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Indignos |Gintoki|Lectora|

Sinopsis

Durante la guerra, con las manos manchadas de sangre que devoraba la carne bajo su piel y el peso de compañeros caídos oscureciendo su mirada, Gintoki encontró su pequeño descanso en un distrito de luces rojas, vestida de colores alegres y lágrimas invisibles bajo las capas de maquillaje elaborado. La reminiscencia de promesas rotas y alas encadenadas regresa muchos años después, cuando la plaga blanca destiñe las agujas del reloj y su único deseo, es poder hacer que los segundos cuenten páginas enteras de poemas viejos bajo la luz de una luna opaca por nubarrones sucios.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
EstigmaRojo
Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Solo trapos viejos dejados atrás por la guerra, piezas rotas y cáscaras vacías

Una última brisa seca, barrió el polvo y lo refugió entre las cavidades delgadas de sus pulmones debilitados. Se dobló sobre sí misma, tosiendo por la intromisión punzante en su sistema, mientras sus costillas pegadas a la piel gemían y sus manos temblorosas se aferraban a la ropa sobre su pecho, como si hacerlo aliviara sus últimas horas agonizantes, apenas cobijada por un trapo viejo y agujereado con aroma a humedad en medio de la devastación apocalíptica que había corroído los cimientos de grandeza que habían construido los amanto.

Parpadeó con lentitud, sus escleróticas resecas ardieron ante la leve humectación, y los bordes borrosos de su visión agotada enfocaron con lentitud los orbes redondos y opacos fijos sobre ella, y el cabello blanquecino desteñido por la plaga, oculto por el calor de una frazada maloliente, acechándola, como un cuervo hambriento. La indignación corrió como lava por sus venas y con la fuerza renovada por su propio miedo iracundo, le dedicó una mirada aterradora y salvaje.

—Lárgate. Aún no he muerto —Probablemente sus restos estarían pronto siendo ultrajados por hambrientos esperpentos que aún se negaban a morir por inanición y preferían que la plaga los apagara con tortuosa lentitud, como a ella. No había quién llorara su pronta muerte, siquiera tenía dinero para costear medicamentos para disminuir el dolor.

Otro suspiro tembloroso estremeció su cuerpo. No faltaba mucho, quizá durante la noche la muerte decidiera hacerle una visita, no sentía tristeza, solo miedo; uno frío y pegajoso, arrastrándose por su pecho como una serpiente negra. Estaría sola, incluso al final, y eso la aterraba, más que sus restos pudriéndose o siendo devorados a la intemperie. Juntó las rodillas a su pecho, poseída por la sensación nauseabunda de la fatiga extrema, las ganas de vomitar y la ansiedad agitándose en su estómago. La sensación del objeto rectangular bajo el kimono, oculto con recelo, inmóvil contra la piel de su pecho, emitió un calor reconfortante; poseída por un sentimiento arrebatador de desesperación, se abrazó a sí misma, tratando de fundirlo contra su pecho y la sensación lejana de lágrimas filtrándose entre sus pestañas fue desprendiendo con lentitud, eran sus últimos sollozos desconsolados.

De repente, el sonido de pasos acompasados y una lata al ser pateada provocó que se sobresaltara y levantara la cabeza, con las escleróticas enrojecidas y lágrimas pegando sus cabellos blancos a la opacidad de sus mejillas. La imagen de aquel hombre caminando hacia ella, con los ojos carmín perezosos, rascándose la cabeza y con el brazo restante en el kimono le arrancó el aliento.

—Oi, oi, ¿no se supone que a sus clientes deben recibirlos con una sonrisa? —Él se sentó a unos pocos pasos, sosteniendo una botella de sake y luego de ponerla sobre el suelo con cuidado, apoyó el codo en su pierna flexionada, con el rostro contra el dorso de la mano, mirándola en silencio, después de tantos años, parecía estar absorbiendo cada uno de sus rasgos y sus retinas se oscurecieron cuando digirió por completo su estado lamentable.

—Oh... —Su voz salió quebrada y rasposa—.¿Tengo un último cliente antes de partir? ¿O quizá solo es el pase de entrada para poder acceder al descanso?

—Dudo que hayan puteros en el cielo, (...) —Una risita diminuta brotó desde el fondo de su alma, como un delgado manantial que disparó dolor por todo su cuerpo, pero la sensación de plenitud, ya olvidada, elevó su espíritu.

—Creí que habías muerto, Gin —Una pequeña sonrisa elevó las comisuras de sus labios, era triste, casi de plástico.

—¿Creíste que la muerte me impediría cumplir la promesa que hice con mi chica favorita? —Elevó la botella de sake y la agitó un poco—.Los tratos hechos bajo la luna son irrompibles —Ella lo miró con ternura, exprimiendo cada gota de energía con cada uno de sus gestos lánguidos y extendió su mano delgada, en busca de calor humano. Gintoki la tomó con cuidado, apenas tocando con la punta de los dedos la piel fría, tratando de manejar el mayor cuidado comparado a su aspereza habitual, estaba acostumbrado a blandir espadas sin escatimar su fuerza y no quería lastimarla con su descuido.

—Te estuve esperando... todo el tiempo.

—Regresé, (...) —Él apretó su agarre—.¿Quieres beber una última vez con tu servidor? La luna ha salido y brilla más que nunca —Reflejo de su propio aturdimiento, levantó la atención hacia el cielo, nublado por nubarrones sucios.

—¿Qué es esto? —Rió y dejó ir con lentitud su fuerte mano—, ¿la lástima te hizo convertirte en un príncipe mentiroso? Está bien, no tienes porqué comportarte con pena, prefiero que sea mi cliente favorito el que me acompañe en mis últimos momentos.

—¿Aquel demonio vestido de blanco?

—No —Agitó la cabeza y lo miró con aquel brillo inmortal, el que aún permanecía a pesar de su cuerpo doblegado por la enfermedad—, como el idiota de siempre —Gintoki desordenó sus ondulaciones plateadas un momento antes de dejar escapar un bufido divertido.

—Tienes razón, el título de príncipe me queda grande; debería ser capaz de entregarte la luna, pero al final solo te regalé un poco de luces de navidad enredadas, a punto de quemarse.

—Y aún brillan en mi pequeño cielo de papel, tonto —Arrugó las cejas con una profunda mueca incómoda cuando se movió con cuidado y buscó entre sus ropas aquel objeto reconfortante contra su pecho—, la luna es demasiado hermosa para un poco de mala hierba marchitándose entre el lodo —Finalmente, extrajo un cuaderno viejo, de tapa verde y con el paso de los años refugiándose entre las manchas amarillentas en sus páginas con los bordes desgastados. Gintoki sintió un pequeño pellizco de amargura en la base de la garganta cuando lo vio, después la miró otra vez.

—¿Una mala hierba? Jé, tienes razón; una pequeña planta que estorba para la vista y apenas y tiene alguna característica remarcable. Pero, ¿sabes? Son esas molestas malas hierbas las que resisten las adversidades despiadadas del clima, como ninguna otra —(...) le sonrió de nuevo, esta vez con más agotamiento y los párpados cayendo.

—Supongo que las luces de navidad eran perfectas —Acarició con cuidado la superficie rugosa del cuaderno—, su ligero destello me salvó mucha veces y combinan perfecto para dos almas viejas, ¿qué dices? Un poco de mala hierba y un perro agazapado junto a ella, cojeando y malherido, pero aún protegiéndola con su sombra —Vio sobre la curva del hombro a la altura de su visión, a los delincuentes que los observaban con fijeza a lo lejos, él bloqueaba el contacto directo con su ancha espalda, había llegado hasta allí y nunca pasó desapercibida la forma en la que su posición lanzaba una sed de sangre abrumadora.

—Tan poético... —murmuró—, tanto que da asco, ¿estuviste leyendo mucho eso?

—Siempre —Suspiró. Esta vez el aire se deslizó con suavidad a través de sus bronquios y fosas nasales y cerró los ojos, aletargada por un sueño abrumador—, después de todo, es mi pequeño nudo desaliñado de luces navideñas.

—¿Quieres leerme un par? Por los viejos tiempos —Escuchó el ligero susurrar del líquido al rellenar una lata—, yo invito el licor, es el mejor que pude conseguir en este Edo devastado. No puedes irte sin cumplir tu parte del trato, ¿recuerdas, (...)? —El color opaco de sus retinas se reveló a él otra vez y Gin casi respiró aliviado de nuevo. Aún no terminaba. Todavía había un poco de tiempo.

Claro, esta vez serás tú el que me escuche, como un buen estudiante —Una risa ronca vibró desde el fondo del pecho de Gintoki, y le dio un corto sorbo al sake ardiente de su lata de lujo, irguiendo la espalda como un buen oyente.

—Sorpréndeme.

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