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A la sombra del cuervo

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Sinopsis

Una bruja de magia negra y una chica lobo que ni siquiera cree en la magia, tras un intento de homicidio y un descarado secuestro, deciden aferrarse una a la otra, pese a que eso es igual que aventarse a un abismo. Así, magia negra, magia blanca y magia arcana, junto con criaturas sobrenaturales se mezclan en un viaje a través de viejos rencores, nuevas enemistades, traiciones, y propósitos que hacen cuestionarse que tanto se está dispuesto a sacrificar.

Genero:
Fantasy/Horror
Autor/a:
Eli_RG
Estado:
En proceso
Capítulos:
46
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 MEDVEDEV

CAPÍTULO 1: UN POBRE DIABLO VIO UN CUERVO BLANCO.

REINO HIEN, BOSQUE NEGRO.

30 OCTUBRE AÑO 1311.

Rostro Quemado. Sombra Blanca. Mujer Cicatriz. Peste Blanca.

Esos y otros sobrenombres hacían referencia a la misma persona: A mí.

Me habían llamado así durante siglos, hasta que sin tener mi verdadero nombre, tanto humanos como no humanos llegaron a convertirme en un cuento de terror no solo para los niños, una leyenda que murmuraban sin tener idea de que vagaba entre ellos.

Pero los nombres, los rumores, las atrocidades que arrastraba mi sombra, no hacían mella en mi consciencia. Lo que hacía, lo hacía porque quería, porque era mi elección. Yo era yo.

Por aquellas fechas, lo único que me importaba era cumplir mis objetivos, y esa tarde, ohhh... Esa maldita tarde había fallado.

Salí caminando del Bosque Negro, iba arrastrando los pies bajo una tormenta que conseguía revolotear mi ropa y cabello empapados. Mi cuerpo completo temblaba. Me revolvía el estomago eso de desconocer cual había sido mi falla.

Hice todo el ritual con extrema cautela, sin embargo, mi margen de error se desbordó mucho más allá de lo estimado, no tuve, ni de cerca, la oportunidad de contrarrestarlo por completo, la magia se escurrió entre mis manos.

—¿Ahora como callaré a Aimniz? —mascullé.

Desde mi brazo izquierdo, por debajo de mi manga, escurría un hilo de sangre que bajaba a través de mi mano y goteaba de mis nudillos. A mi paso, se secaba la hierba en la que caía mi sangre, encima de eso, hacía marcas sobre la tierra que la lluvia no borraba.

—Que desastre...

Me pesaba el cuerpo.

—Al Averno, no tiene porque saberlo, ni que fuésemos mocosos.

Por sobre el estruendo de la tormenta escuché sollozos, gritos que de alguna manera le ganaban al retumbar de los truenos. Mis labios se tensaron. Si mi memoria no fallaba —cosa sumamente extraña—, a unos cuantos metros de donde estaba parada, pasaba un viejo sendero.

Imaginé que aquellos alaridos eran solo los humanos haciendo de las suyas.

Fuese lo que fuese, no era mi problema.

Suficiente tenía con mis propios asuntos.

Retomé la caminata, tras pocos pasos, mi cuerpo se paró en seco. Me había llegado el aroma de una maldición, una con la esencia suficiente para hacer escocer mi nariz, para que vibrara el aire a mi alrededor.

Lo pensé.

Aquel seguía sin ser mi problema, no obstante, ya no parecía obra humana, por lo menos no la parte del problema que me interesaba.

Y... Hacía tanto que no sentía una maldición más agresiva que una tormenta... Ya ni siquiera recordaba la última vez.

Alcé la cabeza, miré el cielo, lo poco que se veía entre las espesas copas de los árboles, el clima era horrible, como casi cada día en ese mísero reino.

<<Aimniz diría que es pésima idea.>> Tensé los labios. <<Ar estaría de acuerdo con él.>>

Chasqueé los dedos corazón y pulgar de mi mano izquierda.

De un momento a otro, mi cuerpo se esfumó y reaparecí convertida en un cuervo blanco, con unos ojos rojo brillante.

Cubierta por mi manto de plumas, volé en dirección a los gritos.

Conforme iba acercándome el aroma de la maldición me golpeaba con mayor violencia. Cada vez que respiraba, se calaba en mi nariz el olor de sangre a raudales, mezclada con algo similar a cenizas, de esas que pertenecieron a algo vivo. Esa era una clara advertencia pero, quería, deseaba, necesitaba saber quién o que desprendía esa esencia maldita.

Finalmente, al arribar el sendero dí con una carreta destartalada, tirada por dos caballos casi en los huesos. La carreta avanzaba a paso lento en medio del fango y el viento, iluminada a duras penas por un par de lamparas de aceite.

Sobrevolé un poco más cerca.

—Te lo digo —reclamó un chico de rostro escuálido—, esto no me gusta.

—Cierra la boca —respondió otro. Se veía mayor por un puñado de años, aunque compartían las mismas facciones escuálidas.

En la parte frontal de la carreta viajaban esos dos y un anciano, el último llevaba las riendas de los caballos. Los tres vestían impermeables negros que apenas y les cubrían un poco de la tormenta.

—¿Eres ciego, hermano? —insistió tomándole del hombro—, ¡Tan solo mírale!

—Mocoso estúpido —regañó el señor—, están empapados, tiemblan más de lo normal, solo es eso.

Por lo que decían supe que había un problema con su cargamento, más allá de los chillidos que inundaban el bosque.

Sobrevolé la parte trasera de la carreta.

Transportaban una jaula, en su interior un puñado de personas harapientas gritaban mientras se apilaban unos sobre otros en una esquina, pretendían alejarse de algo, no les importaba aplastarse entre ellos.

En el extremo contrario de la jaula le vi, una figura pequeña y delgada que reposaba contra los barrotes, encorvada sobre sí misma, con el rostro enterrado entre sus rodillas.

—No, no, no, digo que le bajemos aquí mismo.

Esa figura era la más empapada, sus ropajes eran de lejos los peores, ni siquiera tenía zapatos, y, con todo eso encima, era la única persona que no sollozaba ni mendigaba misericordia.

—Ni siquiera creo que nos paguen bien por esa cosa...

Era él, tenía que ser ese mocoso, él era el origen de la esencia maldita.

Grazné. Para mi sorpresa, el mocoso levantó la cabeza, miró en mi dirección, con una precisión exacta. Contemplé sus ojos, estaban colmados de desgracia, eran negros, no podría haber distinguido entre sus pupilas y sus iris.

Grazné por segunda vez, quería asegurarme de que era yo quien tenía la atención de quién, después de verle mejor, creía era una chica y no un mocoso.

Sus ojos sombríos me observaron durante un minuto, a la par que se desvanecían los últimos rayos de sol, ahí apartó la mirada.

<<Con que de eso se trata...>>

La vi aferrarse con ambas manos a los barrotes detrás de ella. Un espasmo sacudió su cuerpo. Apretó los barrotes, muy fuerte, juraría que sus yemas se marcaron en el hierro. Tensó la mandíbula al grado de que le sangraron las encías.

Consiguió ahogar su primer grito mordiendo sus labios pero, no pudo contener los que le siguieron.

Sus gritos... Rayos... Hacían empequeñecer a los que me habían atraído ahí en primera instancia.

Había un algo roto en su voz, algo desgarrador.

Un crujido, como el de una rama partiéndose en dos, se unió a la tormenta.

Los gritos y los crujidos —que entendí eran sus huesos rompiéndose—, se hicieron más grotescos conforme su cuerpo crecía y cambiaba.

La gente en la jaula gritaba sumida en pánico. No los culpaba, incluso yo sentía mis plumas erizadas. Entre sus alaridos y sollozos, suplicaban que los dejaran salir, que los apartaran de ese demonio.

Demonio...

No, no. Ese era un ser mucho peor. Una criatura nacida en la tierra para asemejarse a algo nacido en las entrañas del Averno.

La carreta se detuvo.

Los tres hombres vestidos de negro voltearon por encima de sus hombros para ver a la jaula, sus rostros evidenciaron horror y un profundo asco por la escena. Pero ninguno movió un solo dedo para abrir la jaula, por más que las personas dentro les suplicaban.

Todos vimos como el cuerpo de aquella criatura parecía contorsionarse. Vimos como se le caían las uñas tanto de pies como de manos, dándole paso a unas garras más grandes que sus propios dedos. Vimos como la piel se le caía a jirones mientras iba revelando un espeso pelaje negro.

Ellos gritaban.

Yo contemplaba fascinada como sus facciones se alejaban de las de un rostro humano y se volvían el hocico de un animal, a la par que sus gritos se oían más y más como gruñidos, llenos de ira.

Y es que como no iba a estar enfurecida.

Sus huesos se partían con chasquidos sonoros.

Su carne se desgarraba en raudales de sangre.

Sus entrañas ardían, se quemaba por dentro.

La sangre cubría sus ojos.

Así...

De un instante a otro, dejó de ser quien era.

En el lugar de la chica, estaba una criatura peluda que, al levantarse no podía erguirse del todo dentro de la jaula. Se paraba en dos patas como los hombres pero, la morfología de su cuerpo tenía más similitudes con la de un canino que con la de un humano. Tenía, sin lugar a dudas, toda la pinta de ser un hombre lobo.

Ante esa imagen, las personas atrapadas en la jaula se habían dividido en dos grupos, aquellos que le rezaban a los Dioses Gemelos, y, aquellos que suplicaban con vehemencia a los Dioses del Bosque. A cual más, yo consideraba que una plegaria no haría la diferencia a esas alturas, no obstante, el que tuviesen la desfachatez de pedir a las deidades del bosque, cuando delante de ellos respiraba una criatura que sí pertenecía al bosque... No solo era estúpido, era patético.

La respiración de la criatura se hizo más pesada.

Me posé en una rama. No pensaba perderme un solo segundo de ese acto. Si bien yo no era fanática de ver espectáculos sangrientos, encontré atrapante la manera en la que la criatura, de un solo zarpazo, podía reducir cuerpos a pulpas sanguinolentas que ya ni siquiera asimilaban ser cadáveres humanos.

Sus enormes patas eran capaces de estrujar cráneos como quién aplastaba una fruta. Sus garras, goteando sangre, buscaban más y más entrañas. Desgarraba, mordía y devoraba sin discriminación alguna. Su hambre irracional, su ira, le orillaban a engullir cualquier pedazo de carne cerca de ella. Pedazos de piel colgaban de entre sus colmillos, la sangre escurría a borbotones de sus fauces, le empapaba el hocico, el cuello, el pecho.

—¡A la mierda! —gritó el hermano mayor—, ¡Nos largamos! —Quiso tomar de los brazos a su padre y hermano, los dos estaban paralizados.

<<¿De verdad creen que se puede huir de algo así?>>

—Les... les... dije...

En lo que se sintió como un abrir y cerrar de ojos, la criatura mató a todos los prisioneros, la jaula estaba bañada en sangre, había vísceras desparramadas a diestra y siniestra.

La criatura clavó sus ojos en esos tres. Rugió y los salpicó con los restos que quedaban en su hocico. Golpeó los barrotes, les embistió con todo su peso. Soltó un gruñido.

—¡MUÉVANSE! —Consiguió que su familia reaccionara.

Los tres salieron corriendo por el sendero. Sus pies se hundían en el fango, el viento soplaba en su contra. Era como si los Dioses del Bosque quisieran mandarlos directo a la pesadilla que rondaba sus bosques.

A la criatura le disgustó oler como la comida intentaba alejarse. Golpeó los barrotes. Golpeó, golpeó y golpeó hasta conseguir abrirse camino al exterior.

Saltó de la carreta. Sus amplias patas se sumieron en el lodo. Aulló. La tormenta sobre ella relampagueó, los truenos retumbaron.

Le fue demasiado sencillo alcanzar a sus presas.

Se le echó encima a uno de ellos, al caerle encima el cuerpo del hombre estalló desparramando sus entrañas en el lodo. Al siguiente le desgarró el pecho con sus garras y lo mandó volando contra un tronco. Por último, al mocoso que desconfió de ella desde el inicio, le arrancó la cabeza de una dentellada.

Aulló.

Decidí que era hora de hacerme ver. Retorné a mi forma original y levanté el hechizo que ocultaba mi presencia. Con eso, mi parte estaba hecha.

El viento arrastró mi aroma hasta la criatura, apenas le llegó le vi saborear el aire.

Hice un movimiento de muñeca, por debajo de mi manga izquierda salió mi vara, la empuñé.

Ella volteó a verme, no me gustó verla agazapándose.

En mi mano, mi vara aumentó de tamaño, llegó a medir dos metros de largo y adquirió la forma de mi báculo, lo coloqué frente a mí.

La criatura, nada estúpida, fue capaz de sentir que había algo distinto esa noche, yo podía verlo en su pelaje erizado a pesar de la lluvia.

De todos modos, corrió hacia mí, con sus ojos negros fijos en los míos. Sus dientes estaban listos para despedazarme. La saliva goteaba de su hocico.

—Ven, ven, cachorrito...

Levanté mi báculo, con la parte inferior golpeé la tierra, entonces murmuré una frase, un segundo después una onda de aire formó una circunferencia que, se expandió y nos impulsó a ambas en lados opuestos.

Caí al suelo pero, no solo yo lo hice, la criatura se había desplomado sobre el fango, con su garra derecha extendida en mi dirección, a centímetros de tocarme los pies.

Sin darme cuenta, había perdido el aliento, tomé una bocanada de aire.

<<Eso estuvo cerca, demasiado cerca.>>

En lugar de levantarme, me acuclillé al lado de ella, estar inconsciente no le impidió soltar un gruñido ronco.

—Sí que eres enorme. —Toqué su oreja derecha, su pelaje era áspero—. Vaya perrito me vine a encontrar. —Esas palabras me valieron otro gruñido—. Uhmm, perrito te irrita, ¿Qué tal, pequeña bestia? —Sonreí ante el silencio—. Quién calla otorga.

En ese instante, sabiendo lo que sabía, era muy sencillo tomar la decisión de rajarle la garganta, librar al mundo de una presencia que solo arrastraba desgracia, miseria y sangre, una encarnación del mal en la tierra, o eso decían los humanos... Bien, bien, quizá todas las razas.

Para la buena suerte de esa chica maldita, a mí me fascinaban las maldiciones, vivía por y para ellas.

Me levanté.

Acomodé mi báculo por detrás de mi cuello, encima de mis hombros. A su vez, recargué mis brazos en él.

—Quizá pueda hacer algo por ti, Pequeña Bestia.

Chasqueé mis dedos.

El cuerpo de la criatura se elevó un metro por sobre el suelo, como si durmiese en el aire.

Volví a colocarme la capucha de mi gabardina, gracias a ella el agua de lluvia no entraba directa a mis ojos.

Retomé la caminata.

—Un invierno crudo, para un reino si ton ni son... —canté en voz baja.

La canción se convirtió en un silbido.

De aquella manera, mientras silbaba en medio de una tormenta, me adentré de nuevo en el Bosque Negro, llevándome conmigo a Pequeña Bestia.


En medio del bosque, para desgracia de sus habitantes, se encontraba una casita olvidada por el reino. Llegué ahí guiada por la débil luz de una lampara de aceite. Era una cabaña de dos plantas, con una chimenea medio destruida, ese no era el único daño, a leguas se le veía perjudicada por las constantes tormentas. Me imaginaba que habría más de una gotera ahí dentro, sin embargo, era poco probable que estuviese inundada o bañada en sangre, como el escenario del que nos habíamos apartado.

Tres pasos antes de llegar a la entrada, deslicé mi mano detrás de mi cintura y desenvainé mi daga. La balanceé en mi mano antes de lanzarla al aire, por encima de mi cabeza.

Entonces sí, llamé a la puerta de la cabaña, cuatro golpes con mis nudillos. Esperé, sin dejar de silbar, a sabiendas de que, muy, muy probablemente, tendría que echar la puerta abajo por mi cuenta.

Despacio, la puerta se medio abrió, con el dueño de la morada detrás. Era un hombre robusto pero, lo único que resaltaba de él, era la escopeta entre sus manos regordetas. Apuntó el cañón hacia mí.

—Lárgate. —Cargó el cartucho del arma—. ¡Lárgate!

Me miraba con odio, con asco y miedo, un profundo miedo calado en lo hondo de su pecho.

Supongo que, desde su ventana había visto como nos aproximábamos, la densidad de la tormenta no era suficiente para opacar como se sacudían las ramas de los árboles a nuestro paso.

—¿Dispararás o no? —reté . A esas horas ya me pesaban los ojos.

Vi su clara intención de querer jalar el gatillo, pero sus cuerpo no le respondía, sus dedos temblaban, le costaba respirar.

—Aquí afuera el clima es un asco. —Retiré mi capucha, incliné mi cabeza a mi costado izquierdo—. Si crees que no fallaras, deberías de disparar ya.

Chasqueé mis dedos.

—Mu... jer... cica...

Fue interrumpido por un destello plateado en su cuello. Dejó caer la escopeta. Se llevó las manos a la garganta, la sangre escurrió entre sus dedos, gorgoteó de sus labios.

—Te tardaste, humano.

Cayó al piso, con los ojos abiertos, clavados en mi rostro.

Abrí la mano izquierda, en otro destello plateado, mi daga estaba de regreso.

—El primer viento trajo la hambruna... —canté en voz baja—, el segundo no se la llevó...

Ingresé a la cabaña. Detrás de mí metí a Pequeña Bestia. Con un gesto de mi mano, la puerta se cerró, y, sin necesidad de tocarlo cayó el tablón para bloquearla.

<<Lo que no afecte a Aimniz, no lo hará enojar... No, no, él puede ser tan temperamental para cosas así...>>

Chasqueé mis dedos.

Mi ropa y cabello se secaron por completo —el agua quedó acumulada bajo mis botas—, era un truco sencillo, que ya me salía cual reflejo, lo malo era que los reflejos no siempre eran perfectos.

<<No estará de acuerdo.>>

Peiné mi cabello hacia atrás, ya fuese mojado o seco, me disgustaba que cayera sobre mis ojos.

<<Y no es como que vaya a detenerme por eso, lo sé, lo sabe, pero... Agh, es Aimniz.>>

El interior de la cabaña olía a carne seca. La tormenta se escuchaba casi igual de fuerte que en el exterior. Bastaba con girar la cabeza para ver la mayoría del lugar.

Me dirigí a la escalera, apenas en el último peldaño me dí cuenta de que a nuestro paso iba quedando un rastro de agua sucia.

—Cierto, cierto, lo siento. —Volví a chasquear mis dedos—. No acostumbro tener acompañantes importantes, y, a la vez sin magia.

Pequeña Bestia se secó pero, su pelaje se convirtió en una costra de lodo, sangre y vísceras. Mis labios se tensaron. Negué con la cabeza. Tenía a mis espaldas a un hombre lobo, la definición viviente de desastre, no podía esperar pulcritud.

Me enfoqué en el momento.

En la segunda planta había un pasillo, con dos puertas a la izquierda y una a la derecha, sin titubeos elegí la segunda opción.

La puerta daba al único dormitorio de la cabaña. Frente a la entrada había una ventana sin cortinas, en su marco reposaba una lámpara de aceite, casi por apagarse. Esa pequeña luz, junto con el espejo en frente de la cama, me había guiado hasta ahí.

Los humanos seguían negados a creer en lo que ellos llamaban supersticiones. No me quejaba de aquello, muchos hechizos eran mucho más sencillos gracias a su estado de ignorancia. Otras razas sí tomaban los cuidados básicos para evitar —en la medida de lo posible— visitas como la mía.

Miré la cama, era un tanto pequeña, incluso para mí. Hice levitar a Pequeña Bestia hasta ahí, la madera de la base crujió pero no llegó a romperse. Con su tamaño, hiciera lo que hiciera, una parte de su cuerpo quedaría afuera. Sus patas y uno de sus brazos colgaban por el borde del colchón, directo al piso.

Jalé un baúl al lado de la cama, me senté y crucé las piernas.

En la parte trasera de mi cinturón, además de mi daga, llevaba una pequeña mochila. Abrí la correa de cuero, metí mi mano y agarré un frasco de vidrio.

El frasco cabía en el centro de mi palma, estaba lleno con un líquido espeso de color verde opaco.

Miré el frasco.

No me apetecía para nada.

Levanté mi manga izquierda para echar un vistazo, la herida en mi brazo pulsaba, y aunque mi gabardina me había ayudado a detener parte del sangrado, la carne desgarrada me daba punzadas.

<<Así son las cosas, supongo.>>

La idea no terminaba de gustarme, no obstante, me gustaba menos la idea de seguir sangrando cuando Pequeña Bestia recuperara la consciencia.

Destapé el frasco. Bebí la poción de un solo trago. El sabor era fuerte, amargo, se aferraba a mi paladar cual plasta chiclosa. Desde hacía décadas, beber esa cosa me parecía un asco. Podía sentir como el liquido bajaba por mi garganta hasta mi estomago.

Miré de nuevo mi brazo, la herida estaba cicatrizando.

<<Aimniz podría mejorar el sabor de esta cosa.>>

Encorvé mi cuerpo sobre mis rodillas. Escuché un gruñido, por un instante dudé pero, ella seguía inconsciente. Acerqué mi mano derecha, pasé un dedo por su oreja, delineé el contorno.

—Tendremos que esperar, Pequeña Bestia.


Cuando llegó el amanecer, fui testigo de como la criatura desaparecía para cederle su lugar a una chica pequeña.

Sí, no cabía duda, incluso boca abajo y cubierta por una gruesa capa de suciedad, era un hecho innegable que se trataba de una chica.

Incliné la cabeza hacia enfrente, quería verle de cerca. Observé que tenía una cicatriz en la espalda baja, cuatro líneas diagonales que iban de un costado a otro —mis labios se tensaron—, aquellas eran de esas cicatrices cuyos relieves denotaban dolor a simple vista.

Y en su hombro derecho, tenía una cicatriz con forma de mordida pero, parecía... Incompleta.

—Que... Rayos.

Contuve el aire. Era claro. El cuerpo de la chica le había quedado pequeño al hocico de lo que sea que la había mordido.

<<Por los nueve avernos... Que resistencia.>>

No podía hacerme una idea de como la chica seguía teniendo dos brazos después de un ataque de ese calibre.

Le dí la vuelta sobre la cama. Con mi mano izquierda moví la parte de su cabello que cubría su rostro. Me encontré de frente con una mujer de veintitantos años. Sus facciones ensangrentadas desprendían un aire de dureza.

<<Vaya, vaya, un guerrero que va a la guerra cada luna llena.>>

Giré mi muñeca derecha, por debajo de mi manga se deslizó un pañuelo negro. Lo usé para limpiar parte de la mugre que ensuciaba su rostro. De esa manera, quedó a la vista otra cicatriz, mucho más pequeña que las otras, estaba en su sien derecha y era la marca de un golpe, tal vez de una piedra.

Pero de su rostro, lo que llamó más mi atención fueron sus ojeras. Parecía como si hubiese tallado un pedazo de carboncillo bajo sus ojos; froté con mi pañuelo para comprobarlo pero, sí eran parte de ella, de su aspecto casi moribundo.

La escuché soltar un quejido, no se me hizo extraño. Por más que estuviese en un estado de inconsciencia debido a la magia, su cuerpo podría mantener ciertos reflejos, y, no había manera de que una metamorfosis como la que acababa de pasar no hiciera un despojo viviente de ella.

—Bueno, bueno, Pequeña Bestia, veamos que puedo hacer por ti.

Volví a darle la vuelta sobre la cama.

Peiné su largo cabello a un costado para despejar completamente el área de su cuello hacia abajo.

Toqué su espalda, apenas con la punta de mis dedos, su piel era caliente, muy caliente, tanto que decir que ardía no era exagerado.

—Quiero pensar que dormida no muerdes —bromeé.

Giré mi muñeca izquierda, una vez que tuve mi vara en mano, alterné su forma, solo que, en esa ocasión no se transformó en mi báculo, adquirió la forma de un escalpelo.

Mi pulso se aceleró.

<<La magia no es para cobardes.>>

Respiré hondo.

<<Ni para impacientes.>>

Exhalé.

Mi corazón volvió a su ritmo normal.

Acerqué el escalpelo al cuerpo de la chica.

—Esto puede salir muy bien o muy mal, nos daremos cuenta enseguida, Pequeña Bestia.

Al primer contacto de la cuchilla, cuando hice presión para clavarla, fue extraño, no sentí que cortara piel. Mis labios se tensaron. Hombre lobo o no, toparme con que su piel tuviese una consistencia similar a la del cuero curtido hizo eco en mi cabeza.

Presioné más, procurando no ir más profundo de lo necesario.

Un hilo de sangre descendió por su costado derecho, sangre fresca sobre sangre seca.

<<Rayos, tendré que acercarme más.>>

A pesar de saber que necesitaba hacerlo, lo pensé dos veces antes de subirme a la cama. Me puse a horcajadas sobre ella, con las rodillas a sus costados. Respiré hondo. Apoyé la mano derecha sobre su hombro y me incliné sobre su espalda para seguir dibujando.

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