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𝚄𝚗𝚑𝚘𝚕𝚢 [𝚁𝚢𝚞𝚏𝚞𝚢𝚞🔞]

Sinopsis

Durante toda su vida, el miedo que siente Chifuyu por la oscuridad lo ha hecho refugiarse en la luz, pues hay algo en las tinieblas a las que tanto teme, que lo acecha, que quiere alcanzarlo y desea devorarlo. Esa oscuridad tiene nombre y rostro: Ryusei Satō. Y esa oscuridad lo quiere para él. Porque un lugar como el infierno no sólo es ardiente por el fuego.

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Lyl🌸
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

𝔘𝔫𝔥𝔬𝔩𝔶

«Si del lobo te quieres salvar, de la oscuridad debes escapar, porque si el lobo te atrapa, entonces te devorará».


Cualquiera que conociera a Chifuyu Matsuno sabía tres cosas sobre él: la primera, que amaba por sobre todas las cosas a su mascota felina, el pequeño Peke J; la segunda, que era un chico leal y noble, capaz de hacer cualquier cosa por sus amigos; y la tercera, que le temía a la oscuridad.


Para su miedo no había razón o justificación, se trataba de algo casi tan normal como respirar. Después de todo, cualquiera puede temerle a algo, ¿verdad?


Sin embargo, su miedo no sólo lo acompañaba día a día, sino que esa oscuridad que erizaba su piel lo acechaba incluso en sus sueños, convirtiéndolos en pesadillas desde que tenía memoria. Y lo que resultaba peor de todo aquello es que no importaba cuál fuera su sueño, siempre aparecía una oscuridad tan misteriosa como aterradora, que crecía queriendo atraparlo y que entre más la miraba resultaba ser más enigmática.


Podía jurar que era como si el observado fuera él.


De forma natural y casi instintiva, Chifuyu siempre buscaba la forma de mantenerse cerca de la luz durante el día, y resguardar celosamente linternas, lámparas, velas o cualquier cosa que le diera luz durante las noches.


La monotonía de mantenerse huyendo de la oscuridad resultaba cansino y fatigante. ¿Qué tipo de vida era esa?


Por eso cuando su mejor amigo, Takemichi, lo invitó a salir esa noche a un club nocturno, Chifuyu se obligó a sí mismo a aceptar, viendo este como el primer paso hacia su tan anhelada libertad.


Deseaba terminar con aquel infantil miedo que lo ataba a vivir esperando la luz del día, y que mejor que hacerlo enfrentándose al velo nocturno con la seguridad que nada malo pasaría, o al menos eso creía.


Porque si juegas en la oscuridad, de sus criaturas debes escapar o entonces te atraparán.


La estridente música resonando y taladrando sus tímpanos, las luces neón iluminando los brillantes y sudados cuerpos jóvenes, y el inconfundible sentimiento de euforia que llenaba el ambiente fue suficiente para que el sentimiento de terror se volviera más ligera.


No sabía lo que hacía, pero el gratificante sentimiento de libertad hacía palpitar con fuerza su corazón.


En el pasado lo intentó un par de veces, pero los escalofríos de estar de frente a la noche lo hicieron escapar. Si embargo, esa noche sería distinta y seguiría su mejor consejo: coraje.


—Si no te sientes seguro podemos irnos. —En medio del escándalo de la música, Takemichi alzó la voz.


—Está bien, quiero quedarme.


Con una sonrisa, Chifuyu quiso darle seguridad a su amigo y así mismo. Esa noche vencería su miedo.


Tal vez era el efecto de la música, los tragos que comenzaban a inhibir sus sentidos o la embriagante sensación de libertad, lo que provocaba en Chifuyu un sentimiento de emoción y satisfacción que ni siquiera se molestó cuando se quedó solo en medio de desconocidos porque Takemichi se pegó a un desconocido chico de cabello ébano, ojos del mismo color y mirada juguetona. Después de todo, también tenía derecho a pasarla bien, ¿no?


Chifuyu movía su cuerpo al vaivén del ritmo de la música, agitando sus caderas con sensualidad, y —mandando al carajo su pudor— disfrutando el momento.


Cuando la sensación de ser observado produjo un escalofrío en el rubio, con la mirada buscó entre la multitud de extraños al responsable.


Para su suerte —o desgracia— no fue necesario buscar demasiado, pues en la barra, un desconocido lo observaba como si de una presa se tratara.

Era un chico joven, de alborotado cabello plateado, una tez morena que brillaba por efecto de las luces, y unos atrapantes ojos ónix.

A primera vista, le gustó, era un chico atractivo y que lo estremecía con sólo mirarlo, así que ¿por qué no jugar un poco?.

Lo miró directo y una sonrisa coqueta se asomó en los labios del Matsuno, siendo correspondido por el desconocido de inmediato.


El corazón de Chifuyu latió con fuerza y la adrenalina recorrió su cuerpo cuando observó como el desconocido abandonaba su lugar, y caminaba en su dirección, abriéndose paso en medio de los varios cuerpos danzantes sobre la pista, con tanta facilidad que parecía que nadie podía cruzarse a su paso.


Se sentía perdido y atraído en los profundos abismos enmarcados en aquella mirada que comenzaba a erizarle la piel.

—Lindo baile. —La voz varonil y tono coqueto hizo temblar las piernas del rubio. A pesar del ruido, lo escuchaba tan claro como si susurrara en su oído— ¿Te importa si te acompaño?


Chifuyu vislumbró a detalle el tatuaje en forma de serpiente que decoraba el cuello del peliblanco. Quería tocarlo.


—Claro, quédate. —Sonrió.


Intentando calmar los latidos erráticos en su pecho, Chifuyu devolvió su atención a la música, sin embargo, la fragancia del peliblanco, colándose en sus fosas nasales, nublaba sus pensamientos.


—Soy Ryusei Satō —susurró en su oído y lo tomó de la cintura.


Su tacto, aun a través de la ropa, se sentía gélido, y eso sólo lo hacía estremecer aún más. ¿De dónde había salido semejante ejemplar?


—Yo soy Chifuyu Matsuno.


Una sonrisa triunfal se dibujó en lo labio del Satō.

Lo había alcanzado.





El tiempo avanzó con lentitud para Chifuyu, quién no pudo más que sentirse complacido por estar acompañado del peliblanco.


Al ritmo de la música, las manos de Ryusei recorrían su cuerpo con maestría y un toque tan dulce como delicioso, y ni hablar de la manera pasional con la que lo atraía a su cuerpo. Sus caricias eran como el fuego; ardientes, atrapantes y peligrosas


Se sentía hipnotizado.


El aura misteriosa que emanaba el peliblanco era atrayente y misteriosa, invitándolo a perderse en él, y todo esto lo llevaba a una conclusión; debía alejarse antes de que fuera demasiado tarde.


Si algo era tan bueno para hacerlo perder la razón, es porque algo muy, pero muy malo debía ser. Simple sentido común.


Ryusei miró con confusión al rubio cuando se paró en seco y se apartó de su agarré.


—¿Pasa algo? ¿Te sientes cansado?


—Estoy bien, es sólo que mi amigo… —Se excusó—. Debo buscarlo.


—No deberías preocuparte por él. —Acarició sus mejillas—. Él está bien, se fue con un amigo.


Los ojos de Chifuyu se abrieron con sorpresa.


—¿Y tú cómo sabes eso?


—Porque a Manjiro le gustó tu amigo y digamos que quería… conocerlo mejor. Pero si quieres puedo llevarte con él.


Nunca aceptes la invitación de un extraño. Eso es lo que decían y debía ser por algo, ¿no?


—No es necesario, confío en sus decisiones. —Se apartó del moreno—. Creo que será mejor que me marche, se hace tarde.


De nuevo buscaba huir.


—¿Tienes miedo de mí? —Preguntó en tono burlón, como si pudiera leer sus pensamientos.


—¿Debería?


Ryusei sonrió y acortó la distancia.


—Puedes confiar en mí, Chifuyu, no voy a morderte —aclaró con voz seductora—, a menos que quieras.


—Eres demasiado engreído.


—Me gustas, Chifuyu —confesó y acercó su rostro peligrosamente al rubio, quién no luchó más por apartarse, estaba totalmente perdido en su mirada—. Eres un chico lindo. Ven conmigo.


No fue necesario que Chifuyu pronunciara una palabra a la propuesta de Ryusei, bastó con lanzarse a sus labios para responder. ¿Cómo podría decir no?





Apenas pusieron un pie dentro de la habitación, Chifuyu siguió besando apasionadamente a Ryusei. Sus bocas se movían desesperadas y necesitadas, y sus lenguas exploraban y saboreaban cada rincón del otro.


El cuerpo del rubio quedó sobre el Satō cuando cayeron sobre la cama, sin apartarse o detener las caricias o roces que cada vez eran más intensos.


Chifuyu observó la habitación en penumbras, apenas iluminada por la tenue luz de la lámpara al lado de la cama. Sus manos sudaron. No le gustaba la oscuridad


Cerró los ojos y suspiro, no queriendo prestar demasiada atención a ese detalle


Tal vez esa era su prueba definitiva para superar sus miedos.


—Hazme caso a mí, Chifuyu —ordenó con voz ronca, Ryusei, y mordió su labio inferior—. Yo estoy aquí.


Chifuyu ni siquiera fue consciente de como o en que momento el Satō le había arrebatado la ropa y desnudado su pecho, pero tampoco le importaba ya. Los besos húmedos de Ryusei sobre su torso y la manera ardiente en que mordía y jugaba con sus pezones borraba cualquier pensamiento racional o duda de su mente. Sólo quería disfrutar de aquel encuentro.


El Matsuno no se quedó atrás y arrancó con desespero la camisa del Satō, botando un par de botones al suelo y dejando al descubierto el bien trabajado abdomen del chico. Sus manos picaron queriendo recorrer la piel y delinear los marcados músculos, despertando su propia lujuria.


No desperdicio la oportunidad y delineó con sus dedos el tatuaje de serpiente en el cuello de Ryusei, repartiendo besos en todo el pecho del moreno mientras restregaba su trasero en la ya dura entrepierna del moreno.


El Satō tomó con sus manos las caderas del ojiverde y aumentó la fricción, simulando embestidas, que más que aliviarlo le dolían. Su polla exigía atención y fundirse en el trasero del rubio.


La piel de Chifuyu emanaba un calor que, en contraste con la gelidez de su propio cuerpo, parecía que quemaba.


El moreno jaló del rubio y cambiaron lugares, dejando a Chifuyu de espaldas sobre la cama y a él como el dominante.


Entre besos y mordidas, Ryusei recorrió el cuello y pecho de Chifuyu, y sonrió complacido ante los jadeos descarados que escapaban del chico.


Con una lentitud tortuosa terminó por arrancarle los pantalones y cualquier otra prenda que estorbara del cuerpo de Chifuyu y del suyo.


Se coló entre sus piernas y mordió el interior de sus muslos, dejando la marca de sus dientes y un par de manchas rojas en la nívea piel.


Ryusei se detuvo a contemplar su obra, encontrándose con la imagen de Chifuyu con los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas, los rosados e hinchados labios entreabiertos, la mirada perdida en deseo y su cuerpo desnudo y expuesto.


Todo para él.


Chifuyu le gustaba más de lo que habría imaginado. Demasiado puro para un ser profano como él.


Era una luz tan esplendorosa que atraía las tinieblas de su existencia.

Después de tantos años esperando y aguardando su oportunidad, por fin lo había atrapado, ahora mancharlo y corromperlo sería su victoria.


Y una vez suyo, no podría escapar.


Llevó un par de sus dedos a la boca del Matsuno, quién los chupó gustoso. Una vez húmedos, el Satō acarició la entrada del rubio y uno a uno introdujo sus falanges, estirando lo suficiente y simulando pequeñas embestidas, preparándolo para lo que seguía.


Chifuyu echó su cabeza para atrás y curvó su espalda ante la intromisión que a cada segundo dejaba de ser incómoda y se volvía más placentera.


Cuando las paredes del rubio se contrajeron alrededor de los dedos del peliblanco, este se detuvo.


—N-no…—Se quejó Chifuyu y miró con reproche a Ryusei.


—Sé paciente, Chifuyu. Ahora te haré subir al cielo y bajar al mismo infierno —proclamó y alineó su palpitante miembro en la entrada del rubio.


Chifuyu no pudo más que salivar ansioso y apretar sus piernas alrededor de las caderas del moreno al sentir como el glande de Ryusei presionaba contra él, abriéndose paso.


El Satō entró de una estocada, pero se mantuvo quieto unos segundos para darle tiempo a que se amoldara a tu tamaño.


El interior de Chifuyu se envolvía a su alrededor con un calor abrazador, haciéndole sentir como si su pene se derritiera, y esto lo enloquecía tanto que sólo podía pensar en joderlo hasta que no pudiera ponerse en pie.


Sin poder contenerse más, comenzó a embestirlo con rudeza y profundidad, haciendo lagrimear al rubio y clavar con fuerza las uñas a su espalda.


La habitación pronto se llenó del sonido de pieles chocar y jadeos obscenos de ambos chicos.


La fuerza con la que Ryusei apretaba las caderas del ojiverde era tanta que comenzaba a tornarse rojo a su alrededor, sin embargo, esto no pudo importarle menos que nada. Tomarlo resultaba mejor de lo que alguna vez había imaginado.


Lo quería para él y lo tendría.


Lo haría quedarse a su lado sin que pudiera escapar.


—Acéptame y cae conmigo. —Giró al rubio para acostarlo con el pecho pegado a la cama, y lo levantó de las caderas para seguir penetrándolo.


Ninguna palabra salió de la boca del Matsuno.


—Acompáñame al infierno, Chifuyu —ronroneó cerca de su oído y lo penetró con fuerza, golpeando su punto dulce.


El rubio no pudo callar sus gemidos. Sus piernas temblaban, su mente estaba hecha un caos y ningún pensamiento coherente salía de él.


Quería más de eso.


—S-sí… —Balbuceó con dificultad—. Ryusei…


Las palabras de Chifuyu, tan dulces como un afrodisíaco, desataron la lascivia del Satō, quién aumento la velocidad de sus embestidas.


Le encendía escuchar la voz llorosa y jadeante de Chifuyu, pero no era suficiente para él, quería ver su expresión perdida en la lujuria que le provocaba.


Un quejido de reproche escapó de los labios de ojiverde al sentir como el Satō abandonaba su interior, sin embargo, esto duró sólo instantes porque instantes el moreno atrajo al rubio y lo hizo sentarse a horcadas sobre él.


La visión erótica de Chifuyu empalándose en su pene mientras jadeaba pidiendo por más calentó a Ryusei. Atacó los labios ajenos, metiendo su lengua, para después pasar al cuello, dejando un rastro de saliva y mordidas.


Jugueteó con el húmedo glande del miembro de Chifuyu antes de comenzar a masturbarlo e incrementar la profundidad de sus embestidas.


Ante el inminente placer, los ojos de Chifuyu se cerraron con fuerza y un cosquilleo apareció en su bajo vientre.


Pronto el interior del rubio comenzó a contraerse y succionar el pene del moreno


En medio de sonoros gemidos, Chifuyu llegó a su orgasmo, manchando con su esencia la mano de Ryusei y su propio abdomen.


El Satō no pudo reprimir el gutural gemido que salió de su garganta cuando, tras un par de estocadas duras y profundas, llegó a su clímax y llenó con su semen el interior de Chifuyu.


La sensación del líquido caliente respaldar de su interior y correr por el interior de sus muslos y nalgas estremeció al rubio.


—Ryusei. — Se aferró al cuello del peliblanco y lo miró con los ojos llorosos, tratando de normalizar su respiración.


—Debiste escapar mientras pudiste —musitó, depositando pequeños besos en los labios ajenos—. Ahora me perteneces.


Ryusei era lo que decían, una criatura impura y hecha para vagar entre las penumbras, pero hasta alguien como él necesitaba de un compañero.


Y finalmente, después de una larga espera y verlo tratar de escapar de su oscuridad, Chifuyu era suyo en cuerpo y alma por la eternidad.


Porque quien no logra escapar de la oscuridad, atrapado en ella se quedará, pero ¿quién dijo que el infierno no puede ser divertido?


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