Personalizar legibilidad
Aa

NIÑA MAL

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Hay dos cosas que Blake Caldwell ama: Las Vegas y su libertad. Cuando sus padres piensan que se ha aprovechado demasiado de ambas cosas, deciden que lo mejor es que su hija esté interna en un reformatorio en Londres. Hassan Stone está acostumbrado a lidiar con las chicas problemáticas del internado de sus padres, así que acepta el reto de disciplinar a la hija de los Caldwell. Pero la rectitud es una línea demasiado fina, y cruzarla es demasiado fácil. Olvídate del mundo y sus reglas, porque hoy serás libre en la ciudad del pecado.

Genero:
Romance/Humor
Autor/a:
Abi Lí
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Bambi ya tiene edad para ver las escenas +18

―¿No te parece demasiado revelador? ―me preguntó mi rubia amiga mientras me miraba, pensativa.

Sus ojos azules recorrían de arriba abajo el vestido violeta ceñido que yo modelaba frente al espejo. Mi cuerpo estaba cubierto solo en las partes indiscutibles, y dejaba muy poco a la imaginación. Lo había comprado por internet con dirección de entrega a Enclave Court número... en fin, la casa de Levi, porque mis padres ordenaban a la servidumbre que revisaran los paquetes que llegaban a mi nombre. Mi padre tenía ligeras sospechas de que yo traficaba cocaína; no quería entender que las rayas no me gustan ni en los vestidos.

Así que ahí estábamos Levi y yo, solas ―«Asunto peligroso», hubiera dicho mi padre― en mi habitación desde hacía unas buenas horas, donde la purpurina y el color dorado relucía desde mi alfombra egipcia hasta la enorme réplica del Luxor de plata que utilizaba para guardar mis joyas de Cartier. Toques de violeta, negro y azul también se distinguían en pequeñas cantidades. Lejos el verde. Lejos el naranja. Y ni mirar el rosa pastel.

―¿Revelador? ¿Crees que a esto me parece revelador? ―dije en un bufido, dándome media vuelta. Vale, viéndomelo desde atrás tal vez sí se pasaba un poco de los límites, pero no iba a admitirlo frente a la señorita Nervios.

―No sé ni para qué me molesto, tú no conoces la vergüenza ―dijo, resignada, y se sentó en la cama. Ella no llevaba nada sexy ese día, así que debía buscarle lo que yo llamaba el «Productor de hormonas». Se trataba de un vestido negro con un corsé transparente. Ella nunca quería ponérselo, pero yo lo conservaba por si se arrepentía en cualquier instante y decidía usarlo. El nudismo siempre iba a estar ahí para ella. Era incluso mejor amigo que yo.

―Ya sabes lo que dicen... «Si el producto no se exhibe no se vende» ―le repetí y, dándole la espalda, me levanté la falda del vestido para mostrarle el bikini que llevaba puesto.

Ella no tuvo reacción alguna, síntoma de la costumbre.

―¿Tus padres ya están enterados? ―me preguntó, temerosa de la respuesta, aunque ya la conociera.

―No me hagas preguntas cuyas respuestas no te gustarán. ―Me quité aquel vestido color violeta que hacía persignarse incluso al más mundano y lo aparté de mis pies con una patada. Me acerqué a los altos ventanales con vista a la ciudad, hinchando mi desnudo pecho del aire de Nevada. Me mordí el labio, viendo cómo las luces titilaban a lo lejos. Me quedé inmersa en la gran promesa que me hacía el turbio ocaso: una noche esplendorosa.

―Tendré que dejar de hacerlo. ¿A qué hora empieza todo?

―A las nueve y media empezará a llegar la gente, creo ―murmuré mientras, ya de regreso dentro de mi armario, entraba en mis shorts de mezclilla y una sudadera rosa―. ¿Qué hora es?

Levi se levantó de la cama para coger su bolso y revisar su móvil.

―Ocho veinti... ―Levi fue interrumpida por el sonido de la puerta, la cual se abrió a continuación. Salí del armario al galope y me interpuse entre Levi y la puerta.

―Hola, Levi. Blake, tengo que hablar contigo. ―Era mi agraciada madre, haciendo su aparición anual. Su cabeza se asomaba por mi puerta, la cual estaba tapizada con una foto tamaño real de Kim Kardashian; Levi le había escrito en las caderas en grandes letras rojas «Ray J lo golpeó primero».

―¡Mentiras! ¡Yo no fui! Levi, ataca ―me defendí al instante, a pesar de no saber a qué se refería. Retrocedí hasta caer sobre la cama, donde me hice un ovillo con las mantas.

―Bueno, eso espero. Y para que se mantenga así, vengo a advertirte algo. Y tranquila, Levi; soy de confianza ―masculló, extendiendo la mano hacia mi amiga, quien ya se había levantado. Mi madre era una mujer de negocios y sociedad que conocía más el valor de sus acciones que la edad de su hija. Jamás había visto su color de cabello natural, pero estaba segura de que ese rubio a lo Aguilera no lo era―. Puedes quedarte esta noche si quieres, solo esperaremos al niñero de Blake para irnos.

―¿A quién? ―chillé, y salté de la cama. Levi soltó una carcajada―. Qué bueno que te ríes, Levi, porque esto no puede ser más que una broma. Mi madre sabe muy bien que yo puedo cuidarme sola ―reclamé, resoplando hacia ella. Mis hombros se alzaron al instante, como un gato amenazado.

―Eso no es lo que dice el gobierno de Nevada. ―Mi mamá me lanzó una media sonrisa bromista y salió de la habitación luego de agitar su enjoyada mano en señal de despedida.

Me giré hacia Levi con cara de espanto, pero ella permanecía con sus mejillas infladas, conteniendo un enorme ataque de risa.

―¿Puedes creerlo? ¡Me contrató un guardia! ―manifesté aún sin poder creerlo―. Me está humillando.

Mi amiga solo yacía en mi cama acolchada viendo hacia el techo. Sabía que dentro de ella se cocía un chiste de todo aquello, cuando para mí era la más vergonzosa de las ofensas. Sentía que un agujero oscuro y peludo me masticaba y me tragaba hasta el centro de la Tierra. ¿Qué iban a decir de mí? Si permitía que aquello continuara iban a hacer que el tipo, la tipa, el perro faldero o el animal rabioso que fuera me persiguiera hasta el colegio ―bueno, cuando me volvieran a admitir―. Me convertiría en el hazmerreír de todos mis jactanciosos y cretinos compañeros. Mi reputación se iría por el desaguadero.

―¿Será un guardaespaldas? ¿Será sexy? ―murmuró Levi, mordiéndose el labio inferior.

Yo ni siquiera podía pensar en qué criatura monstruosa me tocaría como guardia. Me imaginaba un tipo de tres metros, musculoso y sin cabello, de ésos que te tiran al suelo con un solo soplido.

―No lo creo, mis padres no me dejarían con nadie que tenga tres cosas dentro de los pantalones. Saben que soy capaz de seducirlo ―le dije mientras me sentaba a su lado; estaba mentalizando la manera de deshacerme de ella o ello. ¿Qué había en mis opciones? Laxante, tarántulas, alucinógenos, ácidos...

Levi se irguió y me lanzó una mirada cautelosa.

―¿Eso te halaga?

―Levi, no tengo tiempo para orgullo ―gruñí―. Lo más probable es que sea una mujer mayor, porque si es alguien joven me la podré llevar fácilmente ―dije, pensativa. Mi lista continuaba: Contratar una doble, esposas de policía, una llamada anónima...

―Es la primera vez que hacen algo así, tal vez lo de las medidas drásticas sí era cierto después de todo ―comentó Levi, recordando una conversación que había tenido con mis padres hacía unas pocas semanas. Resulta que a los padres no les gusta que le des asilo a un vagabundo en su propia habitación sin consultarles; cuando Robert saliera de la cárcel iba a ir a por mis huesos.

―Sea quien sea tendrá que lidiar con el Síndrome Blake. ―Cajas de embalaje, instrumentos de cirugía, contactos criminales...

―¿El Síndrome Blake Se Sale Con La Suya?

―Exacto. ―Suspiré.

Todo el que me conoce sufre el Síndrome Blake Se Sale Con La Suya. Síndrome Blake, para abreviar. Este síndrome consta de tres etapas, y en cada una de ellas se presentan síntomas evidentes.

Etapa inicial: Blake hace lo que quiere, y el afectado puede responder de dos maneras diferentes: intentar razonarlo con Blake o enfadarse con Blake. El segundo síntoma es enfadarse con Blake, sea cual sea la primera respuesta. Y el tercero nos lleva de regreso al primero.

Etapa transitoria: Blake se enorgullece de sus actos. El afectado presenta dos síntomas: primero intenta hallarle sentido al asunto, y luego culpa a Blake.

Etapa final: Blake continúa con su vida como si no hubiera causado posibles daños irreparables. El afectado empieza a culparse a sí mismo en su interior, intenta resolver el problema y, por último, intenta hacer aprender a Blake ―cosa que no funciona porque el síndrome vuelve a repetirse en este último paso―. A esto se le debe agregar un poco más de cabreo.

―Tenemos que deshacernos de ella a como dé lugar. Pero les daré una última oportunidad. Regreso en seguida. ―Salí de mi habitación para tocar a la de mis padres. Su enorme puerta blindada hacía que mis dedos dolieran con solo tocarla.

―Entra ―escuché que dijo mi madre.

Entré arrastrando los pies luego de abrir la pesada puerta que sonó detrás de mí con un ruido estruendoso al cerrarse.

Solo una palabra puede describir la habitación de mis padres: Museo. Cualquiera creería que la habitación de uno de los matrimonios más ricos de Nevada estaba decorada con diamantes, que la cama estaría chapada en oro y que habría un jacuzzi de whisky en el balcón. Pero Mew y Claire Caldwell dormían en un chatarrero. Sí, la cama era de lujo y todo lo que tú quieras, pero si ignorabas el cuadrado de tres de largo por dos y medio de ancho que estaba flanqueado por altos pilares tallados al estilo griego sensual, podías ver las decenas de estanterías repletas de pequeños tesoros de todo el mundo; desde figurillas chinas que yo juraba que algún día desencadenarían una maldición sobre la casa hasta basura hawaiana. Cada vez que los señores Caldwell viajaban, traían de sus excursiones una enorme cantidad de recuerdos para agregar a su colección de inutilidades.

―¿Ya están listos los padres más hermosos y buenos del mundo? ―pregunté, sonriente y animada. Los susodichos estaban frente a un enorme espejo que recorría del inicio de una larga pared hasta el balcón, trajeados hasta los dientes. Mi madre vestía un largo vestido rojo de diseñador, y a Mew se le entallaban las costuras de un traje no menos valioso que sus zapatos Armani. Ninguno de los dos se giró cuando entré.

―Igual va a venir, y no hay nada que puedas hacer al respecto ―me aseguró mi papá, ajustándose la corbata. «Claro, no hagamos esperar a la corbata.» Mi padre se preocupaba un poco más por mí que mi madre, era más comprensivo y me dedicaba un poco más de tiempo, pero aun así las acciones valían más que mi alma. Sus ojos claros me miraron de soslayo a través del espejo y luego rozó sus dedos en la cintura de mi madre―. Te dije que le iba a gustar la idea.

―¡Que me puedo cuidar sola, por Dios! ―grité, frustrada. Dejé que mi espalda se recostara contra la puerta, y me crucé de brazos.

―No es a ti a quien queremos cuidar del mundo. Todo lo contrario: tratamos de cuidar al mundo de ti ―admitió mi padre, soltando una carcajada. Mi madre se le unió. Me sentía cada vez más pequeña. A ese paso ya volvía a tener tres años y el pañal me pesaba un par de kilos.

―Cualquiera diría que comenzaré la tercera guerra mundial en una noche. ―Puse los ojos en blanco.

―La tercera guerra mundial sería lo menos que esperásemos si te dejáramos sola una noche ―expresó mi madre, colocando perfume en su cuello. Me parecía demasiado dramática.

―No te eches demasiado ―le advirtió mi padre.

Claire lo ignoró y continuó desparramando perfume en su cuello.

―Papá, dile a mamá que está exagerando ―le supliqué.

―Una noche, por una noche pórtate bien ―me pidió, tomándome de los hombros. Sus enormes ojos grises me miraban apacibles. Pero ni la mirada más suplicante iba a convencerme. Estaba siendo degradada hasta el último punto―. ¿Cómo se ve tu muy joven padre esta noche? ―Era una indirecta para mi madre; Mew era diez años menor que ella.

―Quizá demasiado joven ―intervino Claire, rociando el bendito perfume en dirección a mi padre―. Puede que deba ser «tu muy joven padre» quien deba quedarse cuidando a su hija esta noche.

Mew apretó la mandíbula.

―¿Qué está pasando aquí? ―tuve que preguntar; mis padres no solían discutir, ni siquiera solían hablarse si es que por casualidad coincidían en la casa.

―Nada ―respondió Mew al instante―. Es solo que...

―Tu padre cree que no pasó suficiente tiempo contigo ―dijo mi madre, acercándose, perfume en mano―. Me ha ordenado...

―Claire, yo no te he...

―Me has ordenado quedarme esta noche con Blake para tú poder ir a conocer a las sobrinas de Charles Cadogan ―dijo, parodiando con sus manos la forma del cuerpo de una mujer―. Oh, espera. ―Le lanzó una mirada rencorosa a Mew―. Las muy jóvenes sobrinas.

Mew cogió a mi madre del brazo cuando ésta intentó girarse y la atrajo hacía sí.

―¿Qué estás diciendo? ―le susurró con media sonrisa en los labios.

Miré la escena un tanto asqueada porque se trataba de mis padres, y un poco celosa, debo admitir, de Claire. Mi padre jamás iba tras de mí cuando me fingía fastidiada para recibir su atención. La mujer debía darme algunos tips.

―De acuerdo, ya entendí ―dije, dando media vuelta―. Soy la patata caliente que nadie quiere tocar. Pero os juro que la tía que venga a aguarme la vida esta noche se va a quemar las manos.

―¿Quién dijo que sería una mujer? ―preguntó mi madre, despegando sus ojos de los de Mew para verme. El timbre sonó. Tanto ella como Mew me dedicaron una sonrisa maliciosa―. Atiende, ¿quieres? ―Con sus dedos giró el rostro de Mew para que volviera a verla. «No mires a esa cría, tú eres mío, ¿entendido?»

Bufé y salí de la habitación. Caminé por los pasillos y bajé por las enormes escaleras hasta llegar a la puerta de la entrada, la cual pesaba tres toneladas más. Abrí con mucha dificultad y apreté los puños dispuesta a atacar en caso de que se tratara de alguien de mediana estatura.

―Buenas noches. ¿La señora Caldwell? ―saludó una voz ronca, grave y sensual que desprendía un acento británico indiscutible. Se me despertó hasta la última hormona con solo escucharla.

Alcé la mirada. Zapatillas negras relucientes, pantalones oscuros y ajustados, camiseta blanca dentro de una chaqueta de mezclilla oscura, manos en los bolsillos y una cadena fina y plateada colgando de un muy masculino cuello. Mi boca se iba abriendo cada vez más conforme ascendía mi vista.

―¿Tú quién eres? ―Estaba atontada por sus ojos verdes que brillaban al reflejo de las luces del candelabro que colgaba sobre mi cabeza. Sus rulos se entrelazaban unos con otros, y sus labios ―rojos y brillantes― se estiraban a lo largo de su sonrisa coqueta. Me imaginé miles de cosas censurables en dos segundos, desnudez e inserción de partes corporales como un rompecabezas incluidas.

―Me llamo Hassan Stone. ―Estiró una mano hacia mí, y volvió a guardarla en cuanto supo que no iba a estrechársela; estaba demasiado ocupada viendo las deliciosas clavículas que se le resaltaban bajo la camiseta―. Los señores me contrataron para cuidar a su hija Blake esta noche ―informó, sonriente. Empecé a asentir como tonta hasta que me di cuenta de que parecía uno de esos cachorros que mueven la cabeza en los salpicaderos de los coches.

¿Un chico? ¡¿Y uno sexy?! ¿Qué tramaban mis padres? No querían que pecara y me ponían las tentaciones en bandeja de plata. O, mejor dicho, en un sushi man. Sushi man. Eso sonaba realmente bien. Agité mi cabeza, retomando la compostura, y me apresuré a hablar.

―Sí, sé quién eres ―me apresuré a decir con naturalidad―. Los señores me dijeron que te dijera que te marcharas. Su hija se fue con ellos y ya no necesitarán de tus servicios. ¡Hasta la vista! ―lo despedí, tratando de cerrar la puerta.

Un pie se interpuso.

―¿Tú eres...?

―Me llamo Me―Me... ―Mi lengua se trabó en el intento de mentir.

―¿Me―Me? ―Sus labios se crisparon en una sonrisa dudosa que se perfilaba tras la ranura de la puerta.

―Me―Meredith. Soy una de... de las criadas de aquí. Y si me disculpas, debo ir a trapear los establos. ―Asentí y volví a intentar cerrar la puerta. Además de volverla a detener, él la empujó con fuerza y se acercó a mí, acechante.

Solté un bufido ante tal muestra de tosquedad.

―Criada con diamantes en los pendientes, shorts de diseñador y manicura de doscientos dólares ―enlistó, mirándome de pies a cabeza.

―Doscientos ochenta ―lo corregí.

―Usted perdone. ―El chico cerró la puerta detrás de sus espaldas y me obligó a retroceder mientras caminaba―. Señorita Me―Me Lo Invento.

Abrí la boca para refutar, pero mi lengua se negaba a moverse. Mi pecho se hinchó y mis hombros se elevaron, intentando parecer más grande. Pero mi metro sesenta y pocos no tenía nada que hacer con aquel metro ochenta de pedazo de inglés. Mi instinto animal me pedía a gritos procrear con aquel semental en etapa final de desarrollo.

―Bienvenido, Hassan. Veo que ya conociste a mi hija ―saludó mi madre, sonriente, quien bajaba las escaleras junto con mi padre. Su recogido ya no estaba tan perfecto como hacía unos minutos.

―Muy buenas noches, señores Caldwell ―saludó el chico, estrechándole la mano a los señores―. Gracias por llamarnos. Mi madre les manda saludos.

Se enfrascaron en una conversación banal sobre el clima de Londres y si había tenido un buen vuelo. Por lo que pude escuchar, al chico lo habían pillado en Manchester cuando mis padres les pidieron a los suyos una intervención. Me costó creer que hubiera viajado desde tan lejos para cuidarme una noche. Pero no dije nada; permanecí de brazos cruzados, expulsando humo por los oídos.

―Pensé que ibais a contratar algo mejor. Por favor, los chicos son más fáciles que la tabla del uno. Creí que ya me conocíais ―dije en cuanto escuché que el chico les prometía que me mantendría a salvo de todo peligro. Debía admitir que era lo suficientemente profesional como para no considerarme a un problema; al contrario, sonaba muy protector, como si fuera capaz de interponerse entre una bala y mis débiles órganos humanos. Y yo que creía que ya no podía sentirme más degradada.

―Hassan trabaja con gente como tú. Ya tiene la experiencia; por eso le contratamos ―me aclaró mi mamá―. Sabemos lo que tenemos por hija ―le dijo al muchacho―. Haz lo que puedas.

―¡Es una larva! ¡Qué va a saber nada! ―reclamé.

―Blake ―me amonestó mi padre.

―Le dejaste abierta la bragueta ―le dije a Claire, señalando hacia Mew―. Y no me digas que lo que traes en los labios es brillo labial hidratante.

Mi padre se miró los pantalones y comprobó que su bragueta estuviera cerrada, Claire se limpió el contorno de los labios, avergonzada, y el tal Hassan se mordió el labio, sonriendo por lo bajo.

―Como sea. Solo me lo dejáis más fácil ―dije en tono aburrido, y me eché a andar hacia las escaleras, dejando el salón en un tenso y bochornoso ambiente. Regresé a mi habitación, donde estaba Levi, toqueteando su móvil sobre mi cama.

―¿Qué pasó? ―me preguntó, incorporándose.

―¡Contrataron a un chico! No sobrepasa los veinte.

―¿Bromeas? ¡Pobrecito! Esto tengo que verlo. Ha de estar del asco. ―Sonrió con expresión de lástima.

―No creas, está como quiere... Si tiene suerte me divertiré con él esta noche ―dije, frunciendo los labios. Me acerqué al espejo y me acomodé los pechos.

Levi se levantó de la cama y se posó a mi lado.

―¿Cuál es el primer paso? ―me preguntó, imitando mis movimientos.

―Esperar a que mis padres se vayan. Pero primero... ―Me dirigí hacia mi enorme armario y me puse un vestido azul vibrante strapless a juego con mis zapatos de tacón alto adornados con un lazo en el talón, una chaqueta rosa fuerte y una pulsera de plata.

―¿Vas a seducirlo? ―preguntó, emocionada, al verme―. ¿Puedo participar? ¿Síiiiiiii?

―¡Bah! No tiene tanta suerte. Solo quiero hacer que afloje. ―Sonreí, elevando mis cejas.

Minutos después, bajé tras asegurarme de que no había nadie mirándome. Atravesé el enorme salón intentando que mis tacones no sonaran y me dispuse a abrir la puerta con extrema lentitud.

―¿A dónde crees que vas, Me―Me? ¿Solita? Lo dudo.

Di un salto al escuchar la voz y me volví hacia él con los ojos asustados. La casa ya olía a soledad; mis padres debían de haberse marchado pitando, huyendo del demonio que les habían asegurado al nacer que se trataba de su hija, lo que significaba que don Keep Calm And Carry On tenía total dominio sobre mí, según él. Ya se había quitado la chaqueta y se había relajado; me lo decía la lata de Coca―Cola que tenía en la mano.

―Increíble. Tengo que darle explicaciones al servicio. ―Alcé los brazos y los dejé caer con fuerza―. Levi y yo iremos a alquilar unas películas.

Hassan se empinó la lata y se tragó lo que quedaba de la bebida. De camino a la chaqueta que descansaba sobre el respaldo del sofá, tiró la lata vacía, y recogió un manojo de llaves de una mesita de cristal.

―¿Quién es Levi? ―preguntó, frunciendo el ceño y jugando con las llaves entre sus dedos.

―Mi mejor y única amiga ―respondí, haciendo énfasis en «única».

―O sea que existe.

Se estaba pasando de gracioso para mi gusto, así que no tuve más remedio que ponerlo en mi larga lista de Gente Que No Soporto.

Di media vuelta, obsequiándole un azote con mi cabello largo y castaño.

―Me voy ―le notifiqué. Estiré mi mano hacia la perilla de la puerta y la giré.

―Voy contigo ―dijo Hassan, agitando las llaves.

―Dime que me estás invitando a ir a un club nocturno. ―Reí, volviéndome hacia él―. Porque si crees que me vigilarás hasta para ir a por una película te equivocas de camino, nene ―le dije. En el fondo sabía que no me iba a deshacer de él, pero no tenía por qué perder las esperanzas.

―Considérate más escoltada que vigilada, para que no te sientas mal ―dijo, encogiéndose de hombros―. Aunque, con lo que sé de ti, debería llevar a todas las fuerzas armadas.

―¿Tú qué sabes de mí? ―susurré con una sonrisa ácida.

―Eres una primicia en los escándalos de la alta sociedad. Tu vida es pública ―se burló.

―Ah, ya.

―Por cierto, me encantó ese vídeo en el que irrumpiste en la casa de ese fiscal. Mi parte favorita fue cuando le gritabas que era «tan maricón como para pagar el juicio de su hijo el violador». Muy tierno de tu parte.

―Tus halagos no me bajan la falda ―escupí con filo.

―No pretendía bajártela, aunque parece estar sujeta con un lacito muy fácil. ―Se inclinó un poco para ver la parte baja de mi vestido.

―¡Eres un imbécil! ―estallé, lanzándole un manotazo que él supo esquivar.

―Si quieres salir, tendrá que ser conmigo. No tienes opción ―me advirtió mientras invadía mi espacio personal.

―¡Como sea, pero necesito salir de aquí ya! ―ladré, retrocediendo; la puerta me detuvo unos pocos pasos después.

Hassan se acercó y, volviendo a invadir mi espacio, estiró la mano para abrir la puerta. Salimos de la mansión en mi Maserati. Al menos yo conducía. Hassan se sentó, inocentemente, en el asiento del copiloto, sin mirar hacia la casa ni una sola vez, pasando por alto a la chica que se asomaba desde el gran ventanal de mi habitación.

Salí del coche para acercarme a la tienda. Los cristales estaban decorados con pósters de películas antiguas y recientes. Dentro estaba lleno de escapares repletos de todo tipo de películas. El chico detrás del mostrador continuó viendo su revista sin advertirnos.

―Sí que te gustan las fiestas ―murmuró Hassan luego de considerables minutos.

Nos mezclamos entre los estantes, toqueteando unas cuantas películas.

―No sé a qué te refieres ―dije, sarcástica. Me aproximé hacia un estante y cogí una película; fingí estar leyendo el reverso durante un largo rato y luego seguí con otra. Hassan permaneció a la vista, fingiendo también que miraba las películas, pero en realidad vigilaba cada uno de los movimientos de mis manos. Revisé sin interés una docena de películas que me tomaron más de media hora de mi tiempo y luego cogí una al azar―. Llevaré ésta ―dije, abanicándome con La aparición.

―Muy fuerte para ti. ¿No prefieres algo como... Bambi? ―sugirió; despegó la mirada del estante para clavar sus ojos en mí con humor.

Miré el reloj que estaba al lado del chico del mostrador. 22:39. Teníamos más de una hora fuera.

―No seas ridículo. Vámonos ya ―renegué para luego acercarme mostrador. Hassan caminaba detrás de mí. ¿Acaso intentaba mirarme el culo?

Le lancé la película al dependiente, interrumpiendo su lectura. El chico alzó la cabeza y suspiró.

―¿Quién no conoce Netflix a estas alturas? ―murmuró por lo bajo―. ¿Me permites tu identificación? ―me pidió al ver la película.

―¿Me estás pidiendo una maldita identificación? ―jadeé, fingiéndome ofendida. El drama le regalaría a Levi unos cinco minutos extra.

―Disculpa, esta película está restringida para menores de dieciocho años ―me comunicó, y empezó a masticar un asqueroso chicle blanco.

―Tú no tienes idea de quién soy yo, ¿cierto? Soy nada menos que Blake Caldwell, y, por si no te quedó claro, mente de polvillo de hadas, tengo el poder de comprar este maldito centro de películas y hacer que te echen y desees nunca haberme conocido ―ladré sin hacer pausas―. Quiero ver al encargado. Y si resulta que estás solo, puede que un matón de dos metros venga en unos quince minutos a preguntarte si te atreviste a negarme una puñetera película.

No me había percatado de que mi amenaza me había inclinado sobre el mostrador. Sentí que me cogieron de la cintura y me apartaron con ligereza.

―Discúlpala, acaba de salir del centro hospitalario por trastorno de control de la ira. La película es para mí. Ten mi identificación. ―Hassan sacó su identificación y se la mostró a Míster Chicle.

Me incliné para ver sobre su hombro, así sabría: la edad de Hassan, su nombre completo, si era posible que no se viera atractivo y cómo eran las identificaciones inglesas. ¿Qué? Nunca había visto una.

Hassan Andrew Stone. 12 de enero de 1995. Se miraba atractivo. Y son color rosa.

―Sí, claro. Vale más el empleado que el jefe. Considérate despedido, idiota. Hoy porque no ando ganas de verte llorar, pero la próxima te saco hasta las muelas ―lo amenacé mientras Hassan me apartaba cada vez más por detrás de sus costillas.

―¿Podrías callarte? ―me susurró, apenado.

―Yo me callo cuando quiero, no cuando me lo ordenan, menos tú. Claro, como ambos sois unos empleaduchos mediocres, os entendéis. ―Me crucé de brazos y les di la espalda.

―Muy bien, chico. Aquí tienes tu película ―murmuró el empleado, dándole la puñetera película que al final nadie vería―. Y más vale que mañana llegue a salvo a mi casa, porque las cámaras han grabado a tu novia amenazándome.

―¿Sabes qué? Mejor dame Bambi ―escuché que dijo Hassan.

El chico salió del mostrador, arrastrando los pies, y se perdió entre los estantes.

―¿Qué? ¡Dime que estás bromeando! ―chillé, encarando a Hassan.

―Aquí tienes, Jasán. ―El tipo le acercó la porquería infantil.

Sin pensarlo di media vuelta y casi chillé:

―Es Hassan. ―Ambos se me quedaron mirando. Tragué, incómoda, dándome cuenta del error que acababa de cometer al mostrar interés en el nombre de ese imbécil, así que me apresuré a remediarlo―: Hassan; Jasan. No Jasán, inútil. No sirves ni para leer un nombre.

El silencio se me hizo eterno, por lo que di media vuelta y me alejé con los brazos cruzados.

―Gracias ―le dijo Hassan al dependiente. Cogió la película y la pagó. Caminó despreocupado hasta la puerta, y yo lo seguí, sintiendo cómo la mala leche me borboteaba, subiéndome por el esófago.

―¡¿Cómo te atreves?! Llamaré a mis padres y estarás despedido, ¡atrevido! ―chillé, otorgándole un centenar de manotazos.

Él se apartó, ya no tan contento como antes.

―Adelante. Te espero afuera ―dijo, indiferente, y salió por la puerta.

Marqué el número de mi papá. Era más fácil que él me diera la razón que mi madre. Tuve que hacer varios intentos, hasta que cogió el móvil. Se escuchaba una música aburrida de fondo y las voces de la gente murmurando en conjunto.

―Blake, estoy ocupado ―me rezó Mew.

―Papi, el ridículo del niñero que me contrataste no me deja ver una película ―me quejé, con voz de bebé.

―¿Por qué no?

―Vinimos a rentar una película, la elegí y la cambió por una de bebés. Papi, dile que está despedido ―le rogué.

―Oh no, tu vocecita de niñita consentida no te va a ayudar. Y respecto a Hassan, tienes que hacer todo lo que él diga, sin objetar.

―¿Qué? ¿Prefieres a ese inepto que a mí? ―Mi voz se agudizó. Ése era el día de las indignaciones―. ¿Y si me pide hacerle un striptease?

―Princesa, debo colgar.

―¡Está bien! Pero espero no volver a verlo nunca después de esta noche, ¿me entiendes? ―Corté, molesta―. Muy bien, Hassan, ¿así quieres jugar? ―dije para mí misma.

Marqué el número de Levi después de verificar que Hassan no me escuchaba.

―¿Hola? Dime que no cambiaste de opinión ―contestó ella.

―Para nada. ¿Por qué lo dices? ―susurré, poniendo la mano entre el micrófono y mi boca para evitar que mi voz se esparciera. Me asomé de nuevo por los cristales de la tienda para poder ver a Hassan.

―Porque ya está armado todo. Apresúrate. Esta fiesta está explotando ―dijo, nerviosa―. Hay gente loca por todos lados. Ven a darle algo de orden a esto, ¡o destrozarán tu casa! ―gritó, desesperada. El sonido de un cristal rompiéndose contra el suelo se escuchó a través del parlante del móvil.

―Tranquila, Levi, todo saldrá muy bien ―dije para tranquilizarla, y corté la llamada.

Salí del lugar y me encontré a Hassan sentado en el motor del Maserati. Estaba quieto y se miraba tan inocente. Miró mi sombra acercarse y se volvió hacia mí.

―¿Y bien?

Me pregunté cómo es que mantenía la calma.

―Veré Bambi ―murmuré, con voz de resignada.

―Eso creí. No te agobies, te acompañaré a verla para que mires que soy bueno. ―Se levantó, y caminó hacia mí.

―Lo último que quiero es que mi niñero me acompañe a ver Bambi para asegurarse de que no haya escenas de violencia o sexo ―farfullé abriendo la puerta del piloto.

―En primera: no soy tu niñero. Eso es para las niñas buenas que necesitan ser vigiladas para que se duerman a las nueve. Contigo se necesita algo así como un cuerpo policial ―enlistó antes de detener la puerta del coche―. Segundo, creo que las escenas de sexo y violencia no te gusta verlas, sino practicarlas. Y tercero ―continuó, y me arrebató las llaves―: yo conduzco.

En un segundo ya estaba dentro del coche.

―Idiota ―mascullé entre dientes, y rodeé el coche para subir al asiento del copiloto―. Ésta será una gran noche.

―Nada de alcohol ―me advirtió, inclinándose a mí y ampliando sus ojos verdes; miré con una sonrisa sus labios húmedos y semiabiertos.

―Ni pensarlo, no vaya a ser que Bambi se pervierta. ―Alcé una ceja, y Hassan mostró sus blancos dientes en una sonrisa. Le agradaba, lo supe en ese momento. Ojalá pudiera decir lo mismo respecto a mí.

Negó con la cabeza y nos puso en marcha.

―Si usaras ese sentido del humor para ser linda conmigo, nos llevaríamos mejor ―aseguró.

No respondí y nos dirigimos hacia la mansión. Pasamos por el centro de Las Vegas, esa hermosa ciudad que me encantaba tanto por sus luces y, lo mejor de todo, porque no dormía nunca.

―Te gusta esta ciudad, ¿cierto? ―me preguntó Hassan, rompiendo el silencio.

―La amo. No hubiera querido nacer en ningún otro lugar. ¿Tú de dónde eres? ―murmuré mientras le miraba el perfil―. Ese acento no lo fabrican en Wyoming.

―Ya has escuchado que vengo de Londres. Trabajo en un internado allá.

―¡Agh! ―Hice cara de asco.

―¿Por qué eres tan... libertina? ―concluyó al no encontrar otra palabra más decente. Cualquier otra lo hubiera dejado sin empleo.

―Prefiero llamarme «expresiva» ―lo rectifiqué, mirando el reverso de la carátula de la película.

―¿Por qué estás tan inquieta? ―Me miró por un segundo y luego regresó la vista a la carretera.

―Muy bien, te lo diré ―murmuré, resignada, aunque no prometía que mis palabras fueran sinceras―. ¿Cuánto quieres por dejarme en paz?

―¿Estás hablando en serio? ―jadeó, sorprendido.

―Muy en serio. ¿Cuánto te dan mis padres? Te pago el doble, te largas y llegas antes que ellos regresen. Aquí nada pasó, y te quedas con su dinero y el mío. Bonita oferta, ¿a que sí?

―Uau, vaya que lo es. ―Parpadeó un par de veces.

―¿Y bien? ―Me incliné hacia él, esperando una respuesta.

Él permaneció en silencio, pensativo. ¿Era posible? ¿Iba a ceder?

―Creo que, en serio, eres una mimada que piensa que se merece el mundo. Pensé que tus padres bromeaban cuando me dijeron que tratarías de comprarme.

―Como quieras. Desearás haber aceptado ―señalé con la mirada perdida en la ventana.

―Por cierto, gracias por haber defendido mi nombre. ―Media sonrisa se formó en sus labios; apartó la mirada de la carretera para verme. Las luces que desprendía el alumbrado público le iluminaban el rostro cada pocos segundos―. No es el primero que me llama Jasán.

―Es porque así se pronuncia. ¿En qué estaba pensando tu madre? ―gruñí, apartando la vista.

―Es una ciudad de India. Mis padres se enamoraron ahí. ―Me echó un vistazo, pero yo no me giré para verlo―. ¿Por qué «Blake»?

Solté un pesado suspiro y apoyé mi mejilla en mi puño.

―Cuenta la leyenda que le dijeron a la enfermera que me llamaría Play, pero como dicho elemento cargaba con una resaca de los mil demonios, su jaqueca le susurró al oído que el trozo de tripa que no paraba de chillar se llamaba Blake. Y eso escribió. ―Me encogí de hombros.

Hassan se echó a reír.

―Eso te lo acabas de inventar.

―Efectivamente ―admití―. Pero suena más interesante que la respuesta de mi madre; «Nos pareció bonito.» ―dije, fingiendo una voz aguda que no se parecía en absoluto a la de mi madre.

El chico se tomó la libertad de apoyar su mano en mi hombro y sonreír. Miré su mano de mal modo, pero él no se molestó en retirarla.

―Empiezo a sospechar que contigo nunca me voy a aburrir, Me―Me.

Luego de un silencioso viaje, llegamos a la mansión. Paredes beige, mucho cristal y fuentes luminosas dando la bienvenida en la entrada. La música se escuchaba a todo volumen desde que entramos en la propiedad; las luces disco, los murmullos de la gente, gritos, alcohol y perdición. La fiesta estaba en todo su apogeo. Me relamí los labios antes de que se estiraran en una sonrisa tan extensa que abarcaba toda mi cara.

¡Cuéntale a Abi Lí lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

3

Me encanta

Divertido

1

Divertido

Picante

1

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

1

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

SEX PATROL

Esmeralda: Una historia divertida ycon escritura fluida. Genial gracias

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Rechazado

Brenda: Es una excelente historia ... Me encanta la forma de narrar y q sea cortae gusta aún más . Me encantaría encontrar más historias

Leer ahora
Vuelve a mi

Hildaaaa: Me ha gustado mucho pero creo que se necesitaban más contexto o como capítulos del pasado.

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
De los negocios al amor

Luisa: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
Durmiendo con el Enemigo •°kookmin •°

𝐿𝑒𝑟𝑦𝑚𝑖𝑛𝑗𝑘: Es buena aunq a mi parecer las cosas pasaron rápido y sin tanto desarrollo. Tiene algunos errores de ortografía y gramática pero fuera de eso esta bien.

Leer ahora
LOBO BLANCO

María: Me gusta las historias de vampiros y lobos. La trama es buena y entretenida. No es muy larga y eso también me gusta, no sé hace pesada

Leer ahora
Omega Of The Moon [KOOKMIN]

Jeon Jimin : Me encantó,la amé 🤩Es una de mis obras favoritas,la he leído muchísimas veces pero hasta ahorita me atrevo a comentar,he buscado algo parecido pero nada se compara con tú obra es inigualable, eres muy buena en lo que haces espero leerte pronto 💐🌈

Leer ahora