Capítulo 1
Estoy hecha un ovillo en el frío suelo de metal. Trato de usar mi pelaje para calentarme mientras duermo. He perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo aquí. He recibido tres cuencos de comida para perro. Eso me da la impresión de que han pasado al menos tres días.
Comida para perro. Increíble, ¿verdad? Me he negado a transformarme en humana, así que se han vengado dándome comida de lata para canes. Entre eso y sus burlas, cada vez tengo menos ganas de recuperar mi piel.
Ni hablar de que no tengo ni una sola comodidad básica en esta celda rectangular. No hay cama ni mantas. Vale, sí, hay un retrete. Ja, ja. Pero no voy a transformarme para usarlo. No mientras haya cámaras apuntando al pasillo que se cuelan en mi cuarto.
El primer día, los guardias que me atraparon vinieron a burlarse de mí. Golpeaban los barrotes con sus varas y me insultaban. Después me han dejado bastante en paz, porque lo único que obtienen de mí es un gruñido. Cobardes. Estoy aquí solo porque son unos cobardes. Unos niñatos que intentan dárselas de importantes por haberme acorralado en su frontera y marcarme por invadir su territorio.
Oigo rechinar la puerta del bloque de celdas y escondo la cabeza entre las patas delanteras. Darme comida para perro y tratarme como a un animal no servirá para que hable. Unos pasos resuenan en el pasillo. Oigo a cuatro hombres acercándose. Lo siguiente es el olor. Dos de los niñatos que me atraparon vienen con el jefe y otro lobo Delta.
Esto se pone interesante. Mi loba, Pandora, se agita al notar el rastro de autoridad del Alfa que camina hacia mí.
Me niego a levantar la vista hasta que oigo al Alfa detenerse frente a mi celda. Viene flanqueado por el Delta desconocido y uno de los lobos novatos.
El Alfa se para frente a los barrotes con las piernas abiertas a la anchura de las caderas. Tiene las manos entrelazadas en la espalda. Parece joven, con el pelo castaño rizado y recogido, y ojos color avellana. Puedo oler a su pareja en él. Me sorprende notar que ella huele a Fay.
—Me han dicho que has sido bastante difícil —afirma el Alfa. Le levanto una ceja antes de cerrar los ojos de nuevo, fingiendo desinterés.
—Me dijeron que entraste en mis tierras, te negaste a transformarte e intentaste atacar a mis hombres —continúa. Suelto un bufido al oír eso de "hombres". Se refiere a esos cobardes.
—¡Transfórmate! —ordena el Alfa. El mando vibra en mis oídos. Técnicamente no es mi Alfa, pero es poderoso, así que obedezco.
—¡Joder! ¡Me dijiste que era un macho! ¡Tráeme una manta, rápido! —le ruge el Alfa al cobarde que tiene una peca sobre la ceja derecha. El Pecas tiembla al recibir la orden y sale disparado.
—Te pido disculpas. Me dijeron que eras un lobo macho. Tu loba es más grande que el promedio de las hembras —explica el Alfa. Yo solo asiento con la cabeza.
—Lo siento, Alfa. ¡Se comportaba como un macho! —se disculpa el otro niñato, con la voz temblorosa de miedo.
—¡Y se negó a transformarse cuando se lo pedimos! —añade. El Pecas vuelve y le entrega la manta al Alfa. Mientras tanto, el Delta abre la jaula para que el Alfa pueda entrar.
Le quito la manta y me envuelvo con ella. Agradezco que el fuerte olor a excitación que sueltan esos dos cobardes ahora tenga una barrera que les impida verme el cuerpo.
—¿Y por qué te negaste a transformarte ante mis hombres? —pregunta el Alfa con tono más suave. Inclino un poco la cabeza. He estado analizando a los cuatro, escuchando sus latidos y olfateándolos.
Hacía mucho que no estaba tan cerca de otros hombres lobo. Casi dos años. Tampoco he pasado mucho tiempo en una casa de manada desde entonces. Sus olores son fuertes y noto matices de otros aromas. El Alfa tiene un rastro inusual mezclado con una suave fragancia floral. Es extraño. ¿Será por su pareja?
—Si fueras una loba solitaria, ¿te transformarías así como así rodeada de cinco hombres lobo vírgenes que solo han tenido contacto íntimo con su propia mano? —pregunto al fin. El Delta que está junto al Alfa suelta una risita.
—Seguro que te dejaron transformarte detrás de un árbol —responde el Alfa. Miro por encima de su hombro a los dos guardias, que están rojos de rabia.
—No lo hicieron. De hecho, llevaban picanas eléctricas y me arrearon a través de la frontera como a ganado, burlándose todo el camino —contesto.
—¡Mentira! —grita el que está detrás del Alfa. El Alfa se gira para mirarlo, clavándole una mirada que lo hace callar al instante.
—Bueno, tienen cámaras en esa parte del bosque. Estaban encendidas. Pueden comprobarlo —digo. El Alfa y el Delta me miran sorprendidos.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta el Delta, justo cuando los otros dos sueltan que allí no hay nada.
—Las oí. Es obvio.
—¿Por qué mis hombres usarían picanas contigo? —pregunta el Alfa, alzando una ceja.
—No lo sé. Esta es su manada. Quizá querían demostrar algo, como encerrarme sin nada para dormir e intentar darme comida para perro. Una bienvenida encantadora, por cierto —respondo, señalando los tres cuencos llenos de comida que empujé contra la pared.
—¿Leyton? —pregunta el Alfa al Delta.
—Alfa Jed, mi turno empezó hoy —responde el Delta. Asiento. No había olido a este lobo hasta ahora.
—Dice la verdad. Él no estaba aquí. Solo estos dos cobardes —añado. El Alfa me mira fijamente, y de pronto me siento mal por haberle dicho la verdad.
—Gregory, busca a tus amigos y nos vemos en el despacho en diez minutos. Leyton, lleva a nuestra invitada a una de las habitaciones libres. Dale ropa y que se asee —gruñe el Alfa Jed.
—Sí, Alfa —el Delta Leyton hace una inclinación mientras ve al Alfa alejarse furioso, seguido por los otros dos.
—Unos cobardes, ¿eh? —Leyton sonríe de lado y me indica que lo siga. Yo asiento.
—¿Cómo sabes que Gregory y Christopher son vírgenes? —pregunta entonces.
—Puedo olerlo —respondo.
Leyton no dice nada más. Caminamos por pasillos y subimos escaleras. Lo observo todo. Llevo cinco años sin vivir en una manada. Caminar por esta casa me produce una mezcla de asombro y miedo. Huelo a muchos lobos y a otros seres sobrenaturales. Los aromas son abrumadores, pero no se ve ni un alma.
Leyton no menciona la falta de gente. Supongo que les han avisado que no se acerquen a esta zona. Al pasar por un pasillo, se abre una puerta y sale una loba. Al ver a Leyton, ella sonríe de oreja a oreja.
—Hola, Leyton. ¿Has echado un polvo últimamente? —pregunta la chica. Leyton gruñe, pero ella se ríe.
—¿No? ¿Quizás pronto? —sonríe ella.
—No tiene ni puta gracia, Laura —responde Leyton.
—¿Ah, no? A mí me parece que sí —dice Laura muy alegre.
—¿Por qué estás tú aquí y no Carla?
—Iba a venir ella, ¡pero me ofrecí voluntaria! —responde Laura sin dejar de sonreír.
—La próxima vez, no lo hagas.
—¡Uy, qué aburrido eres! —se burla Laura mientras se aleja por el pasillo.
—Le gustas —observo cuando se va.
—¿Y tú qué vas a saber? —refunfuña Leyton. Lo miro con complicidad.
—¿También puedes olerlo? —bucea él.
—Fuerte y claro —asiento.
—No es mi pareja —dice entre dientes, abriendo la puerta de la habitación de la que salió Laura.
—Eso nunca ha detenido a nadie —respondo al entrar.
Vaya. No me esperaba que me mandaran a un sitio así. La habitación tiene una cama enorme con cuatro postes y dosel. Sí, un maldito <i>dosel</i>. El sueño de cualquier niña de ocho años, y el mío también. En la pared frente a la cama hay una tele de pantalla plana y una puerta lateral que supongo da al baño.
—¿Qué? ¿No hay vestidor? —bromeo, mirando a Leyton. Él sacude la cabeza y sonríe.
—Lo siento, no. Lávate un poco. Laura dejó ropa en la cama para ti. Volveré con algo de comer en un par de horas. Tengo que dejarte encerrada, pero tienes la tele —me dice antes de salir.
—Espera —lo llamo. Leyton se detiene.
—No he comido nada en días. ¿Podría ser antes? —pregunto. Después de todo, me daban comida para perros.
—Se lo preguntaré al Alfa. Si dice que sí, llamaré antes de entrar. Tú límpiate —dice alejándose.
Inclino la cabeza mientras lo veo irse y escucho cómo echa la llave. No estoy tan mal, ¿o sí? Llevo tres días en la celda sin comer, pero antes de eso estaba en mi forma de loba...
Me encojo de hombros, suelto la manta y voy al baño. ¡Sí! Es un baño mejor que el de mi apartamento. Mi apartamento... No tengo idea de cuánto tiempo estuve como loba. Quizás semanas. Me pregunto si todavía tendré casa a la que volver.
<i>“Perdona”,</i> se queja Pandora con sarcasmo en mi mente.
<i>“Ya te vale”,</i> le respondo.
<i>“¡No es culpa mía que me tuvieras encerrada más de un año!”</i>, bufa Pan antes de retirarse. Suspiro. Sé que nos mantuve en forma humana mucho tiempo. No debí hacerlo. Extrañaba el bosque, pero necesitaba un cambio de aires.
—¡Joder! —exclamo al ver mi reflejo en el espejo. Vale, ahora entiendo a Leyton. Mi piel tiene un tono marrón que no es por el sol. Mi pelo, también castaño, está lleno de nudos y ramitas. Parece que me he revolcado en el lodo y me he chocado contra doce árboles por el camino.
—¡Pan! —exclamo exasperada. Ella se ríe en mi interior y yo pongo los ojos en blanco.
Supongo que tendré que intentar quitarme toda la suciedad del pelo antes de ponerme el champú.
Esto me lleva tiempo. Me saco palitos, ramitas y malditas zarzas del cabello; largos mechones se me vienen con ellas.
—¡Ay! —grito cuando me arranco una masa enorme de no sé qué de la cabeza.
—Ay, ya supéralo —se queja mi loba. Me río entre dientes por su sarcasmo.
—Te quiero, Pan, pero el daño que le has hecho a mi pelo... —me quejo.
Después de diez minutos, me siento un poco más satisfecha. Me doy la vuelta para ver el resto del baño. El baño blanco tiene azulejos cuadrados, blancos, brillantes y limpios que adornan las paredes y el suelo. Hay una bañera aparte que parece lo bastante grande para dos personas y una cabina de ducha. Estoy contenta con esta habitación; es mucho más bonita que el baño de mi apartamento... que es rosa. O era rosa. Si es que mi apartamento no se lo han alquilado ya a otra persona.
—Oh, diosa —suspiro mientras me pongo bajo el cabezal de la ducha. No es que la ducha de mi apartamento sea terrible, pero esta es mucho mejor. El cabezal es más grande... es amplio y cuadrado. Siento que estoy bajo una cascada en lugar de un aspersor.
Cuando entré, me fijé en unos productos de limpieza que parecían caros. Abrí cada tapa para olerlos y olían muy bien. Mientras tanto, me quedé bajo el agua y dejé que la suciedad se me fuera escurriendo.
—¿Cuánto tiempo estuvimos en forma de loba? —le pregunto a Pan mientras hilos de suciedad corren por mi piel blanca como el papel. Pan resopla como respuesta; todavía está enfadada conmigo por haberme mudado a la ciudad.
Niego con la cabeza. Solo estuve en la ciudad once meses, lejos de los bosques y los espacios abiertos. Después de semanas de que Pandora me diera la lata, por fin cedí. Tomé un autobús al pueblo más cercano que tuviera un bosque. Dejé mi bolso con mi dinero y mi identificación en un árbol cerca del límite y me transformé en mi loba. La verdad es que echaba de menos el bosque... los árboles y los olores. Supongo que me dejé llevar por el bosque y me perdí corriendo entre la maleza. Volví a dormir bajo las estrellas con mi pelaje, lo cual me trajo recuerdos. También volví a cazar presas, algo que disfruté. El bosque donde estaba solo tenía animales pequeños, como cerdos salvajes, zorros y conejos. No eran como los animales más grandes que se ven en los bosques del norte, de donde yo vengo.
Sin embargo, fue una liebre muy escurridiza la que me atrapó. Le había seguido el rastro hacía al menos una semana. Me había pegado un festín con una familia de zorros (lo sé, soy cruel... pero la carne de zorro es muy sabrosa), así que estaba llena. Pero esa liebre en particular... Me llamó la atención y tenía que atraparla. Era rápida. Saltaba por los arbustos y bajo los árboles. Mantuve mi distancia, disfrutando de la persecución más que de cualquier otra cosa.
Pero debí de distraerme. Verás, algunos pensarían que un animal pequeño es una presa fácil. Pero cazar animales de cualquier tamaño tiene sus pros y sus contras. Los animales grandes son, bueno, más grandes. Son fáciles de capturar pero dan más pelea. Los animales más pequeños son todo lo contrario. De ahí el reto.
Disfruté siguiendo a esta liebre, que me llevó a otra y luego a otra más. Estaba perdida en la maleza, aunque no me preocupaba. Pero definitivamente no estaba cerca del límite de ninguna manada. No soy tonta. Puedo oler el límite de una manada a kilómetros de distancia y así los evito.
En fin, estaba a punto de abalanzarme sobre esa pobre liebre gris cuando, de repente, un lobo apareció pisando fuerte por el bosque, espantando a mi presa. No me hizo ninguna gracia y le gruñí en cuanto se dejó ver.
Supe de inmediato que era un hombre lobo, ya que podía oler a su manada en él. Su tamaño también me indicó que era un Delta, aunque joven.
También sabía que, si hacía falta, podía enfrentarme a él. No estaba en las tierras de su manada. Si me atacaba, la ley de los hombres lobo estaba de mi parte. Se supone que el territorio neutral es una zona segura para todos los lobos... y yo no estaba haciendo nada malo por estar allí.
Pero estaba furiosa por sus movimientos de elefante a través del bosque. De sigiloso no tenía nada. Llevaba días cazando conejos y estaba a punto de terminar mi faena, así que le gruñí. Él me devolvió el gruñido, arqueando el lomo y amenazando con atacar. Puede que yo sea una hembra, pero sé defenderme, y no iba a retroceder ante su amenaza. Hasta que sus otros cuatro amigos aparecieron tropezando por el bosque tras él.
Rápidamente, me vi rodeada y superada en número. El primer lobo y su amigo se transformaron ante mí. Se pusieron unos pantalones cortos que llevaban atados a las piernas.
—¡Transfórmate! —ordenó el primer lobo. Me dio risa. No tenía nada de autoridad en la voz. Incluso si la hubiera tenido, yo soy de una raza mucho más fuerte y no pertenezco a su manada, así que no podía decirme qué hacer.
—¡Ha dicho que te transformes! —ordenó su amigo. Este tenía un piercing en la nariz. Creo que el piercing era un intento de parecer duro, pero no le iba bien a su cara.
—David, ¿trajiste las varas eléctricas? —pregunta el líder.
—Sí —dice una voz a mi lado. Me giré para ver a los amigos del líder a su alrededor, ya en su forma humana, vistiendo solo pantalones cortos. El lobo que acababa de hablar abrió la bolsa de lona que había puesto a sus pies. Sacó cuatro varas y se las pasó a sus amigos.
Gruñendo, me di la vuelta y los observé. Cuando uno dio un paso al frente, le enseñé los dientes, lo que provocó un coro de carcajadas y burlas a mi costa. Esto continuó hasta que me rodearon en un círculo estrecho. Estaban lo bastante cerca como para pincharme con sus malditas varas eléctricas, pero lo bastante lejos para no salir heridos.
Por eso los llamo cobardes. Nunca había oído hablar de hombres lobo que arrearan a otros lobos usando esos aparatos. Es algo rastrero. Muy rastrero. Fuera cual fuera la manada de la que venían, me aseguraría de que pagaran por ello.
Observo cómo el agua que corre por mis piernas sale ya limpia. Luego me pongo más jabón en la esponja para terminar de lavarme.
Al salir de la ducha, me envuelvo el cuerpo con una toalla suave. Camino hacia el espejo del baño y le quito el vaho. Vuelvo a parecer yo misma. Mi pelo ya no está tan castaño sucio y mi cara vuelve a estar limpia. Es increíble lo que un poco de agua y jabón pueden hacer por una.
—¿Solo un poco? —suelta Pan con ironía. Le gruño y ella se ríe entre dientes. Mi loba es mi mejor amiga, pero también mi crítica más dura. Nos hemos vuelto muy cercanas en estos últimos cinco años, estamos casi sincronizadas.
Por fin salgo del baño y me recibe un olor a lavanda. Laura. Hay un carrito de servicio de tres niveles en la habitación, lleno de platos tapados, bebidas y aperitivos. Encima de una de las tapas hay una nota.
«No sabía qué te gustaría, así que te trajimos un poco de todo. L.», dice la nota. Sonrío al leerla y levanto la primera tapa. Filete, puré de papas, verduras al vapor... qué rico.
Pasé la tarde en la cama, cambiando canales en la televisión y comiendo. Había revisado la puerta: estaba cerrada con llave. Pensé con amargura que había cambiado una celda por otra, aunque esta era mucho más cómoda.
Sabía qué hora era por la televisión y la fecha por el canal de noticias. Seis semanas. Había estado en mi forma de loba durante tres semanas, corriendo por el bosque como si no tuviera responsabilidades. Al principio, estaba enfadada conmigo misma y con Pan, pero la única culpable era yo. Había decidido mudarme a la ciudad por curiosidad, para ver cómo era la vida allí y qué atraía a los humanos. Ahora entiendo que, aunque los humanos se distancien unos de otros, se necesitan y se atraen entre sí, igual que nosotros los hombres lobo y las manadas.
Pero la vida de ciudad no era para mí. Supongo que mis años viviendo en los bosques y en Sierra me marcaron mucho, y necesitaba volver... Necesitaba respirar el aroma que solo tienen los árboles del bosque y sentir la tierra blanda bajo mis patas. Soy parte animal y he reprimido mi verdadera naturaleza demasiado tiempo.
Soy plenamente consciente de que mis decisiones significan que probablemente he perdido mi apartamento en la ciudad y todo lo que había dentro. También he perdido mi trabajo por no hacerme cargo de mis responsabilidades. Y estoy enfadada conmigo misma por eso. No me criaron así.
Lo que iba a ser una escapada de fin de semana... bueno, he vuelto a donde empecé: en una manada, rodeada de hombres lobo. Han pasado años, y no sé si estoy lista para sumergirme de nuevo en la vida de los hombres lobo. Pero tal vez sea algo bueno. ¿Quizás debería volver a casa? ¿Ver a mis padres?
Me hundo en estos pensamientos. Fui egoísta cuando me escapé. Pero no podía seguir allí. A menudo me he preguntado cómo les habrá ido a mis padres. Pero me dolía demasiado estar cerca de otros lobos. Verlos felices mientras yo me sentía como me sentía.
Detengo mis pensamientos ahí. No quiero pensar en... la razón por la que me largué en primer lugar y empecé a evitar a los hombres lobo.
Huelo a Leyton antes de oírlo caminar por el pasillo hacia mí. A lo largo del día, olí a otros lobos pasando por delante de mi puerta, sin saber que yo estaba atrapada en esta habitación. Pero no se había acercado ningún olor conocido hasta ahora.
Miro la puerta y espero. Aguzo el oído cuando oigo un golpe y el tintineo de unas llaves. Leyton me saluda con un breve gesto con la cabeza al entrar, empujando otro carrito de servicio.
—La cena. Vaya, debías de tener hambre —comenta Leyton al ver el carrito vacío a un lado.
—Es mejor que la comida para perros —respondo, observando su reacción.
—Lamentamos muchísimo eso. Esos Deltas están siendo castigados —responde Leyton.
—Espero que no solo por eso —murmuro. Leyton se gira y me mira. Su aura está llena de remordimiento.
—Eso también se está solucionando —responde Leyton, dándose la vuelta para irse y cerrando la puerta tras de sí.
Miro la puerta pensativa. Me pregunto cómo estarán solucionando eso. Mi primera impresión de esta manada no fue nada buena. Solo cuando el Alfa vino a verme cambió el trato hacia mí. Estoy furiosa por cómo me trataron y tengo ganas de explotar. Pero también estoy a merced de esta manada. Tengo que tener cuidado por si pueden hacerme más daño. Pero en cuanto pueda, me pondré en contacto con el consejo.