferencia entre acónito y luparia? — Hermione se puso de pie para hacerse notar, Blaise le lanzó una bola de pergamino a la cabeza para que se sentara a la par que Medea movía con frenesí su mano. Esa hija de muggles no le podía ganar a su amiga.

—No lo sé— dijo Harry con calma—. Pero creo que Hermione o Medea lo saben, ¿por qué no se los pregunta?

—¡Siéntate! — gritó a Hermione— Prewett, se queda al final de la clase. — vio con severidad a la pelirroja, Blaise suspiró aliviado que no la reprendiera delante de todos—. Para tu información, Potter, asfódelo y ajenjo producen una poción para dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la mayoría de venenos. En lo que se refiere a acónito y luparia, es la misma planta. Bueno, ¿por qué no lo están anotando? Y se le restará un punto a Gryffindor por su descaro.

11

Las cosas no mejoraron para los Gryffindors a medida que continuaba la clase. Snape los puso en parejas para que mezclaran una poción sencilla parar curar forúnculos. Las serpientes murmuraron por la cercanía de Blaise y Medea, solo algunos sabían que la amistad venía de antes, así que no se mostraron tan hostiles; el profesor no opuso resistencia a la que formaron los alumnos. Se paseó con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban colmillos de serpiente, criticando a todo el mundo salvo a Malfoy y Prewett. En el preciso momento en que estaba diciéndoles a todos que miraran la perfección con que Malfoy había cocido a fuego lento sus babosas con cuernos, unas nubes de humo verde y ácido y un fuerte silbido llenaron la mazmorra.

Prewett sonrió con suficiencia cuando le reconoció lo mismo, pero apenas fue percibido por el círculo cercano a la pareja. De alguna forma, Neville se las había ingeniado para convertir el caldero de Seamus en una masa retorcida, y la poción que contenía se derramaba por el suelo y quemaba los zapatos de los alumnos, haciendo agujeros. En segundos, toda la clase estaba subida en sus taburetes, Blaise jaló la mano de su amiga para ayudarla a subir, mientras que Neville, que se había empapado en la poción al volcarse sobre él el caldero, gemía de dolor; por sus brazos y piernas aparecían pústulas rojas.

—¡Chico idiota! — bramó Snape con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de varita—. Supongo que has añadido las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego, ¿no?

—¿Y ese es el hijo de los famosos aurores? — inquirió Blaise con sorna a su amiga, a quien le ganó las palabras.

—No hay necesidad de burlarnos, Severus se encargará— dijo la pelirroja.

—¡Llévelo a la enfermería! — le ordenó a Seamus. Luego se acercó a Harry y Ron, que habían estado trabajando al lado de Neville—. Tú, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto? Éste es otro punto que pierdes para Gryffindor.

—No lo provoques— murmuró Ron al ver que Harry iba a discutir—. He oído decir que Snape puede ser muy desagradable.

La clase finalizó, Medea indicó a su primo y el amigo de este que la esperaran afuera, los dos la vieron con temor y ella forzó una mueca en intento de sonrisa como respuesta, el profesor murmuró un Muffliato para que no escucharan la conversación que estaba a punto de suceder—. Eres muy buena en pociones.

—Se te olvida quién fue mi padre.

—Obtuvo doce matrículas.

—El mejor de su generación, por encima de usted.

—Insolente— espetó antes de murmurar.

—Ni lo intentes, Igor y Hécate me han entrenado desde muy pequeña.

—Aun eres muy pequeña para desarrollarla.

—En mi familia todos son expertos en ambos artes, no me puedo quedar atrás.

—Es magia oscura.

—El pan de cada día, ¿no?

—Quedaste en Gryffindor.

—¿Significa que también me quitarás puntos a diestra y siniestra?

—Diez puntos, date por bien servida.

—Es mejor que nada, tomando en cuenta que Potter y Longbottom perdieron varios.

—Intenta hacer amigos, sé que tus expectativas era entrar a Slytherin y seguir con tus amigos de la niñez.

—¿Para que me dejen a mi suerte como usted y el señor Malfoy? — lanzó su comentario ácido antes de retirar el hechizo y salir.

—Anímate— dijo Ron—. Snape siempre le quitaba puntos a Fred y George. ¿Puedo ir a ver a Hagrid contigo?

—¿También te odia? — inquirió Harry cuando la vio salir.

—No, me preguntó por mi padre. Le dije que murió cuando yo tenía tres, así que no hay mucho que pudiera decirle al respecto.

—Oye, espera— la jaló Ron para que no siguiera avanzando.

—Dime.

—No tienes la culpa de las decisiones de tus padres— dijo Ron sabiendo que era tema sensible para la pelirroja frente a ella, se notaba por su rostro—. Podemos ser amigos.

—Claro— dijo ella tratando de sonreír de forma genuina.

—Vamos, Harry también es amigo.

—Sí— se forzó a verlo a los ojos, sonrió al ver sus ojos claros. Ella no heredó los ojos azules de su madre, sino los oscuros de su padre—. Medea Prewett, prima de Ron, mi madre y la suya son primas.

—Eso es bueno, ¿no?

—¿Tienes hermanos?

—Soy hijo único, pero tengo un primo, se llama Dudley.

—Suena a alguien molesto— mencionó por la mueca en el rostro de su interlocutor.

—Lo es.

—¿Ya nos vamos? — terció Ron, la pelirroja le sonrió una última vez a su amigo antes de seguirlo.

Salieron del castillo cinco minutos antes de las tres y cruzaron los terrenos que lo rodeaban. Hagrid vivía en una pequeña casa de maderas, en la linde del bosque prohibido. Una ballesta y un par de botas de goma estaban junto a la puerta delantera. Cuando Harry llamó, oyeron unos frenéticos rasguños y varios ladridos. Luego se oyó la voz de Hagrid—: Atrás, Fang, atrás— la gran cara peluda de Hagrid apareció al abrirse la puerta—. Entren— los dejó pasar, tirando del collar de un imponente perro jabalinero negro. Había una sola estancia. Del techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en un rincón había una cama enorme con una manta hecha de remiendos—. Están en su casa— dijo soltando a Fang, que se lanzó contra Ron y comenzó a lamerle las orejas. Fang era evidentemente mucho menos feroz de lo que parecía, Medea se reía de cómo su primo se volvía minúsculo junto al animal.

—Este es Ron y ella Medea— dijo Harry a Hagrid, quien estaba virtiendo el agua hirviendo en una gran tetera y sirviendo pedazos de pastel.

—¿Más Weasley? Me he pasado la mitad de mi vida ahuyentando a sus hermanos gemelos del bosque.

—Él es un Weasley, yo soy Prewett, prima de ellos— dijo la pelirroja—. Ron tiene pecas, yo no.

El pastel casi les rompió los dientes, pero los tres fingieron que les gustaba, mientras le contaban a Hagrid todo lo referente a sus primeras clases. Fang tenía la cabeza apoyada sobre la rodilla de Harry y babeaba sobre su túnica. Los chicos se quedaron fascinados al oír que Hagrid llamaba a Filch ese viejo idiota—. Y en lo que se refiere a esa gata, la Señora Norris, me gustaría presentársela un día a Fang. ¿Saben que cada vez que voy al colegio me sigue a todas partes? No puedo librarme de ella. Filch la envía a hacerlo.

Harry le contó a Hagrid lo de la clase de Snape. Hagrid, como Ron, le dijo que no se preocupara, que a Snape no le gustaba ninguno de sus alumnos—. Pero realmente parece que me odie.

—¡Tonterías! — dijo Hagrid—. ¿Por qué iba a hacerlo?

—Olvídate de él— dijo Medea agitando la mano para restarle importancia. Sin embargo, Harry no pudo evitar pensar en que Hagrid había mirado hacia otro lado cuando dijo aquello.

—¿Y cómo está tu hermano Charlie? — preguntó Hagrid a Ron—. Me gustaba mucho, era muy bueno con los animales.

—Sigue con el trabajo de los dragones…— empezó Ron, Medea iba a intervenir cuando el tercer amigo exclamó.

—¡Hagrid! ¡Ese robo en Gringotts sucedió el día de mi cumpleaños! ¡Quizá sucedió mientras estábamos ahí!

La pelirroja lo vio raro antes de seguir tomando el té. Al parecer el niño tenía amasada una fortuna, como ella, salvo que ninguno había tenido acceso, por ser menores de edad, además de ella ser restringida por su tía. Ahora que tenía varita propia, la llave también la custodiaba ella. Mientras los tres regresaban al castillo para cenar, con los bolsillos llenos del pétreo pastel que fueron demasiado amables para rechazar, Harry pensaba que ninguna de las clases le había hecho reflexionar tanto como aquella merienda con Hagrid. Medea no necesitaba leerle la mente, su cara se volvía un poema cuando pensaba en ello.

12

Lo conocía prácticamente desde que había aprendido a limpiarse la baba, por lo que su horario de comida no debería distar mucho del de casa. Se levantó temprano, se bañó y vistió antes de que sus compañeras de cuarto despertaran, ya que las tres eran parlanchinas: una recitando todas las materias en voz baja y las otras dos con su tono molesto. Una vez lista, se apresuró a llegar al Gran Comedor, al estar libres de clases, los alumnos no se levantaban tan temprano, tomando en cuenta que apenas sentirían el cansancio de los primeros días y el cambio de rutina.

Se desvió totalmente hacia la mesa de los tejones. Vio al castaño Selwyn, lo jaló de la oreja para hacerlo levantarse, cuando se encararon, ambos vieron el miedo en el otro. No sabían qué les depararían las vacaciones de navidad cuando regresaran a casa. Medea no lo pensó y abrazó a Phineas, este comenzó a sollozar escondiendo su rostro para que nadie más lo viera. En espíritu, ambos creían que no debían pertenecer a esa casa. Los dos niños sentían las miradas curiosas del resto de alumnos, entre ellos, Cygnus, el hermano mayor de Phineas.

—Me mandó una carta advirtiéndome lo que ocurriría a mi regreso.

—Mi madre me mandó un vociferador.

—¿Por qué no me dijiste?

—Te vi con esos dos.

—Es lo de menos, podremos estar en diferentes casas, pero no dejas de ser mi amigo.

—Siempre has dicho eso.

—Vamos, tonto, hay que comer.

—En eso estaba cuando alguien me interrumpió.

—¿Quién fue? Lo voy a patear— dijo ella al poner cara seria y girar a ver el comedor. Phineas soltó una risotada antes de abrazarla de nuevo.

—Siempre nos podemos ver en clase, ¿no?

—Por supuesto, Snape no ha objetado porque tomé clase con Blaise.

—Han dicho algo, ¿no?

—Lo más seguro, pero poco importa, sino lo que sucederá cuando lleguemos a casa— dijo mostrando el pergamino que cargaba a todos lados, no quería que nadie lo viera y descubriera que temía a su figura materna postiza hasta que fuera a Azkaban o muriera.

—Cierto.

—Pásame el jugo.

—¿Podemos dar un paseo por los jardines?

—Claro.

—¿Tus amigos no se molestarán?

—Tú eres mi amigo, tonto.

Blaise y Theo ignoraban que sus amigos fueran a otras casas, cuando los llamaron, estos corrieron a hacerles compañía. De Selwyn mayor y compañía se encargarían después. Disfrutaron del día, platicando y jugando como su vida anterior al colegio, sabían que ahora los estigmas los comenzarían a perseguir y separar lentamente. Hufflepuff tenía cierta característica de la que las serpientes y la leona carecían, lo respetaban por ser amigos, conocerse de siempre. Los gemelos felicitaron a su prima por no discriminar y mantener a su amigo. Phineas, se alegró de que no lo hicieran de lado, su mirada se veía sombría, Hécate fue muy benevolente con su amiga en comparación con lo que le deparaban las vacaciones.

13

Medea no terminaba de acostumbrarse de las constantes quejas de Harry, siempre diciendo lo molesto que era, casi tanto como su primo Dudley. La pelirroja le dio el consuelo de que, al ser de primero, solo compartían con ellos la clase de Pociones, así que no debían encontrarse mucho con él. Al menos hasta que en la sala común de Gryffindor apareció una noticia que los hizo protestar a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían el jueves, aprenderían junto a Slytherin.

—Perfecto— dijo Harry en tono sombrío—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.

—No es como si él fuera experto— murmuró Medea.

—Aún no sabes si vas a hacer un papelón— dijo Ron con sensatez—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.

—Ron tiene razón, no es la gran cosa— dijo al pasar su brazo por el hombro del azabache y lo incitó a pasar del anuncio.

La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando de helicópteros pilotados por muggles. Medea solo se reía de escucharlo, no los dejaban volar tan alto ni tan lejos. Ron contaba que una vez había chocado con un ala delta con la vieja escoba de Charlie. Aunque no lo dijera en voz alta, a la niña le intrigaba conocer a todos sus primos: Phineas y Cygnus Selwyn pasaban las navidades en la mansión, no hablaba con Belvina y Cassandra, las hermanas de su abuelo paterno, por tanto ignoraba la existencia de sus tíos, por tanto solo le quedaban los Weasley, ya que no consideraba acercarse a Marcus Flint, un idiota mayor a Cygnus, por parte de los Black no tenía primos cercanos.

Volvió en sí cuando escuchó a Neville decir que no había manejado una escoba en toda su vida, ya que su abuela no permitía que se acercara a una. Medea pensó que era lo correcto, siempre tenía accidentes, era material perfecto para reírse por horas. Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del vuelo. Eso era algo que no se podía aprender de memoria en los libros, aunque lo había intentado. En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el vuelo que había encontrado en un libro de la biblioteca llamado Quidditch a través de los tiempos.

—Pierdes el tiempo…

—No, esto podría…

—¡Memoriza todo lo que quieras, pero es práctica! — explotó haciéndola callar un par de minutos. Neville estuvo pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar algo que lo ayudara más tarde a sostenerse en su escoba, pero todos los demás se alegraron mucho cuando la lectura y discusión fue interrumpida por la llegada del correo.

Medea veía con tristeza cómo todo el mundo recibía alguna carta o golosinas. Ella solo obtuvo la amenaza pasivo- agresiva de su tía, su abuelo le mandaba El Profeta y ella ni se molestaba en hojearlo, no era de su interés, sabía que se trataba de patrañas. Pero el anciano le recordaba que un día, sus padres aparecieron en primera plana, un día se darán cuenta de quién es hija y también aparecerá. Los quemaba todos, alimentaba la chimenea con eso. Ron a veces se lo pedía, otras lo ignoraba y lo guardaba para más tarde.

Medea sonrió al ver que Cissy no se olvidaba de su hijo, siempre le mandaba grandes paquetes de golosinas con el majestuoso búho de la familia. Entornó la vista a la mesa de los tejones y Phineas la pasaba igual, solo el hermano mayor recibía regalos de sus padres. Una lechuza entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica, que parecía llena de humo blanco.

— ¡Es una recordadora! — explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Miren, uno la sujeta así, con fuerza, y se vuelve roja… oh— se puso pálido, porque la recordadora súbitamente adquirió un brillo escarlata—, es que he olvidado algo.

Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado, cuando Draco Malfoy, que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor, le quitó la recordadora de las manos. Medea no alcanzó a frenarlo, el platinado no lo molestaría más que ella. Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, que detecta problemas más rápido que ningún otro profesor, ya estaba allí.

— ¿Qué sucede?

— Malfoy me ha quitado mi recordadora, profesora— dijo titubeante, Medea taladraba a su amigo con la mirada. Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la recordadora sobre la mesa.

— Solo la miraba— dijo, le dio un paquete a Medea antes de alejarse, seguido por Crabbe y Goyle.

14

Entre los tres degustaron todos los dulces que la señora Malfoy le había enviado a la pelirroja, muy seguramente ya estaba enterada de lo que planeaba Hécate. Ninguno de sus amigos notó el regalo y guardó la carta para leerla en privado. Por lo pronto, aquella tarde, a las tres y media bajaron corriendo los escalones de la entrada, hacia el parque, para asistir a su primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban tenebrosamente en la distancia.

Los Slytherins ya estaban ahí, también las escobas distribuidas en el suelo, todas alineadas. Pansy discutía con Blaise y Theo antes de que el primero fuera hasta la pelirroja, la tomara de la mano y la guiara para quedar frente suyo. Esta abrazó a su amigo, no los dejarían jugar quidditch, pero era lo más cerca que estaban de ello. Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Tenía el pelo corto y canoso, ojos amarillos como los de un halcón.

— Bueno, ¿qué esperan? — bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.

— Te apuesto a que Pansy no lo logra— murmuró Blaise.

— Te oí— espetó a su lado.

— Esa es la idea— sonrió la pelirroja con malicia.

— Extiendan la mano derecha sobre la escoba— indicó—, y dicen arriba.

— ¡Arriba! — gritaron todos.

La escoba de Medea, Draco, Blaise y Harry saltaron de inmediato a sus manos, fueron los únicos que lo lograron a la primera. La de Granger y Pansy rodaron por el suelo, la de Neville, Crabbe y Goyle no se movieron en lo absoluto. Luego, la señora Hooch les enseñó cómo mantenerse en la escoba sin deslizarse hasta la punta y, recorrió la fila, enseñándoles la forma de sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy que lo había estado haciendo mal durante todos estos años.

— Eso te pasa por presumido— dijo Medea en dirección al platinado. Quien solo le dedicó una mirada severa.

— Con estas clases mejoraremos nuestros partidos de quidditch— se alegró Theo.

— Pero yo no quiero a Pansy en mi equipo— espetaron a Medea y Blaise a la par.

— Ahora— llamó la atención de sus alumnos— , cuando haga sonar mi silbato, dan una fuerte patada. Mantengan las escobas firmes, elévense un metro o dos y luego bajan inclinándose suavemente. Preparados… tres… dos…— pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato—. ¡Vuelve, muchacho!

Gritó la profesora, pero Neville subía en línea recta, como el corcho expulsado de una botella. Cuatro metros… seis metros… el niño tenía la cara pálida y asustada. Theo sacó dos dulces y se los dio a la pelirroja. ¡BUM! Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba, luego le dio tres dulces a Blaise. La escoba seguía subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque prohibido y desapareció de la vista. La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como el del chico.

— Hubiéramos apostado un par de galeones— susurró Theo.

— La muñeca fracturada— dijo la profesora—. Vamos, muchacho. Está bien, a levantarse— se volvió hacia el resto de la clase—. No deben moverse mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejen las escobas donde están o estarán fuera de Hogwarts más rápido de lo que tarden en decir quidditch. Vamos, hijo.

— ¿Lo viste? — exclamó Pansy.

— Gané la apuesta— exclamó Blaise con las carcajadas de Malfoy de fondo.

— ¿Han visto la cara de ese gran zoquete?

— ¡Cierra la boca, Malfoy! — dijo Parvati Patil en tono cortante. Medea y sus amigos pusieron rostro duro.

— Oh, ¿das la cara por Longbottom? — inquirió la pelirroja.

— Nunca pensé que podían gustarte los gordos llorones, Parvati— secundó Pansy al pararse a su lado y ambas cruzarse de brazos.

— ¡Miren! — dijo Draco, agachándose y recogiendo algo de la hierba— . Es esa tontería que le mandó la abuela a Longbottom.

— Es mi deber molestarlo primero— dijo Medea tratando de arrebatarle la recordadora, la cual brilló al sol.

— Dámela, Malfoy— dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar para observarlos. Medea fue a lado de Blaise para observar el espectáculo.

— Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque… ¿qué tal en… la copa del árbol?

— ¡Dámela! — rugió Harry, pero Draco tomó la escoba que le acercó la pelirroja y emprendió vuelo.

— Ven a buscarla, Potter— dijo desde las ramas más altas de un roble. Medea le pasó una escoba a él también. Si no podía hostigar al mocoso, se alimentaría de la riña que comenzaba entre esos dos.

— ¡No! — gritó Hermione Granger— . la señora Hooch ha dicho que no nos moviéramos. Vas a meternos en un lío.

— Alguien que la calle— murmuró Medea luego de empujarla y alejarse.

15

Harry no le hizo caso. Le ardían las orejas. Se montó en la escoba antes de dedicarle una mirada a la pelirroja. Pegó una patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica silbaba tras él, y, en un relámpago de feroz alegría se dio cuenta de que había descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era maravilloso. Empujó su escoba un poquito más para volar más alto, y oyó los gritos y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada de Ron.

—Toma tus dulces— dijo Medea a Nott.

—Era cuestión de tiempo para que se diera cuenta— dijo empezando a comer.

—¿A qué hora apostaron? — se desconcertó Pansy.

—No puedes parpadear porque te pierdes de la acción— dijo Blaise.

—Deberíamos ayudarlos— dijo Theo.

—Sí, deberíamos— dijeron Blaise y Medea a la par pero restándole importancia.

—Ya que te pierdes de todo— se acercó a Parkinson—. Veamos quién puede fastidiar más a la insufrible.

—¿De cuántos dulces estamos hablando?

—¿Cuántos puedes pagar? — Pansy le dio un fuerte apretón de manos.

—¡Atrápala si puedes, entonces! — gritó Draco. Tiró la bola de cristal arriba y bajó con su escoba.

—Ya era mío— espetó Medea al darle un zape al platinado.

—No creo que Potter…

—¡HARRY POTTER! — todos temblaron al escuchar el grito de la profesora McGonagall—. Nunca… en todos mis años en Hogwarts…— estaba casi muda de la impresión y sus gafas centellaban de furia—. ¿Cómo te has atrevido…? Podrías haberte roto el cuello…

—No fue su culpa, profesora…

—Silencio, señorita Prewett.

—Pero Malfoy…

—Ya es suficiente, señor Weasley, Potter, ven conmigo.

—¿Y si los seguimos?

—Nos meteremos en problemas.

—Yo quiero ver cómo expulsan a Potter.

—Medea, no seas agorera.

—¿Viste cómo voló? Yo no lo pude lograr a la primera.

—Tiene un talento nato— dijo Ron.

—Ya deja de reírte— dijo Medea al darle un zape a Draco y emprender camino hacia la sala común.

***

—Es una broma— exclamó Medea.

Los primos siempre se peleaban por la comida, les encantaba llenar el plato con lo que iban a engullir. Harry había terminado de contarle todo lo sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. Ron tenía un trozo de pastel de carne y riñones en el tenedor, pero se había olvidado de él. Medea seguía atónita ante ello. No creía que una travesura de ese estilo fuera a traer algo bueno, provocaría a Pansy o Cygnus para ella ser recompensada de ese modo.

—¿Buscador? — dijo Ron—. Pero los de primer año nunca… Serías el jugador más joven en…

—Un siglo— terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca. Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo dijo.

—Esto sí que será una hazaña— dijo Medea—. Aunque llamarás la atención el doble.

—Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene— dijo Harry—. Pero no se lo digan a nadie, Wood quiere mantener el secreto.

—Bien hecho— dijo George en voz baja—. Wood nos lo ha contando.

—Él no es muy bueno en eso— murmuró Medea.

—Nosotros también estamos en el equipo. Somos golpeadores— dijo George sentándose junto a la pelirroja.

—Te lo aseguro, vamos a ganar la Copa de Quidditch este curso— dijo Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será muy bueno. Tienes que hacerlo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo contó.

—Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que descubrió un nuevo pasadizo secreto para salir del colegio.

—Seguro que es el que hay detrás de la estatua de Gregory el Pelota, que nosotros encontramos en nuestra primera semana— Fred y George acababan de desaparecer cuando se presentaron unos visitantes menos agradables. Malfoy, flaqueado por Crabbe y Goyle.

—¿Comiendo la última cena, Potter? ¿Cuándo coges el tren para volver con los muggles?

—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a tus amiguitos— dijo Harry de forma fría.

—Deberías dejar esos gorilas— dijo Medea viéndolo con desgana.

—Me enfrentaré a ti cuando quieras— dijo Draco—. Esta noche, si te va bien. Un duelo de magos. Solo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído hablar de los duelos de magos, ¿vedad?

—Por supuesto que sí— intervino Ron—. Yo soy su padrino, ¿cuál es el tuyo?

—Crabbe— respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.

—Están fritos— dijo Medea divertida con la situación.

—¿Qué es un duelo de mago—preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que seas mi padrino?

—Bueno, un padrino es el que se hace cargo si te matan— dijo Ron sin darle importancia.

—Pero la gente solo muere en duelos reales, ya sabes, con magos de verdad— dijo Medea—. Acabamos de iniciar el curso, no se nos puede tomar enserio.

—Lo máximo que pueden hacer Malfoy y tú es mandarse chispitas el uno al otro. Ninguno sabe lo suficiente para hacer verdadero daño.

—De todos modos, seguro que él esperaba que te negaras.

—¿Y si levanto mi varita y no sucede nada? — Medea soltó una fuerte risotada ante tal pregunta.

—Eres caso perdido— dijo tratando de controlarse.

—La tiras y le das un puñetazo en la nariz— sugirió Ron a la par.

—Disculpen— salieron de su burbuja y vieron a Hermione Granger.

—¿No se puede comer en paz en este lugar? — dijo Ron.

—No he podido evitar oír lo que tú y Malfoy estaban discutiendo…

—No esperaba otra cosa— murmuró Ron.

—Porque eres una metiche— espetó Medea.

—… y no deber andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es muy egoísta de tu parte.

—Y la verdad, no es asunto tuyo— le respondió Harry.

—Adiós— añadió Ron al jalar a Medea para irse a la sala común.

16

De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean, Neville no regresó de la enfermería. Ron había pasado toda la velada dándole consejos del tipo: si trata de maldecirte, será mejor que te escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo. Tenían grandes probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la oscuridad, y aquella era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No podía perderla.

—Once y media— murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.

Se pusieron las batas, tomaron sus varitas y se lanzaron a través del dormitorio de la torre. Bajaron la escalera de caracol y entraron en la sala común de Gryffindor. Todavía brillaban algunos brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran deformes sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato cuando Potter se sintió desorientado cuando su vista se volvió nublada. Giró un poco perdido, Ron le tocó el hombro y señaló a alguien detrás de ellos.

—¿Qué haces aquí? — susurró.

—Te dije que eras un caso perdido— dijo con los lentes puestos—. Yo quiero ver cómo pierdes.

—A veces pienso que él es tu amigo— dijo Ron.

—Es divertido ver su riña.

—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry— habló una vez desde un sillón cercano. Una luz brilló, era Hermione Granger, con el rostro ceñudo y una bata rosa.

— ¡Tú! — exclamó Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!

—Rosa, ¿enserio? — inquirió Medea.

—He estado a punto de decírselo a tu hermano— contestó enfadada—. Percy es el prefecto y podría parar esto.

—¿No puedes ser más entrometida, insufrible? — ironizó la pelirroja.

—Vamos— dijo Harry. Empujó el retrato de la Señora Gorda y se metió por el agujero, el pecoso tomó la mano de su prima y seguirlo. Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a los pelirrojos a través del agujero, gruñendo como una gansa enfadada.

—No les importa Gryffindor, ¿verdad? Solo les importa lo suyo. Yo no quiero que Slytherin gane la Copa de las Casas y ustedes van a perder todos los puntos que conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.

—Los recupero mañana en pociones— espetó Medea sin girarse a verla.

—Vete— dijo Ron.

—Muy bien, pero les he avisado. Recuerden todo lo que les he dicho cuando estén en el tren volviendo a casa mañana. Son tan…— pero no lo supieron. Hermione había retrocedido hasta el retrato de la Señora Gorda, para volver, y descubrió que la tela estaba vacía. La señora Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada, fuera de la torre de Gryffindor—. ¿Y ahora qué voy a hacer?

—Ese es tu problema— dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos tarde.

—Voy con ustedes— dijo Hermione al darles alcance.

—No, no lo hará— dijo Harry.

—¿No creen que voy a quedarme aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los cuatro, yo le diré que estaba tratando de detenerlos, y ustedes me apoyarán.

—No, si nos atrapan, te escapaste con nosotros— sentenció Medea al soltar a su primo y encararla.

—Eres una caradura— secundó Ron.

—Cállense todos— dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.

—¿La señora Norris?— resopló Ron tratando te der en la oscuridad.

—¡Gracias a Dios que me han encontrado!— dijo al abalanzarse sobre la pelirroja.

— No me toques— dijo empujándolo con rapidez.

— Hace horas que estoy aquí— se giró a Potter—. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.

—No hables tan alto, Neville. La contraseña es hocico de cerdo, pero no te servirá, porque la Señora Gorda se ha ido a no sé dónde.

— ¿Cómo está tu muñeca? — preguntó Harry.

— Bien— contestó enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto.

— Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio— dijo Ron.

— Tal vez nos veamos más tarde— dijo Medea comenzando a andar.

— ¡No me dejen! — exclamó Neville—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.

Medea sostuvo la muñeca de Ron, ambos vieron su reloj, luego echaron una mirada furiosa a Hermione y Neville, pero fue él quien sentenció—: Si nos atrapan por su culpa, no descansaré hasta aprender esa maldición de los Demonios de la que nos habló Quirrel, y la utilizaré contra ustedes.

Hermione abrió la boca, Medea le lanzó una mirada severa a la par que Harry susurraba que se callara, enseguida dio la indicación de avanzar. Harry lideraba la marcha, los pelirrojos empuñaban la varita con fuerza, molestos por los dos retrasos que los seguían. Ahora eran una carga. Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna que entraba por los altos ventanales. Tuvieron la suerte de no chocar con Filch o la Señora Norris. Subieron rápidamente por una escalera hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de trofeos.

Draco y Crabbe todavía no habían llegado. Las vitrinas con trofeos brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Escudos, bandejas y estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Harry empuñó su varita, por si Draco aparecía de golpe. Los minutos pasaban y la pelirroja comenzaba a sospechar la verdad del asunto. Resopló ante la cobardía de su amigo—. Se está tardando, tal vez se ha acobardado— susurró Ron. Entonces, un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya había levantado su varita, Neville se pegó a la insufrible, los pelirrojos le hicieron segunda a Potter.

— Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.

Era Filch, hablando con su gata, la Señora Norris. Aterrorizado, Harry gesticuló como un loco para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Medea lideró la carrera jalándolo de la mano para escurrirse silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch. La túnica de Neville apenas acababa de doblar la esquina cuando oyeron la voz del conserje entrando en el salón de los trofeos. A la pelirroja se le aceleró el corazón pero se esforzaba en que no lo hiciera su respiración.

—No hagas ruido— espetó por lo bajo a Longbottom.

— Tienen que estar en algún lado— lo oyeron murmurar—, probablemente escondidos.

— ¡Por aquí! — señaló Harry al resto y, aterrados, comenzaron a atravesar una larga galería llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch, acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra una armadura. Medea pensó en dejarlo ahí por su estupidez. El estrépito fue suficiente para despertar a todo el castillo—. ¡CORRAN!

Los cinco se lanzaron por la galería. Medea no soltaba a su primo, así que lo ayudó a levantar a Neville, ninguno se atrevió a girarse para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de una puerta u corrieron de un pasillo a otro. La pelirroja y el azabache lideraban sin saber dónde estaban o hacia dónde iban. Medea escuchaba a Neville quejarse cada tanto, seguro tratando de no tropezar. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron en un pasadizo oculto, lo siguieron u llegaron cerca del aula de Encantamientos, estaban cien por ciento seguros que estaba a kilómetros del salón de trofeos.

—Creo que lo hemos despistado— dijo Ron, apoyándose contra la fría pared, secándose la frente. Neville por fin lo soltó, estaba doblado en dos, respirando con dificultad.

— Te… lo… dije— añadió Hermione, apretándose el pecho—. Te… lo… dije.

— ¿Podrías… callarte? — reprendió Medea—. Medio Gryffindor está fuera y tú… solo nos recalcas que debes ser la de la razón.

— Hablando dé, tenemos que regresar a la torre de Gryffindor— dijo Ron—, lo más rápido posible.

— Draco te engañó— dijo Medea—. Te has dado cuenta, ¿no? No pensaba venir a encontrarse contigo.

— Tiene razón— concordó Hermione—. Filch sabía que iba a haber gente en el salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.

—Vamos— murmuró Harry luego de pensarlo un momento. No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos cuando se movió un pestillo y algo salió disparado de un aula que estaba frente a ellos. Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.

— Cállate, Peeves, por favor… Nos vas a delatar— este cacareó.

— ¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos, los agarrarán del cuellecito.

— No, si no nos delatas, Peeves, por favor.

— Debo decírselo a Filch, debo hacerlo— dijo Peeves con voz de santurrón, aunque sus ojos brillaban malévolamente—. Es por su bien, ya lo saben.

— Está jugando— sugirió Medea.

— Quítate de en medio— ordenó Ron a la par, y le dio un golpe a Peeves.

— ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! — gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA, EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!

— No de nuevo— dijo Medea al ser jalada por su primo. Pasaron por debajo de Peeves y corrieron en un intento de salvar sus vidas, recto hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta… que estaba cerrada.

— ¡Hasta aquí hemos llegado! — gimió Ron mientras empujaba inútilmente la puerta—. ¡Estamos acabados! ¡Esto es el final!

— Cierra la boca, no me dejas pensar— espetó golpeándolo en el hombro, bajo presión se bloqueaba. Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el lugar de donde procedían los gritos de Peeves.

— Oh, muévete— ordenó Hermione. Tomó la varita de Harry, golpeó la cerradura y susurró—: Alohomora.

El pestillo hizo clic y la puerta se abrió. Pasaron todos y la cerraron rápidamente, pegaron las orejas a ella para escuchar mejor—. ¿A dónde han ido, Peeves? — preguntó Filch—. Rápido, dímelo.

— Di por favor.

— No me fastidies, Peeves. Dime a dónde ha ido.

— Te diré algo si me lo pides por favor— dijo Peeves, con su molesta vocecita.

— Muy bien… por favor.

— ¡Algo! Ja, ja. Te he dicho que diría algo si me pedías por favor. ¡Ja, ja! — oyeron a Peeves alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.

— Piensa que la puerta está cerrada— dijo Medea.

— Creo que vamos a escaparnos. ¡Suéltame, Neville! — Longbottom le tiraba de la manga desde hacía un minuto.

— ¿Qué ocurre? — inquirió la pelirroja cada vez más molesta con él.

La pelirroja se dio vuelta a la par que el cuatro ojos. Durante un momento pensó que no era real. Su noche simplemente no terminaba. Se trataba del pasillo prohibido del tercer piso. Entonces entendieron por qué estaba prohibido. Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres cabezas, seis ojos que giraban enloquecidos, tres narices que se contraían y temblaban en dirección a ellos y tres bocas babeantes, con gruesos hilos de viscosa saliva colgando entre los amarillentos colmillos.

Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, de seguro aun no los atacaban porque su aparición los tomó por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus gruñidos eran inconfundibles. Harry buscaba la manija. Neville y Ron tenían los ojos saltados del miedo, Hermione parecía maquinar en su mente, porque no bajó la varita en ningún momento. Medea susurró un lumos, el perro parecía embobado, la niña captaba su atención mientras el azabache pudo girar a ver. Ron y Hermione la jalaron cuando todos salieron. Harry cerró la puerta tras ellos. Casi volaron por el pasillo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Señora Gorda en el séptimo piso.

— ¿Dónde se habían metido? — inquirió nada más verlos.

— No importa— jadeó Medea.

— Hocico de cerdo, hocico de cerdo— repitió Harry. Se atropellaron para entrar en la sala común y se desplomaron en los sillones. Pasó un rato antes de que alguien hablara. De hecho, parecía que Neville no volvería a hablar jamás.

— ¿Qué pretenden teniendo una cosa así encerrada en un colegio? Mi tía se enterará de esto— exclamó olvidando por un momento que temía volver.

— ¿Tú qué pretendías jugando con esa cosa? — inquirió Ron.

— Tú gritabas por tu vida.

— Me golpeaste en el proceso.

— No supe qué más hacer, no quería morir.

— Si algún perro necesita ejercicio, es ese.

— Para que nos despedace con agilidad, ¿no?

— ¿Es que no tienen ojos en la cara? — los interrumpió Hermione—. ¿No vieron lo que había debajo de él?

— ¿El suelo? — sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado ocupado observando sus cabezas.

— Había suficientes colmillos para captar mi atención— dijo Medea.

— No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está custodiando algo— se puso de pie, mirándolos indignada—. Espero que estén satisfechos. Podríamos estar muertos… o peor, expulsados. Ahora, si no les importa, me voy a la cama.

— Se nota que no sabe de lo que habla— dijo Medea pensando que prefería la muerte a la expulsión.

— No, nos importa— dijo Ron—. Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?

17

—¿Estás bien? Te vez horrible.

—Comparto cuarto con una insufrible sabelotodo, estarías igual.

—Mis compañeros de cuarto no son tan malos.

—Phineas, tú jamás ves la maldad en el resto.

—Claro que sí…

—Oh, vamos. Defiendes a Cygnus cuando te tortura, no le pones un alto a Draco con sus jugarretas.

—Entonces el sombrero no se equivocó con nosotros.

—¿Tú crees? — inquirió dudando que fuera lo correcto, pues no sabía lo que le diría su madre o madrina por quedar en esa casa.

—Hablando del rey de Roma.

—El rubio que se asoma.

—Viene con sus gorilas.

—¿Cómo pudo cambiar a Blaise y Theo por esos dos? ¿Vienen mis amigos?

—No— dijo el castaño desviando la mirada hacia la entrada. La pelirroja se paró, tomó el pastel y corrió a estrellarlo en su cabeza.

—¿Qué te pasa?

—Eres un cobarde.

—Mi padre se enterará de esto, Hécate se va a enterar.

—Dile lo que quieras, no me importa.

—¿Ahora prefieres a San Potter?

—Lo que hiciste fue bajo, incluso para ti.

—Lo cité a él, no a ti.

—Son mis amigos.

—Entonces ya elegiste.

—Medea, estás llamando la atención— dijo Phineas al tomarla del brazo.

—¿Qué esperabas? Se cree el príncipe de Slytherin cuando solo es un niño mimado— escupió antes de dejarse arrastrar por Selwyn.

—No deberías provocarlo.

—Que le diga a Hécate, eso no cambia nada.

—A alguien le afectó no dormir— dijo Ron cuando llegó junto a Harry. A Draco se le borró la sonrisa triunfal, pues esos dos seguían en el colegio.

—Chicos, él es Phineas Selwyn, mi primo. Phineas, ellos son Ron Weasley y Harry Potter.

—Un placer— dijo Phineas al abrazar a cada uno y dedicarles una tierna sonrisa.

—Te puedes sentar con nosotros, también en las clases que tomemos juntos.

—¿Tienes muchos primos? — Harry no pudo evitar comentar. A lo que la pelirroja rió.

—Cuando esté más descansada, te mostraré mi árbol genealógico.

Los tres estaban muy cansados, pero muy alegres. En realidad, pensaban que el encuentro con el perro de tres cabezas había sido una excelente aventura, y ya estaban preparados para vivir otra. Phineas escuchó fascinado todo lo ocurrido la noche anterior. Se lamentó no poder acompañarlos. Harry les contó del paquete que al parecer había sido llevado de Gringotts a Hogwarts, incluso pasaron un largo rato preguntándose qué podía ser aquello para necesitar ese tipo de protección.

—Es algo muy valioso— dijo Ron.

—O muy peligroso— acotó Phineas.

—O las dos— opinó Harry.

—Entonces se toman muy enserio eso de que Hogwarts es el lugar más seguro del mundo mágico— dijo Medea.

Pero, como lo único que sabían con seguridad del misterioso objeto, era que tenía unos cinco centímetros de largo, no tenían muchas posibilidades de adivinarlo sin otras pistas. Ni Neville ni Hermione demostraron el menor interés en lo que había debajo del perro y la trampilla. Lo único que le importaba a Neville era no volver a acercarse nunca más al animal. Medea se reía del comportamiento de Longbottom, Phineas la reprendió con la mirada.

Hermione se negaba a hablar con el trío, pero, como era una sabionda mandona, los chicos lo consideraron un premio. Harry descartó la idea de venganza contra Malfoy al ver la escena que armó su amiga, al solo estar Snape en la mesa, creyó que le descontaría todos los puntos que poseían, mas solo se quedó viendo el espectáculo. De todos modos, esta llegó una semana más tarde, por correo. Medea y Phineas fastidiaban a Ron por robarles la comida que ellos planeaban engullir.

Mientras los búhos volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, Phineas vio la lechuza familiar volar hasta su hermano, Medea recibió El Profeta y no lo hojeó, solo lo hizo a un lado. La atención de todos se fijó de inmediato en un paquete largo y delgado que llevaban seis grandes autillos. Medea le arrojó la cinta envoltorio al azabache, quien se sorprendió mucho cuando los búhos bajaron y dejaron el paquete frente a él, tirando al suelo su tocino. Se estaban alejando cuando otro búho dejó caer una carta sobre el paquete.

—Léela— dijo Phineas manoteando con Medea de la emoción, pues estaba al tanto de lo ocurrido en las clases de vuelo. Harry abrió el sobre.

NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA

Contiene una Nimbus 2000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta tarde a las siete en el campo de quidditch para tu primera sesión de entrenamiento

Prof. M. McGonagall

—¡Una Nimbus 2000! — gimió Ron con envidia—. Yo nunca he tocado ninguna.

—Baja la voz— dijo Medea jalándolo de la oreja.

—Al patio— dijo Phineas al ponerse de pie.

Los otros tres le imitaron. Salieron rápidamente del comedor antes de seguir llamando la atención, abrirían el paquete en privado, antes de la primera clase, pero a mitad de camino se encontraron con Crabbe y Goyle, que les cerraban el paso. Draco le quitó el paquete a Harry y lo examinó. Medea estaba por ponerse roja como su cabello y a punto de sacar la varita cuando su amigo habló—: Es una escoba— dijo, devolviéndoselo bruscamente, con una mezcla de celos y rencor en la cara—. Esta vez lo has hecho, Potter. Los de primer año no tienen permiso para tener una.

—No se metan— dijo Medea entre dientes.

—No es ninguna escoba vieja— dijo Ron a la par sin poder resistirse—. Es una Nimbus 2000. ¿Cuál dijiste que tenías en casa, Malfoy, una Comet 260? — vió con aire burlón—. Las Comet parecen veloces, pero no tienen nada que hacer contra las Nimbus.

—¿Qué sabes tú, Weasley, si no puedes comprar ni la mitad del palo? — replicó Draco—. Supongo que tú y tus hermanos tienen que ir reuniendo la escoba ramita a ramita.

—No le hables así a mi primo— espetó Phineas.

—¿Quién querría tenerlo en su familia?

—No estarán peleando, ¿verdad, chicos? — preguntó el profesor Flitwick.

—A Potter le han enviado una escoba, profesor— dijo Malfoy con rapidez y apuntándolo con el dedo.

—Cállate— espetó Medea empujándolo.

—Sí, sí, está muy bien— dijo el profesor Flitwick concentrado en Harry—. La profesora McGonagall me habló de las circunstancias especiales, Potter. ¿Y qué modelo es?

—Una Nimbus 2000, señor— dijo Harry tratando de no reír ante la cara de horror de Malfoy—. Realmente es gracias a Malfoy que la tengo— los cuatro salieron corriendo a toda prisa, conteniendo la risa ante la evidente furia y confusión de Malfoy.

18

Ya llevaban dos meses en el colegio, tenían muchos pendientes, Ron y Medea acompañaban a Harry hasta el campo. La pelirroja se sentía cómoda, le gustaba mucho estar ahí. No iba tan vacía en cuánto a teoría o práctica, así que no estaba tan retrasada. Ganaba diez puntos en algunas clases. Dependiendo del humor de Severus si ganaba diez o quince puntos. Después de que vinieran las amenazas de su tía, solo recibía golosinas de la señora Malfoy. Incluso recibió una nota de su tía bisabuela donde le decía que ignorara a todos, se vivía mejor así, ya que todos opinarían sobre su vida y ya no es tiempo para vivir de apariencias. Contrario a sus intenciones, le mostró la nota a Neville y este se sorprendió.

En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de la calabaza asada flotando por los pasillos. Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en su clase de Encantamientos que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos se morían por hacer desde que vieron cómo hacía volar el sapo de Neville. Flitwick los dividió por parejas, Longbottom se acercó a ella y Medea asintió de mala gana a modo de respuesta. Vieron cómo empezaban a dividirse los demás. Ron y Hermione quedaron juntos, ambos se veían bastante molestos.

—Y ahora no se olviden de ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando— dijo con voz aguda el profesor, subido a sus libros, como de costumbre—. Agitar y golpear, recuerden, agitar y golpear. Y pronunciar las palabras mágicas correctamente también es muy importante, no se olviden nunca del mago Baruffio, que dijo ese en lugar de efe y se encontró tirado en el suelo con un búfalo en el pecho.

—Vamos, estoy segura que las palabras de tu bisabuela debieron ayudar— dijo Medea—. Wingardium leviosa.

—Bien hecho, cinco puntos para Gryffindor— dijo el profesor, ya que no se elevó más allá de sus cabezas.

—… Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y más largo.

—Dilo tú, entonces, si eres tan inteligente— dijo Ron con rabia. Hermione se arremangó las mangas de la túnica, agitó la varita y pronunció el hechizo. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.

—¡Excelente! ¡La señorita Granger lo ha conseguido! — gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo—. Quince puntos para Gryffindor.

—Vamos, si ella pudo, un sangre pura como tú, también.

—¿Nos vamos? — le inquirió Harry cuando la clase acabó. Los pelirrojos estaban de mal humor.

—No es raro que nadie la aguante— masculló Ron a los otros dos cuando se abrían paso en el concurrido pasillo—. Es una pesadilla, te lo digo enserio.

Alguien chocó contra Harry. Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le sorprendió ver que estaba llorando—. Creo que te ha oído.

—¿Y qué? — espetaron los primos.

—Ya debe de haberse dado cuenta de que no tiene amigo— dijo Ron a pesar de lo incómodo. Esas palabras hicieron que la pelirroja se detuviera en seco y la hiciera pensar en su primo favorito, así que salió corriendo detrás de la niña.

—Espera.

—Ya tuve suficiente.

—Oh, vamos, yo no dije nada.

—Apostaste junto con la Slytherin.

—Exacto, es mi deber molestarte, no de él.

—¿No te lo vas a tomar enserio?

—Bien, abre la puerta— dijo al tratar de empujarla, pero esta no cedió, así que se desplomó en el suelo.

—Vete.

—No me pienso ir hasta que me escuches.

—¿Qué tengo que escuchar? ¿Que soy un fastidio, una insufrible? Yo estaba a tu lado cuando le dijiste a ese Hufflepuff que lo soy.

—De él te quiero hablar. Phineas será repudiado por su familia y tú no lo entiendes por no tener idea de la vida en el mundo mágico. A ti que te encanta leer, deberías adentrarte en Los Sagrados Veintiocho para que tengas una embarradita de cómo se rige la sociedad.

—¿Sigues ahí? — inquirió luego de media hora.

—Te dije que no me iba a ir.

—Pero te escuché.

—Y no refutaste, creí que te habías quedado dormida de tanto llorar.

—No quiero salir.

—¿Por qué?

—Seguro estoy hinchada.

—Ridícula.

—¿No le dirás a nadie que me viste llorar?

—Te escuché, no es lo mismo.

—¿Iremos a cenar?

—No sé, ¿iremos?

—¿Ese fue tu estómago? — inquirió la hija de muggles al escuchar unos fuertes golpes que se aproximaban a ellas.

—¡Ábreme! — gritó en cuanto escuchó el pestillo ceder.

—¿Qué ocurre?

—Hay un trol— jadeó.

Hermione tembló al oír aquello, ambas se agacharon para comenzar a arrastrarse entre los cubículos. Sabían que esa cosa no se quedaría quieta. Hermione distinguió una mezcla entre calcetines sucios y baño público que nadie limpia; a Medea la transportó a sus primeras visitas a Azkaban, cuando el olor a muerto y locura la mareaba o provocaba nauseas. El gruñido y las pisadas les advirtieron a las pequeñas que debían apresurarse, pues a continuación, los inodoros detrás de ellas salieron volando. Era una visión horrible. Más de tres metros y medio de alto y con la piel de color gris de piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada encaramada en lo alto como un coco tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, pies planos y callosos.

El olor que desprendía era increíble. Llevaba un enorme garrote de madrea que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos. Hermione estaba agazapada contra la pared opuesta, con aspecto de estar a punto de desmayarse. El monstruo deforme avanzaba hacia ella, chocando contra los lavamanos. Medea no dejaba de ver a la criatura, tratando de adivinar qué movimiento haría para que ambas salieran ilesas de ahí. La pelirroja desvió un momento la mirada, gracias al miedo que no escuchaba nada, sin embargo, leyó los labios de Harry y sabía que ellos tenían un plan.

A pocos pasos de las chicas, el trol se detuvo. Se balanceó, parpadeando con aire estúpido, para ver quién había hecho aquel ruido. Sus ojos malignos detectaron a Harry. Vaciló y luego se abalanzó sobre él, levantando el garrote. Ron gritó distrayendo a la criatura. Medea entendió y llamó a su compañera para que avanzaran, mas esta no se pudo mover. Los niños le lanzaban grifos. Los gritos y golpes parecían haber enloquecido al trol. Se volvió y enfrentó con Ron, que estaba más cerca y no tenía manera de escapar. Entonces Harry hizo algo muy valiente y muy estúpido: corrió, dio un gran salto y se colgó, por detrás, del cuello de aquel monstruo.

Temiendo por el azabache, Medea jaló a Hermione para sacarla del peligro. La atroz criatura no se daba cuenta que Harry colgaba de su espalda, pero hasta un ser así podía sentirlo si uno le clavaba un palito de madera en la nariz, pues la varita de Harry todavía estaba en su mano cuando saltó u se había introducido directamente en uno de los orificios nasales del trol. Un poco alejadas, Medea iba a tomar uno de los escombros para golpear a la criatura, cuando los fuertes chillidos de dolor la hicieron taparse los oídos.

El trol se agitó y sacudió el garrote, con Harry colgando de su cuello y luchando por su vida. En cualquier momento, el monstruo se libraría de él, o le daría un golpe terrible con el garrote. Hermione estaba tirada en el suelo, aterrorizada. Ron y Medea empuñaron su varita sin saber qué hacer con exactitud, ella sabía varios hechizos, pero, aunque trataba de mostrarse entera, estaba igual de aterrorizada que la otra chica. Al pelirrojo se le oyó gritar el primer hechizo que se le ocurrió:

—¡Wingardium leviosa!

El garrote salió volando de las manos del trol, se elevó muy alto y luego dio la vuelta y se precipitó sobre la cabeza de su dueño. El trol se balanceó, Ron y Medea jalaron a Hermione para que no le cayera encima, quedó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación. Harry se puso de pie. Le faltaba el aire. Ron volvió a levantar la varita, contemplaba su obra. Medea comenzó a palmear el rostro de la chica para que espabilara. Al lograrlo, la abrazó y empezó a temblar.

—¿Está muerto? — rompió el silencio. Medea giró a admirar la criatura.

—No lo creo— dijo Harry—. Supongo que se ha desmayado— se inclinó y retiró su varita de la nariz del trol. Estaba cubierta por lo que parecía un pegamento gris grumoso—. Puaj, qué asco.

La limpió en la piel del trol. Un súbito portazo y fuertes pisadas hicieron que los cuatro saltaran. No se habían dado cuenta de todo el ruido que había hecho, mas, por supuesto, abajo debieron escuchar los golpes y gruñidos del trol. Un momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación. Seguida por Snape y Quirrel, que cerraban la marcha. Quirrel dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho. Snape examinó a la pelirroja con una mirada fugaz antes de inclinarse sobre el trol. La profesora McGonagall miraba a Ron y Harry, Snape veía que Medea no soltaba a Hermione. La profesora tenía los labios blancos, nunca la habían visto tan enfadada. Era obvio que no reconocería su hazaña.

—¿En qué estaban pensando, por todos los cielos? — inquirió la profesora McGonagall con una furia helada. Medea veía a su primo, luego al azabache, sabía que Hermione estaba bien por no haberla soltado aun—. Tienen suerte de que no los haya matado. ¿Por qué no estaban en su dormitorio?

—Por favor, profesora McGonagall… estaban buscándonos.

—¡Señorita Ganger! — esta se puso de pie y movió levemente a la pelirroja.

—Vine a buscar al troll porque yo, pensé que podía vencerlo, ya sabe, había leído mucho sobre el tema— Ron dejó caer su varita al escuchar la mentira de la niña, Medea disimuló solo un poco más—. Si ellos no nos hubieran encontrado, ahora estaría muerta. Medea fue la primera en llegar. Harry le clavó su varita en la nariz y Ron l hizo golpearse con su propio garrote. No tuvieron tiempo de ir a buscar ayuda. Medea me protegía cuando ellos llegaron.

—Bueno… en ese caso…— dijo la profesora McGonagall, contemplando a los cuatro niños—. Señorita Granger, eres una tonta. ¿Cómo creías que ibas a derrotar a un trol gigante tú sola— Hermione bajó la cabeza, Medea jamás creyó que esa chiquilla le contaría una mentira—. Por esto Gryffindor perderá cinco puntos. Estoy muy desilusionada por tu conducta. Si no te ha hecho daño, será mejor que vuelvas a la torre de Gryffindor, los alumnos están terminando la fiesta en sus casas— los tres la vieron irse, Ron jaló a su prima a su lado—. Bueno, sigo pensando que han tenido suerte, pero no muchos de primer año podrían derrumbar a esta montaña. Han ganado cinco puntos cada uno para Gryffindor. El profesor Dumbledore será informado de esto, pueden irse.

—Tendríamos que haber obtenido más de quince puntos— se quejó Ron jalando a su prima por la muñeca. Medea aun procesaba lo que acababa de pasar.

—Diez, querrás decir, una vez que se descuenten los de Hermione.

—Se ha portado muy bien al sacarnos de este lío— admitió Ron—. Claro que nosotros la hemos salvado.

—No habría necesitado que la salváramos si no hubiéramos encerrado a esa cosa con ellas— le recordó Harry.

—¿Fueron ustedes? — salió de su estupor y los hizo detenerse.

19

Cuando empezó el mes de noviembre, el tiempo se volvió muy frío. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago parecía de acero congelado. Todas las mañanas, el parque aparecía cubierto de escarcha. Por las ventanas de arriba veían a Hagrid descongelando las escobas en el campo de quidditch. Había empezado la temporada de quidditch. Medea y Ron alentaban a Harry, pues ese sábado jugaría su primer partido, su casa se enfrentaba a Slytherin.

Medea mantenía a Phineas al tanto, ya que no compartirían ese tipo de experiencias por pertenecer a diferentes casas. Desde temprano fue a sentarse con sus amigos. Los leones bajaron temprano para hacerle compañía a Harry antes del partido. Incluso Phineas se emocionó cuando le presentaron a Hermione, la abrazó efusivamente porque se trataba de sus pocas amigas. Entre ellos dos, Hermione y Phineas, ayudaron a Harry con todos los deberes, mientras Ron y Medea se concentraban en aconsejarle respecto al quidditch.

Hermione también le había prestado Quidditch a través de los tiempos, que resultó ser un libro muy interesante. La chica se había vuelto un poco más flexible en lo que se refería a quebrantar las reglas desde que los cuatro se enfrentaron al monstruo. Phineas les hacía compañía en el patio, durante el recreo cuando Severus cruzó el patio, le dio un codazo a su amiga, la pelirroja notó que cojeaba. Avanzaba decidido hacia ellos. Medea tomó la mano de su primo para que no se dejara intimidar.

—¿Qué tienes ahí, Potter? — Harry se lo mostró—. Los libros de la biblioteca no pueden sacarse fuera del colegio— dijo Severus—. Dámelo. Cinco puntos menos para Gryffindor.

—Seguro que ha inventado esa regla— murmuró Harry con furia mientras Severus se alejaba cojeando.

—Más tarde se lo pido— dijo Mede restándole importancia.

—No te puedes aprovechar de tu posición como privilegiada de Severus— dijo Hermione.

—Oh, vamos, ¿de qué sirve tenerla entonces?

—Podríamos razonar con él— dijo Phineas y Medea no pudo contenerse a darle un zape.

—¿Enserio?

—Ahí va mi neurona.

—No eres de Ravenclaw, así que no importa.

—Me pregunto qué le pasa en la pierna— dijo Harry viendo por donde se había retirado el profesor con su libro.

—No lo sé, pero espero que le duela mucho— dijo Ron con amargura y la pelirroja soltó una risotada.

***

En ocasiones la pelirroja se daba el lujo de dormir hasta tarde sabiendo que no recibiría alguna reprimenda al respecto. Ya había terminado con los deberes de Encantamientos, se los había prestado a Ron y Harry para que los leyeran e hicieran los propios, salvo que Hermione no se dio cuenta. No lo hacía tan seguido para no levantar sospechas en la hija de muggles. Medea habló con Harry que recuperaría el libro, pero este no le hizo mucho caso, antes de que su amiga bajara, se puso de pie y le dijo a Ron y Hermione que le preguntaría a Severus si podía devolverle el libro.

—Yo no lo haría— dijeron al mismo tiempo, pero Harry pensaba que Severus no iba a negarse si había otros profesores presentes.

—Medea te va a matar— dijo Ron, pero el azabache ya había cruzado el portal.

—¿Por qué? — inquirió Medea al desplomarse a lado de sus amigos y subir las piernas a la pared con la cabeza en las del pelirrojo.

—Harry se fue— murmuró Hermione.

—Tomó mis apuntes— dijo con una sonrisa maliciosa.

—¡Dijiste que no hablarías! — exclamó Ron empujando a la pelirroja.

—Espera a que vuelva— dijo Medea en tono serio.

—No deberías hacerlo, así cómo van a aprender.

—Son inteligentes, no los hagas menos.

—Sigo aquí— dijo Ron.

—¿Acaso dije lo contrario? — mencionó luego de volver a acomodarse.

—¿Le dijiste a Phineas la contraseña? — preguntó Hermione.

—Dijo que no veía correcto entrar a nuestra sala común él solo, prefería entrar al mismo tiempo que nosotros— dijo Medea viendo los apuntes de sus amigos.

—Entonces vamos por él— dijo Ron dispuesto a salir—. ¿Lo has conseguido?

—¿No te dije que me esperaras? — exclamó jalando la oreja de Harry.

—¿Qué pasó? — dudó Hermione haciendo que lo soltara. El azabache les dijo todo lo que había visto y escuchado.

—¿Saben lo que quiere decir? — terminó sin aliento—. ¡Que trató de pasar por donde estaba el perro de tres cabezas, en Halloween! Allí se dirigía cuando lo vimos… ¡Iba a buscar lo que sea que esté guardado ahí! ¡Y apuesto mi escoba a que fue él quien dejó entrar al monstruo, para distraer la atención!

—¡Prepárate a perderla! — dijo Medea con enfado.

—No, no puede ser— afirmó Hermione parada a lado de Meda—. Sé que no es muy bueno, pero no iba a tratar de robar algo que Dumbledore está custodiando.

—De verdad, Hermione, tú crees que todos los profesores son santos o algo parecido— dijo Ron, enfadado—. Yo estoy con Harry, chicas. Creo que Snape es capaz de cualquier cosa. Pero, ¿qué busca? ¿Qué es lo que guarda el perro?

20

—Tienes que comer algo— dijo Phineas sirviéndole un plato de comida.

—No quiero nada.

—Oh, vamos— dijo la pelirroja dándole un poco a beber.

—Aunque sea un pedazo de tostada— suplicó Hermione.

—No tengo hambre— Harry se sentía muy mal. Sin embargo aceptó la comida de Phineas.

—Buena suerte— dijo la pelirroja a Harry y los gemelos, estos últimos le sonrieron a la pequeña. Ellos se levantaron primero para ir a cambiarse.

—¿Vas a hablar con él? — inquirió Phineas dándole un codazo a su amiga.

—Vayan por la pancarta, ahorita los alcanzamos— dijo Medea al ponerse de pie y ser seguida por Selwyn.

—¿Qué quieren?

—¿Sigues molesto?

—Ya escogiste.

—Eres un niño mimado.

—Váyanse.

—Déjala hablar— intervino Phineas.

—El que ellos sean mis amigos, no significa que no podamos ser amigos— dijo Medea con tiento—. Mi padre no prefirió entre Severus y Lucius, ambos fueron sus amigos hasta que paró en Azkaban.

—Mientras ustedes no paren ahí— dijo Phineas tomando la mano de ambos.

—¿Vas a apoyar a Marcus?

—Claro que no— espetó Medea en medio de una risotada—. Ese trol y yo solo compartimos sangre, no hay interés.

—Aposté con Blaise.

—¿Sin mí? — se escandalizó a modo de broma—. ¿Aun puedo entrar o debo esperar al siguiente partido?

—Theo espera que entres para hacerlo él también— dijo Draco extendiéndole la mano, primero aceptó la pelirroja, luego Phineas. No les importaba de cuántos dulces o dinero se tratase, claro que lo pagarían.

—Nos vemos allá— dijo este último.

—¿Hablamos después?

***

Medea y Phineas se reunieron con Neville, Seamus y Dean, el seguidor del West, arriba, en la última fila. Para darle una sorpresa a Harry, habían transformado en pancarta una de las sábanas que Scabbers había estropeado, decía Potter, presidente; Dean, que dibujaba bien, había trazado un gran león de Gryffindor. Hermione había realizado un pequeño hechizo para que la pintura brillara, Medea le dio el añadido para que cambiara de color. Phineas alentaba a su amiga para que en los próximos años intentaran entrar al equipo de su respectiva casa.

—Ya veo al trol gigante— se burló Medea.

—Concéntrate en Harry— dijo Phineas. La señora Hooch dio un largo pitido con su silbato de plata. Quince escobas se elevaron, alto, muy alto en el aire. Había empezado el partido.

—Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson, de Gryffindor… Qué excelente cazadora es esta joven, y, a propósito, también es muy guapa…

—¡JORDAN!

—Lo siento, profesora. Un pase limpio a Alicia Spinnet, el gran descubrimiento de Oliver Wood, suplente el año pasado… Otra vez Johnson y… No, Slytherin ha tomado la quaffle, el capitán de Slytherin, Marcus Flint, se apodera de la quaffle y allá va… Flint vuela como un águila, está a punto de… no, lo detiene una excelente jugada del guardián Wood y Gryffindor recupera la quaffle… Aquí está la cazadora Katie Bell de Gryffindor, buen vuelo rodeando a Flint, vuelve a elevarse del terreno de juego y… ¡Ay! Eso ha tenido que dolerle, un golpe de bludger en la nuca… La quaffle en poder de Slytherin… Adrian Pucey toma velocidad hacia los postes de gol, pero lo bloquea otra bludger, enviada por Fred o George Weasley, no sé cuál de los dos… bonita jugada del golpeador de Gryffindor, y Johnson otra vez en posesión de la quaffle, el campo libre y allá va, realmente vuela, evita una bludger, los postes de gol están ahí… vamos, ahora, Angelina… el guardián Bletchley se lanza… no llega… ¡GOL DE GRYFFINDOR! — los gritos de los leones llenaron el aire frío, junto con los aullidos y gemidos de Slytherin.

—Venga, háganme sitio.

—¡Hagrid! — exclamaron Ron y Hermione. Mede se subió a la butaca de Hermione y Phineas a la de Ron mientras ellos permanecían parados para dejarle espacio a Hagrid.

—Estaba mirando desde mi cabaña— les dijo, enseñando el largo par de binoculares que le colgaban del cuello—. Pero no es lo mismo que estar con toda la gente. Rodavía no hay señales de la snitch, ¿no?

—No— dijo Ron—. Harry aun no tiene mucho por hacer.

—Mantenerse alejado de los problemas ya es algo— dijo Hagrid.

—¿Ya ganamos la apuesta, no? — se ilusionó Phineas.

—Depende de lo que hayas apostado— sonrió Medea. Su primo tornó el rostro, no se le ocurrió preguntar.

—Slytherin tiene la quaffle— decía Lee Jordan—. El cazador Pucey esquiva dos bludgers, a los dos Weasley y al cazador Bell, y acelera… esperen un momento… ¿No es la snitch?

Un murmullo recorrió la multitud mientras Adrian Pucey dejaba caer la quaffle, demasiado ocupado en mirar por encima del hombro el relámpago dorado que había pasado junto a su oreja izquierda. Harry la vio. En un arrebato de excitación se lanzó hacia abajo, detrás del destello dorado. El buscador de Slytherin, Terence Higgs, también la había visto. A la par, se lanzaron hacia la snitch… Todos los cazadores parecían haber olvidado lo que debían hacer y estaban suspendidos en el aire para mirar. Harry era más veloz que Higgs. Podía ver la pequeña pelota, agitando sus alas, volando hacia delante. Aumentó su velocidad y… ¡PUM! Un rugido de furia resonó desde los Gryffindors de las tribunas… Marcus había cerrado el paso de Harry expresamente, y la escoba de este se había desviado de su ruta mientras el chico se aferraba para no caer.

—¡Falta! — gritaron los Gryffindor y Phineas. La señora Hooch le gritó enfadada a Flint y luego ordenó tiro libre para Gryffindor en el poste de gol. Pero, con toda la confusión, la snitch dorada, como era de esperar, había vuelto a desaparecer.

—¡Expúlselo, arbitro! ¡Tarjeta roja!

—Esto no es futbol, Dean— le recordó Ron—. No se puede echar a los jugadores en quidditch.

—¿Y qué es tarjeta roja? — inquirieron Medea y Phineas.

—Deberían cambiar las reglas— dijo Hagrid—. Flint habría podido derribar a Harry en el aire.

—Entonces… después de esta obvia y desagradable trampa…

—¡Jordan!

—Quiero decir, después de esta evidente y asquerosa falta…

—¡Jordan, no digas que no te he avisado!

—Muy bien, muy bien. Flint casi mata al buscador de Gryffindor, cosa que podría sucederle a cualquiera, estoy seguro, así que penalti para Gryffindor, la toma Spinnet, que tira, marca y continúa el juego, con Gryffindor todavía en posesión de la pelota.

—Slytherin acaba de anotar— murmuró Phineas, casi saboreaba la derrota.

—Más importante es Harry alejándose del campo— dijo Medea señalándolo.

—Si no lo conociera bien, diría que ha perdido el control de su escoba… pero no puede ser…

—¿Le ha sucedido algo cuando Flint lo ha bloqueado? — susurró Seamus.

—Flint no tiene la cabeza para lanzarle un embrujo— murmuró Medea.

—No puede ser— aseguró Hagrid con voz temblorosa—. Nada puede interferir en una escoba, excepto la poderosa magia oscura… Ningún chico puede hacerle eso a una Nimbus 2000.

—¿Qué haces? — dudó Ron.

—Lo sabía— resopló Hermione—. Snape… Mira— le pasó los binoculares, el susodicho tenía los ojos clavados en Harry y murmuraba sin detenerse—. Está haciendo algo.

—¿Mal de ojo? — intervino Phineas.

—¿Qué podemos hacer? — reiteró Ron.

—Déjamelo a mí.

—¿Tú también? — Medea la vio con recelo.

Antes de que Medea le pudiera dar un sermón de por qué él no podría ser, Hermione había desaparecido. Todos miraban aterrorizados, los Weasley volaban hacia Harry. Pero aquello fue peor: cada vez que se acercaban a él, la escoba saltaba más. Descendieron y comenzaron a volar en círculos, con el evidente propósito de atraparlo i caía. Marcus Flint tomó la quaffle y marcó cinco tantos sin que alguien lo advirtiera. Phineas apretaba la mano de la pelirroja, casi le cortaba la circulación del nerviosismo. Allá arriba, de pronto, Harry pudo subir de nuevo a su escoba.

—¡Neville, ya puedes mirar! — lo alentó Phineas al tomarlo del brazo, pues Longbottom había pasado los últimos cinco minutos llorando entre el abrigo de Hagrid. Harry iba a toda velocidad hacia el suelo cuando vieron que se llevaba una mano a la boca, como si fuera a marearse… cayó a cuatro patas sobre el terreno de juego… tosió… y algo dorado cayó en su mano.

***

—Era Snape— explicaba Ron—. Hermione y yo lo hemos visto. Estaba maldiciendo tu escoba. Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima.

—Normalmente soy yo el cree en la inocencia de la gente— dijo Phineas—. Pero Medea también lo cree.

—Tonterías— dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido—. ¿Por qué iba Snape a hacer algo así?

—Descubrimos algo sobre él— dijo Harry—. Trató de pasar ante ese perro de tres cabezas, en Halloween. Y el perro lo mordió. Nosotros pensamos que trataba de robar lo que ese perro está guardando.

—Ellos— exclamó Medea.

—Nosotros— reiteró Phineas, los cinco eran amigos, así que debían estar juntos en eso también.

—¿Qué saben de Fluffly?

—¿Fluffly?

—Ajá… Es mío… Se lo compré a un griego que conocí en un bar el año pasado… y se lo presté a Dumbledore para guardar…

—¿Sí? — intentó Harry.

—Bueno, no me pregunten más— dijo Hagrid con rudeza—. Es un secreto.

—Pero Snape trató de robarlo.

—Tonterías— repitió Hagrid—. Snape es un profesor de Hogwarts, nunca haría algo así.

—¿Entonces por qué trató de matar a Harry? — gritó Hermione—. Yo reconozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid. Lo he leído todo sobre ellos. ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!

—Sí pestañeó y son preferibles los hechizos no verbales— dijo Medea.

—Ya oíste a los gemelos, él desea el puesto de Quirrel— dijo Ron.

—No lo va a conseguir a consta de un estudiante muerto— dijo Medea.

—¿Alguien que me ayude a barrer la tetera del suelo? — intervino Phineas con la enorme escoba en ambas manos.

—Les digo que están equivocados— dijo Hagrid antes de que se mataran a lo muggle, yacía ofuscado—. No sé por qué la escoba de Harry ha reaccionado de esa manera… Pero ¡Snape no iba a tratar de matar a un alumno!...

—¡Exacto!

—Ahora, escúchenme todos, los cinco— dijo viendo a cada uno—. Se están metiendo en cosas que no les conciernen, y eso es peligroso. Olvídense de ese perro y olviden lo que está vigilando. En eso sólo tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolas Flamel…

—¡Ah! — dijo Harry—. Entonces hay un Nicolas Flamel involucrado en todo esto.

21

—¿Cómo está?

—¿Por qué no toca antes de entrar?

—¿Me va a prohibir la entrada? Draco pasea por aquí a sus anchas.

—Solo anuncie su llegada antes de entrar en mi despacho. Haga alarde de los modales que Hécate siempre menciona en las reuniones a las que asiste.

—Y por eso los Lestrange son mis padrinos, pareciera que se burla de mi tía.

—Era insoportable en colegio y aun más cuando la comprometieron con Karkarov.

—Bueno, ¿podrías hablar con ella cuando le llegue la noticia de que no volveré para las fiestas?

—Voy a estar aquí, contigo, ¿cómo se supone que hablaré con ella?

—Buen punto.

—Estoy bien, ya no cojeo.

—Sí, lo noté. ¿Y su levita quemada?

—¿Fue usted?

—No, Hermione, yo aposté por usted.

—¿No es muy joven para apostar?

—No— dijo con una enorme sonrisa. Le ganó a Theo, pues Marcus fue castigado por intentar atacar a Harry por casi tragarse la snitch.

—Espero que solo apueste las golosinas que le mandan Narcissa o Callidora.

—Me alegro que esté bien, trataré de venir a verlo más seguido— dijo y abrazó la cintura del profesor, este se quedó estático, con la clara intención de empujar a la niña, sin poder hacerlo en realidad.

—Eso no le ayudará a conseguir más puntos para su casa.

—No los necesito— dijo desde la puerta—. Hermione y yo somos muy inteligentes, tenemos buenas notas, quienes deben preocuparse son Theo y Draco, lindo día.

22

Se acercaba Navidad. Una mañana de mediados de diciembre, Hogwarts apareció cubierto por un metro de nieve. El lago estaba sólidamente congelado. Los Weasley, Hermione, Harry, Medea y Phineas salieron a jugar en la nieve. Los gemelos fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrel y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante. Phineas y Hermione no se rieron tanto por la travesura. Los pocos búhos que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.

Medea ya había mandado a Tiglat por los regalos para todos. Todos estaban impacientes porque empezaran las vacaciones, la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos llenos de corrientes de aire, estaban helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases de pociones, ya que en las mazmorras la respiración subía como niebla y se mantenían lo más cerca de sus calderos para conservarse calientes.

—Me da mucha lástima— dijo Draco llamando la atención de los más cercanos—, toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts porque no los quieren en sus casas— Medea tomó su pluma y le picó la mano con fuerza, primero pidió a Blaise que le cambiara el lugar, ahora se aguantaba—. ¡Auch!

—¿Dolió? — preguntó con fingida preocupación antes de volver a lo suyo.

La pelirroja sabía que la mirada de su amigo iba en dirección a Potter. Este lo ignoró, mas dibujó una leve sonrisa en su rostro. Draco se había vuelto más desagradable tras la derrota de Slytherin. Medea ganó los dulces de Draco y Theo, ya que el primero apostó que Potter se caería, el segundo que empatarían. Harry fue el de la idea de no ir a Privet Drive para las fiestas, así que, cuando la profesora McGonagall pasó a hacer la lista, siguió a su amigo para apuntarse. Ron también se quedaba, sus padres viajarían a Rumania a visitar a Charlie.

Los tres vieron a Hermione y esta les confesó que ella sí marcharía. Luego vieron a Phineas pero este no se atrevió a hablar, Cygnus le dedicó una mirada severa a su hermano menor. Medea sabía lo que significaba. La pelirroja fue premiada por diez por su poción. Luego, al finalizar la clase y abandonar las mazmorras, encontraron un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies que aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicaron que Hagrid estaba detrás de él.

—Hola, Hagrid, ¿necesitas ayuda? — preguntó Ron, metiendo la cabeza entre las ramas.

—No, todo va bien. Gracias, Ron.

—¿Te importaría quitarte de en medio? — escucharon la voz gangosa de Draco.

—¿Te importaría no ser tan molesto a esta hora? — se giró Medea.

—¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? — pasó de ella para quedar de frente al susodicho—. Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts… Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparado con la casa de tu familia.

—Oh, por favor— dijo Medea jalándolo del cuello a la par que Ron se lanzó contra Draco.

—¡Weasley, Prewett!

—Los han provocado, profesor Snape— dijo Hagrid, sacando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.

—Da igual, pelear va contra las reglas de Hogwarts, Hagrid— dijo Snape con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor, y agradezcan que no sean más. Ahora, márchense todos.

—Los detesto a los dos— dijo Harry una vez se fueron los Slytherin—. A Malfoy y a Snape.

—Vamos, arriba el ánimo, ya casi es Navidad. Vamos al Gran Comedor, está precioso.

—Ah, Hagrid, el último árbol. Ponlo en el rincón de allí atrás, ¿quieres? — pidió la profesora McGonagall, ella y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración: guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de navidad estaban distribuidos por el lugar; algunos brillaban con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.

—¿Ya nos vamos? — dudó Medea.

—¿A dónde? — preguntó Hagrid.

—A la biblioteca— informó Hermione.

—¿La biblioteca? Un poco triste ir antes de las fiestas.

—Oh, no es un trabajo— explicó Harry alegremente—. Desde que mencionaste a Nicolas Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.

—¿Qué? Escúchenme bien, ya les dije. No se metan. Lo que custodia ese perro no tiene nada que ver con ustedes.

—Queremos saber quién es Nicolas Flamel, eso es todo— dijo Hermione.

—Salvo que quieras ahorrarnos trabajo— dijo Harry.

—Sé que lo leí en algún lado— dijo Medea con una sonrisa.

—No voy a decir nada— dijo Hagrid con firmeza.

—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros— replicó Ron.

—¿Nos vamos? — preguntó Phineas al llegar y tomar la mano de ambas niñas. Dejaron a Hagrid malhumorado y corrieron hacia la biblioteca.

***

—Van a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? — dijo Hermione—. Si encuentran algo, envíenme un búho.

—Y tú podrías preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel— dijo Ron—. Preguntarles a ellos no tendrá riesgos.

—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas— respondió Hermione.

—Debo hacer el equipaje— susurró Phineas.

—Te acompaño— dijo Medea tomándole la mano—, los veo más tarde.

—Puedes quedarte con ellos, por mí ni te preocupes— dijo Selwyn cuando la pelirroja ya los había arrastrado lejos.

—¿Crees que te librarás de nosotros tan fácil? — preguntó Blaise tomándolo del otro brazo.

—Oh, chicos— se emocionó Phineas y los abrazó.

—A parte, sabes que nos gusta darte los regalos en privado, siempre te cohíbes— dijo Medea entregando un pequeño saco con golosinas de distintos sabores, colores y tamaños.

—Gracias— la abrazó primero, luego volteó con Zabini.

—Son chocolates belgas, me dijiste que eran tus favoritos— mencionó el moreno.

—Prometí a mi madre que iría para las fiestas y…

—Un Selwyn jamás incumple— terminaron sus amigos por él.

—No dudes en mandarme un búho— dijo Medea. Blaise la condujo de vuelta. A poco de llegar a la torre, fueron interceptados por Draco.

—Los veré después— dijo este dándole una palmada al platinado.

—No irás a casa.

—Pero tengo tu regalo. No quiero ver a Hécate, no estoy lista para enfrentarla por haber quedado en Slytherin.

—Mis padres no dejarían que te hiciera daño.

—¿Hablas enserio? — le brillaron los ojos a la pelirroja.

23

Medea escribió carta a su tía abuela, bisabuela, tal vez ella tuviera alguna idea de quién era o tal vez lo conocía. Fuera del círculo cercano de Hécate, esa parienta tenía un inusual interés en ella. Normalmente no le contestaba las cartas, pero sabía que si se comunicaba, sí enviaría respuesta de vuelta. Esta no fue la excepción, le comentó que había visto su nombre en alguno de los libros de su inmensa biblioteca. Tan pronto encontrara al indicado, se lo enviaría. No preguntó el motivo del interés, solo prometió ayudar.

Corrió a mostrarles la carta a sus amigos. Había mucho tiempo para pensar en Nicolas Flamel. Los chicos tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Hicieron una pijamada la primera noche, con cientos de dulces para compartir. En ocasiones engullían la comida a sabiendas que no se acabaría. Ron comenzó a enseñarles a Harry y Medea a jugar al ajedrez mágico. Volvió a su recámara por la noche, al despertar, tenía unos cuantos paquetes a sus pies, así que los tomó todos y corrió a encontrarse con los chicos.

—¡Feliz navidad! — saludó a ambos, dejó caer los paquetes y abrazó a ambos.

—Para ti también— contestó Harry—. Miren esto, ¡me han enviado regalos!

—¿Qué esperabas? ¿Nabos? — preguntó Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes, que eran más numerosos que los de Harry y Medea.

La pelirroja se dejó caer en el suelo y abrió el de su tía abuela, una preciosa tiara, en pequeño tenía el emblema de su familia, sonrió ante aquel gesto, ya que ese apellido no había llegado hasta ella; se la puso de forma apresurada y abrió las golosinas de Blaise, Draco, Pansy, todos ellos la habían puesto en una misma, mas había una nota por cada uno, Hermione envió ranas de chocolate; Severus le dio dos libros: uno de pociones avanzadas y otro de defensa contra las artes oscuras, o eso le hizo creer a sus amigos, porque ni siquiera llevaba nombre del remitente. Narcissa y Lucius le mandaron un vestido color cobre que hacía juego con la tiara.

—¿De quién será este? — dudó Harry.

—También tengo uno con ese envoltorio— dijo Medea al tomar el propio.

—Mi madre— dijo Ron—. Le dije que creías que nadie te regalaría nada— volteó hacia el azabache—. Eres su sobrina y ahora que somos amigos, quiere conocerte— sonrió Ron. El de Harry era verde esmeralda, el de Medea rojo, ambos venían acompañados de una gran caja de dulce de azúcar casero—. Cada año nos teje un jersey.

—Es muy amable de parte de tu madre— dijo Harry, probando el dulce.

—Le escribiré como agradecimiento— mencionó Medea un tanto sonrosada.

—Te queda uno— dijo Medea pasando otra bolsa de dulces a sus amigos. Harry lo tomó y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió, algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando.

—Había oído hablar de esto— dijo Ron con voz ronca, dejando caer la caja de grajeas de todos los sabores—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.

—Sí es— se emocionó Medea.

—¿Qué es?

—Es una capa invisible, estoy seguro… Pruébatela.

—¡Lo es! — gritó Medea en cuando Harry se puso la capa sobre los hombros.

—¡Hay una nota! — exclamó de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!

Tu padre dejó esto en mi poder antes morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien.

Una muy feliz navidad para ti.

—Daría cualquier cosa por tener una— dijo—. Lo que sea. ¿Qué te sucede?

—Nada— dijo Harry, se sentía muy extraño.

—¡Feliz navidad! — gritó uno de los gemelos nada más entrar.

—¡Eh, mira! ¡A Harry también le han regalado un jersey Weasley!

—¡Feliz navidad! — exclamó Medea antes de pararse a abrazar a cada uno—. Este es tuyo y este es tuyo.

—Gracias, pequeña— dijo George revolviéndole el cabello y haciéndole caer la tiara.

—El de Harry es mejor que el nuestro— dijo Fred tomando su jersey—. Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.

—¡Son hermosos! — Medea pasaba la vista de un jersey a otro, porque se notaba que había amor en esos regalos, ella no recibía ninguno de Bartemius o Hécate.

—¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? — quiso saber George—. Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan.

—Detesto el granate— se quejó Ron mientras se lo pasaba por la cabeza. Medea se sentó de nuevo en el suelo, puso la tiara junto a los libros, se apresuró a ponerse el propio. George se paró a su lado, le tomó la mano y comenzó a ponerle dulces, él comenzó a comerlos sin miramientos.

—No tiene la inicial en los suyos— observó George—. Supongo que mamá piensa que no van a olvidar sus nombres. Pero nosotros no somos estúpidos… Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge— Medea no pudo contener la risa ante tal comentario, las golosinas salieron volando y los gemelos también reían por la reacción.

—¿Qué es todo ese ruido? — Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación. Resultaba evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino, porque también llevaba bajo el brazo un jersey basto, que Fred vio enseguida.

—¡Pe de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos los hemos puesto, hasta Harry y Medea tienen uno.

—Yo… no… quiero— dijo Percy con Firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, torciéndole las gafas de un golpe.

—Y hoy no te sentarás con los prefectos— dijo George—. La navidad es para pasarla en familia.

24

Harry no dejaba de pensar sobre el regalo, había sido de su padre, pensó mucho en eso, por fin tenía algo de sus padres y no solo las palabras de terceros. Tenía que probarla. Se deslizó fuera de la cama y se envolvió en la capa. Medea apenas y se removió cuando ya no se sintió acompañada. Ron gruñó entre sueños. No quiso despertar a ninguno, sintió que aquella vez quería utilizarla solo. Salió con cautela del dormitorio, bajó la escalera, cruzó la sala común y pasó por el agujero del retrato, dejando desconcertada a la Señora Gorda.

¿A dónde iría? De pronto se detuvo, con el corazón palpitante, y pensó. La Sección Prohibida de la biblioteca. Iba a poder leer todo lo que quisiera, para descubrir quién era Flamel. Echó a andar, ajustando la capa a su alrededor mientras avanzaba. La Sección Prohibida estaba justo al fondo de la biblioteca. Pasando con cuidado sobre la soga que separaba aquellos libros de los demás, Harry levantó la lámpara para leer los títulos. No le decían mucho, las peladas y desteñidas letras doradas formaban palabras en lenguas que Harry no conocía.

Dejó la lámpara con cuidado en el suelo y miró en una estantería buscando un libro de aspecto interesante. Le llamó la atención un volumen grande, negro y plateado. Lo sacó con dificultad, porque era muy pesado y, equilibrándolo sobre sus rodillas, lo abrió. Un grito desgarrador, espantoso, cortó el silencio… ¡El libro gritaba! Harry lo cerró de golpe, pero el aullido continuaba, en una nota aguda, ininterrumpida. Retrocedió y chocó con la lámpara, que se apagó de inmediato. Aterrado, oyó pasos que se acercaban por el pasillo, metió el volumen en el estante y salió corriendo. Pasó al lado de Filch casi en la puerta, y los ojos del conserje, muy abiertos, miraron a través de Harry. El chico se agachó, pasó por debajo del brazo extendido de Filch y siguió por el pasillo, con los aullidos del libro resonando en sus oídos.

Se detuvo de pronto frente a una armadura alta. Había estado tan ocupado en escapar de la biblioteca que no había prestado atención al camino. Tal vez era porque estaba oscuro, pero no reconoció el lugar donde se encontraba, había una armadura cerca de la cocina, eso lo sabía, pero ahora debía de estar cinco pisos más arriba—. Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien ha estado en la biblioteca, en la Sección Prohibida.

—¿La Sección Prohibida? Bueno, no puede estar lejos, ya lo atraparemos— Harry se quedó petrificado tras escuchar la voz de Snape.

Retrocedió lo más silenciosamente que pudo. A la izquierda había una puerta entreabierta. Era su única esperanza. Se deslizó, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido. Entró en la habitación sin que lo notaran. Pasaron por delante de él y Harry se apoyó contra la pared, respirando con profundidad, mientras escuchaba los pasos que se alejaban. Habían estado cerca, muy cerca. Tardó en prestarle atención al aula. Parecía en desuso. Algo estaba apoyado en la pared frente a él que parecía no encajar en el lugar, como si lo hubieran dejado allí para quitarlo de en medio.

Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior: Oesed lenoz aro cute don isara cut se onotse. Ya no oía ni a Filch ni a Snape, Harry no tenía tanto miedo. Se acercó al espejo, deseando mirar para no encontrar su imagen reflejada. Se detuvo frente a él. Tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar.

Allí estaba, reflejado en él, blanco y con mirada de miedo, y allí, reflejadas detrás de él, había al menos otras diez personas. Harry miró por encima del hombro, pero no había nadie. ¿O también eran todos invisibles? ¿Estaba en una habitación llena de gente invisible y la trampa del espejo era que los reflejaba, invisibles o no? Una mujer, justo detrás de su reflejo, le sonreía y agitaba una mano. Harry levantó una mano y sintió el aire que pesaba. Si ella estaba realmente ahí, debía de poder tocarla, sus reflejos estaban tan cerca… pero solo sintió aire: ella y los otros existían solo en el espejo.

Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos eran como los suyos, acercándose un poco más al espejo. Verde brillante, exactamente la misma forma, pero entonces notó que ella estaba llorando, sonriendo y llorando al mismo tiempo. El hombre alto, delgado y de pelo negro que se encontraba a lado de ella le pasó un brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy alborotado. Y se le ponía tieso por detrás, igual que a Harry.

—¿Mamá? — susurró—. ¿Papá?

Entonces lo miraron, sonriendo. Y, lentamente, Harry fue observando los rostros de las otras personas, y vio otro par de ojos verdes como los suyos, otras narices como la suya, incluso un hombre pe queño que parecía tener las mismas rodillas huesudas de Harry. Estaba mirando a su familia por primera vez en su vida. Los Potter sonrieron y agitaron las manos, Harry permaneció mirándolos anhelante, con las manos apretadas contra el espejo, como si esperara poder pasar el otro lado y alcanzarlos.

En su interior sentía un dolor poderoso, mitad alegría y mitad tristeza terrible. No supo cuánto tiempo estuvo allí. Los reflejos no se desvanecían, Harry miraba y miraba, hasta que un ruido lejano lo hizo volver a la realidad. No podía quedarse allí, tenía que encontrar el camino hacia el dormitorio. Apartó los ojos de los de su madre y susurró volveré. Salió apresuradamente de la habitación.

25

—Estabas soñando— dijo Medea un tanto adormilada.

—Pudiste haberme despertado— dijo malhumorado Ron.

—Pueden venir esta noche. Yo voy a volver, quiero enseñarles el espejo.

—Me gustaría ver a tus padres— dijo Ron con interés.

—Conozco los nombres de toda mi familia, pero sería bueno poder conocerlos— dijo Medea.

—Y yo quiero ver toda tu familia, todos los Weasley. Podrás enseñarme a tus otros hermanos y a todos.

—Puedes verlos cuando quieras— dijo Ron—. Ven a mi casa este verano, los dos— dijo viendo a la pelirroja—. De todos modos, a lo mejor solo muestra a personas muertas. Pero qué lástima que no encontraras a Flamel. ¿No quieres tocino o alguna cosa? ¿Por qué no comes?

—¿Estás bien? — dudó Medea—. Te veo raro.

26

Ron se quedó dormido esperando el momento idóneo de la noche para salir bajo la capa, así que la pelirroja jaló la oreja del azabache para traerlo a la realidad. Ambos se metieron debajo de la capa: con una mano la sostenían para no tropezar con ella y con la otra iban tomados para mantener el mismo ritmo. Harry temía no recordar el camino hasta esa habitación. Medea en ningún momento refutó, le apretaba la mano con temor a perderse si se soltaban. Tras dejar atrás el fantasma de la mujer que iba en dirección contraria, Harry divisó la armadura y apresuró el paso. En cuanto entraron, él dejó caer la capa y corrió al espejo, ahí estaban sus padres.

—¿Ves?

—No veo nada.

—¡Mira! Míralos a todos… son muchos.

—Solo puedo verte a ti— murmuró desconcertada, no sabía si lo hacía bien.

—Ponte donde estoy yo— dijo jalándola del brazo para centrarla más.

—No puede ser— dijo al borde del llanto.

—¿Qué, qué ves?

—A mí, siendo abrazada por Circe, mi madre, gracias a ella soy pelirroja. Crecí con mi tía— nunca había visto a su madre tan hermosa, tan distinguida como las fotos de su tía. Hizo bien en callarse, pues a su lado estaba su padre y de él no podía hablar, siempre añorando por fin verlo y estaba, sonriéndole con suficiencia…

—¿Medea?

—Son mis padres…

—Yo veo a toda mi familia. Mi madre también era pelirroja, pero me parezco más a mi padre.

—Tal vez muestre gente muerta. Soy huérfana, al igual que tú. Perdí a mi familia cuando apenas tenía un año.

—¿Solo ves a tu madre?

—Y a mi padre. Prometo mostrarte fotografías— dijo abrazándolo—. ¿Te quieres quedar más tiempo?

—Podríamos quedarnos a dormir aquí.

—Nos encontrará la Señora Norris, o Filch, o Severus.

—No te diría nada.

—Pero estoy contigo y me quitaría todos los puntos posibles.

27

—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? — preguntó Ron. La tercera noche no fue con ellos, quiso darles la privacidad necesaria. Cada uno tenía una visión distinta y pronto sería el momento de que el par de pelirrojos lo conversara.

—No.

—Yo te ayudo a que no te patee el trasero.

—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid?

—No, vayan ustedes…

—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo.

—Ambos creemos que no deberías volver.

—¿Por qué no? — salió de su especie de trance y vio a sus dos amigos.

—Tengo un mal presentimiento y todos están vigilando por ahí. ¿Qué importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocan contigo?

—Pareces Hermione.

—Es enserio, Harry— intervino Medea—. No vayas.

***

Ahora encontró el camino más rápidamente que las veces anteriores. Harry andaba más deprisa de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba haciendo ruido, pero no se encontró con nadie. Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, uno de sus abuelos lo saludaba muy contento. Harry se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nada iba a impedir que pasara la noche con su familia. Nada en absoluto, la ventaja de que no lo hubiesen acompañado—. Entonces, de vuelta otra vez, ¿no, Harry?

—No, no lo había visto, señor.

—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible— dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—. Entonces— continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.

—No sabía que se llamaba así, señor.

—Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?

—Bueno… me mostró a mi familia y…

—A Medea solo le mostró a sus padres y a Ron lo reflejó como capitán.

—¿Cómo lo sabe?

—No necesito una capa para ser invisible— dijo Dumbledore amablemente—. Y ahora, ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros? — el niño negó con la cabeza—. Déjame explicar. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?

—Nos muestra lo que queremos… lo que sea que queramos…

—Sí y no— dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, es verlos rodeándote. Medea Prewett es tener el amor de sus padres, sobre todo de su madre, ya que no fue feliz al saber que su vástago era ella. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible— continuó—. El espejo será llevado a una nueva casa mañana. Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora, ¿por qué no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?

—Señor… profesor Dumbledore… ¿Puedo preguntarle algo?

—Es evidente que ya lo has hecho— sonrió Dumbledore—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.

—¿Qué ve usted cuando se mira en el espejo?

—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana— Harry lo miró asombrado—. Uno nunca tiene suficientes calcetines— explicó Dumbledore—. Ha pasado otra navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.

28

Llegó el día del retorno de los alumnos. Medea se levantó temprano para ir a la entrada y ver a sus amigos. Ahí estaban los Slytherin, Blaise y Theo corrieron a abrazarla y ella casi se tambaleó. Draco le dedicó una sonrisa forzada y Pansy también la abrazó, pero no fue tan efusiva como los primeros dos. Medea vio a Hermione y esta siguió de largo, sabiendo que la vería en la sala común, seguro Granger se sentiría intimidada por las serpientes. De pronto vio a Cygnus y se le iluminó el rostro, pero venía solo.

—¿Cygnus?

—¿Se te perdió algo?

—¿Dónde está?

—No va a volver.

—¿Lo cambiaron a Dumstrang?

—Ni que tuviera tanta suerte.

—Phineas no me dijo si cayó enfermo…

—Solo ten presente una palabra: Longbottom— ella abrió los ojos como platos, pensando en lo peor, ya que su mente no viajó a su compañero de casa, sino a los aurores que torturaron su padre y padrinos; corrió de vuelta a su sala común ignorando a todo el que la llamara, incluso Hermione subió con ella y nada de lo que intentara la hacía salir de su trance.

***

—¿Te das cuenta? Dumbledore tenía razón. Ese espejo puede volverte loco— dijo Ron cuando Harry le contó sus sueños.

—Casi nos despiertas.

—No deberías estar en su pieza.

—Hermione, eran pijamadas.

—Ahora que comiencen las clases, podremos retomar la búsqueda sin levantar sospechas— dijo Hermione.

—Mi tía me mandó un par de libros antiguos, pero no hay mucho— dijo Medea—. Tanto que presume de ser de buena familia y no responde una duda tan simple.

—O tal vez en verdad no lo sabe— dijo Hermione.

—Te ves preocupado— dijo Medea en cuanto vio a Harry—. Todo irá bien, que no te preocupe el partido.

—¡Lo he encontrado! — exclamó viendo el cromo e ignorando a la pelirroja—. ¡He encontrado a Flamel! Les dije que había leído antes ese nombre. Fue quien derrotó al mago tenebroso Grindelwald en 1945 y trabajó con Nicolas Flamel en la alquimia.

—¡Esperen aquí! — dijo Hermione y se lanzó por la escalera hacia el dormitorio de chicas.

—Burke, Yaxley y Selwyn fueron partidarios de Grindelwald— acotó Medea leyendo el cromo que traía Harry.

—¡Nunca había pensado en buscar aquí! — susurró extasiada—. Lo saqué de la biblioteca hace semanas, para tener algo ligero para leer.

—¿Ligero?

—Si murmullas no te entiendo— dijo Medea en su oído.

—¡Lo sabía!

—¿Podemos hablar ahora? — inquirió Ron de mal humor.

—Nicolas Flamel es el único descubridor conocido de la Piedra Filosofal.

—¿La qué? — preguntaron Harry y Ron.

El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el descubrimiento de la Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes asombrosos. La Piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce el Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe— leyó Medea en voz alta—. Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a lo largo de los siglos, pero la única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolas Flamel, que cumplió seiscientos sesenta y cinco años el año pasado, lleva una vida tranquila en Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).

—¿Ven? — habló Hermione cuando Harry y Ron terminaron de escuchar a Medea—. El perro debe estar custodiando la Piedra Filosofal de Flamel. Seguro que le pidió a Dumbledore que se la guardase porque son amigos y porque debe de saber que alguien la busca. ¡Por eso quiso que sacaran la Piedra de Gringotts!

—¡Una piedra que hace oro y evita que uno muera! — gritó Medea con emoción.

—No es raro que Snape la busque. Cualquiera la querría— dijo Harry.

—No de nuevo— murmuró Medea.

—Y no es raro que no pudiéramos encontrar a Flamel en ese Estudio reciente desarrollo de la hechicería— dijo Ron—. Él no es exactamente reciente si tiene seiscientos sesenta y cinco años, ¿verdad?

***

Se despidieron de Harry, quien fue a los vestidores para escuchar el discurso tedioso de Oliver Wood. Ron, Hermione y Medea fueron a las gradas, Neville iba para allá, así que la pelirroja le extendió la mano para que avanzara. Este los vio de forma extraña porque llevaban sus varitas, preparados para lanzar cualquier hechizo en contra de cualquiera que atente contra Harry, sobre todo pensaban en Snape siendo árbitro. En la grada de los profesores estaba Dumbledore, eso aliviaba un poco a los amigos.

—Nunca había visto a Snape con esa cara de malo— dijo Ron a las chicas—. Mira, ya salen.

—Oh, perdón, Weasley, no te había visto— dijo Draco luego de golpear a Ron en el cogote—. Me pregunto cuánto tiempo durará Potter en su escoba esta vez. ¿Alguien quiere apostar? ¿Qué me dices Wasley?

—Cincuenta galeones— espetó Medea antes de empujarlo y salir en dirección a las gradas de Slytherin. No estaba de ánimos para lidiar con la constante rivalidad de sus amigos. No tardó en divisar a Theo, este le extendió la mano para ayudarla a llegar con los demás.

—¿Apostamos?

—Ya le dije a Draco, cincuenta galeones— dijo con desinterés, luego volteó hacia sus amigos—. ¿Por qué no lo detuvieron?

—Ya sabes que se toma muy enserio su papel de Slytherin y su rivalidad con Gryffindor.

—Dime, Theo, ¿igualarás o vas por más? — ignoró el fallido argumento de su amigo.

—Igualo— dijo el rubio estrechándole la mano.

—Debiste venir para las fiestas— se acercó Pansy.

—Hécate no me dejaría en paz.

—Te pudiste haber quedado con mis padres.

—Tal vez en el verano vaya— dijo Medea acomodándose a su lado.

—Suerte para la próxima— dijo Blaise a Theo mientras le daba un codazo.

—¿Disculpa? — inquirieron las amigas.

—Ganaste— dijo Theo. Aquello era un record, nadie recordaba que se atrapara la snitch tan rápido. Antes de que la pelirroja procesara su triunfo, Theo la abrazaba y brincaban para celebrar. Algunos slytherins los miraban de forma despectiva. El partido duró apenas cinco minutos, tardó más en llegar al otro lado que su mejor amigo en atrapar la snitch.

***

—¿Por qué te fuiste?

—Te perdiste el ojo negro de Malfoy— exclamó Ron.

—Sí, tu manchón arriba del labio significa triunfo— ironizó Medea.

—¡Y Neville ha tratado de vencer a Crabbe y Goyle él solo! — la pelirroja soltó una risotada al imaginarse lo poco que Longbottom podría lograr a lado de esos dos gorilas—. Todavía está inconsciente, pero la señora Pomfrey dice que se pondrá bien.

—¿Ya habrá salido Harry de vestidores?

29

—Hermione, faltan siglos para los exámenes— dijo Medea desplomada cabeza abajo en el sillón a lado de su amiga, quien se concentraba en hacer horarios para los cuatro.

—Diez semanas— replicó ella—. Eso no son siglos, es un segundo para Nicolas Flamel.

—Pero nosotros no tenemos seiscientos años— le recordó Ron—. De todos modos, ¿para qué repasas si ya te lo sabes todo?

—¿Que para qué estoy repasando? ¿Estás loco?...

—Ya le diste cuerda— murmuró Medea.

—¿Te has dado cuenta de que tenemos que aprobar estos exámenes para entrar en segundo año? Son muy importantes, tendría que haber empezado a estudiar hace un mes, no sé qué me ha pasado…

***

—Nunca podré acordarme de todo esto— dijo Ron arrojando la pluma.

—¿Crees que Flamel recuerde toda su vida? — preguntó Medea mientras revisaba sus apuntes, Ron quería que lo hiciera por ella, pero siempre se limitaba solo a revisar.

—¡Hagrid! ¿Qué estás haciendo en la biblioteca? — habló Harry.

—Estaba mirando— dijo con una voz evasiva que les llamó la atención—. ¿Y ustedes qué hacen? No estarán buscando todavía a Nicolas Flamel, ¿no?

—Oh, lo encontramos hace siglos— dijo Ron con aire grandilocuente—. Y también sabemos lo que custodia el perro, es la Piedra Fi…

—¡Chist! — Hagrid miró alrededor para ver si alguien los escuchaba—. No pueden ir por ahí diciéndolo a gritos. ¿Qué les pasa?

—¿Entonces te vemos en la noche? — sonrió Ron. Hagrid se escabulló.

—¿Vieron lo que escondía detrás de su espalda? — inquirió Medea.

—¡Dragones! — susurró Ron.

—¿Le pedirás un a Charlie de cumpleaños?

—Hablo enserio— dijo Ron—. Especies de dragones en Gran Bretaña e Irlanda y Del huevo al infierno, guía para guardianes de dragones

—Hagrid siempre ha querido tener un dragón, me lo dijo el día que lo conocí— dijo Harry.

—Pero va contra nuestras leyes— dijo Ron—. Criar dragones fue prohibido por la Convención de Magos de 1709, todos lo saben. Sería difícil que los muggles no nos detectaran si tuviéramos dragones en nuestros jardines. Además, no se puede domesticar un dragón, es peligroso. Tendrías que ver las quemaduras que Charlie se hizo con esos dragones salvajes de Rumanía.

—¿No había una cartilla más larga?

—Pero no hay dragones salvajes en Inglaterra, ¿verdad? — preguntó Harry.

—Claro que los hay— respondió Medea.

—El verde común de Gales y el negro de las Hébridas. Al ministro de Magia le ha costado trabajo silenciar ese asunto, te lo aseguro. Los nuestro tienen que hacerles encantamientos a los muggles que los han visto para que los olviden— dijo Ron.

—Entonces, ¿en qué está metido Hagrid? — preguntó Hermione.

***

—Entonces, ¿querían preguntarme algo?

—Sí— dijo Harry—. Nos preguntábamos si podías decirnos si hay algo más que custodie la Piedra Filosofal, además de Fluffly.

—Por supuesto que no puedo— dijo—. En primer lugar, no lo sé. En segundo lugar, ya saben demasiado, así que tampoco se los diría si lo supiera. Esa Piedra está aquí por un buen motivo. Casi la roban de Gringotts… aunque eso ya lo sabían, ¿no? Me gustaría saber cómo averiguaron lo de Fluffy.

—Oh, vamos, puedes no querer contarnos nada, pero debes saberlo, tú sabes todo lo que sucede por aquí— dijo Medea fingiendo poner semblante serio.

—Nos preguntábamos en quién más podía confiar Dumbledore lo suficiente para pedirle ayuda— dijo Hermione.

—Además de ti, claro— reiteró la pelirroja.

—Bueno, supongo que no tiene nada de malo decirles esto… Déjenme ver… Yo le presté a Fluffy… luego algunos de los profesores hicieron encantamientos… la profesora Sprout, el profesor Flitwick, la profesora McGonagall— contó con los dedos—, el profesor Quirrell y el mismo Dumbledore, por supuesto. Esperen, me he olvidado de alguien. Oh, claro, el profesor Snape.

—¿Snape? — exclamaron tres de los cuatro alumnos.

—Ajá… No seguirán con eso todavía, ¿verdad?

—Para nada— murmuró Medea torciendo los ojos. Aun no iba a visitarlo, no sabía si decirle las sospechas de sus amigos.

—Miren, Snape ayudó a proteger la Piedra, no quiere robarla.

—Tú eres el único que sabe cómo sortear a Fluffly, ¿no, Hagrid? — preguntó Harry, inquieto—. Y no se lo dirás a nadie, ¿no es cierto? ¿Ni siquiera a un profesor?

—Solo Dumbledore y yo— dijo Hagrid con orgullo.

—Bueno, eso es algo— dijo Medea queriendo zanjar el asunto.

—Hagrid,, ¿podríamos abrir una ventana? Me estoy asando— murmuró Harry.

—No puedo, Harry, lo siento— le respondió. El azabache y la pelirroja notaron que miraba de reojo hacia el fuego, así que también lo hicieron.

—¿Qué es eso? — inquirió él.

—Ya lo sabes— murmuró Medea casi en un susurro—. Es negro.

—Ah, eso… eh…

—¿Dónde lo has conseguido, Hagrid? — intervino Ron, agachándose ante la chimenea para ver de cerca el huevo—. Debe de haberte costado una fortuna.

—Lo gané— explicó Hagrid—. La otra noche. Estaba en la aldea tomando unas copas y me puse a jugar a las cartas con un desconocido. Creo que se alegró mucho de librarse de él, si he de ser sincero.

—¿Qué vas a hacer cuando salga del cascarón? — preguntó Hermione.

—Bueno, he estado leyendo un poco— dijo Hagrid, sacando un gran libro de debajo de su almohada—. Lo conseguí con la biblioteca: Crianza de dragones para placer y provecho. Está un poco anticuado, por supuesto, pero sale todo. Mantener el huevo con el fuego, porque las madres respiran fuego sobre ellos y, cuando salen del cascarón, alimentarlos con brandy mezclado con sangre de pollo cada media hora. Y miren, dice cómo reconocer los diferentes huevos. El que tengo es un ridgeback noruego. Y son muy raros.

—Se ve satisfecho— susurró Medea en cuanto su mirada se cruzó con la de Hermione, por el contrario, su amiga no lo parecía.

—Hagrid, vives en una casa de madera— dijo Granger. Medea soltó una risotada porque Hagrid no la escuchaba, estaba muy concentrado canturreando de forma alegre mientras alimentaba el fuego.

***

—¿Puedo pasar? — preguntó luego de tocar levemente la puerta.

—Está abierto— escuchó desde dentro. Empujó un poco la puerta, se deslizó dentro y la volvió a cerrar.

—Creí que tendría una contraseña como las salas comunes, el baño de prefectos y la torre de premios anuales.

—La ocasión anterior, la puerta estaba abierta de par en par, no le veo sentido ponerle contraseña si así va a permanecer.

—Entonces podré venir tan seguido como quiera.

—Ya lo habíamos establecido antes— dijo entregándole una barra de chocolate—. Solo no me vuelva a abrazar.

***

—Hay que saltarnos Herbología— dijo Medea en cuanto leyó la nota que le extendió Harry.

—No quiero oír nada al respecto— espetó Hermione.

—Hermione, ¿cuántas veces en nuestra vida veremos a un dragón saliendo de su huevo?

—Tenemos clases, vamos a meternos en líos y no podremos hacer nada cuando alguien descubra lo que Hagrid está haciendo…

—¡Cállate! — susurró Harry.

Malfoy estaba cerca de ellos y se había quedado inmóvil para escucharlos. ¿Cuánto había escuchado? Potter vio la expresión en su rostro y Medea le lanzó un pedazo de pergamino, cuando captó su atención, lo hizo alejarse con una mirada severa. Ron y Hermione discutieron durante el camino hacia la clase de Herbología, Hermione aceptó ir a la cabaña con ellos durante el recreo de la mañana. Al final de las clases, Harry comenzó carrera con Medea pisándole los talones. Hagrid los recibió excitado y radiante.

—Ya casi está fuera— dijo en cuanto entraron.

El huevo estaba sobre la mesa. Tenía grietas en la cáscara. Algo se movía en el interior y un curioso ruido salía de él. Todos acercaron las sillas a la mesa y esperaron, respirando con agitación. De pronto se oyó un ruido y el huevo se abrió. La cría de dragón aleteó en la mesa. No era exactamente bonito. Harry pensó que parecía un paraguas negro arrugado. Sus alas puntiagudas eran enormes, comparadas con el cuerpo flacucho. Tenía un hocico largo con anchas fosas nasales, las puntas de los cuernos ya se salían y tenía los ojos anaranjados y saltones. Estornudó. Volaron unas chispas.

—Es hermoso— murmuraron Ron y Medea a la par.

—¿Verdad que sí? — habló Hagrid. Alargó una mano para acariciar la cabeza del dragón. Éste le dio un mordisco en los dedos, enseñando unos colmillos puntiagudos—. ¡Bendito sea! Miren, conoce a su mamá.

—Hagrid— dijo Hermione—. ¿Cuánto tardan en crecer los ridgebacks noruegos?

—¿Qué sucede? — preguntó Medea cuando su vista lo siguió hacia la ventana.

—Alguien estaba mirando por una rendija de la cortina… Era un chico… Va corriendo hacia el colegio— Harry fue hasta la puerta y miró. Incluso a la distancia, era inconfundible.

—Malfoy vio al dragón.

—Yo me encargo— dijo Medea antes de correr detrás del platinado, ignorando los gritos de Ron y Hermione—. ¡Detente porque no recuerdo la contraseña de tu sala común!

—¿Y por qué la sabes? — inquirió el rubio.

—Theo me la dijo— murmuró tras recuperar el aliento.

—Alguien merece un maleficio.

—¿Podrías desistir en lo que sea que quieras hacer?

—¿Qué te hace pensar que lo haría?

—Alguien de mi estatus no corre, idiota.

—Pudiste haberte quedado en la pocilga.

—Alguien de tu estatus zanjaría el asunto con Potter.

—Oh, vamos…

—Solo estás celoso porque prefirió al pobretón, ahora se añadió una insufrible sabelotodo. Crecimos escuchando sobre la gran hazaña de un bebé que derrotó al Señor Tenebroso. Tu padre quiso que te acercaras a él, Hécate se encargó de manchar la memoria de los muertos.

—¿Algún problema? — intervino Severus.

—Solo una discusión de los Sagrados Veintiocho— dijo Medea.

—Nada interesante, padrino— dijo Draco antes de darle un dulce a la pelirroja y marchar.

—Enserio, todo bien— dijo ella antes de comerse el dulce y entregar la envoltura al profesor de pociones.

30

Algo en la sonrisa burlona de Draco durante la semana siguiente ponía nerviosos a Harry, Ron y Hermione, Medea no cruzó de nuevo palabra alguna con Malfoy, Blaise no supo darle razón sobre su nuevo movimiento. Los cuatro pasaban la mayor parte de su tiempo libre en la oscura cabaña de Hagrid, tratando de hacerlo entrar en razón—. Déjalo ir— lo instaba Harry—. Déjalo en libertad.

Miraron el dragón. Había triplicado su tamaño en sólo una semana. Ya le salía humo de las narices. Hagrid no cumplía con sus deberes de guardabosques porque el dragón ocupaba todo su tiempo. Había botellas vacías de brandy y plumas de pollo por todo el suelo—. No puedo, es demasiado pequeño.

—¿Enserio? — ironizó la pelirroja, pues había triplicado su tamaño en solo una semana.

—He decidido llamarlo Norberto— dijo Hagrid, mirando al dragón con ojos húmedos—. Ya me reconoce, miren. ¡Norberto! ¡Norberto! ¿Dónde está mamá?

—Ha perdido el juicio— murmuró Ron a Harry.

—Hagrid— dijo Harry en voz muy alta—, espera dos semanas y Norberto será tan grande como tu casa. Malfoy se lo contará a Dumbledore en cualquier momento.

—Yo… yo sé que no puedo quedarme con él para siempre, pero no puedo echarlo, no puedo.

—No estamos diciendo que solo lo corras…

—Charlie— dijo Harry cuando se volvió hacia Ron súbitamente.

—Tú también estás mal de la cabeza— dijo Ron—. Yo soy Ron, ¿recuerdas?

—No… Charlie, tu hermano. En Rumania. Estudiando dragones. Podemos enviarle a Norberto. ¡Charlie lo cuidará y luego lo dejará vivir en libertad!

—Genial— dijo Ron—. ¿Qué piensas de eso, Hagrid?

***

Querido Ron:

¿Cómo estás? Gracias por tu carta. Estaré encantado de quedarme con el ridgeback noruego, pero no será fácil traerlo aquí. Creo que lo mejor será hacerlo con unos amigos que vienen a visitarme la semana que viene. El problema es que no deben verlos llevando un dragón ilegal. ¿Podrías llevarlo a la torre más alta la medianoche del sábado? Ellos se encontrarán contigo allí y se lo llevarán mientras dure la oscuridad.

Envíame la respuesta lo antes posible.

Besos.

Charlie

—Tenemos la capa invisible— dijo Harry—. No será tan difícil… creo que la capa es suficientemente grande para cubrir a Norberto y dos de nosotros.

—Bien, tú tienes la mano hinchada, así que no vas— dijo Medea al pelirrojo.

—Hermione tampoco porque nos recitará las veinte mil formas en que quebrantamos las normas— dijo Ron señalando a la susodicha.

—Harry es un imán de problemas— espetó Hermione en su defensa.

—Es mi capa—cortó Potter el asunto.

—No volveremos a ayudar a Hagrid después de esto— dijo Ron—. ¡Me ha mordido! No podré escribir en una semana. Les aseguro que los dragones son los animales más horribles que conozco…

—Para Hagrid es como si fuera un oso de peluche— dijo Medea.

—Cuando me mordió, Hagrid me ha pedido que saliera porque, según él, yo lo había asustado. Y, cuando me fui, estaba cantándole una canción de cuna.

—Pareciera que los colmillos de Norberto tenían veneno— dijo Medea viendo la mano donde antes había un vendaje ensangrentado.

—No es solo mi mano— susurró—, aunque parece que se me vaya a caer a trozos. Malfoy le ha dicho a la señora Pomfrey que quería pedirme prestando un libro, y ha venido y ha estado riéndose de mí. Me ha amenazado con decirle a ella quién me había mordido, yo le había dicho que era un perro, pero creo que no me ha creído. No debí pegarle en el partido de quidditch. Por eso se está portando así.

—Oh, vamos, fue lo mejor que pudiste hacer— lo alentó Medea.

—No lo viste— espetó Ron torciendo el ceño.

—Todo habrá terminado el sábado a media noche— dijo Hermione, pero eso no lo tranquilizó. Al contrario, se sentó en la cama y comenzó a temblar.

—¡La medianoche del sábado! — dijo con voz ronca—. Oh, no, oh no… acabo de acordarme… la carta de Charlie estaba en el libro que se ha llevado Malfoy, se enterará de la forma en que nos libraremos de Norberto.

—Bravo, pecoso— dijo Medea jalándole la oreja, su víctima manoteaba para que lo liberara, antes de que apareciera la señora Pomfrey y los hizo salir, argumentando que Ron necesitaba dormir.

***

Habían sentido pena por Hagrid cuando llegó el momento de la despedida, si no hubieran estado tan preocupados por lo que tenían que hacer. Era una noche oscura y llena, llegaron un poquito tarde a la cabaña, porque tuvieron que esperar a que Peeves saliera del vestíbulo, donde jugaba al tenis contra las paredes. Hagrid tenía a Norberto listo y encerrado en una gran jaula. Medea ignoraba las palabras del guardabosques, se concentró en cómo Norberto estaba arrancándole la cabeza al osito.

—¡Adiós, Norberto! — sollozó Hagrid mientras Harry y Medea cubrían la jaula con la capa invisible y se metían dentro ellos también—. ¡Mamá nunca te olvidará!

—¡Ya casi llegamos! — resopló Harry mientras alcanzaban el pasillo que había bajo la torre más alta.

—No me lo parece— murmuró Medea a su lado.

—¡Castigado! — gritó la profesora McGonagall, con una bata de tejido escocés y una redecilla en el pelo, tenía sujeto a Draco por la oreja. A la pelirroja casi se le escapa una risotada ante la escena—. ¡Y veinte puntos menos para Slytherin! Vagando en plena noche… ¿Cómo te atreves?

—Usted no lo entiende, profesora, Harry Potter vendrá. ¡Y con un dragón!

—¡Qué absurda tontería! ¿Cómo te atreves a decir esas mentiras? Vamos… ¡Hablaré de ti con el profesor Snape, Malfoy!

Potter apremió a la pelirroja, ella seguía escuchando la conversación. Necesitaba material para burlarse de su amigo. La escalera de caracol hacia la torre más alta les pareció lo más fácil del mundo. Hasta que salieron al frío aire de la noche no se quitaron la capa, felices de poder respirar bien. Medea bailaba en su lugar, riéndose de Draco, esperaban, con Norberto moviéndose en su jaula. Al cabo de diez minutos, cuatro escobas aterrizaron en la oscuridad.

Los amigos de Charlie enseñaron a Harry y Medea los arneses que habían preparado para poder suspender a Norberto entre ellos. Todos ayudaron a colocar al dragón para que estuviera más seguro, Harry y Medea estrecharon las manos y agradecieron la ayuda. Por fin se libraron del dragón, Norberto se había ido. Bajaron rápidamente por la escalera de caracol, con los corazones tan libres como sus manos, que ya no llevaban la jaula con Norberto. Sin el dragón, y con Draco castigado, ¿qué podía estropear su felicidad? La respuesta los esperaba al pie de la escalera. Cuando llegaron al pasillo, el rostro de Filch salió de forma súbita de la oscuridad.

—Bien, bien, bien— susurró Harry—. Tenemos problemas.

—Arriba— fue lo único que murmuró la pelirroja refiriéndose a la capa de invisibilidad.

31

Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, en el primer piso, donde se sentaron a esperar sin decir una palabra. Harry temblaba en su lugar. Medea no pensaba en escapar o inventarse alguna excusa, Hécate la había maldecido de cierta forma que no buscó una salida fácil, pero eso era distinto, su tía podría aparecer en cualquier momento para llevarla de vuelta a casa: casa equivocada, alianzas equivocadas, romper tantas normas en una noche. Seguramente Tiglat o Winky serían mejor tratados que ella en cuanto retornara. Cuando la profesora McGonagall apareció, llevaba a Neville.

—¡Harry! — estalló Neville en cuanto los vio—. Estaba tratando de encontrarte para prevenirte, oí que Malfoy decía que iba a atraparte, dijo que tenías un drag…— Harry negó violentamente con la cabeza para que dejara de hablar, pero la profesora McGonagall lo vio.

—Nunca lo habría creído de ninguno de ustedes. El señor Filch dice que estaban en la torre de Astronomía. Es la una de la madrugada. Quiero una explicación— hubo un silencio en donde ninguno pudo contestar—. Creo que sé lo que ha sucedido. No hace falta ser un genio para descubrirlo. Te inventaste una historia sobre un dragón para que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos. Te he atrapado. Supongo que te habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no? — la pelirroja debió su mirada de la profesora para alternarla entre Harry y Neville—. Estoy disgustada, cuatro alumnos fuera de la cama en una noche. ¡Nunca había oído una cosa así! Señorita Prewett, esperaba un poco de sentido común. Y en cuanto a ti, Potter, creía que Gryffindor significaba más para ti. Los tres serán castigados. Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a pasearte por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y se les descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.

—¿Cincuenta? — resopló Harry. Iban a perder el primer puesto, lo que había ganado en el último partido de quidditch.

—Acabamos de ponernos a la cabeza— dijo Medea, pensando seriamente en explotar el por qué a ellos les bajaba más puntos que a Draco. Temió no haber cerrado su mente y que su jefa de casa se diera cuenta.

—Cincuenta puntos cada uno— dijo la profesora McGonagall, resoplando a través de su nariz puntiaguda.

—Profesora… por favor…— intentó Neville.

—Usted… usted no…

—No me digas lo que puedo o no puedo hacer, Potter. Ahora, vuelvan a la cama, todos. Nunca me había sentido tan avergonzada de unos alumnos de Gryffindor.

***

—Bueno, volviste al inicio, te señalan con el dedo— dijo Medea.

—Pero giran la cabeza— recordó Hermione.

—Eso no me ayuda— habló Potter.

—El famoso Harry Potter, el héroe de dos partidos de quidditch, les había hecho perder todos esos puntos, él y otros dos estúpidos de primer año— dijo Medea—. ¡Nos llamaron estúpidos!

—Dales las gracias a tus amigos de Slytherin— espetó Ron.

—Oh, vamos, hasta Ravenclaw y Hufflepuff quieren ver a las serpientes hasta abajo y no se han esforzado ni un poco, el cuatro ojos hizo todo, ganar y perder— dijo Medea.

—Se olvidarán en unas semanas. Fred y George han perdido puntos muchas veces desde que están aquí y la gente sigue apreciándolos.

—Pero nunca han perdido ciento cincuenta puntos de una vez, ¿verdad? — dijo Harry con tristeza.

—Bueno… no— admitió Ron.

Medea y Neville también sufrían. No pasaban tantos malos ratos como Harry porque no eran tan conocidos, pero nadie les hablaba. Las serpientes no intercambiaban palabras con la pelirroja, ni siquiera para burlarse, Theo y Blaise le daban las golosinas en la clase de pociones, donde la niña se sentía un poco más libre, de cierta forma; Blaise solo tomaba asiento a su lado, pocas veces interactuaban. Mientras Hermione se limitaba a trabajar en silencio y no llamar la atención, como sus amigos, Medea aprovechaba cualquier oportunidad para recuperar sus cincuenta puntos perdidos. Excepto en herbología, ahí dejaba que Neville explotara su potencial, había descubierto que a Longbottom le gustaba ir a esa clase.

Los cinco se quedaban hasta altas horas de la noche. Las lecciones que tenían que repasar los mantenían ocupados. La pelirroja ayudaba a Longbottom con pociones y dejaba que él le explicara de herbología. Medea les ayudaba a los demás a recordar los ingredientes de complicadas pociones, Hermione con la memorización de hechizos y encantamientos. A ninguno se le daba bien historia de la magia, así que entre todos intentaban algo respecto a fechas de descubrimientos mágicos y rebeliones de duendes. Faltaba una semana para los exámenes, así que iban y venían de la biblioteca.

—¿Alguna de tus abuelas dijo algo por la hazaña de esa noche?

—Mi abuela mandó una carta amenazante.

—¿Y tu bisabuela?

—¿Cómo sabes de ella?

—Fue hermana de mi bisabuela paterna, así que he tenido algún intercambio de cartas con ella.

—Vaya, y yo que creí que no tenía más familia.

—¿No oíste a McGongall el primer día? Ahora Gryffindor es tu familia.

—Gracias.

—No tienes que agradecer nada, hablo enserio. Debemos volver a la sala común— dijo Medea.

***

—Entonces, ¡Snape lo ha hecho! — dijo Ron. Harry les contó lo que había oído—. Si Quirrell le ha dicho cómo romper su encantamiento anti-Fuerzas Oscuras…

—Pero todavía queda Fluffy— dijo Hermione.

—Tal vez Snape ha descubierto cómo sortearlo sin preguntarle a Hagrid— dijo Ron.

—Seguro que por aquí hay un libro que dice cómo burlar a un perro gigante de tres cabezas. ¿Qué vamos a hacer, Harry? — dijo Medea viendo los miles de libros que los rodeaban.

—Ir a ver a Dumbledore— intervino Hermione—. Eso es lo que debimos hacer desde el principio. Si se nos ocurre intentar algo nosotros solos, seguro que saldrá mal.

—¡No tenemos pruebas! — exclamó Harry—. Quirrell está demasiado atemorizado para respaldarnos. Snape solo tiene que decir que no sabía cómo entró el trol en Halloween y que él no estaba cerca del tercer piso en ese momento. ¿A quién piensan que van a creer, a él o a nosotros? No es exactamente un secreto que lo detestamos…

—Habla por ustedes— dijo Medea—. Dumbledore creerá que nos lo hemos inventado para hacer que lo echen.

—Filch no nos ayudaría aunque su vida dependiera de ello, es de,asoadp a,ogp de Snape, y cuantos más alumnos pueda echar, mejor para él— Harry retomó la palabra—. Y no olviden que se supone que no sabemos nada sobre la Piedra o Fluffy. Serían muchas explicaciones.

—Si investigáramos solo un poco…— empezó Ron.

—No— dijo Harry—. Ya hemos investigado demasiado.

32

—Prewett se queda al final de la clase— dijo Snape viendo cómo la pelirroja se preparaba para marcharse tras el sonido de la chicharra.

—Los veo más tarde— murmuró a sus amigos, quienes la vieron con un poco de temor.

—La profesora McGonagall ya me comunicó sobre su castigo.

—Nos castigaron por andar fuera de la cama y lo vamos a cumplir ¡casi a la misma hora!

—Insistí en que a usted y Draco cumplieran su castigo conmigo…

—No sería castigo, hasta pienso que le preocupo.

—No está de suerte.

—Lo sé— sonrió pensando que tal vez sí le preocupaba—. ¿Hay noticias de mi tía?

—No, pareciera que no le preocupa que usted pudo haber subido a la torre de Astronomía para lanzarse al vacío.

—Me leyó el pensamiento— dijo antes de salir del aula.

***

A las once de aquella noche, se despidieron de Ron y Hermione en la sala común y bajaron al vestíbulo de la entrada con Neville. Filch ya estaba ahí, así como Draco. Como ahora no hablaban, no recordaba que también habían castigado al platinado. Llevaba un poco de las golosinas que le regalaron, le tendió uno a cada uno de sus amigos, no tenían ni idea de qué harían a esa hora. Eso no ayudó mucho, así que sostuvo la mano de Longbottom bajo la atenta mirada de Draco y Harry.

—Síganme— dijo Filch, encendiendo un farol y conduciéndolos afuera—. Seguro que lo pensarán dos veces antes de romper otra regla de la escuela, ¿verdad? — dijo mirándolos con aire burlón—. Oh, sí… trabajo duro y dolos son los mejores maestros, si quieren mi opinión… Es una lástima que hayan abandonado los viejos castigos… colgarlos de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi despacho, las mantengo engrasadas por si alguna vez son necesarias… Bien, allá vamos, y no piensen en escapar, porque será peor para ustedes si lo hacen.

Marcharon cruzando el oscuro parque. Neville comenzó a respirar con dificultad, la pelirroja aminoró la marcha para ver qué provocaba esa dificultad; seguro era el temor. Harry se preguntó cuál sería el castigo que los esperaba. Medea creía que debía de ser algo verdaderamente horrible, o Filch no estaría tan contento. Draco trató de ir a lado de posicionarse a su lado, la pelirroja lo ignoraba. La luna brillaba, pero las nubes la tapaban, dejándolos en la oscuridad. Delante, los chicos pudieron ver las ventanas iluminadas de la cabaña de Hagrid. Entonces oyeron un grito lejano.

—¿Eres tú, Filch? Date prisa, quiero empezar de una vez— los tres Gryffindors sintieron una especie de alivio, iban a estar con Hagrid.

—Supongo que crees que vas a divertirte con ese papanatas, ¿no? Bueno, piénsalo mejor, muchacho…— Harry no disimuló ese alivio—. Es al bosque donde irás y mucho me habré equivocado si vuelven todos enteros.

—¿El bosque? — repitió Draco, no parecía tan indiferente como de costumbre—. Hay toda clase de cosas de allí… dicen que hay hombres lobo.

—Eso es problema suyo, ¿no? — dijo Filch con regocijo, Neville se aferró a la manga de la túnica de Medea y dejó escapar un ruido ahogado—. Tendrán que haber pensado en los hombres lodo antes de meterse en líos.

—Menos mal— dijo Hagrid, quien fue hacia ellos a grandes zancadas, con Fang pegado a los talones. Llevaba una gran ballesta y un carcaj con flechas a la espalda—. ¿Todo bien, Harry, Medea?

—Yo no sería tan animoso con ellos, Hagrid— dijo Filch con frialdad—. Después de todo, están aquí por un castigo.

—Por eso llegaste tarde, ¿no? — dijo Hagrid mirándolo ceñudo—. ¿Has estado dándoles sermones? Eso no es lo que tienes que hacer. A partir de ahora, me hago cargo yo.

—Volveré al amanecer— dijo Filch—, para recoger lo que quede de ellos— añadió con malicia. Se dio vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad. Entonces Draco se volvió hacia Hagrid.

—No iré a ese bosque— dijo, percibieron miedo en su voz.

—¿Por qué no, niño mimado? — espetó la pelirroja al soltar a Neville, quien se apresuró a colgarse de la manga de Hagrid—. Seguro tu padre ya se enteró de esto.

—Sí, y tu tía también.

—No ha llegado un vociferador.

—Basta, cometieron un error y ahora van a pagarlo— intervino Hagrid.

—Pero eso para los empleados, no para los alumnos. Yo pensaba que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago eso, él…

—¿Y por eso decidiste ir a buscarnos, verdad?

—Te diría que es así como se hace en Hogwarts— gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Harán algo que sea útil, o si no se irán. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y toma tus cosas. ¡Vete! — Draco no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero bajó la mirada—. De acuerdo. Escuchen con atención, porque lo que vamos a hacer esta noche es peligroso y no quiero que ninguno se arriesgue. Síganme un momento. ¿Ven eso que brilla en la tierra? ¿Eso plateado? Es sangre de unicornio. Por aquí hay un unicornio que ha sido malherido por alguien. Es la segunda vez esta semana. Me topé con un muerto el miércoles. Vamos a tratar de encontrar a ese pobrecito. Tal vez tengamos que evitar que siga sufriendo.

—¿Y qué sucede si el que hirió al unicornio nos encuentra primero? — preguntó Draco, incapaz de ocultar el miedo de su voz.

—Tu padre se enterará de eso— dijo Medea por lo bajo para burlarse de su amigo y que solo él la escuchara.

—No hay ningún ser en el bosque que pueda herirlos si están conmigo o con Fang— dijo Hagrid—. Y no dejen el sendero. Ahora vamos a dividirnos en dos equipos y seguiremos las huellas en distintas direcciones. Hay sangre por todas partes, debe de andar tambaleándose desde ayer por la noche, por lo menos.

—Muy bien, pero te informo que es un cobarde— dijo Hagrid—. Entonces, Harry, Medea y yo iremos por un lado y Malfoy, Neville y Fang, por el otro. Si alguno encuentra al unicornio, debe enviar chispas verdes, ¿de acuerdo? Saquen sus varitas ahora y practiquen ahora… Está bien… Y si alguno tiene problemas, las chispas rojas y nos reuniremos todos… así que tengan cuidado… En marcha.

El bosque estaba oscuro y silencioso. Después de andar un poco, vieron que el sendero se bifurcaba. Harry, Medea y Hagrid fueron hacia la izquierda y Draco, Neville y Fang se dirigieron a la derecha. Anduvieron en silencio, con la vista clavada en el suelo. De vez en cuando, un rayo de luna a través de las ramas iluminaba una mancha de sangre azul plateada entre la hojarasca. Harry vio que Hagrid parecía muy preocupado. Medea iba a intervenir cuando habló el azabache.

—¿Podría ser un hombre lobo el que mata a los unicornios?

—No son lo bastante rápido— dijo Hagrid—. No es tan fácil cazar un unicornio, son criaturas poderosamente mágicas. Nunca había oído que hubieran hecho daño a ninguno. ¿Estás bien, Medea? — susurró—. No te preocupes, si está tan malherido no andará muy lejos, y entonces podremos… ¡Pónganse detrás de ese árbol!

Antes de que los niños entendieran qué sucedía, Harry y Medea fueron arrastrados fuera del sendero, detrás de un grueso roble. Sacó una flecha, la colocó en su ballesta y la levantó, listo para disparar. Los tres escucharon atentos. Alguien se deslizaba sobre las hojas secas. Parecía como una capa que se arrastrara por el suelo. Hagrid miraba hacia el sendero oscuro, pero, después de unos segundos, el sonido se alejó. Los niños intercambiaron miradas esperando alguna información del semi gigante.

—¿Un hombre lobo?

—Y dale con lo mismo.

—Síganme, pero tengan cuidado.

—Vamos, niño— dijo tomándole la mano. Anduvieron muy despacio, atentos a cualquier ruido. De pronto, en un claro un poco más adelante, algo se movió visiblemente.

—¿Quién está ahí? ¡Déjese ver… estoy armado! — gritó Hagrid. Y apareció en el claro… ¿Era un hombre o un caballo? De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero, por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojita. Harry y Medea se quedaron se quedaron boquiabiertos. El primero por la sorpresa, ya que aun no se acostumbraba a ese nuevo mundo del que era parte, por su parte, la segunda, con horror, pues los sangre pura fueron criados para despreciar a los muggles, sangre sucias y criaturas semi humanas y Medea no era la excepción—. Oh, eres tú, Ronan. ¿Cómo estás?

—Muy buenas noches, Hagrid— dijo Ronan. Tenía una voz profunda y triste—. ¿Ibas a dispararme?

—Nunca se es demasiado cuidadoso— dijo Hagrid, tocando su ballesta—. Hay alguien muy malvado perdido en este bosque. Ah, este es Harry Potter y ella Medea Prewett. Ambos son alumnos del colegio. Él es Ronan. Es un centauro.

—Nos hemos dado cuenta— dijo Medea tratando de sonar débil.

—Buenas noches— los saludó Ronan—. Estudiantes, ¿eh? ¿Y aprenden mucho en el colegio?

—Eh…

—Un poco— habló Harry con timidez.

—Un poco. Bueno, eso es algo Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.

—Ajá— dijo Hagrid, mirando también hacia arriba—. Escucha, me alegro de haberte encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?

—Los inocentes siempre son las primeras víctimas— dijo luego de un pequeño silencio—. Ha sido así durante siglos pasados y lo es ahora.

—Sí— dijo Hagrid—. Pero, ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?

—Marte brilla mucho esta noche— repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con impaciencia—. Está inusualmente brillante.

—Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros— dijo Hagrid, Medea comenzaba a impacientarse, la criatura parecía divagar—. Entonces, ¿no has visto nada extraño?

—El bosque esconde muchos secretos— dijo Ronan. Un movimiento en los árboles detrás de Ronan hizo que Hagrid levantara de nuevo su ballesta, pero era solo un segundo centauro, de cabello y cuerpos negros y con aspecto más salvaje que Ronan.

—Hola, Bane— saludó Hagrid—. ¿Qué tal?

—Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.

—Sí, gracias. Mira, estaba preguntándole a Ronan si había visto algo extraño últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo sobre eso?

—Esta noche Marte brilla mucho— dijo simplemente.

—Bueno, si alguno ve algo, me avisan, ¿de acuerdo? En fin, nos vamos— dijo Hagrid malhumorado. Los niños lo siguieron, saliendo del claro y mirando por encima del hombro a Ronan y Bane, hasta que los árboles taparon—. Nunca traten de obtener una respuesta directa de un centauro. Son unos malditos astrólogos. No se interesan por nada más cercano que la luna.

—¿Y hay muchos de ellos aquí? — preguntó Medea con un poco de desagrado, casi imperceptible.

—Oh, unos pocos más… Se mantienen apartados la mayor parte del tiempo, pero siempre aparecen si quiero hablar con ellos. Los centauros tienen una mente profunda… saben cosas… pero no dicen mucho.

—¿Crees que era un centauro lo que hemos oído antes? — preguntó Harry.

—¿Te ha parecido que era ruido de cascos? No, en mi opinión, eso era lo que está matando a los unicornios… Nunca había oído algo así.

—Hagrid, mira, chispas rojas, ¡los otros tienen problemas!

—Ustedes esperen aquí, quédense en el sendero y volveré a buscarlos.

—¿Crees que les haya pasado algo?

—No me importaría que el afectado sea Malfoy, en todo caso, Neville, él está aquí por nuestra culpa.

—Draco no es malo.

—Es tu amigo, claro que lo vas a defender.

—Ya vienen. ¿Qué ocurrió? — pero no hubo respuesta del guardabosques, yacía furioso—. ¿Qué le hiciste al niño? — espetó al jalar la oreja de su amigo platinado.

—Suelta.

—Tu padre se enterará de esto, de paso le dices a Hécate. Ahora dime, ¿qué hiciste?

—Fue una broma.

—¿Estás bien? — soltó al Slytherin, se dirigió ahora a Longbottom.

—Vamos a necesitar mucha suerte si queremos encontrar algo— espetó Hagrid—. Bueno, ahora voy a cambiar los grupos… Neville, tú te quedas conmigo y Medea. Harry tú vas con Fang y este idiota; pero a él le va a costar mucho asustarte y tenemos que terminar esto.

—Pobre Harry— murmuró Medea jalando la oreja de Draco.

—Suéltame— espetó Draco tratando de alejarla, ella se rió un poco antes de soltarlo, tomar la mano de Neville y caminar en otra dirección.

—Puedo ir solo.

—Lo sé, pero tienes miedo.

—Eso… no, no es cierto.

—Por favor, Longbottom, no te voy a juzgar si es lo que te preocupa.

—Eres amiga de Malfoy.

—Claro que sí, crecimos juntos.

—Seguro se ríen de mí a mis espaldas.

—Él, yo no reiría de ti.

—Pero lo de la recordadora.

—Es diferente.

—Entiendo por qué eres inseguro, mi secreto es que Malfoy también, por eso es un bully, para compensarse a sí mismo.

—Pero…

—No lo oíste de mí… Solo demuestra que eres mejor persona.

—¿Somos amigos?

—No veo por qué no.

—He visto que mi bisabuela te manda cartas y golosinas.

—Creí que también te las mandaba.

—No converso mucho con ella.

—¿Augusta no te lo permite?

—Nunca habla de ella, no creo que tengan la mejor relación del mundo.

—Bueno, si juntas los egos de dos familias sangre pura, no obtienes un buen resultado.

—Soy sangre pura y…

—Yo igual, convivo con tres personas dispuestas a todo para mantener la pureza y superar a cualquiera que crean inferior, incluso alegar estar bajo la maldición imperius.

33

La última confesión de Medea lo hizo estremecerse, recordándole la razón por la que vivía con su abuela y no sus padres. Lentamente aminoró la pausa y alejó su mano de la de su interlocutora y la escudriñó con la mirada. Prewett no dijo nada más, solo se limitó a seguir al semi gigante, quien llamaba la atención de los niños para volver al camino donde debían encontrarse con el resto. Al ver que Longbottom ya no quería acercarse a ella, corrió detrás del guardabosque para tratar de darle alcance, divisó al azabache y se apresuró a abrazarle.

—¿Estás bien?

—Me estás apretando.

—¿Acaso eres imán de problemas? — inquirió atrapando su oreja.

—A este paso nos vamos a quedar sin orejas.

—Quisieras.

Ron y Hermione se habían quedado dormidos en la oscuridad de la sala común, esperando a que volvieran. Cuando Medea lo jaló de la oreja, este gritó sobre faltas de quidditch antes de empezar a manotear. Harry apenas y sacudió a Granger para despertarla. Sin embargo, en unos segundos estaban con los ojos muy abiertos, mientras Harry les contaba a él, Hermione y Medea, lo que había sucedido en el bosque. Harry no podía sentarse. Se paseaba de un lado a otro, ante la chimenea. Todavía temblaba.

—Snape quiere la piedra para Voldemort… y Voldemort está esperando en el bosque… ¡Y todo el tiempo pensábamos que Snape solo quería ser rico!

—¡Deja de decir el nombre! — dijo Ron en un aterrorizado susurro, como si pensara que Voldemort podría oírlos.

—Tal vez y esa sea su recompensa: volverse rico— acotó Medea.

—Firenze me salvó, pero no debió hacerlo… Bane estaba furioso… Hablaba de interfeir en lo que los planetas dicen que sucederá… Deben de decir que Voldemort ha vuelto… Bane piensa que Firenze debió dejar que Voldemort me matara. Supongo que eso también está escrito en las estrellas.

—¿Quieres dejar de repetir el hombre? — espetó Ron.

—Así que lo único que tengo que hacer es esperar a que Snape robe la Piedra— continuó febrilmente Harry—. Entonces Voldemort podrá venir y terminar conmigo… Bueno, supongo que Bane estará contento.

—Harry, todos dicen que Dumbledore es el único al que Quien-tú-sabes siempre ha temido. Con Dumbledore por aquí, no te tocará. De todos modos, ¿quién puede asegurar que los centauros tienen razón? A mí me parecen adivinos, y la profesora McGonagall dice que esa es una rama de la magia muy inexacta.

—Oh, vamos— dijo Medea al pararse a lado de Hermione y subir a su habitación juntas—. No deberías albergar prejuicios.

—No lo digo yo, sino la profesora McGonagall.

—Eso no importa, detesto Defensa Contra las Artes Oscuras y no por eso dejo de tener buena nota.

—Es ahí y en pociones donde siempre ganas puntos.

—Exacto, no opines hasta que cursemos esa materia.

Al ser cuatro, casi siempre se dividían en binas para hacer los trabajos juntos. Ya no había motivo para relacionarse con los tejones. Solo en pociones se iba con las serpientes. Los exámenes empezaron y el calor también. Los examinaban por escrito en el aula grande. Les habían entregado plumas nuevas, especiales, que habían hechizado con un encantamiento anticopia. También tenían exámenes prácticos. El profesor Flitwick los llamó uno a uno al aula, para ver si podían hacer que una piña bailara claqué encima del escritorio. La profesora McGonagall los observó mientras convertían un ratón en una caja de rapé. Sumaba puntos la belleza de las cajas, pero restaba que tuviera bigotes. Severus los puso nerviosos a todos, vigilándolos mientras trataban de recordar cómo hacer una poción para olvidar.

Los chocolates belgas llegaron para animar esa semana. Medea escribió a su tía para decirle sus sospechas, sobre el posible regreso del Señor Tenebroso, luego a su tía abuela, para que procurara un poco más a su nuevo amigo, quien también recibió una ración de chocolates. Medea obtuvo halagos del cuerpo docente, admiraban su inteligencia y Severus agregó su capacidad para obtener castigos y meterse en problemas. Ayudaba a repasar a Neville, sabía que sus nervios le ayudarían a olvidarse de lo aprendido. Harry era el único verdaderamente preocupado por la Piedra y lo que implicaba que fuera robada.

El último examen era el de Historia de la Magia, el cual la pelirroja fue de las pocas en terminarlo antes de que el profesor Bins dijera que se acabó el tiempo, gracias a su capacidad para retener información. Pronto estarían libres, libres durante toda una maravillosa semana, hasta que recibieran los resultados de los exámenes. Medea sacó un chocolate para cada uno antes de comerse uno. Hermione siempre repetía los exámenes y Prewett le dio el dulce para hacerla callar. Caminaron hacia el lago y se dejaron caer bajo un árbol. Los gemelos Weasley y Lee Jordan se dedicaban a pinchar los tentáculos del calamar gigante que tomaba el sol en los cálidos bajíos.

—Alégrate, cuatro ojos, aun no nos dan los resultados— dijo Medea.

—¡Me gustaría saber qué significa esto! La cicatriz sigue doliéndome.

—Ve a ver a la señora Pomfrey— sugirió Hermione.

—No estoy enfermo— dijo Harry—. Creo que es un aviso…

—¿De que se acerca el peligro? Relájate, Hermione solo hizo una sugerencia.

—La Piedra está segura mientras Dumbledore esté aquí. De todos modos, nunca hemos tenido pruebas de que Snape encontrara la forma de burlar a Fluffy. Casi le arrancó la pierna una vez, no va a intentarlo de nuevo. Y Neville jugará al quidditch en el equipo de Inglaterra antes de que Hagrid traicione a Dumbledore— dijo Ron.

—Eso son los exámenes— dijo Hermione—. Yo me desperté anoche y estuve a punto de mirar mis apuntes de Transformaciones, cuando me acordé de que ya habíamos tenido ese examen.

—¿A dónde vas? — dudaron los pelirrojos cuando vieron a Harry ponerse de pie de un salto.

—Tenemos que ir a ver a Hagrid ahora.

—¿Por qué? — suspiró Hermione levantándose.

—¿No les parece un poco raro que lo que más deseara Hagrid fuera un dragón, y que de pronto aparezca un desconocido que casualmente lleva un huevo en el bolsillo?

—Solo fue una coincidencia— dijo Medea restándole importancia, pero fue arrastrada por el pelirrojo.

—¿Cuánta gente anda por ahí con huevos de dragón, que están prohibidos por las leyes de magos? Qué suerte tuvo al encontrar a Hagrid, ¿verdad? ¿Por qué no se me ocurrió antes?

—Hola, ¿han terminado ya los exámenes? ¿Tienen tiempo para beber algo?

—Sí, por favor— dijo Medea queriendo llevar la situación de forma natural.

—No, tenemos prisa, Hagrid, pero debo preguntarte algo. ¿Te acuerdas de la noche que ganaste a Norberto? ¿Cómo era el desconocido con el que jugaste a las cartas?

—No lo sé, no se quitó la capa— dijo Hagrid sin darle mucha importancia—. No es tan inusual, hay mucha gente rara en el Cabeza de Puerco, el pub de la aldea. Podría ser un traficante de dragones, ¿no? No llegué a verle la cara porque no se quitó la capucha.

—¿De qué hablaste con él, Hagrid? — inquirió Harry dejándose caer cerca del recipiente de los guisantes.

—Al grano, Potter, ¿mencionaste Hogwarts y lo que aquí ocurre? — dijo Medea aun de pie.

—Sí… me preguntó qué hacía y le dije que era guardabosques aquí… Me preguntó de qué tipo de animales me ocupaba… se lo expliqué… y le conté que siempre había querido tener un dragón… y luego… no puedo recordarlo bien, porque me invitó a muchas copas. Déjame pensar… ah, sí, me dijo que tenía un huevo de dragón y que podía jugarlo a las cartas si yo quería… pero que tenía que estar seguro de que iba a poder con él, no quería dejarlo en cualquier lado… Así que le dije que después de Fluffly, un dragón era más fácil.

—¿Y él… pareció interesado en Fluffly? — preguntó Harry, tratando de conservar la calma.

—¿Cuántos perros con tres cabezas has visto? — exclamaron Ron y Medea.

—Entonces le dije que Fluffy era buenísimo si uno sabía calmarlo; tócale algo de música y se dormirá enseguida… ¡No debí decir eso! ¿A dónde van?

Pero los cuatro ya habían corrido lejos de la cabaña. No se hablaron hasta llegar al vestíbulo de entrada, que parecía frío y sombrío, después de haber estado en el parque. Cayeron en cuenta de que no sabían dónde estaba el despacho de Dumbledore. Miraron alrededor, como si esperaran que alguna señal se lo indicara. Nunca les habían dicho dónde vivía Dumbledore, ni conocían a nadie a quien hubieran enviado a verlo. Pero de pronto una voz cruzó el vestíbulo.

—¿Qué están haciendo los cuatro aquí dentro?

—Queremos ver al profesor Dumbledore— dijo Hermione con valentía.

—¿Por qué?

—Es algo secreto— dijo Harry, de inmediato deseó no haberlo hecho, porque la profesora McGonagall se enfadó.

—Vaya forma de empezar— dijo Medea a punto de jalarle la oreja.

—El profesor Dumbledore se ha ido hace diez minutos— dijo con frialdad—. Ha recibido un búho urgente del ministro de Magia y ha salido volando para Londres de inmediato.

—¿Se ha ido? ¿Ahora?

—El profesor Dumbledore es un gran mago, Potter, y tiene muchos compromisos…

—Pero esto es importante.

—¿Y lo que tienes que decir es más importante que el ministro de Magia, Potter?

—Sí, Potter— dijo reprendiendo a su amigo.

—Mire, profesora, se trata de la Piedra Filosofal…

—¿Cómo sabes…?

—Profesora, creo, sé que alguien va a tratar de robar la Piedra. Tengo que hablar con el profesor Dumbledore.

—El profesor Dumbledore regresará mañana— dijo finalmente—. No sé cómo han descubierto lo de la Piedra, pero quédense tranquilos. Nadie puede robarla, está demasiado bien protegida.

—Pero profesora…

—Harry, sé de lo que hablo. Les sugiero que salgan y disfruten del sol— pero no lo hicieron.

—Será esta noche— dijo Harry, una vez que se aseguraron que de la profesora McGonagall no podía oírlos—. Snape pasará por la trampilla esta noche.

34

—Bueno, no queda otro remedio, ¿verdad? — dijo Harry—. Iré esta noche y trataré de llegar antes y conseguir la Piedra.

—¡Estás loco! — dijo Ron.

—¡No puedes! — dijo Medea.

—¡Van a expulsarte! — exclamó Hermione.

—¿Y qué? — gritó Harry— ¿No lo entienden? ¡Si Snape consigue la Piedra, es la vuelta de Voldemort! ¿No han oído cómo eran las cosas cuando él trataba de apoderarse de todo? ¡Ya no habrá ningún colegio del que puedan expulsarnos! ¡Lo destruirá o lo convertirá en un colegio para las artes oscuras! ¿No se dan cuenta de que perder puntos ya no importa? ¿Creen que dejará que ustedes y sus familias estén tranquilos si Gryffindor gana la Copa de las Casas? Si me atrapan antes de que consiga la Piedra, bueno, tendré que volver con los Dursley y esperar a que Voldemort me encuentre allí. Será solo morir un poco más tarde de lo que debería haber muerto, porque nunca me pasaré al lado tenebroso. Voy a entrar por esa trampilla esta noche, y nada de lo que digan me detendrá. Voldemort mató a mis padres, ¿lo recuerdan?

—Tienes razón, Harry— dijo Hermione, casi sin voz.

—Voy a llevar la capa invisible— dijo Harry—. Es una suerte haberla recuperado.

—Pero, ¿nos cubrirá a los cuatro? — preguntó Ron.

—¿A… los cuatro?

—Oh, vamos, ¿no pensarás que vamos a dejarte ir solo? — inquirió Medea cruzándose de brazos.

—Por supuesto que no— dijo Hermione con voz enérgica—. ¿Cómo crees que vas a conseguir la Piedra sin nosotros? Será mejor que vaya a buscar mis libros, tiene que haber algo que nos sirva…

—Pero, si nos atrapan, también los expulsarán a ustedes.

—No, si yo puedo evitarlo— dijo Hermione con severidad—. Flitwick dijo en secreto que en su examen tengo ciento doce sobre cien. No me van a expulsar después de eso.

—Calla, presumida— rió Medea antes de seguirla.

Tras la cena, los cuatro se sentaron aparte en la sala común. Nadie los molestó: después de todo, ningún Gryffindor hablaba con Harry, pero esa fue la primera noche que no le importó. Hermione revisaba sus apuntes, confiando en encontrar algunos de los encantamientos que deberían conjurar. Medea echaba un vistazo a los que su amiga apartaba, creyendo que podrían servir. Harry y Ron no hablaban mucho. Ambos pensaban en lo que harían. Poco a poco la sala se fue vaciando y todos fueron a acostarse.

—Será mejor que vayas a buscar la copa— murmuró Ron mientras Lee Jordan finalmente se iba, bostezando y desperezándose. Harry corrió por la escalera hasta su dormitorio oscuro. Sacó la capa y entonces su mirada se fijó en la flauta que Hagrid le había regalado para Navidad. La guardó para utilizarla con Fluffly, no tenía muchas ganas de cantar. Regresó a la sala común.

—Es mejor que nos pongamos la capa aquí y nos aseguremos de que nos cubre a los cuatro… si Filch descubre uno de nuestros pies andando solo por ahí…

—¿Qué van a hacer? — dijo una voz desde un rincón. Neville apareció detrás de un sillón, aferrado al sapo Trevor, que parecía haber intentado otro viaje a la libertad.

—Nada, Neville, nada— dijo Harry, escondiendo la capa detrás de la espalda.

—Van a salir de nuevo.

—No, no, no— aseguró Hermione—. No, no haremos nada.

—¿Por qué no te has ido a la cama? — murmuró Medea al acercarse.

—No pueden irse— insistió Neville—. Volverán a atraparlos. Gryffindor tendrá más problemas.

—Tú no lo entiendes— dijo Harry—. Esto es importante.

—No dejaré que lo hagan— dijo, corriendo a ponerse frente al agujero del retrato—. ¡Voy… voy a pelear contra ustedes!

—¡Neville! — lo llamó Medea.

—¡Apártate de ese agujero y no seas idiota! — estalló Ron.

—¡No me llames idiota! — dijo Neville—. ¡No me parece que sigan saltándose las reglas! ¡Y tú fuiste el que me dijo que hiciera frente a la gente!

—Sí, pero no a nosotros— se irritó Ron—. Neville, no sabes lo que estás haciendo.

—Neville, por favor— dijo Medea en tono frío al dar un paso hacia su interlocutor, quien dejó caer el sapo.

—¡Ven entonces, intenta pegarme! — dijo Neville, levantando los puños—. ¡Estoy listo!

—¡Ay, ya! ¡Desmaius! — exclamó la pelirroja perdiendo la poca paciencia que tenía.

—¿Qué has hecho? — se asustó Harry.

—¿No tenemos un objetivo?

—¿Está herido? — intervinieron Ron y Hermione.

—Ya me disculparé cuando volvamos.

Ver la puerta abierta les hizo tomar plena conciencia de aquello a lo que tenían que enfrentarse. Por debajo de la capa, Harry se volvió hacia los otros tres, con solo ver sus rostros, supo que no flaquearían y le abandonarían. Harry empujó la puerta. Cuando esta crujió, oyeron unos gruñidos. Los tres hocicos del perro olfateaban enloquecidos en dirección a ellos, aunque no podía verlos—. ¿Qué tiene en los pies? — susurró Hermione.

—Parece un arpa— dijo Ron—. Snape debe haberla dejado ahí.

—Seguramente se despierta en el momento en que se deja de tocar— dijo Harry.

—Bueno, empecemos— dijo Medea quitándole la flauta a su amigo. No era exactamente una gran melodía, desde la primera nota los ojos de la bestia comenzaron a cerrarse. Poco a poco, sus gruñidos fueron apagándose, se balanceó, cayó de rodillas y luego se derrumbó en el suelo, profundamente dormido.

—Sigue tocando— advirtió Ron, primero salió él de debajo de la capa. Se arrastraron hasta la trampilla. Podían sentir la respiración caliente y olorosa del perro al aproximarse a las gigantescas cabezas—. Creo que podemos abrir la trampilla— dijo espiando por encima del lomo—. ¿Quieres ir delante, Hermione?

—¡No, no quiero!

—Muy bien— Ron apretó los dientes y anduvo con cuidado sobre las patas del perro. Se inclinó y tiró de la argolla de la trampilla, la cual se levantó quedando abierta.

—¿Qué puedes ver? — preguntó Hermione con ansiedad.

—Nada… solo oscuridad… no hay forma de bajar, hay que dejarse caer.

—Entonces voy primero— habló Harry.

—No sé lo profundo que es ese lugar— dijo Ron.

—Si algo me sucede, no sigan. Van directamente a la buhonera y envían a Hedwig a Dumbledore. ¿De acuerdo?

—¿Para qué tanto drama? — exclamó Medea entregando la flauta a Hermione y brincando al vacío.

Atravesó el aire frío y húmedo mientras caía, caía y caía. Aterrizó sobre algo mullido, con un ruido suave y extraño. Se incorporó y miró alrededor, con ojos no habituados a la penumbra. Era muy distinta a la vivida en casa, a Hécate le encantaba su casa a oscuras, ella rubia y esbelta, con ropajes oscuros y platinados, recordando la casa a la que perteneció. Todo tan distinto. Parecía que estaba sentada sobre una especie de planta. Giró su vista hacia su alrededor antes de escuchar cómo alguien más caía. Era Potter el que se lanzó detrás de ella.

—¡Todo bien! — gritó al cuadradito de luz del tamaño de un sello que era la abertura de la trampilla—. ¡Ha sido un aterrizaje suave, pueden saltar!

—¿Qué es esta cosa? — fueron las primeras palabras de Ron tras caer a lado de Harry.

—No lo sé, alguna clase de planta. Supongo que está aquí para amortiguar la caída— dijo Harry.

—¡Vamos, Hermione! — exclamó Medea, luego murmuró por lo bajo—: Esta debe ser la prueba de la profesora Sprout.

—Debemos de estar a kilómetros debajo del colegio— dijo la recién llegada.

—Me alegro de que esta planta esté aquí— dijo Ron.

—¿Te alegras? ¡Mírense!

Hermione saltó y chocó contra una pared húmeda. Tuvo que luchar, porque, en el momento en que cayó, la planta comenzó a extenderse como una serpiente para sujetarle los tobillos. El resto, por su parte, ya tenían las piernas atrapadas por largas enredaderas sin que se hubieran dado cuenta. Hermione pudo liberarse antes de que la planta la atrapara. En aquel momento miraba horrorizada, mientras los chicos luchaban por quitarse las plantas de encima, pero, cuanto más se resistían, con mayor fuerza y más rápidamente los envolvía la planta.

—¡No se muevan más! — los chicos se asustaron por el grito de Medea—. Gracias, ahora, esto es lazo del diablo…

—Oh, me alegro mucho de saber cómo se llama, es de gran ayuda— gruñó Ron, intentando evitar que la planta se le enroscara en el cuello.

—¡Calla! Estoy tratando de recordar cómo matarla— dijo Hermione.

—¡Bueno, date prisa, no puedo respirar! — jadeó Harry mientras la planta le oprimía el pecho.

—Le gustan la oscuridad y la humedad— dijo Medea—. ¡Enciende fuego!

—Oh, de acuerdo— dijo Hermione. Agitó su varita, murmuró algo y envió a la planta unas llamas azules como las que había utilizado con Snape. En segundos, los muchachos sintieron que se aflojaban las ligaduras, mientras la planta se retiraba a causa de la luz y el calor. Retorciéndose y alejándose, se desprendió de sus cuerpos y pudieron moverse.

—Me alegro de que pusieran atención a las clases de Herbología— dijo Harry mientras se reunía con ella junto a la pared, secándose el sudor de la cara.

—Créeme que si hubieras dicho alguna estupidez como que te hacía falta leña, te mato— dijo Medea al llegar a lado de su primo.

—Por aquí— dijo Harry, señalando un pasadizo de piedra que era el único camino. Además de sus pasos, solo se oía el sutil goteo del agua por las paredes. El pasadizo bajaba oblicuamente.

35

—¿Oyes algo? — susurró Ron. Harry escuchó, Medea llevaba la varita en alto, le sujetaba el hombro, con los otros por detrás de ellos. Un leve tintineo y un crujido, que parecían proceder de más adelante.

—¿Crees que será un fantasma?

—No lo sé… a mí me parecen alas— murmuró Medea. Llegaron hasta el final del pasillo y vieron ante ellos una habitación brillantemente iluminada, con el techo curveándose muy alto por encima de ellos. Estaba llena de pajaritos brillantes que volaban por toda la habitación. En el lado opuesto había una puerta pesada de madera.

—¿Nos atacarán si cruzamos la habitación? — preguntó Ron.

—Es probable. No parecen muy malos, pero supongo que si se lanzan todos juntos… Bueno, no hay alternativa… voy a correr.

Respiró profundamente, se cubrió la cara con los brazos y cruzó corriendo la habitación. Esperaba sentir picos agudos y garras desgarrando su cuerpo, pero no sucedió nada. Alcanzó la puerta sin que lo tocaran movió la manija, pero estaba cerrada con llave. Los otros tres lo alcanzaron. Tiraron y empujaron, mas la puerta no se movía, ni siquiera cuando Hermione probó con su hechizo Alohomora. Los pelirrojos seguían intentando en vano.

—¿Y ahora qué hacemos? — preguntó Ron.

—Esos pájaros… no pueden estar aquí solo para decorar— dijo Hermione.

—¡No son pájaros! ¡Son llaves! Llaves aladas, miren— dijo Medea señalando mientras Harry apreciaba el entorno.

—¡Escobas! Tenemos que conseguir la llave de la puerta.

—Pero hay cientos de ellas.

—Gracias por señalar lo obvio— dijo Medea torciéndole los ojos a su amiga.

—Tenemos que buscar una grande, antigua, probablemente de plata, como la manija— dijo Ron luego de examinar la cerradura de la puerta.

Hermione odiaba volar porque era algo que se necesitaba de práctica y no de la teoría, siendo ella una niña más teórica. Así que los otros tres tomaron una escoba y de una patada estuvieron en el aire, pero las llaves hechizadas eran tan rápidas que era casi imposible sujetarlas. Pero por algo Harry era el buscador más joven del siglo. Tenía un don especial para detectar cosas que otra gente no veía. Después de unos minutos moviéndose entre el remolino de plumas de todos los colores, detectó una gran llave de plata con un ala torcida, como si ya la hubieran atrapado y hubieran introducido con brusquedad en la cerradura.

—¡Es esa! — gritó a los otros—. Esa grande… allí… no, ahí… Con alas azul brillante… Las plumas están aplastadas por un lado— Ron se lanzó a toda velocidad en aquella dirección, chocó contra el techo y casi se cae de la escoba—. ¡Tenemos que rodearla! Ron, ven desde arriba, Medea, quédate abajo y no la dejes descender. Yo trataré de atraparla.

Ron se lanzó en picado, Medea subió en vertical, la llave los esquivó a ambos, y Harry se lanzó tras ella. Iban a toda velocidad hacia la pared, Harry se inclinó hacia adelante y, con ruido desagradable, la aplastó contra la piedra con una sola mano. Lo vivas de Ron y Medea retumbaron por la habitación. Aterrizaron rápidamente, Harry entregó la llave a Hermione, quien corrió a la puerta, con la llave retorciéndose en su mano. La metió en la cerradura y la giró… Funcionaba. En el momento en que se abrió la cerradura, la llave salió volando otra vez, con aspecto de derrotada, pues ya la habían atrapado dos veces.

—¿Listos? — preguntó Harry a los otros, con una mano en la manija de la puerta. Asintieron. Abrió la puerta.

La nueva habitación estaba tan oscura que no pudieron ver nada. Pero cuando estuvieron dentro de la luz súbitamente inundó el lugar, para revelar un espectáculo asombroso. Estaban al borde de un enorme tablero de ajedrez, detrás de las piezas negras, todas más altas que ellos y talladas en lo que parecía piedra. Frente a ellos, al otro lado de la habitación, estaban las piezas blancas. Harry, Ron, Hermione y Medea se estremecieron: las altísimas piezas blancas no tenían rostro.

—¿Ahora qué hacemos? — susurró Harry.

—¿No es obvio? — inquirieron los pelirrojos.

—Tenemos que jugar para cruzar la habitación— dijo Ron.

—Creo que vamos a tener que ser piezas— dijo Medea—. McGonagall y Flitwick se lucieron— dijo esto último codeando a su amiga, quien presumía su increíble calificación.

—Esto hay que pensarlo. Supongo que tenemos que ocupar el lugar de tres piezas negras.

—Bueno, no se ofendan, pero ninguno de ustedes es muy bueno en ajedrez— dijo Medea.

—Como si tú fueras mejor— dijo Ron.

—Tengo más conocimientos que ellos dos juntos y estamos hablando de Hermione…

—No nos ofendemos— intervino Harry—. Simplemente dinos qué debemos hacer.

—Bueno, Harry, tú ocupa el lugar de ese alfil y ustedes pónganse en el lugar de las torres.

—¿Y qué pasa contigo? — terció Hermione.

—Yo seré un caballo— las piezas parecieron haber escuchado porque, ante esas palabras, un caballo, un alfil y las torres dieron la espalda a las piezas blancas y salieron del tablero, dejando libres cuatro casillas que Harry, Ron, Medea y Hermione ocuparon—. Las blancas siempre juegan primero en el ajedrez— un peón blanco se movió hacia adelante. Ron comenzó a dirigir a las piezas negras. Se movían silenciosamente cuando las mandaba—. Ya casi estamos— murmuró de pronto—. Déjenme pensar— la reina blanca volvió su cara sin rostro hacia Ron—. Sí. Es la única forma… tengo que dejar que me tome.

—¡NO! — gritaron Harry y Hermione.

—¡Esto es Ajedrez! — dijo Ron con enfado—. Hay que hacer algunos sacrificios. Yo avanzaré y ella me tomará… Eso te dejará libre para hacer jaque mate al rey, Harry.

—Pero…

—¿Quieres detener a Severus o no? — exclamó Medea.

—Si no te das prisa va a conseguir la Piedra— espetó Ron.

Se movió hacia adelante y la reina blanca saltó. Golpeó a Ron con fuerza en la cabeza con su brazo de piedra y el chico se derrumbó en el suelo. Hermione gritó y Medea la detuvo para que no se moviera, aun no terminaba el juego. La reina blanca arrastró a Ron a un lado, parecía noqueado. Muy conmovido. Harry se movió tres casillas a la izquierda. El rey blanco se quitó la corona y la arrojó a los pies de Harry. Habían ganado. Las piezas saludaron y se fueron, dejando libre la puerta. Con una última mirada de desesperación hacia Ron, los demás corrieron hacia la salida y subieron por el siguiente pasadizo.

—Excelente, eso nos deja a Quirrell y Severus— dijo Medea.

—¿Vamos?

—Adelante— asintieron las chicas. Un tufo desagradable los invadió, haciéndoles taparse la nariz con la túnica. Con los ojos llorosos vieron, aplastado en el suelo frente a ellos, un trol más grande que el que habían derribado, inconsciente y con un bulto sangrante en la cabeza.

—Me alegra de que no tengamos que pelear con este— susurró Harry mientras avanzaban con cuidado por encima de una de sus enormes piernas—. Vamos, no puedo respirar.

Abrió la siguiente puerta: casi no se atrevían a mirar lo que seguía… Pero allí no había nada terrorífico, solo una mesa con siete botellas de formas diferentes puestas en fila. Cruzaron el umbral y de inmediato un fuego se encendió detrás de ellos. No era un fuego común, era púrpura. Al mismo tiempo, llamas negras se encendieron en la puerta que tenían delante. Estaban atrapados, una forma severa de asegurarse que no saltaran la prueba. La pelirroja sonrió.

—¡Miren! — Hermione tomó un rollo de papel que estaba cerca de las botellas. Los otros dos miraron por encima del hombro para leerlo:

[foto]

—Muy bueno— dijo Hermione—. Esto no es magia… es lógica… es un acertijo. Muchos de los más grandes magos no han tenido una gota de lógica y se quedarían aquí para siempre.

—Pero nosotros también, ¿no?

—Por supuesto que no— dijo Hermione.

—Dámelo a mí— dijo Medea—. Siete botellas: tres con veneno, dos con vino, una nos llevará a través del fuego negro y la otra hacia atrás— lo leyó una vez mientras veía las botellas—. Lo tengo: la más pequeña nos llevará por el fuego negro, hacia la Piedra.

—Aquí hay solo para uno de nosotros— dijo Harry—. No hay más que un trago.

—¿Cuál nos hará volver por entre las llamas púrpuras?

—Esa— señaló—. Hermione, debes tomar esa y volver por Ron. Yo tomaré la otra para que Harry pueda avanzar, yo lo alcanzaré cuando pase el efecto.

—Vuelve por Ron, busquen las escobas del cuarto de las llaves voladoras. Con ellas pondrán salir por la trampilla evitando a Fluffly. Vayan a la buhonera y envíen a Hedwig a Dumbledore, lo necesitamos. Tal vez detengamos un poco a Snape, pero la verdad es que no podemos igualarlo.

—¿Y si Quien-tú-sabes está con él?

—Bueno, ya tuve suerte una vez, ¿no? — dijo Harry señalando su cicatriz. Hermione sonrió con sinceridad antes de irse.

—Allá voy— dijo Medea y se bebió el contenido—. Corre— susurró al tomarlo de las manos y arrastrarlo al ver que las llamas no la quemarían. Se desplomó luego de cruzar—. No te detengas, voy en un momento— era realmente como si hubiese tragado hielo. Se aferraba a la consciencia, todavía faltaba una prueba y debía ayudar a su amigo. Se puso de pie con dificultad, cada paso que daba le pesaba, de forma torpe llegó hasta la nueva sala, donde su amigo trataba de aferrarse al profesor Quirrell, al verlos caer, corrió hasta él, o eso intentó, ya que se desplomó, a escasos pasos de tomar la mano del niño que vivió.

36

—¿Qué clase de seguridad es esa? ¡Debí haberte mandado a Dumstrang! Espera a que te vea, maldita niña estúpida…

—¿Y qué Madame Prewett no estaba al tanto de lo ocurrido en Hogwarts? No puedo verte porque cree que soy mala influencia cuando ella se inclinó al lado equivocado, cuando fueron Lucretia e Ignotius quienes permitieron que se casara con esa clase de mago…

—Hola…

—Detuve los vociferadores tanto como pude— saludó Blaise.

—Estás aquí.

—Bueno, ¿a quién querías ver?

—No sé, ¿al resto?

—Llevas dos días aquí, Snape acaba de salir.

—Quiero decirle que haga una poción más fuerte.

—Solo tengo cinco minutos, vine a probar suerte.

—¿Sólo eso dijo mi familia?

—Madame Black está orgullosa de ti.

—Me alegro.

—No te ves alegre.

—Lo extraño, ¿sabes? Temo lo que me pueda hacer Hécate al volver porque sé que correré la misma suerte que él.

—¿De qué hablas?

—Phineas…

—Cygnus no me quiso decir…

—¿Recuerdas a los aurores que torturaron mis padres? — susurró en medio de un sollozo, Blaise la abrazó a la par que llegaba Theo, este imita la acción sin preguntar.

***

—Otro año se va— exclamó alegremente Dumbledore—. Y voy a fastidiarlos con la charla de un viejo, antes de que hinquemos el diente a los deliciosos manjares. ¡Qué año hemos tenido! Espero que sus cabezas estén un poquito más llenas que cuando llegaron… Ahora tienen todo el verano para dejarlas bonitas y vacías antes de que comience el próximo año… Bien, tengo entendido que hay que entregar la Copa de las Casas y los puntos ganados son: en cuarto lugar, Gryffindor, con trescientos doce puntos; en tercer lugar, Hufflepuff con trescientos cincuenta y dos; Ravenclaw tiene cuatrocientos veintiséis, y Slytherin, cuatrocientos setenta y dos. Sí, sí, bien hecho. Sin embargo, los acontecimientos recientes deben ser tenidos en cuenta. Así que, tengo algunos puntos de última hora para agregar. Sí, primero para el señor Ronald Weasley… por ser el mejor jugador de ajedrez que Hogwarts haya visto en muchos años, premio de cincuenta puntos a la casa de Gryffindor. Segundo, a la señorita Hermione Granger, por el uso de la fría lógica al enfrentarse con el fuego, premio de cincuenta puntos a la casa de Gryffindor. Tercero, a la señorita Medea Prewett, por su temple y valentía para enfrentar pruebas mortales, premio de cincuenta puntos más— se sonrojó al recordar que por poco erraba en la selección de la botella, George a su lado le revolvió el cabello—. Tercero, al señor Harry Potter, por todo su sobresaliente valor, premio de sesenta puntos a la casa de Gryffindor. Hay muchos tipos de valentía— dijo Dumbledore sonriendo—. Hay que tener un gran coraje para oponerse a nuestros enemigos, pero hace falta el mismo valor para hacerlo con los amigos. Por lo tanto, premio con diez puntos al señor Neville Longbottom— quien hubiera estado en la puerta del Gran Comedor, habría creído que se habría producido una explosión, tan fuertes eran los gritos que salieron de la mesa de Gryffindor. Harry, Ron y Hermione se pusieron de pie y vitorearon a Neville, Medea corrió a abrazarlo de la emoción—. Lo que significa— gritó Dumbledore por encima de los aplausos, porque Ravenclaw y Hufflepuff celebraban la derrota de Slytherin—, que hay que hacer un cambio en la decoración.

***

—Debo dejarlos aquí, no bajaré del tren con ustedes, no quiero que los agravios de mi tía afecten a sus familias— dijo Medea con pena.

—Tienes que venir y pasar el verano conmigo— dijo Ron.

—Tenlo por seguro.

—Los quiero y feliz verano— dijo en tono frío antes de salir, ya que sería más emotivo y no quería que eso pasase.

—¿Vienes a restregarnos su atropellada victoria?

—Cállate, Malfoy.

—¿Qué haces aquí?

—Creí que irías a verme a la enfermería.

—¿No tienes amigos que lo hagan? ¿O fingirás que eres una solitaria?

—Déjala en paz— espetó Blaise—. Pasa.

—Ya estamos por llegar— dijo Theo.

—Tal vez Dumbledore tiene debilidad por los Gryffindor y por eso les regala puntos hasta por respirar.

—¿Ha hablado la leona? — se burló Pansy.

—Soy una serpiente honoraria.

Y bajaron en el andén nueve y tres cuartos de la estación King’s Cross. Tardaron un poco en salir del andén. Un viejo y enjuto guardia estaba al otro lado de la taquilla, dejándolos pasar de dos en dos o de tres en tres, para que no llamaran la atención saliendo de golpe de una pared sólida, pues alarmarían a los muggles. Ahí estaba ella, altiva como siempre, semblante serio, su característica mirada severa, más ahora que había desafiado todas sus órdenes. Temía por sí, sin embargo, caminó a paso decidido, no podía seguir aplazándolo. En su vista periférica, alcanzó a ver a los padres de Ron, a la señora Malfoy, a Asterix y Ariadne Selwyn, incluso a su abuelo. Una vez frente a ella y antes de que la señora Weasley o su abuelo pudiesen acercarse, su mejilla ardió tras la bofetada recibida. No alcanzó a llevar su mano a la zona afectada, su muñeca fue aprisionada, su tía desvió la mirada un microsegundo antes de ambas desaparecer de la estación.