Última gota, último viernes
Caminar por las frías calles de la ciudad era uno de los pocos placeres que se daba Jungkook cada día. Le gustaba ver la soledad de las calles, la oscuridad de los callejones, el frío del ambiente y, sobre todo, le gustaba ver la desesperación o miedo en el rostro de las personas que pasaban a su alrededor tratando de llegar lo más rápido que podían a casa. Las calles se habían vuelto completamente inseguras después de que el sol se ocultaba, nadie quería estar fuera de sus hogares en la noche, pero lamentablemente muchos debían cumplir con un horario de trabajo nocturno poniendo en un completo peligro sus vidas. Era inevitable.
Los asesinatos habían aumentado en esas frías calles abandonadas por la ley. No se trataba de si se habían dado por vencidos o no, tampoco se trataba de si lo habian siquiera intentado o solo mirado hacia otro lado (que era una realidad bastante palpable); se trataba de que la problemática seguía siendo mayor a las soluciones accesibles y Jungkook creía que si querían ver resultados reales debían esforzarse un poco más, pero era consciente de que esa parte no la cubría el mediocre sueldo que ganaban, y los encargados no iban a mover un dedo si no recibían más de lo que podían contar a cambio. Por esa razón las personas caminaban asustadas por las calles y seguirán caminando de igual manera por mucho tiempo más, pero como a Jungkook le gusta observarlas no piensa hacer nada al respecto.
Al castaño le encantaba deleitarse con la desesperación de los transeúntes, con la agonía en el rostro ajeno, con el miedo bañando las facciones humanas, le gustaba ver cómo las personas la pasaban mal. Era su segundo gran placer.
El primero era matar.
Lo descubrió una noche ajetreada en que tuvo el poder en sus manos con tan solo trece años. Era delgado, débil y retraído. Pero esas características tan irritables no le impidieron tomar el control y dispararle a su padre en la mejilla derecha, tampoco le impidió sostener el arma caliente y disparar unas tres veces más directo en la frente.
Recuerda perfectamente cómo se sintió el arma entre sus dedos, como el mango era duro y frío, tan inquebrantable; recuerda el sonido del disparo quemando en sus oídos, retumbando aún luego de años; tambien recuerda el grito quebrado de su madre, tan escandaloso y plano. Pero lo que definitivamente recuerda perfectamente es cómo se arrodillo frente al hombre, con sus dedos largos y magullados y toco la sangre espesa y caliente; recuerda como el calor se le metió por los huesos desapareciendo ese frió intenso que sintió por años.
Esa experiencia lo hizo un conocedor del dominio, poder y, sobre todo, control que podía tener sobre otras personas, sobre sus vidas. Esa noche pudo ver cómo el cuerpo humano se retorcía por el dolor que él podía causar, como la vida se iba de los ojos castaños de su padre mientras la sangre salía de los orificios en su rostro, tan espesa y oscura, casi como porqueria. Y lo comprendió.
Puede recordarlo aun con el paso del tiempo, porque ese día aprendió que necesitaba matar para sentirse cálido, para sentirse con vida. Necesitaba matar para poder vivir, para sobrevivir.
Esa noche, de un martes trece, su madre lloró, se lamentó y como cualquier persona miserable y maldita guardo el secreto por él. Todo fue visto como defensa propia, pues su madre había dicho que aquel hombre, que ahora estaba sin vida, los estaba maltratando y al forcejear los disparos dieron presencia. Todo fue creído cuando vieron a ese pequeño niño de ojos grandes y mejillas abultadas, ¿Comó ese ángel mataría a alguien por placer? ¿Comó tan siquiera podría pensar en matar a alguien?
Nadie nunca creería que Jeon Jungkook sería capaz de matar a una mosca, pero ahí estaba con tan solo diecisiete años en busca de su víctima número trece. Nadie lo creería, nadie lo esperaría.
Las calles ya se encontraban desoladas, solo una que otra mujer que corría esperando poder llegar sana y salva (como mínimo con vida) a casa y alguno que otro hombre que caminaba con pesar por las aceras llenas de desperdicios acumulados por el día. Él caminaba sin miedo, con pasos lentos y perezosos, quería darse el placer de disfrutar el sentimiento que brotaba de su interior al saber que su preciado cuchillo estaría clavado en el cuerpo pálido de su próxima víctima, su preciada víctima.
Debía caminar diecisiete cuadras, en aquel viernes trece hasta llegar a la localidad del chico que había escogido esta vez, su chico especial. Pero no estaba apresurado, estaba disfrutando de su caminata nocturna. Tan satisfecho.
Pensaba en cómo este chico era simplemente diferente a todos los demás. No lo mataba por ser una escoria, al contrario, lo iba a desaparecer por ser un ángel. Min Yoongi era la persona más buena que conocía, no podía encontrarle un defecto a simple vista y es que para Jungkook simplemente no los tenía; los ángeles no tienen defectos, los ángeles eran puros.
Yoongi era perfecto, era todo, y esta noche lo vería reducido a nada.
Calor, su sangre comenzaba a calentarse en anticipación y le gustaba.
Su cuerpo había estado frió por demasiado tiempo, no había tocado la sangre desde hace casi un año y por esa razón se sentía tan satisfactoria la calidez que empezaba a brotar desde lo más profundo de su pecho, brindándole el nivel de euforia que tanto necesitaba para vivir, para sobrevivir... porque no recordaba haber vivido alguna vez.
A Jungkook ya nada podía brindarle el mismo calor, ni siquiera las sonrisas de encías rosadas o los ojos compasivos, mucho menos los abrazos preocupados (que empezaba a ver un poco forzados, porque eso hacen los ángeles; brindar atención sin importar qué, ser buenos sin importar nada).
Solo la sangre siendo drenada del cuerpo ajeno era lo que podía encender su sistema, darle calor.
Y se había privado de eso. Se había privado de clavar su cuchillo en el cuello de la vieja que vivía maltratando a sus sobrinos en el piso de abajo, se había privado de abrir el estómago del joven violador que trabajaba en la tienda de la esquina, se había privado de dispararle al profesor de su hermana menor cuando esta llegó llorando porque la habían tocado en donde no debían, se privó de entrar a la casa de la jefa de su madre y apuñalarla hasta que la carne se pegara al filo de su cuchillo, se había privado de tantos placeres; todos por ese chico que le decía no con ojos cariñosos (no había escuchado la palabra salir de sus labios, pero eso tenían los angeles; se metian en tu cabeza, leía tus pensamientos y te obligaban a no hacer cosas 'malas'). Y aun con esos ojos castaños que lo miraban con cautela, podía seguir recordando los incidentes anteriores.
Oh, claro que podía recordarlos, saborearlos, desearlos, sentirlos.
Recuerda la segunda vez que el control estuvo en sus manos, cuando el jefe de su madre decidió que era buena idea darle una bofetada, no fue una imagen agradable de ver, pero si fue agradable lo que hizo luego; con un arma en sus manos y la mirada puesta en sus sucios ojos dio diecisiete disparos al rostro demacrado del hombre, fueron diecisiete balas, pero ninguna calmó su ira, su malestar.
Las armas de fuego eran frías e impersonales, no te creaban placer al disparar, y eso fue algo que aprendió después de esos diecisiete tiros. Por esa razón optó por cambiar las armas de fuego a armas blancas, eran más personales y directas, requerían de una habilidad cuerpo a cuerpo, de una conexión entre el objeto y él. Era más divertido clavar el cuchillo hasta el mango y sentir la sangre en sus manos, en su ropa, en su piel fría.
Definitivamente era mucho mejor disfrutar del arte de matar a través de un cuchillo. Escuchar el sonido de la piel abriéndose y de la sangre burbujeando, atrapar el último suspiro, observar las expresiones de su rostro en primera fila, admirar como su piel va perdiendo color, disfrutar de la manera en la que se ahoga con su propia sangre, deleitarse con el olor metálico, regocijarse en lo cálido de la sangre contra su piel . Ese espectáculo en primera fila no lo cambiaría por nada.
Por eso cuando el ratero J-hope, como le decían en las calles, intentó asaltarlo no dudo en clavar su cuchillo nuevo y afilado en su torso. Una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces...diecisiete veces.
Le gustaba regocijarse en el exceso, la sangre y el placer.
Con cada víctima se sentía más cerca del paraíso, más cálido, más a gusto dentro de su propio cuerpo.
Su última víctima fue el estúpido niño rico que se la pasaba alrededor de su querido Yoongi. Kim Seokjin era un maldito dolor en el culo; era estresante y completamente manipulador. Estaba seguro de que ese bastardo estaba intentando corromper a quien no debía ser corrompido. Min Yoongi debía permanecer intacto hasta el final de sus días, debía seguir siendo un ángel. Así que, cuando se dio cuenta de que el peliazul tenía marcas en su cuello, dedos marcados bajo su camisa y al sentarse una mueca de dolor (que le hubiera encantado ver en otras circunstancias) se le dibujaba en sus delicados rasgos, él se enojó.
Ese día fue imposible no ver rojo.
Tomo al pálido del cuello y lo estrelló contra la pared de la cocina con una fuerza desmedida que no sabía que guardaba consigo. Todo pasó tan rápido, tan fugaz. La sangre saliendo de la nariz contraria manchando todo su rostro de niño bonito y haciendo un contraste con el azul de su cabello, las marcas amoratadas en la piel del cuello, el temblor en las manos pálidas. Todo fue más rápido de lo que pudo procesar.
Fue imposible detener el rojo de su mirada.
Por lo que no se sorprendió cuando estuvo a horcajadas sobre el cuerpo inerte del niñito rico. Todo fue rápido, pero aun así se permitió disfrutar del vació en los ojos grises del cuerpo debajo de él; ojos sin vida, sin sentimiento, sin preocupaciones o disfrute. Le gustaba tanto poder tener el asiento en primera fila de algo como eso. La emoción y satisfacción fue tanta que se regocijo en el acto de penetrar la herida de bala, junto a su corazón, con sus dedos largos. Aún estaba caliente y eso lo volvió loco. Comenzó a reír cuando noto que el chico ya no era tan atractivo con esas marcas rojas, producto de su cuchillo, en el rostro; la palabra "Asqueroso" dibujada por los rasgos finos y afilados.
¿A Yoon le seguiría gustando de esa manera: con su cuerpo ultrajado, su rostro marcado y su vida deshecha? Posiblemente si. Lo había hecho más bonito. Había hecho de su cuerpo una obra de arte y estaba seguro de que a Yoongi le gustaría. Si a su ángel le gustaba el arte, le gustaría todo lo que había hecho.
Se veía tan bonito de esa manera; humillado y desvalorizado. Tenía el control de ese cuerpo desde el mismo momento en que vio la sangre correr, así que, no se limitó ni un momento y metió los dedos más profundo dentro de las heridas, sacando consigo lo primero que sus dedos tocaran, un trozo de su corazón. La sonrisa en su rostro era enorme cuando se pasó por el rostro el pedazo de carne muerta, olfateo la sangre aún caliente y su lengua delineo sus labios disfrutando del sabor de la muerte. Tenía su corazón, tenia su sangre, lo tenia a él.
Tan delicioso. Tan malditamente delicioso.
Pero de eso ya casi se hacía un año, porque descubrió que a su preciado ángel no le gustaba el arte de lo grotesco, solo disfrutaba el falso arte que vendía la sociedad en los museos, tan banal y estática. No disfrutaba de la calidez de la sangre tanto como él, porque era bueno, era un ángel y la simple mención de sangre brotando de un cuerpo humano lo hacía llorar. Así como lo hizo el día en que le dijo, con una sonrisa radiante en el rostro, que había creado arte con el cuerpo del bastardo de su amigo.
Ese día Yoongi lloro y por primera vez Jungkook se dio cuenta de que era malo. No por matar a esas personas, sino por hacer llorar a un ángel.
Divisó la casa 013 al otro lado de la calle. Todas las luces de la casa se encontraban apagadas, menos una; la luz de la sala permanecía encendida y eso solo le indicaba que Yoongi aún seguía despierto, posiblemente esperando al inútil de su padre, quien no tardaría en llegar con una gran cantidad de alcohol en su cuerpo demacrado. No le importaba que el hombre llegará, posiblemente ni se inmutaría si lo ve en la casa, solo subiría las escaleras despotricando, para luego encerrarse en la oscuridad de su habitación a llorar por una mujer que hace muchos años decidió buscar una mejor vida. Una mujer que cometió un gran error al no llevarse a su hijo consigo.
Toco siete veces a la puerta y cuando estuvo apunto de gritar para que le abrieran el universo lo bendijo con el rostro angelical de Yoongi frente a él. Su rostro pálido parecía atraer la poca luz de las farolas en la calle, sus ojos pequeños y rasgados se encontraban rojos, sus labios luciendo maltratados y rosados, sus mejillas cubiertas de gotas cristalinas provenientes de la profundidad de sus ojos. Las piernas le temblaron, ver lágrimas en el rostro de su ángel era como una eterna maldición de la que no podía liberarse, y posiblemente nunca lo haría.
—No te esperaba hoy por aquí— su voz fue solo un susurro, pero pudo escucharla con claridad.
Esa fue la primera vez que Jungkook dudo de matar a alguien, porque ver esos ojitos brillosos mirándolo con cautela era más de lo que él podía tolerar.
—¿Puedo pasar? ¿Esperabas alguien?
El peliazul se movió de la puerta dejándole el camino libre a su refugio no tan sagrado, cerro la puerta detrás de ellos y se quedó en su lugar esperando que algo pasara o que por lo menos le explicara la razón de su visita.
Pobre e inocente Yoongi.
—Estaba adelantando un proyecto, pero puedo hacerte algo de comer si quieres, ¿comiste algo?—su tono era suave, siempre le hablaba de esa manera, como si fuera un pequeño niño que podría llorar al ser tratado de manera brusca. Le gustaba, siempre le había gustado, pero ahora solo se sentía abrumado por el trato tan delicado.
El silencio creo en Yoongi un sentimiento de vació y perdida, sabía que algo iba mal. El sentimiento tan asfixiante ligado con su pésimo día solo lo hacían querer llorar un poco más, solo un poco más de lo que había llorado en el día. Esa mirada en lo ojos grandes de Jungkook era la misma de hace unos meses y le asustaba, ya no podía ver al chico de ojos brillosos y mejillas abultadas, claro que no, ahora solo veía al chico del que le hubiera gustado huir hace un par de meses.
¿Yoongi se arrepentía de sus decisiones? Oh, claro que si. Se arrepentía de los sentimientos que lo volvían débil, se arrepentía de ser tan bueno la mayoría del tiempo, se arrepentía de no haber podido alejarse de una persona como Jungkook cuando noto todo lo que acarreaba estar cerca de él.
Las piernas le temblaban y sus brazos se sentían como un peso muerto, su día había sido una completa mierda, ¿pero cuando había sido de otra manera?, solo era otro día más en el que le había tocado fingir ser otra persona para poder ganar un poco de dinero y así pagar su semestre sin que lo tiraran a la calle como a un perro sarnoso. Una mierda de día, definitivamente.
¿Acaso su día iba a tornarse más oscuro? Oh, pobre e inocente Yoongi.
Mientras tanto Jungkook luchaba con sus deseos y emociones, casi podía rayar en los sentimientos, pero la idea era fácil de refutar.
—Llama a la policía.— las palabras comenzaron a estrangular la garganta de Jungkook, quien comenzó a sentir calidez brotar de su cuerpo. Todo fue un pequeño susurro tembloroso.
No.
—¿De qué hablas? ¿Qué pasa?— el mayor se acercó para tomar las mejillas entre sus manos huesudas, su mirada oscura buscando esos ojos almendrados que comenzaban a ver todo rojo nuevamente.— ¿Hiciste algo malo, Kookie? Por favor dime que no hiciste nada malo.
El menor lloro porque definitivamente iba a hacer algo malo, algo malditamente malo.
Era una persona mala, una persona que hace cosas malas.
Malo. Malo. Malo.
—Llama a la policía, ángel, llama a la policía.
Yoongi lo atrajo contra su cuerpo y lo rodeo con sus brazos, apretándole fuerte, pero no era suficiente. Sus brazos no eran cálidos, sus palabras no lo calmaba. Él solo quería sentir otro tipo de calidez. Esta vez fue Jungkook quien tomó el control de aquel abrazo y lo llevó consigo hasta la alfombra, en donde se dejó caer sin importarle ser delicado.
—Esta bien, todo va a estar bien, Jungkook. No te preocupes.
Pero ambos sabían que las cosas no iban a estar bien. No desde ese momento.
Jungkook tomó a su nueva víctima del cabello, para que este pudiera verlo mejor, para que ambos pudieran verse mejor. Quiso morder las mejillas arreboladas de su ángel, saber cómo se sentían estas entre sus labios y dientes, pero se contuvo porque ese no era su cometido. No quería arruinar esa linda carita, solo quería sentirse cálido.
—Nunca me escuchas cuando te hablo. Te dije que hicieras algo, te pedí que hicieras algo, pero nunca obedeces...— beso la zona del cuello en donde la sangre palpitaba llamándolo, invitándolo, y así puedo sentir como la respiración del contrario se sentía irregular bajo sus labios. Le gusto.— Por lo menos no a mí, ¿Por qué no me obedeces, Yoonie? ¿Acaso mi pequeño angelito no quiere vivir?
Se separó para mirar como en los ojos de su ángel se recreaba la mejor escena de miedo, pero esto nunca ocurrió; sus ojos seguían sin reflejar nada más que vació. La risa repleta de morbo se hizo presente en la oscuridad impalpable del lugar, no podía detenerla porque nunca se había sentido tan feliz, y toda esa sensación creció en cuestión de segundos. Era impresionante, nunca había llegado a sentirse de tal manera, eso lo aliviaba. No estaba haciendo algo tan malo.
—Oh, no me digas que mi angelito ya esta muerto, ¿quien te mato, ángel?— tiró más fuerte de su cabello creando una mueca de dolor en Yoongi, así estaba mejor.— ¿acaso fue ese amiguito tuyo?
El rostro de Yoongi cambio al mencionar a la única persona de la que Jungkook había sido consciente en su vida; Seokjin. El simple gesto de añoranza en el rostro de Yoongi por semejante escoria creo en Jungkook acidez, una acidez que burbujeaba y quemaba todo dentro de su organismo.
—No importa, ya nos deshicimos de él hace mucho, mucho, tiempo.
Pero Seokjin no había sido quien había matado a ese precioso ángel, al contrario, había sido quien le había otorgado un poco de vida. ¿Pero, quién era Yoongi para llevarle la contraria a Jungkook? No era nadie.
—Sé que él no te mato angelito, pero yo si lo mate a él.— esa risa escalofriante estuvo presente de nuevo, adueñándose de los rincones oscuros.— ¿No te parece gracioso? Vamos, di algo.
—No juegues conmigo, Jungkook. Sé que no te gusta jugar.
Definitivamente Yoongi no tenía miedo, pero si se encontraba ansioso. Algo dentro de él exigía saber hasta dónde podría llegar Jungkook cuando se trataba de él... nunca había llegado muy lejos, dudaba que lo hiciera ahora.
Oh, qué inocente, Yoongi, que inocente.
—Pero me gusta disfrutar, ¿a ti no?
El primer corte apareció en la piel tersa del ángel, que pronto estaría en agonía. Justo en su cuello fue la primera estocada, no tan profunda como para matarlo, pero si lo suficiente para hacer que la sangre brotara manchando su camisa amarilla. El amarillo nunca se había visto tan bonito. Los dedos largos de Jungkook fueron hasta la sangre caliente para luego llevarselos a la boca. El sabor era diferente y especial, no se sentía amarga o sucia como la de otras personas, se sentía diferente. Pero todo en su ángel era diferente, era puro.
Tan caliente, tan delicioso.
El sabor cambió todo en su sistema, y no pudo detenerlo esta vez.
Una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces.
—Te dije que llamaras a la policía.
Cinco veces, seis veces, siete veces.
—Pero nunca me escuchas, ángel.
La sangre brotaba y la respiración era débil, pero a Jeon Jungkook ya no le importaba, solo quería sentirse cálido. Paso la lengua por el filo del cuchillo sin querer perder nada, no podía perder ni una gota, todo lo quería para él, todo. La sangre de un ángel no se desperdicia, la sangre de un ángel trae bendiciones.
Y la calidez seguía crecía en su sistema mientras los ojos oscuros de su ángel se iban apagando, paro todo movimiento, porque no podía perderse nada, debía disfrutar cada una de las funciones y esta era su favorita. La función principal.
Yoongi no se movía, pero aun seguía con vida, Jungkook sabia como hacer las cosas y no iba a dejar que su pequeño ángel muriera tan pronto, debía disfrutarlo, tenía que disfrutarlo o sino no sería especial. Lo miro respirar de manera forzosa, buscando aire en los lugares en donde ya no había, pero aun así seguía sin querer luchar. Su ángel era tan bueno.
—Esto lo hago por tu bien, ángel. Es mejor que sea yo... — se acercó a su rostro, que comenzaba a drenar el color, y lamió la sangre que salía de sus labios—¿sabes lo mucho que me harías sufrir si alguien viene y te hace esto? No lo sabes, no, no lo sabes. Debo ser yo, ¿entiendes? si lo haces, tú siempre entiendes. Siempre tan bueno, ángel.
Por ser tan bueno ahora se encontraba con un pie más cerca de la muerte. Un ser tan bueno no podía vivir en un mundo tan sucio, tan podrido, tan depravado. Todos querrían quitarle la pureza, todos querrían hundirlo, arrebatarle todo y él no lo permitiría.
Primero lo mataba antes de que alguien lo tomara.
Si se iba a volver nada, entonces que fuera por sus manos... en sus manos.
Ocho veces, nueve veces, diez veces.
—Ahora estarás seguro, ángel.
Once veces, doce veces, trece veces.
Soltó el cuchillo y metió la mano dentro de las heridas. Tan cálido. Nunca se había sentido así de cálido y le gustaba tanto. Se permitió fantasear con el cuerpo y la calidez de su ángel, deseando estar dentro de esa calidez, vivir en ella por el resto de sus días. Sentía el hígado en la punta de sus dedos y la calidez de la sangre entrar a su sistema, ¿Así se sentía el estar vivo? Porque era una maravilla. Quería estar así siempre, quería poder tocar la vida con sus dedos.
Vida y calidez.
La sonrisa en su rostro era digna de un niño emocionado y quizás lo era; con tan solo diecisiete años Jungkook solo deseaba tocar la calidez, deseaba poder sentirse como una persona viva.
catorce veces, quince veces, dieciséis veces.
diecisiete veces.
Escucho la puerta de la entrada abrirse pero él no se detuvo y pasó exactamente lo que había previsto que pasaría. Los pasos del hombre borracho se escucharon en la escalera y se perdieron en el piso de arriba mientras Jungkook seguía jugando con el cuerpo muerto de un ángel.
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17 – MALDICIÓN ROMANA
El número 17 es de mal augurio en Italia. En el algoritmo romano es escrito como XVII. Cuando las letras se mezclan, forman la palabra XIVI que, en latín, significa "mi vida terminó".
13 – LA MARCA DEL TRAIDOR
Los cristianos relacionan el número 13 a Judas, el 13º apóstol que llegó a la Ultima Cena y que después traicionó a Jesús. Algunos también creen que Cristo fue crucificado el viernes 13.
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