El sendero de espinas y aullidos

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

El amor es uno de los senderos más peligrosos de la vida diaria. No sabes cuándo podrá desgarrarte con sus afilados colmillos.

Genero:
Other
Autor/a:
Adrián
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

1

Toda persona recorre un camino en busca de su más ansiado deseo. Unos buscan la felicidad, un camino tortuoso que desciende hasta los pozos más profundos del infierno; otros la prosperidad económica, un sendero en el que deben pisotear las cabezas de los más débiles para ascender hasta caer en el intento; y hay muchos valientes que van tras el amor, que se arriesgan a aventurarse por una ruta desconocida que depara un permanente desasosiego tras un velo que promete un regocijo de ensueño.

Un hombre es el protagonista de esta historia, su nombre es Brody y se encamina por el sendero de un fresco bosque de pinos; el camino está libre de trampas y atraviesa el verde mar hacia el norte sin desviarse. Le es imposible alcanzar a ver el final aún, pero el agradable aroma de la madera y de las flores que pueblan el paisaje hacen que Brody no se preocupe por lo que le depara el destino. La paz transmitida por la grandiosidad de la naturaleza anestesia sus sentidos. Cuando está cansado se acuesta en mitad del camino y se recrea en la ensoñación apostada en el interior de su pecho. Cada noche observa el firmamento entre los pinos y sueña despierto con el final de su aventura.

En su mente todo es perfecto, el sendero continúa a través de la amable frondosidad, y avanza confiado de que todo saldrá bien hasta llegar a una playa de arena blanca que se extiende por kilómetros. Allí, en una roca de amatista y rubíes, le espera una sirena de cabellos plateados, una cola azul como el mar y unos ojos castaños que miran a Brody con curiosidad, traspasando cualquier barrera que pueda levantar entre ambos.

Su visión continúa viva hasta después de cerrar los ojos y que el sueño le venza. Sin embargo, el final de la misma no es tan placentero. La sirena trata de hablar con él, pero es incapaz de escucharla, como si la voz de la sirena apagara sus oídos. Eso le pone de los nervios porque no puede hacer nada para remediarlo. Ni siquiera puede acercarse lo suficiente para tocarla pues nota como si un muro invisible le arrebatara su deseo. No escucha nada y no dice nada, solo puede mirarla, afligido por el remordimiento de su inutilidad, mientras calla con la esperanza de poder escuchar su voz de terciopelo.

Cuando Brody despierta su mente solo piensa en seguir avanzando, cueste lo cueste, hasta presentarse ante su destino; está seguro de que podrá revertir el hechizo y oír las gentiles palabras de la sirena, sentir la armonía de su voz mientras le da las gracias y le promete que le llevara a un castillo de oro bajo el mar, el palacio donde vivirá con ella para siempre. Solo necesita tiempo. Durante sus tribulaciones matutinas con la sirena, un pensamiento aparece fugazmente: “¿Eso es de verdad lo que quiero?”. Duda. Duda porque no sabe si está delirando demasiado, no sabe lo que encontrará de verdad, no sabe ni siquiera si esa sirena existe o, en caso de que sí, si ella lo aceptaría. “No puedes pensar así”, se fustiga. “Ya es demasiado tarde, tengo que seguir caminando y asumir el final”.

Brody camina y camina. Ya no se detiene a disfrutar de la tranquilidad, pues incluso la calma ha abandonado el bosque. Fuerza el paso a pesar de que sus pies ya están en carne viva. El sendero se hace más brusco, pedregoso e inclinado como si estuviera ascendiendo por la montaña más alta del mundo; los pinos que inundaban de frescura el bosque quedan atrás, y el sendero se puebla de árboles abrasados que conservan el color negro tizón, rastro de un reciente festín de las llamas. Mientras observa el desolador panorama, las dudas vuelven a Brody como puñales que atraviesan su columna vertebral y hacen que su cuerpo convulsione involuntariamente, lo que le hace trastabillar y caer al piso.

El impacto contra el escarpado camino provoca que el dolor peregrine desde su cadera de Brody hasta la pierna derecha; trata de levantarse apoyando las manos en el suelo pero al mover la pierna el dolor le impide moverse. No parecía rota, al menos. Su mente le atormenta con la visión de su amada, la cual nunca vería por su estupidez. “No, esto no puede acabar así”, se corrige. “Joder, ni siquiera sé su nombre”. Su delirio amoroso le ciega, ni siquiera la tortura de su pierna dañada le impide volver a levantarse, quiere llegar hasta el final y se regocija pensando que la sirena le recompensará por todo el esfuerzo realizado en nombre de un amor mortal.

Avanza cojeando a pesar de que el camino se inclina todavía más. Inesperadamente, la ruta se aplana y Brody cree que es el final, que la playa está ahí, así que utiliza el último rastro de energía para ascender ayudándose de sus manos en carne viva. Una rama le hace un corte en el brazo y está a punto de lesionarse el tobillo izquierdo tras resbalar con una piedra, pero no importa, ya casi está. Cuando llega, no ve la arena blanca ni la compañía del mar, sino otro sendero, que atraviesa un campo de grotescas zarzas que extienden hasta la lejanía, retorciéndose a lo largo del camino y con espinas tan largas como sus dedos. Antes de sumergirse en aquel infierno ve un cartel que proyecta una siniestra sombra sobre la entrada. “Vuelve atrás, delante solo encontrarás angustia”, dice dicho cartel.

Volvieron las dudas, una voz interna aflora entre todo el mar de ideas absurdas que acudían a él: “Haz caso al cartel”. A Brody le perturban las palabras de aquella voz interior, y, aun así, sigue escuchándola. “No sigamos con esto, hemos recibido algunos golpes, pero si continuamos la desdicha será mayor”, sentenciaba la razón de Brody, que, tras muchos días ahogada por las alucinaciones había logrado encontrar un mínimo espacio para hacerse oír.

Está a punto de convencerlo de que lo deje todo y vuelva a caminos más seguros hasta que la llamada de otra voz, más melodiosa y flexible que la de la razón, se escucha en la lejanía del sendero. Un firme y acalorado viento pega en su rostro. El aire despeja cualquier atisbo de duda en Brody y la voz lo atrae como si hubiera perdido todo control sobre su cuerpo dolorido. Las alucinaciones de la sirena colonizan su mente de una forma tan invasiva que no es capaz de ver dónde pisa.

A medida que el sendero se estrecha, las espinas cortan la carne de nuestro protagonista por cada centímetro de su cuerpo, pero no siente el dolor pues las visiones lo mantienes ajeno a cualquier tortura. También pierde la noción del tiempo, ni siquiera distingue la noche del día, simplemente para de andar cuando la fatiga hace colapsar su cuerpo, y retoma al trayecto aún estando inconsciente.

Brody sigue inmerso en sus vanidosos deseos hasta que su cuerpo se detiene solo. Al volver en sí, comprueba que el sendero ha terminado. No hay playa, ni roca, ni sirena. Solo un gran agujero en la tierra situado en un claro de las zarzas. No lo entiende. “Puede que me equivocara de camino, eso es, volveré atrás y arreglado”, se dijo a sí mismo, pero su cuerpo no se mueve.

En el interior del agujero no se ve nada aparte de la oscuridad y dos pequeñas luces azules que parecen vigilarle. Contemplar esa luz le volvió loco. “¿Eres tú, mi amor? Estoy aquí. He llegado”, dijo. La luz azul crece poco a poco, se acerca a la salida. La alegría embriaga a Brody, cuyo mutilado cuerpo cubierto de sangre y heridas cae de rodillas, extenuado.

Brody palidece, y un aire frío recorre su espalda mientras el miedo eriza su piel. Su aliento lo abandona al contemplar la figura oscura que sale del hoyo. No hay una bella sirena. En su lugar, emerge un lobo negro tan grande como un elefante, sus amenazantes ojos son azules; su pelaje azabache se eriza al tener a Brody tan cerca. Sus mandíbulas se abren, mostrando colmillos más grandes y afilados que las espinas; su aliento, que apesta a muerte, calienta la cara de estupefacción de Brody.

¿Dónde estaba su musa? ¿Acaso era ese su destino final? Ya no es miedo lo que hace temblar su cuerpo. Desde su estómago estalla una sensación de caótica rabia, quiere golpearse, cortarse, incluso matarse por haber creído todas aquellas alucinaciones que le habían conducido a la destrucción. Empieza a darse puñetazos en los ya destrozados muslos ante la atenta mirada del lobo, que aúlla como si anunciara la muerte de Brody. Sus fauces, rebosantes de saliva, aprisionan el torso de Brody, y desgarran piel, carne y huesos. Brody no grita de dolor sino de furia.