El Depósito de la Felicidad [HyunJin] [Stray Kids]

Sinopsis

En medio del clamor de un estadio rebosante de emociones, alcanzaba la cima de la felicidad. Pero como un relámpago en la noche, esa euforia se desvaneció, dejando mi depósito de alegría completamente vacío. Ahora, en el giro de 180 grados que ha tomado mi vida, cada día es una batalla por recobrar esa sensación perdida. Sin embargo, mi camino se cruzó con alguien cuyas sonrisas desafiaron mi desesperanza, desentrañando los misterios de la felicidad efímera y la persistencia del dolor. Mientras observaba y enfrentaba mis propios demonios, me sumergí en la búsqueda de cómo llenar nuevamente el depósito de la felicidad. -------------------------------------------------- HyunJin x Félix - HyunLix ------------------------------------------------ ►Stray kids◄ -------------------------------------------------- Historia totalmente original de mi autoría. -------------------------------------------------- ADVERTENCIAS ►Escenas sexuales ►Contenido homosexual ►Mención de abuso ►Consumo de drogas y alcohol ►Depresión, intento de suicidio, violencia ►Capítulos largos ►Historia lenta ►Actualizaciones lentas ------------------------------------------------ Inicio: 9 de junio de 2024 --------------------------------------------- Todos los derechos reservados

Genero:
Drama/Other
Autor/a:
D1uK
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. EL PICO DE LA EUFORIA

¡Y aquí estamos, señoras y señores, en los últimos segundos del tiempo suplementario! La tensión es palpable en el estadio de Lusail; la multitud contiene la respiración. Francia tiene una última oportunidad, ¡es ahora o nunca! Kolo Muani recibe el balón, se prepara, ¡y dispara! Pero espera, ¡qué es esto! ¡Es Emiliano “Dibu” Martínez volando hacia la pelota! ¡Increíble! ¡Con un reflejo sobrenatural, extiende su pierna y…! ¡SÍ! ¡La ha parado! ¡Ha parado lo imparable!

La afición argentina estalla en júbilo, ¡Martínez se ha convertido en el héroe absoluto! Con esa parada milagrosa, ha salvado a su equipo de la derrota y mantiene viva la esperanza de la gloria mundial. Los jugadores argentinos corren hacia él, es una montaña de camisetas albicelestes. ¡Martínez! ¡Martínez! Su nombre resuena en el estadio, en las calles de Buenos Aires, ¡en todo el mundo!

Y así, amigos, con esa parada legendaria, Argentina se dirige a la tanda de penales. ¡Qué momento para la historia del fútbol argentino! ¡Dibu Martínez, señoras y señores, ha escrito su nombre con letras de oro en la Copa del Mundo!

Aquel suceso había sido hasta el momento lo más emocionante que había presenciado en mi vida. Aunque no soy argentino y realmente vivo al otro lado del mundo, quedé sin respiración y creo que mi corazón se detuvo. Todo mi cuerpo se llenó de escalofríos y comencé a sudar frío. No podía creer que estuviera sucediendo otra vez; imágenes de mi yo de 9 años llorando se repetían en mi cabeza. Pero ver en vivo y en directo aquella atajada hizo que mi corazón latiera nuevamente y vibrara de la mayor felicidad posible. Luego de cinco segundos, pude volver a respirar. Finalmente, el penalti final en la tanda que dio a Argentina el campeonato mundial me hizo estallar de alegría.

Tenía una teoría: planteaba que una persona tenía cierto nivel máximo de felicidad, como si fuera un depósito. Cuando vivías un hecho tan emocionante que te hacía estallar de alegría, gritar con el alma y llorar al no poder soportar tantos sentimientos encontrados, tocabas ese nivel de felicidad y lo dejabas vacío. Luego de eso, tendría que pasar mucho tiempo para recargar aquel tanque de felicidad si esto era posible o encontrar a alguien que fuera capaz de recargarte haciéndote sentir la persona más feliz del mundo.

Nunca pensé que aquel día vaciaría ese tanque y con tan solo 17 años, agotaría ese nivel. El día más feliz de mi vida hasta ahora fue ver la final del mundial de fútbol con mi madre; haber estado con ella en un momento tan especial fue algo que se grabó en mi cabeza y en mi piel. Debido a ello, tengo otra teoría respecto a la felicidad: cuando ya no tienes felicidad almacenada porque la gastaste o porque no has llegado a llenar aquel depósito, constantemente haces tonterías buscando llenar ese vacío con otros vicios o incluso reemplazarlo con maldad, esperando encontrar una sensación similar que te genere satisfacción o placer como si fuera un sustituto a la emoción pura. Sin embargo, la felicidad es muy efímera. Por eso, en ocasiones parece que solo dura segundos y luego olvidamos la causa; en cambio, la tristeza o el dolor parecen tatuarse en nosotros para toda la vida, como si fueran infinitos.

Es por eso que justifiqué todos mis actos inmaduros e irresponsables, buscando algo que nuevamente llenara mi depósito de felicidad, algo que pudiera equiparar la sensación que viví aquel día. Fui un idiota y causé daño a muchas personas. Hice cosas terribles debido a mi egoísmo y al dejarme engañar por la tentación de una felicidad banal. No solo tentaba mis límites, sino que terminé tentando al diablo.

Fui condenado al infierno, resignado a cerrar los ojos e imaginar si algún día sería merecedor de volver a recargar aquel tanque. Mientras tanto, solo pasaba los días escuchando canciones que dieran algún vals interminable de fondo a mi vida mientras llegaba aquel día.

“Hey, don’t write yourself off yet

It’s only in your head you feel left out (feel left out)

Or looked down on...”

—Oye— escuché una voz a lo lejos, más allá de la música que sonaba en mis oídos.

“Just do your best (just do your best)

Do everything you can (do everything you can)

And don’t you worry what their bitter hearts (bitter hearts) ...”

—Oye, despierta— escuché nuevamente aquella voz, cada vez más cerca, como si se fundiera con la canción que resonaba en mis tímpanos.

“Are gonna say

It just takes some time

Little girl, you’re in the middle of the ride...”

—Hey, ¿Aún respiras? — escuché por última vez aquella voz, más fuerte como si estuviera en mi oído incluso sobre la canción.

“Everything, everything’ll be just fine

Everything, everything’ll be alright, alright...”

—Despierta— abrí los ojos de inmediato al escucharlo más fuerte y sentir un empujón en el hombro.

Con dificultad intenté acostumbrarme a la luz sobre mí, evitando los rayos de sol. Como si recuperara la vista, pasé de un color opaco y borroso a una imagen clara y nítida. Pude ver la cara de la persona que me llamaba: aquella piel blanca, con algunas pecas adornando su rostro, unos ojos café claro, un cabello rubio tinturado y una sonrisa sincera. Como si todo volviera a mi cabeza, recordé dónde estaba y quién era esta persona. Bajo el sonido del último coro de la canción, me levanté un poco apoyándome en mis brazos para quedar sentado.

“Everything, everything’ll be just fine

Everything, everything’ll be alright, alright...”

Retiré mis audífonos, prestándole atención.

— ¿Qué sucede? — pregunté con una voz seca, apenas recién despierto. Detecté que aún estaba recostado bajo aquel árbol, pero con el paso del tiempo, la sombra ya no me arrullaba, sino que el picante sol me quemaba con su agresiva aura. Gracias, calentamiento global.

—Lo siento, Hyung. No quise molestarte, pero ya acabó la hora libre y el sol está muy fuerte. Puede hacerte daño— Lo observé detenidamente. No dejaba de sonreír ni de actuar de forma tan agradable, a pesar de que su cara estaba cubierta por un fuerte color morado en el contorno del ojo derecho y que su labio mostraba las cicatrices de una herida reciente.

—Ya veo — acoté, mirando al chico con neutralidad. Debatía entre si lo más amable en ese momento era preguntarle qué le había sucedido o quedarme callado y no entrometerme en sus problemas. Después de un segundo, deduje que, ya que apenas lo conocía y no era mi amigo, era mejor no decir nada.

—¿Se encuentra bien, Hyung? — preguntó al verme tan sumido en mis pensamientos, mirándome fijamente.

—No me digas Hyung— me levanté de un solo tiro, pasando a su lado para volver al salón. Pero me detuve antes de entrar al gran edificio y, sin girar, dije en voz suficientemente alta para que me escuchara. —Gracias— retomé mi camino, escuchando apenas su voz.

—Con gusto, HyunJin—. Qué compañero más peculiar había encontrado acá. Aunque notaba que el chico era amable y carismático, había algo de fondo, más allá de sus golpes. Sin embargo, no había venido acá a hacer amigos; no tenía interés en intercambiar información o causar daño a alguien más. Solo quería terminar en paz mi paso por el infierno y aspirar algún día a llegar al purgatorio.

Volví a mi salón y tomé asiento en la silla asignada. Segundos después, mi compañero llegó y tomó el otro asiento. Era claro que, después de verme caminar, el chico había seguido tras de mí dejándome mi espacio. Apenas unos segundos después, entró el profesor para comenzar con aquella clase que en el momento ni recordaba. Todos sacaban sus libros y yo no tenía ni idea de cuáles eran ni de qué asignatura se trataba.

—Es ética y moral— susurró aquel chico. Supongo que mi expresión de confusión al ver a todos fue muy fácil de leer. Asentí, sacando el libro que estaba en el cajón de mi mesa. Tomé el lápiz para tratar de prestar atención a lo que decía el profesor. Era irónico cómo trataban de enseñar una asignatura para convivir en sociedad y replantear tus decisiones y camino de vida. Era más irónico cuando me daba cuenta de que la mayoría de las personas en esta escuela tenían un alma más podrida que la mía. Como ejemplo, podía señalar a mi compañero, el chico que de un fin de semana a lunes había llegado con las secuelas de una evidente golpiza. No era mi asunto. No sé qué pasaba exactamente por la cabeza de las personas que se suponía que eran mis compañeros. Ya era mes y medio del nuevo ciclo escolar en mi último año y yo apenas cumplía una semana de haber llegado. Eso significaba que lo que pasara entre mis supuestos compañeros no debía incumbirme. Pero aún me intrigaba cómo, después de observar cada cosa que le habían hecho a mi compañero, él seguía con la sonrisa intacta. Parecía ser masoquista, pero también creía que podía ser solo idiota por no hacer nada por sí mismo.

Tal vez, podía agregar algo a mi teoría sobre la felicidad. A veces hay personas que drenan aquel tanque de felicidad tan lentamente que pareciera que nunca la perdieran. Tal vez por eso nunca encuentran el nivel para estallar alcanzando el máximo, aunque algo me decía que eso era más acertado a mi teoría de la tristeza.

Me planteaba cómo, al haber desocupado aquel tanque, había llegado hasta aquí. Hace menos de seis meses disfrutaba de las maravillas de la irresponsabilidad. Solo era un adolescente que estaba a punto de cumplir su mayoría de edad. Mi cumpleaños me permitió seguir haciendo todas esas cosas que hacía, pero ahora con la independencia de que eran solo propiedad mía. Además de eso, gozaba de una gran libertad en mi escuela. Terminaba mi penúltimo año escolar y, a pesar de mi popularidad, mis méritos se acreditaban con mis buenas calificaciones. No eran perfectas, pero consideraba poseer una inteligencia particular: si algo me interesaba, podía captar la idea rápidamente. Bajo la ley de la lógica, las operaciones matemáticas se me facilitaban y, bajo la ley del razonamiento, disfrutaba de la capacidad de elegir aquello que me beneficiaba en el momento.

Sin embargo, mis acciones tuvieron repercusiones. Me vi involucrado en una gran rivalidad, pero algo me decía que mis acciones no eran del agrado de todos. Era consciente de que había ido paso a paso haciendo horrores a los demás. Luego de unas vacaciones de verano, donde cada día era una fiesta nueva para mí, no pasó una semana del nuevo año escolar y con la primera fiesta de celebración, aquella venganza cayó sobre mí.

Después de ello, tuve que abandonar mi vida tal y como era. Un mes después, lograron que entrara a esta escuela. Aunque en parte fue un favor personal de mis progenitores, mis calificaciones hicieron mucho peso en esa decisión. A pesar de eso, las clases siempre me parecieron aburridas.

Esto era totalmente diferente a mi antiguo ambiente. Había pasado de una escuela normal, eso sí, privada, a una escuela con énfasis en áreas técnicas y artísticas como profundización. La jornada de estudio era más larga y ya que era una escuela muy exigente, teníamos en el escenario a adolescentes de la peor escoria humana del mundo. En comparación con la anterior, aquí había muchos herederos de grandes conglomerados, gente con dinero de dudosa procedencia y chicos demasiado inteligentes que, por su propio mérito, habían logrado una beca en aquel lugar. Lo odiaba.

Aún estaba en proceso de catalogar en categorías a cada quien que podía analizar, así como en etiquetarlos en algunos de los siguientes grupos: Los depredadores, quienes creían que podían pasar sobre los demás y abusar de ellos; las presas, que eran los sumisos de los imbéciles primeros y dejaban que estos hicieran lo que quisieran con ellos; y finalmente estaban los espectadores, pero no era que solo observaran, más bien eran los que tenían una doble cara de chicos inocentes, pero eran igual de maliciosos que los depredadores. Hasta el momento, no podía creer que hubiera buenas personas en tal lugar.

Sin embargo, había alguien a quien todavía no estaba muy seguro de poder catalogar y es que, más que desconfiar de sus acciones, no las entendía. Hace una semana había llegado a esta escuela y ya había observado lo suficiente.

—Bueno chicos, hoy voy a presentarles a su nuevo compañero de clases. Debido a inconvenientes de trabajo de sus padres fue obligado a entrar tarde a la escuela, espero lo ayuden y sean buenos con él. Preséntate por favor—. Este se suponía que era mi nuevo comienzo, pero con solo esta bienvenida me daba cuenta de que estaba lleno de mentiras que debía seguir por mi propio bien.

—Mi nombre es Hwang HyunJin, tengo 18 años. Un gusto en conocerlos—. Solo me limité a decir lo suficiente suprimiendo una sonrisa. Mi intención no era que creyeran que era el típico chico emocionado por hacer amigos. Tampoco lo tenía permitido; mi único objetivo era pasar desapercibido cumpliendo mi deber.

Tal como me indicó de inmediato la profesora, debía sentarme en la silla libre disponible. Ese era el principio por el cual estaba en aquel salón. Debido al tiempo, solo había un cupo disponible y era en el salón D. En mi antigua escuela, a medida que avanzaban las letras se catalogaba a los estudiantes a un nivel de rareza. ¿Acaso ahora era de los raros? Esta era solo una palabra más amable para decir que, a medida que aumentaba el número de tu clase, significaba que eras más estúpido. Siempre estuve en la clase A, pero al parecer las letras aquí significaban algo muy diferente.

Tomé asiento notando que mi compañero me sonreía muy alegre. Parecía de lo más extraño, aun cuando yo solo lo miraba fijamente sin darle una sola señal de querer conversar.

—Soy Félix, si necesitas cualquier cosa no dudes en decirme—. Solo asentí, virando mis ojos al frente, lejos de él. No necesitaba amigos ahora.

Luego de varias clases, llegó la hora del almuerzo. Algo me habían dicho sobre dónde quedaba la cafetería. La verdad, sí tenía hambre y el ambiente incómodo de una escuela nueva causaba ansiedad en mí.

Hice la fila para pedir la comida. Sin embargo, antes de tomar la bandeja, busqué mi billetera para pagar. No pude sentirla en ninguno de mis bolsillos. Ahora que lo pensaba, lo más probable era que la había dejado en casa mientras intentaba guardar las cosas necesarias para este primer día. Suspiré, dejando todo en su lugar, dispuesto a alejarme de ahí. Tendría que aguantarme hasta llegar a casa.

—Hyung, voy a pagar por ti esta vez. Veo que tal vez no trajiste dinero, pero tampoco es bueno aguantar hambre, así que acéptalo por favor—. No pude prever cuando aquel chico se acercó pasando delante de mí. Tomó dos bandejas y avanzó, dejándolas en la línea.

Solo pude observarlo con extrañeza. No necesitaba ayuda de nadie, menos de un chico como él, del cual sospechaba sus intenciones. Aun así, no le dije nada. Este sacó algunos billetes de su bolsillo y pagó al cajero antes de comenzar a seleccionar la comida.

—Hyung, venga. Todo es delicioso, pero debes escoger según tus gustos—. Me llamaba para que tomara mi bandeja y eligiera la comida. A tientas lo hice, acercándome a él, pero en vez de darle alguna palabra amable por su acción solo pude advertirle algo.

—No me digas Hyung—. Este me miró sorprendido, pero luego rió divertido.

—Está bien. Espero que disfrutes la comida—. Terminó de llenar su bandeja y pude ver cómo se alejaba en camino a una mesa con varios chicos. Ni siquiera me inmuté en analizarlos, solo dejé de observarlo cuanto tomó asiento.

Elegí lo que parecía bueno para comer y tomando la bandeja, me dirigí a la mesa más alejada posible verificando que estuviera sola. No quería socializar durante mi comida. Mientras comía, revisaba mi celular, más específicamente mi reproductor, analizando qué tenía ganas de escuchar el día de hoy.

Esperé a que terminara la hora y hasta el último minuto, quise regresar al salón de clases. Intentaba caminar hacia allí, ignorando a todo el que se atravesaba e incluso sus miradas de diferentes tonos, que me analizaban como si fuera una nueva presa en la selva. Sin embargo, al pasar por uno de los pasillos no pude ignorar cómo un grupo de unos cinco chicos estrellaban a mi compañero contra los casilleros mientras se reían de él. Luego abrieron uno y lo empujaron dentro para encerrarlo y comenzar a golpear la puerta mientras reían a carcajadas. Aun así, preferí no hacer nada, simplemente pasé a su lado como si ni siquiera los hubiera visto, ignorando sus miradas en espera de que dijera o hiciera algo. Ese no era mi problema.

Empezó la clase y, unos diez minutos después, Félix llegó acelerado. Le dijo algo a la profesora, quien solo le indicó que se sentara en su silla. Él lo hizo, sacó sus cosas y, como si ignorara todo lo que había pasado, solo sonrió mientras prestaba atención en la clase. Y eso que apenas era lunes.

El siguiente día me aseguré de llevar mi billetera, pero esta vez olvidé todo lo necesario para escribir. La primera clase era matemáticas y, por más que fuera fácil para mí entenderlo, me resultaba imposible cumplir con la maldita tarea sin algo para trazar.

—Hyung, aquí tienes. Puedes devolvérmelo al terminar el día—. Me alcanzó un lápiz prácticamente nuevo y un borrador para que pudiera escribir. Sin protestar ante su acción, lo tomé, pero nuevamente solo le dije:

—Ya te dije que no me digas Hyung—. Rió nuevamente, regresando su atención al profesor. Este chico era muy raro.

Pasé el resto del día sin prestarle más atención. Al terminar las clases, le regresé sus cosas antes de disponerme a guardar las mías. Este chico, muy apurado, salió corriendo al recoger todo lo suyo, dejándome sorprendido por lo rápido que corría.

Tomé mis cosas y, al pasar por mi casillero para intercambiar lo que debía llevar y dejar, salí de la escuela. Esperaba alejarme unas cuadras para encender un cigarrillo y calmar la ansiedad que aún me producía este lugar. Al voltear la esquina, saqué uno de mi cajetilla y, mientras lo encendía, desvié mi mirada al frente. En efecto, los mismos cinco chicos de ayer tomaban a mi compañero y lo empujaban entre ellos con la intención de marearlo.

—Por favor, voy tarde. Déjenme en paz—. Pedía a sus agresores. Aun así, tampoco hice nada. Calé profundamente mi cigarrillo y, cambiando de acera, lo último que vi fue que, de un empujón muy fuerte, caía al suelo soltando un quejido de dolor.

El miércoles me aseguré de empacar todo lo necesario, incluida mi billetera y mis lápices. No tenía intención de que este chico siguiera dándome algo de su lástima. Tomé asiento y, unos minutos después, vi cómo él llegaba cojeando un poco, supuse que del golpe de ayer. Tomó asiento y, con su habitual sonrisa, me saludó, dispuesto a alistar sus cosas para la clase.

Ahora podía plantear un nuevo adjunto a mi teoría. Aunque esta estaba relacionada con su contraparte, mi teoría de la tristeza. Suponía que, si una persona estaba rodeada constantemente de tristeza, esta emoción tenazmente le perseguía. Y aun así sonreía. Lo que le llamaban optimismo, yo lo podía definir como que, dentro de su depósito de felicidad, había un flotador de tristeza constantemente subiendo y bajando según su nivel de felicidad. Debido a que aún no había podido alcanzar el nivel de felicidad necesario, la tristeza aún no podía tomar el exterior, pero así mismo peligraba en que, cuando ya no hubiera más espacio, esta tristeza explotaría, ensuciando la felicidad a su alrededor.

Unas clases después bastaron para seguir dándole fundamentos a mis teorías. En una clase de la que no tenía ni idea de qué hablaba el profesor, al parecer un trabajo que llevaban el mes desarrollando debía entregarse hoy. Yo, como el ignorante estudiante nuevo, me encontraba entre la espada y la pared al no tener ni las ganas de hacer el trabajo.

—Tranquilo, Hyung, sé que eres nuevo y no debes tener idea. Así que, si quieres, puedes trabajar conmigo. Tengo el 70% terminado, pero aún tengo algunos problemas con las operaciones. Si me ayudas, podemos entregarlo juntos antes de finalizar la clase—. Explicó, sacando las hojas de su carpeta para mostrarme el avance que tenía. Nuevamente, solo lo miré antes de tomar las hojas y pronunciar las palabras cargadas de la misma connotación de siempre:

—Ya te dije que no me digas Hyung—. Advertí antes de analizar qué se suponía que tenía que operar para comenzar con los ejercicios, mientras el chico reía divertido.

—Claro—. Dijo, prestando atención a lo que yo escribía.

Luego de entregar el trabajo, hubo una hora de estudio libre ya que el profesor no estaba. La mayoría de mis compañeros habían salido del salón, incluyendo a aquel chico que compartía mi mesa de trabajo.

Tenía ganas de fumar un cigarrillo. Sin aguantar más la ansiedad, tomé el impulso de ir al baño, esperando que estuviera solo para hacerlo, sabiendo que era lo más prudente fumar dentro de la escuela.

Salí buscando los sanitarios que se encontraban cerca del salón. Entré al de hombres, escuchando un bullicio al que no le hice caso. Ya resignándome a que no podría fumar, mejor me dispuse a orinar para no perder el viaje. Ignorando el alboroto que había al fondo de los cubículos, terminé mis necesidades y me acerqué al lavamanos para asearme. Abrí la llave del agua, levanté la vista y, a través del espejo, vi de nuevo a aquellos cinco chicos. Tenían a mi compañero contra la pared de uno de los cubículos. Apenas en camisa, ya que su saco lo habían metido al inodoro; incluso sus zapatos también los habían echado ahí. Nuevamente, aun así, no hice nada. Mi mirada se encontró con la de uno de los chicos y, desviándola como si no hubiera visto nada, salí de allí ignorando los quejidos de mi compañero.

Varios minutos después, llegó ignorando el hecho de que sus zapatos sonaban debido a la humedad y que ya no portaba su saco. Aun así, me sonrió y tomó asiento en su lugar.

El jueves fue el último día de esa semana en que lo vi. Esa mañana parecía estar estrenando un saco y zapatos nuevos. Realmente no presté atención en apreciar el lujo que se estaba dando; eso no me convenía, pero lo suponía por lo que le hicieron ayer.

Me saludó y, como todas las mañanas, alistaba sus cosas para la clase. Con suerte, no tendría que prestarle más atención.

A mediodía, fui llamado por la coordinadora para hablarme sobre los clubes. Recordaba que, ya que era una escuela con énfasis, debía escoger algo con lo que perder el tiempo los jueves y viernes por la tarde. No tenía ganas de participar en un club, pero estaba obligado a hacerlo si quería graduarme de esta escuela.

Salí de la oficina con varios panfletos que enumeraban la cantidad de clubes disponibles. No quería leerlo todo y sinceramente no tenía idea de cuál podría interesarme.

—Hyung, ¿estás buscando un club? —escuché aquella voz sacándome de mis pensamientos—. Aquí es obligación pertenecer a uno, así que debes elegir. Hay muchos de deportes, tanto individuales como de equipo, pero, al contrario, hay varios clubes dedicados a diferentes artes. Incluso hay otros más abstractos como el de periodismo, debate o política—. Le miraba estupefacto, pensando en cómo solo en cuatro días este chico podía seguir hablándome con tal confianza y con tal alegría, después de que cada día presenciaba sin hacer nada cómo le molestaban—. Mis amigos y yo tenemos un club, es el de ecología. Nos ocupamos de los jardines, mantenerlos limpios y de la siembra de varias plantas. Así que, si gustas, puedes venir a mirarnos cuando quieras antes de elegir—. Terminó de explicarme, señalando la dirección donde suponía que se encontraban.

Una vez más, solo le respondí una cosa:

—No soy tu Hyung, no me llames así—. Él rió nuevamente ante mis palabras. Le miré una última vez antes de tomar camino hacia cualquier lugar menos allí.

—Lo estaré esperando—. Escuché por último antes de perderme en la esquina del pasillo. Aún tenía una semana para elegir el club y considerar cuál requería menos esfuerzo, pero por el momento desechaba la propuesta de mi compañero. No me interesaba acercarme más a él; tenerlo sentado a mi lado era suficiente.

Terminó el día y, ya que yo aún no elegía un club, podía regresar temprano a mi hogar. Tomé mis cosas y, encaminándome a casa, salí por los pasillos principales. Antes de cruzar la puerta, lo último que vi fue cómo los mismos cinco chicos de siempre lanzaban agua helada a este chico nuevamente y lo tomaban para que no pudiera escapar, arrastrándolo a los vestuarios del equipo de fútbol. No era mi problema, por eso, aun así, no hice nada.

El viernes no vino a la escuela. No sabía si era por lo del día anterior, pero intenté no darle más importancia. Ignorando el resto del día, en la hora del almuerzo terminé sentándome cerca de la mesa de aquellos chicos; lastimosamente, era la única vacía. No quería darles más importancia, pero no pude evitar escuchar su conversación.

—Él dijo que ya lo había convencido, que hoy lo harían. Así que, cuando termine y tenga eso listo, entraremos nosotros a actuar— dijo uno de ellos, sin dar mucho contexto.

—Qué iluso, pero se lo merece. Un imbécil como él no debería estar aquí— dijo otro, sacándome una leve risa. No sabía de quién hablaban, pero mentalmente ya les había concedido a esos cinco la categoría de imbéciles.

—Bueno, después de este fin de semana, la escuela se va a hacer más interesante— rieron todos al unísono. No quería prestarles más atención de la necesaria, así que me dediqué a terminar mi comida.

Al terminar la escuela, tomé el camino a casa por el centro. Hace poco había encontrado un local callejero donde vendían comida rápida. Pensando en que era fin de semana, no solo iba a comprar algo de comer suficiente para hoy y el desayuno de mañana, sino que, por un valor adicional, el dueño empacaría junto a mis hamburguesas una bolsa de yerba. Sería un buen fin de semana de relajación.

Volviendo al presente, aquel lunes, cuando este chico me explicaba en qué clase nos encontrábamos, pensaba en cómo, aun teniendo tan evidente muestra de abuso, su flotador de tristeza no había estallado para dañar su alegría. Este chico comenzaba a llamar mi interés. Los días siguientes no fueron diferentes. Este chico me saludaba y explicaba las clases que veíamos. En algún momento, era testigo de cómo los chicos seguían acosándole. No era mi problema, aun así, seguía sin intervenir.

Aquel jueves, el chico llegó con un túper en las manos. Lo puso frente a mí antes de tomar asiento.

—Hyung, hice estos brownies ayer. Espero que te gusten. Es solo una prueba—. Le miré sorprendido, viendo cómo la caja transparente dejaba ver varios pedazos pequeños de lo que parecía un delicioso postre. Le miré fijamente antes de advertirle lo mismo de siempre:

—Deja de decirme Hyung—. Guardé la caja en el cajón de mi mesa, observando la llegada del profesor.

—Verdad, lo siento, HyunJin—. Sonrió divertido y luego prestó atención al profesor.

Pasé el día pensando que mañana en la mañana debía dar mi veredicto final sobre el club. Se suponía que hoy era mi última oportunidad para observarlos y decidir. Había estado ignorando eso toda la semana, y sin contar que había pasado el fin de semana drogándome mientras veía series estadounidenses y partidos de fútbol extranjeros en un idioma que apenas entendía, no había sido productivo el análisis.

Suspiré, dejando eso de lado. Ya habían terminado las clases y la mayoría de mis compañeros se habían ido a los clubes. Empecé a recoger mis cosas, sacando el túper que mi compañero me había dado. No recordaba aquel postre.

Tenía un poco de hambre, y ya que estaba a punto de irme, lo destapé para darle una probada. Tomé un pedazo y lo llevé a mi boca. Me sorprendió lo delicioso que estaba; su textura era perfecta, ni muy blanda ni muy dura, con el perfecto nivel de chocolate. Este chico tenía talento. No pude evitar pensar que estos brownies, convertidos en brownies espaciales, serían demasiado atrayentes. Reí para mis adentros antes de que me llamara la atención el griterío de una de las compañeras del salón que entraba corriendo para hablarle a otras dos que se encontraban sentadas unas sillas más adelante.

—Vengan rápido al gimnasio. Todos debemos ver esto— hablaba eufórica la chica, tratando de calmar su respiración.

—¿Qué sucede? — preguntó una de las que estaban sentadas. Tomé otro pedazo de brownie, llevándolo a mi boca mientras prestaba atención a la chica.

—Los del equipo de fútbol planearon la broma mayor. Dicen que van a mostrar un video definitivo que hará que se suicide— explicó la chica, llamando mi atención al utilizar palabras tan comprometidas.

—¿De quién hablas? — preguntó la otra, que se encontraba sentada en la otra silla.

—Pues de Lee, el chico enano de pecas que se sienta atrás de ustedes. Incluso tienen a los amigos raros de él allí también para humillarlos—. Dejé de masticar, analizando la situación. No había manera de que me equivocara. Solo había una persona que se ajustaba a su descripción, y ya que solo dos personas se sentaban tras de ellas y una era yo, no había dudas de que se trataba de este chico.

—Vamos, quiero ver—. Salieron corriendo hacia lo que supuse que era el gimnasio.

Tragué el pedazo de brownie, pensando en aquella conversación. Ya había sido espectador de cómo era molestado cada día, pero aquellas afirmaciones implicaban algo más grande. Aquellos chicos estaban dispuestos a obligar que el flotador de tristeza estallara, acabando con la felicidad de mi compañero.

No era de mi incumbencia y sabía que no debía intervenir, pero no pude evitar dejar aquel túper sobre mi escritorio. No iba a hacer nada, no quería interferir, pero de momento debía saber qué planeaban hacer con mi compañero.

—Félix— susurré antes de tomar un rápido camino al gimnasio. Algo me decía que esto no era solo una broma.

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