Relatos Inefables

Sinopsis

Recopilación de fanfics de los Esposos Inefables escritos por mí. Pueden no estar relacionados mutuamente.

Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cóctel de Besos


Se suponía que debía estar listo desde hacía un buen rato para su cita con Crowley. El demonio reservó una mesa para ambos en el Ritz para una cena a las 9, ya eran las 8:45 y él continuaba sin la menor idea de qué usar. De su habitual traje tenía puesta la camisa celeste mangas largas y el corbatín con estampado de tartán, pero no se decidía entre si escoger una falda larga hasta los tobillos, tableada, de color marrón claro, o su pantalón de siempre. Después de minutos de indecisión, escogió la falda. No le vendría mal variar un poco de vez en cuando. Ya con la falda puesta, volvió a mirarse al espejo y quiso cambiarse, esta vez, la camisa escogiendo ahora una blanca con mangas cortas. Se deshizo de su corbatín y se maquilló un poco: algo de rubor en sus mejillas, labial rosa pastel en sus labios y rímel en sus pestañas. Aplicó en sus manos su crema favorita, con aroma a flores de cerezo japonés y, como toque final, se roció su perfume floral con gotas de vainilla. Entró en una pequeña cartera de mano su labial rosa con sabor a fresas, se calzó en los pies unos zapatos con un poco de tacón, también de color blanco para hacer juego con la camisa. Seguido, comprobó que tuviera en su cartera las llaves de la librería y bajó adonde lo esperaba Crowley, que parecía no darse cuenta de su presencia hasta que habló. 


—Ya estoy listo, querido. 


El pelirrojo se quitó los lentes y su boca se entreabrió al contemplar la belleza celestial y sublime del ser frente a él. Porque así se veía, y era, Aziraphale: angelical, etéreo. 


Divino. 


Vestía modestamente, pero eso era parte de su encanto. Para él era perfecto que su ángel no mostraba mucha piel y que permaneciera fiel a su estilo. Su cabellera blanca, pulcramente peinada; sus pestañas bailando como niñas coquetas en sus ojos, sus mejillas rosadas por el rubor y sus labios visiblemente tentadores. Podía olfatear su olor, anhelando probar su sabor. 


Aquella falda deseaba alzarla y poder acariciar sus sedosas y robustas piernas, sentirlo en todo su esplendor. Pero no lo haría ahora, sería un caballero y disfrutaría de la compañía de su ángel. 


—Vámonos, mi ángel. —logró decir cuando encontró su voz y le tendió su brazo, el que Aziraphale aceptó. 


Ambos salieron de la librería, cerrando el rubio con llave después de apagar las luces, y Crowley le abrió la puerta del Bentley para que pudiera entrar. Aziraphale, sonrojado y agradecido, recogió su falda y entró acomodando su pequeña cartera en su regazo una vez se sentó. 


Crowley cerró la puerta del lado del copiloto, rodeó el auto y abrió del lado del conductor. Entró tomando asiento para empezar a conducir y encendió la radio para poner música. En la emisora sintonizada se reprodujo «It’s Been A Long Long Time», sorprendiendo a Crowley, que afinó su oído y escuchó un tarareo. Miró de reojo y pudo notar cómo, con los ojos cerrados, Aziraphale cantaba por lo bajo las partes que se sabía y tarareaba otras partes de la canción, por lo que no la cambió. Después de dicha canción, se reprodujo «My Heart Will Go On», de Celine Dion. Crowley no era precisamente alguien que gustara de las canciones románticas, pero prefirió disfrutarla en silencio. 


Al llegar al Ritz, estacionó el auto y bajó primero para luego abrir la puerta del otro lado y ayudar a Aziraphale a salir, a lo que el ángel no se negó en absoluto. 


Una vez sentados a la mesa, Crowley pidió una vasta cena para su ángel y champagne para el brindis. Con cada bocado que daba el rubio, dejaba salir algún gemido de satisfacción encendiendo el morbo del demonio, que cada vez hallaba más difícil mantener su autocontrol. 


Luego de la exquisita cena, le tocó el turno al postre: una tarta de queso para Aziraphale y Crowley eligió una Carlota de limón. Al terminar de comer, el rubio abrió su cartera para buscar dinero pero Crowley interrumpió con un gesto de la mano y anunció que él pagaría. Después de todo, él había invitado. 


Pagada la cuenta, salieron del restaurante y Crowley se quitó la chaqueta para envolver con ella a Aziraphale, quien, en agradecimiento, se puso de puntitas para darle un beso en la mejilla. Obviamente, tuvo que inclinarse un poco. 


—La noche aún es joven. ¿Te parece si vamos a bailar, ángel? —preguntó con un tono seductor en su voz. Cualquiera que entendiera indirectas habría captado a la primera que quería algo más que sólo bailar. 


Sin embargo, Aziraphale, en su ingenuidad, pensó que solamente bailarían hasta que se les cansaran los pies, ignorando que se refería a otro tipo de baile. 


—Por supuesto, querido. —respondió el rubio dulcemente, con una sonrisa encantadora que derritió el corazón del demonio. 


Subieron al Bentley y Crowley condujo hasta un club nocturno que quedaba un poco retirado. Al bajar del vehículo le ofreció su mano a su amante, que la entrelazó con la suya. 


En el club nocturno, la música sonaba a un volumen exageradamente alto y en el centro de la pista había multitud de parejas bailando. Ellos no serían la excepción. Deseaban disfrutar la cita, su cita, todo lo que pudieran. Este era su momento especial, en su burbuja de amor, en su fantasía rosa, sólo existían ellos y nadie más. 


Aziraphale rodeó con sus brazos el cuello de su novio y Crowley, con los suyos, la cintura de su ángel. Por la diferencia de tamaños, la cabeza de Aziraphale quedaba en el pecho de Crowley, que encontraba esto tierno. Bailaron suavemente, moviéndose a la izquierda y a la derecha, de adelante hacia atrás como si bailaran una lenta balada o un vals. Permanecieron así por horas, el lugar se fue quedando vacío a medida que la noche avanzaba y acordaron que debían regresar a casa.


Según le había dicho, Crowley le tenía una sorpresa. Al llegar a la librería, Aziraphale abrió la puerta y se paseó coquetamente, sin proponérselo, ante la vista del pelirrojo, que lo seguía con la mirada. La tela de la falda se alzaba un poco con cada paso, permitiéndole ver la piel oculta debajo. Se mordió el labio inferior con lujuria, envidia, hambre y pasión. Sí, una de las muchas emociones que sentía era la envidia. Envidia de aquella falda que llevaba el ángel, deseando ser aquel objeto para andar sujeto a él todo el día. ¿Era normal que se sintiera así por una falda? Quizás, quizá no. 


Aziraphale colocó la cartera sobre el sillón de su escritorio en el cual se sentaba para leer y se quitó los zapatos, que ya le molestaban en los pies. Lo único que no se quitó de sobre los hombros fue la chaqueta de Crowley, atrayendo la prenda más hacia él de modo que lo abrazara otorgándole calor. 


—No hay necesidad de que uses mi chaqueta si yo estoy aquí, ángel. —escuchó la voz de Crowley y sintió cómo sus largos brazos lo envolvían con la mezcla perfecta de fuerza y ternura. 


Aziraphale se dio la vuelta, aún entre sus brazos, y levantó la cabeza para mirarlo. Sonriendo levemente, con sigilo le quitó los oscuros lentes que no dejaban apreciar esos ojos color ámbar que tanto amaba. Los ojos que eran las ventanas del alma de Crowley. 


—Y no hay necesidad de que uses estos conmigo, querido. —respondió dándole un toque dulce en la nariz con su dedo índice. 


Crowley dirigió su mirada a los labios del rubio. Se veían tan brillantes, apetitosos como el fruto prohibido del Edén, devorables, el aperitivo perfecto. Su plato fuerte sería el cuerpo de Aziraphale, pero quería ir despacio para que ambos lo disfrutaran.  


Se dedicó a comerle los labios, los cuales fundió con los suyos en un beso hambriento, necesitado y a la vez apasionado y tierno, regocijándose internamente al sentir las manos del ángel posándose en su espalda y sus dedos dejando caricias. Aziraphale correspondió el beso, jadeando aunque el sonido fue ahogado por la intensidad del beso. 


Las manos de Crowley levantaron la falda y una de ellas se introdujo debajo, acariciando toda la piel que tenía a su alcance aunque no le era suficiente. 

Lo cargó como a recién casada y subió las escaleras hacia la única habitación de la planta superior, en cuya cama recostó a Aziraphale en cuanto estuvieron dentro. Nadie los molestaría, ningún vecino chismoso metería las narices donde no le incumbía y tenían privacidad. Eso era lo más importante. 


Continuaron devorándose los labios hasta que estos quedaron hinchados y el rostro de Crowley manchado de labial rosa, tanto sus mejillas como sus labios. 


—¿Qué estás haciendo conmigo, ángel? —sus pupilas se dilataron como las de un felino, mirándolo como un cazador a su presa. —¿Por qué eres así?


—No entiendo a qué te refieres, querido. —Aziraphale contestó con su voz más inocente y agregó. —¿Así cómo? 


Crowley sabía que al pícaro angelito le gustaba retarlo y, por más que sonara y se viera inocente e ingenuo, era bastante astuto y le gustaba jugar con fuego. 


—Sabes exactamente a qué me refiero. —susurró el demonio en su oído, ahora sí levantando la falda a gusto para proporcionar caricias ardientes por la suave piel haciendo gemir a Aziraphale. —Eres tentador como el pecado. Me provocas a sabiendas de que no soy inmune a tus encantos y te aprovechas de ser mi talón de Aquiles. Porque te fascina el peligro, ¿o me equivoco? 


No, no se equivocaba. Las cosas como eran. A Aziraphale, en efecto, le gustaba el peligro siendo un detonante para él. Le encantaba arder, literalmente, en las llamas del infierno desde el primer momento que tentó al diablo. Todo él era una tentación andante para Crowley y lo sabía. 


Con otra caricia abrasadora un gemido casi gutural abandonó los labios del ángel, que exclamó: 


—De acuerdo, de acuerdo. No te equivocas, querido. 


Verlo con los ojos cerrados por el dolor y el placer y los labios abiertos le dio mil ideas a Crowley, que solamente continuó acariciando sus piernas sintiendo cada pequeño vello, corto y suave, bajo sus dedos. Sus manos se toparon entonces con la tela de la ropa interior, de textura lisa y agradable al tacto. Bajó un poco la falda que llevaba Aziraphale y se metió bajo esta, entre las piernas del rubio. Le quitó la ropa interior con los dientes cual león desgarrando la carne de su víctima y su larga lengua bífida subió y bajó por la longitud del pene de Aziraphale, que se sujetó con fuerza de las sábanas de la cama echando la cabeza hacia atrás y gimió de manera ronca. 


—¡Dios mío! —gritó/jadeó el rubio sintiendo una vibración en sus genitales, misma vibración que reconoció como un gruñido de Crowley, que se entró su miembro en la boca, succionándolo. —¡Mierda! ¡Crowley! 


Maldecir no era lo suyo, claramente, pero se olvidó pronto de su pudor y su recato para concentrarse en las sensaciones que Crowley le hacía sentir. El demonio sacó aquel delicioso pene de su boca y comenzó a lamer como un niño con una paleta, como un dulce al que no estaba dispuesto a renunciar hasta comérselo completo. Utilizó su mano para masturbarlo de arriba a abajo, arrancando gemidos, que eran música para sus oídos, de los labios de Aziraphale. Sonrió a pesar de que no podía verlo y con su lengua se puso a jugar con los testículos del ángel. Los lamió, los chupó, hasta les dio un diminuto mordisco para luego consentirlos con un masaje sin dejar de masturbar el pene con su otra mano. 


Gotas de sudor empezaron a empapar la delicada piel de Aziraphale, cuya respiración comenzaba a agitarse queriendo fallarle. ¿Esto era lo que los humanos describían como “placer”? Si era así, se había estado perdiendo de mucho. Las sensaciones experimentadas en este momento eran indescriptibles, no podía poner en palabras todo lo que se revolvía en su océano de sentimientos. Crowley era realmente un maestro del placer, un amante fogoso, un caballero en la calle y una bestia en la cama. Con gusto sería su aprendiz y recibiría su justo castigo al portarse mal sin queja alguna. 


Los únicos sonidos que se escuchaban entre las cuatro paredes eran los gemidos y maldiciones que profería Aziraphale, además de sus latidos de corazón acelerados y su respiración entrecortada. El pelirrojo sólo se veía como un movimiento debajo de las amplias faldas del ángel. 


—Oh, joder… —Aziraphale tragó saliva y se mordió suavemente el labio inferior, apretando tanto las sábanas de la cama que sus nudillos se pusieron blancos y movió sus caderas insistentemente, desesperado, ansioso por más. 


Su cabeza daba vueltas, juraba que podía ver aquella nebulosa de colores que, antes del inicio del mundo mismo, Crowley había creado. Aquella explosión de luces y colores vibrantes permanecía fresca en su memoria y dicho recuerdo lo hizo sonreír. 


Su mano derecha se dirigió inconscientemente hacia abajo, a aquella zona íntima donde Crowley continuaba excitándolo y otorgándole placer. El simple gesto de la mano en su cabeza le indicó a Crowley que prosiguiera con la mamada, lo cual obedeció sin rechistar. Chupaba y devoraba como un animal hambriento el pedazo de carne entre las piernas de Aziraphale, degustando el preseminal en la punta de su lengua, deleitando sus papilas gustativas. Los gemidos y jadeos del ángel lo animaban a continuar. No podía detenerse ahora. 


Su propio pene se hallaba erecto y rígido, duro cual piedra, y se quitó sus pantalones con su mano libre para masturbarse al tiempo que continuaba comiendo del manjar que era para él el pene de Aziraphale. 


—Ngh… Querido, más… Más, dame más. —Aziraphale formulaba oraciones entrecortadas y soltaba alguna que otra frase incoherente, retorciéndose y sintiendo cada célula de su estructura física alborotarse de algarabía. 


Crowley gruñó para soltar luego un gemido ahogado, todavía con la virilidad del ángel en su boca sintiendo cómo palpitaba, la suavidad de la carne siendo envuelta en el acogedor calor de su cavidad bucal. El preseminal en la punta del pene poco a poco fue sustituido por las primeras gotas del semen en sí, a lo que Crowley se sintió orgulloso de sí mismo y satisfecho con su hazaña. 


No se detuvo sino hasta que escuchó un gemido de éxtasis, de placer puro, y sintió la abundante semilla de Aziraphale inundando su boca. De sabor dulce, la saboreó para luego tragarla saciando de esta manera parte de su hambre. Sacó el pene del rubio de su boca, soltándolo con un sonido parecido a un “pop” sólo porque se le antojó y salió de debajo de la falda de Aziraphale, que trataba de recomponerse y su rostro resplandecía por el sudor. 


Aprovechó que el ángel descansaba y se dirigió al tocador con espejo para extraer de su bolsillo un labial rojo cereza, su favorito, el cual aplicó en sus labios. Ya Aziraphale lo tentó y lo había complacido. Ahora era su turno. 


—¿Listo para otra ronda, ángel? 


Al escuchar su voz, Aziraphale levantó la cabeza intentando incorporarse en la cama y sintiendo un escalofrío recorrerlo por entero al fijar la vista en esos labios pintados de rojo. 


—¿Otra? —fue lo único que pudo preguntar viendo cómo se acercaba a él quitándose la camisa y pavoneándose vanidoso, contoneando su delgada figura. Más temprano que tarde lo tuvo a su lado echado en la cama con el torso ya desnudo y una mata de vello rojo en su pecho, extendiendo la mano para tocarlo. 


Sus dedos, como niños juguetones, acariciaban la piel de Crowley, que cerró los ojos y se dejó llevar por el toque de su mano. Un peso encima suyo le provocó un gemido sonoro. Aziraphale se puso encima de él y restregaba su redondo y hermoso culo contra su pene erecto, causando que gritara maldiciones y algunas blasfemias. Unos labios sobre los suyos le hicieron gemir y en poco tiempo sólo se escuchaban labios chocando, unos contra otros. Pronto todo el rostro de Aziraphale quedó manchado de rojo y sus labios marcados tanto del aroma como del sabor de la cereza. 


Fresa y cereza, néctares que se juntaban para formar un cóctel de besos, un desfile de sabores, un tobogán de pasiones, una embriagante delicia que los consumía por dentro de manera que necesitaban, les urgía, desfogarse, sacar del fondo de su ser caricias jamás inventadas y llenar las páginas en blanco con la historia que empezaban a escribir con tinta indeleble. 


Esta vez fue Aziraphale quien tomó la iniciativa y dejó marcas de besos por todo el cuello y torso de Crowley, deteniéndose en los pectorales para jugar con los pezones, mordiendo, chupando, succionando, pellizcando hasta dejarlos totalmente sensibles y rojizos. Después de un rato siguió con el camino de besos hasta el vientre para entonces dar mordiscos pequeños en el afilado hueso de la cadera, escuchando gemidos roncos de parte del demonio. Pasó su lengua por esa zona, sintiéndolo temblar ante el roce de su lengua cálida. Repitió el proceso con el otro lado de la cadera de Crowley, que se mordió el labio con algo de fuerza para evitar blasfemar o gritar alguna grosería. Tarde o temprano se le saldría, obviamente. 


Cuando la lengua de Aziraphale comenzó a lamer su miembro, se le salió una retahíla de maldiciones desde el fondo de sus entrañas, maldiciendo todo lo sagrado que exista en este mundo. Un agujero cálido acogió su miembro y pronto se cercioró de que se trataba de la boca del ángel, que había engullido su pene para chuparlo como si de un caramelo se tratase. 


—Oh, por Dios… —murmuró Crowley entre jadeos. —... Ángel… —añadió con un tono lujurioso en su voz. —Lo haces tan bien. 


Con cada succión de Aziraphale un gemido salía de sus labios. No cambiaría por nada del mundo a ese ángel pícaro y juguetón al que le gustaba tentarlo a veces sin proponérselo. A ese ángel que en este mismo instante le estaba haciendo pasar el mejor día de su larga vida. 


Poco a poco la ropa fue estorbando y todas las prendas terminaron en el piso o alguna parte de la habitación, quedando ambos desnudos como los primeros humanos antes del pecado original, antes de ser expulsados del jardín del Edén. Tenían toda la eternidad para explorar sus cuerpos, su intimidad, conocerse mejor en la cama. Rozaron sus miembros soltando gemidos tanto dolorosos como placenteros, las manos de Crowley se posaron sobre las nalgas de Aziraphale, quien no se quedó atrás y le acarició todo el torso, desde las caderas hasta el pecho. 


—Querido… —susurró Aziraphale entre gemidos agudos extendiendo sus manos para tocar con una el cabello de Crowley y con la otra su rostro, una caricia dulce y amorosa. 


—Ángel… —expresó de la misma manera Crowley, apretando tan fuerte sus glúteos que al día siguiente quedarían las marcas de sus manos plasmadas en ellos como un tatuaje. 


—Te amo hasta Alfa Centauri y más allá. —dijo el rubio estirándose levemente para alcanzar los labios de su pareja robándole un beso, impregnando sus labios de aquel color carmesí y del exquisito sabor a cereza que se había convertido en su nuevo favorito. 


Crowley, por su parte, no podía expresar la emoción en su interior, al menos con palabras, al escuchar la afirmación de Aziraphale. Su ángel lo amaba, correspondía a su amor. Era recíproco. 


Era amado con la misma intensidad con la que amaba. 


—Vámonos juntos a Alfa Centauri, querido. —propuso el ángel, determinado. —Donde sea que estés conmigo, ese lugar será mi cielo. 


—Y donde tú estés conmigo, será mi eterno infierno. —contestó el demonio con un suspiro de adolescente enamorado. 


Pasaron la noche jugando en la cama como cachorros, en un enredo de brazos y piernas, complaciéndose mutuamente, deseando que la noche durara para siempre. 


Sin embargo, todo principio tiene un final y cada noche tiene un día. De todos modos, su relación nunca terminaría al ser tan eterna como ellos mismos. 


Horas y horas amándose, caricias escribiendo en la piel del amante palabras que el tiempo ni las quimeras de la frágil existencia humana podrían jamás borrar, susurros al oído y besos como fuegos artificiales. Todo era nuevo para ellos, así que se tomarían su tiempo. 


★★★


Al amanecer, la habitación olía a una fusión de olores entremezclados incluyendo a sexo, lujuria y pecado. Una pareja descansaba en la cama abrazados como un par de niños, la cabeza de Aziraphale en el pecho de Crowley de tal forma que podía escuchar con exactitud y precisión los latidos de su corazón. Un corazón que latía por él desde antes del inicio de los tiempos y lo seguiría haciendo hasta el fin del universo conocido y la humanidad misma. Los brazos de Crowley rodeaban el cuerpo rollizo de Aziraphale y su mano derecha descansaba en la cabellera blanca del ángel, sus dedos casi enredados entre los rizos. 


El primero en despertar fue Aziraphale, que se movió un poco intentando no despertar a su novio y abrió los ojos para volver a cerrarlos luego. Descansaría un rato más. La respiración calmada de Crowley le indicó que continuaba dormido, así que bostezó para intentar volver a dormir. 


Ahora quien bostezó y se estiró como un gato fue Crowley, apretando más al ángel hacia su cuerpo dejando caricias, inconscientemente al estar dormido aún, en su cuerpo. Quedaban rastros de labial de fresa en sus labios, así como del labial de cereza en los de Aziraphale. 


Valía completamente la pena aquello y no se arrepentían de nada. 


Estaban juntos, estaban bien. Llevaron su relación al siguiente nivel e irían despacio, un paso a la vez. 


Quizás le propusiera matrimonio, pensó Aziraphale, pero no quería apresurar las cosas. Tenía que ser una ocasión especial, como esta. Tenía que ser perfecta. 


Y, por supuesto, con cerezas y fresas y un cóctel de besos.