Conociéndote
Bakewell Town, Inglaterra
2 de diciembre de 1878
El invierno de ese año era más frío que el anterior. Las tiendas cerraban temprano antes de que la nieve cubriera las entradas de los locales. Evitaban transitar las calles de noche por las fuertes corrientes de aire que aparecían sin advertencia. Un edificio un poco alejado de los demás, cobijaba a niños desamparados sin hogar ni familia. La encargada, era conocida por todos en la ciudad, por ser una muchacha dulce y simpática. Kara Zor-El, creció en el orfanato Brillante Horizonte, nacida el 22 de septiembre de 1856, fue abandonada frente al orfanato apenas nació. A pesar de saber esto, ella nunca se mostró abatida por ello. Y hasta el día de hoy sigue siendo una muchacha jovial y fuerte. En ese orfanato encontró la familia que nunca tuvo y es por eso por lo que no le vio sentido en alejarse de ella. Al cumplir los 22 años, comenzó a hacerse cargo de los niños que aun vivían ahí. Ofreciéndoles así lo que a ella le dieron de niña, un hogar.
En el orfanato el ambiente era constantemente tranquilo. Eran pocos niños y la mayoría del tiempo el lugar se encontraba pacífico. Kara solía darle clases de música y otras veces los reunía para contar historias y Alex, su mejor amiga, le ayudaba con ambas actividades. Alexandra Danvers, era hija de la encargada anterior, y ya que pasaba el mayor tiempo ahí junto a su madre, conoció a Kara y se volvieron amigas instantáneamente. Aunque tenía una vida fuera del orfanato, iba cada vez que podía para ver a los niños y ayudar a Kara.
—¡Kara! Las cajas de leche debieron llegar hace tres días. Se han retrasado con el envío.
—¿Cómo lo sabes?— preguntó la rubia mientras removía la avena que recién había empezado a hacer.
—Acaba de llegar una carta. No las estarán entregando este mes, debemos ir por ellas.
—Es temprano, puedo pasar por ellas. En cuanto termine el desayuno iré a buscarlas. ¿Puedes quedarte con los niños hasta mi regreso?
—Claro no hay problema. ¿Segura que irás sola?
—Sí, no es un viaje de dos días, llegaré en la noche. Estaré de vuelta pronto.
—Puedo hablar con alguien para que te acompañe.
—No te preocupes, Alex. Estaré bien.
—Es que estarás muy cerca de la frontera y me aterra de tan solo pensar que te ocurra algo.
—Solo deja de pensar en esas cosas, no será un viaje largo.
—Kara, pasarás por territorio de los Luthor, acaso no te da miedo.
—¿Porque debería de tener miedo? La familia Luthor dejó este mundo ya hace varios años, aunque haya sido una tragedia, no hay de que tener miedo.
—Se dice que, al pasar por ahí, puedes escuchar los gritos de Lillian Luthor al ser calcinada por las llamas del incendio que ella misma provocó. Esa mujer nunca mostró estar bien de la cabeza.
—Alex, nunca debemos basarnos en rumores que han recorrido toda la ciudad. Además, siempre han cambiado la versión de lo que sucedió.
—Bueno, eso es verdad.
—Ve y llama a los niños para que bajen a desayunar— dijo mientras servía la avena en los cinco platos sobre la mesa.
—Vale— luego de que los niños desayunaran, Kara se preparó para irse.
—¿No quieres que alguien te acompañe?
—Deja de preocuparte, Alex.
—Es que no lo puedo evitar, nunca habías viajado tan lejos.
—Siempre hay una primera vez para todo, ¿verdad?— vio a los niños que la miraban desde el portón, Kara subió al carruaje y se despidió de ellos por última vez, ahora sí permitiendo al caballo avanzar.
—¡Cuídate mucho!— fueron las últimas palabras que escuchó de su amiga.
La nieve caía suavemente al sur del poblado, una fortificación se escondía en la lejanía. Lugar mejor conocido como el castillo de hielo, esto era porque su estructura era parecida a la de un castillo y en invierno los grandes bloques de piedra eran propensos a congelarse, mientras que otros, la nieve los cubría hasta pintarlos de blanco, lo que hacían que parecieran cubos de hielo. De ahí su nombre. Ese lugar había sido construido por la familia Luthor y fue heredado junto a sus tierras por generaciones. El estatus económico de los Luthor siempre fue el más alto, haciéndolos la familia más rica en Bakewell. Poseían la mayor parte del territorio del sur de Bakewell, pero luego pasó a ser abandonado con el pasar de los años.
De una familia de muchos miembros, pasó a solo quedar uno de ellos. Lena Luthor, la única sucesora de ese gran apellido que llegaron incluso a idolatrar épocas atrás. Ella era la única que aún vivía y podría continuar con ese legado, pero igual cargaba con la desgracia de su familia. Hace cuatro años atrás, su padre había muerto de una rara enfermedad, y su madre se suicidó en su habitación hace casi cuatro meses. Su vida estaba llena de tragedia y ella estaba a punto de perder la cordura, tal y como lo hizo su madre. Lo que la mantuvo al margen desde que su madre murió, era una terca voz en su cabeza, pero con el pasar del tiempo esa voz fue desgastándose hasta que un día no volvió a escucharla más.
Nunca había cruzado los límites de la residencia, y tampoco había salido de esa casa. Se sentía prisionera, pero estaba a gusto. Sentía cadenas aferrarse alrededor de su cuerpo, obligándola a quedarse ahí, pero ya no pesaban. Se había acostumbrado a vivir sola tanto tiempo, que incluso por un momento comenzó a amar la soledad. Creyó que había nacido para morir igual de sola que su madre.
Canturreaba una canción mientras se miraba en el espejo y cepillaba su cabello. El cepillo casi estaba gastado de tantas veces que lo usó, pero eso era lo menos que le importaba. Su mente se extravió en pensamientos vacíos y comenzó a oír un fuerte chillido, que no pudo dejar de escuchar incluso cubriendo sus oídos. Dio un grito fuerte intentando competir con el agudo ruido, lanzó el cepillo contra el espejo quebrándolo a la mitad, aun por sobre sus gritos no logró acallarlo. Para cuando el chillido se detuvo ya ella se encontraba en el suelo desmayada.
En alguna parte cerca de la frontera, Kara iba a paso lento por el sendero. Nunca había llegado tan lejos, y a pesar de estar en tierras desconocidas no estaba alarmada. Sentía la nieve caer sobre su rubia cabellera, y para ella era una de las mejores sensaciones. De todas las estaciones, el invierno era su favorita. Aunque la nieve alcanzaba a cubrir todo a su alrededor, esta hacía ver lo hermosa que podría ser la vista. Ya había alcanzado los límites de la frontera y había entrado en territorio de la familia Luthor, a lo lejos alcanzaba a ver un poco de las estructuras del castillo de hielo. Había escuchado tantas cosas de esa familia, que ya no creía nada de lo que decía la gente. Ya que solían exagerar lo que decían conocer. Kara sentía lástima por todos ellos, de una familia que en algún momento fue de gran influencia había acabado en una gran catástrofe, convirtiéndolos en una popular leyenda. El caballo se detuvo de golpe, lo que inquietó e intranquilizó a Kara rápidamente.
—¿Qué sucede amigo? ¿Todo bien?— dijo tratando de calmar al equino.
Kara se mantuvo alerta a su alrededor, en busca de lo que había asustado a su compañero de viaje. El caballo se alzó en dos patas y comenzó a correr despavorido, la rubia intentó tomar el control, pero fue en vano. Iban tan rápido que, al tomar una curva en la senda, Kara no se sujetó bien y cayó del carruaje rodando colina abajo. La nieve ayudó a que la caída no fuera tan fuerte, pero al llegar hasta abajo Kara no se levantó. Se había desmayado.
Por la enorme casa no se escuchaba ningún ruido, a excepción del fuego quemando la poca madera que guardaba la chimenea. Lena estaba sentada frente a ella con sus rodillas bajo su mentón, viendo como lentamente la madera se quemaba. Estaba completamente ida, casi embobada por las flameantes llamas.
—Es hermoso— habló para sí misma.
Su voz era ronca y casi audible, no recordaba la última vez que había dicho algo. Acercó su mano para sentir el calor de las llamas sobre la yema de sus dedos. Su mano en comparación de su cuerpo estaba cálida, así que se acercó más a la chimenea, para que su cuerpo absorbiera el calor que desprendía de la chimenea. Su vida era miserable y se lo recordaba cada día, no le importaba mejorarla. Le daba igual si continuaba así el resto de su vida. Una lágrima reposó sobre su mejilla hasta perderse por su barbilla.
—Me dejaron sola— alcanzó a decir a duras penas, su garganta estaba seca, gritaba con urgencia ser saciada. —Se fueron... y me dejaron sola— más lágrimas llenaron su cansado y pálido rostro.
Sin ánimo caminó hasta su habitación. Quería salir de ese pozo sin fondo que la atormentaba día y noche. Por las madrugadas cuando apenas alcanzaba a cerrar los ojos se levantaba alterada, se sentía como si se estuviera ahogando, pero sin estar debajo del agua, le daban fuertes punzadas en el pecho que la hacían revolcarse en la cama del dolor, y sentía que su cabeza iba a estallar. Ella no estaba bien. Ella quería sanar, pero no tenía las fuerzas, solo esperaba que alguien viniera a ayudarla. Pero era lo menos que tenía, esperanzas.
Sentía su cuerpo frío por completo. Lo último que recordaba era que había caído del carruaje y se había golpeado la cabeza. Se tocó inconscientemente la cabeza, no estaba sangrando, al menos era algo bueno. Se levantó del suelo, y trató de descifrar donde estaba, pero no tenía idea. Estaba oscuro y estaba comenzando a congelarse, su piel se erizo he intentó cubrirse mejor, pero toda su ropa estaba fría y mojada, así que no consiguió mucho. Recordó que a lo lejos había visto la casa de los Luthor, no debería estar lejos de donde estaba. Comenzó a caminar hacia lo que supuso era la dirección correcta.
Estaba temblando hasta más no poder cuando vio la casa delante de ella. Pudo dar certeza de que la casa en realidad parecía un castillo de hielo. Con prisa entró, al cerrar las puertas detrás de ella pudo sentir algo de calor, pero no lo suficiente. Observó la casa de reojo, cuando llegó al salón, vio la chimenea encendida y no dudó en arrodillarse ante ella con prontitud. Estuvo frente a ella por al menos una hora cuando su cuerpo comenzó a volver a su temperatura normal. Suspiró relajada, se detuvo a mirar más detenidamente la casa. Casi todo el lugar estaba cubierto de polvo y telarañas, casi lucía abandonado. Pero eso no podía ser, ella no había encendido la chimenea, así que dedujo que no estaba sola y que alguien más estaba rondando por los pasillos de la enorme casa.
Se levantó del suelo, en busca de esa persona. Dio vueltas y vueltas por casi toda la casa, pero no había nadie. Aún quedaba una habitación por revisar que Kara había pasado por alto. Abrió la manija de plomo suavemente, lo que sea que estuviera detrás de esa puerta no quería espantarlo.
La habitación estaba vacía, no había luz que iluminara la habitación, salvo, la luz de la luna que entraba por la puerta del balcón. Kara se acercó para cerrarla, cuando miró más allá de las puertas encontró a ese alguien que buscaba. La mujer se encontraba de pie sobre la baranda de piedra, tenía intenciones de saltar. Kara corrió hacia ella para impedirlo, la tiró del brazo hacia ella impidiendo su descenso.
—¡¿Qué intentabas hacer, estás loca?!— preguntó Kara viendo por fin el rostro de la desconocida mujer. No llevaba expresión alguna, sus ojos estaban completamente vacíos, estaba pasmada. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas, Kara intentó sostenerla, pero cayó junto a ella.
—¿Estás bien?— preguntó alejando mechones negros que bloqueaban el rostro de la chica. —Vamos, dime algo.
Lena la miró por primera vez, la escuchaba lejos, aun teniéndola tan cerca. Miró como sus labios se movían de manera lenta y pausada, luego todo volvió a ser negro. Kara la sostuvo de la cabeza, se había desmayado. La levantó con las pocas fuerzas que tenía y la llevó hasta la cama, la arropó enseguida al sentir su fría piel. ¿Qué le habrá sucedido? Se preguntó la rubia mientras cerraba las puertas del balcón con seguro.
Al paso de unas horas, Lena despertó. Esta vez sin sentirse ahogada, las punzadas en el pecho o con el fuerte dolor de cabeza. Era la primera vez que lograba dormir bien en tanto tiempo y se sintió un poco aliviada. Se sentó en la cama a mirar sus pies. Su mente estaba en blanco, miró las puertas del balcón, las abrió y salió. En su sueño, casi llega a saltar, pero alguien la detuvo. Se asomó para contemplar la altura. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera aventado al precipicio? ¿Viviría? ¿O solo se rompería una pierna? Sintió un tacto cálido en su brazo.
—¿Acaso no aprendes?— era la misma mujer de sus sueños, que al parecer no había sido un sueño después de todo. Kara la llevó devuelta a la habitación cerrando nuevamente las puertas.
—¿Estás mal de la cabeza?— preguntó alterada la rubia.
¿Qué hacía esa mujer aquí? En un lugar tan inhóspito como este. ¿Acaso esa mujer era su ángel guardián? ¿Venía a rescatarla de su tormento?
—¿Crees que ibas a conseguir algo con hacer eso?
Lena la miró con detenimiento. Sus ojos la miraban de manera intranquila. Lena tragó, pero su garganta al estar seca produjo que se ahogara y comenzara a toser. Kara preocupada corrió a la cocina en busca de un vaso con agua, cuando subió se lo dio enseguida y bebió de manera rápida sin ningún tipo de pausa.
—Eh, tranquila, te puedes ahogar.
Lena respiró con prisa. Dio a penas dos pasos para ser atacada por mareos y terminar devolviendo el agua. No había comido ni bebido nada en días y su estómago no soportó el agua. Kara estaba sumamente preocupada por esa mujer. Nunca había visto a alguien en ese estado. La sostuvo del brazo, al parecer luego de haber vomitado el agua su cuerpo la castigó nuevamente con mareos.
—Vamos, siéntate— pidió la rubia antes de arrodillarse delante de ella.
—Si tu cuerpo reacciona así, es que tienes el estómago vacío. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?— Kara esperó por una respuesta que nunca llegó.
—Bien. Asiente para decir que sí, y mueve la cabeza hacia los lados para responder que no.
—Hace cuanto que comiste, dos días...— Lena negó lentamente.
—Tres...— Lena volvió a negar.
—¿Cuatro?— Lena por fin había asentido. —De acuerdo. Tu recuéstate, intentaré cocinar algo— Kara salió de la habitación dejándola sola.
Buscó la forma más cómoda para acomodarse ya que su vientre comenzaba a doler. De verdad que intentó responderle a Kara, pero no pudo. Su garganta ardía, y esforzarse le costaba un terrible dolor. ¿Por qué ella estaría aquí? Era obvio que no estaba ahí por ella. ¿Por qué, entonces? Lena cerró los ojos con fuerzas, el dolor en su vientre se había vuelto más fuerte. Sentía que por la nariz le saldría agua, así que se la cubrió. Ahora, al igual que su garganta, su nariz también ardía. Quería acabar con esa aflicción que se la estaba comiendo viva, quería hacer que parara. Unos minutos más tarde Kara se había unido de nuevo a la habitación, esta vez con un tazón de sopa de verduras y un té.
—No conseguí mucho en la cocina, pero esto te ayudará— le pasó la taza de té. —Bébelo todo, mejorará tu estómago— Kara esperó paciente a lo que la pelinegra se tomaba el té.
Al menos no estaba igual de pálida que ayer, el color había vuelto a su rostro y eso era un avance. Lena la alertó con un quejido que había producido al acomodarse.
—¿Qué tienes? ¿Te duele algo?— Lena asintió.
Se sentía débil, tantos días sin comer, dormir o sin beber algo, le había gastado sus energías. Caminaba por pura obligación, pero le dolía, le dolía cada pisada, sus pies merecían descansar. Cuando vació la taza, se estiró para dejarla sobre la mesa al lado de la cama.
—No te esfuerces mucho— respondió Kara quitándole la taza de sus finas y delgadas manos. Se sentó junto a ella para darle de comer de la sopa que había preparado. Con cada pequeño bocado que Lena ingería, Kara no podía evitar pensar en preguntas para hacerle, que les fueran fáciles de responder.
—¿Vives aquí?— mientras Lena comía, la escuchaba y contestaba con un sí o un no. —Supongo que eres una Luthor. Creía que la casa estaba abandonada.
—Debes sentirte muy sola aquí— Lena no respondió a eso.
Sí, se sentía muy sola dentro de esa casa, que en algún momento había estado llena en cada esquina con miembros de su familia. Pero nadie quedaba, a excepción de ella. Su corazón estaba sufriendo en total agonía, se aferraba a recuerdos del pasado que en algún momento la hicieron feliz. Esa luz que llevaba consigo años atrás se había apagado y no había nada que la pudiera volver a encender. Aunque muy en el fondo anhelaba que nada de eso hubiera ocurrido, que todo fuera distinto. Deseaba haber tenido las fuerzas para afrontarlo todo, pero de eso era lo más que carecía.
—¿No has pensado en mudarte? Ir a un lugar tranquilo, pero rodeada de gente. Por esta área es muy raro que la gente pase, ya que está limitado con la frontera. Y la casa al estar algo alejada del camino da un aspecto tenebroso y lóbrego, por eso nadie se ha acercado— Lena no pudo evitar soltar una lágrima, la cual Kara no pasó desapercibida.
—Yo... lo siento no quise... Discúlpame.
Ya con el tazón vacío Kara dio por terminada su tarea ahí, así que se levantó. Lena sintió como se alejaba, así que con prisa la sostuvo del brazo para que no siguiera. No quería que se fuera, era la primera persona que había visto desde meses, y lo menos que quería es que se perdiera para siempre al cruzar esa puerta para dejarla sola otra vez. Kara se sorprendió por la fuerza en que la sujetaba. Volvió a sentarse en la cama dejando los utensilios sobre la mesa. Lena se aferró a ella en un abrazo. Pasó líquido por su garganta antes de susurrarle al oído.
—No... te... vayas— Kara llevó su brazo hacia su espalda para dar golpecitos suaves.
—No lo haré.
Su voz, lo único que indicaba era una intensa súplica. A Kara le dolía que estuviera en esas condiciones y estaba dispuesta a ayudarla. La ayudaría a escapar de todo aquello que la martirizaba día y noche, se encargaría de ser su escudo. Estaría con ella hasta que no la necesitara más.
El tiempo fue avanzando, Kara pasaba las mañanas en el orfanato y por las tardes se dirigía hacia el castillo helado. La única descendiente de los Luthor había mejorado bastante, pero con lo que no contaba Kara mientras cuidaba de ella, era con el amor que había comenzado a crecer hacia esa mujer. El tiempo que había transcurrido junto a ella la hizo enamorarse cada día más y eso la estaba matando. Porque sabía que faltaba muy poco para que Lena ya no la necesitara más. Solo era cuestión de días para abandonar por completo la casa y que Lena continuara con su vida, pero Kara no quería irse, quería quedarse, quedarse junto a la mujer que amaba a morir.
Se encontraba de camino hacia la casa en la que en algún momento se refugió del frío. Le haría saber a Lena acerca de sus sentimientos. No la dejaría irse tan fácilmente. Abrió las puertas de la casa buscando a Lena con la mirada, no se encontraba en el primer piso. Subió hasta su cuarto y la encontró afuera en el balcón.
En comparación con la primera vez que la vio, llevaba un vestido verde algo gastado. Esta ocasión, traía puesto un traje más elegante, que la hacía ver más hermosa de lo que ya era. Lena, que la había visto llegar desde la ventana de su habitación, salió al balcón y la esperó en ese mismo lugar. La nieve había comenzado a derretirse llevándose el blanco pálido que había cubierto alguna vez todo a su paso.
—Es hermoso— Lena habló, sintiendo a Kara detrás suyo.
—Sí, lo es— Kara se posicionó a su lado.
—Te agradezco tanto Kara, no sé cómo podré pagarte.
—No tienes que. Me es suficiente con saber que pude ayudarte a mejorar.
—Aun así, te compensaré.
—Lena, yo...— habló captando la atención de la otra mujer. Sus ojos verdosos eran hermosos, habían recobrado la vida que alguna vez escondieron. Todo de ella era hermoso, al punto de lograr que Kara cayera rendida a sus pies.
—Yo quiero que alcances la felicidad que mereces— Kara tomó una de sus manos que descansaba sobre el barandal sujetándola con delicadeza. —Y quiero estar ahí cuando suceda. No quiero apartarme de tu lado, te amo Lena— esas palabras habían hecho reaccionar el corazón de Lena, que comenzó a latir más rápido que de costumbre.
—Este amor que siento por ti para mí es inexplicable y continúa creciendo cada vez que te veo. Quiero vivir el resto de mi vida a tu...— Lena se acercó a los labios de Kara besándolos suavemente, hace mucho que ansiaba con probarlos y no pudo resistirse en ese momento que Kara se había expuesto a ella. ¿Cómo se debe sentir una persona amada? Lena no estaba segura, no tenía una explicación clara, pero se sentía bien. Sus lenguas se unieron en una tranquila guerra que ambas estaban dispuestas a ceder, Kara atrajo más el cuerpo de Lena hasta sentirla más cerca.
—Yo no quiero que te apartes de mi lado, Kara.