La niña Pendragon
A inicios de la temporada de verano la gente se acercaba al castillo para pedirle a la reina bienes, tierras y monedas, a cambio de sus preciadas vidas, sirviendo así a la guardia real para futuras guerras. La familia Pendragon fue la última en presentarse ese día. A la reina le fascinaba que la gente le suplicara por tantas cosas materiales que no les importaba perder la vida al día siguiente. Uther y su hijo, fueron al castillo para pedir terrenos cerca del castillo, ya les cansaba la vida que estaban viviendo y querían comenzar a ser gente de clase y tal vez quizás pasar a ser parte de la corte de la reina.
—¿Qué desean?— la reina Kara preguntó desde su trono viéndolos de manera aburrida.
—Mi reina, quisiéramos tener terrenos cerca al castillo, a cambio de nuestros servicios.
—¿Servicios?
—Sí, su majestad. Queremos vivir cerca del castillo y formar parte de la corte de su majestad.
—¿No creen que estén pidiendo demasiado?
—No, mi señora. Creemos... que es lo justo.
—¿A cambio de qué? Tienen que entender que sus vidas no me serán suficientes.
—Yo... puedo... ofrecerle a mi hija— la reina se mostró interesada por las palabras de Uther. Nunca nadie había ofrecido a sus hijos a cambio de algo.
—¿Edad?
—Mañana cumplirá los 17 años. Es una joven hermosa y...
—¿Cuál es su nombre?
—Morgana— la reina se cruzó de piernas fingiendo que no era gran cosa, pero la verdad es que estaba muy interesada.
—Cuando la traigan con ustedes pasarán a ser parte de la corte y obtendrán sus terrenos, mientras tanto, solo serán palabras echadas al aire.
—Gracias, su majestad. Estamos muy agradecidos con su generosidad. Mañana mismo la traeremos ante usted.
—Bien, retírense— esa noche Kara no logró dormir, pensando en cómo sería la niña Morgana.
Al día siguiente, a primera hora, Uther se encontraba con su hija frente a las puertas del castillo. Kara, que desde muy temprano se encontraba en el salón, mandó a que los dejaran pasar. Cuando las puertas se abrieron, por fin pudo ver a la chica que se estuvo imaginando toda la noche. Ella era pelinegra, de ojos verdosos, un poco más alta de lo que esperaba, pero estaba muy delgada.
—Mi reina, ella es Morgana, mi hija.
—James, acompaña al señor hacia los terrenos, luego de integrarlo a la corte de manera oficial.
—¿Papá?— la chica aun no sabía lo que estaba sucediendo y desconocía la razón de estar ante la reina.
—Cariño, hacemos esto por tu bien. ¿Sí? Tu hermano y yo te amamos.
—No estoy entendiendo, papá.
—Sígame por aquí, señor Pendragon— James guio al hombre fuera del salón, para que Kara y Morgana quedaran a solas. Apenas las puertas se cerraron, Kara sintió un cosquilleo en su entrepierna, se levantó y caminó hacia la chica.
—Entonces, tú eres Morgana.
—Sí, su alteza— contestó la chica un poco nerviosa.
—Alza los brazos— Morgana hizo gesto de no entender y Kara volvió a pedírselo.
—Levántalos.
La pelinegra hizo caso, pero dudando. Kara la miró directo a los ojos y luego observó todo su cuerpo. Era delgada, pero se podía trabajar en eso. La rubia llevó sus manos hasta los antebrazos de la chica y los apretó. Subió hasta sus hombros y volvió a dar un apretón. Llegó hasta sus costillas y volvió a apretar, luego su cintura y por último, sus muslos.
—Estás muy delgada.
—S-sí— Morgana estaba algo incómoda después de haber sido tocada por la reina.
—Escuché que hoy es tu cumpleaños. Tengo preparado para ti un regalo— Morgana la vio con ojos brillosos, nunca había recibido un regalo en su cumpleaños y mucho menos de la reina.
—¿Me acompañas por él?
—Sí— contestó en un manojo de felicidad.
Kara la llevó por el castillo hasta llegar a su habitación. Dejó pasar primero a la chica para luego cerrar la puerta y colocar el seguro. Fue hasta su cama en la cual había un conjunto de dagas y se sentó al lado de ellas.
—Ven, no tengas miedo— Morgana con pasos torpes se acercó a ella.
—Bien, quiero que elijas una de éstas. La que más te guste— la pelinegra miró a la reina y luego las dagas. Observó cada una con detenimiento hasta decidirse por una.
—¿Esa es la que más te gusta?— la chica asintió en respuesta.
—De acuerdo— Kara retiró las demás y se colocó delante de Morgana. —¿Sabes donde se encuentra el corazón?— Morgana volvió a asentir, pero lentamente. No sabía porqué había preguntado eso.
—Entonces será fácil. Con esta misma daga...— tomó la mano de la pelinegra y la subió hasta su pecho. —Quiero que presiones aquí con fuerza.
La mano de Morgana tembló y luego soltó la daga, dejándola caer al suelo.
—No haré eso.
Kara dio una bofetada a la cara de la chica, tomándola por sorpresa. Se agachó a tomar la daga, agarró a Morgana del cuello y la empujó hacia la cama, para luego lanzarse a horcadas sobre ella. Con sus rodillas, aprisionó los brazos de la pelinegra, para que no pudiera luchar. La chica estaba completamente asustada.
—Cuando diga que hagas algo, lo harás sin ninguna duda o de lo contrario...— Kara desgarró parte del vestido de Morgana e hizo un corte sobre su piel, haciendo una pequeña pero profunda línea sobre su pecho. La chica comenzó a patalear y llorar por el dolor que le estaba provocando. —Serás castigada.
—Cada año, en este mismo día, vendrás a mi habitación y haremos lo mismo. Hasta que logres matarme. Si no, recibirás como regalo un corte nuevo en tu blanquecina piel— la reina besó su barbilla para luego salirse de encima de ella. Cogió un pañuelo y limpió la sangre de la daga para continuar hablando.
—Por ahora, vivirás con uno de mis mejores soldados. Él te cuidará, alimentará y entrenará hasta nuestro siguiente encuentro. Espero que para la próxima al menos sepas defenderte. Por ahora no me sirves— Kara dejó la daga junto a las demás y después salió de la habitación.
Morgana permaneció sobre la cama, no podía hacer nada mas que llorar. Después de un rato, un hombre vino a buscarla. Y como había dicho la reina, ese mismo hombre la cuidó, alimentó y entrenó. Nunca se le ocurrió escapar porque siempre estuvo vigilada. Su entrenamiento era tres veces a la semana y ya no estaba tan delgada como el año pasado. Sus músculos estaban ahora pronunciadamente más marcados. Pero cada noche derramaba lágrimas, pensando en que su padre la había abandonado, que eran unos traidores por haberla vendido. Ahora no era nadie, solo era un peón más para la reina.
Había pasado un año exacto y hoy era su cumpleaños. Debía ir a la habitación de Kara para recibir su regalo de cumpleaños. Y ella estaba decidida en acabar con todo eso, le clavaría la maldita daga en lo más profundo de su corazón, hasta verla morir. Cuando llegó a la habitación, Kara ya la esperaba.
—Ya no eres una niña, Morgana— sus palabras le produjeron asco y más aun el verle sonreír.
—Desnúdate— Kara tomó asiento sobre la cama sin dejar de ver a la chica. Morgana se quitó la ropa quedando completamente desnuda ante la oscura mirada de la reina.
—Has trabajado muy duro— dijo Kara caminando hacia ella.
—Alza los brazos— ordenó y la pelinegra hizo caso, pero miró hacia otra parte.
Kara alcanzó sus antebrazos y apretó. Subió a sus hombros e hizo lo mismo. Ahora había bajado sus manos hasta debajo de los senos de Morgana, habían crecido mucho en tan solo un año. Quería tocarlos, pero se contuvo. Alzó la mirada para ver a la pelinegra y luego siguió su trayecto, bajó por sus costillas no sin antes tocar su abdomen ligeramente marcado. Kara gimió por lo bajo, imaginando cosas. Después llegó a su cintura, hasta acabar en sus muslos.
—Mejor que la primera vez. Ven, debes elegir una daga— Morgana caminó detrás de ella, no se molestó en colocarse la ropa de nuevo, quería que todo se acabara pronto. Esta vez no lo pensó mucho y tomó la primera que vio. —¿Entonces quieres acabar con esto? Pues adelante, sabes donde debes clavarla.
La pelinegra apretó la daga en su mano y luego fue directo al pecho de Kara. Pero no se imaginó que la reina fuera a esquivarla y golpeara su mano para que soltara la daga. Cuando fue a tomar de vuelta la daga, Kara la agarró del cabello para que retrocediera. Dio un golpe en su rodilla para que cayera al suelo y de nuevo subirse a horcadas sobre ella, solo que esta vez Morgana estaba contra el suelo dándole la espalda a la reina. Kara se estiró para tomar la daga.
—¿Creíste que esta vez te lo dejaría fácil, cariño?— Morgana intentó moverse debajo de ella, pero la reina puso la daga sobre su cuello para que se estuviera quieta.
—Debes apuñalarme a la primera, de lo contrario sabes lo que te tocará.
Kara dibujó con la misma daga una línea en la espalda desnuda de Morgana y ella volvió a llorar, no solo por el dolor sino también por haber fallado.
—No sabes cuan excitada estoy ahora mismo— susurró en su oído antes de levantarse.
—Te esperaré el siguiente año. Deberé hablar con Hank para que te entrene mejor— la reina había salido de la habitación dejando sola, desnuda y herida a Morgana.
Durante los siguientes tres años fue igual, la pelinegra entrenaba fuerte para después ser vencida y marcada por Kara. El odio hacia la reina fue creciendo mientras más se acercaba esa fecha. Morgana nunca pensó que odiaría tanto su cumpleaños. Nuevamente estaba dentro de esa habitación de infierno. Con un semblante serio y más maduro.
Kara la esperó en la puerta. Apenas entró le pidió que se desnudara y Morgana lo hizo aún más rápido que la última vez, sorprendiendo a la rubia. La reina se colocó detrás suyo y fue directamente a sus senos, tocándolos y apretándolos.
—No sabes cuantas veces he pensado en ti estos últimos meses, Morgana. Estaba muy ansiosa de que llegara este día— justo como el primer día, Kara volvió a sentir el cosquilleo en su entrepierna y era más fuerte cada vez que veía a la chica. Se paró delante de Morgana y bajó una de sus manos hasta el muslo interior de la pelinegra.
—Creo que me he obsesionado contigo, pequeña— Morgana no la estaba mirando, miraba por encima del hombro de la rubia y eso la hizo enojar. La reina la tomó del mentón obligándola a bajar la mirada.
—Debes mirarme mientras te hablo, no querrás recibir tu regalo desde ahora— Kara depositó un beso sobre los labios de la pelinegra.
—Comencemos.
Kara caminó hacia la cama, pero Morgana esta vez se le adelantó, tomó la daga y empujó a la reina sobre la cama quedando ella ahora sentada a horcadas sobre la rubia. La reina no pudo evitar gemir y Morgana la miró con el ceño fruncido.
—No sabes cuantas veces he imaginado esto— dijo la reina y la pelinegra alzó su mano y llevó la daga sobre el pecho de Kara, pero sin hacer presión. —Tú, sobre mí, solo hace que me excite más.
—Estás enferma— exclamó Morgana.
—Quizás lo esté y por eso es por lo que debes matarme, cariño. Solo debes... presionar y serás libre— Kara tomó la mano de la pelinegra y comenzó a hacer presión sobre su propio pecho, pero Morgana no quería hacerlo. Luego de todos estos años de querer matarla, ahora no quería hacerlo.
—¡Presiona!— gritó la reina. La chica lanzó la daga lejos y aguantó las manos de Kara para que no le hiciera nada.
—¿Por qué me vendieron? ¿Fuiste tú la que me pidió como pago a cambio de riquezas? ¿Por qué?
—Yo no tuve nada que ver. Ellos vinieron solos. Querían terrenos y formar parte de mi corte, pero sus vidas no me eran suficientes como un simple pago.
—Entonces les diste la idea...
—No, tu padre fue quien lo sugirió. Tu padre fue el que te ofreció como un segundo pago. Te trató como si fueras un tipo de moneda con la cual poder comerciar.
—Eso no es cierto. Él... él no lo haría.
—Así fue como ocurrió, ni siquiera tu hermano se opuso y fue tu padre quien te trajo aquí. Solo por querer ser alguien importante. Ellos no pensaron en ti, solo en ellos, siempre fueron ellos.
—No, no, no...— las lágrimas no caían, porque ya no le encontraba razón para seguir llorando. Lo único que sentía era odio. Golpeó el colchón y Kara aprovechó que la había soltado para salirse de debajo de ella. Pero ya Morgana la conocía, sabía de sus artimañas. La sostuvo de las muñecas con una mano y con la otra hizo presión en su cuello.
—Esta vez no te saldrás con la tuya, Kara.
—Que mi nombre salga de tu boquita solo me hace querer besarte— Morgana vio como sus ojos comenzaron a oscurecerse, estaba excitada. Hizo más presión sobre su cuello y la reina gimió.
—¿Esto... es lo que querías todo este tiempo?
—Si te digo que no, ¿me creerías?— Morgana apretó más, hasta el punto de dejar una marca rojiza temporal y lo único que obtuvo de Kara fueron gemidos.
—¡Contesta!
—¡Mierda sí! ¡Desde que te vi en lo único que pienso es que me hagas tuya!
Morgana la besó sin aflojar su agarre, al contrario, hacía más presión. Mordió su labio inferior tan fuerte que la hizo sangrar. La pelinegra rompió el vestido de Kara dejando sus senos expuestos. Sus pezones estaban erectos y no por causa del frío.
—Si mueves tus manos tan solo un poco, me iré y no me verás hasta el siguiente año.
—Si te vas, juro que te mataré.
—No, no lo harás— Morgana soltó sus muñecas para pellizcar uno de sus pezones y Kara dio un fuerte gemido que hizo estremecer a la pelinegra. Estuvo pellizcándolos por un rato, hasta que decidió acercarse a morderlos. En ningún momento fue delicada, ella no se lo merecía. Kara levantaba la espalda para sentir más a Morgana, que chupaba uno de sus pezones. La pelinegra también estaba excitada e iría por más. Mordió el mentón de Kara para después besarla de una forma desesperada. Terminó de arrebatarle el vestido sin dejar de besarla y ahora las dos estaban desnudas.
Morgana subió a su cuello para también morderlo, haciendo que sus pezones alcanzaran a rozarse y Kara no se detuvo en soltar uno que otro gemido. La pelinegra arañó el abdomen plano de Kara tan fuerte que comenzó a arder, pero a Kara poco le importó. Estaba muy excitada como para fijarse en el dolor. Al parecer el dolor era un sinónimo de placer para la rubia. Morgana bajó la mano hasta llegar al centro palpitante y húmedo de Kara y deslizó sus dedos con total facilidad. Hasta que encontró un punto que, hizo temblar a la reina debajo de ella. Comenzó con movimientos circulares, estimulando a Kara.
—¡Morgana!— una sonrisa se formó en el rostro de la pelinegra, ahora ella era la que tenía el poder. En este momento Kara no era nadie, solo una esclava del deseo y la excitación. Aumentó sus movimientos, la rubia cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás soltando un suspiro lleno de gozo. Cuando la rubia comenzó a arquear su cuerpo en busca de más contacto, Morgana se detuvo.
—¿¡Por qué mierda te detienes!?— gritó Kara frustrada. —¡Termina lo que empezaste o tendré que...!
—¿Qué? ¿Me marcarás de nuevo? No creo que eso te funcione ahora.
—Por favor... solo... tócame— rogó la rubia.
—¿Qué te toque? Eso estoy haciendo, su alteza— contestó Morgana, Kara rodó los ojos y decidió acariciarse ella misma para acabar de una vez. La pelinegra volvió a sostenerle ambas manos, negándole el orgasmo que quería conseguir. Kara se movió debajo de ella provocando que sus sexos se rozaran y ambas gimieron.
—Vamos... quieres esto... tanto como yo... Morgana.
La pelinegra volvió a besarla, pero esta vez era Kara la que guiaba el beso, estaba desesperada. Morgana bajó su mano hasta su entrada para penetrarla con dos dedos al mismo tiempo, la rubia se separó de sus labios para volver a gemir. Morgana la penetró duro y rápido mientras frotaba su punto sensible. La rubia enterró sus uñas en la espalda de la pelinegra por la sensación que sus dedos le estaban provocando. Kara levantó su cintura para que Morgana pudiera penetrarla más profundo hasta que al fin logró su ansiado orgasmo.
Kara cerró los ojos y Morgana solo se quedó mirándola. Cuando la rubia se recompuso empujó a la pelinegra, dejándola debajo de ella. La chica la miró nerviosa, esa era la misma posición en la que la colocaba para luego marcarla. La reina quitó algunos mechones que se habían pegado a la frente sudada de Morgana. Se sentó sobre ella y acarició las líneas que había hecho en los últimos años. Había dibujado una K sobre su pecho, reclamándola como suya. La rubia la miró para después besar la inicial de su nombre sobre el pecho de Morgana. Pasó su lengua hasta llegar a su cuello y se detuvo en su oído.
—Desde que tu padre te trajo a mí, te he deseado. Me he sentido tan sola todos estos años y tenerte a mi disposición me mantuvo distraída de mis deberes como reina. Jugar contigo fue muy excitante, cada vez que te tocaba sentía que debía ser la única que lo hiciera. Por eso te mantuve encerrada todo este tiempo, no quería que nadie te mirara. Solo yo, Morgana— Kara tomó las manos de la pelinegra y las llevó hasta sus nalgas.
—Cada vez que nos veamos quiero que me hagas tuya.
—¿Y si me opongo?— preguntó la chica y como una chispa a punto de iniciar un incendio, Kara reaccionó apretando su mandíbula y agarrando a Morgana por el pelo.
—No lo harás. Te gustó tenerme debajo de ti mientras llevabas el control. Sé que no te negarás cuando suceda— la reina dejó un casto beso sobre los labios de Morgana antes de levantarse y vestirse.
Morgana se quedó mirándola, viendo como ella también la había marcado en el momento con sus rasguños y mordidas. La pelinegra se levantó y rodeó con sus brazos a Kara para que no se moviera. Buscó el hueco entre su cuello y hombro para posar su cabeza, aspirando el aroma mezclado de sudor y perfume.
—Aun no he terminado contigo.
—Si lo hiciste. Ahora debo volver...— Morgana la tomó por la cintura haciéndola girar para que la viera.
—No creo que esperar durante estos cinco años para terminar en unos minutos te sea suficiente. Quieres más y esperas por más.
La pelinegra pasó sus manos por las curvas de la reina y la agarró del cuello para besarla con fuerza. Kara jadeó por encima del beso. La mano de Morgana bajó por el mismo trayecto que había recorrido, arañando nuevamente y posicionándose en el clítoris de la rubia. Presionando fuerte, Kara dio un brinco por la sorpresa y Morgana sonrió de lado. Las caderas de la rubia comenzaron a moverse frotándose contra los dedos de la pelinegra.
—Sí, si lo quieres.
La chica la levantó e hizo que rodeara con sus piernas su cintura. Cuando el sexo de Kara se unió a los abdominales de Morgana, la reina gimió en respuesta. Morgana la sentó en la cama y se arrodilló delante de ella. Dejó un beso entremedio de los senos de Kara y bajó hasta donde quería llegar. Tenía visión de su sexo húmedo y brillante. Respiró muy cerca haciendo que Kara se estremeciera. La rubia llevó su mano a la cabeza de Morgana para que se acercara más y eso hizo.
Se hospedó entre las piernas de la reina y succionó. Kara se recostó en la cama, apretando las sábanas por el nuevo placer que Morgana le estaba provocando. La pelinegra empezó a chupar y lamer el clítoris de Kara y para hacerla sentir mejor, la volvió a penetrar. Esta vez con tres dedos. El placer se esparció por cada esquina del cuerpo de la rubia y los espasmos hicieron vibrar sus piernas.
—Oh... Morgana...— a su lengua llegó todo ese líquido viscoso que tragó sin pensar. Besó su muslo interno y volvió a subirse sobre Kara para besarla y que conociera su propio sabor. Llevó uno de sus dedos a la boca de la rubia y esta lo chupó con regocijo.
—¿Aun quieres irte?— preguntó Morgana sin pensar.
—No. Creo que puedo quedarme un poco más.