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Caecillus Diabolus || ChanSoo

Sinopsis

𝙿𝚊𝚛𝚔 𝙲𝚑𝚊𝚗𝚢𝚎𝚘𝚕, 𝚞𝚗 𝚊𝚕𝚏𝚊 𝚐𝚛𝚊𝚗𝚞𝚓𝚊 𝚜𝚒𝚗 𝚎𝚜𝚌𝚛𝚞́𝚙𝚞𝚕𝚘𝚜, 𝚚𝚞𝚎 𝚝𝚛𝚊𝚝𝚊𝚛𝚊́ 𝚍𝚎 𝚘𝚛𝚍𝚎𝚗𝚊𝚛 𝚜𝚞 𝚟𝚒𝚍𝚊. 𝙱𝚞𝚜𝚌𝚊 𝚞𝚗𝚊 𝚙𝚊𝚛𝚎𝚓𝚊 𝚙𝚎𝚛𝚏𝚎𝚌𝚝𝚊, 𝚕𝚊 𝚌𝚕𝚊𝚜𝚎 𝚍𝚎 𝚘𝚖𝚎𝚐𝚊 𝚚𝚞𝚎 𝙳𝚘𝚑 𝙺𝚢𝚞𝚗𝚐𝚂𝚘𝚘 𝚓𝚊𝚖𝚊́𝚜 𝚙𝚘𝚍𝚛𝚊́ 𝚜𝚎𝚛. 𝙺𝚢𝚞𝚗𝚐𝚂𝚘𝚘 𝚢𝚊 𝚜𝚞𝚏𝚛𝚒𝚘́ 𝚞𝚗𝚊 𝚟𝚎𝚣 𝚞𝚗 𝚍𝚎𝚜𝚎𝚗𝚐𝚊𝚗̃𝚘 𝚊𝚖𝚘𝚛𝚘𝚜𝚘, 𝚑𝚊 𝚓𝚞𝚛𝚊𝚍𝚘 𝚖𝚊𝚗𝚝𝚎𝚗𝚎𝚛𝚜𝚎 𝚊𝚙𝚊𝚛𝚝𝚊𝚍𝚘 𝚍𝚎 𝚎𝚜𝚝𝚎 𝚜𝚎𝚡𝚢 𝚛𝚘𝚖𝚙𝚎𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘𝚗𝚎𝚜. 𝚂𝚒𝚗 𝚎𝚖𝚋𝚊𝚛𝚐𝚘, 𝚍𝚎𝚜𝚌𝚞𝚋𝚛𝚎 𝚚𝚞𝚎 𝚎𝚜 𝚍𝚒𝚏𝚒́𝚌𝚒𝚕 𝚛𝚎𝚜𝚒𝚜𝚝𝚒𝚛𝚜𝚎 𝚊 𝚕𝚊 𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚌𝚒𝚘́𝚗 𝚚𝚞𝚎 𝚜𝚞𝚙𝚘𝚗𝚎 𝚞𝚗 𝚍𝚎𝚖𝚘𝚗𝚒𝚘 𝚍𝚎 𝚘𝚓𝚘𝚜 𝚊𝚣𝚞𝚕𝚎𝚜. 𝚢 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚍𝚎𝚕 𝚙𝚊𝚜𝚊𝚍𝚘 𝚍𝚎 𝙺𝚢𝚞𝚗𝚐𝚂𝚘𝚘 𝚛𝚎𝚜𝚞𝚛𝚐𝚎 𝚞𝚗𝚊 𝚙𝚎𝚕𝚒𝚐𝚛𝚘𝚜𝚊 𝚊𝚖𝚎𝚗𝚊𝚣𝚊, 𝙲𝚑𝚊𝚗𝚢𝚎𝚘𝚕 𝚝𝚊𝚕 𝚟𝚎𝚣 𝚜𝚎𝚊 𝚎𝚕 𝚞́𝚗𝚒𝚌𝚘 𝚚𝚞𝚎 𝚙𝚞𝚎𝚍𝚎 𝚜𝚊𝚕𝚟𝚊𝚛𝚕𝚘...

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Lizzie
Estado:
Completado
Capítulos:
22
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cᴀᴘɪ́ᴛᴜʟᴏ I

La primera vez que lo vi fue en la boda de mi hermano JongDae, al fondo del pabellón que habían levantado para dar cabida a los invitados. Estaba de pie en un rincón, apoyado contra el poste con la postura entre insolente y desgarbada de alguien que preferiría estar pasando el rato en un salón de billares. Aunque iba bien vestido, era evidente que no se ganaba la vida sentado en la mesa de una oficina. Ningún traje de Armani podría quitarle aristas a aquella clase de cuerpo fornido y armonioso. Sus largos dedos, delicadamente curvados alrededor de una copa de champán, podrían haber hecho trocitos el cristal como si tal cosa.

Me bastó con mirarlo para saber que me hallaba ante un alfa al viejo estilo, de esos que van de caza, juegan al fútbol y al póquer, y aguantan muy bien la bebida. No son mi tipo. Yo estaba interesado en algo más.

Aun así, me atrajo su porte y su buena planta. Era apuesto, incluso guapo si pasabas por alto el levemente irregular puente de la nariz, que parecía haber sufrido una rotura en alguna ocasión. Llevaba un corte de pelo —castaño cobrizo, tan reluciente y tupido que recordaba el pelaje de un visón— en finas capas escalonadas. Pero fueron los ojos lo que más me llamó la atención por la intensidad de su azul, tan etéreo y delicado que impactaba nada más verlo, incluso desde lejos como yo en ese momento. No pude reprimir un leve estremecimiento cuando él volvió la cabeza y me miró directamente.

Me volví al instante, avergonzado de que me hubiera pillado mirándolo con semejante descaro. Pero eso no impidió que sintiera una especie de descarga eléctrica que me inflamó la piel, señal de que él me seguía observando. Vacié mi copa de champán con unos rápidos sorbos, dejando que el cosquilleo de las burbujas me calmara los nervios. Sólo entonces me atreví a echar otra mirada.

Aquellos ojos se insinuaban de un modo que no tenía nada de civilizado. Una tenue sonrisa permanecía agazapada en aquella boca de labios finos, lo que marcaba un pequeño hoyuelo en su mejilla izquierda. «Desde luego no es la clase de hombre con el que quisiera encontrarme a solas en una habitación», pensé.

Su mirada descendió por mi cuerpo en una perezosa inspección para acabar regresando a mi cara, y acto seguido me dirigió uno de esos respetuosos asentimientos con la cabeza que los hombres de Tejas han elevado a la categoría de arte.

Le di la espalda deliberadamente, concentrando toda mi atención en mi novio Brian. Nos pusimos a contemplar a los recién casados, que estaban bailando mejilla contra mejilla. Me puse de puntillas y le susurré al oído:

—Luego nos toca el turno a nosotros.

Brian me pasó el brazo por la cintura.

—Veremos qué tiene que decir tu padre al respecto.

Brian iba a pedirle permiso para casarse conmigo, una tradición que yo encontraba anticuada e innecesaria. Pero él estaba emperrado en hacerlo.

—¿Y si niega su aprobación?— pregunté. Como mi padre nunca encuentra bien nada de lo que hago, era una posibilidad a tener en cuenta.

—Entonces nos casaremos sin más. —Brian retrocedió unos centímetros y me miró desde arriba—. Aun así, me gustaría convencerlo de que su hijo tampoco está haciendo tan mal negocio, después de todo.

—Eres lo mejor que me ha sucedido nunca. —Me acurruqué en la curva de su brazo. Me parecía un milagro que alguien pudiera quererme de aquella manera. Ningún otro alfa, por guapo que fuese, podría interesarme jamás.

Sonreí y volví a mirar en la misma dirección de antes, con curiosidad por ver si el tipo de los ojos azules aún seguía allí. Por algún motivo, me sentí aliviado cuando comprobé que no era así.

Mi hermano JongDae había insistido en que la ceremonia de su boda tenía que ser lo más discreta posible. Sólo un puñado de personas había podido acceder a aquella pequeña capilla de Houston del siglo XVIII, antaño utilizada por los colonizadores españoles. El oficio nupcial había sido tan corto como bonito, lleno de un sentimiento que impregnaba la atmósfera y te llegaba muy adentro.

La recepción posterior, en cambio, fue lo que se dice un auténtico circo.

Se celebró en la mansión familiar que los Doh teníamos en River Oaks, una selecta comunidad de Houston cuyos residentes les confesaban muchas más cosas a sus contables que a su párroco. Como JongDae era el primer vástago de los Doh que contraía matrimonio, mi padre quiso aprovechar la ocasión para impresionar al mundo, O al menos a Tejas, que dada la manera de pensar de papá era la única parte del mundo merecedora de ser impresionada. Al igual que muchos otros tejanos, mi padre estaba convencido de que si nuestro estado no hubiera sido anexionado por la Unión en 1845, probablemente habríamos acabado apropiándonos de todo el extremo norte del continente.

Así que con la mente puesta en la reputación familiar y en el hecho de que las miradas de todo el mundo estarían fijas en nosotros, papá había contratado los servicios profesionales de un conocido organizador de bodas y había limitado sus instrucciones a cuatro escuetas palabras: «El talonario está abierto.» Como sabía el mundo entero, era un talonario muy bien provisto.

Mi padre, Eung-Soo Doh, un alfa conocido «mago de los negocios», había creado un fondo indexado internacional de la energía que prácticamente había doblado su volumen en el curso de su primera década de existencia. El fondo incluía productores de petróleo y gas natural, oleoductos, suministradores de carbón y fuentes de energía alternativa, y estaba representado por quince países. Mientras yo crecía, vi muy poco a papá; él siempre andaba por algún sitio lejano como Singapur, Nueva Zelanda o Japón. Solía ir a Washington para almorzar con el presidente de la Reserva Federal, o a Nueva York para desempeñarse como tertuliano en debates o coloquios financieros. Habitualmente, desayunar con mi padre significaba sintonizar la tele en la CNN y verlo analizar las últimas fluctuaciones del mercado bursátil mientras mis hermanos y yo dábamos buena cuenta del desayuno.

Con ese vozarrón que tenía y aquella personalidad tan imponente que no le cabía en el cuerpo, papá siempre me había parecido enorme. Fue sólo durante mi adolescencia cuando llegué a darme cuenta de que físicamente era más bien promedio, un peso pluma que reinaba sobre el resto del gallinero. Despreciaba la blandura, y una de sus mayores preocupaciones era que sus cuatro descendientes —JongDae, JongIn, Sehun y yo— no fueran capaces de triunfar en la vida por haber recibido demasiados mimos. Así que cuando andaba por casa, se aseguraba de administrarnos dosis de realidad, como cucharadas de jarabe amargo.

En vida, mi madre siempre había co-presidido la Feria Anual del Libro, y aprovechaba los momentos muertos en el evento para salir a fumarse un cigarrillo con Kinky Friedman. Mamá era guapísima, tenía las piernas más hermosas de todo River Oaks, y organizaba unas cenas de etiqueta realmente fabulosas. Como solían decir en aquellos tiempos, era un pedazo de mujer.

Apenas la conocían, los hombres iban corriendo en busca de papá para decirle que era un capullo con suerte, algo que a él lo complacía infinitamente. No se la merecía, solía proclamar, antes de reírse taimadamente, porque en su fuero interno estaba convencido de merecerse bastante más de lo que realmente se merecía.

Los Doh habíamos invitado a setecientas personas, pero a la recepción asistieron por lo menos mil. La gente se apretujaba dentro de la mansión familiar o salía como podía para dirigirse al enorme pabellón blanco, que había sido adornado con miles de lucecitas blancas y un sinfín de orquídeas en distintos tonos de blanco y rosa. El calor un poco húmedo de aquella tarde de finales de primavera hacía aún más intensa la fragancia de las orquídeas.

Dentro de la mansión, al abrigo del aire acondicionado, la sala principal para el bufé se hallaba dividida en dos secciones por una barra de hielo de seis metros cubierta con todas las clases de marisco. Había doce esculturas de hielo, una de ellas alrededor de una fuente de champán, otra provista de una fuente de hielo tachonada por pequeñas bolsas de caviar.

Camareros de guantes blancos llenaban cilindros de cristal escarchado con vodka frío como el hielo, y esparcían cucharaditas de caviar sobre diminutos blinis preparados con crema amarga y huevos de codorniz.

Las mesas del bufé caliente ofrecían soperas con crema de langosta, enormes bandejas repletas de solomillos cocinados al humo de pacanas, ashi de atún braseado, y un mínimo de treinta entrantes más. He asistido a muchas fiestas y acontecimientos sociales en Houston, pero nunca había visto tanta comida junta.

Reporteros del Houston Chronicle y el Texas Monthly cubrían la recepción, que contaba con invitados como el ex gobernador y el alcalde, un famoso chef de la televisión, celebridades de Hollywood y gente del petróleo. Todo el mundo estaba pendiente de la llegada de JongDae y MinSeok, que se habían quedado en la capilla con el fotógrafo.

Brian estaba un poco aturdido. Procediendo de una respetable familia de clase media como la suya, asistir a un acto social de aquellas características le parecía el no va más de la distinción.

Yo y mi incipiente conciencia social encontrábamos un poco embarazoso todo aquel exceso. Mi manera de pensar había cambiado bastante desde que fui a estudiar a Wellesley, una prestigiosa institución universitaria sólo para omegas que tenía por lema Non ministrare sed ministrare. Sirve a los demás en lugar de que ellos te sirvan a ti. Fui allí convencido de que era justo la clase de lema que le iría bien aprender a una persona como yo.

Mi familia me había tomado el pelo cariñosamente diciendo que estaba pasando por una «fase natural». Ellos —sobre todo mi padre— me tenían por un estereotipo ambulante, el típico joven omega ricachón que hace sus primeros escarceos con la mala conciencia liberal. Eché otra mirada a las largas mesas rebosantes de comida. Antes del inicio de la recepción, me había asegurado de que luego todo lo que sobrase fuera llevado a una serie de centros asistenciales de Houston, una idea que fue aprobada elogiosamente por mi familia. Pero ni aun así conseguía dejar de sentirme culpable, un sucedáneo de jovencito liberal que hace cola mientras espera a que le sirvan su ración de caviar.

—¿Sabías —le pregunté a Brian mientras íbamos hacia la fuente del vodka— que para encontrar un diamante de un quilate antes tienes que pasar por el cedazo el equivalente a una tonelada de tierra? Así que para producir todos los diamantes que hay en esta habitación, tendrías que excavar gran parte de Australia.

Brian fingió quedarse perplejo.

—Pues la última vez que miré, Australia todavía estaba en su sitio. —Me pasó la punta de los dedos por el hombro—. Tranquilízate, KyungSoo. No tienes que demostrar nada. Yo ya sé quién eres.

Aunque ambos éramos naturales de Tejas, nos habíamos encontrado en Massachusetts. Yo había ido a Wellesley y Brian fue a Tufts. Lo conocí en una fiesta de vuelta-al-mundo organizada en un viejo caserón de Cambridge. Cada una de las habitaciones estaba dedicada a un país distinto, y ofrecía barra libre de la bebida típica nacional. Vodka en Rusia, whisky en Escocia, Soju en Corea del Sur y así sucesivamente.

En algún lugar entre Suramérica y Japón, uno de los traspiés que yo había empezado a dar con alarmante frecuencia me llevó a tropezar con un chico de pelo oscuro, ojos rasgados pardos y una sonrisa que irradiaba seguridad en sí mismo. Tenía la musculatura delicadamente nervuda de un corredor de fondo y pinta de intelectual.

Para mi deleite, me habló con acento tejano.

—Quizá deberías hacer una pausa en tu vuelta al mundo. Al menos hasta que no te cueste tanto ver por dónde vas.

—Tú eres de Houston —dije.

—Su sonrisa se ensanchó en cuanto oyó mi acento.

—No, milord.

—¿San Antonio?

—No.

—¿Austin? ¿Amarillo? ¿El Paso?

—No, no, y gracias a Dios, no.

—De Dallas, entonces —dije con pesar—. Lástima. Vamos, que casi eres yanqui.

Brian me había acompañado fuera, donde nos sentamos en el escalón de la entrada principal del caserón y pasamos dos horas largas hablando a pesar de que hacía un frío que pelaba.

Nos enamoramos en un abrir y cerrar de ojos. Yo estaba dispuesto a hacer lo que fuese por Brian, a ir a cualquier sitio con él. Iba a casarme con él. Sería el omega de Brian Nam. KyungSoo Nam. No iba a permitir que nadie se interpusiera en mi camino.

Cuando por fin me tocó el turno de bailar con mi padre, Al Jarreau estaba cantando Accentuate the Positive con esa voz suya que es pura melodía. Brian había ido a buscar una copa con mis hermanos JongIn y Sehun, y se reuniría conmigo en la residencia familiar dentro de un rato.

Brian era el primer alfa que llevaba a casa de mis padres, el primero del que me había enamorado. Y el único con el que me había ido a la cama. Nunca he salido demasiado. Mi madre murió de cáncer cuando yo tenía quince años, y durante los dos años siguientes me sentí tan deprimido y tan espantosamente culpable que ni siquiera podía pensar en llegar a tener algún tipo de vida sentimental. Y de pronto me encontré en una universidad sólo para omegas, algo que le sentó de maravilla a mi educación pero no tanto a mi vida amorosa.

Sin embargo, no fue sólo ese entorno exclusivamente de omegas lo que me impidió llegar a establecer relaciones con los otros géneros. Muchos de mis compañeros de estudios asistían a fiestas fuera del campus, o conocían a alfas y betas porque se habían matriculado en cursos extra en Harvard o en el MIT. El problema radicaba en mí. Era como si careciese de cierta habilidad esencial a la hora de atraer a la gente, de dar y recibir amor sin necesidad de esforzarse. Me costaba horrores, en serio. Era como si ahuyentase precisamente a las personas que más ganas tenía de conocer. Con el paso del tiempo, comprendí que lograr que alguien se enamore de ti es como tratar de convencer a un pájaro de que se te pose en el dedo... no sucederá hasta que dejes de empeñarte en que suceda.

Así que al final lo dejé correr, y como todos los tópicos encierran su pequeña verdad, fue precisamente entonces cuando sucedió. Conocí a Brian y nos enamoramos. Brian era el hombre al que amaba. Eso debería haber sido suficiente para mi familia, pero a los Doh no les bastaba con eso. De repente me encontré teniendo que responder a preguntas que ni siquiera se formulaban, lo que me obligaba a decir cosas como «Nunca había sido tan feliz», o «Brian va a licenciarse en economía», o «Nos conocimos en una fiesta universitaria». El que mostraran tan poco interés por él, por su pasado o por el futuro de nuestra relación, me enfurecía y frustraba. Era como un juicio en sí mismo, aquel ominoso silencio.

HongKi Lee, mi amigo del alma, lo entendió enseguida en cuanto lo llamé para quejarme. Él y yo nos conocíamos desde los doce años, cuando su familia vino a vivir a River Oaks. El padre de HongKi, era un pintor que había expuesto su obra en todos los grandes museos, incluidos el MOMA de Nueva York y el Kimbell de Fort Worth.

Los residentes de River Oaks nunca habían acabado de entender del todo a los Lee. Para empezar eran vegetarianos, los primeros que yo conocía. Vestían prendas de algodón hindú y solían calzar sandalias. En un vecindario donde predominaban dos estilos de decoración de interiores, casa de campo inglesa o tejano-mediterránea, los Lee habían pintado de un color diferente cada una de las habitaciones de su casa, llenando las paredes con franjas y motivos ornamentales exóticos.

Aún más fascinante que eso, los Lee eran budistas, una palabra que yo había oído todavía menos a menudo que «vegetariano». Cuando le pregunté a Hong qué hacían exactamente los budistas, él me explicó que dedicaban mucho tiempo a la contemplación y a meditar sobre la naturaleza de la realidad. HongKi y sus padres incluso me habían invitado a ir al templo budista con ellos, pero para gran disgusto mío, mis padres dijeron que no. Yo era baptista, me recordó mi madre, y los baptistas no dedicaban sus ratos libres a meditar sobre la naturaleza de la realidad.

Hong y yo siempre habíamos estado tan unidos que la gente daba por hecho que salíamos al ver a un beta y omega juntos. Nunca habíamos llegado a desarrollar el menor atisbo de relación romántica, pero el sentimiento que nos unía tampoco era estrictamente platónico. No estoy seguro de que ninguno de los dos hubiera podido explicar lo que significábamos el uno para el otro.

HongKi era probablemente el ser humano más hermoso que yo había conocido jamás. Esbelto y atlético, de facciones delicadas y pelo castaño. Y poseía una indefinible cualidad felina ajena a los andares arrogantes tan típicamente tejanos de todos los hombres beta que había conocido hasta entonces. Una vez le pregunté sobre su orientación, y él respondió que le daba igual si alguien era hombre o mujer, alfa, beta u omega, que le interesaba más el interior de la persona.

—¿Así que eres bisexual? —le pregunté, y él se rió de mi insistencia en ponerle una etiqueta a todo.

—Supongo que soy biposible —contestó, y me dio un cariñoso besito.

Nadie me conocía o me entendía tan bien como HongKi. Era mi confidente, la única persona con la que podía contar incluso cuando discrepábamos sobre algo.

—Es justo lo que dijiste que harían —dijo HongKi, cuando hube acabado de contarle por teléfono que mi familia ignoraba a mi novio—. Tampoco es ninguna sorpresa, ¿verdad?

—El que no sea ninguna sorpresa no significa que me guste.

—Eh, recuerda que este fin de semana no va de tú y Brian. Va de los novios.

—Las bodas nunca van de los novios —dije—. Para las familias disfuncionales, las bodas son exhibicionismo social.

—Pero incluso las familias disfuncionales tienen que fingir que la cosa va de los novios. Así que tú sígueles la corriente, pásalo bien en la ceremonia, y no le hables de Brian a tu papá hasta después de la boda.

—HongKi —pregunté yo con voz quejumbrosa—, tú has conocido a Brian. Te cae bien, ¿verdad?

—No puedo responder a esa pregunta.

—¿Por qué no?

—Porque si todavía no lo has visto, nada de lo que yo te diga podrá hacértelo ver.

—¿Qué es lo que tengo que ver? ¿A qué te refieres?

Pero HongKi no había abierto la boca, y colgué sintiéndome perplejo y bastante enfadado.

Lamentablemente, el consejo de HongKi se me fue de la cabeza apenas empecé a bailar un foxtrot con papá.

El champán y el triunfo habían hecho que se le subieran los colores. Nunca había mantenido en secreto que él quería que aquella boda se celebrara, y la noticia de que mi nuevo cuñado estaba en cinta era una especie de bonificación añadida. Las cosas estaban yendo justo como quería él. Yo estaba seguro de que en aquellos momentos papá tendría la cabeza llena de visiones de nietecitos haciendo monerías, generaciones enteras de ADN maleable a su entera disposición.

Fornido y paticorto, papá tenía los ojos muy negros y tal cantidad de pelo que costaba lo suyo encontrarle el cuero cabelludo debajo de aquella mata. Combinado con su mandíbula, eso lo hacía impresionante, ya que no guapo. Tenía un poco de sangre comanche por el lado materno, y un montón de antepasados coreanos que no tenían futuro en su país. Así que decidieron venirse a Tejas en busca de tierras baratas donde no se conociera el invierno, tan fértiles que bastaría con que ellos se pusieran a cultivarlas para alcanzar la prosperidad. En lugar de eso obtuvieron sequías, epidemias, ataques de los indios, escorpiones y gorgojos tan grandes como uñas de pulgar.

Los Doh que lograron sobrevivir a todo aquello eran las personas más testarudas que hubo nunca sobre la faz de la Tierra, la clase de gente que sigue confiando en el vigor de sus espaldas incluso después de que algo se las haya roto. Eso explicaba la testarudez de papá... y la mía, claro. Mamá siempre había dicho que él y yo nos parecíamos demasiado, porque ambos éramos capaces de llegar hasta donde hiciera falta para salirnos con la nuestra y si uno trazaba una línea, el otro se la saltaba sin pensárselo dos veces.

—Eh, papá.

—Bichito. —Mi padre tenía una voz muy ronca, y la perpetua impaciencia de un hombre que nunca se había visto obligado a congraciarse con nadie la hacía sonar aún más áspera—. Estás guapo esta noche. Me recuerdas a tu mamá.

—Gracias. —Los cumplidos eran algo muy raro en él. Supongo que ésa fue la razón por la que aún agradecí más oírle decir aquello, aunque sabía que mi parecido con mi madre era, en el mejor de los casos, ligero.

Hoy llevaba un esmoquin de satén verde claro, camisa blanca y una pajarita a juego, los zapatos eran un par de charoles blancos y MinSeok había insistido en ocuparse de mi look final como el único omega entre el cortejo. MinSeok no me llevaba muchos años, pero se había mostrado cariñosamente maternal, de una forma en que rara vez lo había sido mi madre.

—Listo —había murmurado en cuanto acabó, y luego echó mano de la borla de los polvos para pasármela por la nariz con una sonrisita juguetona—. Perfecto.

Realmente era difícil no querer a MinSeok

Mientras papá y yo bailábamos, mi fotógrafo vino hacia nosotros. Nos acercamos un poco más el uno al otro y sonreímos al destello cegador del flash, y luego volvimos a adoptar la distancia anterior.

—Brian y yo vamos a ir a Massachusetts mañana —dije.

Cogeríamos un vuelo comercial; yo había cargado dos billetes de primera clase en mi tarjeta de crédito. Como las facturas de mi Visa las pagaba papá, y él nunca delegaba esa tarea en ninguno de sus subordinados, ya estaba al corriente de que el billete de Brian había corrido de mi cargo. No había dicho nada al respecto. Todavía.

—Antes de que subamos al avión —continué—, Brian quiere hablar un momento contigo.

—Estupendo.

—Me gustaría que procures mostrarte simpático con él.

—A veces tengo mis razones para mostrarme antipático. Es un buen modo de averiguar de qué pasta está hecho alguien.

—No hay ninguna necesidad de que pongas a prueba a Brian. Basta con que respetes mis elecciones.

—Quiere casarse contigo.

—Sí.

—Porque da por supuesto que así podrá viajar en primera el resto de su vida. Eso es todo lo que eres para él, KyungSoo.

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que alguien podría quererme por mí mismo, y no por tu dinero?

—Brian no es de esa clase de hombres.

—Eso me corresponde decidirlo a mí —le espeté.

—Ya lo has decidido —dijo papá, y aunque no era exactamente una pregunta, murmuré que sí, que lo había decidido—. Entonces no me pidas mi permiso —prosiguió—. Elige y carga con las consecuencias después. Tu hermano no vino a preguntarme si me parecía bien que se casara con MinSeok.

—Por supuesto que no. Habías hecho todo lo posible para unirlos. Todo el mundo sabe que estás loquito por él. —Sorprendido por la sombra de celos que había en mi voz, me apresuré a añadir—: ¿No podemos hacer esto del modo en que se hace normalmente, papá? Yo traigo a casa a mi novio, tú finges que te cae bien, yo sigo con mi vida, y tú y yo nos telefoneamos cada vez que haya alguna festividad importante. —Forcé una sonrisa—. No te interpongas, papá. Lo único que te pido es que me dejes ser feliz.

—No serás feliz con Brian. Ese chico nunca llegará a nada.

—¿Cómo lo sabes? ¡Pero si no has pasado más de una hora con él!

—He vivido lo suficiente para reconocer a un fracasado en cuanto lo veo.

No creo que ninguno de los dos hubiera llegado a levantar la voz, pero noté que estábamos siendo objeto de algunas miradas curiosas. Desde luego no hacía falta discutir en voz alta para que otras personas se enteraran de nuestras cosas. Me esforcé por tranquilizarme, y mantuve los pies moviéndose en un vaivén de circunstancia.

—Para ti cualquier persona con la que quiera compartir mi vida tiene que ser un fracasado —Repliqué—. A menos que me lo hayas escogido personalmente, claro. —En esas palabras había suficiente verdad para que mi padre perdiera los estribos.

—Te organizaré una boda —dijo—, pero tendrás que buscarte a otro alfa para que te lleve al altar. Y luego no acudas a mí cuando necesites dinero para el divorcio. Si te casas con Brian, te cerraré el grifo. Ni tú ni él recibiréis un solo centavo de mí, ¿comprendes? Si ese chico tiene valor para venir a hablar conmigo mañana, yo mismo se lo diré a la cara.

—Gracias, papá. —Me aparté de él justo cuando cesaba la música—. Tú sí que tienes sentido del ritmo.

Mientras dejaba la pista, pasé junto a LuHan, que corría hacia mi padre con los brazos extendidos. Era el hermano pequeño de MinSeok.

—¡Ahora me toca a mí! —chilló, como si bailar con mi padre fuera lo mejor que te puede suceder en el mundo.

Cuando tenía nueve años, pensé con amargura, yo también sentía lo mismo hacia mi padre.

Me abrí paso entre el gentío, viendo sólo bocas y más bocas... hablando, riendo, comiendo, bebiendo, besando el aire. Había tanto ruido de fondo que no podías pensar.

Le eché una mirada al reloj de pared que adornaba el vestíbulo, un viejo modelo de la Bell que en tiempos había sido propiedad del Ferrocarril Buffalo Bayou, Brazos y Colorado. Las nueve.

Al cabo de media hora debía reunirme con MinSeok en uno de los dormitorios del piso de arriba para ayudarlo a cambiarse el traje de boda y ponerse ropa de calle. Estaba impaciente por dejar atrás ese ritual. Mi organismo ya había tenido bastante felicidad lacrimosa por hoy.

El champán me había dado sed. Fui a la cocina, donde apenas se podía dar un paso por la cantidad de gente del catering que había, y me las arreglé para encontrar un vaso limpio en un armario. Lo llené de agua en el fregadero y lo apuré de unos cuantos tragos sedientos.

—Perdone —dijo un camarero nerviosamente mientras trataba de esquivarme con una humeante bandeja de pescado al vapor. Me hice a un lado para dejarle paso y me encaminé al comedor ovalado.

Para mi alivio, divisé a Brian cruzando el arco de la puerta que conducía a la bodega de vinos y pequeño comedor auxiliar. Había entrado por la pequeña puerta de hierro forjado y la había dejado entornada. Pensé que se había hartado del gentío y buscaba un momento de tranquilidad.

Tuve ganas de que me abrazara. Yo también necesitaba un momento de paz entre toda aquella cacofonía.

Rodeé la mesa del comedor y entré en la bodega, repleta de toneles de roble que perfumaban el recinto. La puerta se cerró tras de mí con un suave chasquido Accioné el interruptor de la luz y me adentré en la bodega.

—Eh... —le oí murmurar.

—Soy yo. —Di con él en la oscuridad y reí suavemente mientras le rodeaba los hombros—. Te echaba de menos —susurré—. Aún no has bailado conmigo.

Él contuvo la respiración, y sus manos se posaron sobre mis caderas mientras me tambaleaba un poco sobre mis pies. El olfato se me llenó con la fragancia del vino, y algo más, el aroma de la piel masculina, suave como el jengibre o la nuez moscada, alguna especia que hubiera retenido el calor del sol. Le apreté la nuca con las manos y llevé su boca hacia la mía, encontrando suavidad y calor, el cosquilleo de las burbujas de champán entremezclado con el sabor de Brian.

Una de sus manos sacó mi camisa y subió por mi espalda, provocándome un estremecimiento, una deliciosa sacudida, cuando mi piel desnuda notó el calor de su palma. Sentí la fuerza de aquella mano, y también la delicadeza con que sabía tocar, cuando rodeó mi nuca y me inclinó suavemente la cabeza hacia atrás. La boca de Brian apenas rozó la mía, más la promesa de un beso que uno de verdad. Dejé escapar un leve gemido al contacto de sus labios y mantuve el rostro vuelto hacia arriba, anhelando más. Hubo otro delicioso descenso, seguido por una presión vertiginosa cuando Brian me abrió la boca con la suya. Buscó dentro de ella, y su lengua me hizo unas suaves cosquillas que me arrancaron una trémula carcajada.

Traté de pegarme a él, estrechándolo contra mi cuerpo arqueado. La boca de Brian era lenta e insistente, sus besos enérgicos en un primer momento para luego ir aflojándose poco a poco como si no les quedara otro remedio que ceder al calor que irradiaba de ellos. La excitación creció rápidamente y oleadas de deseo fluyeron por mi cuerpo hasta mi miembro, intensificando la sensación. No me di cuenta de que daba un paso atrás, pero de pronto sentí la mesa para las catas de vino contra mi trasero, el duro borde incrustándoseme.

Brian me levantó en vilo con una asombrosa facilidad y me encontré sentado en la fría superficie de mármol. Entonces volvió a tomar posesión de mi boca, todavía más profundamente que antes, mientras yo me esforzaba por capturar su lengua, tratando de atraerla más adentro de mi boca. Quería tumbarme sobre la mesa, convertirme en una ofrenda anhelante sobre el mármol frío, y dejar que Brian hiciera lo que quisiese conmigo. Algo acababa de ser liberado dentro de mí. Me sentía embriagado de excitación, y una parte de la sensación se debía a que Brian, quien siempre parecía tener tanto control de sí mismo, luchaba por contenerse. Había empezado a respirar con jadeos entrecortados y sus manos me aferraban el cuerpo.

Desabotonó los primeros botones de mi camisa y me besó el cuello, saboreando mi piel delgada y sensible, y sus labios acariciaron el rápido latir de mi pulso desbocado. Con la respiración súbitamente acelerada, subí las manos hacia su pelo, tan suave y abundante, capas de densa seda en mis palmas.

Que no se parecían en nada al pelo de Brian.

Una fría descarga de horror me bajó hasta el estómago.

—Oh, Dios —logré murmurar a duras penas. Toqué su cara en la oscuridad y encontré unas facciones que no me eran nada familiares, el tenue roce de una barba afeitada hacía poco.

Sentí un súbito escozor en los ojos, pero no hubiese sabido decir si las lágrimas inminentes se debían a la vergüenza, la ira, el miedo, la decepción, o a alguna pecaminosa combinación de todas esas cosas a la vez—. ¿Brian?

Una mano fuerte me atrapó la muñeca, y la boca de él se deslizó suavemente entre mis dedos. Un beso me abrasó el centro de la palma, y un instante después oí una voz tan profunda que hubiese podido pertenecer al mismísimo diablo.

—¿Quién es Brian?


Notas: Soy yo de nuevo, aquí les dejo el primer capítulo de esta historia, espero sea de su agrado. Nos leemos pronto ♥

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Pfefferwinz: Richtig gut geschrieben und spannend bis zum Schluss.Ich kann es nur absolut empfehlen und bin auch schon bei der Fortsetzung, ... soweit wie sie eben schon fertig gestellt ist. Ich bin sehr gespannt was noch kommt ♥️Danke für die Bereicherung meiner Freizeit. Für mich der perfekte Ausgleich zumArbe...

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SECRET BILLIONAIRE

Janet: Very heart warning, shows what a kindness will be rewarded. Good reading.

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La louve enchaînée

lamia housni: Ce n’est pas un histoire d’amour Plutôt intrigue

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Death's Shadow MC Book 1

tita: Great story, i enjoy reading it to the end...

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Luna auf der Flucht

Uschi: Gute Story, guter Spannungsbogen

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