Corazón de cristal
Info de la escritora:
Nacida en el Estado de México, en 2002, Made es estudiante de Ingeniería Química y escritora a medio tiempo. Comenzó en el mundo de la lectura en los géneros de romance y fantasía desde los once años. En sus ratos libres disfruta observar el panorama y los pequeños detalles, ya que sus palabras, prestar atención atrae inspiración.
Escribir forma parte de su día a día, y cuando no lo hace, se le puede encontrar leyendo o pasando tiempo con su pequeño gato negro. Actualmente, explora el romance oscuro, llenando huecos con amor que trasciende el tiempo y nos muestra villanos que en realidad son héroes, a la par que crea parejas peculiares.
Instagram:@made.hernandez.904
Wattpad: @MadeHernandez31
Al inicio, los adoquines del suelo parecen inocentes. No lo son. Las pequeñas ranuras que los separan son tan traicioneras como la vida misma.
—¡Reneyra!
La chica del frente lo confirma y lanza una maldición en condiciones. Si tuviera algo delpoderoculto en su sangre, sus palabras serían realidad. Lo que se vuelve un asco. Tenerlo te vuelve un blanco fácil para los cazadores.
Nuestra lengua cambia. Por eso parece que hablamos con acertijos. Acertijos entretejidos y algo mal entendidos.
—¡Reneyra, detente!
El tacón de mi bota se atora en una ranura al girarme, y mi tobillo cede un centímetro.
«Carajo»
Justo detrás corre Zeckbe con su vestido verde. Me llama como si su vida dependiera de ello.
—¡Nunca escuchas! ¡No puedes ir por la vida así! Cosas de importancia pueden suceder a tu alrededor... ¡Y siempre te las pierdes!
—No me las pierdo. Las ignoro.
Caminamos lado a lado. Observa los alrededores como si buscase algo en particular, sin saber qué.
Hace un par de días que llegamos. Todo porque esta noche es importante. Tan importante que no me salve de venir. La ciudad tiene una inquietante vibra que me da mala espina. Me hace esconderme entre la capucha de mi capa.
—Mamá quiere que vuelvas antes del anochecer. Dice que...
—Es peligroso andar sola. Lo sé.
Le doy un pequeño golpe en el hombro, a modo de juego.
—Así es.
—¿Cuándo me dirán por qué?
—¿Uh? ¿El porqué de qué?
Una tienda de antigüedades llama nuestra atención.
Esconder la verdad acerca de su nacimiento siendo una humana común sin poderes, cada día se vuelve una odisea más y más tediosa. Ponerla a dormir en cada evento se está volviendo poco considerado. No sabemos cómo puede repercutir en un futuro y al seguir siendo menor de edad, casarla está fuera de planes.
—¡¿Por qué tengo que andar siempre contigo?! No soy tu chaperona, ni tu nana.
Me río ante su comentario.
—Eres mi amuleto anti hombres.
—Deberías aprender a espantarlos sin tenerme como pretexto.
—Mmm... ¡Nah! Es más sencillo así.
Realmente lo es. Justo ahora mamá prepara las cosas para elWielpurgis. Todo eso, solamente para esta noche. Una donde la luna azul brilla con intensidad. Una noche dentro de tantas.
En el comienzo de cada ciclo una chica, la que más “dones” tenga, hace su iniciación. Este año, después de tanto, resultó que esa chica soy yo.
Es sabido que detesto el hecho de presumir las habilidades sobrenaturales que poseo. A palabras de mis padres, en mi sangre se acumularon poderes ancestrales de al menos siete generaciones. Lo que es bastante para lidiar.
—¿Saldrán esta noche?
—No lo sé... ¿Por qué preguntas?
—He notado que cada que salen, hay un silencio inquietante. Después siento como si algo estuviera estudiando mis movimientos desde las sombras. Me causa una sensación quisquillosa... ¡Me recorre desde las plantas de los pies, hasta la nuca! Cuando despierto, ustedes están ahí. Pero en mi piel persiste la huella de que algo me tocó... ¡Quizás son sueños locos!
Mi cara debió mostrar preocupación. Conozco muy bien que no se trata de simples sueños. He tenido la misma sensación de hormigueo desde que llegué.
—¿Te pasa seguido?
—Desde que cumplí quince. Que es más o menos medio año.
—¿Alguna otra cosa que sientas?
—En realidad, no. Suenas como un doctor preguntando los malestares a su paciente.
Entorna los ojos y patea una piedra con la punta de su bota.
—¿Tos? ¿Vómitos? ¿Diarrea? ¿Todo a la vez?
Bromeo y digo tonterías para distender el momento.
—¡Quizás por la noche me da frío o me muevo demasiado! Las actividades sensoriales del cuerpo se transfieren a los sueños, lo que hace que parezcan reales.
Algo no me convence. Se supone que las protecciones de casa funcionan, aunque no estemos. En todo caso, deberían. No creo que se necesite de una persona con habilidades para mantenerlas activas.
¿No es así?
El aire se llena con un aroma a papas fritas y carne asada. Zeck se va de mi lado
—¡Oh! ¡Mira eso! Iré por uno... ¡No te muevas!
Corre rumbo a un puesto de banderillas y hamburguesas.
—Aquí me quedo.
—No te muevas, Neyry... ¡Te veo!
Me señala acusatoria con su dedo índice.
—Aquí estoy.
Retrocedo un par de pasos, No salgo de su campo de visión. Me recuesto en la corteza de un árbol, y cubro mi rostro del sol.
Todo es tan sospechoso. Puedo sentirlo. Mi piel descubierta reacciona como si una brisa gélida me rozara.
Escucho gorgoritos, burbujeantes y atronadores. Eso no suele oírse en esta zona. Por instinto, me pongo tensa. Es un lenguaje propio de los Meidyka. Y los Meidyka están en el noreste, a kilómetros de aquí.
El escalofrío se intensifica. Si hay uno cerca, algo tiene que pasar. Su naturaleza es el desastre. Su círculo no es muy amigable con los nuestros. Hay una probabilidad remota de que no sepan que es nuestro territorio de fiesta, que es importante. Astra es de los pocos lugares ceremoniales que nos quedan.
La electricidad llena el aire y las nubes grises se apelmazan en el cielo. Los pocos rayos de sol que quedaban, desaparecen. Zeck aún no vuelve y mis nervios se disparan.
Todo se torna gris. Un relámpago parte el cielo. La temperatura baja.
Reacciono.
Salgo de la sombra y la busco junto al carrito de comida. El viento juega con todo, y arrebata lo mal sujetado.
—¡Zeckbe!
Mi Corazón cae al piso, presa de la ansiedad.
No la perdí de vista por mucho tiempo; fueron solo un par de segundos.
«¡No! ¡No puede estar pasando!»
—¡Zeckbe!
Corro. Esquivo gente.
—¡¿No ha visto una niña de vestido verde y trenzas?!
Mi respiración es errática. Siento un sudor frío cubrir mi espalda. El hombre se levanta de hombros mientras sostiene una banderilla en una mano.
—¡Si no vas a comprar, muévete! Hay gente detrás de ti que sí lo hará.
El paso que doy me desestabiliza.
—¡Adoquines de mierda!
Lo veo. Rastros de magia prohibida; hilos finos que rodean los malditos adoquines. En cuanto los noto, el aire a mi alrededor vibra. Cada fibra de mi magia se aferra al rastro hasta que puedo captar la esencia del usuario. Si Zeckbe tuviera magia, su rastro sería más sencillo.
Mi mente se aferra a mantener el inicio y camino en su dirección. El viento revuelve mi cabello.
—¡Señorita!, ¿Se encuentra bien?
—¡Déjenme pasar! ¡Quítese!
Siento el pequeño empuje que ejerzo al moverme. Voy a ciegas en el plano físico. Mi cabeza da vueltas. El mareo reprime el uso de mi rastreo.
«Quien quiera que sea, sabe protegerse...»
—Señorita... ¡Le sangra la nariz!
La mujer me sujeta del brazo al mismo tiempo en que alguien nos empuja, sacándome del trance espiritual. El impacto me hace caer de bruces y los hilos que de mi poder que se empezaban a entretejer, se rompen como la cosa más frágil.
—¡Agh!
Duele como el maldito infierno.
De nuevo el cielo gris. El mareo me hace enfocar todo y nada. Una sombra oscurece mi visión.
Susurro algo antes de caer por completo al vacío.
Adfecto proteiyo...
—¡Irene! ¡Neyra ha despertado!
—¡Gracias a la Gran Diosa!
Mi madre aparece de repente. Me toma por los brazos y me abraza con fuerza. Mi cabeza parece latir; se siente pesada. Sigo algo mareada.
—¿Qué...?
—Llegamos tan rápido como pudimos.
Observo los tablones del techo, sintiendo mi realidad.
—¡No lo suficiente!
Descargo toneladas de frustración. Mi boca sabe a hierro.
—Déjalo ser. Lo que importa es que estés bien, sana y que no te sobre exigiste. No manejas del todo tus dones.
«¿Este es el momento en donde me doy cuenta de que todo fue un sueño y en realidad Zeck está bien?»
—¡Los manejaría si me dejaras ver qué tanto soy capaz de hacer! ¿Dónde está Zeck?
—Ella no es como nosotros. Sabíamos que eso podía pasar en cualquier momento.
Intento sentarme.
—¡Zeck es mi hermana! ¡Es tu hija! Que naciera sin poderes no la hace un miembro débil de la familia.
—Lo hace, cariño. Protegerla implica magia y desgaste emocional.
No puedo creer lo que está diciendo. Me levanto del sofá y trato de caminar hasta la puerta. Me tambaleo en el intento. Una tenue luz verde ilumina el contorno. Magia de sellado.
—Déjame salir.
Fijo la vista en la madera oscura de la puerta.
—No.
—Rompe el sello. Ahora.
—Las miradas de rabia no funcionan conmigo. Lo sabes de sobra.
—Entonces tiraré abajo la pared o cabaré un pozo y pasaré por debajo...
Alza una ceja. Odio ese gesto suyo.
—Inténtalo. Me gustaría verlo.
Suspiro. La resignación no es algo a lo que me guste acostumbrarme.
—Déjame salir. Por favor...
—Esta noche es tu iniciación, querida. Mantenerte a salvo es nuestra mayor prioridad. De eso depende la seguridad del aquelarre.
—¿Otra vez con la historia de la llegada milagrosa? ¡Soy un maldito milagro! ¡Hurra!
—¡Hacía siglos que no teníamos una hermana tan poderosa! Mi niña... ¡El clan quedará bajo el poder de tus palmas! Eres la única en generaciones que presenta las señales.
—Hay Meidykas allá afuera. Esas cosas se alimentan de sangre, son impulsados por el mero propósito de causar destrozo y dolor.
—Sé lo que son y de qué son capaces... ¿A dónde quieres llegar?
—¡No es su territorio, madre! Algo está por suceder. Lo sé... Y Zeckbe también lo sabía.
—¡¿De qué hablas?!
Su sorpresa parece real.
—Ella me lo dijo. Hace meses que siente cómo la observan desde las sombras.
—Eso...
No sabe qué responder.
—Déjame ir... O lamentarán haber levantado su protección.
El aire cambia dentro de casa. Como si las palabras adivinaran su propósito.
—He dicho que no. Insistir es inútil.
Aprieto los puños hasta dejarlos blancos. Siento tensa la mandíbula.
—Le quitaste su protección. Por eso lograron llevársela.
Su silencio significa que tengo razón.
—Querida...
No pienso dejarla hablar. Ni una sola palabra más.
—De lo contrario, ella habría vuelto a mi lado y hubiéramos caminado hasta elRoble del Tiempo... ¡Quería imaginar a mi hermana en el primer Deirban del Wielpurgis de esta noche, invocando el recuerdo de su sonrisa al recitar el juramento de compromiso!
Dejo escapar una lágrima. Solamente una.
—No seas necia, Neyry. Basta ya de tanta rebeldía absurda.
—Última oportunidad...
Desconoce el límite real de los poderes que poseo. De los once dones que puedo manifestar, apenas he mostrado siete. Algunos me limitan más que otros; suponen un nivel de perfección que aún no logro alcanzar. El onceavo pone en peligro mi vida. Lo descubrí no hace mucho.
—No puedo dejarte ir. Te lo he explicado.
Sus ojos bailan por cada rincón de la casa. Está buscando una salida.
—Claro que puedes. O te haré hacerlo. Tú eliges.
—No te atreverías.
Retrocede con vacilación.
«Los fuertes se protegen a sí mismos y a sus intereses. Losmásfuertes, protegemos a los demás.»
Sus manos brillan con un fulgor verde. Símbolos se pintan en el aire entre nosotras. Una pared circular se cierra. Me deja aislada como a un gato rabioso.
—Mal movimiento, bruja verde...
La risa amarga que sale de mi boca se escucha extraña hasta para mí. Mi pequeña hermana volverá sana esta noche. Es la única que comprende cómo me siento. Ha estado conmigo en cada momento débil. Atendió mis heridas cuando nadie quiso hacerlo y me ha dado de comer cuando nadie más lo hizo. Necesitamos la una de la otra.
«Fui criada para ser una guerrera en pos de los demás.»
Tengo magia gris. Causa de largos debates con el círculo interno.
¿Qué si sería mala? ¿Qué si sería buena? ¿Qué si debían dejarme con las brujas del caos o lanzarme por el acantilado?
Presenté cada uno de mis dones en un lapso de diez años. Dones que vieron como oportunidad de regresar a la gloria que supieron poseer. No les importó que solamente fuera una niña que buscaba amor, cuidado y diversión.
—¡Quitaras el sello sobre mi cabeza! ¡Ahora!
Pequeñas llamas de dorado intenso brotan por cada uno de mis poros. Algunas logran atravesar la barrera, pero desaparecen al instante.
«Sé que puedo lograrlo... ¡Sé que puedo llegar hasta ella!»
La pared mágica se encoge hasta apretarme los hombros. Trata de desconcentrarme.
—¡¿Qué clase de truco de feria es ese?!
La barrera se cierra aún más. Noto el cansancio en su mirada. Sabe que retenerme le costará más de lo que pensaba.
«¡Te tengo!»
Chasqueo los dedos y un destello ambarino estalla frente a sus ojos. Parece estar envuelta en una nube de polvo de hadas. Los ojos de mi madre se abren a más no poder.
—¡Sorpresa! Poseola manipulaciónsin necesidad de un vudú.
—¡No! ¡Detente!
El sello que me retiene desaparece a mi orden.
—Con eso son ocho dones... ¡Quita el sello de la casa!
Se resiste. Con un leve movimiento de mi mano, no tarda en obedecer.
—¡No puedes hacerme esto!
Intenta escapar. No se lo permito. Puedo controlarla como a una marioneta.
—La magia de Zeck es laadivinación en sueños. Al obligarla a dormir cada maldito año, solamente se logró que su magia se retrajera... ¿De qué otra manera sabría que algo vendría por ella?
—No lo sé...
Mis ojos chispean con magia dorada.
—Lo sabes. Habla.
Intenta negarlo, pero soy más poderosa. Las palabras fluyen entre sus labios.
—Hace dos años... ¡Soñó con una gran manifestación deMagia de Perdición!
—¿Qué más?
La obligué a continuar.
—Soñó que estabas en el centro de aquel torbellino oscuro... ¡No le creí!
Se nota algo angustiada. Sé que es una mera actuación. Mantengo la concentración sobre mis poderes.
«Personas como ella no deberían dar vida. No todas están hechas para ese honor.»
—Eres detestable.
Gruñe y trata de retorcerse.
—El Aquelarre prevalecerá. Te guste o no.
Despego sus pies del suelo y la arrojo hasta su habitación a través del pasillo. Apenas puedo oír lo que dice.
Deambulo por el límite del bosque. Busco como un sabueso cualquier rastro que me lleve hasta ella.
«¡Maldita sea! ¡No puede ser!»
Ni una señal. Como si nunca hubiera existido.
Escucho sonidos de flauta. Le siguen tambores suaves que son acompañados por una lira, y la voz de una mujer que entona cánticos a la naturaleza.
Suspiro con desgana y continúo la marcha.
Termino donde planeaba comenzar.
Las hermanas me reciben con alegría y emoción. Inclinan la cabeza en mi dirección.
Me siento falsa en esta piel, en este lugar. Sonrío de manera tensa.
Los preparativos ponen a todo el mundo en movimiento.
Alguien se acerca.
—Alabada sea nuestra Madre.
—Y bendecida sea.
Respondo y coloco ambas manos en posición de oración sobre mi frente.
—Eferna... ¿Has visto a tu madre Irene?
—Me temo que está indispuesta. Sigue conmocionada por la desaparición de mi hermana. La hemos buscado toda la tarde...
Sueno consternada, pero no lo estoy. Me enfurece que todo el mundo esté emocionado por mi asunción, como si la desaparición de una de nosotras resultase irrelevante.
«Si se tratase de alguien más, moverían cada adoquinado del maldito pueblo»
—Es una pena, gran Eferna.
Mi olfato se llena de un aroma a metal y anís.
Dedico una sonrisa y me retiro. Si se trata de quien yo creo, lo más probable es que estén en lo más profundo del bosque. Los Meidykas podrán ser muy listos, pero suelen ser muy obvios.
—Voy a adelantarme al lugar de la ceremonia. Me gustaría meditar y prepararme, hacer cambios en la atmósfera del lugar. Si seré líder a partir de hoy, lo haré a mi manera. Necesitaré unos minutos a solas... ¿Está bien?
La mujer asiente.
Eferna es el nombre que me han otorgado y lo portaré durante toda mi vida. Como si fuese un título de reina o similar. No es lo que elegí, no es lo que quería para mí. Me orillaron hasta aquí.
No tengo dudas de que en cuanto pise ese trono, querrán influir en las decisiones y mangonear para beneficiarse.
Las ramas y hojas crujen bajo mis botas. Escucho a las cigarras y las aves que huyen a mi paso. Las mangas de mi vestido se atoran en las ramas bajas. Tiro de ellas.
«¿Qué necedad de un vestido tan largo?»
Aunque es bonito.
Camino a oscuras, hasta que llego al roble torcido. Sus ramas secas se tuercen en varias direcciones. Sus raíces dan pie al pequeño trono, rústico y natural. Paso los dedos sobre la superficie. Puedo sentir la rugosidad y la frialdad en mis manos. Sus raíces encogen sus extremidades, como si temieran.
Luz morada pinta mi silueta en el suelo irregular. Sin siquiera pensarlo, elAdfecto proteiyose conjura. Una luz dorada me cubre por completo, con la forma de un cubo.
—¡¿Qué carajos?!
Grito mientras intento presionar el escudo hacia arriba. La bestia manifiesta una llama azul. Es demasiado poderosa.
—No puedes ascender.
La voz se pronuncia entre choques de huesos resecos. Una cabeza gira con espasmos. Ojos negros y cabello encrespado amenazan mi presencia.
—¡No!
Lanzo un rugido.
—¡Debes desaparecer! Como ella...
Apunta detrás de mí.
El cabello color miel de Zeck se ve blanquecino. Su piel, siempre llena de vida, ahora es pálida y enferma. Su vestido verde está mugroso, cubierto de barro y arañado.
—¡Zeck!
—No. Debes. No.
El Meidyka se mueve. Todo su ser traquetea mientras otra estela azul se forma sobre su cabeza.
—¡Zeck! ¡¿Puedes oírme?!
—No...
Su cabeza vuelve a moverse con un espasmo y produce otro gorgoreo.
Mis habilidades me permiten muchas cosas, pero nunca las he usado para dañar a nadie.
Grito con fuerza hasta sostener el escudo sin las manos. Uso sólo mi voluntad. Respiro con dificultad y miro al cielo oscuro.
La lluvia de estrellas comienza. Me da unos escasos quince minutos para terminar con esto y presentarme ante el concejo.
Impulso la raíz del árbol a mi izquierda bajo tierra. Siento cómo se mueve, como se abre paso. La luz que emite es de un marrón oscuro.
La cabeza del monstruo traquetea de nuevo. El aire huele a azufre y carbón. Sus manos se elevan sobre él, dejándome ver su piel gris.
—¡Los de tu especie no deben estar aquí!
—Eres. Débil.
Escupe con cizaña.
Ondeo mi muñeca derecha, doy un paso hacia atrás ladeando mi cuerpo. Tomo impulso y lanzo mi brazo al frente con la palma hacia arriba.
La raíz cruje, abriéndose paso entre la tierra. Sale disparada en punta hacia al pecho del Meidyka.
Alzo una roca y le aplastó el cráneo. Porquería negra y gris salpica por todas partes.
Me giro para ver a Zeck ser sostenida por otra bestia más.
—¡Suéltala!
Asiente y la arroja al árbol, al mismo tiempo que la tierra bajo mis pies tiembla. Ella impacta contra la corteza y yo caigo de bruces. Me golpeo de lleno el rostro y siento que el aire abandona mis pulmones.
—Ser. Débil...
Recupero el aire. Siento la cara caliente y un sabor arenoso en mi boca. Escupo. Me preparo para otro impacto.
Escucho las voces más cerca. La gran estrella no tardará en aparecer.
Mi atención sigue puesta en el Meidyka. Las otras raíces en mi control aseguran a Zeck al gran roble. Escucho su rechinido mientras se moldean sin lastimarla.
—¡¿Por qué vinieron?!
—Gran estrella... Hoy. Gran Iky llevar. Debes morir. Debo. Matarte.
Suena un poco más inteligente que su compañero caído. Cambia su peso de un pie a otro mientras habla.
Suelto una carcajada.
—Inténtalo... ¡Vamos!
Da un aplauso. Sus dedos esqueléticos se mueven como si tejiera algo. Sus ojos se tornan de un azul brillante, casi luminiscente. La atmósfera cambia de nuevo, oscilando de morado a azul.
La sonrisa de dientes podridos me hace sentir repulsión. Mis sentidos se abren a todo.
—Yo matarte.
—Sí, sí... ¡Yo devolverte al mugrero del que no debiste salir!
El cielo se despeja. Las estrellas pasan en una lluvia constante.
«¡Usa encantamientos del libro de los Ernyx! ¿Cómo es eso posible?
No me lo pienso dos veces. Deslizo mis pies sobre el suelo para formar una runa. Siento la tierra deslizarse bajo la planta de mi pie, como si no existieran barreras.
En un intento por distraer mi atención, la bestia lanza algo que quema mi mejilla. Parecía tan brillante y cálido.
—¡Carajo!
Un rastro de polvo brillante le sigue antes de volverse gris por completo.
Sube los brazos. Sus ropas se mecen, pero entre sus manos no hay nada. Uso elrastro de magiay lo veo.
«Está... ¡Arrojando las estrellas!»
Veo la conexión espiritual de todo. Una sinapsis brillante y repleta de vida. Siento cómo los colores zumban en mis palmas. Veo la estela de otra estrella en mi dirección. Inhalo profundo. Mantengo la calma.
Doy un giro y la retengo entre mis manos. Siento el calor; los eones detrás de su intensa luz y aquel color.
—Las estrellas no deben ser traídas a la tierra. Su lugar es allá afuera, en la negrura del universo... ¡Aquí las condenas a morir!
Elevo la estrella hacia el cielo y la redirijo al Meidyka con un movimiento de mis dedos. Sus ojos se abren. La descarga impacta en su pecho.
—Poder... ¿Qué más poder tienes? Tú...
El hecho de que hable corto y con palabras revueltas me confunde.
Sus manos planchan algo invisible entre nosotros. Se proyecta la página de un libro. Apenas pueden distinguirse algunas pocas palabras.
“Pocos podrán manipular el universo mismo sin que les cueste la vida. La manipulación se puede lograr sacrificando algo con el mismo brillo de lo que se quiere atraer. De lo contrario, el costo es la vida misma.”
Mi cerebro hace clic. Mi vista vuela en dirección a Zeck. Ahora está más pálida.
—Tú. No hay cambios. No sacrificio. Tú...Manipulasel universo.
Suena sorprendido.
La ira y desesperación crecen dentro de mi pecho. Las rocas a mi alrededor levitan. Giro las palmas y lanzo mis brazos hacia el frente al mismo tiempo que cierro los puños. La nube de piedras sale disparada en su dirección.
Aprovecho la distracción para correr hacia Zeck. Me arrodillo a su lado.
—¡Despierta!
Sus ojos pierden la vida a cada segundo. El color de su cabello se desvanece
— ¡¿Qué le has hecho?!
—Belleza ahí. No valorar.
—¡Claro que la valoro!
—No valorar.
Su dedo huesudo me señala.
—¡Lo hago!
Se me corta la voz. No sé qué hacer para detener su deterioro.
—No valorar.
Una sonrisa siniestra divide su rostro. Mira al cielo y ríe como un loco contento.
Observo mi sombra. Zeck se pierde cada vez más.
«¿Qué hago?»
Miro para todos lados en busca de una respuesta. Mi vista cae en las agujetas de mis botas. Un negro sólido, entretejido, que deja ver su patrón.
Entiendo.
Me alejo caminando de espaldas.
Grito. Empujo mis palmas hacia el suelo. Toda la flora del lugar se desvanece, como si fuera succionada desde abajo. Pierde color y se esfuma; deja el espacio de un color café arena, sin vida.
El Meidyka retrocede. Sus huesos chocan al caer al suelo. Ríe con sorna.
—Tarde. Hechicera.
Gatea hacia atrás mientras intenta alejarse de mi sombra amenazante.
Tiro de sus piernas. Pongo mi pie en su pecho y presiono el tacón sobre su corazón.
Apunto con mi dedo índice a su frente y tiro del hilo que pertenece a su memoria. Le sonrío.
Llevo el hilo a mi sien y lo hago parte de mis propios recuerdos. Tiene muchos huecos, parecido a su habla.
Me alejo y chasqueo los dedos. Una raíz le atraviesa el pecho.
La luz del cielo es más clara, señal de que la estrella se acerca. Con ella, la vida de Zeck termina.
«Si el idiota de atrás no la atraía...»
Manipulo la esencia de su alrededor. En lugar de rastrear, lo que hago es abrirme camino entre los hilos espectrales.
«¿Hilos verdes?»
El diálogo repetido del Meidyka se ancla al fondo de mi mente.
«No valorar»
Me giro, aún con los ojos cerrados. El resto de la maraña cae, dejando solamente ese color.
Magia de sellado.
—Iré por tu cabeza. Lo sabes bien.
Mi sentencia se pierde en el vacío.
No necesito mi vista física para ver su maldito poder en mi visión.
—¡Bien hecho, querida! Pero ya es tarde...
—¡No!
—Su vida se desvanece.
Canturrea con emoción.
—No quitaste su protección... ¡La cambiaste de posición! Sellaste sus poderes.
—Lo hago por tu futuro, Neyry. Por el futuro del aquelarre.
—Lo entendí todo.
Su sonrisa amable fue sustituida por la verdadera. Me observa con odio, envidia y tristeza.
—¡No mereces ser la suprema!
—Protegiste tu rastro. Eso fue inteligente.
Alzó una ceja.
—Algo que jamás aprendiste a ser.
—Aliarse a los Meidykas fue muy bajo. Despreciable...
—¡Hice lo que debía hacer! Si no lo entiendes, no eres más que una necia.
Me acerco.
—¡Entonces haré lo mismo! ¡Que así sea!
—¡No tienes idea del poder que tratas de enfrentar!
—Lo mismo digo, Madre...
—La estrella vendrá a nosotras. Lo único que lograste fue ayudarme a traerla más rápido. Ahora me pertenece...
—¡Conozco todo tu maldito plan! Usar la estrella para lograr manipularme.
Puede percibir cómo mi poder crece a cada paso. Eso le causa temor y puedo notarlo a simple vista.
—¡Detente! ¡Te lo ordeno! ¡Hagas lo que hagas, ella morirá!
Su rostro demuestra pánico. Realmente no sabe cómo controlar aquello que tanto anhela.
Cierro los ojos y chasqueo los dedos. Su cara se contorsiona y cae de rodillas.
—No pienso obedecerte. Y ella no va a morir...
Sonríe y algo me rodea las piernas.
—¡Mierda!
Caigo de lado. Mi cabeza duele y todo se vuelve borroso.
Mi madre acuna la estrella. Habla con la voz pastosa. Luz azul le ilumina el rostro. Sus pupilas se dilatan; disfruta del poder.
—Bajaste la guardia, cariño... ¿En serio te pensabas capaz de enfrentarme?
—¡Maldita seas!
No puedo ver bien. No entiendo qué está pasando.
—¿Maldita? ¡Oh, no! ¡Todo lo contrario! Esta estrella es especial... ¿Lo sabías?
Siento angustia, miedo y desesperación. Lucho contra el zumbido en mi oído. Giro sobre mi espalda.
«Maldito vestido poco útil»
Limpio la sangre de mi nariz con la manga.
—¡Regrésame a Zeck!
Ni siquiera me escucha.
—¡Cumple deseos! ¡Cualquiera que puedas imaginar!
La estrella duplica su tamaño y se dispara en mi dirección. La luz me impide ver. Impacta contra mis brazos en equis y vuela en otra dirección. Parece fuera de control.
Me levanto e intento detenerla. Se dirige directo al roble, justo donde descansa mi hermana. Su forma se expande, el aire zumba.
Sé que mi madre se ha ido. En su lugar queda apenas una pila de polvo.
—¡No! ¡Por favor! ¡No!
Suplico. Lucho contra el vestido que me obliga a caer. Me pongo de pie y corro.
Mi paso se queda suspendido en el aire. La estrella sube hasta la copa del roble. Las ramas acunan parte de su luz.
Una voz melódica y sabia me habla. Suena como el susurro de una madre amorosa; como la caricia de un pétalo suave.
—¿Qué deseas?
—¡Proteger a mi hermana! ¡Tenerla siempre conmigo!
Lo suelto sin pensar. Sollozo, mientras mi voz cae en la desesperación.
—Sabes que el precio de traerme es alto e irreversible.
Su tono continúa amable.
—¡Ese no es el punto!
—Lo es. Hablamos de Zeckbe y de mi propia existencia. Levántate.
Mis pies se elevan del suelo. Algo cálido me envuelve y me hace levantar los brazos. Siento como si husmeara en mi ser.
Observo a mi hermana a los pies del roble. Mi cuerpo desciende y el de ella se eleva, como si todo el tiempo estuviéramos en una balanza.
—¡¿Qué está sucediendo?!
—Tomarás lo que te será otorgado y lo protegerás con tu vida. Lleva a tu clan por el camino del bien.
—¡¿Qué haces?!
El cuerpo de Zeck flota hasta unirse a la estrella. Poco a poco, es consumida por su poder.
—Ella te da su corazón. Es su deseo. En él se encuentra su ser, su poder y voluntad. Es una niña fuerte y considerada...
—¡Detente! ¡Le haces daño!
—Ella lo ha querido así.
A mi cuello llega un pequeño cristal con cadena plateada. Los huecos en los recuerdos del Meidyka se completan.
«Usaré la estrella para encapsular los poderes de Reneyra. Después, el resto del lugar será suyo. Nos desplazaremos al norte y el pueblucho será de ustedes para hacer su voluntad. Astra me importa poco...”
—Mi madre... ¡Nos vendió!
—Tu madre ya no está. Canaliza esa energía en aquellos que creen en tu poder, Reneyra.
Miro a la estrella sobre mi cabeza.
El viento forma un remolino a mi alrededor. El tiempo parece detenerse. Extiendo los brazos y casi puedo sentir a Zeck. Ella se despide. Lo hace sin palabras; es apenas un sentimiento que me abraza.
—Lo siento... ¡Lamento no protegerte como debía! ¡Perdón por no ser una buena hermana mayor!
El llanto que acompaña su partida me parte el corazón.
—No hay nada que perdonar...
Su voz me acaricia la mejilla. La estrella se ilumina aún más y regresa a su lugar en el cielo. El tiempo regresa a su estado natural.
Una avalancha humana llega desde atrás.
—¡Gran Eferna! ¡Por nuestra gran madre!
Todo el mundo se inclina. Giro y encuentro a la estrella, chispeante y ardiente. Oigo gritos.
—¡Alabada sea nuestra gran Madre!
—¡Y bendecida sea Eferna! ¡Que nos ilumine el camino y nos lleve a ser libres y capaces! proclamó
—¡Bendecida sea!
Vítores se suman a las palabras de las ancianas.
Miro el roble. Sus raíces me abren camino hasta la silla en su corteza. Levanto las manos en señal de silencio. Poco a poco, se yerguen ante mi presencia. Pero no solamente el aquelarre, sino también la flora del lugar. Las luciérnagas bailan entre nosotros.
—¡Por un nuevo Deirban! ¡Y un renovado Wielpurgis!
La luz de la estrella se instala en el corazón de cristal. Ilumina mi pecho y me llena de calor.
Gracias Astra.