PRÓLOGO
En pleno siglo XXI muchas personas han dejado de buscar el amor, este ha pasado a ser algo carente de importancia. Puede que los simples mortales se hubiesen olvidado de los antiguos dioses, sin embargo, estos no habían dejado de cumplir con las tareas para las que fueron creados.
Entre ellos tenemos a Eros, mejor conocido como Cupido. Su misión, desde el mismo día en que sus ojos vieron la luz, fue la de llevar el amor a los mortales.
En la cultura occidental todos vemos a Cupido como un ser regordete, armado con flechas capaces de lograr que una persona se enamore de otra. Esa es la imagen dulce y tierna que nos venden cada 14 de febrero y la que pase lo que pase, permanece en nuestra memoria.
Sin embargo, esa imagen no es más que otro producto del marketing. El Eros real es un apuesto dios que vive con su esposa Psique, en su palacio en las nubes y desde ahí se encarga de que su misión siga llevándose a cabo a pesar de que los mortales le ponen cada vez la tarea más difícil.
El trabajo de Eros había evolucionado al mismo ritmo en que los mortales lo hicieron. De lanzar simples fechas a los pocos humanos que existían al inicio de la creación, pasó a flechar a cientos, luego a miles y ahora a millones. Actualmente, un ala entera de su palacio estaba ocupada por un ejército de cupidos encargados de emparejar a los mortales.
Eros tenía un hermano; Anteros, quien fue creado con la finalidad de equilibrar las fuerzas del amor. Con el paso del tiempo muchos olvidaron a la figura de Anteros, sin percatarse que de él dependía que el amor provocado por las flechas de su hermano, fuera correspondido.
—Deberías dejar de preocuparte por emparejar a los mortales, sobre todo ahora que tu hermano ha decidido darse unas vacaciones —susurró Psique depositando un beso en el cuello de su milenario esposo mientras esté revisaba los últimos informes.
—No necesito de mi hermano para que todas las uniones funcionen —respondió Eros sin apartar a mirada de la pantalla desde donde controlaba el trabajo de sus leales sirvientes.
—Si tú lo dices… —Sonrió, sabiendo que sin la ayuda de Anteros ninguna relación sería duradera. Puede que su esposo las juntara, pero mantenerlas juntas era muy distinto.
—Todo sería más fácil si los mortales no tuvieran una mente tan cambiante, en los últimos dos siglos han hecho de mi trabajo un infierno. Las cosas eran más fáciles cuando eran unos cuantos miles, podías flecharlos sabiendo que ese amor iba a durar por mucho tiempo —Eros se había adaptado a los avances de la humanidad y lo que empezó siendo una tarea entretenida, terminó siendo su mayor dolor de cabeza.
—Los mortales de ahora viven el doble o triple que los de antes. Tal vez sea por eso que su amor es tan inconstante —Muchas veces, Psique mataba el aburrimiento echando una mirada a todo lo que ocurría en el mundo de los humanos y estos casi siempre la dejaban confundida por su manera tan extraña de actuar.
—Mi amor por ti es todo menos inconstante, llevo enamorado de ti hace siglos… —Y eso sí que era raro entre dos dioses.
—No me hagas recordarte todo lo que tu madre me hizo padecer hasta que pudimos estar juntos —Psique no olvidaba que su adorada suegra le hizo la vida imposible y podía confirmar que era verdad eso de que, si la suegra no te quiere, su hijo sí que lo hace.
—No hablemos de mi madre, que por su culpa cargo con una tarea que muchas veces he querido mandar al mismísimo inframundo.
—¿Algún mortal se resiste al flechazo? —preguntó, sabiendo que ese era el mayor problema de los últimos 20 años.
—Son varios miles los que se resisten. Andan muy liberales, muy modernos, no desean amor de pareja. Ahora dicen que el amor propio es lo primero —Suspiró cansado, mostrándole el enorme listado de parejas en cuestión.
—Ya verás que ese listado se reducirá hasta desaparecer por completo.
—Cuando se hagan las pruebas de compatibilidad trataremos de juntar a la mayor cantidad de parejas posible —Eros masajeo su cabeza dejando sus rizos todos despeinados.
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En las siguientes semanas, los cupidos lograron formar cientos de parejas en todo el mundo, por lo que Eros se sentía un poco más tranquilo y relajado. La mayoría del tiempo no suponía un gran esfuerzo el lograr que las personas se enamoraran, sobre todo si recibían al mismo tiempo las flechas correctas. Sus flechas doradas con plumas de paloma eran las encargadas de despertar el amor y estás eran las únicas con las que sus cupidos estaban armados. Las flechas de plomo con plumas de búho; únicamente las disparaba su hermano cuando era necesario separar a ciertas parejas.
Algunos de los mortales que habían recibido flechas de plomo se volvían resistentes al amor y por desgracia, en la lista tenía a varios que habían recibido una de estas en el pasado.
María José le parecía una buena chica, por desgracia, había estado en la lista de un cupido novato que la flechó con un hombre que no le convenía para nada. Ahora ella no quería saber nada de tener una nueva pareja, estaba demasiado cómoda con la libertad que le daba su soltería y disfrutando de su éxito profesional.
Esa mujer necesitaba una pareja que la hiciera vivir un amor intenso, que le hiciera romper sus esquemas, alguien que le devolviera la alegría que le quitó el gañán de su ex.
—No puedes volver a fallar con ella. Porque si lo haces me voy a molestar —advirtió su esposa mirando la imagen de la guapa morena de cabello corto en la pantalla.
—Es una mujer complicada, pero estoy seguro de que esta vez no fallaré.
—¿Ya tienes candidato?
—Creo que sí.
—¿Crees o lo tienes?
—Mira esto —dijo, poniendo en pantalla la imagen de Marco Antonio Selzner.
—¡De ninguna manera! ¡No puedes hacerle eso a la pobre chica! ¡Dale algo mejor! —exclamó Psique con horror.
—¿Por qué no? Son tan opuestos entre sí, que estoy seguro de que un amor entre ellos será explosivo e intenso —Eros estaba convencido de lo que decía, cosa que la preocupó.
—Pues yo estoy segura de que ellos no pegan ni con cola. Antes que emparejarla con ese tipo que se considera un Dios sin serlo, prefiero que la dejes sola.
—Déjame intentar unirlos. Me encargaré personalmente de que todo salga bien.
—Tu hermano vuelve en un par de semanas, no intentes nada hasta que Anteros llegue.
—Todo saldrá bien. Llevo haciendo esto por siglos, te prometo que Majo y Marco Antonio formarán una pareja perfecta…
—¿De verdad crees que Majo aceptará a un mujeriego, arrogante y estúpido como pareja?
De entre todos los mortales, Marco Antonio era uno de los que menos agradaban a la esposa del Dios. No solo era un tipo que saltaba de cama en cama, también era un hijo y hermano ausente. Una persona carente de valores mínimos como la responsabilidad o la empatía.
María José merecía algo mejor y haría lo posible para que su esposo no pusiera su plan en marcha, aunque tuviera que pedirle ayuda a su suegra…