Contigo iría hasta el fin del mundo
«Los ojos son las ventanas del alma»
—William Shakespeare
Changbin se encuentra acurrucado en la comodidad de su cama, abrazando el cálido y esbelto cuerpo del durmiente Félix entre sus musculosos brazos. El reloj en la mesita nocturna indica que pasa de la medianoche, la luz plateada de la luna que ilumina las solitarias calles de Seúl le confirma la hora. Sabe que es tarde y debería estar durmiendo, pero no puede. No cuando los cabellos azules del hombre que más ama le hacen cosquillas en la nariz, sus extremidades enredadas bajo las sábanas blancas.
Un suspiro abandona los labios entreabiertos de Félix, su Lixie, y él sonríe. Dicha sonrisa se ensancha cuando el rostro del peliazul se esconde en la curva de su cuello, escondiéndose en el lugar más seguro en su pequeño y tierno mundo. Él, Changbin.
Su compañero de vida.
«Tan lindo» piensa, presionando sus propios labios en el cabello de su chico, susurrando un leve:—. Descansa, Bokkie.
Changbin no espera una respuesta. Su precioso tesoro está perdido en las nubes suaves y reconfortantes del sueño, no despertará hasta que alguno de los demás miembros se atrevan a tocar su puerta. O gritar, en el caso de Jisung. Se limita a observar el paisaje frente a él como si fuese la pieza de arte más maravillosa del planeta, apretando el firme y apacible agarre en la cintura del más joven, envolviéndolo completamente con sus piernas y las cobijas acolchadas. La noche está un poco fría, y él no quiere que su novio se enferme.
—Eres tan lindo, cariño —dice en voz baja, cautivado por la belleza que comparte su cama y su corazón.
Félix se remueve y balbucea un montón de frases incoherentes, acurrucándose más cerca (¿es eso posible?) a su pareja, sólo satisfecho cuando casi está encima del amplio pecho de Changbin. El rapero se ríe entre dientes y comienza a repartir caricias tiernas en la espalda del menor, frotando círculos sobre los músculos doloridos por tanto bailar en los escenarios y en las salas de práctica.
Hay algo distinto esa noche, algo incomprensible y difícil de explicar. Los minutos pasan en silencio, solo ahogados por los constantes latidos del corazón del hermoso espécimen que sostiene a través de las brisas de otoño, eclipsando el inexistente ruido de la capital trasnochada. El ambiente es armonioso y sereno, romántico. Inconscientemente, Changbin tararea una de sus canciones favoritas, la declaración que convirtió el tímido e inocente coqueteo de dos adolescentes en una relación hermosamente perfecta y envidiable. Eterna.
Cuando sonríes nunca tengo suficiente y no puedo vivir sin ti, cariño…
—Bebé, yo realmente te amo —termina Félix, parpadeando lentamente en su dirección. Su vista viaja del reloj en la mesa al rostro despierto de su novio, frunciendo el ceño—. ¿No puedes dormir, Binnie?
—Estoy bien, cielo.
—Es tarde y tenemos que ir al aeropuerto a primera hora de la mañana.
Changbin pellizcó gentilmente una de sus mejillas pecosas y esbozó una sonrisa.
—Lo sé. Vuelve a dormir, Lixie, tuviste un día largo.
Sin embargo, Félix no lo hace. En cambio, se queda mirando el rostro en penumbras del hombre que lo enamoró desde que era apenas un niño, con el mismo brillo incandescente resplandeciendo en sus ojos oscuros. Changbin le devuelve la mirada, pensando que, aquella noche, Félix parece una constelación salpicada de bonitas estrellas y soles centelleantes. Está tan agradecido de haber sido elegido para cuidarlo y protegerlo, que nunca permitirá que ese amor se apague o desvanezca.
—¿Qué es, Bin? ¿Un enloquecido ataque de creatividad? ¿El grandioso SpearB está maquinando el próximo éxito de la banda? —pregunta con interés. Todo el cansancio y pesadez abandonando su cuerpo para dar paso a una oleada de entusiasmo y alegría.
Changbin niega, apartando el cabello alborotado de la dulce carita del hombrecito.
—No.
—Entonces ¿qué es?
—Algo mucho mejor.
Un ruidito de incredulidad reverbera desde la garganta de Lix. Changbin se burla de eso con una palmadita juguetona en su trasero.
—¿Qué puede ser mejor que eso?
—Hay muchísimas cosas en el mundo que son mejores, Bokkie.
—Pero no me las dirás —la expresión lamentable y el puchero inconforme hicieron que el pecho de Bin se inundara de afecto, desbordante y apolíneo.
«Cuánto te amo, Lixie»
—No… a menos que me des algo a cambio.
Los ojos de Lix se iluminaron ante el pedimento. Tarareó pensativamente unos segundos, para luego lanzar la primera y única oferta:
—Un beso. Te daré un beso a cambio de tus pensamientos.
El hyung fingió reconsiderar la idea, alargando el tiempo tanto como le fue posible antes de que Félix le golpeara traviesamente el abdomen para que le hiciera caso.
—¡Acepto, acepto! Aiyo, que agresividad la tuya, bebé.
—Eso te pasa por ser malo conmigo. Ahora dímelo.
—Primero mi pago.
—No —contestó el peliazul, acomodándose encima suyo otra vez—. Primero dime lo que estás pensando y después cumpliré mi promesa.
—¡Ah, eso es trampa!
—Debiste leer las letras chiquitas del contrato, Binnie —habló sabiamente su novio—. Cuéntame que te tiene en vela, amor.
Changbin emitió un suspiro y acunó la mandíbula del más joven entre sus manos, tratando de contar la infinidad de pecas que manchaban su piel dorada. Félix se quedó quieto a pesar de no tener idea de lo que sucedía. Le encantaba ser adorado por su compañero, nunca negándose a recibir mimos de su parte. Simplemente esperó. Él era un maestro de la espera, si es que los años desde su debut hasta la fecha donde inició su noviazgo decían algo.
—¿Realmente quieres saberlo, Lix?
—Mhn. Sí, hyung.
Bin depositó un beso aterciopelado en la frente del chico, por el simple capricho de poder hacerlo. Este sonrió y recargó su barbilla en su pecho para prestarle atención.
—Estaba pensando en ti, dulzura. En cuánto te amo.
La reacción de Félix fue un poema, deleitable y encantadora; sus tiernas mejillas se tiñeron de un tímido rubor rosado que enalteció la curva de la enorme sonrisa que esbozó. Sus ojos, tiernos y hechiceros, se derritieron en un charco de azúcar, chispeantes bajo el abanico de rizadas pestañas. Changbin lo encontró verdaderamente precioso, enamorado perdidamente de él.
Y la urgencia de decírselo le incitó a continuar.
—Dicen que los ojos son las ventanas del alma, pero yo no creía en eso hasta que vi el universo entero encerrado en tus ojos, Félix. Eres hermoso, de la misma forma en que las estrellas lo son; brillantes e inalcanzables, pero cálidas y esperanzadoras. Un ángel de corazón bondadoso, que da amor sin esperar nada a cambio. Y tu sonrisa. Dios, tu sonrisa. Soy adicto a ella. Podría componer mil versos dedicados a la luz del sol y los secretos del mundo que tienes atrapados en la expresiva curva de esos labios melocotones. Te amo Félix, como nunca pensé amar a alguien. Eres mi mayor tesoro. Mi universo entero, a quién le prometí mi vida entera, mi corazón entero, para el resto de nuestras vidas. —confesó Changbin, deslumbrado por la feliz y amorosa sonrisa de Lee Félix, que pintaba una imagen sublime a la luz nocturna. Siendo un tonto enamorado, Changbin encontró ese momento magníficamente mágico.
—Me harás llorar —le acusó, radiante y contento, enganchando sus piernas a las caderas del mayor.
Changbin rió, tamborileando sus dedos en los muslos abiertos de su dongsaeng.
—Oh, no te atrevas a llorar sin haberme dado mi premio, Lee Félix.
—Premio —repitió él, humedeciendo sus belfos. Su novio asintió.
—Me lo gané.
—Lo hiciste —reconoció Félix—, aunque se que estas exagerando.
Esta vez, Bin soltó una gran carcajada mientras subía lentamente la mano por debajo del short del más joven.
—¿Tú crees?
—Si.
—Puff, no sabes nada, Lee Félix.
Las cejas de Lix se fruncieron en señal de confusión.
—¿Estas citando Juego de Tronos?
—Tal vez —aceptó Bin, mordiendo melosamente la barbilla puntiaguda del otro—. Si pudieras verte como yo lo hago, lo entenderías. Pero como no lo haces, te toca soportar.
—O criticar —rió Lix.
—En tu caso, será lloriquear como un bebé gigante.
—¡Oye, eso no-!
Changbin no lo dejó terminar, reclamando sus labios en un beso ya prometido, un contacto tibio y desgarradoramente amoroso. La calidez de los sentimientos ajenos los embargo con intensidad, abrumando el mundo exterior y sus simplificaciones. El dulce arrastre de sus bocas brindando una sensación de plenitud y éxtasis incomparable, dichoso y perfecto, hasta que se vieron en la necesidad de separarse debido a la falta de aire. Félix, sonrojado y con un hilo de saliva colgando de la comisura de sus labios hinchados, plantó varios besos ruidosos en la cara de su novio, complacido por esa noche de ensueño.
—Te amo, mi Binnie, mi alma gemela.
Sin más, Changbin volvió a enamorarse.









Esto fue simplemente precioso 😭🤍