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La última noche

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Sinopsis

Cuento perteneciente a la Antología Internacional 2024 de Klavier Ediciones

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

La última noche

Info de la autora

Akia Daidoki es una escritora de romance y fantasía, nacida en Costa Rica. Amante del romance dark, fantasía, ciencia ficción, entre otros géneros, disfruta en su tiempo libre de los doramas y la investigación sobre la fauna.

En la actualidad reside en Pérez Zeledón, donde suele dar paseos por las montañas o playas para usar ese entorno en sus escritos, aunque la mayoría de las veces sus propios sueños son los que le conducen a mágicas historias.

Instagram:@ana.e.daidoki

TikTok:@ana.e.daidoki_

Wattpad: @AnaDaidoki


Esmeralda, una joven de cabellos lacios y dorados que jugaban con el viento al mantenerlo siempre suelto, a sus diecinueve años aún mantenía el brillo alegre de sus ojos agua marinos. Ciertamente, a veces se entristecían al no alcanzar ciertas cosas por ser de estatura pequeña, pero en un santiamén recuperaban su fulgor.

Esmeralda creció en Astra, donde la magia era tanto una bendición como una maldición.

Antes de morir, sus padres sellaron en su interior el poderoso don que le habían otorgado, para así protegerla de los hechiceros que intentaban arrebatarle tan preciado tesoro, el cual le permitía alterar la realidad a su alrededor. Así, nadie lo obtendría en el futuro.

Esmeralda contaba con apenas siete años.

Su única familia restante resultó ser una tía que la mayoría del tiempo tenía su cabello café algo corto, y sus ojos verdes expresaban puro desprecio. La culpaba por la muerte de su hermano, el padre de Esmeralda. A pesar del resentimiento, Adelina se hizo cargo de ella.

Esmeralda dejó de lado la crueldad que enfrentaba a diario. Su dulzura e inocencia no se marchitaron. En cambio, su amabilidad y gentileza crecieron como una luz en la oscuridad.

Por otro lado, en las profundidades de esa misma ciudad vivía un joven llamado Aislan. Un muchacho de cabello blanco, con ojos color miel que irradiaban enojo y frustración. El joven vivía bajo la constante sombra de una ambición familiar irrefrenable.

Ansioso por demostrar que era capaz de ser un gran hechicero, buscó por cielo y tierra dónde se encontraba aquella dulce jovencita. Deseaba arrancarle la estrella que ocultaba en su interior, y así acabar con aquellos que se burlaban de él.

Tramó un plan para capturarla. Llevaba varios meses siguiéndola y sabía exactamente los lugares que visitaba.

«¡Allí estás!» pensó, mientras saboreaba el momento.

Los músculos se le tensaron con expectativa. Estaba listo.

—¡Qué hermoso vestido rosa! ¡Por suerte había uno de mi talla! —exclamó Esmeralda al salir de la tienda.

Disfrutaba la brisa fresca de la noche, con una enorme sonrisa de satisfacción. De repente, un hombre de mirada fría la jaló hacia un callejón apartado, arrojándola contra la pared.

—No hagas ruido, Esmeralda... —advirtió, tapándole la boca con rapidez.

—¡Uhum! —respondió, con los ojos como platos.

La fuerza de aquel sujeto la aprisionó todavía más.

—¡Te he dado una orden! Hay algo que me debes entregar. No podemos hacerlo en público. Quitaré la mano... No quiero hacerte daño.

Esmeralda logró mantener la calma. Ignoró el hecho de que era mucho más alto que ella.

—¡¿Por qué debería confiar en usted?! —cuestionó, aunque sabía que él era un hechicero y buscaba lo mismo que los otros.

Al verlo a los ojos, sintió que ya conocía esa mirada de alguna parte.

—Cállate. Será rápido. Un pequeño corte y serás mía —le susurró al oído, al tiempo que sacaba una daga de su bolsillo.

Acercó el frío acero a su cuello. En ese preciso instante, un portal se materializó a su lado.

—No tan deprisa, hermano...

La voz resultaba familiar.

De aquel vórtice mágico emergió un hechicero de aspecto siniestro.

—¡¿Qué diablos?! —soltó Aislan.

En un movimiento rápido, el aparecido arrojó al opresor de la rubia contra unos botes de basura.

—Allí perteneces —sentenció.

Esmeralda no podía dar crédito al espectáculo que presenciaba.

—Sabía que me seguirías, Damián —dijo Aislan, limpiándose restos de una hamburguesa a medio comer.

—Ella es demasiado valiosa. Apártate. —ordenó.

Los ojos del recién llegado se mostraban cargados de furia. Un huracán incontrolable de absoluto poder.

El ambiente se tornó pesado.

«¡La oportunidad para escapar!» pensó Esmeralda.

Sin embargo, al ver que el joven que la amenazó no era tan fuerte, decidió intervenir.

—Sé que voy a arrepentirme... —murmuró la joven.

Levantó la daga que había caído a sus pies. Decidida, la sostuvo con ambas manos y, en un súbito arrebato de fuerza, la clavó en el brazo de quien tomaba como un hombre malvado.

—¡¿Qué estás haciendo?! —preguntó Aislan, confundido.

Su oponente cayó.

—¡Salvando su vida! —respondió Esmeralda, encogiéndose los hombros.

—¡¿Estás insinuando que no puedo vencerlo?!

Esmeralda asintió con la cabeza, presurosa. El muchacho alzó una ceja.

—Después me reclama... ¡Ahora vamos! —comentó ella, ayudándolo a levantarse.

—¡¿Vamos?! ¡¿A dónde me llevas?!

—De verdad que eres rara... ¡Traes a tu casa a alguien que quiere matarte!

—Está herido. No dejaría a nadie así.

—¡Claro que no! Estoy bastante acostumbrado a pelear.

—A perder, diría —susurró Esmeralda.

—¡¿Qué?!

Esmeralda contuvo una risita.

—Traeré el botiquín. Quédese aquí.

Él negó con la cabeza. Apretó tanto los puños, como los dientes.

«¡Es una insolente!» masculló en su mente.

—El café oscuro de estas paredes es deprimente —espetó sin más.

—Mi tía solía adornar todo con objetos antiguos. Muchos de los que ves...

—Mucha historia. Apúrate —interrumpió.

Intentó lanzarle una mirada de dureza, pero pareció más un cachorro apaleado que intentaba demostrar su valía con algún que otro gruñido.

—Espero que se sienta cómodo —concluyó Esmeralda, con un ademán de cortesía.

Aislan no supo cómo responder a aquel gesto. Carraspeó.

—Tan cómodo como...

Esmeralda le devolvió el favor y no le permitió continuar.

—Al verlo de cerca, y sin temor a equivocarme, somos casi de la misma edad... ¿No cree que es muy joven para estar renegando tanto? —preguntó, sentándose frente a él.

Aislan desvió la mirada.

—No estoy de humor para aguantar tus tonterías. Mejor estar en silencio.

Esmeralda sonrió. Guardó silencio mientras limpiaba sus heridas con cuidado, para no lastimarlo.

—Si no se mete en más problemas, sanará pronto.

Aislan reprimió un creciente sonrojo en sus mejillas. Sacudió la cabeza.

—Quítate, yo lo hago.

Irritado, la empujó. Ella no respondió.

—Si gusta, puede quedarse. Mi tía fue clara en que no volverá. Jamás.

Aislan ladeó la cabeza.

—¿Cómo...?

Esmeralda pareció restar importancia a su desconcierto.

—Al fondo del pasillo, lado derecho, está el cuarto de huéspedes. Puede descansar allí.

El joven respiró profundo. Contuvo el aliento y lo soltó de un bufido.

—No permitiré que nadie se quede con lo que me pertenece.

Ella afirmó, retirándose a su cuarto.

Un viejo reloj de pared hacía eterno el tiempo, mientras el resplandor de la luna se filtraba por las cortinas. Aquel brillo danzaba sobre su rostro, mientras los sueños tejían historias en su mente. La voz de su madre, etérea y suave como un susurro, la llamó desde la distancia.

—Esmeralda... ¡Ven, mi niña!

Los párpados se alzaron con lentitud, sus ojos centelleaban con sorpresa. La llamada era irresistible; un eco que resonaba en lo más profundo de su ser. Se levantó con una mezcla de sueño y curiosidad.

El susurro la llevó hasta el balcón de la casa. Parpadeó en la penumbra. Aquella voz emergió desde las sombras una vez más, impregnada de un misterio insondable.

—Salta...—instó.

El corazón le latía con fuerza. Sus ojos se abrieron con incredulidad.

«¿Saltar?»

Un fuerte escalofrío recorrió su espina dorsal. La confianza en aquella voz la envolvía como un abrazo tranquilizador. Sin dudarlo, se lanzó al vacío.

El aire silbaba a su alrededor mientras descendía hacia la penumbra. Antes de tocar tierra, una mano firme la atrapó y la sostuvo.

Esmeralda parpadeó. No comprendía qué ocurría.

—¡Maldita sea! ¡¿Tienes idea de lo mucho que cuesta hacer eso?!

Aislan sintió sus músculos tensarse hasta casi estallar.

—Yo...

Los ojos de la muchacha brillaban con pequeñas lágrimas que entremezclaban somnolencia, tristeza y temor.

—¡¿Estás loca?! ¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué saltaste?! —preguntó Aislan, con brusquedad.

Entre jadeos, ella se esforzó por explicar.

—Escuché la voz de mi madre. Me pidió que lo hiciera.

Él frunció el ceño, desconcertado.

—Ella murió hace muchos años.

Con la mirada perdida en la distancia, Esmeralda respondió con voz temblorosa.

—No sé explicarlo. Ella me llamaba... ¡Como si su alma me guiase!

—¿Cómo puedes creer en algo así? De verdad que eres muy tonta... ¡No puedes basar tus decisiones en voces imaginarias! ¡Podrías haber muerto!

Esmeralda se resistió.

—Y eso no le conviene. Sin mi estrella, no podrá vencer a su hermano. Eso lo tengo claro —bufó.

Aislan la apartó con suavidad.

—Siéntate —le ordenó.

Esmeralda se cruzó de brazos.

—¿Qué planea?

—No lo diré dos veces. Lo haces por las buenas o por las malas.

—¡Está bien!, No puedo negarme, entonces

—dijo entre risas, sentándose frente a él.

—Hablaremos luego de la falta de respeto hacia tu dueño —señaló.

Sujetó el rostro de Esmeralda con ambas manos y cerró los ojos.

El mundo parecía girar a su alrededor. Los colores se fundían unos con otros, y la realidad se fragmentaba en cientos de pequeños trozos de cristal.

Aislan se aventuró con temor en el reino mental de Esmeralda. Una tierra de pensamientos tejidos con hilos de magia y emociones vibrantes. Al atravesar el umbral, una sinfonía de colores le envolvió; cada pensamiento resplandeció con la intensidad de un amanecer. Danzaban como las hojas que susurran secretos en el bosque.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

Las palabras de Esmeralda se deslizaron como ríos de seda. El sonido de sus pensamientos resonaba con la melodía de las olas, sus emociones manifestándose en colores que desafiaban la lógica. El miedo se manifestó en sombras oscuras que flotaban en el aire, mientras que la esperanza se convertía en destellos de luz que iluminaban el camino.

—Concéntrate... ¡Concéntrate! —repetía Aislan, agitado.

—¡¿Qué está pasando?! —chilló Esmeralda.

Confundida, la joven miraba a su alrededor con desesperación.

—¡Aguanta! ¡A veces tarda en tomar forma! —gruñó Aislan.

La fusión de sentidos lo envolvía en una neblina turbulenta, dejándolo mareado y perdido en un paisaje abstracto de pensamientos y sensaciones. Se esforzó por encontrar su propio equilibrio en aquel caos de experiencias, mientras se sumergía más profundo en la complejidad de la mente de Esmeralda.

—¡Quiero ir a casa! —sollozó la muchacha.

Silencio.

Una fría neblina cubría las angostas calles que se manifestaban de la nada. Recuerdos turbios se tejían como sombras del pasado. De un momento a otro, se encontraron frente a la casa de su infancia.

—Perfecto —celebró Aislan.

Esmeralda se puso de pie. Astra, la ciudad que la había visto crecer, se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

—Es...

—Estamos dentro de tus recuerdos.

La joven se giró con terror.

—¡¿Por qué?! ¡¿Qué quiere con esto?!

—Averiguar en qué lugar se escondió la estrella. También la forma en que debo obtenerla... Por las malas no funcionará.

—¡Nada funciona por las malas! —se quejó Esmeralda, de brazos cruzados.

Aislan se acercó hasta quedar cara a cara.

—Si sobrevives, te dejaré por ahí para que acaben contigo.

Esmeralda no retrocedió.

—Quizás la encuentres. No te la entregaré.

Aislan frunció el ceño.

—Retarme no es algo aconsejable—recalcó, fastidiado.

Ella sonrió. Quería responderle, pero algo se lo impidió. El murmullo de una mujer resonó en el aire. El ambiente se transformó una vez más.

—¿Mamá? —alcanzó a decir Esmeralda.

—Llegamos justo a tiempo para ver el absurdo sacrificio de tus padres. Tan estúpidos... ¡Creer que no te encontraríamos!

Una pequeña lloraba en la penumbra. A medida que se acercaban, un ritual macabro iba desplegándose.

—¡¿Mamá?! —repitió Esmeralda, asustada.

La mujer recitaba un hechizo ancestral. Cada palabra que pronunciaba, resonaba como un eco de sufrimiento. Aquello hacía que su cuerpo se retorciera con un dolor desgarrador. Cada sílaba era como un martillazo partiéndola desde adentro.

En un rincón secreto del alma de Esmeralda...—susurró.

—No... ¡No! ¡No quiero verlo! —se quejó la muchacha.

...brilla una estrella, en su corazón resguardada—continuó su madre.

—¡Detenlo! ¡Ahora! —pidió Esmeralda a Aislan.

Su luz etérea, joya celestial en calma... ¡Teje sueños y esperanzas, danza en tu propia palma!—finalizó.

Los huesos crujían con cada palabra pronunciada. La habitación resonaba con la agonía de la pequeña, quien se desesperaba al no saber qué hacer. El corazón de la pequeña resplandecía con un fulgor celestial.

Nuevamente reinó el silencio.

La niña, libre del tormento físico, observó con ojos vidriosos cómo la mujer caía sin vida frente a ella.

—¡Mami! ¡Mami!

Su voz fue ahogada por el peso del maleficio que se cernía sobre ella.

—¿Qué rayos fue eso? ¡Tu madre sabía hacer magia muy, muy rara! —comentó el muchacho, sorprendido.

Aislan miró a su presa. Esmeralda no podía soportarlo un segundo más.

El recuerdo comenzó a tornarse confuso, retorciéndose y resquebrajándose como un papel en llamas. El lugar parecía latir y llenar el aire con una pesada estática.

—¡Ya basta! ¡No quiero ver más!

—Así que ahí es donde está. Por eso decían que, si mueres, se irá contigo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Sácame de aquí!

—Necesito saber cómo sacarla. Debo verlo una vez más... ¡Recuérdalo todo de nuevo! ¡Ahora!

—¡No! ¡No!

El suelo se transformó en un limo negruzco que burbujeaba con rabia. Trozos del techo caían como una lluvia de rocas afiladas.

—¡Hazlo!

—¡No quiero! ¡No quiero!

—¡Maldición! ¡Está bien!

Al verla tan angustiada, Aislan apretó el puño y accedió a regañadientes.

—¡Sácame de aquí! ¡Sácame de aquí!

Esmeralda no podía controlar sus emociones. Estaba perdida en su propio delirio.

—¡No podremos salir si no te calmas!

La situación empeoraba a cada segundo. Algo comenzaba a tragarlo todo, como si se tratara de un agujero negro.

—¡Mamá! ¡Mamá! —lloraba Esmeralda.

—¡Tienes que calmarte, idiota! ¡Vas a matarnos! —se quejó Aislan.

Intentó recordar alguno de los viejos trucos que había aprendido para situaciones de emergencia como esa.

«Un pinchazo...» se dijo.

En un rincón secreto del alma de Esmeralda... —comenzó a rezar la muchacha.

—¡No es momento de volverse una lunática! ¡Necesito un maldito alfiler, un cuchillo o algo! ¡Rápido!

Ella no respondió.

«¡A buena hora perdí mi navaja!» pensó, frustrado.

Aislan se apresuró. El abismo crecía a cada segundo.

Uno de los ventanales comenzó a temblar. El metal se torció hasta estallar en una lluvia de cristales que voló directo hacia donde estaba Esmeralda.

...brilla una estrella, en su corazón resguardada—continuaba ella.

—¡Cuidado!

El muchacho saltó frente a ella. En su pecho se hundió un puñal transparente que casi perfora hasta su corazón. Se dio la vuelta y observó a Esmeralda. Ambos desaparecieron entre luz y oscuridad.

Aislan abrió los ojos. Se palpó las heridas y notó que no estaban. Habían regresado a la realidad.

«¡Eso estuvo cerca!»

Cambió su expresión de irritado a desconcertado. Esmeralda estaba ida, con la mirada distante e inexpresiva.

—Oye... ¿Estás bien?

Intentó hacerla volver a la cordura, pero fue inútil. El recuerdo liberado la sumió en una angustia insoportable.

Como mecanismo de defensa, su imaginación creó una realidad alternativa donde el dolor del pasado se desvanecía entre suspiros.

Esmeralda apareció en una aldea de Astra. Observaba con detenimiento los senderos de piedra y sonreía. Allí todo era más verde y se podía sentir el pasto bajo los pies. El aire traía el sonido alegre de las aves en las copas altas.

La muchacha suspiró. En un parpadeo, las horas se volvieron días. En aquel lugar de ensueño, las personas la miraban con respeto y cariño; no por el poder que ocultaba en su interior, sino por la persona amorosa y compasiva que era.

Esmeralda dedicaba su tiempo a entrenar majestuosos dragones que volaban entre las nubes, y a pintar con su magia un mundo infinito. Los niños del pueblo se acercaban a ella para aprender a leer, sentándose en pequeñas bancas junto a los inmensos jardines que brindaban dulces aromas. También gustaba de colaborar con un apreciado doctor. Asistía a los enfermos con sus conocimientos aprendidos a lo largo del camino.

Sus momentos más serenos los vivía en los prados. Lo refrescante del río transmitía calma a sus pensamientos. Sentándose bajo los árboles de cerezo, admiraba cómo florecían en una explosión de color. Allí solía leer libros antiguos sobre la estrella que latía en su interior. Anhelaba comprender cómo extraer ese poder sin poner en peligro su vida, ni permitir que cayera en manos equivocadas.

—¡Aquí estás!

La voz tosca de Aislan la asustó. Esmeralda se sobresaltó y dejó caer el libro que sostenía con tanto amor.

—¡¿Cómo llegaste aquí?!

El muchacho giró mientras observaba el lugar.

—¡Woah! ¡Esto sí que es tener imaginación! La cascada de por allá te quedó un poco chapuza... Pero supongo que jamás viste una, y tuviste que trabajar con lo mejor que pudiste imaginar. Tu torpeza es perdonable.

—¡Lárgate! ¡Le diré a los dragones que te coman! —gruñó Esmeralda.

—No. No lo harás.

Hablaba con tanta seguridad, que la hizo enojar.

—¡Lo haré! ¡Te quemarán y luego van a masticarte! —amenazó Esmeralda.

Aislan alzó una ceja, divertido.

—Bueno... ¡Adelante! —dijo, con los brazos extendidos.

Esmeralda apretó los puños con fuerza.

—¡De verdad te aplastarán!

—¿Quieres que no vea mi propia muerte? ¡Bien! —bromeó él, confiado.

Aislan respiró profundo, con una gran sonrisa en el rostro. Levantó el mentón y cerró los ojos. Esmeralda se acercó. Lo observó por un instante y, acto seguido, le propinó un rodillazo en la entrepierna. El muchacho se derrumbó.

—He preguntado cómo llegaste aquí.

Aislan se retorcía de dolor.

—¡Agh! ¡¿Cómo crees?! Por mi malditoOjo Mental... —respondió, mientras señalaba su frente.

—Me dejarás en paz —ordenó Esmeralda, con el ceño fruncido.

—Nunca podrás huir de mí. Me perteneces...

—¡No soy propiedad de nadie!

Aislan se puso de pie. Se acercó, tambaleándose.

—Lo eres... ¿Quieres paz? Ya sabes cómo obtenerla.

Tomándola del mentón con fuerza, el muchacho soltó una carcajada.

—¡Aléjate!

Ella lo empujó. En aquel mundo onírico, era mucho más fuerte de lo que Aislan supuso. Cayó sentado.

—¡Ya estuvo bien de tanta tontería! ¡Dame la estrella! —rugió el joven.

—¡Jamás te la daré! He sido amable a pesar de todo el daño que me han hecho... ¡Vete y jamás regreses! —gritó Esmeralda.

Recogió el libro y se dispuso a retirarse.

Aislan estaba realmente sorprendido ante el cambio de Esmeralda. Aquella niña antes sumisa, era dominante y decidida. Su mirada ya no era la de una chica dulce; más bien, era de una mujer desafiante sin miedo a nada.

—¡Vaya! Usas esta farsa para ocultar la culpa que sientes. Hasta tu actitud cambió.

—Deja de molestarme y vete. No iré contigo.

—¡Regresa!

Aislan corrió tras ella.

—No iré contigo. No insistas.

El muchacho se movía lo más rápido que podía. Era realmente ágil. Aun así, no lograba alcanzarla.

—¡Detente! ¡Alto!

Esmeralda avanzaba entre árboles que susurraban secretos mágicos. Sin previo aviso, largas raíces cobraron vida. Con agilidad, se enredaron alrededor de los tobillos del intruso. En respuesta a una orden de Esmeralda, tiraron con fuerza.

Aislan quedó colgado, cabeza abajo.

—¡Ya basta con tus caprichos! —exclamó, mientras luchaba por liberarse.

Entre risas, Esmeralda se acercó; sus ojos brillantes de diversión.

—No puedes simplemente irrumpir en la vida de alguien, así como así.

—¡Bájame de inmediato! ¡No es una broma! Necesitas enfrentar la verdad, el mundo real.

—¿Siempre tan serio? ¡Deberías disfrutar de la magia que te ofrezco!

—¡Lo que disfrutaré será cortarte el cuello!

Aquellas palabras cambiaron su semblante.

—¿Eso quieres? ¡Bien!

Los árboles respondieron a la tensión en el aire. Las raíces aflojaron su agarre y lo soltaron.

—¿Qué rayos sucede contigo? —soltó el muchacho.

—Tómala y hazlo —lo interrumpió Esmeralda, mientras una daga aparecía en su mano.

Aislan miró para otro lado.

—Sabes que no puedo hacerlo. Por más que quiera... —alegó.

—Me necesitas para que tu hermano y tu padre no te traten como un débil.

Él le clavó la mirada. Sus ojos despedían odio.

—¡Cállate!

—Mientras más tiempo permanezcas aquí, más te volverás parte y más sabré sobre tus travesuras, Aislan...

Esmeralda hablaba con un tono de voz que lograba erizar la piel.

—¡Mientes! ¡No es así como funciona! ¡No es mi primera vez en la cabeza de una loca!

Esmeralda permaneció pétrea.

—Si supieras realmente cómo funciona... ¿No hubieras encontrado la estrella de una vez? —respondió, con la cabeza ladeada.

El arma se volvió bruma y se manifestó en las manos de Aislan. El muchacho se asustó y casi la deja caer.

—Esto no es real... Está modificando sus recuerdos. No es real —balbuceó, en un intento por mantener la concentración.

—Acaba de una vez. Mátame. —pidió Esmeralda, aproximándose hasta sentir el filo rozar su cuello.

Aislan apretó los dientes y arrojó lejos el arma.

—¡Maldita sea! ¡Eres una mocosa insoportable!

Ambos quedaron en un profundo silencio al cruzar sus miradas.

—Obtendrás lo que mereces. Nada.

Aislan sintió una pequeña puntada en la cabeza. Parpadeó y se restregó los ojos.

«¿Cuánto tiempo llevo aquí?» intentó recordar.

—Si piensas en quedarte, no molestes.

La voz de la muchacha sonaba distante. Esmeralda optó por ignorarlo y continuar con sus labores diarias.

En el puente de las pequeñas hadas, las pequeñas traviesas maquinaron un plan al ver al muchacho acercarse. Juguetonas, al tenerlo justo en el medio, se abalanzaron sobre él para molestarlo.

—¡Basta! ¡Basta! —refunfuñó Aislan, persiguiendo lucecitas hasta que cayó al río.

Las risas no se hicieron esperar; tanto de los aldeanos, como de las hadas que celebraban su triunfo.

—¡Les arrancaré las alas, pequeños demonios! —gritaba el joven, con el cabello pegado a la cara.

Nadó hasta la orilla y se arrastró cuesta arriba.

—Señorita Esmeralda... ¿Quién es ese hombre? —preguntó uno de los niños, al verlo apoyado en el umbral de la puerta.

—¡Un fastidioso mojado! No representa ningún peligro. Aunque tiene cara de amargado, es inofensivo —carcajeó.

—¡Tú eres la fastidiosa! —exclamó Aislan, agitado.

—¿Sí? ¡Wow! Jamás lo había visto de esa manera...

—¡Fastidioso mojado! ¡Fastidioso mojado! —cantaban los niños, a coro.

—¡No soy un fastidioso mojado! —se quejó Aislan.

—¿Seguro? —insistió Esmeralda.

—¡No lo soy!

Esmeralda sacudió sus manos en el aire y una ráfaga de viento hizo volar a Aislan de nuevo hasta el río. Los niños estallaron en risas mientras la puerta se cerraba.

Con el paso del tiempo, Esmeralda se acostumbró a la presencia de Aislan en su mundo mágico. Incluso empezó a sentir cariño por aquel muchacho dado que, a pesar de haber tenido sobradas oportunidades para hacerlo, jamás la dañó a ella o a alguno de los habitantes del reino.

Un día, su observador ya no estaba.

«Un poco extraño... ¿Dónde se habrá metido?» se preguntó.

Lo buscó en el bosque, en la cima de las montañas, y en el cielo mismo; en cada lugar de aquel mundo que cada vez cobraba mayor fuerza.

—Es un muchacho como así de alto... —indicó a los seres mágicos que la acompañaban.

No hubo caso. No se encontraba en ninguna parte.

—¡Esmeralda!

El grito la alertó. Corrió hacia la gran plaza central y allí lo encontró.

Una enorme grieta se abría en el tejido mismo de aquella realidad, similar al agujero negro que había consumido su recuerdo tiempo atrás. Del mismo surgió Aíslan, con una mano extendida hacia ella.

—¡¿Qué está sucediendo?! —preguntó Esmeralda, a voz en cuello.

La vida a su alrededor comenzaba a desdibujarse. Imágenes de su antigua vida se dibujaban sobre las paredes de los altos edificios que con tanto amor había construido.

—¡Toma mi mano! ¡Debes salir! ¡No podré abrir otra brecha! ¡Vámonos! —le suplicó Aislan.

—¡No me iré! ¡Te lo he dicho un millón de veces! —chilló la muchacha

—¡Es en serio! ¡No nos queda mucho tiempo!

Esmeralda retrocedió. Pequeñas lágrimas rodaban por sus mejillas.

—¡Estás destruyendo Astra! ¡Detente! ¡Cierra ese estúpido portal!

—¡No se trata del portal! Te lo explicaré después... ¡Vámonos!

—¡No! ¡No! ¡No quiero recordarlo!

Esmeralda cubrió sus oídos y comenzó a gritar. Los amargos momentos volvían a su mente, apretujados contra las nubes blancas que se tornaban oscuras como el petróleo.

—¡Hola, hermanito! Un placer encontrarnos de nuevo... —saludó una voz a espaldas de Aislan.

Una mano monstruosa tomó al joven por el cuello y lo arrastró. El portal se cerró con una explosión de chispas púrpura.

—¡No!

La angustia invadió el pecho de Esmeralda. Revivió la pesadilla una y otra vez.

«¿Qué debo hacer? Ayúdame, mamá... ¡No sé cómo acabar con este dolor!»

Entre las penumbras, la voz suave de su madre le acarició el rostro.

—No tengas miedo, pequeña.

Esmeralda se sobresaltó.

—¿Mami? ¿Dónde estás?

—Contigo. Siempre.

—¡No puedo verte! ¡Ven conmigo! —sollozó Esmeralda.

—No quieres volver a la realidad.

—¡Pero es que-!

—Niña mía...

La joven agachó la cabeza.

—No. No quiero hacerlo —aceptó con amargura.

—¿Realmente deseas que tu vida transcurra aquí? No durará... El poder que mantiene viva esta realidad acabará por consumirse y te obligará a pagar un alto precio.

Esmeralda rompió en llanto.

—¡Quiero una vida normal! Dejar de huir de todos, tener la libertad que cualquier chica de mi edad merece... ¡Poder amar libremente con la confianza de no ser traicionada!

—Posees un gran poder, Esmeralda.

—¡De nada sirve un poder que no me ha dado la fuerza necesaria para poder defenderme! —comentó, afligida.

—Ese muchacho... ¡Despertó lo que tanto deseabas sentir!

Esmeralda secó sus lágrimas.

—¿Aislan? Él... —murmuró.

—¡Debes darle el uso adecuado a la luz en tu interior!

—No entiendo... ¿Qué quieres decir?

En un parpadeo, el universo creado por Esmeralda proyectó imágenes que pertenecían a los recuerdos de alguien más. La voz de su madre pintaba escenas en un lienzo blanco e infinito.

—Tu abuela y yo usamos el poder de manera equivocada. Creíamos que con él podríamos aniquilar a quienes nos perseguían... ¡Ese fue el error más grande de nuestras vidas! ¡Es una fuerza de creación, no de destrucción! ¡Es magia en su estado más puro!

—¡Estás muerta por mi culpa! ¡Consumió tu vida! ¡Es una maldición!

—¡Escúchame! Es una maldición si lo utilizas enfocado en el odio o la desesperación. Si lo dispones para salvar la vida de quienes amas, habrá cumplido con su verdadero propósito.

—¡No quiero este poder!

Esmeralda sacudió la cabeza.

—¡Hice mal en querer encerrarlo! Es mi responsabilidad, no la tuya... ¡Por eso te pido que lo uses para el bien!

—¡Lo hice! ¡He creado una vida perfecta aquí!

—No, pequeña... ¡No es una vida real! ¡El poder acabará por corromperse y colapsará!

La muchacha cerró los ojos y respiró profundo.

—Si regreso, regresarán conmigo los recuerdos.

—Lo harán. Pero eres fuerte... ¡Tan fuerte como lo eres aquí!

—¡No es más que una ilusión!

—¡No! ¡Es la verdadera Esmeralda! ¡Debes creer en tu propia magia!

—Pero... ¿Y si fallo? ¿Y si no soy tan poderosa?

—Si tienes miedo a equivocarte, cierra los ojos y escucha a tu corazón...

Esmeralda llevó las manos a su pecho y asintió. Una luz intensa surgió, rodeándola por completo.

—Regresaré —afirmó.

—¿Estás lista? —preguntó su madre.

—Lo estoy.

Esmeralda tomó la forma de una estrella y se elevó.

«Gracias, mamá»

Una feroz batalla se había desatado. Aislan era atacado por su hermano, en un frenesí de cólera como jamás había presenciado. Astra se veía envuelta en una nube de tormenta que dejaba caer rayos de energía mágica por doquier. La ciudad parecía un verdadero campo de batalla.

—¡Eres una vergüenza para la familia! —rugió una voz demoníaca, mientras el muchacho era arrojado contra una pared por una bola de fuego.

—¡¿Fuego?! ¿En serio eso es lo mejor que tienes? —se mofó Aislan, limpiándose la sangre.

—¡Silencio!

El poderoso hechicero hizo levitar un automóvil y se lo lanzó a la cara.

—¡Mierda! —exclamó Aislan, esquivándolo con gran destreza.

—¿Recuerdas esta pequeña cosita? —dijo Damián, mientras jugaba con la daga de Aislan.

—No me digas que la metiste en tu...

Damián se volvió humo y apareció junto a su hermano. Tomó su cabeza y la estrelló contra el suelo.

—¡Dije silencio!

Aquel ser oscuro clavó el puñal en la espalda de Aislan y lo retorció con malicia.

—¡Hijo... de perra! —bramó el menor de los hermanos.

—Esa va por tu amiguita. Y esta va por Padre... Tu corazón será su cena.

Damián hizo crecer las uñas de su mano derecha hasta convertirlas en garras.

—Es pura envidia porque soy el hermano guapo, ¿verdad? ¡Lo sabía! —rio Aislan, entre escupitajos de sangre.

—¡¿Por qué no te mueres?! —respondió su hermano, clavándole las uñas en el pecho.

—Parece... que tengo... una estrella de la suerte.

El muchacho señaló el cielo. La tormenta de magia oscura se abrió para dar paso a una estrella fugaz que descendió sobre ambos.

—Aléjate de él. Aléjate de todo y no regreses jamás.

La voz de Esmeralda sonaba cargada de una potestad abrumadora. Ella brillaba con un fulgor enceguecedor.

—¡Estrellita! Es un placer conocerte... —dijo Damián, con una fingida reverencia.

—Te he dado una orden. Aléjate de todo y no regreses jamás —respondió la rubia.

Damián mostró una media sonrisa. Tronó su cuello y se abalanzó sobre ella.

—¡Esmeralda! ¡Cuidado! —gritó Aislan.

La joven no se movió. En un parpadeo, colocó su mano sobre la frente de su atacante y lo hizo desmayarse al instante.

—Cuando despiertes, te alejarás de todo y no regresarás jamás —susurró, y de sus labios brotó magia que convirtió las palabras en luz.

A paso lento, se acercó hasta Aislan.

—¡Esmeralda! —lloró él cuando logró alcanzarla.

La abrazó con fuerza. Cubrió a aquella estrella hecha mujer con todo el amor que era capaz de sentir.

Fastidioso mojado—dijo Esmeralda, con una dulce sonrisa.

—¡Fastidioso, golpeado y medio muerto! —respondió Aislan, mirándola a los ojos.

—He vuelto.

Esmeralda tocó su rostro. Él apenas podía mantenerse en pie.

—Debes escapar. Ellos no se detendrán... ¡Ocúltate, por favor!

Ella simplemente negó. Movió su mano y la daga que Aislan tenía clavada en la espalda apareció frente a ella. La herida se cerró como si nunca hubiera existido.

—El poder no debe ser retenido —dijo Esmeralda, como si entrase en un trance.

Aislan parpadeó, con la poca fuerza que le quedaba. La muchacha se acercó hasta quedar cara a cara.

—¿Qué haces? ¡Sé que soy irresistible, pero...!

Esmeralda lo besó. Fue para ambos tanto el primero, como el último.

—Cuando despiertes, te alejarás de todo y no regresarás jamás...

Aislan se estremeció, cerró los ojos y cayó preso de un sueño profundo. Intentó resistirse, pero fue inútil.

—No... ¡No!

Todo se volvió negro.

—Tendrás una vida feliz. Lo prometo —le dijo Esmeralda al oído, mientras el muchacho caía en sus brazos.

Decidida, caminó hacia el centro de aquel caos. De sus labios se escapó un conjuro antiguo; el mismo que su madre había recitado tantos años atrás.

«Su luz etérea, joya celestial en calma... ¡Teje sueños y esperanzas, danza en tu propia palma!» recitó en su mente.

Tomó la daga con ambas manos.

—¡Regresa a casa, Estrella! ¡Protege a Astra y cumple tu destino! —dijo, con voz firme.

Hundió el frío metal en su pecho hasta que alcanzó el corazón. Una potente explosión de energía mágica escapó y se elevó al cielo; brilló como si se tratase del mismísimo Sol.

Un último pensamiento cruzó por su mente, mientras se desvanecía y se volvía una con el todo.

«Gracias, mamá...»


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