CUANDO CAIGA LA ÚLTIMA TARDE
INFO DE LA AUTORA
Aunque lo intenté, no pude evitar mirarme en el espejo del elevador. El reflejo me mostraba a alguien que lejanamente se parecía a mí.”
Una tarde, hace varios años, descubrí que no me reconocía. No tenía metas. Todo lo que había deseado, lo había cumplido. Y me derrumbé.
Tardé. En la oscuridad de mi tristeza, me reinventé una vida.
Nací y aún vivo en la ciudad más hermosa: Córdoba. Divido mi tiempo entre ser Coach live ontológica, dar Mentorías de Escritura y, por sobre todo, ser la Directora de Klavier Ediciones.
LIBROS PUBLICADOS
* LOS SENSUALES SECRETOS DE LA PLUMA - GUIA PRÁCTICA PARA ESCRIBIR ROMANCE
*ALGO DE MI BOBE Y ALGO DE MI MÁMELE - CUENTOS INFANTILES
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Por la ventana de la silenciosa sala de estar entraban los últimos rayos de sol de la tarde.
El sonido del tubo del teléfono al colgarse hizo eco. Ethan levantó la vista, mirándose en el espejo que estaba frente a él. Aquel era el rostro de alguien que ya estaba muerto.
«¿Cómo puede ser quetodonos juegue en contra?» pensó.
La barba entrecana y los hombros cansados hacían juego de manera macabra con sus mejillas hundidas. Era extraño, pero tuvo la sensación de volver a ver a su padre en el reflejo.
«¿Así se siente irse antes de tiempo?»
Treinta y ocho años. Egresado con honores de la Universidad de Bayalona, con un Doctorado en Astrofísica y otro en Cosmología, Ethan era una promesa dentro del campo de la divulgación científica. Incluso había logrado obtener un codiciado puesto como profesor en la Tecnológica de Astra. Sus colegas murmuraban que estaba dentro de los candidatos a ser el próximo Premio Nobel en Astrofísica, a causa de sus investigaciones en la habitabilidad de los exoplanetas.
«Y aquí estoy...»
Intentaba no ahogarse con su propia sangre cuando los ataques de tos le impedían respirar.
Oyó el portón automático de la cochera descorrerse y sonrió de manera inevitable. El sólo hecho de que ella estuviese cerca era reconfortante. Quizás algunos le llamaran loco, pero estaba seguro que cuando Amelia llegaba a algún sitio, el aire era más dulce, los sonidos más agradables y se podía sentir su alegría vibrar. Transformaba todo a su alrededor.
—¡Amor! ¡Lo conseguí! ¡Encontré el libro! —anunció Amelia, con su voz cargada de felicidad.
Sonaba como mil campanillas en la brisa. Ethan extendió su mano para acariciar el rostro de la única mujer que había amado en la vida.
Aún recordaba de forma vívida aquella mañana de septiembre. Ambos tenían doce años; Amelia acababa de mudarse con su familia a Astra. Entró de manera tímida al aula, y la maestra la presentó a la clase.
Ethan la observó sorprendido y supo que la amaría hasta su último latido.
—¿Qué libro, cariño? ¿La novela que estabas buscando?
—¿La de Java Dixon? ¡No! Está agotada... De todos modos, le pedí a mi amiga Sarah que me la enviara. Ahora que está en Bayalona, será más sencillo conseguir esas cosas.
—¿Cómo la está tratando el rector Cione? ¡Es un verdadero hijo de puta!
—Me dijo que el rector está buscando excusas para despedirla. Pero Sarah está de novia con un asistente del alcalde... ¡Así que tiene un ángel que la protege!
—¿La señorita Celarrayan de novia? ¡Eso sí que es un milagro!
—¡Toda noche tiene un amanecer! Pero... ¡No hablaba de eso! ¡Encontré el libro en la biblioteca! ¡Espera que guarde las cosas en el refri y te lo muestro!
Ethan se sentó en una de las sillas altas de la cocina, mientras su esposa dejaba las bolsas de las compras sobre la encimera de mármol blanco. El cabello negro como la noche caía en ondas sobre su espalda, meciendose suavemente. Tarareaba, mientras el vestido de flores la acompañaba en cada movimiento.
El vientre crecía, guardando en su interior una promesa de eternidad. El hijo de ambos, el que buscaron con desesperación durante los últimos quince años, al fin se había vuelto realidad. Sabía que tenía que hablar con ella de manera urgente acerca de la llamada del doctor Murray.
«¿Cómo se hace para romper el corazón de aquella persona que amas más que a nada en esta vida?» se preguntó, mientras su esposa le recordaba no comerse todas las galletas de chocolate.
Cuando terminó de acomodar todo, Amelia tomó dos tazas del estante y preparó té para ambos. Minutos más tarde, el blend de aromas frutales se elevaba desde las tazas de Bob Esponja y Patricio Estrella.
—¡Te lo conté hace unos días! Cuando fuí a ver a Vivian, y me tiró las cartas, me habló del libro y la leyenda.
—Amelia... Vivian acierta sólo la mitad de las veces...¡Hasta un reloj roto da la hora correcta dos veces al día!
—Eso significa que tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de que sea real.
Ethan puso los ojos en blanco.
—¡Así no funcionan las probabilidades!
—¡Tienes que aprender a ver el vaso medio lleno! Sé que eres un hombre de ciencia, y que necesitas “pruebas” para creer.
—Se llamaevidencia.
Amelia suspiró.
—Sólo... ¡Sólo quiero explorar todas las posibilidades antes que...! —dijo mientras su rostro se ensombrecía.
Hizo pequeños círculos con el dedo sobre su barriga. Como apoyo a su madre, el niño se movió en ese instante. Ethan sonrió.
—¿Y eso?
—¡¿Ves?! ¡León apoya a su mamá!
—¿León? ¿No habías elegido Enzo?
—Lo cambié. “Enzo” rima con “menso”. No quiero que le digan “Enzo Menso” en la escuela.
—¡Ja,ja,ja! Okay... ¡Me vencieron! ¡Son dos contra uno! Cuéntame del libro.
Amelia removió su bolsa personal con ansiedad. Sacó algunas de las cosas que contenía y las desparramó en la mesada. Una botella de agua, medio paquete de chocolatePlick Plock, folletos de maternidad, un pequeño chaleco celeste a medio tejer... Hasta que, de forma primorosa, extrajo con cuidado un libro de aspecto antiguo.
La cubierta era de cuero ajado, con el dibujo de una ciudad luminosa sobre la cual brillaba una estrella.
—Hace días que voy y vengo en la biblioteca... ¡Aquel lugar es enorme! Por lo general, los estudiantes o los que van de paso se quedan en las áreas más comunes... ¡Pero es un verdadero laberinto! Vivian me dijo que tenía que hablar con el más antiguo archivista del lugar.
Mientras Amelia continuaba la charla, tomó del pote una galleta con chispas y la comió de un bocado.
—¡Hace días que lo buscaba! Aparentemente estaba de licencia o se había ido a la playa. Nadie sabía cómo ubicarlo. Sus tres reemplazos trataron de encontrar el libro, pero la biblioteca tiene cientos de secciones y miles de libros... ¡Y yo sólo tenía el dato del nombre! Ayer por la tarde, uno de los asistentes se acercó y me dijo que no podían perder más tiempo ayudándome a encontrar un libro que probablemente no existiese...
—¡Amelia! ¿Por qué no me dijiste? ¡Te hubiese acompañado!
—Porque sé que no crees en estas cosas. Sé que es algo que nos ayudará... ¡No todo es comprobaciones y el método científico! En fin... De modo que hoy estaba sola en mi búsqueda.
» Pero estaba agotada. Lo único que encontraba eran arañas y familias de polillas. Decidí sentarme en uno de los pasillos, ya que León había estado pateando todo el día. Creo que a su modo estaba diciendo “¡Debes tomarte un descanso!“. En eso, apareció una larga sombra en el pasillo. Me puse a observar, y noté que la sombra estaba muy entretenida acomodando los estantes y reordenando los viejos libros. Cuando levanté la vista, pude comprobar que del otro lado del pasillo había un hombre que estaba inmóvil, con sus manos tomadas por la espalda. Supongo que mi cansancio debe haberme jugado alguna mala pasada.
—Señorita... ¿Está usted bien? ¿Puedo ayudarla en algo? —me dijo, con un leve acento que sonaba inglés.
Caminó con paso firme y extendió su mano para ayudarme a levantarme.
—Gracias... Sólo estaba descansando mientras maldecía al viejo bibliotecario.
—¿Al señor Pontmory?
—¡Exactamente! ¡Justo la única vez que vengo aquí con una emergencia, es el día que se toma vacaciones! ¡Maldita sea! ¡Espero que no consiga una habitación con vista a la playa, que le sirvan un mojito aguado y que la arena esté tan caliente que no pueda disfrutar ni un ápice!
» Al ponerme de pie, noté que aquel era un hombre inusual, de aspecto excéntrico. Algo calvo, con una barba corta blanca y lentes redondos como lunas. Llevaba un traje de paño bastante grueso y un reloj de bolsillo que juraría que en lugar de hacer tic-tac,latía...
—Una especie de mezcla entre Dumbledore y Alfred de Batman... —añadió Ethan, mientras agregaba dos terrones de azúcar a su taza de Bob Esponja.
—¡No seas malo! El señor Pontmory es... ¡Bueno, sí! Se parece a Alfred ahora que lo pienso... ¡Pero es muy bueno e inteligente!
—Alfred también es bueno e inteligente ... —replicó Ethan, divertido.
—¡No voy a contarte nada más e iré sola a la montaña de Ree! —exclamó, cruzándose de brazos y dando un puntapié a uno de los juguetes de Pepe El Bueno, el gato blanco que los miraba con mucha pereza desde la cima de la nevera.
Ethan fue hasta ella. La abrazó desde la espalda, y acarició con delicadeza el vientre.
—Vamos... ¡Cuéntame de ese misterioso bibliotecario! Prometo ser un niño bueno y no interrumpir.
—¿Promesa de dedo chiquito? —dijo Amelia, volteando a verlo y extendiendo su meñique.
—¡Promesa de dedo chiquito! —respondió él, entrelazando su dedo al de su amada. Y rozaron las puntas de sus narices, sellando el pacto.
—¡Caramba! ¡Son muchas maldiciones juntas! —dijo el hombre, mientras levantaba el bolso de Amelia con delicadeza.
—¡Y no son ni la mitad de las que pienso!
—¡Válgame!
—Soy Amelia Dubois, por cierto.
—Un placer, Amelia. Mi nombre es Percy Pontmory. El bibliotecario.
Un horrible frío recorrió la espalda de la mujer, mientras sentía su rostro arder.
—Yo... yo... yo... —intentó decir, pero no se le ocurría nada para excusarse.
—No se preocupe. Es mi responsabilidad estar presente para ayudar a todo aquel que busca en un libro lasrespuestas que la realidad oculta. Lamentablemente, existen ocasiones en que el estanque se mantiene en calma durante tanto tiempo, que pensamos que se quedará así para siempre... ¡Mientras que en lo más profundo, el caos y el cambio se están gestando!
»Pero... ¡Estoy aquí y espero que no sea tarde! —agregó, guiñando un ojo como si supiese qué era lo que estaba en juego.
—Buscaba un libro que tiene una leyenda. Una leyenda sobre Astra.
—¡Tenemos muchos libros sobre Astra y sus leyendas! ¿Mis ayudantes no lograron encontrar lo que buscaba? —preguntó, con interés.
—Me dijeron que no figuraba en los registros de las computadoras, ni en los ficheros de papel. Que era un libro perdido, o tal vez estaba en otra biblioteca.
—Mmm... ¡Eso sería realmente extraño! Estoy aquí prácticamente desde que los Luminarios del Silencio pusieron su piedra fundacional en Astra.
—¡Eso es imposible! ¡Astra se fundó hace más de cuatrocientos años!
El hombre sonrió mientras acomodaba uno de los libros polvorientos de los estantes.
—Es una forma de decir. Lo que sí puedo asegurarle es que si ese libro existe, está aquí y yo sé dónde está... ¿Recuerda cómo se llama?
—¡Por supuesto! Es “El Grimorio de OHV”.
Amelia no lo notó en ese momento, pero la sombra del señor Pontmory comenzó a temblar al escuchar ese nombre. Daba la sensación de querer desprenderse de su dueño y huír. Finalmente, optó por esconderse entre las sombras de las estanterías.
—¿Está segura que busca ese libro?
—¿Lo conoce? ¡¿Está aquí?!
—Lo conozco, efectivamente. Y es justamente por eso que me sorprende que usted lo busque. Digamos que el grimorio no es algo popular. Al menos no aquí, y no en estos tiempos.
—Es que... ¡Lo necesito para salvar una vida!
—Debo serle franco, Amelia. Lo que usted busca es un libro único. Existe. Está aquí. Y soy su custodio. Seres de toda índole han intentado apoderarse de él. Algunos para alcanzar la sabiduría, y otros para destruirlo todo.
—¡Jamás querría hacerle daño a alguien!
—Lo sé. No habría regresado si fuese esa su intención. Como custodio, no es mi función interferir en el destino de los seres humanos... La persona que le habló del libro, ¿le explicó cómo usarlo?
—¿Vivian? Es mi tarotista. La conocí hace unos meses cuando... Bueno. Cuando empecé a buscar algún tipo de solución no-tradicional para lo de mi esposo. Durante algún tiempo lo que ella hacía parecía funcionar. Pero una tarde Vivian me dijo que “los hilos de la vida de Ethan se hacían más finos a causa del Caos Mayor que habita en la Catsura.” Y que la última opción era buscar el Camino del Último Deseo.
»No entendí a qué se refería. No sé qué es el “Caos Mayor” ni “Catsura”. Sólo me dijo: “El viernes a la noche, cuando el sol se oculte, llegará tu oportunidad. Encuentra el libro. Él te dirá dónde encontrar el Camino”
—Viviankah Wolframova... ¡Vaya! Hacía mucho tiempo que Viviankah no movía el tablero. Se vienen tiempos interesantes...
—¿Entonces?
—Entonces no hay tiempo que perder. El Camino pasará muy pronto por Astra y aún es necesariosaber si el grimorio despertará, o si siquiera estará de humor para ayudarla... ¡Sígame, Amelia!
El hombre se condujo con rapidez por el dédalo que era el lugar. Amelia se sorprendió por la velocidad y fluidez de los movimientos del señor Pontmory. Pasaron por varias secciones donde la luz de las ventanas no era constante. En algunos sectores parecía que entraba el amanecer a raudales. En otros daba la sensación que el ocaso había llegado. En algunas, Amelia hubiese jurado que la lluvia golpeaba los cristales.
Finalmente llegaron hasta una puerta de madera muy oscura, probablemente de algún uthaven de los bosques de Darunia.
La aldaba representaba a un anciano color bronce, que sostenía un gran aro de metal con su barba.
—Vamos, Rughorn, viejo cascarrabias... ¡Hora de trabajar! —dijo Percy Pontmory.
Amelia miraba a su alrededor. Sólo ellos dos se encontraban frente a la puerta. Instantes más tarde, el viejo de la aldaba bostezó.
La mujer cubrió como pudo su vientre, asustada.
—¡Jum! ¡Jum! ¡Recién llegas y ya te vas! ¡Jum! ¡Jum!
—Has dormido diez años... ¡Deja de holgazanear! Debo ir a la biblioteca del orfanato de Bayalona.
—¡Jum! ¡Jum! ¡No enojes a Rughorn! ¡Puede llevarte a las puertas del infierno si lo enojas! ¡Jum ¡Jum!
—¡Es una emergencia! ¡Déjame entrar, Rughorn! ¡O buscaré un frasco de termitas de Slatea y me sentaré a ver cómo anidan en tus dinteles!
—¡No! ¡Nada de termitas! ¡Jum! Te llevaré... ¿A cualquiera?
—No. Llévanos a la del 39′. Antes del invierno.
El viejo de la aldaba cerró sus ojos de bronce y estiró su barba. Acopló el aro a un herraje y lo giró hacia la izquierda y la derecha, mientras sonidos de engranajes llenaban el aire.
El señor Pontmory sacó su reloj de bolsillo y giró un par de vueltas las manecillas. Cuando pareció conforme, lo guardó. Segundos después, tiró de la cadenilla. En lugar del reloj, una pesada llave muy labrada apareció.
—¡Está listo! ¡Jum! —anunció Rughorn.
El bibliotecario se acercó e hizo girar la llave dentro de la cerradura. Instantes después la puerta giró sobre sus goznes, abriéndose. Del otro lado del dintel, una biblioteca llena de polvillo en el aire se mostraba en un profundo estado de abandono.
El señor Pontmory entró, no sin antes indicarle a Amelia que lo siguiera. Rughorn, curioso, aspiró el perfume de la mujer cuando cruzó frente a él.
—¡Jum! ¡Jum! ¡La mujer huele a lobos rusos! ¡El Clan de los Wolframova encontró algo! —exclamó, en un estado que pendulaba entre el asombro y la fascinación.
Por las ventanas se podía observar un paisaje desolador. Una ciudad costera con edificios destruídos por bombardeos resistía ante una lluvia de misiles que caían incesantes.
—¡Por todos los dioses! ¡¿Esto es Astra?! Pero... ¡¿Qué pasó?!
—No se preocupe, Amelia. Estamos en Bayalona. Ancel Meyac está bombardeando la ciudad. Pero esto ya pasó. Sin embargo, estamos aquí cuando está pasando.
—¡¿Estamos en la Gran Guerra?! ¡Es imposible!
—No es imposible. Aquí es 1939.
Ya dentro de la biblioteca, Pontmory se encaminó hasta una estantería que escondía una escalera caracol de madera. Un frío glacial subía por la escalera, junto a un olor metálico que Amelia no podía descifrar.
Bajaron hasta entrar en una profunda oscuridad. Pronto unas luces se encendieron, tan tenues que era imposible saber de dónde provenían. La escalera fue fundiéndose con la roca, como si hubiese crecido de allí, hasta que sólo quedó una escalinata de piedra turmalina.
Una gran caverna se mostró frente a ellos. El sonido de los pasos reverberaba de forma tenebrosa.
—Debemos apurarnos. Los ejércitos de Meyac tomarán la ciudad de un momento a otro. Créame... ¡No queremos encontrarnos de frente con ningún lobo negro! —anunció Ponrmery, apurando el paso.
En uno de los costados había un pequeño altar con restos de cera y pábilos quemados. Frente a él, una gran estatua de un dios antiguo mayestático sentado sobre una piedra. Imponente, sostenía un libro abierto entre sus manos, que irradiaba una luz espectral en medio de la oscuridad que lo rodeaba. Su presencia exudaba un aura de sabiduría ancestral y poder divino, mientras observaba con solemnidad desde lo alto.
La caverna, envuelta en sombras y misterio, amplificaba la sensación de grandeza del antiguo, y creaba un escenario que imponía temor reverencial. Aquel lugar era su dominio sagrado, donde el conocimiento y la trascendencia se conectaban.
—¿Qué es lo que busca, Amelia? — la voz de Percy retumbó de forma tenebrosa.
—El... el.... ¡El grimorio de OHV! —respondió Amelia, temblando.
—¿Está dispuesta a hacer cualquier cosa para obtenerlo? —preguntó de inmediato, sacando una navaja de su bolsillo y abriendola.
Amelia dió un paso hacia atrás, aterrorizada. El bibliotecario se movió con rapidez; con su mano libre atrapó el brazo de la mujer.
—¡¿Qué hace?!
—Deberá pagar un precio por lo que quiere, Amelia.
—¡No! ¡Por favor! ¡Estoy embarazada!
El hombre era mucho más fuerte de lo que aparentaba. Sonrió y giró la navaja en el aire, la cual destelló reflejando la luz de la caverna.
—Tómela. Diré unas palabras, y usted hará un corte en mi mano —ordenó Pontmory.
Los ojos del viejo se encontraron con los de la muchacha. Amelia estaba agitada y respiraba con dificultad.
—¡No puedo! —chilló.
—¡No tenemos mucho tiempo! En cuanto termine de hablar, ¡haga el sacrificio con mi sangre!
Oro te O Magne Deus OHV, ut me ducas in viam ad sapientiam et scientiam tuam. Dux meus es. Ero propheta tuus, faciam voluntatem tuam. Accipe sacrificium meum et da mihi quod opus est.
En cuanto Pontmory terminó de elevar la plegaria, un bramido que surgía de las aguas llenó el lugar. El nivel del lago comenzó a elevarse, y miles de burbujas surgieron desde lo profundo.
—¡Hágalo! — gritó el bibliotecario, ofreciendo su mano izquierda.
Amelia cerró los ojos. Cruzó la navaja sobre la palma del viejo, de un lado al otro. La sangre brotó al instante. Apretando los dientes, Percy apoyó la mano a los pies del gran coloso OHV.
El libro que tenía en sus manos se cerró de un golpe, cayendo en los brazos del bibliotecario. Las manos del dios se apoyaron sobre sus piernas y el resplandor abandonó la estatua.
El agua subía de nivel y casi llegaba hasta donde ellos estaban.
Aferrado aún del brazo de Amelia, el bibliotecario retomó el camino que habían hecho, abrazando el libro.
—¡Oh dioses! ¡Oh dioses! ¡Oh dioses! —repetía la mujer.
Al llegar a la escalera, el agua les mojaba los tobillos. De prisa, subieron los escalones mientras el lago subía más y más. El ruido era ensordecedory todo temblaba.
Al llegar al nivel de biblioteca, pareció que el caos había quedado atrás. La ciudad se encontraba aún bajo ataque. Aquello parecía normal al lado de lo que había pasado.
—¿Le ocurre algo, Amelia?
—¡¿Yo?! ¡Estoy bien! Pero... ¡Por la diosa! ¡Acabo de atacarlo!
—Hizo lo que tenía que hacer, y lo que le dije que hiciera. Esto es parte de mi trabajo, Amelia. ¡Vámonos! No querremos estar aquí cuando Meyac se entere que el grimorio nuevamente se le escapó de las manos.
Rughorn los esperaba. Silbaba la Marsellesa de manera distraída.
—¡Jum! ¡Jum! ¡Deberías pedir aumento, Percy! ¡Jum!
—No te preocupes, viejo amigo. ¡La próxima irás tú, a ver si espabilas!
—¡Nada de aventuras para mí! ¡Jum! ¡Deja dormir a Rughorm! ¡Jum! ¡Jum! Pasen... ¡Antes que el lunático germontés los encuentre!
El bibliotecario y Amelia cruzaron el dintel y de inmediato la puerta se cerró tras ellos. Un gran bostezo sonó a sus espaldas. Al girar, vieron que el aro de la aldaba regresaba a su lugar mientras Rughorn, el Guardián de la Puerta, volvía a dormirse.
El señor Pontmory guió a Amelia hasta su oficina. El lugar estaba atiborrado de libros que parecían altas columnas semejantes a estalagmitas que se perdían en la oscuridad del techo. Había un hogar encendido, con un fuego violáceo en el centro. Sobre las llamas, una pava anunciaba que el agua ya estaba lista.
Un curioso mapache que portaba una boina negra y un bolso cruzado sobre el pecho, estaba sobre el fichero. Parecía rebuscar algo con afán.
—¡Zackery! ¿Qué haces aquí? ¡Tenías que vigilar al cultista!
El animal se giró. Tomó un lápiz y comenzó a dar una seguidilla de golpeteos rítmicos contra una madera. Parecía muy enojado.
—¡No debías permitir que te descubran! ¿Qué pasó después? —preguntó Percy, preocupado, mientras sacaba un botiquín de uno de los cajones de su escritorio.
El mapache continuó con su explicación. La mirada de Pontmory se oscureció y, tras aplicar unos ungüentos a su herida, la cubrió con una venda.
—Lo que me dices no es bueno, Zackery. Deberemos pedir que el Sínodo Blanco convoque a los miembros. Busca a los mensajeros. Debemos actuar deprisa.
El mapache asintió. Al pasar frente a Amelia, se quitó la boina para saludarla con cortesía. Antes que la mujer pudiera reaccionar, Zackery se había escabullido tras una alejada pila de libros.
—Eso... ¿Estaba comunicándose con usted? ¿Ese animal sabe hablar en código Morse? ¡¿Cómo es posible?!
Amelia estaba desconcertada, intentando asimilarlo todo.
—Señorita... Usted vino aquí persiguiendo una leyenda que la llevó a un viaje en el tiempo, a los pies de un Dios que nos entregó un libro mágico... ¿Y se sorprende que Zackery sepa código Morse? Lo realmente increíble es que es el único mapache que conozco que sabe hacer un buen capuchino...
Con un amable gesto de su mano, le ofreció tomar asiento. Amelia chequeó su celular, donde había tres llamadas perdidas de su obstetra.
«León, recuerda a mamá que debe llamar al doctor; seguramente cambiará de nuevo nuestra cita» pensó, y acarició el vientre, donde el niño se movió con ternura.
—Amelia, no tenemos mucho tiempo... ¡Increíblemente, es lo único que siempre falta aquí! Le entregaré el grimorio para que la guíe hasta el Camino del Último Deseo.
La mujer rebuscó en su bolso y sacó dos tarjetas que le entregó al bibliotecario. Pontmory, al examinarlas, notó que eran el documento de identificación y el carnet de socia de la biblioteca.
Sonrió. En medio del caos diario en el que vivía, aquellos pequeños actos de humana ingenuidad le recordaban la razón de su existencia.
—Parece que todo está en orden —dijo con amabilidad, devolviendo las tarjetas a su dueña.
—¿Cuántos días puedo tenerlo? —preguntó Amelia, curiosa.
—Estos libros son especiales. Cuando cumplen su misión, encuentran su camino. No se preocupe por eso.
—Yo soy el bibliotecario Pontmory... ¿En qué puedo ayudarla?
—Estoy buscando un libro muy importante. Lo necesito para salvar una vida.
—¡Amelia! ¡¿Cómo se te ocurre decirle eso?!
—¡Porque es la verdad!
A Ethan no le gustaba ni hablar ni pensar en aquello. Decía que hacerlo era una pérdida de tiempo. Ambos evitaron mirarse a los ojos en ese instante.
Se tomó unos momentos para retomar el dominio de sus emociones. Tomó la mano de Amelia y la apretó con suavidad, indicando que continuase con su relato.
—Cuando le dije que buscaba el grimorio, el bibliotecario me confió que lo tenía en su oficina ya que era un libro muy viejo. Llenó una ficha, y me lo entregó —dijo Amelia, salteando por completo la historia de su aventura con Pontmory.
El niño pateó dentro de su vientre, como protesta ante tal resumen.
—Bueno. No fue tan complicado, entonces. Sólo era cuestión de encontrar a la persona correcta y estar en el lugar y momento adecuado.
—Mmm... ¡Y quizás un poco de suerte!— respondió Amelia, intentando ocultar su sonrisa.
—¿Tu bruja te dijo qué debías hacer? ¿Hay palabras mágicas? “¡Hocus Pocus!” “¡Sinsalabin!” “¡EaEaPepe!” —preguntó Ethan, moviendo las manos como si hiciera un pase mágico.
—¡Prometiste que haríamos todo lo que estuviese en nuestras manos! ¡Quizás este sea nuestro milagro! —reclamó Amelia, abrazando el libro.
Ethan se acercó. Acarició el vientre de su esposa con ternura.
—Este es nuestro milagro. Y tenemos que hablar de él. El doctor Murray llamó hace un rato y...
—¿El ginecólogo? ¡Uff! Mañana llamaré a su secretaria. Seguramente sea para reprogramar nuestra cita.
—Amelia... Tenemos que hablar. Es importante.
La mujer, con una sonrisa, apoyó un dedo en los labios de su esposo.
—Esto es más importante.
El libro se abrió entonces justo por la mitad. Del lado derecho se podía apreciar un antiguo grabado en tonos ocres y dorados que, dependiendo de dónde le golpeaba la luz, despedía un sinfín de colores. Del lado izquierdo, en una trabajada caligrafía manuscrita, había un texto escrito en un idioma extraño que, aunque ninguno lo conocía, al pasar la vista en orden por cada uno de los caracteres, las palabras se formaban en su mente como si el libro hablase directamente en sus pensamientos.
Al comienzo todo era Uno. Y en el Uno dormía lo que fue, lo que es y lo que sería.
Alrededor del Uno la Eternidad esperaba; y en su espera se extendió tanto que no era posible saber dónde comenzaba o dónde terminaba. Y tanto lo hizo, que pequeñas grietas se formaron en su manto, creando lo que se conoce como las Posibilidades. En cada Posibilidad se formó un mundo y junto con ellos nació el Tiempo.
El dios del Tiempo corría deprisa de Posibilidad en Posibilidad. En cada una escuchó el clamor de los seres que aún no existían. Notó que cuando corría sobre el manto de la Eternidad, lo que vendría se separaba del camino que había recorrido. Lo que ignoraba era oscuro, pero a su paso podía ver el camino que recorrió.
El Tiempo pidió a su madre Eternidad no estar solo. Así dos Diosas fueron llamadas a la existencia desde las fibras del corazón del Uno, que aún dormía. Luz y Oscuridad se separaron.
Al nacer, cada una susurró un nombre, su nombre. Abrieron sus ojos y se vieron.
Tazeyar era fuerte y gozó su forma. Duhttos sentía frío todo el tiempo; extrañaba la tibieza de su hermana.
Las edades entonces se medían según sus latidos. Había cien años entre cada uno, ya que ambas eran hijas del corazón del Uno y paridas por el Tiempo.
Los seres lloraron y clamaron existir desde lo más profundo de la Catsura, antes que los demonios la ocupasen. Entonces Tazeyar, Diosa de la luz y Duhttos, diosa de la Oscuridad, supieron su razón de ser.
Unieron así en sus mentes y crearon el Fuego, que era luz, y era destrucción. Sobre él crearon la Tierra, dadora de vida y engullidora de muerte. Encima pusieron el Agua que alimentaba la tierra y la anegaba. Y finalmente el Aire, que la acariciaba y la desgastaba por igual
Las fuerzas de ambas diosas estaban en cada cosa que creaban. Y eso era bueno.
Los seres poblaron la tierra, pero lloraban en su soledad. Tazeyar puso en el cielo una estrella para que no se extraviaran y siempre pudiesen volver a su hogar.
Los hombres la desearon, y querían atraparla por su brillo. Para protegerla, Duhttos la cubrió con su magia. Sólo aquellos que superasen la prueba y llegasen hasta la cima de la montaña de Ree podrían rozar el velo de la estrella y recibir su deseo. Una vez por cada latido de la Diosa.
—Amelia... Si hubiese un cometa cuya trayectoria pasase por Ree cada cien años... ¿No crees que lo sabría? ¡Es simplemente una leyenda, cariño! Muy bonita, pero no deja de ser un cuento para niños.
Amelia apretó el grimorio contra su pecho, mientras un profundo desasosiego nublaba sus ojos. La garganta le dolía y las palabras se trabaron una con otra. Ethan la tomó de la mano, cubriendo de besos la palma.
—Es que... ¡Ya no sé qué hacer, Ethan! ¡No quiero que mueras! ¡No puedo dejar que mueras! ¡No es justo que esa maldita mierda te lleve!
Ethan estacionó su Toyota Rav4 frente a la cochera. Se quedó un momento allí, con las manos aferradas al volante.
No supo cómo fue que llegó. Las manos le dolían y, cuando pudo enfocar la vista, notó que sus nudillos estaban blancos.
La primavera llegaba y el pasto crecía con nuevos bríos. Las flores que Amelia había plantado estaban radiantes. En el porsche de la entrada lo esperaba el barniz para la valla.
Un nuevo ataque de tos le oprimió el pecho. Se tapó la boca con un pañuelo. Cuando pudo controlarse, un poco de sangre estaba en él.
Cáncer tipo IV. Inoperable. Seis meses de expectativa de vida.
Aún no sabía cómo decirle aquello a Amelia. Las palabras del médico aún resonaban como martillos en sus oídos. Todo era irreal.
Un golpeteo en la ventanilla lo trajo de nuevo al presente. Allí estaba ella, con esa sonrisa radiante que iluminaba hasta su día más oscuro. Amelia daba saltos junto al coche.
Eufórica, señalaba un stick que tenía en su mano.
—¡Es real, Ethan! ¡Al fin pasó! ¡Estoy embarazada!
Sobre la mesada de la cocina, el mapa que estaba junto a la leyenda se desplegaba. En él podía verse un camino entre dos ciudades, que llevaba hasta la cima de una montaña. Sobre ella, una estrella brillaba.
—Esto es... ¡Increíble! “El calendario de OHV” junto al mapa de los ocultistas del Sínodo Blanco. Cuando la Iglesia de la Diosa tomó el poder, la mayoría de los libros de astronomía del Sínodo se destruyeron, ya que no daban crédito a la estrella del nacimiento del Elegido. Sólo quedan algunas copias incompletas.
» En la universidad, la tesis de uno de mis compañeros se basó justamente en la traducción y comparativa de aquellos mapas astrales con los que se tienen en la actualidad. Incluso, se descubrieron estrellas que figuraban en esos libros.
Ethan contemplaba el mapa como si fuese un tesoro incalculable. Alrededor del dibujo, un aro de letras negras y doradas señalaba infinidad de cálculos matemáticos, junto con la trayectoria de algunas estrellas y planetas, calendarios con fechas, y algunas referencias a fenómenos celestiales que el astrónomo desconocía.
Amelia sonreía complacida. En su corazón, jamás dudó que valiese la pena intentar aquel último milagro.
—Entonces... ¿Iremos ? —preguntó Amelia.
—¿A dónde, cariño?
—¡A la montaña de Ree! A buscar el Camino del Último Deseo...
—Podría llevarme años corroborar estos datos. Hay textos que traducir, calendarios para empatar, trayectorias que comprobar... ¡Es el trabajo de una vida!
—Lo único que sé es que el libro es una guía, que él nos dirá por dónde ir. Mañana al atardecer debemos estar allí... ¡Y somos dos contra uno! —añadió, acariciando su vientre.
Ethan la observó emocionado. Algo que lo había enamorado de ella era su fuerza inquebrantable, su tenacidad y su férrea voluntad cuando quería conseguir algo. Amelia era capaz de enfrentar lo que fuese, aún si tenía que derrotar a sus peores miedos.
—Dos contra uno, ¿eh? ¡Imposible resistirse a la mayoría! Pero lo tomaremos con calma, Ame. No quiero que te pase nada ni a ti ni al niño... ¿Promesa de dedo chiquito?
—¡Promesa de dedo chiquito! —afirmó Amelia, con una sonrisa que no cabía en su rostro.
Por la tarde del viernes la pareja salió hacia la montaña de Ree. Las rutas estaban tranquilas, y el viaje hasta la reserva natural resultó un paseo agradable. Para llegar hasta la cima, los esperaba una larga travesía.
Aunque el camino estaba preparado, resultó arduo para Ethan. Como hombre de ciencia, no estaba acostumbrado al senderismo ni a las actividades al aire libre; menos aún en su estado. Intentaba seguirle el paso a Amelia quien, a pesar de su embarazo caminaba de forma ansiosa, apretando el libro contra su pecho.
La cita con el destino era esa noche.
A su alrededor crecían uthaveles, alarices, pinos de Cesarea y flores de MirBeck que tapizaban los troncos con sus delicados pétalos naranjas y violetas. El fresco aroma se mezclaba con el de los higos silvestres de Morel. El lugar transmitía paz.
A pesar de haber tardado el doble de lo que habían previsto, lograron superar el nerviosismo mientras disfrutaban del momento juntos.
A medida que caminaban, Amelia comenzó a percibir que el grimorio funcionaba como un suave imán que le indicaba cuáles senderos tomar. Si elegía el camino correcto, se entibiaba y latía de manera agradable. Si intentaba otra senda, se enfriaba y pesaba como un yunque.
Cuando el sol comenzó a llegar a la hora del crepúsculo, alcanzaron un claro del bosque muy cerca de la cima. Era un círculo perfecto, rodeado de altos árboles perennes, los cuales parecían custodios de piel robliza.
En medio del espacio se hallaba un montículo de piedras de un áspero marmol negro, que asemejaban un pequeño altar. En los costados, desgastadas letras en un idioma perdido guardaban un secreto que pocos lograrían desentrañar.
Ethan apenas si podía respirar. Intentando disimular su débil estado, se sentó con la espalda apoyada contra una de las piedras más sobresalientes.
Amelia sentía que el libro latía con fuerza, mientras un brillo se desprendía de sus páginas.
—¡Llegará en cualquier momento! ¡Puedo sentirla! —dijo ella, estremeciéndose.
—Cariño... ¡Es imposible que pase por aquí una estrella! —respondió el hombre, con temor que sus palabras pudiesen dañar a su esposa.
—¡Por favor, diosas! ¡Necesito el milagro de que sigamos juntos! —suplicó ella.
Notaron que un silencio sobrecogedor los envolvía.
—Amelia. Tenemos que hablar. Ayer cuando llamó el médico...—comenzó a decir Ethan, pero su frase se vio interrumpida.
Por entre las nubes notaron que una gran esfera brillante se aproximaba, precipitándose hacia donde estaban.
—¡Es esa! ¡Es Astra! ¡Es la Estrella del Deseo! —gritó Amelia, maravillada.
Atónito, Ethan se puso de pie. El tiempo se desdobló, tomando una forma diferente. Como imágenes que se superponen unas a otras, miles de instantes de la vida de ambos aparecían y desaparecían ante sus ojos.
Una sonrisa de su madre. El premio de ciencias que recibió en la primaria. El primer beso. Amelia vestida de novia. Ambos acostados y abrazados, mientras el sol entraba por la ventana en su casa nueva.
Y otras más aparecieron; otras que aún no habían sucedido.
Amelia y él jugando con su hijo. Él enseñándole a un León adolecente a afeitarse. La sonrisa de su esposa al acomodar el birrete de su hijo que egresaba.
La mirada del único amor de su vida, con el pelo ceniciento, mientras caminaban juntos en el otoño de sus vidas.
Y lo deseó todo. Necesitaba que aquello fuese verdad.
La extraordinaria luz azulada los envolvió y llenó el lugar de calidez. Ethan levantó su mano y la hundió en la estela, en el preciso instante en que la estrella se acercó.
Murmuró su deseo y la cerró, intentando atraparlo. Fue apenas el tiempo de un latido. Antes de poder comprenderlo, la estrella curvó y siguió su camino.
Se había marchado. Y la noche se apagó nuevamente.
—¡¿Lo hiciste?! ¡¿Perdiste el deseo?! — exclamó Amelia, eufórica.
—Lo hice...— respondió él, sonriente.
La estrella había escuchado el corazón del hombre.
Pasaron los meses. El sonido del respirador se perdía entre el trajín propio del hospital.
Ethan estaba aún más delgado, conectado a un sinfín de máquinas que monitoreaban cada resquicio de su cuerpo.
León dormía mientras Amelia lo abrazaba, atravesada por la angustia.
—¡No funcionó! ¡Tenías que curarte! —repetía Amelia, abrumada.
—¿Curarme? —preguntó Ethan, extrañado.
—¡Sí! ¡Me engañaron! ¡Fue todo una mentira! ¡La estrella no concedió el deseo! —replicó, devastada.
—Amelia, mi amor... ¡La estrella sí cumplió mi pedido! —respondió con una sonrisa, a pesar del dolor. —Aquella tarde, cuando tú llegaste con el grimorio, acababa de hablar con tu médico. Llamó para avisarnos que nuestro hijo no sobreviviría al nacimiento, debido a una malformación en su corazón. Pero le rogué a la estrella que lo curase... ¡Y aquí está! ¡Tiene por delante toda una vida!
—¡No! ¡Debías pedir que te curases! ¡Nada de ésto tenía que pasar! —protestó Amelia, sin que hubiese consuelo alguno para su alma.
Ethan tomó la mano de su amada. Las lágrimas de su esposa caían, mientras el sonido del respirador se desvanecía en la habitación.
—Tú me enseñaste que había que hacer todo lo que estuviese a nuestro alcance para conseguir un milagro... ¡Y nuestro hijo lo es! Sé que me voy, pero viviré a través de él para siempre.
Y mientras sus dedos temblorosos acariciaban con ternura el rostro de su hijo, el hombre se sumergió en el sueño sin retorno. Uno que marcaba el final de su vida, pero el comienzo de un legado eterno.


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